martes, 5 de mayo de 2026

La siesta del martes

Gabriel García Márquez

 

El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvió a sentir la brisa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, había oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavía no había empezado el calor.

–Es mejor que subas el vidrio –dijo la mujer–. El pelo se te va a llenar de carbón.

La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.

Eran los únicos pasajeros en el escueto vagón de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riguroso y pobre.

La niña tenía doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los párpados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con la columna vertebral firmemente apoyada contra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenía la serenidad escrupulosa de la gente acostumbrada a la pobreza.

A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misterioso silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Después fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.

Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dio un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una ración igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura cuarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.

La mujer dejó de comer.

–Ponte los zapatos–dijo.

La niña miró hacia el exterior. No vio nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dio la peineta.

–Péinate –dijo.

El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.

–Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora –dijo la mujer–. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.

La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminoso martes de agosto, resplandeció en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.

No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.

Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construidas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.

Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.

–Necesito al padre –dijo.

–Ahora está durmiendo.

–Es urgente –insistió la mujer.

–Sigan –dijo, y acabó de abrir la puerta.

La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.

–¿Qué se les ofrece? –preguntó.

–Las llaves del cementerio –dijo la mujer.

–Con este calor –dijo–. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.

–¿Que tumba van a visitar? –preguntó.

–La de Carlos Centeno –dijo la mujer.

–¿Quién?

–Carlos Centeno –repitió la mujer.

El padre siguió sin entender.

–Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada –dijo la mujer en el mismo tono–. Yo soy su madre.

–De manera que se llamaba Carlos Centeno –murmuró el padre cuando acabó de escribir.

–Centeno Ayala –dijo la mujer–. Era el único varón.

–Firme aquí.

La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.

El párroco suspiró.

–¿Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?

La mujer contestó cuando acabó de firmar.

–Era un hombre muy bueno.

El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.

La mujer continuó inalterable:

–Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.

–Se tuvo que sacar todos los dientes –intervino la niña.

–Así es–confirmó la mujer–. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sábados a la noche.

–La voluntad de Dios es inescrutable –dijo el padre.

Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.

–Esperen un minuto –dijo, sin mirar a la mujer.

Su hermana apareció en la puerta del fondo, con una chaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.

–¿Qué fue? –preguntó el.

–La gente se ha dado cuenta –murmuró su hermana.

–Es mejor que salgan por la puerta del patio –dijo el padre.

–Es lo mismo –dijo su hermana–. Todo el mundo está en las ventanas.

La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.

–Esperen a que baje el sol –dijo el padre.

–Se van a derretir –dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala–. Espérense y les presto una sombrilla.

–Gracias –replicó la mujer–. Así vamos bien.

Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Todo está bien

Voltaire

 

Los sirios imaginaron que al ser creados el hombre y la mujer en el cuarto cielo, se atrevieron a comer una torta, en lugar de la ambrosía, que era su comida natural. La ambrosía se exhalaba por los poros; pero después de haber comido la torta, era preciso ir al excusado. El hombre y la mujer rogaron a un ángel que les enseñase dónde estaba el retrete. “Ved –les dijo el ángel– aquel pequeño planeta, apenas visible, que está a unos sesenta millones de leguas de aquí; allí está el excusado del universo; id lo más rápido posible”. Y fueron allí y se quedaron; y desde ese momento nuestro mundo fue lo que es.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Caín

Virgilio Díaz Grullón

 

El mensajero de la oficina colocó la tarjeta sobre el escritorio, Vicente la miró distraídamente y la rodó hacia un lado con el dorso de la mano, concentrándose de nuevo en la lectura del documento que tenía enfrente. Aunque había posado por un instante los ojos sobre las letras impresas en la pequeña cartulina, su significado apenas rozó la superficie de su conciencia y fue sólo un rato después cuando las letras parecieron ordenarse en su cerebro y formar el nombre que ahora surgía con pleno significado para él.

–Leonardo Mirabal –dijo en voz alta complaciéndose, como antes, en la sonoridad de las palabras. Reclinándose en el respaldar de su lujoso sillón de cuero, Vicente se sumergió en recuerdos antiguos mientras se acariciaba la mejilla con el canto afilado de la tarjeta. ¡Qué lejanos le parecieron de pronto aquellos tiempos del colegio! El primer día de clases: los muchachos corriendo hacia las puertas enormes, gritando y riendo mientras él, esquivo y huraño, se pegaba a las paredes con los libros bajo el brazo; y las voces que pasaban rozándolo: “¡Leonardo, ahí viene Leonardo!”; y la conversación sorprendida al entrar al aula: “Leonardo, ¿me explicas este teorema?, no puedo entenderlo”; y en el primer recreo, el muchacho debilucho que decía: “Leonardo: ¿me dejas entrar al equipo?, he practicado mucho en las vacaciones…”

Vicente apretó con el dedo el botón nacarado del timbre y ordenó al mensajero tan pronto abrió la puerta.

–Haga pasar al señor Mirabal.

Maquinalmente se arregló un poco el cabello con las manos y se ajustó el nudo de la corbata.

–Con permiso –decía el hombre en voz baja, de pie en el hueco de la puerta.

