Isaac Asimov
No fue culpa nuestra. Ignorábamos que algo anduviera mal hasta que llamé a
Cliff Anderson y le hablé cuando él no estaba allí. Más aún, yo no hubiera sabido
que no estaba allí si no hubiera entrado mientras yo hablaba con él.
No, no, no, no…
Nunca puedo contar esto con claridad. Me dejo llevar… será
mejor que empiece por el principio. Yo soy Bill Billings, mi amigo es Cliff Anderson.
Yo soy ingeniero electrónico, él es matemático y los dos somos profesores en el
Instituto de Tecnología del Medio Oeste. Ahora ya saben ustedes quiénes somos.
Desde que abandonamos el uniforme, Cliff y yo hemos estado
trabajando en las máquinas calculadoras. Ya saben de qué se trata. Norbert Wiener
las popularizó con su libro Cibernética. Si han visto fotos, sabrán que son
aparatos realmente grandes. Ocupan una pared entera y son muy complicados; y también
son caros.
Pero Cliff y yo teníamos ciertas ideas. Verán, una máquina
pensante es grande y cara porque está llena de relés y de tubos de vacío, de modo
que las corrientes eléctricas microscópicas se puedan controlar, encender y apagar,
aquí y allá. Lo que de verdad importa está en esas pequeñas corrientes eléctricas,
así que…
Una vez le dije a Cliff:
–¿Por qué no podemos controlar las corrientes sin tanto aderezo?
–¿Por qué no, en efecto? –dijo él, y se puso a trabajar en
la matemática del asunto.
No importa cómo llegamos allí en dos años. El problema fue
lo que obtuvimos después de concluir. Resultó que terminamos con algo de esta altura
y de esta anchura y tal vez de esta profundidad…
No, no. Olvidaba que ustedes no pueden verme. Les daré las
cifras: un metro de altura, dos metros de longitud y algo más de medio metro de
fondo. ¿Entendido? Se necesitaban dos hombres para transportarlo, pero se podía
transportar y eso era lo importante. Y, además, escuchen lo que les digo: era capaz
de hacer cualquier tarea que pudieran hacer las calculadoras gigantes. No tan rápidamente,
quizá, pero seguíamos trabajando en eso.
Teníamos grandes planes, planes colosales. Podíamos instalar
esa cosa en barcos o en aviones. Al cabo de un tiempo, si lográbamos reducir su
tamaño lo suficiente podríamos meter una en un automóvil.
Estábamos interesados especialmente en el tema de los automóviles.
Supongamos que uno tiene una pequeña máquina pensante en la salpicadera, conectada
con el motor y con la batería y equipada con células fotoeléctricas. Se podría entonces
fijar el itinerario ideal, eludir coches, detenerse ante los semáforos y escoger
la velocidad óptima para el terreno en cuestión. Todos podrían sentarse en el asiento
trasero y se acabarían los accidentes automovilísticos.
Era sensacional. Resultaba tan estimulante y nos entusiasmábamos
tanto con cada nuevo logro que aún podría llorar cuando recuerdo aquella vez en
que descolgué el teléfono para llamar al laboratorio y todo se fue al demonio.
Esa noche estaba en casa de Mary Ann… ¿les he hablado de Mary
Ann? No. Creo que no.
Mary Ann era la chica que habría sido mi novia si se hubieran
dado dos condiciones. Primero, si ella hubiera querido; segundo, si yo hubiera tenido
agallas para pedírselo. Tiene el cabello rojo y alberga dos toneladas de energía
en un cuerpo de cincuenta kilos, que está perfectamente configurado desde el suelo
hasta el metro sesenta de altura. Yo me moría por pedírselo, pero cada vez que ella
se acercaba, encendiéndome el corazón como si cada contoneo fuera un cerillo, yo
me deshacía.
No es que no sea guapo. La gente me dice que soy aceptable.
Tengo todo mi cabello y mido casi uno ochenta. Hasta sé bailar. Lo que pasa es que
no tengo nada que ofrecer. No necesito contarles cuánto ganan los profesores universitarios.
Con la inflación y con los impuestos, equivale a casi nada. Desde luego, si lográbamos
obtener las patentes básicas para nuestra maquinita pensante, todo cambiaría. Pero
yo no podía pedirle que esperara. Tal vez, una vez que todo estuviera organizado…
Como sea, esa noche yo estaba allí, cavilando, cuando ella
entró en la sala. Mi brazo buscaba a tientas el teléfono.
