Armando Cassigoli
Este memorable, curioso y verídico acontecimiento, sucedió
en Santiago, en la época presente y fue protagonizado por una pareja de inquietos
jóvenes artistas, que –como ellos mismos decían– trataban de agitar el ambiente
cultural de la patria “en pro de su desarrollo y difusión”.
Eliana Ispinosa,
“Tres veces Viuda”, como la llamaban sus íntimos, era lo que en nuestro medio se
llama una mujer despierta; poseía una exquisita sensibilidad y un carácter fuerte
y voluntarioso, de esos difíciles de encontrar. Se casó en terceras nupcias con
un fino y honesto joven rentista quien, profundamente enamorado y con gran admiración
por su Eliana, la seguía en todos sus pasos como un fiel perrillo faldero.
Apenas casada, la
pareja dedicose por entero a hacer una intensa vida de creación y estudio: asistían
a charlas y conferencias casi diariamente, no se perdían recital alguno, recorrían
rápida y meticulosamente todas las exposiciones de pintura y grabado, e iban a los
conciertos privados y públicos que se organizaban en la capital.
Además de este agotador
itinerario de actividades cultas a que el matrimonio se sometía, Eliana era poetisa
–no de las más malas ni tampoco de las que hacen época–, y su marido se dedicaba
a la filosofía, a la pintura sobre platos y a la genealogía, materia esta última
en la que era gran conocedor.
Podemos asegurar
que nuestra pareja parecía respirar los inquietantes aires de la felicidad: el uno
sometido a la otra, y la otra sin poder vivir sin el uno. En fin, era un matrimonio
como hay tantos, radicados intensamente en sí mismos, pero con la particularidad
de hacer participar a los demás en sus respectivos y personales quehaceres.
Por aquel entonces,
Eliana preparaba un recital de sus últimos poemas que, al decir de ella misma, causarían
“escozor”, aun entre la gente inteligente.
Los preparativos
para el recital de “Tres veces Viuda” comenzaron un mes antes de la fecha prevista.
Según Senén, el
marido, debería precederse para el efecto con el mayor sigilo y meticulosidad. Las
invitaciones tendrían que ser firmadas por alguien de cierto “peso”, y enviadas
al mayor número de instituciones posibles. Por otra parte, el acto sería necesario
efectuarlo en un lugar adecuado y con los detalles formales que las circunstancias
requiriesen.
Eliana, sin embargo,
tenía otra opinión: era preciso que el recital se hiciera, en lo posible, al aire
libre, en un ambiente vegetal, lleno de maceteros con arbustos y plantas decorativas.
Además, el público debería estar constituido especialmente por gentes sencillas,
tales como carpinteros, albañiles, zapateros… “mi buena gente pobre” (así les llamaba
ella). Ahora bien, en cuanto al vestido con que se iba a presentar ante la concurrencia,
no debía ser ostentoso; con una simple túnica, con un humilde sayal al estilo griego
bastaba.
Evidentemente que
Senén terminó por acatar estas buenas razones, y así se hizo.
En lo pertinente
al acompañamiento musical, se pensó que éste podría imitar un sollozo en violín,
preferentemente con compases de Chopin. Esto también así se hizo, o como lo veremos
más adelante, se intentó hacer.
Como era necesario
distribuir las invitaciones y el tiempo parecía correr con pasos de gigante, Eliana
optó por ir ella misma a repartir las tarjetas que ya habían sido previamente firmadas
por un funcionario de gobierno que decía tener gran pasión por el arte y la música.
Para este efecto Eliana Ispinosa, “Tres veces Viuda” como le llamaban sus íntimos,
salió una buena mañana premunida de Senén y de un grueso cartapacio.
Antes de elegir
rumbo, Eliana se hizo el siguiente razonamiento: el pueblo va al mercado, luego,
si yo voy al mercado encontraré al pueblo. Pensado y luego dicho en voz alta, se
trasladaron a un barrio cercano a la Estación Mapocho.
Era una mañana excelente,
con un poco de brisa y llena de sol; mediaba ya octubre; un enjambre de personas
y vendedores iban y venían llevando canastos y bolsas llenas de provisiones multicolores.
