Sofía Ospina de Navarro
En
la larga jornada de la vida hay una etapa difícil de sortear para quienes
tenemos un espíritu inquieto y alegre, que se resiste a marchar de acuerdo con
las fechas del almanaque.
Aquella en la que la gente amiga nos
complace y nos hace sonreír al decirnos: “Estás mucho mejor que la última vez
que te vi”. Mientras, por otro lado, los cariñosos familiares se nos van
convirtiendo en un estorbo verdadero. Según ellos, todo lo que hacemos nos
fatiga o perjudica. Nos amonestan como a niños chiquitos cuando vamos a salir
de paseo, y no cesan de pronosticarnos peligros.
Pero esta triste etapa hay que afrontarla
con un poco de rebeldía. Y por eso, uno de estos días, resolví abandonar el
lecho antes de amanecer para agregarme a la animada excursión de hijos y de
nietos que emprendería un viaje de nueve horas por la atrevida carretera que
sube y baja entre montañas antioqueñas, hasta llegar a la laguna de Ayapel,
adorno de la región de Córdoba. Deseché el temor al atraco, a las llantas
estalladas y a la probable sacada del vehículo, a fuerza de cadenas, del paso
pantanoso; cosas que dizque deben evitar las personas precavidas y juiciosas,
quedándose tranquilas en su casa.
Y después de una agradable trayectoria,
con frío y oscuridad en el principio, y luego sol brillante; con parada de
descanso en el camino para saborear el desayuno típico, y sin sufrir ninguno de
los predichos incidentes, he llegado feliz a Santa Cruz, la cabaña campestre
situada a orillas de la hermosa laguna. Una especie de club, donde cada una de
mis ramas familiares posee sus dominios, dispone de su bote y guarda con amor
sus privados equipos de pesca y cacería.
En medio de una unión encantadora, hay en
este lugar de recreo un recíproco respeto a lo ajeno. Y en esa disciplina quizá
pueda haber tenido mucha parte el reglamento maternal que, al adquirir en común
la propiedad, hace ya mucho tiempo, les impuse –en estilo poético para hacerlo
menos serio– y que aún se conserva, como norma de paz, sobre el muro del
corredor. Dice entre otras cosas:
Esta es la casa de todos / y la casa de
ninguno. / Levántate cuando quieras / y ordena tu desayuno. / Cuando salgas a
pescar, / hazlo en tu propio motor; / si otro dañas, su valor / al dueño habrás
de pagar. / No uses las varas ajenas, / pues sabes que el deportista / con los
arreos de su hobby / es un solemne egoísta. / Despréndete de unos pesos / si
quieres pasar contento, / disponiendo de lo propio / en honor al reglamento. / Tal
reglamento no tomes / a falta de cortesía, / es medida conducente / a que reine
la armonía. / De la unión de la familia, / ni de su amor, dudarás, / más de
ella ha sido principio / el respeto a los demás. /
***
Procura que en tu paseo / haya siempre
animación, / pero en asunto de “tragos” / ten prudencia y discreción.
Por la laguna, rodeada de bellas
residencias, paraíso de grandes y de chicos, se ven cruzar a todas horas
lanchas y canoas. Es que van unos hacia el caño lejano, soñando con la “pesca
milagrosa”.
Otros quieren disfrutar al aire fresco y
embelesarse en la naturaleza… los muchachos “esquían” y las señoras desean
hacer compras en el pueblecito pintoresco que deja ver las cúpulas del templo
en una de las orillas.
De Santa Cruz acaban de partir cuatro
botes repletos de bulliciosos pasajeros en traje de carácter. Es decir, con más
de medio cuerpo al aire, y portando varas con carretel, nasas, carnadas y
termos con bebidas refrescantes. Yo me he quedado sola. No humillada, como la
gallina que se esponja furiosa a la orilla del estanque cuando se entera de que
al calor de su plumaje no salieron del huevo los polluelos esperados, sino unos
ingratos paticos que la abandonan para irse a nadar.
He preferido gozarme algunas horas en el
reposo espiritual: dueña de un libro, unas cuartillas de papel y una pluma que
me dejarán, sin duda, el tiempo suficiente para admirar, por entre los
frondosos laureles que rodean la casa, el paisaje de colores vivos, y las
garzas y patos silvestres que revolotean sobre las aguas, salpicadas en esta
época con los verdes parches que forman las plantas acuáticas.
(Tomado
de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)
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