Haruki Murakami
Desde
hace un rato los oigo hablar de experiencias que han vivido y, no sé, a mí me da
la impresión de que este tipo de relatos puede dividirse en ciertas categorías.
En la primera categoría se encuentran aquellas historias donde el mundo de los vivos
está en esta orilla y el de los muertos en la opuesta, pero existen unas fuerzas
que hacen que, bajo determinadas circunstancias, pueda cruzarse de una orilla a
la otra. Son las historias de fantasmas, por ejemplo. Otras historias se basan en
la existencia de ciertos fenómenos o de ciertas facultades que trascienden el común
conocimiento tridimensional del hombre. Me refiero a la videncia o a los presentimientos.
Creo que, grosso modo, podríamos dividirlas en estos dos grupos.
Pues bien, según he podido constatar, las experiencias
de la gente, pertenezcan a una u otra categoría, se limitan a un solo ámbito. Es
decir, las personas que ven fantasmas los ven con frecuencia, pero no tienen presentimientos,
y las personas que sí tienen presentimientos no suelen ver fantasmas. Desconozco
la razón de que esto sea así, pero es evidente que existen ciertas disposiciones
personales al respecto. Vamos, al menos ésa es mi impresión.
Luego, por supuesto, están los que no se encuadran
en ninguna de ambas categorías. Yo, por ejemplo. Llevo viviendo más de treinta años,
pero jamás he visto una aparición. Sueños premonitorios o presentimientos jamás
los he tenido. Me ha sucedido que, encontrándome con dos amigos en el mismo ascensor,
ellos han visto un fantasma y a mí se me ha pasado por alto. Mientras ellos dos
veían a una mujer vestida con un traje chaqueta gris, de pie a mi lado, yo habría
jurado que allí, mujer, no había ninguna. Que estábamos los tres solos. No miento.
Y ellos no son de los que van tomándole el pelo a los amigos. En fin, ésta es una
experiencia muy siniestra, pero no altera el hecho de que yo no haya visto jamás
un fantasma. Ni se me ha parecido nunca un espíritu, ni tengo poder paranormal alguno.
Vamos, que mi vida debe de ser terriblemente prosaica.
Sin embargo, una vez, una sola vez, me sentí
tan aterrado que se me pusieron los pelos de punta. Hace ya más de diez años que
pasó aquello, pero aún no se lo he contado a nadie. Incluso hablar de ello me causa
terror. Me da la impresión de que, si lo menciono, volverá a ocurrir. Por eso me
he callado hasta hoy. Pero esta noche todos han ido contando, por turno, experiencias
aterradoras que han vivido y yo, como anfitrión, no puedo dar por finalizada la
velada sin relatarles, a mi vez, mi historia. Así que voy a atreverme a hablar de
ello. ¡No, por favor! Ahórrense los aplausos. No creo que mi historia los merezca.
Tal como he dicho antes, ni he visto fantasmas
ni tengo ningún poder paranormal. Así que es posible que mi historia les parezca
poco terrorífica y que los decepcione. En fin, si es así, que así sea. Aquí la tienen.
Acabé
el instituto a finales de la década de los sesenta, unos años turbulentos, ya lo
saben; era, de pleno, la época de las luchas estudiantiles contra el sistema. También
yo me vi arrastrado por aquella oleada, así que rehusé ingresar en la universidad
y decidí vagar unos cuantos años por Japón, trabajando con mis propias manos. Creía
que ése era el modo de vida correcto. En fin, cosas de la juventud. Ahora, cuando
pienso en aquellos días, me parecen muy felices. Dejando aparte la cuestión de si
aquél era el modo de vida correcto o equivocado, si volviera a nacer, posiblemente
volvería a hacer lo mismo.
Durante el otoño de mi segundo año errático
trabajé un par de meses como vigilante nocturno en una escuela. En un instituto
de una pequeña población de Niigata. Durante todo el verano había trabajado muy
duro y me apetecía tomarme un respiro. Y hacer de vigilante nocturno no era un trabajo
que deslomara a nadie. Durante el día me dejaban dormir en las dependencias de los
bedeles y, por la noche, solo tenía que dar dos rondas por el recinto de la escuela.
En las horas que me quedaban libres escuchaba discos en la sala de música, leía
en la biblioteca o jugaba al baloncesto en el gimnasio. Allí solo, por la noche,
se estaba muy bien. ¿Que si tenía miedo? No, no. ¡Qué va! A los dieciocho o diecinueve
años se desconoce el miedo.
