Juan Vicente Camacho
I
Hace algunos meses que varios periódicos de diferentes
países referían la prisión de un hombre que manejando él solo un buque lo había
fondeado en las costas norteamericanas.
Era este un buque de alto bordo,
en perfecto estado de construcción y que parecía no haber sufrido avería de ningún
género.
Era muy extraño el caso, y si la
llegada de un bote conduciendo las reliquias de un naufragio llama la atención,
mucho más debía preocupar los ánimos la de un soberbio buque cuya procedencia se
ignoraba y que se presentaba con un solo conductor como muestra de la vasta tripulación
que debió contener.
Era fácil presumir que en la inmensa
soledad del océano había pasado un drama misterioso y terrible sin más testigo que
el ojo de Dios y sin otro eco que el órgano mismo del solo actor que quedaba como
resto de esas gigantescas luchas del hombre con los fenómenos naturales y la furia
de las olas tempestuosas.
Cuando entró en la rada, la soledad
y el silencio del puente, y aquel hombre solo y tranquilo en el timón hacían aparecer
la masa impotente de aquel buque como esos navíos fantasmas con que se complace
la imaginación de los sencillos y supersticiosos marinos en poblar las profundidades
de las aguas desconocidas.
El que estaba a la vista, sin embargo,
era de reciente construcción, se conocía que había salido de los astilleros de los
Estados Unidos y su identidad era fácil de verificar.
El personaje que lo monta es de talla
hercúlea; su enorme cabeza parece unida al tronco sin auxilio del cuello; su cabellera
es negra y espesa como la barba que lleva entera; la frente es deprimida y chata;
el ojo fijo e inyectado y sombreado por enormes pestañas, lo que da a su fisonomía
un aspecto salvaje y siniestro, que aumenta el corte singular de la boca cuyos labios
son delgados y recogidos.
Su aspecto es el de un hombre dotado
de rara energía, y sus brazos cruzados sobre el pecho, el rostro levantado con audacia,
manifiestan que ese hombre es de aquellos que no retroceden ante ningún obstáculo.
Aparenta tener treinta años.
El capitán del puerto a quien se
anunció la llegada de este buque se trasladó a bordo a reconocerlo, y condujo ante
el Consejo del Almirantazgo a quien tan felizmente lo había traído a las aguas de
la rada, para que hiciese la relación de los sucesos.
Declaró llamarse Alberto Guillermo
Heecks, marino de profesión y que era el único que había sobrevivido a la tripulación
del buque que montaba, pues todos, incluso el capitán, habían muerto en el viaje
que acababa de hacer.
Aunque el aplomo de este hombre no
le abandonó un solo instante, y aunque su narración aparecía llena de buena fe,
no fue, sin embargo, tan ingeniosa que dejase de traslucir un misterio espantoso
oculto bajo apariencias fingidas y hábilmente combinadas. Puestos en este camino,
los jueces con espíritu perspicaz llevaron la cuestión a otro terreno y con tal
habilidad que, envuelto el narrador en su lógica tortuosa, se embrolló, se contradijo,
y ya pudo entreverse, al través del extremo levantado del velo, una parte de la
horrible verdad que pronto debía descubrir todos los detalles siniestros y tenebrosos
de este drama espantoso.
Después de haber referido que el
buque fue asaltado en el mar por piratas chinos que habían degollado a la tripulación,
salvándose él por haberse ocultado en un tonel de alquitrán, y que dichos piratas
después de arrojar los cadáveres al mar habían dejado al buque a la merced del viento,
hizo otra narración y declaró: que un tifus fulminante cayó de improviso a bordo
llevándose a sus infelices compañeros y que solo él, Heecks, no había sufrido el
más ligero síntoma, y que se halló solo en aquella metrópoli sin haber encontrado
un puerto a donde dirigirse para obtener algún socorro.
Pero el registro de a bordo no contenía
hecho alguno que diese a esta versión la menor apariencia de verdad.