Vicente se levantó de un salto de su asiento y caminó hacia él con las manos extendidas, observándole a los ojos ¡Dios mío, qué cambiado está!, y diciéndole apresuradamente:

–Por favor, Leonardo, pasa adelante. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Después de apretarle las manos entre las suyas, le palmeó la espalda ¡qué flaco está y qué amarillo!

–Anda siéntate. ¡Qué sorpresa más inesperada y qué gusto me da verte!

Leonardo se sentó en el borde de la silla que le ofrecían y conservó el sombrero girando entre las manos mientras decía con suavidad:

–Yo también me alegro mucho de verte, Vicente. ¡Hace ya tanto tiempo!… Temí que ya no te acordaras de mí.

–¿No acordarme de ti?, pero, ¿estás loco?… ¡Cómo has podido imaginar semejante cosa!

Vicente se sentó de nuevo y mientras lo hacía le pareció de pronto verse a sí mismo en medio de la multitud que colmaba el salón de actos del colegio, y casi oyó la voz del maestro de ceremonias: “Y ahora, Leonardo Mirabal, ganador de la medalla de mérito, va a dirigirles la palabra en nombre de sus compañeros”…

La voz del otro lo sustrajo bruscamente de sus reminiscencias:

–No nos veíamos desde la graduación, ¿no es cierto?

–No, Leonardo –le contradijo–. Desde un año después de aquella fecha. Desde el 15 de septiembre de 1930, exactamente. Aquel día embarcaste para Europa a hacer el curso de postgraduado y yo estuve en el muelle para despedirte.

–Vaya, tienes una memoria estupenda. La verdad era que no lo recordaba.

Leonardo pareció que se disculpaba. Vicente se recostó en el respaldo de la butaca y apretó los puños bajo el escritorio al recordar la voz suave del director del colegio mientras le decía: “Lo siento mucho, señor Izaguirre, pero usted no ganó la beca. El señor Mirabal le sobrepasó por cuatro puntos”. Y la respuesta humillante de él, que todavía lo hacía enrojecer: “¿Mirabal? ¡Oh! Creí que no competiría…”

–Todo este tiempo he estado preguntándome lo que habla sido de ti –dijo en voz alta.

El otro hizo un gesto vago con la mano y respondió mirando hacia el suelo:

–Me han pasado muchas cosas desde aquellos días. No he tenido suerte, ¿sabes? Malos negocios… Locuras de juventud… Pero sobre todo mala suerte, mucha mala suerte.

Vicente se inclinó hacia adelante:

–Pero, Leonardo, no puedo explicármelo. Fuiste siempre el primer alumno del colegio… Hiciste una carrera brillante.

Leonardo habló sin quitar la vista del suelo:

–Si, una carrera brillante hasta que salí del colegio… ¿Sabes, Vicente? Creo que me hizo mucho daño el que allí las cosas me resultasen tan fáciles. Llegué a pensar que sería lo mismo afuera y, en cambio, ¡todo resultó tan distinto!… El día de la graduación parecía que tenía todo el mundo por delante…

Vicente, mientras lo observaba con mirada inexpresiva, continuó para sí el curso de las palabras del otro: y lo tenías, ¡claro que lo tenías! Estabas justamente entre el mundo y yo. Lo fuiste tomando todo a tu paso. Para mí no quedó más que lo que dejabas, porque siempre llegaba a todas partes un poco demasiado tarde: exactamente dos pasos después que tú…

–Pero, ¿y aquel matrimonio tan brillante que hiciste? –preguntó en voz alta.

–¡Ah! ¿Te enteraste de eso?… Duró poco. Apenas un año. Todo cuanto emprendí fracasaba, y mi matrimonio no fue una excepción. No podría decirte, Vicente, cuándo la suerte me dio la espalda. Quizás siempre me persiguió la fatalidad, o tal vez fue sucediendo poco a poco y no me di cuenta sino cuando ya era demasiado tarde. Lo cierto es que cuando intenté reaccionar, no contaba ya con nadie. Los que antes me adulaban, me volvieron la espalda. Las puertas que antes se abrían solas a mi paso, permanecían cerradas ante mis llamados desesperados… ¡No tienes idea de lo cruel que puede tornarse la gente!…

Leonardo hizo una pausa, y luego, tomando una súbita decisión, miró al otro a los ojos y exclamó:

–Tienes que ayudarme, Vicente. Eres la última persona a quien acudo. No quise hacerlo hasta ahora porque no quería mezclar mi vida de colegio con este vía crucis por el que estoy pasando actualmente. ¡Aquellos tiempos fueron tan hermosos!… Pero todo ha sido inútil: ninguno de los otros ha querido ayudarme…

Vicente se puso en pie y miró desde arriba la figura encorvada en el asiento.

–¿Y qué puedo hacer por ti, Leonardo?

Respondió con voz anhelante:

–Sé que el doctor Jiménez, tu compañero de bufete, se retira. Me han dicho que andan ustedes buscando un substituto… Dame esa oportunidad, por favor, Vicente.

Él permaneció un rato mudo, mirándole siempre desde lo alto, mientras recordaba el día de la entrega de trofeos, cuando el funcionario del Gobierno ponía en manos de Leonardo la copa de plata que el equipo del colegio había ganado en las competencias deportivas del último año. ¿Era este hombre acabado, vencido, que estaba allí sentado, humillándose, el mismo muchacho alto, hermoso, fuerte que había recibido aquel trofeo?… Se inclinó sobre él y poniéndole una mano en el hombro le dijo:

–No te preocupes, Leonardo. Hablaré hoy mismo con Jiménez. Cuenta con mi ayuda.