Seguro que no han trabajado nunca de vigilante
nocturno, así que, antes que nada, voy a explicarles un poco qué es lo que hay que
hacer. Hay dos rondas de inspección, la primera a las nueve de la noche y la segunda
a las tres de la madrugada. Así está establecido. La escuela era un edificio bastante
nuevo, de hormigón, de tres plantas, y el número de aulas estaba sobre las dieciocho
o veinte. No era muy grande. También estaban la sala de música, el aula de labores
del hogar, el aula de dibujo y, además, la sala de profesores y el despacho del
director. Aparte de las dependencias de la escuela estaban el comedor, la piscina,
el gimnasio y el salón de actos. Y yo solo tenía que darme una vuelta por allí.
Eran
veinte los puntos que tenía que inspeccionar, y yo iba de una dependencia a otra,
echaba una ojeada y ponía con el bolígrafo “OK” en el papel. Sala de profesores:
OK; Laboratorio: OK… Claro que habría podido quedarme tumbado en la habitación de
los bedeles y haber ido marcando OK, OK en todas las casillas. Pero nunca descuidé
mi trabajo hasta ese punto. En primer lugar, no requería un gran esfuerzo y, además,
de haberse colado algún tipejo dentro, al primero a quien hubiera sorprendido durmiendo
habría sido a mí.
Así que, a las nueve de la noche y a las tres
de la mañana, me hacía con una linterna grande y una espada de madera y recorría
la escuela de una punta a la otra. Con la linterna en la mano izquierda y la espada
en la derecha. En el instituto había practicado kendo y tenía gran confianza en
mi habilidad. Mientras mi contrincante no fuera un profesional, no me daba miedo
aunque llevara una auténtica espada japonesa. Hablo de aquella época, claro. Hoy,
saldría corriendo.
Era una noche ventosa de principios de octubre.
No hacía frío. Más bien hacía calor. Desde el anochecer pululaban los mosquitos.
A pesar de estar en otoño, recuerdo que había tenido que encender dos barritas de
incienso para ahuyentar los mosquitos. El viento ululaba. Justo aquel día, la puerta
de la piscina se había roto y golpeaba con furia agitada por el viento. Se me pasó
por la cabeza arreglarla, pero estaba demasiado oscuro. Y la puerta estuvo toda
la noche abriéndose y cerrándose con estrépito.
En la ronda de las nueve no descubrí nada anormal.
OK en los veinte puntos. Las puertas estaban cerradas con llave, todo estaba donde
tenía que estar. Ninguna novedad. Volví a las dependencias de los bedeles, puse
el despertador a las tres y me dormí.
Cuando el despertador sonó a las tres de la
madrugada, me asaltó una extraña e indefinible sensación. No puedo explicarlo bien,
pero me sentía raro. En concreto, no me apetecía levantarme. Era como si hubiera
algo que estuviera anulando mi voluntad de incorporarme. A mí nunca me había costado
levantarme de la cama, así que aquello me resultaba inconcebible. Con gran esfuerzo
logré ponerme en pie y me dispuse a hacer la ronda. La puerta seguía golpeando con
estrépito. No obstante me dio la sensación de que el sonido era distinto. Podían
ser simples impresiones, ya lo sé, pero me sentía extraño en mi propia piel. “¡Qué
raro! No me apetece nada hacer la ronda”, pensé. Pero fui, claro está. Porque ya
se sabe. En cuanto haces trampas una vez, ya no hay quien lo pare. Así que agarré
la linterna y la espada de madera y salí de las dependencias de los bedeles.
Era una noche odiosa. El viento soplaba cada
vez más fuerte, el aire era más y más húmedo. La piel me picaba, no lograba concentrarme.
En primer lugar, miré el gimnasio y el salón de actos. OK en ambos. La puerta seguía
abriéndose y cerrándose con estrépito, parecía la cabeza de un demente haciendo
gestos afirmativos y negativos. Sin regularidad alguna. “Sí, sí, no, sí, no, no,
no…”. Ya sé que es una comparación extraña, pero a mí me dio esa sensación. De verdad.
En el interior de la escuela tampoco hallé
ninguna anomalía. Todo estaba como siempre. Di una vuelta rápida y marqué OK en
todas las casillas. Después de todo, no había ocurrido nada. Aliviado, me dispuse
a volver a las dependencias de los bedeles. El último punto que había que inspeccionar
era el cuarto de las calderas, en el extremo este del edificio. Las dependencias
de los bedeles estaban en el extremo oeste. Por lo tanto, yo tenía que cruzar un
largo pasillo de la planta baja para volver a mi habitación. Un pasillo negro como
el carbón. Si había luna, estaba iluminado por su pálida luz, pero si no, no se
veía nada en absoluto. Yo avanzaba dirigiendo el haz de luz de la linterna hacia
delante. Aquella noche se aproximaba un tifón y no había luna. Muy de cuando en
cuando se abría un jirón entre las nubes, pero la noche volvía a ser pronto tan
oscura como boca de lobo.