–Estoy lista, Bill –dijo Mary Ann–. Vamos.
–Aguarda un minuto. Quiero llamar a Cliff.
Frunció el ceño.
–¿No puede esperar?
–Tenía que haberle llamado hace dos horas.
Solo me llevó dos minutos. Llamé al laboratorio. Cliff estaba
trabajando esa noche, así que contestó. Pregunté algo, respondió algo, pregunté
algo más y me dio alguna explicación. Los detalles no importan, pero, como ya he
dicho, él es el matemático del equipo. Cuando yo construyo los circuitos y ensamblo
las cosas de modo que parecen imposibles, él es quien baraja los símbolos y me dice
si son imposibles o no. En cuanto colgué llamaron a la puerta.
Temí que Mary Ann tuviera otro visitante y sentí una rigidez
en la espalda cuando ella fue a abrir. La miré de reojo mientras garrapateaba lo
que Cliff acababa de decirme. Entonces, Mary Ann abrió la puerta y allí estaba Cliff
Anderson.
–Pensé que te encontraría aquí… –dijo–. Hola, Mary Ann. Oye,
¿no ibas a llamarme a las seis? Eres tan de fiar como una silla de cartón.
Cliff es bajo, rechoncho y pendenciero, pero lo conozco y
no le presto atención.
–Hubo novedades y se me olvidó. De todas formas, acabo de
llamarte. ¿A qué viene tanto jaleo?
–¿Llamarme? ¿A mí? ¿Cuándo?
Iba a señalar el teléfono y me quedé mudo. Fue como si el
mundo se derrumbara. Cinco segundos antes de que llamaran a la puerta yo hablaba
con Cliff, que estaba en el laboratorio, y el laboratorio estaba a diez kilómetros
de la casa de Mary Ann.
–Acabo de hablar contigo –tartamudeé.
Evidentemente no me hice entender.
–¿A mí? –repitió Cliff.
Señalé el teléfono con ambas manos.
–Por teléfono. Llamé al laboratorio. ¡Con este teléfono! Mary
Ann me oyó. Mary Ann, ¿yo no estaba hablando con…?
–No sé con quién hablabas –me cortó Mary Ann–. Bien, ¿nos
vamos?
Así es Mary Ann. Una fanática de la sinceridad.
Me senté. Traté de hablar con voz baja y clara:
–Cliff, marqué el número del laboratorio, atendiste el teléfono,
te pregunté si habías resuelto los detalles, dijiste que sí y me los diste. Aquí
están. Los anoté. ¿Esto es correcto o no?
Le entregué el papel donde había anotado las ecuaciones. Cliff
las miró.
–Son correctas –admitió–. Pero ¿cómo las conseguiste? No las
habrás resuelto solo, ¿verdad?
–Acabo de decírtelo. Me las diste por teléfono.
Cliff sacudió la cabeza.
–Bill, me fui del laboratorio a las siete y cuarto. No hay
nadie allí.
–Pues yo hablé con alguien, te lo juro.
Mary Ann se estaba poniendo los guantes.
–Se hace tarde –me apremió.
Le hice señas para que esperara un poco.
–¿Estás seguro…? –le dije a Cliff.
–No hay nadie allí, a menos que cuentes a Junior.
Junior era como llamábamos a nuestro cerebro mecánico de tamaño
portátil.
Nos quedamos mirándonos. El pie de Mary Ann tamborileaba sobre
el suelo como una bomba de relojería a punto de estallar.
Cliff se echó a reír.
–Me estoy acordando de un chiste que vi. Un robot que atiende
el teléfono y dice: “¡Le juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto nosotros, las
complicadas máquinas pensantes!” No me pareció gracioso.
–Vamos al laboratorio –decidí.
–¡Oye! –protestó Mary Ann–. No llegaremos al teatro.
–Mira, Mary Ann, esto es muy importante. Solo será un momento.
Ven con nosotros y desde allí iremos directamente al teatro.
–El espectáculo empieza… –empezó Mary Ann, pero no pudo decir
nada más, porque la agarré de la muñeca y nos fuimos.
