Antón Chéjov
Aldea de Bliny-Siédeny
Querido vecino:
Maxim… (he olvidado su apellido paterno,
tenga la bondad de excusarme por ello). Excuse y perdone a este viejo viejales
y a esta absurda alma humana por atreverse a importunarle con sus lamentables
balbuceos epistolares. Hace ya un año que tuvo usted a bien fijar su residencia
en esta parte del orbe, en vecindad con este hombre menudo que sigue sin
conocerlo, y a esta deplorable libélula a la cual usted no conoce.
Permita, distinguido vecino, que aunque
sea mediante estos seniles jeroglifos, lo conozca, bese mentalmente su
erudita mano y salude su llegada desde San Petersburgo a este indigno continente,
habitado por muzhiks y campesinos, esto es, por elementos plebeyos. Ha
tiempo que buscaba la ocasión de conocerlo, la ansiaba, puesto que la ciencia
en cierto modo es nuestra madre natural, al igual que la cibilización, y
puesto que respeto cordialmente a las personas cuyo nombre y título ilustres,
coronados por la aureola de la gloria popular, por los laureles, los timbales,
las órdenes, las condecoraciones y los diplomas, retumban como el trueno y el
relámpago por todas las partes de este orbe visible e invisible, es decir,
sublunar. Amo apasionadamente a los astrónomos, a los poetas, a los metafísicos,
a los profesores asociados, a los químicos y a otros sacerdotes de la ciencia,
entre los cuales se cuenta usted por sus inteligentes hechos y ramas de la ciencia,
esto es, por sus productos y sus frutos. Dicen que usted ha publicado muchos
libros en el curso de su labor intelectual en compañía de probetas, termómetros
y un montón de libros extranjeros con atractivos dibujos.
Hace poco recibí en mis modestas posesiones,
en mis ruinas y escombros, la visita del pontifex maximus local, el
padre Guerásim, y con el fanatismo propio de él, criticó y censuró sus pensamientos
e ideas sobre el origen del hombre y otros fenómenos del mundo visible, y se
indignó y acaloró contra su propia esfera intelectual y su horizonte mental
lleno de astros y aeroglitos. No estoy de acuerdo con el padre Guerásim en
lo que respecta a sus ideas, porque sólo vivo y existo para la ciencia, que la Providencia
concedió a la especie humana para la extracción desde las profundidades del
mundo visible y del invisible de metales preciosos, metaloides y brillantes.
Sin embargo, perdone a este insecto apenas visible, si me permito refutar, al
modo de los viejos, algunas de sus ideas concernientes a la esencia de la Naturaleza.
El padre Guerásim me ha comunicado que
usted ha escrito una disertación en la que se permite exponer ideas nada
sustanciales sobre los hombres, su estado primitivo y su modo de vida
antediluviano. Se permite escribir que el hombre procede de la raza simiesca de
los macacos, orangutanes, etcétera. Perdone a este anciano, pero respeto a este
punto no estoy de acuerdo con usted y puedo refutárselo a mi modo. Pues, si el hombre,
el soberano del universo, el más inteligente de los seres vivos, procediera de
un simio tonto e ignorante, tendría rabo y una voz salvaje. Si procediéramos
del mono, los gitanos nos llevarían para mostrarnos por las ciudades y pagaríamos
dinero por exhibimos bailando a las órdenes de un gitano o metidos en una jaula
de fieras. ¿Acaso estamos completamente cubiertos de pelo? ¿Acaso no vamos vestidos
y los simios no van desnudos? ¿Acaso amaríamos y no desdeñaríamos a una mujer
que oliera, aunque sólo fuera un poco, como la mona que vemos cada martes en
casa del Decano de la Nobleza? Si nuestros antepasados procedieran de los
monos, no les habrían enterrado en un cementerio cristiano. Por ejemplo, mi
tatarabuelo Ambrosi, que vivió en tiempos remotos en el reino de Polonia, no
fue enterrado como un simio, sino junto al abate católico Yoakim Shostak, cuyas
notas sobre los climas templados y el uso desmedido de bebidas ardientes conserva
mi hermano Iván (que es comandante). Abate quiere decir pope católico. Discupe
al ignorante que soy si me inmiscuyo en sus asuntos científicos e interpreto
las cosas como un anciano y le impongo mis ideas silvestres y un tanto
chapuceras, las cuales consideran los eruditos y la gente cibilizada que
residen más en el estómago que en la cabeza. No puedo callar y no soporto cuando
los sabios razonan altivamente y no puedo no contradecirlo a usted.
El padre Guerásim me ha comunicado que
usted tiene ideas equivocadas sobre la Luna, es decir, el astro que reemplaza
al sol en las horas de oscuridad y tiniebla, cuando la gente duerme, y que
usted lleva la electricidad de un lugar a otro y fantasea. No se ría de este
anciano por escribir de manera tan tonta. Usted escribe que en la Luna, es
decir, en ese astro, viven y residen gente y pueblos. Eso nunca puede suceder,
porque si viviera gente en la Luna nos taparían la luz mágica y fantástica con
sus casas y sus fértiles pastizales. Sin la lluvia, la gente no puede vivir, y
cuando llueve, el agua cae hacia abajo, a la Tierra, y no hacia arriba, a la Luna.