Avanzaba a un paso más rápido de lo habitual.
Las suelas de goma de los zapatos de básquetbol producían pequeños chirridos al
pisar el pavimento de linóleo. El pavimento era de color verde. De un verde oscuro
como el musgo. Aún lo recuerdo.
A medio pasillo se encontraba el vestíbulo.
Me disponía a dejarlo atrás cuando: “¡Oh!”, tuve un sobresalto. Me había parecido
ver una figura en la oscuridad. Un sudor frío manó de mis axilas. Agarré con fuerza
la espada de madera, volteé en aquella dirección. Apunté hacia allí el haz de luz
de la linterna. Era por la zona donde estaba el mueble zapatero.
Y era yo. Es decir, un espejo. Ni más ni menos.
Era mi figura reflejada en un espejo. La noche anterior no había ninguno, seguro
que acababan de colocarlo allí. ¡Vaya susto! Era un espejo grande, de cuerpo entero.
Al tiempo que me tranquilizaba, me iba sintiendo ridículo. “¡Seré imbécil!”, pensé.
Plantado ante el espejo dirigí hacia abajo el haz de luz de la linterna, me saqué
un cigarro del bolsillo y lo encendí. Di una calada contemplando mi imagen reflejada
en el espejo. La tenue luz de las farolas penetraba por las ventanas y llegaba hasta
el espejo. A mis espaldas, la puerta de la piscina seguía dando golpes impulsada
por el viento.
A la tercera calada me asaltó, de pronto, una
sensación muy extraña. La imagen del espejo no era la mía. De hecho, sí, su aspecto
exterior era idéntico al mío. No cabía la menor duda. Pero no acababa de ser yo.
Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo. Pero
era otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma.
No me lo explico, me entienden, ¿verdad? Es
que ésa es una sensación terriblemente difícil de traducir en palabras.
Sin embargo, lo único que comprendí entonces
era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido a un poderoso iceberg
que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá ser jamás aliviado por nadie.
Eso es lo único que comprendí.
Me quedé plantado ante el espejo, atónito.
El cigarro se me escapó por entre los dedos y cayó al suelo. El cigarro del espejo
también cayó al suelo. Nos contemplábamos el uno al otro. No podía moverme, como
si estuviera atado de pies y manos.
Poco después, él movió una mano. Se acarició
el mentón con las yemas de los dedos de la mano derecha y, luego, muy despacio,
fue deslizando los dedos hacia arriba, como un insecto que le reptara por el rostro.
Me di cuenta de que yo estaba imitando sus gestos. Como si fuera yo la imagen del
espejo. O sea, que era él quien estaba intentando controlarme a mí.
En aquel momento hice acopio de las fuerzas
que me quedaban y solté un alarido. Exclamé “¡Uoo!” o “¡Uaa!”, o algo así. Entonces,
las ataduras se aflojaron un poco y arrojé con todas mis fuerzas la espada de madera
contra el espejo. Se oyó un ruido de cristales rotos. Eché a correr hacia mi habitación
sin voltear una sola vez, cerré la puerta con llave y me cubrí con la manta. Me
preocupaba el cigarro que había dejado caer en el pasillo. Pero fui incapaz de volver.
El viento siguió soplando. La puerta de la piscina continuó golpeando con estrépito
hasta poco antes del amanecer. “Sí, sí, no, sí, no, no, no…”.
Supongo que adivinarán cómo termina la historia.
Eso es, el espejo no había existido jamás.
Cuando el sol ascendió por el horizonte, el
tifón ya se había alejado. El viento amainó y el sol continuó arrojando sus rayos
cálidos y claros. Me acerqué al vestíbulo. Había una colilla en el suelo. Había
una espada de madera en el suelo. Pero no había ningún espejo. Nunca lo hubo. Nadie
había emplazado jamás un espejo al lado del mueble zapatero. Ésta es la historia.
Así que no vi ningún fantasma. Lo único que
yo vi fue… a mí mismo. Pero aún no he podido olvidar el terror que experimenté aquella
noche. Y siempre pienso lo siguiente: “El hombre únicamente se teme a sí mismo”.
¿Qué opinan ustedes?
Por cierto, posiblemente se hayan dado cuenta
de que en esta casa no hay ningún espejo. Y, ¿saben?, se tarda bastante tiempo en
aprender a afeitarse sin mirarse al espejo. De verdad.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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