Eso demuestra que yo estaba fuera de mí. En circunstancias
normales jamás la habría tratado con brusquedad. Mary Ann es toda una dama. Pero
yo tenía demasiadas cosas en la mente. Ni siquiera recuerdo haberla agarrado de
la muñeca, solo que de pronto estaba en el coche, con Cliff y con Mary Ann, y que
ella se frotaba la muñeca y mascullaba algo sobre los gorilas.
–¿Te lastimé, Mary Ann?
–No, claro que no. Todos los días me hago arrancar el brazo,
para divertirme un poco.
Y me dio una patada en el tobillo. Solo hace esas cosas porque
tiene el cabello rojo. En realidad es de un temperamento muy dulce, pero se esfuerza
por estar a la altura del mito de las pelirrojas. Yo la tengo calada, por supuesto,
aunque trato de complacerla, pobre chica.
Llegamos al laboratorio en veinte minutos.
El instituto está desierto de noche. Parece más desierto que otros edificios,
pues está diseñado para albergar multitudes de estudiantes que recorran los pasillos;
cuando ellos no están, la soledad es antinatural. O tal vez solo fuera que yo tenía
miedo de ver qué pudiera estar sentado en nuestro laboratorio. De cualquier modo,
los pasos resonaban con ecos intimidatorios y el ascensor parecía especialmente
siniestro.
–No nos llevará mucho tiempo –le insistí a Mary Ann, pero
ella se limitó a sorber por la nariz y a ponerse guapísima. Y es que no puede evitar
ponerse guapísima.
Cliff tenía la llave del laboratorio y yo miré por encima
de su hombro cuando abrió la puerta. No se veía nada. Junior estaba allí, por supuesto,
pero no había cambiado desde la última vez que lo vi. Los cuadrantes no registraban
nada anormal y, aparte de ellos, solo había una caja grande, de la que salía un
cable que iba conectado al enchufe de la pared.
Cliff y yo nos acercamos a Junior por ambos flancos. Creo
que íbamos pensando en apresarlo en cuanto hiciera un movimiento brusco. Pero Junior
no hizo nada. Mary Ann también lo miraba. Incluso le pasó el dedo anular por la
parte superior, se miró la yema y se la frotó con el pulgar para limpiarse el polvo.
–Mary Ann –le advertí–, no te acerques a él tanto. Quédate
al otro lado de la habitación.
–Allí está igual de sucio –me contestó.
Nunca había visitado nuestro laboratorio, así que no comprendía
que un laboratorio no es lo mismo que el dormitorio de un bebé. El ordenanza va
dos veces al día y todo lo que hace es vaciar las papeleras. Una vez por semana
entra con un trapeador sucio, enloda el suelo y se mueve de un lado a otro.
–El teléfono no está donde lo dejé –observó Cliff.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque lo dejé allí. –Señaló–. Y ahora está aquí.
Si tenía razón, el teléfono se había acercado a Junior. Tragué
saliva.
–Tal vez no lo recuerdas bien –traté de sonreír, pero no resultó
muy natural–. ¿Dónde está el desarmador?
–¿Qué piensas hacer?
–Solo echar un vistazo al interior. Para divertirme un poco.
–Te ensuciarás –me avisó Mary Ann, así que me puse la bata.
Mary Ann es una chica muy previsora.
Empecé a trabajar con el desarmador. Una vez que Junior estuviera
perfeccionado, teníamos intención de manufacturar modelos con estuches soldados,
de una sola pieza. Incluso pensábamos en plásticos moldeados, de diversos colores,
para uso hogareño. Pero el modelo de laboratorio estaba ensamblado con tornillos
con el fin de que pudiéramos desarmarlo y armarlo cuando fuera necesario.
Solo que los tornillos no salían. Resoplé.
–Algún bromista apretó demasiado los tornillos cuando los
puso.
–Tú eres el único que los toca –me recordó Cliff.
Y tenía razón, pero eso no me facilitaba las cosas. Me puse
de pie y me pasé el dorso de la mano por la frente. Le pasé el desarmador.
–¿Quieres intentarlo tú?
Lo intentó, y no logró mucho más que yo.
–Qué raro –comentó.
–¿Qué es lo raro?
–Estaba haciendo girar un tornillo. Se movió unos tres milímetros
y luego el desarmador se me cayó.
–¿Qué tiene de raro?
Cliff retrocedió y dejó el desarmador con dos dedos.
