Alberto Sánchez Argüello
Se
sientan en mi consultorio y me señalan sus córneas, quejándose de ardor y
dolores crónicos. Procedo entonces con los exámenes y les muestro las imágenes
captadas por las radiografías: las persecuciones, los gritos tras las paredes,
las balas sibilantes, los uniformes que marchan, los cuerpos en las calles. Les
explico que no puedo hacer nada, que sus nervios ópticos guardarán para siempre
este horror, pero ellos se agarran de mi bata y me suplican que acabe con su
sufrimiento. Me resigno entonces. Les hago firmar un contrato especial, les
aplico anestesia y lentamente introduzco las pinzas metálicas en las órbitas de
sus ojos.
(Tomado
de www.enfrascopequeno.blogspot.com)
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