–Gracias, Vicente –le respondió mientras le estrechaba las manos con efusión–. Sabía que no me fallarías.

Sonrió ampliamente y salió del despacho haciéndole desde la puerta un saludo con la mano.

Casi al mismo instante, la puerta lateral que daba junto al escritorio se abrió con suavidad y una cabeza canosa se asomó por el hueco preguntando:

–¿Alguna novedad, Vicente?

Vicente tuvo un pequeño sobresalto y poniéndose en pie respondió:

–Ninguna, Dr. Jiménez. Un solo visitante durante su ausencia. Justamente acaba de salir… un tipo sin importancia a quien conocí hace años…

Y cuando la cabeza desapareció, Vicente sacó su mechero de plata del bolsillo, lo encendió con un movimiento del pulgar y lo acercó a la tarjeta que tomó del escritorio, manteniéndolo allí hasta que esta ardió totalmente con una llama rojiza y brillante.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 3 de mayo de 2026

Lunes

Jordi Cebrián

 

Quedó atrás el fin se semana, otra vez la rutina, el despertarse pronto, el arrancarse con la ducha los restos de las pesadillas adheridas, el desayuno que no sabe a nada porque aún no somos nosotros. Ese día gris en el que el trabajo no avanza. Los ladrones no roban en lunes, pues saben que empleados y clientes estarán de mal humor. Los jefes de estado procuran no llamarse, para no liarla. En algunos países los lunes se consiente que la gente hable mal de los demás, e incluso se considera de mal tono ofenderse si ese día te insultan.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Cuento áureo

Manuel Díaz Rodríguez

 

Psiquis, mujer al cabo, era imprudente y curiosa. Mil desventuras le costó su primera curiosidad, cuando quiso ver el rostro del amante dormido y una gota de aceite escapada de la funesta lámpara ahuyentó al hijo de Venus. Desde entonces, y por mucho tiempo, la vida fue para Psiquis una serie de malandanzas. Errante de país en país y de templo en templo saboreó todas las amarguras; padeció dolores y martirios extraterrenos; de sus ojos, convertidos en manantiales profundos, continuamente desbordados, corrían, cruzando sus mejillas, dos ríos de lágrimas; y caminó tanto, tanto, y por tales veredas, que la sangre varias veces tiñó de púrpura los cándidos jazmines de sus pies, y los jazmines lucían como rosas.

La miseria de Psiquis turbó al fin la impasibilidad augusta de los dioses; y la misma cólera de Venus pasó como los incendios del crepúsculo. Fidelidad y constancia dieron el triunfo a Psiquis, y Psiquis, dichosa y en paz, reinó sobre la tierra. Su trono, el más alto; su corte, la más ilustre: en esta no había sino grandes artistas, poetas de corazones puros, filósofos de labios disertos. Los aduladores de la reina tenían por incensarios liras, y como único incienso el Verbo, hecho música en las cuerdas, flor de luz en los labios. Pero a trono tan excelso y cortesanos tan ilustres debían, según dijeron muchos, corresponder en riqueza y esplendor el cetro, la corona y los atavíos reales. Y no más dijeron así, cuando artistas de gusto exigente partieron a buscar, por todas las comarcas del reino, las preciosidades más raras, dignas de resplandecer en la frente, el cuello y las manos de Psiquis; revolvieron tesoros, ahondaron minas, rasgaron las entrañas de la tierra y del mar; y la tierra dio su oro y sus gemas: topacios, amatistas, esmeraldas, rubíes de sangre milagrosa, zafiros de tinta ideal, diamantes de aguas puras, mientras el mar profundo y rico, si bien pobre de piedras preciosas, dio, en corales y perlas, lo mejor que tenía de besos muy rojos y ensueños muy castos.

De vuelta a la corte, los grandes artífices echaron sobre los hombros de la reina el manto de armiño y púrpura; luego se dieron a trabajar el oro, día y noche, puliéndolo, repuliéndolo, cincelándolo, para después embutir en el oro bien trabajado muchas piedras fúlgidas y acabar la corona y el cetro; por último, engarzaron perlas y corales, y un río de corales y perlas corrió por la garganta de Psiquis.

El cetro y la corona, fulgurantes como soles, deslumbraron a la multitud puesta de hinojos a los pies de la reina.

Pasaron días, años, generaciones de hombres, y Psiquis, dichosa y en paz, oyendo música de liras y música de labios disertos, reinaba sobre el mundo.

Pero, una mañana, en el silencio de su alcoba real, sola con sus riquezas, que brillaban en la penumbra con fulgores mortecinos, se sorprendió reflexionando en lo inútil de la corona y del cetro, en la mezquindad fastuosa de su manto, en la vana luz de sus joyas, y se arrepintió de haber aceptado como tributo el presente de las gemas. En sus reflexiones llegó a sentir uno como vago impulso de piedad, acompañado de un movimiento de rebeldía. Se despojó de la corona y el manto, depuso el cetro, y se vio de pies a cabeza, blanca y desnuda, como en remotos días pasados. Nostálgica de su ser antiguo, se avergonzó de vivir disfrazada como una mujerzuela vanidosa. En sus atavíos regios vio una injuria a su belleza incomparable, porque la belleza de sus formas era superior a la belleza de las piedras preciosas más raras, su cabello más rico y luminoso que todas las coronas, su desnudez más casta que el armiño.

