Pío Baroja
Apoyado en una farola de la Puerta del Sol, mira
entretenido pasar la gente.
Es un hombre ni
alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni rubio ni moreno; puede tener treinta
años y puede tener cincuenta; no está bien vestido, pero tampoco es un
desharrapado.
¿Qué hace?
¿Mira algo? ¿Espera algo? No, no espera nada. De cuando en cuando sonríe; pero
su sonrisa no es sarcástica, ni su mirada es oblicua.
No es un tipo
de Montepin. No tiene los ojos impasibles, la boca impasible y la nariz también
impasible, que se necesita para ser un satánico.
¿Es algún
empleado? No. ¿Tiene rentas? Tampoco. ¿Alguna industria? ¡Pchs! Casi, casi es
una industria vivir sin trabajar.
Vamos, es un
vago. Sí, es un vago. Ya veo a los catones de las tiendas de ultramarinos
indignarse contra ellos, usando la prosa estúpida de un confeccionador de
artículos de periódico de gran circulación. El vago, para todos esos
moralistas, es casi un criminal.
El mío, ése de
quien hablo, seguramente no lo es; tiene la mirada profunda, la boca burlona,
el ademán indolente.
Mira como un
hombre que no espera nada de nadie.
Es un
espectador de la vida, no es un actor. Es un intelectual.
Un vendedor de
periódicos se acerca al farol en donde se apoya el vago, y se recuesta en él.
Un farol puede
sostener dos espaldas.
Un vago apoyado
en un farol es un motivo de reflexión. El farol, la ciencia; la rigidez, la luz,
el vago, la duda, la indecisión, la sombra.
¡Glorificad los
faroles! ¡No despreciéis a los vagos!
Alguno dirá: “¡Bah!
Ser vago, cosa facilísima”. Error, error profundo; ser vago es casi ser
filósofo, es algo más que ser un cualquiera.
¿Que hay vagos
a patadas? ¡Qué ha de haber! Tenéis en la clase alta gomosos, clubman, sportman,
más o menos elegantes, más o menos smart y hasta snobs si queréis. Todos
éstos son átomos brillantes de la atmósfera de imbecilidad que recubre a este
ridículo planeta que habitamos, pero no son vagos. No hay más que mirarlos,
andan de prisa, dando zancadas, como si en la vida hubiera algo que valiese la
pena de correr y van siempre pensando en algún caballo, en alguna mujer, en
algún perro, en algún amigo, o en otra cosa sin importancia de la misma clase.
En las otras capas o costras sociales hay empleados, estudiantes, mendigos,
maletas y demás morralla pero tampoco son vagos perfectos, porque no dejan
correr la vida: la emplean en tonterías, en cosas mezquinas; no se dejan
arrastrar por el farniente, como el vago tipo, al cual no se le puede
achacar más que esa pequeña debilidad de perder la afición al trabajo en la
flor de la juventud.
El vago será
una bagatela, pero no es una escoria. Una bagatela puede ser trascendental, y
una cosa trascendental puede ser baladí. Inventar un juguete demuestra tanto
ingenio como inventar una máquina. Tan constructor me creo yo, que he hecho, en
colaboración con un amigo, un tranvía eléctrico de cartón, que se mueve a
veces, como si hubiera hecho uno de veras.
Idear una
catedral será una gran cosa; pero idear una rana de papel tampoco es
despreciable.
El vago del
farol y yo nos conocemos y nos hablamos.
Me protege. Es
un hombre que no saluda a nadie. Debe tener pocos amigos; quizá no tenga
ninguno. Señal de inteligencia. El mayor número de amigos marca el grado máximo
en el dinamómetro de la estupidez. Creo que es una frase.
¿A inteligente?
No le gana nadie.
Se le habla de
política, sonríe; se le habla de literatura., sonríe; se le habla de cualquier
cosa, sonríe.
El otro día
dijo uno de él que debía ser un imbécil.
Pero es lo que
pasa en estas sociedades sin freno; se empieza a hablar mal de las personas
serias, y se llega a hablar mal hasta de los vagos.
(Tomado de www.lecturia.org)
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