Desde aquel momento ya no se podía
dudar que se estaba delante de uno de esos ejemplos monstruosos de piratas cuya
historia estremece la humanidad.
Los anales marítimos nos prueban
que, aunque raros, se presentan estos casos, y es entonces que se comprende en todo
su horror de cuántas atrocidades es capaz el alma humana.
Desde que el hombre tuvo la audacia
de entregarse al capricho de los vientos y de la fortuna de la inmensidad del mar
¿cuántos dramas misteriosos han sucedido que han quedado ignorados o hundidos en
la conciencia de sus actores?
Alberto G. Heecks fue, pues, preso
y sometido a juicio.
Todos los periódicos dieron cuenta
de los crímenes del acusado y la emoción pública se excitó vivamente desde que se
tuvo noticia de su instructiva, de suerte que el pretorio del tribunal se halló
asaltado por una turba curiosa y compacta cuando se abrieron los debates.
II
No es nuestro ánimo recordar los detalles de ese proceso
para siempre célebre y cuya relación completa ha dado la vuelta al mundo traducida
en todas las lenguas conocidas. Nos limitaremos a recordar sumariamente que desde
el instante en que Alberto Heecks se halló descubierto no desmintió jamás su actitud
enérgica, y las cínicas confesiones que hizo produjeron tanta admiración como espanto.
Hallando en su singular naturaleza
un poder enorme de fuerza y de voluntad para el mal, contó cómo él solo había degollado
a toda la tripulación de su buque sin perdonar uno solo de sus desgraciados compañeros.
Y después, con el orgullo del crimen
y como para desafiar la humanidad en el santuario de la justicia misma y envolviéndose
en el manto de su perversidad, declaró en voz alta que desde la edad de once años
que viajaba en calidad de marino había cometido muchos otros asesinatos y sabe Dios
a qué punto habría llegado la escala ascendente del crimen.
Aquel desgraciado parecía abominar
al género humano y haber cursado una guerra de exterminio a sus semejantes y esto
sin que se contrajese un solo músculo de su semblante. El estudio analítico, fisiológico
y psicológico de este raro temperamento, ofrecía un atractivo poderoso a los hombres
de la ciencia, de manera que desde el punto de su arresto y sobre todo después de
la sentencia que le condenaba a ser colgado por el cuello hasta que sobreviniese
la muerte, Heecks estuvo rodeado sin cesar de sabios doctores que acudían de todas
partes a hacer sus observaciones.
Fue de este modo que yo mismo fui
llamado con el objeto de visitar y conocer a este ser excepcional bajo tantos puntos
de vista.
Después de su sentencia, su hermana
que lo quería muchísimo, se instaló en su prisión; él a su vez parecía amarla mucho
y confesaba que era ella el único ser a cuyo lado no sentía horror.
La pobre criatura no juzgaba a su
hermano ni lo comprendía, pues cuanto era de cruel y feroz era para ella dulce y
humano.
En suma, parecía muy tranquilo y
hablaba con gusto con nosotros, respondiendo muy acertadamente a las preguntas que
se le dirigían.
A veces le asaltaba la idea de su
próximo fin, y entonces se informaba de los fenómenos que precedían a la cesación
de la vida.
–Doctor –me dijo un día–, he visto
ahorcados algunas veces, y hacen un gesto muy feo; se me figura que es una triste
muerte la de horca… ¿se sufre mucho?
Habría sido cruel responderle afirmativamente.
–No –le contesté–; por el contrario,
la ciencia demuestra que se produce una especie de sueño estático como esos en que
uno se deleita. Vale cien veces más que la guillotina.
–¡Bah! ¿Está usted seguro, doctor?
–Es mi íntima creencia.
–Mejor, doctor, tanto mejor.
Su hermana le suplicó entonces que
no hablase de esas cosas tan tristes; pero a pesar de sus lágrimas, él volvía a
la conversación y aun muchas veces chanceándose.