–Lo raro es que vi que el tornillo volvía a moverse tres milímetros
hasta ajustarse de nuevo.
Mary Ann se estaba impacientando.
–¡Vaya, genios científicos! ¿Por qué no usan un soplete si
están tan ansiosos?
Señaló el soplete que descansaba sobre uno de los bancos.
Bien; por lo general, jamás se me hubiera ocurrido usar un
soplete con Junior, como no lo usaría conmigo mismo. Pero yo estaba pensando algo
y Cliff también pensaba algo y ambos pensábamos lo mismo: Junior no quería que lo
abrieran.
–¿Tú qué crees, Bill? –me preguntó Cliff.
–No sé, Cliff.
–Pues date prisa, tonto –resolvió Mary Ann–. Nos perderemos
el espectáculo.
Así que tomé el soplete y gradué la salida de oxígeno. Era
como apuñalar a un amigo.
Mary Ann interrumpió el procedimiento al exclamar:
–¡Vaya, qué estúpidos son los hombres! Estos tornillos están
flojos. Hicieron girar el desarmador al revés.
No hay muchas probabilidades de hacer girar un desarmador
al revés. De todos modos no me gusta contradecir a Mary Ann, así que le dije:
–Mary Ann, no te acerques tanto a Junior. ¿Por qué no esperas
junto a la puerta?
–¡Pues mira! –replicó ella.
Me mostró el tornillo que tenía en la mano y el orificio vacío
en la caja de Junior. Lo había quitado con la mano. Cliff exclamó:
–¡Santo cielo!
Todos los tornillos estaban girando. Giraban solos, como gusanos
saliendo de sus agujeros; giraban y giraban y luego caían al suelo. Los recogí y
solo faltaba uno, que se quedó suspendido un momento, con el panel del frente apoyado
en él, hasta que extendí el brazo. Entonces, cayó el último tornillo y el panel
se desplomó suavemente en mis brazos. Lo puse a un lado.
–Lo hizo a propósito –comentó Cliff–. Nos oyó mencionar el
soplete y desistió.
Habitualmente tiene la tez rosada, pero ahora estaba blanco.
Y yo no las tenía todas conmigo.
–¿Qué trata de ocultar? –pregunté.
–No sé.
Nos agachamos ante las entrañas abiertas y nos quedamos mirando
un rato. El pie de Mary Ann volvía a tamborilear sobre el suelo. Miré mi reloj de
pulsera y tuve que admitir que no nos quedaba mucho tiempo. Mejor dicho, no nos
quedaba tiempo.
–Tiene un diafragma –observé.
–¿Dónde? –preguntó Cliff, acercándose.
Se lo señalé.
–Y un altavoz.
–¿Tú no los pusiste?
–Claro que no. Se supone que sé lo que he puesto. Si lo hubiera
hecho lo recordaría.
–Y entonces ¿cómo es que están ahí?
Estábamos discutiendo en cuclillas.
–Supongo que los fabricó él. Quizá los deja crecer. Mira eso.
Señalé de nuevo. Dentro de la caja, en dos lugares, había
sendos rollos de lo que parecía una delgada manguera de regar el jardín, solo que
eran de metal. Cada una de ellas formaba una espiral tan apretada que la hacía plana.
En la punta el metal se dividía en cinco o seis filamentos finos que formaban a
su vez pequeñas subespirales.
–¿Tampoco lo pusiste tú?
–No, tampoco.
–¿Qué es?
Cliff sabía qué era y yo sabía qué era. Algo tenía que estirarse
para que Junior obtuviera los materiales con los que fabricar partes de sí mismo;
algo tenía que salir para descolgar el teléfono. Recogí el panel frontal y lo miré
de nuevo. Había dos círculos de metal cortados y ajustados de tal modo que pudieran
levantarse hacia delante y dejar un orificio para que algo pasara por ellos.
Metí un dedo en uno de los orificios y se lo mostré a Cliff.
–Tampoco hice esto –dije.
Mary Ann, que miraba por encima de mi hombro, estiró el brazo.
Yo me estaba limpiando los dedos con una toalla de papel, para quitarme el polvo
y la grasa, y no tuve tiempo de detenerla. Pero debí haberlo sabido; pues ella siempre
está deseando ayudar.