No contenta con despojarse del manto, el cetro y la corona, Psiquis resolvió destruir sus riquezas, a fin de no caer en pecado de vanidad. Pero sus manos, deliciosamente blandas, no sabían destruir como destruye la mano brutal de los hombres: Ella no era capaz de reducir a polvo inerte su fortuna, y de aventar luego el polvo: su piedad, infinita, abarcaba los seres y las cosas, y su piedad era infinita por ser grande su ciencia. Estaba iniciada en todos los misterios de la vida, y ninguno tan prodigioso como el misterio de su propia sangre. Nunca se derramó en vano la sangre de sus venas: en donde esta caía despertaba el germen de un ser de belleza pura, graciosa, y con alas, como la belleza de Psiquis; y a favor de tan inefable virtud, la soberana pensó desembarazarse de sus gemas, convirtiéndolas en frágiles seres primorosos.

Sin echar siquiera una ojeada sobre la funesta lámpara que debía de recordarle su imprudencia de antaño, se dispuso a realizar su pensamiento en la faja de luz que desde una ventana entreabierta llegaba a morir a sus pies. Con un largo estilo, áureo y tenue como rayo de sol, hincaba sus dedos, y después con el estilo húmedo de sangre tocaba las piedras preciosas hasta no dejar ni una sin el extraño bautismo sangriento.

Al contacto de la sangre hubo en todas las piedras un estremecimiento de vida, y las gemas dejaron de ser piedras para convertirse en larvas. Muy pronto desperezos de alas estallaron en las orugas de color; y corales y rubíes fueron mariposas de alas rojas, las esmeraldas mariposas verdes, los diamantes y las perlas mariposas blancas, el zafiro mariposa azul, en tanto que de las piedras policromas volaron policromas libélulas.

Psiquis, como todos los creadores, halló buena su obra, y se regocijó mucho al ver su tesoro convertido en bandada de insectos. Libélulas y mariposas, antes de huir, se posaron en la frente, el seno, la espalda y sobre todo en el cabello destrenzado de Psiquis, y en el cabello destrenzado mariposas y libélulas fingieron un torrente de pedrería; luego, revolotearon, llenando la estancia real de música de alas y palpitaciones de élitros, para escaparse al final a través de la ventana entreabierta y perderse a lo lejos, como Psiquis las vio perderse, entre las flores, entre los árboles, en el cielo azul, amándose al aire y al sol, muy libre y sanamente.

La reina, con refinada lentitud, saboreó su acto piadoso y, satisfecha de haberse conducido según el amor y la verdad, no adivinó las consecuencias fatales de su obra. ¡Ah!, no hay como la piedad para cometer grandes errores, y el acto piadoso de Psiquis fue el último y el mayor de sus errores. Cuando se apareció de nuevo ante los hombres, cuando su belleza, en lo alto del trono, surgió blanca y desnuda como un lirio, los hombres la desconocieron: miopes estultos, de no ver sino el esplendor de las joyas, habían olvidado la belleza incomparable de Psiquis. Y no solamente la desconocieron: entre la multitud hubo imbéciles que gritaron al verla: ¡inmoralidad!, ¡infamia!, ¡usurpación!

A tales gritos, la muchedumbre puesta en pie, desconcertada y loca, semejante a una ebria de mil cabezas, empezó a girar, a remolinar, a titubear, sin saber hacia dónde dirigirse, falta de amo, sin saber ante qué ídolo postrar sus rodillas de sierva habituada a la genuflexión, y así estuvo, desesperando y vacilando, hasta caer a los pies de un grotesco mamarracho de oro, que tenía forma de asno, con aire grave de pensador taciturno, sobre lomos y anca un trapo carmesí y por ojos dos inmensas crisolitas.

Aun en lo alto del trono, Psiquis experimentó la sensación desesperante que ha matado después a muchos hombres, la sensación angustiosa de una soledad infinita en medio de la muchedumbre. Viéndose perdida para siempre, bajó del trono y, como en su antigua romería expiatoria, se fue por el mundo, de templo en templo, de país en país, caminando, caminando, porque sus alas entorpecidas por la inacción no recordaban el ímpetu glorioso del vuelo. Recorrió todas las comarcas, de las cuales había sido reina y señora, y en ninguna parte la reconocieron los súbditos, despojada como iba de suntuosas insignias reales.

Por fin, después de muchos desengaños, decidió alejarse de los hombres y vivir, mientras las alas débiles cobraban nuevos bríos, en cumbres deshabitadas. Y así, alejándose de los hombres, vengose de estos, pues a medida que ella se alejaba, los hombres padecían más y más de una extraña ceguera que les obligaba a ver las cosas como al través de un velo áureo.