Los pregones de los abasteros, el ruido de las bocinas, los gritos sudorosos de
los cargadores, los vestidos chillones mezclados con la fruta y las verduras, daban
al mercado un sello abigarrado, pletórico de vida y de salud, “una verdadera orgía
de olores y colores”.
Eliana dilató voluptuosa
las narices y respiró profundamente, cerrando los párpados. Senén hizo lo mismo.
¡Esto era vida! ¡Esto era emoción! ¡Esto era estar haciendo “la carrera de las letras”!
Pero era necesario comenzar la labor. Entonces Eliana Ispinosa, “Tres veces Viuda”,
como le llamaban sus íntimos, se acercó a una vendedora de ají y le dijo, abriendo
sus sombreados ojos grises:
–¡Señora, compañera,
tome usted una invitación para mi recital!
La vendedora la
observó con profunda extrañeza. Eliana aclaró conceptos:
–Vea usted, yo soy
poetisa y el jueves 14 de este mes daré un recital de mis poemas… tome, aquí tiene
una entrada para que vaya, es gratis.
–¡Gracias, señorita!
–balbuceó un tanto cortada la vendedora, sin comprender nada. Luego indagó con timidez:
–¿Cuánto hay que pagar?
Eliana lanzó una
sonrisa que quiso ser de comprensión.
–¡No, m’hija linda,
no! –respondió, mientras le cogía el brazo dándole un ligero apretón.
La mujer se guardó
apresuradamente el trozo de cartulina en el seno y recomenzó su pregón, con una
voz distinta.
Seguida por el bueno
de Senén con el cartapacio, Eliana se internó en el enjambre vociferante del mercado,
y de la manera inicial fue repartiendo gran cantidad de invitaciones, entre otros,
a unos cargadores que, luego de recibir las tarjetas, desarrollaron el siguiente
diálogo:
–¡Bah!, ¿qué es
“eso”?
–¡Tú dirás, qué
es “esa”!
–¡No hombre, te
pregunto qué es “eso”, ese papelito que te dio la cabrita!…
–¡Qué sé yo! ¡No
entiendo ni pío, tú sabes que yo no le pego mucho a la letra!
–¡Pasa! ¡Yo te lo
leeré!
–¿Qué dice?
–¡Puáh! ¡Pura propaganda,
no más! ¡Pura propaganda!
–¡Ah!…
Los afanosos Eliana
y Senén siguieron tenazmente su tarea, felices, en la punta de los pies, entregando
las invitaciones con voces camarinas, casi con trinos.
–¡Ars longa,
vita brevis! ¿No? –pensó Senén en voz alta. Eliana entornó los párpados tiñéndose
de rubor.
No obstante la premura
organizativa de la pareja, el día memorable llegó mucho antes de lo que “Tres veces
Viuda” y el bueno de Senén se lo esperaban.
Poco fue lo que
durmieron la noche de la víspera, pensando y repensando uno y mil detalles del acto
artístico que habría de desarrollarse al día siguiente, y del cual Eliana sería
la protagonista.
***
El recital –según rezaba en una cartulina puesta en
un pequeño marco y escrita con severos caracteres góticos a tinta china–, debía
empezar a las 18,15 horas, pero para prevenir una posible avalancha de público,
el par de organizadores estuvo allí desde las cuatro de la tarde.
El local que habían
elegido y conseguido para el efecto, y que pertenecía al Sindicato de Obreros de
la Construcción, estaba en esos momentos repleto de gente, que, sentada y fumando,
parecía esperar impacientemente algo.
A Eliana Ispinosa,
“Tres veces Viuda”, como le llamaban sus íntimos, se le encendieron las mejillas
y se le abrieron desmesuradamente los ojos vivaces.
Sin detenerse a
meditar, se lanzó a la carrera hacia el estrado desde donde saludó al público allí
reunido.
Los hombres allí
presentes, ante este tan inusitado espectáculo, aplaudieron y lanzaron chiflidos
de halago a la dama.
–¡Que cante! –gritó
una voz con desenfado desde los asientos posteriores.
–¡Baile, m’hijita!
–aulló un segundo poniendo una cara de picardía.
Estallaron risas
y comentarios entre la concurrencia.
Eliana se sintió
confundida, presa del desconcierto.
