Horacio Quiroga
Yo
estaba esa mañana por casualidad en el sanatorio, y la mujer había sido
internada en él cuatro días antes, en pos de la catástrofe.
–Vale la pena –me dijo el médico a quien
había ido a visitar– que oiga usted el relato del accidente. Verá un caso de
obsesión y alucinación auditivas como pocas veces se presentan igual.
La pobre mujer ha sufrido un fuerte shock
con la muerte de su hija. Durante los tres primeros días ha permanecido sin
cerrar los ojos ni mover una pestaña, con una expresión de ansiedad
indescriptible. No perderán ustedes el tiempo oyéndola. Y digo ustedes, porque
estos dos señores que suben en este momento la escalera son delegados o cosa
así de una sociedad espiritista. Sea lo que fuere, recuerde usted lo que le he
dicho hace un instante respecto de la enferma: estado de obsesión, idea fija y
alucinación auditiva. Ya están aquí esos señores. Vamos andando.
***
No
es tarea difícil provocar en una pobre mujer, que al impulso de unas palabras
de cariño resuelve por fin en mudo llanto la tremenda opresión que la angustia,
las confidencias que van a desahogar su corazón. Cubriéndose el rostro con las
manos:
–¡Qué puedo decirles –murmuró– que no haya
ya contado a mi médico!…
–Toda la historia es lo que deseamos oír,
señora –solicitó aquél–. Entera, y con todos los detalles.
–¡Ah! Los detalles… –murmuró aún la
enferma, retirando las manos del rostro; y mientras cabeceaba lentamente:
–Sí, los detalles… Uno por uno los
recuerdo… Y aunque debiera vivir mil años…
Bruscamente llevóse de nuevo las manos a
los ojos y las mantuvo allí, oprimidas con fuerza, como si tras ese velo
tratara de concentrar y echar de una vez por todas el alucinante tumulto de sus
recuerdos.
Un instante después las manos caían, y con
semblante extenuado, pero calmo, comenzó:
–Haré lo que usted desea, doctor. Hace un
mes…
Suavemente el médico observó:
–Desde el principio, señora…
–Bien, doctor… lo haré así… usted ha sido
muy bueno conmigo… y si hace solo quince días… ¡sí, sí! Ya voy, doctor… es lo
que quería decir. Mil… nuestra hijita tenía cuatro años y un mes justos cuando
su padre se enfermó para no levantarse más. Nosotros no habíamos sido nunca muy
felices. Mi marido era de constitución delicada y muy apocado para la lucha por
la vida. No sé qué hubiera sido de nosotros de no hallarnos en posición
desahogada. Siempre parecía extrañar algo, aun cuando nos sonreía. Y yo creo
que no había conocido la felicidad hasta el momento de sentirse padre.
¡Pero qué amor el suyo, doctor, por su
hija! ¡Qué devoción religiosa contemplando a nuestra nena! ¡Y qué consuelo para
mí al pensar que por fin hallaba él algo que lo ligara fuertemente a la vida!
Sin duda a mí me había amado cuanto podía
él hacerlo; pero su eterna tristeza de alma solo había podido disiparse entre
las manecitas de su hija.
Se postró por fin, como digo, para no
levantarse más. Mi propio dolor de esposa debió desvanecerse ante el dolor
inenarrable que expresaban los ojos de aquel padre que debía separarse para
siempre de su hija.
¡Para siempre, doctor! Su última mirada,
fija en mí, delataba tan intensamente lo que pasaba por su corazón, que con mis
labios le cerré los ojos, diciéndole:
–¡Duerme en paz! Yo velaré por tu hija
como tú mismo.
Quedamos solas entonces, mi criatura y yo,
ella vendiendo salud por las mejillas, yo, reponiéndome a su lado de mi largo
quebranto.
¡Criatura mía! Parecía haber sumado a las
suyas las fuerzas de su pobre padre: de tal modo la alegría de su semblante
iluminaba nuestra existencia. No era vana la promesa hecha a mi marido al
morir. Cómo él, yo concentraba ahora en nuestra hija la inmensidad de mi afecto
y de mi soledad.