Pero los dioses reservaban a Psiquis, con la suprema alegría del vuelo, la alegría de hallar en una de las cumbres a las cuales trepó, en la cumbre más alta, al único de sus vasallos que supo reconocerla porque la nube color de oro no empañaba sus pupilas. Era un pobre diablo moribundo en la flor de los años, mitad mendigo, mitad trovero. Bohemio le llamaban desdeñosamente los hombres y lo creían estúpido porque despreció la riqueza, el poder y los abrazos infames. No tenía sino un manto agujereado por las lluvias del cielo y las piedras del camino, pero él no se hubiera trocado por el más rico poseedor de tesoros. Durante su vida vagabunda recogió claros de luna, puestas de sol, gorjeos de pájaros, fragancias y músicas del bosque, y con todo eso construyó sueños, muchos sueños, hasta haber en su alma tantos sueños como hay celdas en el panal y flores, por primavera, en las acacias.

Y como Psiquis no sabía de ingratitudes, no desamparó esa alma de poeta: antes bien, la llevó consigo, al irse en busca de un mundo nuevo, no manchado de humanidad; y siempre en compañía de esa alma voló, hasta posar los cándidos jazmines de sus pies en la Vía Láctea luminosa y desaparecer por la gran ruta del cielo, blanca y azul, empedrada de zafiros y diamantes.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Pan

Margaret Atwood

 

Imagínate un trozo de pan. No tienes que imaginártelo, está aquí mismo en la cocina, encima de la tabla, en su bolsa de plástico, junto al cuchillo del pan. El cuchillo es antiguo, lo encontraste en una subasta; lleva la palabra PAN grabada en el mango de madera. Abres la bolsa, tiras del envoltorio, te cortas una rebanada. Le pones mantequilla, luego crema de cacahuate, luego miel, y la doblas. Se te escurre un poco de miel por los dedos y te los lames. Tardas como un minuto en comerte el pan. En este caso es pan integral, pero también hay pan blanco, en la nevera, y un cuerno de un pan de centeno que te compraste la semana pasada, entonces redondo como un estómago lleno, ahora poniéndose mohoso. De vez en cuando haces pan. Te lo tomas como algo relajante que hacer con las manos.

Imagínate una hambruna. Ahora imagínate un trozo de pan. Ambas cosas son reales, pero resulta que tú estás en la habitación con una sola. Ponte en una habitación distinta, para eso está la mente. Estás tumbada sobre un colchón fino en una habitación caliente. Las paredes son de tierra seca y tu hermana, que es más joven que tú, está en la habitación contigo. Está muriéndose de hambre, tiene el vientre hinchado, las moscas se le posan en los ojos; se las apartas con la mano. Tienes también un trapo, muy sucio pero húmedo, y se lo pones en los labios y la frente. El trozo de pan es el pan que has estado guardando, desde hace días, parece. Tienes tanta hambre como ella, pero no estás aún tan débil. ¿Cuánto dura esto? ¿Cuándo llegará alguien con más pan? Se te ocurre ir a ver si encuentras algo que se pueda comer, pero las calles están infestadas de personas buscando entre basura, y el hedor de los cadáveres lo invade todo.

¿Debes compartir el pan o dar el trozo completo a tu hermana? ¿Debes comerte el trozo de pan tú? Al fin y al cabo, tienes más probabilidades de sobrevivir, estás más fuerte. ¿Cuánto se tarda en decidir?

Imagínate una cárcel. Sabes algo que aún no has dicho. Los que controlan la cárcel saben que lo sabes. También lo saben los que no la controlan. Si lo dices, treinta o cuarenta o cien de tus amigos, tus camaradas, serán apresados y morirán. Si te niegas, esta noche será como la pasada. Siempre eligen la noche. Sin embargo, no piensas en la noche, sino en el trozo de pan que te ofrecieron. ¿Cuánto se tarda? El trozo de pan era de color tostado, y fresco, y te recordó la luz del sol sobre un suelo de madera. Te recordó un cuenco, un cuenco amarillo que había en tu casa. Contenía manzanas y peras; estaba sobre una mesa que también recuerdas. No es el hambre ni el dolor lo que te mata, sino la ausencia del cuenco amarillo. Si pudieras tener ese cuenco en las manos, ahora mismo, podrías soportarlo todo, te dices. El pan que te ofrecieron es subversivo, es traicionero, no significa vida.

Hubo una vez dos hermanas. Una era rica y no tenía hijos, la otra tenía cinco niños y era viuda, tan pobre que no le quedaba comida. Fue a su hermana y le pidió un bocado de pan. Mis hijos se mueren, le dijo. La hermana rica le dijo no tengo bastante para mí, y la alejó de la puerta. Entonces el marido de la hermana rica llegó a casa y quiso cortarse un trozo de pan; pero cuando dio el primer tajo, brotó sangre roja.

Todo el mundo supo lo que significaba.

Éste es un cuento de hadas alemán.

La barra de pan que he conjurado para ti flota medio metro por encima de la mesa de la cocina. La mesa es normal, no hay trampillas secretas. Un paño de cocina azul flota debajo del pan, y no hay hilos que aten la tela al pan ni el pan al techo ni la mesa a la tela, lo has demostrado pasando la mano por encima y por debajo. Pero no tocaste el pan. ¿Qué te lo impidió? No quieres saber si el pan es real o si es una alucinación que te he hecho ver camelándote de algún modo. No cabe duda de que ves el pan, hasta lo hueles, huele a levadura, y parece bien sólido, tan sólido como tu propio brazo. Pero ¿puedes fiarte de él? ¿Puedes comértelo? No quieres saber, imagínate eso.