Iba a balbucear
algo, cuando subió al estrado, junto a ella, un gordo de grandes mostachos enfundado
en una chomba gris de cuello subido, quien tomó la palabra y dijo:
–¡Compañeros: no
pudimos conseguir el treinta y cinco por ciento; la huelga sigue!
Hubo un unánime
murmullo de protesta, en seguida un rumor de pasos; y luego la sala se fue quedando
completamente vacía.
Entonces el gordo
de los mostachos se acercó a Eliana, que además de permanecer en aquel sitio no
salía aún de su estupor, y le expresó:
–Señorita, ya pueden
ustedes disponer de la sala. Quedan en su casa –dicho esto, saludó y se marchó.
Eliana, asombrada,
pensó con mucha tristeza: “¡Pobre Chile, tanta gente hay todavía que no comprende
lo que es un recital!”
Desde pequeño al
bueno de Senén le habían vaticinado “un cerebro bien puesto en su sitio”, de manera
que realizando aquellas predicciones, cogió a su amada por los hombros en tanto
le balbuceaba convincente y cariñoso:
–¡Ten paciencia,
palomita, ten paciencia! Todo se realizará exitosamente, pero a su debido tiempo.
¡a su de-bi-do tiem-po!
“Tres veces Viuda”,
como quien abandona de su mente un pensamiento decepcionante, levantó la mirada
hacia el techo y respondió: –¡Manos a la obra!
A los pocos instantes
llegó a la puerta del local un camión, del que se bajó un hombre que pidió hablar
con Senén.
Eliana indagó de
qué se trataba; Senén con una risilla enigmática y picara, dijo:
–¡Secreto militar!
Del camión fue sacada
una gran cantidad de maceteros con pinos, helechos, laureles y ramas de palmera
y eucaliptos.
Según lo iba ordenando
Senén, los maceteros fueron distribuidos estratégicamente por la sala.
–¡Ambiente vegetal!
–trinó Senén. Eliana lo confirmó con una dulce sonrisa.
El tiempo transcurría
angustiosamente lento, y nadie llegaba aún a aquella especie de invernadero.
Cerca de las cinco
y media se presentó ante el organizador del recital el músico del acompañamiento.
Llamó aparte a Senén y le dijo algunas palabras en voz baja. Senén abrió su billetera
y le respondió de esta manera. El músico comenzó a retirarse. Iba ya llegando a
la puerta cuando Senén le increpó:
–¿No eran dos los
músicos?
El músico respondió:
–¡Sí, jefe, ahora
nomás voy a buscar a mi compañero!
El tiempo siguió
transcurriendo con más lentitud que al comienzo.
De pronto se hizo
presente en la sala una viejecilla que saludando ceremoniosamente se acercó a Eliana.
–¡Señorita, por
el amor de Dios! –preguntó–. ¿Es aquí acaso donde una se inscribe para recibir juguetes
para la Pascua? Tengo tres nietecitos sin madre; en cuanto al padre… ¡mejor ni hablar!
“Tres veces Viuda”
miró “comprensiva” a la vieja, y pensó que esto que le había dicho la mujer daba
para el tema de un poema sobre niños abandonados a cargo de una mísera pero solícita
anciana.
A la pregunta de
la vieja, Eliana respondió negativamente, pero le explicó que sin embargo, en pocos
momentos más, allí se llevaría a efecto un recital de poemas con acompañamiento
musical, y la invitó a quedarse.
La anciana sonriendo
con una mezcla de temor y servilismo, indagó todavía si al final del recital irían
a repartir algo.
–¡Sí! –respondió
Eliana–, ¡Programas! –y le entregó uno, que sin leerlo la vieja dobló en varias
partes, cuidadosamente y luego guardó entre sus ropas. En seguida, un tanto desconcertada
y sin mucho convencimiento, se sentó a esperar.
Faltando algunos
minutos para dar comienzo al acto, llegaron a la sala dos señoras muy elegantes
con sombreros con velo, una mujer con apariencias de institutriz acompañadas de
dos niñitas muy bien peinadas, tres jóvenes de corbatas humita y humeantes pipas,
una mujer gorda vestida con traje dominguero, un soldado con lentes sin marco, cuatro
obreros, y un vejete barbón y grasiento que, sin sacarse la gorra, se sentó acompañado
de un inmenso y sucio paquete de revistas.