–Esta corbata de cáñamo no me hace
maldita la gracia como objeto de maletal… pero como no hay forma de excusarse… en
fin, tanto vale; bien quisiera yo alguna cosa… yo que he tenido siempre la costumbre
de llevar el cuello descubierto.
–¿Qué preferiría usted entonces?
–¡Cáspita!, yo preferiría largarme
–respondía riéndose.
¿Era esto descaro ante la muerte
o ganas de aturdirse cuando hablaba así? Eso no lo podemos asegurar, pero semejantes
bufonadas salidas de aquella boca que debía cerrarse para siempre tenían algo más
fúnebremente serio que de risible.
Pasaban entre tanto los días y la
hora de la ejecución llegaba.
Heecks parecía más abatido que de
costumbre.
La reacción venía.
Los doctores MacIllary, O’Reilly,
Carnagan y Chrane rodeaban como yo al condenado, que estaba acostado en su lecho;
de repente se levantó sobre un codo y mirándonos expresivamente nos dijo:
–¿Es verdad que ha habido ahorcados
que han vuelto a la vida?
Nosotros nos interrogamos con las
miradas; él estaba muy conmovido y su voz temblona manifestaba que al fin aquel
corazón endurecido tenía miedo de la muerte.
Las leyes de la humanidad nos imponían
una respuesta afirmativa.
–¡Oh!, el hecho no es dudoso y hay
muchos ejemplos de casos semejantes.
–Ciertamente –respondió el célebre
Chrane–, la estrangulación no trae siempre consigo de un modo preciso la muerte.
Se sabe, por el contrario, que hay en Londres una sociedad de personas que se ahorcan
por vía de distracción y que no por eso mueren. Parece por el contrario que se goza
de un placer físico parecido al que produce el consumo del opio o del hachís.
–Sí, he oído hablar de eso –replicó
Heecks–; pero eso no pasa de un juego que no creo, sin embargo, peligroso; mientras
que en mi caso es realmente muy serio.
–Aun en casos serios, como usted
dice, de una ejecución capital –observó gravemente nuestro sabio colega Carnagan–,
ha habido pruebas de esta especie de resurrecciones. Los análisis médicos de Anspire
redactados por el célebre fisiologista alemán von Serfvelt contienen la curiosa
experiencia practicada por él mismo con un famoso bandido que asolaba el país. Pues
bien, proclamémoslo en alta voz para honor de la ciencia, el doctor Von Serfvelt
ha devuelto a la sociedad a este ahorcado. Este fue un curiosísimo experimento,
muy curioso a la verdad.
–Aún hay más –agregó magistralmente
MacIllary–, hay filósofos que pretenden que la muerte por suspensión depende de
la voluntad del paciente.
–¿Cómo así?
–Con una gran contención de espíritu
y un firme poder sobre la materia orgánica, si usted logra, lo que no es posible,
refugiar el fluido vital en las vértebras cervicales de la caja huesosa del cráneo,
puesto que la cuerda no estrecha el cuello; es claro que es muy fácil entonces distribuir
ese fluido en la economía general del individuo y restablecer todas las funciones
animales. Esto está probado.
–¿Naturalmente será preciso descolgarlo?
–Sin duda.
–¿Ha hecho usted el experimento,
doctor? –preguntó Heecks.
–Yo no, lo siento –contestó MacIllary–;
pero yo no soy de una constitución fuerte y conozco que no tengo una gran fuerza
de voluntad.
–¡Qué lástima, doctor! Usted hubiera
podido decirme qué se debía hacer y yo habría hecho el ensayo. Porque sea dicho
entre nosotros, la muerte no me hace maldita la gracia y no me pesaría de no ofrecerle
aún tan seriamente la mano.
–Se lo repito a usted mi buen amigo,
porque está escrito; una gran fuerza de espíritu y un poder decidido de voluntad
hacen subir el fluido vital a las…
–Sí, sí, lo he comprendido bien y
lo ensayaré.
–Pero ¿qué hace usted, desgraciado?