 

(Tomado de www.bibliotecaignoria.blogspot.com)

 

El asedio

Emilio Díaz Valcárcel

 

I

Una familia normal y feliz, pensó apoyada sobre el volante. Un padre gordo y de apariencia próspera, recién afeitado, una bella pareja de niños, y una madre que alcanza ya los treinta años, mofletuda, satisfecha como toda mujer que siente colmados sus instintos cardinales.

Sintió subírsele a la garganta el confuso sentimiento de ilegitimidad que permanecía anclado en ominoso acecho en el fondo de su espíritu. Un espíritu contrahecho, pensó, regocijándose en su propio flagelo. O tal vez el espíritu esté intacto, murmuró agarrándose a una posible reconciliación consigo misma. Pero ningún alivio provino de este pensamiento. Y, sin saber por qué, tiró molesta de su falda hacia abajo, como si con ello cortara el torturante fluir de pensamientos que había comenzado justamente cuando ella detuvo el automóvil frente al edificio de departamentos. La falda, que delataba unas caderas secas, no era lo suficientemente larga para cubrir las rodillas nudosas, casi masculinas.

Neida no vendría a las tres. Tenía que cumplir compromisos con sus amigas, hablar del matrimonio, del joven actor de la última hora, de la temporada playera. Tenía que desenvolverse naturalmente entre los suyos. La podía ver sin mucho esfuerzo: menuda y ágil, primorosa en su ceñido traje beige.

Esperó quince minutos, apoyada aún sobre el volante. El hombre gordo y de apariencia próspera, la madre mofletuda y la bella pareja de niños, que durante un largo rato habían estado detenidos frente a la escalera principal del edificio en actitud de esperar a alguien, decidieron al fin entrar por la gran puerta de cristal esmerilado. (El macho vigilante y serio, cumpliendo a cabalidad su tradicional misión, seguido de la sumisa hembra y de la cría –meditó.) Imaginó esa familia ubicada en un siglo remoto: una tosca guarida en una cueva, el macho y la hembra en cueros, la cría comida por piojos y pústulas hoy desconocidos, trepando dificultosamente el primer peldaño de la historia humana. Esta imagen del origen del hombre la movía a risa. Era su desquite.

Neida, la maldita, la irresponsable Neida no vendrá –se dijo. Atisbó hacia el tercer piso torciendo el cuello por la ventanilla del auto hacia afuera: allí estaban las begonias, los geranios, la jaula con el canario que nunca canta, todo lo que resultaba familiar a su figura. Pero no vio la fina mano posada en la baranda, ni el dorado cabello reflejando el sol de la tarde. Encendió el motor y arrancó calle arriba. Al infierno si no quiso venir, se dijo.

Manejó durante quince minutos por las calles abandonadas. Eran las calles del domingo. Estaba aburrida. La radio sólo le ofrecía sermones religiosos. Se dirigió a las afueras de la ciudad.

 

II

Vio el letrero (LUGO’S) y se detuvo. Estacionó su automóvil cerca de la entrada y entró al establecimiento. En el patio interior danzaban lentamente unas parejas. Se sentó a una de las mesitas y pidió una bebida. Era su rutina. De casa de Neida al Country Club y de ahí al infierno. Afuera, los automóviles pasaban rugiendo por la ancha carretera de cemento.

Sospechó que tendría visita. Unos hombres la miraban moviendo los labios. Exactamente lo de siempre. Dos vientres abultados pasaron rozándose ante su nariz, movidos por la ligera música del gramófono, bajo el revuelo de hojas arrancadas por la incipiente brisa veraniega. El árbol de mango se elevaba en medio de la plazoleta, una plazoleta resquebrajada y llena de hojarasca. A la gente, a la estúpida gente le gusta la naturaleza, meditó. Neida con sus geranios y su canario machorro. El amor a la naturaleza, al orden, a la perfección…

–¿Bailamos, señorita?

Se sintió incómoda. Era como si le acreditaran un acto heroico que no le pertenecía, como si efectivamente hubiera habido una terrible equivocación al dirigirse a ella y condecorarla con las palabras. Pero tenía que participar de la farsa.

–Gracias. Espero a alguien.

No dio importancia al gesto del hombre. Ya no la alcanzaban. Estaba sola en el fondo de una soledad sin nombre, sin esperanzas de salir alguna vez hacia un mundo cálido y deseado, el mundo de los otros.

Desde una mesa, cuatro hombres la miraban y sonreían. Pensó que la habían descubierto. Se levantó y fue hasta el salón de las damas. El letrerito le despertó la amarga sensación de ilegitimidad que la abrumaba siempre que debía enfrentarse a sí misma. Se empolvó la nariz descuidadamente, ojeó su cuerpo seco y anguloso, se arregló distraída el severo cuello de anchas solapas, abotonado casi hasta la asfixia, y salió nuevamente a la plazoleta de baile. Sentía un ligero dolor de cabeza. Vas a tener problemas a la noche, se dijo. Tendrás que tomar por centésima vez ese maldito sedante.