El caso es que metió la mano para tocar uno de los… bien,
¿por qué no decirlo?, uno de los tentáculos. No sé si los tocó o no. Luego afirmó
que no. Pero, de cualquier modo, en ese momento soltó un chillido, se sentó y se
puso a frotarse el brazo.
–Lo mismo –gimoteó–. Primero tú y ahora eso.
La ayudé a levantarse.
–Debió de ser una conexión floja, Mary Ann. Lo lamento, pero
te he dicho…
–¡Tonterías! –exclamó Cliff–. No es una conexión floja. Junior
intenta defenderse.
Yo había pensado lo mismo. Había pensado muchas cosas. Junior
era una nueva clase de máquina. Hasta la matemática que la controlaba carecía de
precedentes. Quizá tuviese algo que ninguna máquina había tenido jamás. Tal vez
sentía el deseo de permanecer con vida y crecer. Acaso pretendiera fabricar más
máquinas hasta que hubiera millones en toda la Tierra, rivalizando con los seres
humanos por tomar el control.
Abrí la boca y Cliff debió de adivinar lo que yo iba a decir,
porque gritó:
–¡No, no! ¡No lo digas!
Pero no pude contenerme:
–Bueno, oye, desconectemos a Junior… ¿qué sucede?
–Está escuchando lo que decimos, pedazo de burro –gruñó Cliff–.
Te oyó hablar del soplete, ¿verdad? Yo pensaba escabullirme por detrás, pero ahora
es probable que me electrocute si lo intento.
Mary Ann se estaba sacudiendo con la mano la parte de atrás
del vestido y no paraba de refunfuñar por la cantidad de mugre que había en el suelo,
aunque yo insistía en decirle que no era culpa mía. El que lo ensucia todo es el
ordenanza.
–¿Por qué no te pones unos guantes de goma y tiras del cable?
– sugirió Mary Ann.
Noté que Cliff procuraba pensar razones por las cuales eso
no funcionaría. No se le ocurrió ninguna, así que se puso los guantes de goma y
caminó hacia Junior.
–¡Cuidado! –grité.
Fue estúpido advertirle. Cliff tenía que cuidarse, no le quedaba
otra opción. Uno de los tentáculos se movió y ya no quedaron dudas de lo que eran.
Se desenrolló y se interpuso entre Cliff y el cable eléctrico. Se quedó allí, vibrando
y extendiendo sus zarcillos de seis dedos. En el interior de Junior comenzaron a
brillar unos tubos. Cliff no intentó enfrentarse al tentáculo. Retrocedió, y poco
después el tentáculo se retrajo. Cliff se quitó los guantes de goma y dijo:
–Bill, así no vamos a ninguna parte. Este artilugio es más
listo de lo que creíamos. Fue tan listo que usó mi voz como modelo cuando construyó
ese diafragma. Tal vez llegue a hacerse tan listo como para… –miró por encima del
hombro y susurró–: para aprender a generar energía y volverse autónomo. Bill, tenemos
que detenerlo o un día alguien telefoneará al planeta Tierra y le contestarán: “¡Le
juro, jefe, que aquí no hay nadie excepto nosotros, las complicadas máquinas pensantes!”
–Llamemos a la policía. Se lo explicaremos. Con una granada
o algo parecido…
Cliff sacudió la cabeza.
–No podemos permitir que nadie lo descubra. Construirían otros
Junior, y todo parece indicar que aún no estamos preparados para un proyecto de
esta naturaleza.
–Entonces, ¿qué hacemos?
–No sé.
Sentí un fuerte golpe en el pecho. Miré y vi que era Mary
Ann, dispuesta a escupir fuego.
–Mira, tonto, si salimos, salimos y, si no salimos, no salimos.
Decídete.
–Pero, Mary Ann…
–Respóndeme. Nunca he oído cosa tan ridícula. Me visto para
ir al teatro y me traes a un sucio laboratorio con una máquina absurda y te pasas
el resto de la tarde jugando con botoncitos.
–Mary Ann, yo no…
Pero no me escuchaba; hablaba ella. Ojalá pudiera recordar
lo que dijo. O tal vez no; tal vez sea mejor no recordar sus palabras, pues no fueron
precisamente halagadoras. De cuando en cuando, yo intercalaba un “pero, Mary Ann…”,
que acababa arrollado por su torrente de frases.
