Enrique Anderson Imbert
Había muchos mapas colgados en la escuela. El niño Beltrán
los miraba, distraído. En el libro de lectura también había mapas. Tampoco a Beltrán
le interesaban. Aun del globo terráqueo que engordaba en el vestíbulo, frente al
despacho de la directora, lo único que le llamaba la atención era que uno pudiese
hacerlo girar con el dedo: “Acaso –pensaba– hay un dedo grande que hace girar este
planeta en que vivimos; acaso ni siquiera es un dedo, sino que alguien lo está soplando”.
Beltrán se aburría con los mapas. Así pasaron dos, tres años. ¿Cómo fue que de pronto
descubrió la Geografía? Lo cierto es que una tarde volvía a su casa, dando puntapiés
a una piedra, cuando se le ocurrió que todos los mapas de la escuela no valían nada
porque eran demasiado pequeños, incompletos, fragmentarios, achatados, falsos, inhabitables.
“El verdadero mapa –se dijo– es el planeta mismo; mapa de otro planeta, igual pero
millones de veces más grande habitado por gigantes millones de veces más grandes
que los hombres, donde hay un niño que da puntapiés a una piedra millones de veces
más grande que ésta a la que estoy dando puntapiés ahora”. Beltrán se detuvo y echó
un vistazo alrededor. Todo le pareció nuevo: se admiró de la plaza, de las avenidas,
del río, de la arboleda. Se sintió como un microbio que caminase sobre el globo
terráqueo del vestíbulo de la escuela. “Vivo –se dijo– en un mapa. Pero este mapa
que a mí me parece tan grande debe de estar dentro de una escuela que yo no alcanzo
a ver: y allí, para otro Beltrán, será tan pequeño, incompleto, fragmentario, achatado,
falso e inhabitable como los mapas de mi propia escuela. Un mapa está siempre dentro
de otro. Habrá uno tan grande que coincida con el universo”.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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