–interrumpió el reverendo Rowells, pastor de las prisiones que asistía a Heecks
como consolador–; Dios me lo perdone, pero su temperamento le arrastrará a las más
sanguinarias pasiones. ¿Por qué, hijo mío, si está usted preparado a morir santamente,
no se resigna con su suerte? Láncese usted a los pies del Padre Eterno que al sacarlo
de este valle de lágrimas le promete la bienaventuranza.
–Usted tiene razón, reverendo pastor,
pero se me figura que no he tenido tiempo suficiente para pensar bien en mis execrables
crímenes y algunos años más de vida no me vendrían mal.
El reverendo alzó los ojos al cielo,
dando muestras de compasión.
–Oiga usted –dijo Heecks, dirigiéndose
a mí–; ¿me promete usted hacer todo lo posible por volverme a la vida después de
mi ejecución? Yo creo, hablando formalmente, que voy a morir y que para mí todo
acabó; por consiguiente, la súplica de un moribundo es sagrada ¿me lo promete?
Aunque nuestras creencias se habían
debilitado mucho, le prometimos todo lo que quiso para consolar su alma inquieta
y atemorizada. Entre tanto, llegaba el momento de cumplirse la justicia humana hasta
que empezase la de Dios.
III
Todo el pueblo se desbordó para presenciar la ejecución;
ciudades, cabañas y despoblados, caminos, todos se dieron cita en Bellocs Island,
y ríos y caminos estaban cubiertos de curiosos. Como prueba de la excitación que
produjo este suceso, copiamos el siguiente aviso que se leía en grandes letras,
en todas las esquinas: “¡Gran espectáculo! El vapor Massachussets de la compañía
general saldrá en “train de plaisir” para asistir a la ejecución del famoso
bandido y pirata Alberto G. Heecks que tendrá lugar el trece de julio actual. La
cocina de a bordo hace tiempo que es conocida y apreciada; habrá una orquesta sobre
cubierta para distraer el fastidio del viaje”.
La horca se había levantado en el
patio de la prisión al nivel de las murallas, de manera que el horrible aparato
dominaba la multitud que era inmensa y compacta y esperaba con ansiedad.
Un redoble de tambor anunció que
el reo iba a salir de su prisión y que la sentencia se iba a ejecutar. Un silencio
glacial sucedió a los diálogos insultantes que se habían oído en el pueblo.
El estrado se cubrió de jueces de
gran gala.
Alberto Guillermo Heecks apareció
rodeado por los verdugos, con las manos atadas por la espalda. A su vista se levantó
un clamor de todas partes, inmenso de maldiciones. Alberto paseó su mirada serena
e impasible sobre la turba mientras el redoble del tambor imponía silencio y el
sheriff leía en alta voz la sentencia. La sangre fría de Heecks no le abandonó
un instante durante esta escena.
Concluida la lectura, los ejecutores
se acercaron al condenado. ¡Abajo los sombreros!, gritaron varios.
–Bien hecho –contestó Heecks–; debéis
saludarme con el sombrero que bien pronto he de saludar yo con la cabeza.
El fatal nudo corredizo estaba ya
en el cuello de Heecks y en menos tiempo que el que se necesita para escribirlo,
una trampa se abrió bajo sus pies y el cuerpo se balanceó en el aire; la cabeza
cubierta con el gorro fatal, cayó sobre el pecho, el cuerpo dio una vuelta y todo
cesó.
Pero salvo este movimiento, ninguna
crispadura ni gesto alguno indicaron que Heecks hubiese sufrido una larga agonía.
Trece minutos después, el médico
de las prisiones se acercó al cadáver, lo pulsó, aplicó el oído sobre el corazón
y dijo con voz reposada y grave:
–Este hombre está muerto.
A estas palabras la turba se dispersó
y no quedamos en la horca más que los doctores J. P. Belt, Henry D. O’Reilly y yo.