En realidad, como ya dije, es una criatura muy dulce y solo
se pone parlanchina e insensata cuando se altera. Como es pelirroja, piensa que
le corresponde alterarse con frecuencia. Esa es mi teoría. Cree que debe hacer honor
a su pelo rojo.
De cualquier modo, recuerdo claramente que, para terminar,
me dio un pisotón en el pie derecho, volteó y se fue. La seguí al trote y balbuceé;
una vez más:
–Pero, Mary Ann…
Entonces Cliff gritó. En general no nos presta atención, pero
esta vez gritó a todo pulmón:
–¿Por qué no le pides que se case contigo, idiota?
Mary Ann se detuvo. Estaba en la puerta, pero no se dio media
vuelta. Yo también me detuve, y sentí que las palabras se me atascaban en la garganta.
Ni siquiera atinaba a pronunciar otro “pero, Mary Ann…”
Cliff seguía gritando. Yo lo oía como si estuviera a un kilómetro
de distancia.
–¡Lo tengo, lo tengo! –chillaba una y otra vez.
Entonces, Mary Ann volteó, y estaba tan bella… ¿les he dicho
que tiene los ojos verdes, con una pizca de azul? Pues bien, estaba tan hermosa
que todas las palabras se me anudaron en la garganta y salieron formando ese ruido
raro que uno hace al tragar.
–¿Ibas a decirme algo, Bill? –preguntó ella.
Bueno, lo cierto era que Cliff me lo había metido en la cabeza.
–¿Quieres casarte conmigo, Mary Ann? –conseguí decir, con
la voz enronquecida.
En cuanto lo dije me arrepentí, porque supuse que no volvería
a hablarme nunca más. Pero dos segundos después me alegré, pues me rodeó con los
brazos y se puso de puntillas para besarme. Tardé un rato en comprender qué sucedía,
y al fin respondí al beso. Esto duró un buen rato, hasta que Cliff logró llamar
mi atención dándome un golpe en el hombro.
Volteé con mal gesto.
–¿Qué demonios quieres?
–¡Mira! –dijo.
Sostenía en la mano el cable principal que conectaba a Junior
con el suministro energético.
Me había olvidado de Junior, pero volvía a recordarlo.
–Entonces, está desconectado.
–¡Frío!
–¿Cómo lo lograste?
–Junior estaba tan ocupado viéndote reñir con ella que conseguí
escabullirme por detrás. Mary Ann dio un buen espectáculo.
No me agradó el comentario, pues Mary Ann es una chica muy
fina y recatada y no da “espectáculos”. De todos modos, tenía ya demasiados problemas
como para pelearme con Cliff.
–No tengo mucho que ofrecer, Mary Ann –me dirigí a Mary Ann–,
solo el sueldo de profesor. Ahora que hemos desmantelado a Junior, ni siquiera hay
posibilidades de…
–No me importa, Bill –me interrumpió ella–. Estaba a punto
de abandonar, mi amor, tonto. Lo he intentado todo…
–¿Cómo darme patadas en los tobillos y pisarme los pies?
–Se me habían agotado los recursos. Estaba desesperada.
La lógica del razonamiento no era muy clara, pero no repliqué
porque me acordé del teatro. Miré la hora y dije:
–Oye, Mary Ann, sí nos apresuramos llegaremos al segundo acto.
–¿Quién quiere ver esa obra de teatro?
La besé de nuevo, y nunca fuimos a ver esa obra.
Ahora solo me preocupa una cosa. Mary Ann y yo estamos casados
y somos muy felices. Acaban de ascenderme; ahora soy profesor adjunto. Cliff sigue
trabajando en planes para construir un Junior controlable y está progresando.
Pero aquí no terminó todo.
Verán ustedes: hablé con Cliff la noche siguiente para anunciarle
que Mary Ann y yo íbamos a casarnos y para agradecerle que me hubiera dado la idea
y, después de mirarme un momento, juró que él no había dicho nada, que no me había
gritado que le propusiera matrimonio.
Y, claro, en el laboratorio había algo más que tenía la voz
de Cliff.
Me sigue preocupando que Mary Ann lo descubra. Es la chica
más dulce que conozco, pero, a fin de cuentas, es pelirroja y creo que ya he dicho
que se empeña en hacer honor a la fama de las pelirrojas.
De cualquier modo, ¿qué diría si alguna vez descubre que no
tuve el sentido común de declararme hasta que una máquina me lo aconsejó?
(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)
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