Víctor Roura
Martes 5. Tomé el pesero en San Ángel. A la altura del Hotel de México un hombre
subió, se sentó a mi lado, volteó a verme, sonrió, recargó su cabeza en mi hombro
y se quedó dormido. No supe qué hacer, de golpe; pero me dio pena despertarlo. El
calor era insoportable. Las ventanillas estaban clausuradas. A punto de llegar a
Reforma le dije al hombre que me bajaba en dos esquinas más, que ya era demasiado,
que agarrara la onda. Como respuesta, me dio un manazo en mi pierna izquierda. Una
muchacha, enfrente, mal disimuló un gesto de disgusto por mi forma de sacudir al
durmiente. Una abuelita llevaba a su nieto (supongo) en las rodillas. Me miró con
recelo. Moví, de nuevo, al hombre con brusquedad y le dije al conductor que se detuviera
en la cuadra siguiente. Una joven, a mi lado opuesto, que acababa de subir, me preguntó
si dejaría a mi amigo solo en la combi. Le dije que era un desconocido.
–Con mayor razón –adujo.
No entendí, pero en el acto la joven recostó también,
cómodamente, su cabeza en mi hombro. Cerró los ojos. El conductor dijo, malhumorado,
que no le quitara el tiempo y arrancó como si estuviera en el autódromo. Pronto,
la joven se quedó dormida. Le tomé su mano. Cuando nuestros dedos se entrelazaban,
un señor que venía leyendo el periódico me pegó con su bastón en mi rodilla.
–¡Deje a la muchacha en paz, insolente! –gritó.
Me ofusqué.
Sin embargo, con tranquilidad le dije que no alzara
la voz.
–Puede despertar a los bebés –aclaré.
De esta manera, llegamos hasta Indios Verdes. Entonces,
cada quien pagó su pasaje. Bajamos silenciosamente, adormilados. Vi cómo se iban,
cada uno por separado, por distintos rumbos. Yo me formé en la larga cola para volver
a tomar la misma ruta que me regresara hasta la Avenida Reforma.
El sol hizo que me desabrochara dos botones de la camisa.
Lunes 11. Desde que abordé la combi, ya venían discutiendo. Ella, una universitaria;
él, quizás su profesor. Se decían una y mil leperadas. Nunca me quedó claro si fue
ella la que descubrió al amante anudado con otra o si fue él el que atisbó a la
amada en plan comprometedor, o si ambos se sorprendieron con diferente pareja. Se
insultaban con ardor, con verdadera pasión, con inusitado desdén. Los otros tres
pasajeros atendíamos el desaliñado diseño del techo o mirábamos por la ventana,
o nos percatábamos de la suciedad de nuestros zapatos negros. En eso, con una rapidez
impresionante, ella le asestó una bofetada al amado.
Un silencio atroz nos rodeó.
Ni los coches alrededor hacían ruido. Dejamos de respirar
unos minutos. Ella lo miraba con profundo aborrecimiento. Tardó en reaccionar, el
profesor. Cuando lo hizo, levantó la mano para devolver el golpe o para estar parejo
en la ofensa, vaya uno a saber. Pero ella dijo, calmosamente:
–¡Atrévete, gusano, y mi amante te hará saber lo que
es el viaje al otro mundo! –gritó, señalándome.
La sorpresa me hizo enmudecer. El maestro me miró. Yo
volví a ver el techo de la combi. Había un animalillo extraño (o era una araña)
merodeando justo arriba de la ventanilla derecha.
–¿Pero andas con este cara de hojalatero tercermundista?
–espetó el profesor, balbuceando apenas, porque había rencor en su voz.
Los adjetivos no me hicieron mella, sino el tonito.
Lo miré, por eso, compasivamente. Moví la cabeza, bostecé y vi por la ventanilla.
–Bajamos en la otra parada, cerdita –le dije a la joven,
sin mirarla, con una frialdad que de recordarlo me sudan las manos.
El profesor ni se inmutó.
Yo hubiera hecho lo mismo, tal vez.
Pagué dos pasajes, descendimos de la combi y cerré la
puerta con violencia. Caminamos un momento sin dirigirnos la palabra. Cuando recuperé
el habla, le pregunté su nombre.
–¡Qué te importa! –casi gritó y echó a correr.
Seguramente iba ya con algunas lágrimas en los ojos.
Viernes 15. Venía de Ciudad Satélite. Era muy temprano. Apenas las seis y media de
la mañana. Somnoliento. Pero me di cuenta de su ascenso. Era linda. Quizás por los
dieciocho. Llevaba un payasito rojo y una falda del mismo color. Vendría de hacer
aerobics o iría a hacerlos. Tomó asiento enfrente de mí. Verla fue un respiro. El
día comenzaba bien.
La muchacha veía constantemente su reloj. De pronto,
empezó a sacar ropa de su mochila. En la combi solo íbamos tres personas, sexo masculino,
aparte de ella. Y en un dos por tres, así como el relámpago presagia la tormenta,
se bajó el payasito hasta la cintura y se puso una blusa amarilla. No llevaba brasier.