El doctor Belt envolvió el cadáver
en cubiertas calientes de lana y así fue transportado cuidadosamente a Brooklyn
a la casa del doctor O’Reilly donde ya le esperaban el doctor Chrane y MacIllary,
de Nueva York, pues el doctor Carnagan no pudo estar presente en el experimento
por haber enfermado de repente, pero en cambio nos mandaba una carta llena de juiciosas
observaciones y donde había prodigado todos los tesoros de la ciencia para ayudar
a los experimentadores.
IV
El cadáver de Heecks fue acostado de espaldas con las
mismas cubiertas sobre una mesa que servía para operaciones quirúrgicas.
Tenía en la cara una ligera contracción
de los músculos cigomáticos, y la piel estaba seca y ligeramente resistente, pero
sin la rigidez ni el frío glacial de la muerte. Sin embargo, ni el pulso ni el corazón
dieron señal alguna perceptible al estetoscopio.
Un ligero movimiento de presión sobre
el abdomen y la insuflación del aire por la boca no dieron ningún resultado; siempre
la misma insensibilidad, pero también el mismo calor en la epidermis.
Un corte de lanceta en la sangría
del brazo izquierdo y otro en la arteria temporal no produjeron más que una gotita
de sangre pero no gelatinosa, y por consiguiente, en las mejores condiciones.
Habíamos preparado un baño electromagnético
según el modelo y fórmulas del doctor Vergnes y contábamos mucho con el empleo del
agente eléctrico.
Colocado cuidadosamente en el baño
electroquímico se le hicieron incisiones en la laringe y en las sienes, y aplicamos
armadores a los nervios correspondientes, haciendo funcionar la pila, primero parcialmente
y con método, y aumentando después la intensidad que repetimos de rato en rato en
las descargas.
Empezaron entonces sobresaltos convulsivos
y movimientos puramente automáticos; entonces distribuimos los ácidos en grandes
dosis.
Después de treinta y una descargas
vimos que la sangre se iba liquidando más y más y tomando el tinte rojo que le es
propio. El doctor Chrane que había presenciado el experimento sin operar, exclamó
entonces:
–Ese hombre vive.
Y precipitándose sobre el cuerpo
practicó con la habilidad que le distingue una operación traqueotómica, e introduciendo
en seguida un tubo de plata en la herida por medio de la máquina neumática, introdujo
el aire en los pulmones que empezaron a funcionar.
El milagro se cumplía. Hacía ya dos
horas que habían comenzado los experimentos; estábamos anhelantes y aunque eran
aún muy débiles los síntomas de la vuelta de la circulación, nos sentimos animados
y nuestro celo en continuar nuestra tarea fue más ardiente.
Se aplicó un cauterio activo al pie
derecho que hizo contraer en el acto la pierna, y la misma aplicación practicada
detrás de la oreja derecha sin afectar la yugular, hizo volver la cabeza al reo
con un movimiento semejante al que ejecutaría uno que quisiese hacer una muda protesta;
los músculos faciales se contrajeron con gestos muy desagradables a la vista y como
si el paciente sufriese dolores agudos.
Desde este momento estábamos seguros
del éxito de nuestra operación porque los ojos se abrieron y la boca exhaló un sonido
ronco e inarticulado.
El órgano visual izquierdo estaba
casi perdido porque el nudo de la cuerda afectó los nervios orbitarios de ese ojo,
y entonces notamos la parálisis casi total de ese lado del cuerpo. Pero ya no era
un cadáver.
El sentimiento real de la vida y
la conciencia de sí mismo fueron tardías en producirse en Heecks, quien por otra
parte no podía hablar a causa de las lesiones de la laringe.
Su cara y el único ojo que le quedaba
se abría y se cerraba alternativamente expresando una estupefacción que casi llegaba
al idiotismo. Sin embargo, tenía vida aunque fuese la vida puramente animal.
Pronto se encontró en estado de ser
transportado y fue conducido a Ponghkeepsie donde vivía su hermano.