¡Oh! Velaba por ella, puédeseme creer,
como si la continuidad de mi vida y la del mundo entero no tuvieran otro
destino ni fin que la felicidad de mi hija. ¡Qué sueños de dicha no he hecho
para ella, con mi criatura dormida en mis brazos, y sin decidirme a acostarla!
¡Cuán leve me parecía el sacrificio de mi cansancio, si con él podía infundir
en su cuerpecito lo que me restaba de vida!
Sí, extremo cansancio… le he explicado a
usted, doctor, cómo me sentía entonces. Me reponía por fuera, me hallaba menos
delgada y con mejor semblante; pero en el fondo de mis esperanzas algo iba
muriendo, extenuándose día tras día. Perdía, a poco de comenzar a tejerlos, el
hilo de mis ensueños de dicha y quedaba inerte, con la cabeza caída y
mortalmente cansada, como si delante de mis ilusiones se tendiera una infinita
y helada vaciedad. A veces, no sé de dónde, me parecía percibir, apenas
sensible por la distancia, una voz que pronunciaba el nombre de mi hija. ¡Me
sentía tan, tan fatigada!
No podía soñar más con el porvenir, sin
que la tristeza de la nada, de la horrible esterilidad de mis fuerzas me helara
el corazón. ¿Por qué? No existía, no, ninguna razón para sufrir así. Allí
estaba mi adorada nena, cada día más sana y alegre. Nada nos faltaba ni podía
faltarnos, dada nuestra posición. ¡No, nada! y estrujando a nuestra hija en mis
brazos, sabía bien que el porvenir era todo nuestro. Yo se lo había jurado a mi
marido.
El porvenir… mas apenas comenzaba a forjar
un sueño de felicidad para mi hija, el ensueño se helaba –¡oh, con qué horrible
frío!–, como si el amor de su padre y el mío no fueran bastante para
alimentarlo. Y caía abatida en profundo desaliento.
Un mes entero duró este estado de
angustia. Una noche, cuando comenzaba a pensar por millonésima vez en los
entrañables cuidados de que rodearía siempre a mi nena, en ese momento oí
nítidamente estas palabras:
–“No tendrá necesidad”.
¡Oh! ¡Es muy duro para una pobre madre que
se desvela por la dicha de su hijita, percibir una voz que le advierte que
cuanto haga por conseguirlo será inútil! Esa lúgubre voz daba por fin razón a
mis sueños truncos y mi tristeza mortal. Dentro de mí misma, para que fuera más
irrecusable, la voz hallaba eco y me advertía que mi hija no tendría necesidad…
¡Porque moriría!
¡Oh, Dios! ¡Morir, nuestra hijita, cuando
su padre y su madre daban toda su vida por ella! ¡Oh, no, no! ¡Yo me rebelé,
doctor! ¿Qué me importaba que una voz me anunciara su muerte, si yo me atrevía
a defender a mi adorada hija contra todo y contra todos?
Desde ese instante mi existencia no fue
sino una pesadilla de terror, sin más motivos de existir que la defensa
desesperada de la vida de mi nena. ¡Yo te vigilaré! –me gritaba a mí misma–. Y
en el preciso instante, desde la tenebrosa profundidad de nuestro destino la
voz acentuaba su advertencia, diciéndome:
–“Es inútil cuanto hagas”.
Luego… luego mi hijita debía morir. ¡Dios
mío! –clamaba yo rompiéndome en sollozos sobre el cuello de mi nena–. ¿Es
posible que la voz que alcanza hasta el corazón de una madre para anunciarle la
muerte de su hija le niegue las fuerzas para evitarla?
– Es inútil cuanto hagas”.
¡Oh, no se ha inventado tormento mayor que
el que yo sufría! ¡Morir! Pero ¿de qué? ¿De enfermedad? ¿De un accidente?
¡De accidente!
Tuve la seguridad de ello antes de oír las
palabras.
–“Morirá por accidente”.