Una sola mirada
bastó a Senén para darse cuenta de que aquello ya significaba un auditorio, un público
que acudía en demanda del mensaje que dan las bellas letras. Con este pensamiento
se acercó a Eliana y la instó a que fuera a vestirse. Eliana así lo comprendió y
desapareció detrás de una puerta.
Faltando escasos
minutos para las seis y cuarto, llegaron cinco parientes de los organizadores, y
un grupo reducido de obreros de la construcción que iban a su local sindical y que
por curiosidad tomaron colocación en las butacas. Pese a este comienzo casi normal,
parecía que un contratiempo iría a empañar la situación, ya que, tres minutos antes
de dar comienzo al espectáculo, los músicos no hacían aún su esperada aparición.
Senén muy inquieto
se paseaba de un lado para otro, sobándose las manos y tratando de arreglar imaginarios
desperfectos en la ordenación de los grandes maceteros.
Faltando un minuto
para que comenzara el acto, el par de músicos entró apresuradamente, acompañados
de dos jóvenes melenudos que, a juzgar por la mirada vidriosa y un peculiar balanceo,
parecían venir con los músicos desde un bar cercano.
–¡Gracias a Dios!
–balbuceó Senén juntando las manos en actitud de orar y lanzando la vista al techo.
Acto seguido se
aproximó a los músicos y los guio hasta el escenario.
No bien éstos subieron
al estrado a afinar sus instrumentos, cuando, sin que mediara ninguna seña u orden
de Senén, empezaron a tocar una canción de moda.
A pesar de todo,
no hubo tanta expectación como era de esperar, quizás sí cierto estupor apenas insinuado
en algunos rostros, pero lo que produjo verdadera conmoción fue cuando Senén subió
al escenario y les ordenó con gestos demasiado vehementes, que se callaran. Obedecieron.
La música cesó.
Los albañiles y
el viejo de las revistas lanzaron una pifia.
Los músicos guardaron
sus instrumentos y heridos en lo más profundo de sus almas de artistas hicieron
un ademán de marcharse.
Senén se abalanzó
a convencerlos. El público empezó a protestar. Senén abrió nuevamente su billetera.
Los músicos accedieron.
Con algún retraso
se dio comienzo al recital.
Senén se paró ante
la concurrencia y declaró abierto el acto. Los circunstantes, como es usual, aplaudieron.
Los músicos iniciaron su repertorio con una melodía muy lenta y tenue que, de haber
sido más rápida, podría haberse confundido con música circense.
En ese instante
salió al proscenio Eliana, en túnica y de perfil. Desgraciadamente las ramas de
un pino que había sido colocado en el escenario y que acentuaba aún más a la sala
su apariencia de invernadero, le cogió la punta del tul, dejando ver por un momento
parte de su muslo izquierdo. La música cesó; sonaron chiflidos entre la concurrencia;
una anciana dio un grito y el viejo de las revistas chilló de placer.
Eliana se percató
rápidamente de la situación, y siempre de perfil compuso su túnica.
Se reanudó la música
y el silencio entre los concurrentes. Eliana Ispinosa, “Tres veces Viuda”, como
le llamaban sus íntimos, siguió avanzando hasta el medio del escenario. De pronto,
con brusquedad, se dio vuelta hacia el público y levantando los brazos a gran altura,
gritó espectacularmente:
–¡No!
Varias personas
dieron un salto en sus asientos; pero Eliana prosiguió:
–¡No! No apresuréis
el paso por la vida, / sed como la gaviota errante. / No desprecies la savia de
los besos, / ¡acéptala al instante!
Había comenzado
el recital, en forma quizá un tanto desusada; sin embargo, la gente escuchó respetuosamente
el largo poema que terminaba más o menos así:
…que si siembras
amor, / cosecharás delirio.
Senén inició los
aplausos. Algunos otros le imitaron. Senén al pensar en la aparición que Eliana
hizo en el escenario reflexionó: “Pirandeliana”.
Eliana siguió inmediatamente
su segundo poema original. Los músicos entonaron con sus violines una melodía folklórica.