Un matrimonio joven y dos niños ocuparon la mesa de al lado. Otra vez la imagen del matrimonio feliz, pensó. Los niños, como si hubiesen estado esperando el instante en que sus padres apoyaran los codos sobre la mesa, irrumpieron en el salón de baile, saltando, interrumpiendo en ocasiones a los bailadores. No los quiso mirar. Los odiaba. Temía que se le acercaran con sus latentes amenazas. Frente a ellos siempre estaría desarmada. Cada niño encubría el embrión de un enemigo: mientras mantuvieran su inocencia, no había por qué temer al peligro escondido en cada uno; pero sabía que con el correr del tiempo el conocimiento de la desgracia ajena les daría suficientes armas para la maldad. Había que esperar a que el germen creciera y se manifestara para entonces atacarlo debidamente. Entretanto, no tendría razones suficientes para demostrar su odio.

–¿Bailamos?

Hubiera golpeado aquella mano de dedos tabacosos extendida ante sus ojos, pero en cambio alzó la cara y movió negativamente la cabeza. Los niños la rozaron con su juego.

–Cuidado, pueden darse un golpe –dijo con disimulada furia (tuvo que decirlo, tuvo que aceptar que dos chicos jugaban frente a su mesa y que cuatro ojos paternales la observaban llenos de orgullo y estudiando en ella una posible reacción).

Pegó los labios a su vaso y sorbió con lentitud el gintonic. Adivinaba un sordo movimiento subterráneo, manos y rodillas acariciadas debajo de las mesas; un rumorante mundo de palabras íntimas y pasos bailados. Vio, sin proponérselo, al grupo de hombres que la vigilaban desde una mesa. Había aprendido a esquivar con éxito esa clase de mirada. Siempre que observaba a un hombre con detenimiento advertía su pronta petulancia, su inmediata preparación para el combate. El primitivo cazador, orgulloso y sobreposeído por sus dotes: el oscuro origen de la primacía y la actual petulancia masculina, meditó. Tendrás que quedarte recluida en casa. Tendrás que huir antes de que te encierren como a un animal extraño.

La camarera le trajo otro vaso de bebida. La miró un momento.

–¿Qué le pasó a tu prima?

–Se fue. No quiere trabajar más aquí.

–¿Dónde trabaja ahora?

–No lo sé. Dijo que se iba a casar.

–¿Sí?

–Sí. Ella dijo eso.

–¿Y tú, cuándo te casas?

–¡Cristiana!

–Todas las mujeres ambicionan casarse. ¿No te gustaría a ti?

–Claro. Pero los hombres son tan difíciles de entender que a veces es preferible quedarse soltera.

–Sí, algunas mujeres preferimos quedarnos solteras.

–¿Usted es soltera?

–Desde luego. Tengo mala suerte.

–No diga eso –dijo la chica–. La suerte la hace una misma.

–Es verdad. Yo misma he hecho mi mala suerte. Pero no me arrepiento. Y prefiero salir con amigas, no con hombres. Las amigas somos más sinceras.

Sorbió el brebaje mirando de reojo el cuerpo enjuto de la muchacha, los tirantes que le prestaban un aire absurdamente infantil, el talle alto, ridículo. Sin embargo, estaba formada exactamente igual que las demás.

–¿Y usted, espera a alguien?

La pregunta de la muchacha era inútil, pero el ritual debía ser ejecutado en su más mínimo detalle.

–Vine a tomar el fresco. No hay mucho que hacer los domingos por la tarde. ¿Por qué no te sientas un momentito?

–Ahora no puedo. Usted comprenderá, el trabajo.

No, no era sólo el trabajo, pensó mientras sonreía amablemente a la muchacha. Las curiosidades (ella era una curiosidad, estaba segura de eso) interesan a las personas, pero no tanto como para acercárseles peligrosamente. Sólo sirven para ser observadas desde lejos, desde la seguridad de un balcón, o a través de un espeso cristal, o desde un enrejado de zoológico.

La camarera le devolvió la sonrisa y se fue a atender a otros clientes.

–Estoy segura de que Dios Nuestro Señor no permitirá que nuestros hijos vayan a otra guerra –gritaba una mujer de mediana edad en una mesa cercana.

–Las guerras son fenómenos que pertenecen a los hombres –graznó el vejete que estaba a su lado–. Ellos saben cómo sacarles buen partido.

–Tú te olvidas de Dios –chilló la rubia mujerona, pegando los labios al vaso de cerveza–; tú te olvidas de Él, y todos nos olvidamos y ahí está el resultado, las muertes, mi marido muerto en la guerra.

–Eso estuvo bien –dijo el vejete–. Si no hubiera sido por eso, no estaríamos juntos disfrutando esta hermosa tarde.

–¡No hables de mi difunto marido! –sollozó la mujer, apresurándose a ingerir un largo sorbo–. Por lo menos respeta su memoria, ya que no respetas a su pobre viuda.

–Dios lo tendrá en su regazo.

–Eso es lo único que me tranquiliza, Liborio. Sírvete otro trago.

Si es verdad que Dios existe, pensó ella, debe ser lo más sadista que conoce la humanidad.

Los niños, después de corretear un largo rato por entre las mesas, regresaron jeremiqueando donde sus padres.

–Yo se los decía –gruñía la madre–. Encima de eso debiera darles una paliza.