¡Oh! Abrevio, doctor… salíamos antes todas
las tardes. Dejamos de salir. Me cercioré diez veces seguidas de la solidez de
los muebles. Golpeé horas enteras las paredes. Hice sacar de casa todo lo que
no ofrecía completa seguridad. En las piezas desmanteladas iba y venía de un lado
para otro, con el corazón ahogado de presagios. Revisaba una y cien veces lo
que había examinado ya.
Me sentía totalmente vacía de todo: Dentro
de mí no había más que espanto y terror, a los que obedecían como autómatas mis
impulsos. Tenía a mi nena constantemente a mi lado, bajo la triple salvaguardia
de mi corazón, de mis ojos y de mis manos.
Minuto por minuto, sin embargo, se
acercaba inexorable el instante de…
–¡De qué, Dios mío! –clamaba yo en mi
angustia–. ¿De qué accidente debo precaverla, salvarla a pesar de todo?
Mientras ahogaba así a mi nena entre mis
brazos, tuve súbitamente la horrible revelación: –Morirá por el fuego. E
inmediatamente, de la casa entera, de mi aliento, de mis mismas ropas surgió la
terrible seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o
días, sino por breves horas…
Como una loca corrí a la cocina, apagué el
fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas. Ordené que no se encendiera por
nada fuego. Requisé todas las cajas de fósforos que había en la casa y las
arrojé en el cuarto de baño. Como loca todavía corrí de una pieza a la otra
revisando febrilmente todos los cajones de todos los muebles de la casa. Cerré
todas las puertas y ventanas, corrí otra vez a la cocina para ver si no se me
había desobedecido, y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido,
que por ventura nunca había fumado.
Fuego… ¡oh, no! ¡Allí estábamos seguras!
Pero en vez de serenarme, mi angustia se
tornaba lancinante a cada nuevo segundo. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la
cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la
cocina y encendía el cigarro?…
¡Ah! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y
arrojando con un grito a mi nena de las faldas, me precipité a las piezas de
servicio… y la cocinera apenas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío:
una detonación había hecho retemblar la casa…
La
pobre madre calló. Por un largo instante, tal vez el preciso para que se
apagara, de su alma el último fragor del estampido, permaneció con las manos en
los ojos. Por fin:
–Sí… lo demás ya lo sabe usted, doctor… yo
también lo supe antes de ver a mi hija en el subsuelo, muerta… sí… durante mi
breve ausencia había abierto los cajones del escritorio, y había tomado para
jugar un revólver que yacía en el fondo, bien en el fondo de uno de ellos… el
arma se le había caído de las manos…
¡Doctor! –exclamó bruscamente con voz
entera, descubriendo su semblante desesperado– Yo perdí a mi hija, usted lo
sabe, como me lo habían predicho… con una frialdad y una crueldad de que solo
Dios es testigo, se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño… se
me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte… y se me aseguró
por fin que moriría de accidente de fuego.
¡De fuego, señor! ¿Por qué no se me dijo
claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver, que yo habría
podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la
vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los
fósforos, sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en
que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras, para arrancarme así
más horriblemente a mi hija? ¿Por qué…?
Y
su voz se ahogó, como cortada por la violencia con que sus manos habían subido
a crisparse sobre el rostro.
Un largo, muy largo silencio sobrevino
entonces. Uno de los visitantes lo rompió por fin:
–Usted nos ha dicho, señora, haber oído la
voz que le iba augurando su terrible desgracia.
Un hondo estremecimiento recorrió a la
enferma; pero ésta no respondió.
–Usted ha manifestado también –prosiguió
el visitante– haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana.
¿Eran una misma voz la que le advertía en vano del peligro y la que llamaba a
su hija?
La enferma asintió con la cabeza.
–¿Reconoció usted esa voz?
Y esta vez, volcándose por fin en un
interminable sollozo sobre la almohada, la pobre madre respondió desde el fondo
de su horror:
–Sí. Era la de su padre…
(Tomado
de www.lecturia.org)
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