V
Heecks, como lo habíamos previsto, permaneció muchos
días en estado vegetativo y sin conciencia alguna de sí mismo, teniendo perdido
casi el sentimiento moral. Las heridas, sin embargo, empezaban a cicatrizarse y
desaparecía poco a poco el sacudimiento que había recibido su constitución: al fin
pudo expresar su pensamiento.
Quiero repetir literalmente su primera
conversación para que se vea la incoherencia de sus ideas. Sus primeras palabras
aún balbucientes fueron estas:
–Contención de espíritu… fuerza de
voluntad… cerebro… ¡el diablo! El cuerpo de un hombre pesa enormemente en su cabeza
cuando tiene una cuerda en el pescuezo. Esto es todo lo que puedo decir.
–Heecks –le dije acercándome con
presteza–, ¿cómo se siente usted?
Abrió desmesuradamente el único ojo
que le quedaba como un hombre que despierta de un profundo letargo y me vio con
espanto. Su mirada se fijó casualmente en un espejo y exclamó:
–¿Soy yo el que está allá? ¡En qué
estado me encuentro! Estoy horroroso. ¿Es esto lo que ustedes han hecho?
–No, nosotros lo hemos salvado a
usted.
–¡Cómo! ¿Salvado? Ustedes no me han
salvado enteramente; yo he sido bien y bonitamente ahorcado.
–Pero… pero esto es precisamente
lo que hace la curación más maravillosa. Ya está usted restablecido, que fue lo
que nos comprometimos a hacer.
–¿Y a esto llama usted restablecido?,
vaya que no es usted difícil: ¿qué han hecho ustedes de mi ojo?
–¡Ay!, hijo mío, fue la cuerda la
causa de este desagradable incidente imposible de prever y de evitar. Téngase usted
por feliz de salir librado a ese precio.
–¡Dios mío! –continuó tocándose la
pierna paralizada y las cicatrices del cuello–; ustedes me han deteriorado y esto
no fue lo convenido.
–Reconozca usted, Alberto, que ya
empieza usted a ser ingrato.
–Yo no me merezco absolutamente,
doctor. ¿Está usted seguro de no haberse equivocado? ¿No han soltado ustedes de
la horca a otro mientras me han dejado a mí flotando a todo viento?
Ese día no quise continuar la conversación
y en la mañana siguiente, después de un reposo saludable, Heecks despertó tranquilo
y con el aspecto más sereno.
–Doctor –me dijo–, ¿sabe usted una
cosa? Creo que he hecho un mal negocio y que el reverendo Rowells tenía razón y
hubieran hecho ustedes mejor en dejarme donde estaba.
–¿Habla usted seriamente?
–Palabra de honor; a fe de hombre
de bien.
–¿De manera que estaba usted a su
gusto en la horca?
–Seguro y conforme.
–¿Cuáles fueron sus impresiones?
Ahora puede usted decirme la verdad, pero la verdad pura.
–Pues bien, la idea del suplicio
no me hacía mucha gracia y fue muy mal de mi grado y haciendo de tripas corazón,
que me presenté delante de ese pueblo que me aclamaba como un rey. Las palabras
que uno oye le estrechan la garganta y en aquel momento no hay valor sino una especie
de locura; pasan delante de la vista fantasmas y hay un vértigo completo. Si en
aquel momento pudiera uno exterminar jueces, verdugos y público no se haría más
que una carnicería; pero como no se puede y luego andan tan aprisa…
–¿Pero la sensación del cáñamo en
el cuello?