Su poema decía así:
Del viento al viento,
como una luz vacía, / iba yo entre las noches y la playa, llamando y desllamando
/ en el ofrecimiento del invierno la naranja extendida / de las ramas, y, entre
la amanecida y los laureles, / lo que el más dulce ardor, como dentro de un sable
/ que vuela, nos entrega como una larga pluma.
El poema era largo;
no obstante ser original, tenía una sonoridad muy conocida. Concluía así:
Dadme el arado,
el viento, la dulzura. / Dadme la piel, las venas, los metales. / Allegadme los
besos orientales. / Venid hacia mis ojos y mis brazos. / Cantad con mis pasiones
en mi boca…
Luego de concluido
el verso, la gente se quedó un poco pensativa. Más de alguien trataba de buscar
algo en la memoria.
Pasó largo rato
antes de que alguno se decidiera a aplaudir, ya que los músicos por su cuenta y
riesgo, habían seguido con un son popular en sordina.
Después de estos
poemas siguieron nueve más, de los que no es necesario hacer mención, excepto que,
a pesar de ser originales –y esto era lo extraño– sonaron a conocidos para muchos.
Vino en seguida
un corto intermedio durante el cual los músicos volcaron en sus instrumentos todo
su alcohólico sentimentalismo.
Al comenzar la segunda
parte (había disminuido algo el público), Senén dijo un pequeño discurso en el que
manifestaba que los artistas que él denominó “progresistas”, y por lo tanto “futuristas”,
debían escribir sus poemas dedicados a la gente modesta y humilde, al “admirable
roto chileno”. Desde los asientos traseros, dos jóvenes melenudos aplaudieron.
Ya con los ojos
semicerrados, los músicos, presintiendo algo patriótico, empezaron una melodía parecida
al “Adiós al Séptimo de Línea”.
En ese instante
uno de los adolescentes de humeante pipa y corbata humita, al intentar salir de
la sala, botó un macetero promoviendo gran estrépito.
Se interrumpió la
música; Eliana, que venía saliendo, se detuvo, lela, en medio del escenario. Senén,
desesperado y presuroso, corrió hacia el lugar de la catástrofe, en donde levantó
el macetero, que al caerse había derramado gran cantidad de tierra por el piso.
Con sus dedos Senén trató de recoger gran parte de la tierra, el resto lo sopló
en distintas direcciones, aunque para esto tuvo que ponerse en cuatro pies.
Todo volvió a normalizarse
y Eliana inició la parte que ella denominó “política” de su obra. Había versos como
el que sigue:
Carretero, carretero,
carretero de Traiguén. / Carretero sé certero en luchar contra el burgués.
O bien como este
otro:
El pueblo es un
Titán, / cuando va a la fábrica, / conteniendo lágrima, / a buscar su pan.
O bien como aquel
otro que decía así:
Aunque soy humilde
como una pastora, / hasta al socialismo, hasta al comunismo, / hasta al anarquismo
y el militarismo, / de revoluciones les voy a enseñar.
Aunque los músicos
siguieron por su cuenta durante mucho rato, con la estrofa que viene se dio por
concluido el recital:
Cuando me decida,
con mi compañero, / temblará de miedo todo Chile entero.
Sin esperar que
los empecinados violinistas callaran sus instrumentos, hubo muchos aplausos en la
sala.
Un grupo que salió
con prisa, botó nuevamente el macetero de la víspera.
Los jóvenes melenudos
sacaron las ramas de palmeras, tan primorosamente ordenadas por Senén, y con ellas
salieron a la calle, silbando en coro.
El vejete de las
revistas corrió hacia el escenario y cogiendo a Eliana por el talle le espetó:
–¡La felicito!
–Como Eliana abriera
los ojos con mucho asombro, volvió a repetir, sin soltarle el talle, por el contrario,
apretándoselo más:
–¡La fe-li-ci-to!
Un músico siguió
tocando, en tanto el otro se quedaba profundamente dormido.
Senén tenía una
sonrisa así tan grande de ancha al despedirse de los concurrentes.
La sala se fue quedando
vacía. Alguien escapó con otro de los maceteros.
Finalmente, la anciana
del comienzo, que no se había movido de su sitio, se acercó a Senén y Eliana –que
aún estaba en túnica– y les preguntó con mucha amabilidad:
–¿Y no van a repartir
nada?…
(Tomado
de www.lecturia.org)