Luego, metiendo sus manos diestras por debajo de la falda, acabó por quitarse el
payasito, se enfundó un par de medias negras y quedó realmente hermosa. Sacó un
estuche y empezó a maquillarse. Se pintó los ojos y los labios, se polveó el rostro,
se peinó su largo cabello. Miró su reloj y dijo, sin que hubiese pregunta de por
medio, que la disculpáramos, pero tenía que vestirse en esas condiciones para llegar
presentable a su trabajo.
Ninguno de nosotros, creo, requería una explicación.
–Descuide –dije, comprensivo.
Después, pagó su pasaje y se bajó a toda prisa en la
estación del Metro Cuatro Caminos.
Ya el resto del día no tuvo sentido.
Miércoles 20. Hice la parada en Marina Nacional. La pesera se detuvo. Bajó una dama.
Educado, le extendí la mano. Sonrió, agradecida. Iba ya a subir, cuando el conductor
dijo que a mí no me podía llevar, que lo sentía mucho. Pregunté la razón.
–Porque llevo señoritas, exclusivamente –dijo, con amabilidad.
Vi por las ventanillas.
En efecto, viajaba puro personal femenino.
–Ta bien –dije.
Di las gracias, no sé por qué, y esperé otra combi.
Jueves 28. Leía, con cierta incomodidad, el periódico. Un sujeto, en Roma, mató en
un restaurante al mesero de un balazo y luego, al salir a la calle, asesinó al primero
que encontró en su camino y después, preparando los cartuchos con paciencia, a otro
y a otro y a otro, hasta contar diecisiete. Pero fue controlado por la policía,
antes de atacar a una ancianita que esperaba un taxi.
–Bajo en el próximo semáforo…
Oyó que una señora decía. Alzó la mirada y fue cuando
advirtió que el joven que tenía enfrente la miraba sin pestañear, fijamente.
Se desconcertó un poco.
Volvió a su lectura, incómoda. Aquí, en la colonia Romero
Rubio, fue encontrado el cuerpo de un hombre destazado.
El joven, se percató a la perfección, la seguía viendo
detenidamente.
Una mujer casi mata a su hija de once años, a punta
de palo seco, porque reclamó la sopa hirviendo.
–¿No trae cambio? –preguntó el conductor de la combi.
–No –contestó la señora gorda.
–No es posible, son solo dos pesos, cómo me da uno de
cincuenta, no traigo cambio –dijo el conductor, pesada la voz, devolviéndole el
billete.
–Pues no traigo, señor…
–Ni yo, señora, a ver cómo le hace.
El semáforo quedó atrás.
El joven no parpadeaba.
Ella se metió otra vez en el diario.
En una combi que enfilaba rumbo a Río San Joaquín, un
joven se bajó la bragueta y amenazó a una señorita. Nadie intervino. Los pasajeros,
no más de siete, voltearon hacia las ventanillas…
El joven no desviaba la mirada, no pestañeaba. Sus ojos
estaban firmes en los de ella.
“Solo se llevó mi monedero”, declaró la señorita. “Me
asusté mucho, creía que iba a atacarme a golpes”. “Gran susto en una combi pesera”,
se leía en el encabezado.
Ella desvió su mirada del diario. Los ojos del joven
no pestañeaban.
–No traigo cambio, señora, ya le dije.
–Yo tampoco, señor.
Se metió otra vez en el periódico. Pero ya no leía.
Solo veía letras y fotos, por encimita.
Nadie en la pesera intervenía. Cada quien estaba consigo
mismo.
Ella, de pronto, le sostuvo la mirada. Él sonrió, afable,
gentil. Ella se encogió de hombros. El joven volvió a sonreír. “Simpático”, pensó
ella. Mirada penetrante. Ningún pestañeo.
–Yo le pago, aquí está –dijo un señor que iba al lado
del conductor–, cóbrese lo de la señora.
–Gracias, muy amable –dijo la gorda.
El chofer, por fin, se detuvo. La mujer bajó, con lentitud.
–Vieja fea –dijo el joven que no pestañeaba, y le sonrió
a ella, quien bajó apresuradamente la vista.
El chofer no dijo nada. Nadie dijo nada.
–Así son las viejas –dijo el joven–. Usted también…
Y la señaló a ella.
Sus ojos volvieron al periódico.
–¡Le estoy hablando! –dijo el joven.
Todos se miraban, sin decir nada.
El joven se bajó la bragueta.
–Mire, damita –dijo el joven.
Nadie dijo nada. Todos voltearon hacia las ventanillas.
–¡Bajo en la siguiente esquina! –gritó ella.
El chofer frenó intempestivamente. Abrió la puerta automática.
–¡Ya váyase, rápido! –apresuró el chofer, sin cobrarle.
Ella se puso de pie, encorvándose.
–¿A dónde vas? –preguntó el joven, sacando con tranquilidad
la pistola calibre 45 de la bolsa derecha de su saco–, aún no acaba la historia,
la noticia todavía no se ha dado…
Atrás de la combi se oyó un claxonazo, tocado con rudeza.
(Tomado de Roura,
Víctor, Un látigo en mi alcoba, Hoja Casa Editorial, México, 1991)
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