La gente que viviera en la Luna se caería abajo, a la Tierra. Y eso no sucede.
Las basuras y las aguas residuales caerían en nuestro continente desde la Luna
habitada. ¿Puede vivir gente en la Luna si ésta sólo existe de noche y de día
desaparece? Y los gobiernos no pueden permitir que se viva en la Luna, porque, debido
a su larga distancia y a la imposibilidad de llegar hasta ella, se podría
escapar fácilmente de las obligaciones. Usted se ha equivocado un poco.
Usted ha escrito e impreso en su sabia
disertación, como me ha dicho el padre Guerásim, que sobre la faz de la más
grande luminaria, el Sol, hay pequeñas manchas negras. Eso no es posible,
porque nunca será posible. ¿Cómo podría ver usted manchas en el Sol, si no se
puede mirar al Sol con los simples ojos de los hombres? ¿Y para qué sirven esas
manchas, si se puede pasar sin ellas? ¿De qué cuerpo húmedo están hechas esas
manchas si no brillan? ¿Quizás es que, según usted, viven peces en el Sol?
Perdone a este bruto por haber hecho una broma tan tonta. Soy un devoto acérrimo
de la ciencia. El rublo, esa gran vela del siglo XIX, no tiene para mí ningún
valor, la ciencia lo ha eclipsado, a mi modo de ver, con sus velas ulteriores.
Cada descubrimiento me tortura como un clavo en la espalda. Aunque soy un
ignorante propietario chapado a la antigua, sin embargo, este viejo pillo
cultiva la ciencia y realiza descubrimientos con sus propias manos, y llena su
disparatada cabecita, su cráneo salvaje, con pensamientos y una serie de
conocimientos sublimes.
La madre Naturaleza es un libro que hay
que leer y ver. He realizado muchos descubrimientos con mi propia inteligencia,
los cuales no han sido inventados aún por ningún reformador. Diré, sin
vanagloriarme de ello, que no soy uno de los últimos en lo que respecta a la
erudición, extraída de los callos y no de la riqueza de los padres, esto es,
padre y madre o tutores, que arruinan a sus hijos por medio de la riqueza, el
lujo y las viviendas de seis pisos con esclavos y timbres eléctricos. He aquí
lo que ha descubierto mi insignificante cerebro. He descubierto que nuestra
gran y radiante clámide de fuego, el Sol, en el día de la Santa Pascua juega de
manera curiosa y pintoresca con los colores multicolores y produce con su
asombroso centelleo una viva impresión. Otro descubrimiento: ¿Por qué en
invierno el día es corto y la noche larga, y al contrario en verano? El día
invernal es corto porque, de modo similar a como ocurre con los demás objetos
visibles e invisibles, se contrae con el frío y por eso se pone el Sol tan
pronto, mientras que la noche se dilata con el calor de candiles y farolas.
También he descubierto que en primavera los perros comen hierba como las ovejas
y que el café es perjudicial para las personas que tienen mucha sangre, porque
produce vértigos en la cabeza y nubla la vista, entre otras cosas. He hecho
muchos otros descubrimientos, aun cuando no poseo certificados ni diploma
alguno. Visíteme cuando quiera, querido vecino. Descubriremos alguna cosa
juntos, haremos literatura, y usted me instruirá un poco sobre diversos cálculos.
Recientemente he leído en un sabio francés
que el morro de los leones no se semeja en nada al rostro humano, como creen
los eruditos. También podremos hablar de eso. Venga a verme, se lo ruego.
Venga, aunque sea, por ejemplo, mañana. Ahora observamos la Cuaresma, pero para
usted prepararemos otra comida con carne. Mi hija Natáshenka le pide que traiga
consigo algunos libros inteligentes. Es una muchacha emancipada, cree que todos
son imbéciles y que sólo ella es inteligente. La juventud de hoy –le diré–
manifiesta sus ideas. ¡Que Dios la guarde! Dentro de una semana vendrá a mi
casa mi hermano Iván (que es comandante), un buen hombre, aunque entre nosotros
le diré que no le gusta el bourbon ni la ciencia. Esta carta debe entregársela
en mano mi encargado Trofim a las ocho en punto de la tarde. Si llega más
tarde, dele un cachete, como hacen los profesores, con esta gente no hay que
andarse con ceremonias. Si se la lleva más tarde, quiere decir que el anatema
ha ido a la taberna. La costumbre de visitar a los vecinos no la hemos
inventado nosotros y no se acabará con nosotros. Por eso, es indispensable que
se traiga sus máquinas pequeñas y sus libros. Yo iría de buen grado a visitarlo,
pero soy demasiado tímido y no me atrevo a hacerlo. Disculpe a este pillo por
la molestia.
Respetuosamente queda a su disposición,
Vasili Semi-Bulátov
Suboficial de los Cosacos del Don y Decano
de la Nobleza.
(Tomado
de Chéjov, Antón P., Cuentos completos (1880-1885), Titivillus, Madrid,
2013)
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