–¡Horriblemente desagradable! Cuando
se abrió la trampa bajo mis pies y me lancé en el espacio comprendí que estaba perdido;
una presión atroz me estrechó la garganta y oí como un crujido de cerebro, quise
gritar pero me fue imposible. Entonces sentí una masa de sangre de un rojo ardiente
saltar de las extremidades como revolviéndose en sí misma y queriendo romper su
estrecha prisión: todas esas moléculas parecían extraviadas y que querían saltar,
torcerse y sufrir; yo vi después el color de fuego ennegrecerse al espesarse. Este
segundo es espantoso y dura siglos. A esta primera sensación suceden otras más soportables
y que es imposible analizar, pero yo creo que los goces del paraíso de Mahoma no
son otra cosa, y puesto que los turcos tienen fe en su profeta estoy seguro de que
ellos han inventado la estrangulación; y ya no se admira que reciban de tan buen
agrado el cordón con que tan galantemente los obsequia el Gran Señor. Un suavísimo
calor recorre todos los miembros, y estremecimientos de éxtasis penetran en los
órganos; las visiones más fantásticas, no visiones sino realidades, se presentan
a la vista y la felicidad más completa se apodera de uno. Renaciendo sin cesar,
parece que uno adquiere incesantemente nuevas fuerzas en fuentes nuevas también,
para gozar. ¡Oh!, hablando seriamente, doctor, han hecho ustedes muy mal en sacarme
de ese lugar de delicias. Haga usted la prueba, doctor, y conocerá las huríes del
paraíso.
–¿Pero, desgraciado, no comprende
usted que esos fenómenos son los últimos síntomas de la vida que se va?
–¡Vaya! Bien ve usted que no, pues
he vuelto. ¿Quiere usted apostar veinte guineas a que empiezo de nuevo?
–Disparate; yo no se lo aconsejaría
a usted jamás, porque no se hacen dos veces las experiencias que hemos practicado
en su cadáver.
–¡Demonios! La cosa vale la pena
de pensarse. ¿Cree usted que van a hablar mucho de mí?
–Tal vez más de lo necesario.
–Efectivamente y eso sin contar con
que nada saben de lo pasado; porque en suma me han procesado, condenado y ahorcado,
pero sin saber a punto fijo por qué.
–Verdad es que el asunto no está
claro: ¡qué hombre tan singular es usted!
–Nunca ha habido uno igual, y cada
cual tiene su amor propio y lo fija en lo que quiere; lo mío es que un misterio
impenetrable oculte mi existencia.
–¡Cómo!, ¿y no revelará usted nada,
ni aun a mí?
–Para qué diablos, doctor, no me
creería usted.
–Sí tal.
–Si le digo a usted la verdad.
–Razón de más.
–Pues bien –me dijo haciéndome acercar
a su voz–, yo soy inocente como un niño en el seno de su madre.
–¿Se burla usted de mí? –exclamé
dando un salto y casi ofendido en mi dignidad.
–Ya lo ve usted –me contestó riéndose–;
lo había previsto que usted no me creería.
–Sí tal, pero con la condición de
que hable usted con seriedad.
–Crea usted todo lo que quiera, nada
me importa; pero en adelante no volveré a decir una palabra.
En efecto este hombre singular no
ha vuelto a pronunciar una letra que ilustre la opinión pública.
***
Entre tanto circuló la nueva de la resurrección de Heecks,
lo que dio margen a eruditas cuestiones de abogados sobre si había derecho para
reclamar como reo de evasión a Heecks, ahorcado por sentencia judicial y salvado
por esfuerzos médicos.
He aquí la cuestión.
Si bajo el punto de vista de la ciencia
y de la humanidad tras la cual se refugian los profesores acusados J. P. Belt y
Henry O’Reilly, tenían derecho para reanimar el principio vital en el cadáver de
un reo, tendrían esas mismas personas el derecho bajo el punto de vista del contrato
que liga sólidamente a los miembros de un país, para sustraer de un castigo justamente
aplicado a un hombre que había pisoteado todas las leyes.
La cuestión está aún por resolverse
y este juicio hará época en los anales del foro.
***
Un concurso de experiencias felices y que harán el orgullo
de la ciencia han vuelto la vida física a Alberto Guillermo Heecks. Que viva si
puede como hombre de bien, es lo que nosotros deseamos.
Pero moralmente no podemos menos
de exclamar con nuestra conciencia que es un gran miserable y que por fortuna de
la humanidad esos tipos de bandidos crueles y feroces se van haciendo raros en el
mundo.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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