–¡Agustina, Agustina! –intervenía el hombre.

La camarera la observaba desde el fondo del salón. Ella le hizo una discreta señal con la mano. Es ridícula, pensó, ridícula. La muchacha le sonrió y caminó hacia la barra. (La mujer de los primeros siglos, sin espejos, sin almizcle, sin Revlon… ahora los afeites, los tirantes, el rouge, la absurda estrategia).

La camarera puso la cuenta sobre la mesa.

–¿A qué hora sales?

–A las doce, a la una, depende de los clientes. ¿Por qué?

–Por nada. Pensé que podría venir a charlar un rato. Podríamos dar un paseo; no te imaginas lo sola que me siento.

La muchacha limpió la mesa, cobró, luego dijo:

–Lo siento de veras. Será otro día.

–¿Pero por qué? Yo tengo un carro, te puedo llevar a tu casa. Tú y yo nos podríamos llevar muy bien.

–Venga otro día. Hoy viene a buscarme un amigo.

Estaba mintiendo, pero se vio obligada a sonreírle. Ridícula, pensó envuelta en una súbita llama de rabia, ningún hombre se preocuparía por tu asqueroso cuerpo. Bebió un sorbo más. Las parejas bailaban en alegre torbellino, bajo la fresca brisa del anochecer. Es hora de que te largues, se dijo; no vale la pena gastar el tiempo entre esta basura.

 

III

Su departamento estaba ubicado en un quinto piso, frente a la avenida central del elegante suburbio capitalino.

Entró al amplio dormitorio y encendió la luz. Se contempló en el espejo. Te estás poniendo vieja, murmuró; te estás poniendo vieja sin haber logrado nada de la vida, sin haber sido ni siquiera un poco sincera. La imagen de Neida apareció en su memoria: sonriente, juguetona, un poco inocente ante sus palabras, burlándose de sus continuas lecturas, de las reproducciones de pintura moderna, pero seria, intolerante cuando llegaban los momentos íntimos, incapaz de ceder ante sus impulsos.

Levantó el auricular y marcó un número. Contuvo el aliento mientras hablaba:

–… sí, soy yo… ¿está Neida?

Mientras escuchaba la respuesta, le llegaba el ruido acolchado por la altura, de voces humanas y de bocinazos. A esa hora la ciudad entera empezaba a hervir llena de vida. Neida tal vez estaría perdida en ese tumulto. Tenía los ojos fijos en la primorosa reproducción de un Modigliani: una mujer en tonos ocres y rojizos, con un largo cuello estilizado. La copia fue comprada en Macy’s el invierno pasado, luego de la visita al Museo de Arte Moderno, después de las largas charlas sobre Arte y Personalidad Contemporáneos. Neida se había reído mucho de ese cuadro, y se había dejado caer sobe el canapé descuidadamente mostrando una blanca rodilla. Esa noche ella descubrió la furia con que Neida subrayaba sus negativas. Y el cuadro quedó allí, testigo mudo e inútil de otra noche perdida.

–… sí… muchas gracias, cuando regrese le dice que la llamé, gracias…

Colgó el auricular de un golpe. Miró hacia la ventana, cerca de la cual colgaba un grabado de Rafael Tufino. Un grupo de hombres desyerbando, trazados con vigorosas líneas. Esa puede ser la felicidad, meditó; en esos brazos nudosos y en esos rostros contraídos por la miseria hay un serio compromiso con la vida, una sinceridad de propósitos que tú, la scholar, la humanista, nunca has tenido.

Escuchó el creciente rumor nocturno. Domingo en la noche. Las parejas enamoradas bailaban bajo la luna, o hablaban en su particular jerga en los automóviles estratégicamente estacionados. El mundo, ese brillante mundo poblado de ruidos y luces fluorescentes se le desplomaba encima. Los cinematógrafos estaban repletos de jóvenes parejas, de jadeos; dedos ciegos como el instinto se sumergían en un mar de enaguas almidonadas. No quería pensar en la honradez del campo –representada en cierto sentido, en parte, por el grabado junto a la ventana– en la honradez amatoria del campo, en las orillas de los ríos, en el cálido abandono de los bosques, en los anónimos jergones primitivos donde el amor es más puro y menos dialéctico. El mundo seguía su curso, el curso normal, trazado por algún asesino. El rumor subía por la ventana: voces de hombres, de mujeres, risas, risas que golpeaban el centro mismo de su existencia.

Se asomó a la ventana. Vislumbró las siluetas en trajes de noche, los abrigos, la alegría, los descotes, el constante bullicioso fluir humano por la puerta del Casino. Casi podía adivinar la blancura de los dientes, la suavidad innominable de los cuellos femeninos, el concienzudo acicalamiento general, las espantosas manos de los hombres.

Sacó la cabeza ventana afuera. La brisa caliente, bochornosa, que pesaba sobre el ruidoso tráfago de la ciudad, le produjo vértigo. Escupió hacia la noche, hacia la humanidad, hacia aquella multitud de seres altivos y bárbaramente normales que la asediaban con el alarde de la felicidad. Escupió una, dos, tres veces, hasta que sintió que el llanto, un llanto duro que se negaba a humedecer su rostro, se cuajaba bajo sus párpados.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)