Dahlia de la Cerda
Fui
educada para estar frente al poder. Mi familia se ha dedicado toda la vida al servicio
público. Mi abuelo, por ejemplo, fue presidente municipal y gobernador. Mi abuela
fue secretaria de gobierno hace veinte años. Y mi papi ha sido senador, regidor
y diputado federal. A pesar de que mi bisabuela, mi abuela y mi madre son pioneras
en romper los techos de cristal para que las mujeres puedan acceder a puestos de
toma de decisiones, amigui, no me gustan ni el servicio público ni los cargos de
injerencia política. Yo quiero ser la esposa de un hombre en el poder, no ejercerlo.
Sí me entiendes, ¿no? Cero Angela Merkel, muy Michelle Obama.
La gente me pregunta por qué. Por qué si tengo
el capital económico, cultural y político, no aspiro a la política. Incluso hay señoras que me llaman “malagradecida”
y reclaman que desperdicie un espacio por el que dieron su vida tantas antes de
mí. Espera, o sea incidieron para que yo tuviera la opción de decidir, no para que
me viera obligada a tomar un puesto sólo porque ellas lucharon en el movimiento
sufragista. Sí me explico, ¿no?
No me interesa la política porque las
mujeres en el poder masculinizan su aspecto o usan atuendos maternales so riesgo
de ser criticadas por huecas. Angela Merkel, por ejemplo, la poderosa canciller
alemana, casi siempre se viste de rosa, ¡rosa!, tipo una abuelita dulce, amigui.
Al menos diez veces ha encabezado la lista de las políticas más importantes del
mundo. Vela, fíjate bien y dime, ¿qué ves? Ha anulado su feminidad igual que esas
señoras que se cortan el cabello cuando se casan para dejar de ser atractivas y
no faltarles el respeto a sus maridos. Ay no, qué terrible.
Angela es la mami de miles de huérfanos,
la figura maternal, pragmática y austera. No, yo no quiero eso, soy demasiado joven,
sexy y superficial –lo acepto–. Y espera: no está exenta de escándalos, hay quien
incluso la cree hija de Hitler; sí, sí, literal. No obstante la revista Time
la nombró la persona del año. ¿Por qué?, ¿qué ha hecho ella para ser elegida la
persona del año? Diplomacia, rechazar la guerra, ser un puente entre Rusia y Occidente.
Es cristiana, sin embargo, cuando le tocó
decidir sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, se deslindó. Aplausos.
Como puedes ver,
no sólo soy una cara bonita y un cuerpo fitness, también soy una mujer informada
y con preparación. Leo el periódico cada día porque, aunque no me interesa el poder,
quiero estar sentada a su lado. Mi papi siempre me ha dicho que tengo un extraño
encanto. Tipo Ana Bolena, de quien algunos historiadores afirman
que era fea, pero atractiva. Yo me miraba en el espejo y no encontraba ese
encanto. Más bien veía a una mujer guapa, tampoco a una hermosura, guapa a
secas. Mi papi sostenía que había algo en mí, la serenidad en mi rostro, la
ecuanimidad en las decisiones más complejas, mi docilidad. Sobre todo mi docilidad
me hacía muy atractiva.
Mi hermana, que en paz descanse, era una fierecita.
Yo en cambio siempre he sido aquello que se espera de mí. Amable, no fácil. Digna,
no orgullosa. Tierna, no empalagosa. Alegre sin llegar a frívola. Cuando río,
no lo hago a carcajadas y siempre me tapo la boca. Observo con discreción.
Converso, pero con mesura. ¡Sí, es un poema, forjé mi personalidad basándome en
un poema!
¿Puedes creerlo? Aunque una dama se reserva
sus opiniones políticas en público, yo las doy, ¡claro!, sin cruzar los márgenes.
Soy progresista sin caer en un izquierdismo acrítico, conservadora
sin llegar a ser populista. No sé si me explico. ¿Liberal? Si acaso, de clóset.
De niñas, mi papá nos compró un par
de hermosos juegos de té
de porcelana. Yo me senté
en la
mesa del comedor
con
un vestido azul cielo, rodeada de mis osos de peluche, a tomar el té, amigui, superteta. Mi hermana los usó para construir un castillo de lodo en el jardín. Ella era
indomable: nunca quiso
bailar ballet; le gustaba el reggaetón, la fiesta, las borracheras, y tener
novios,
uno tras otro. Nos dio millones de problemas, era rebelde
y
escandalosa. Casi la expulsan del colegio porque se le ocurrió ir semidesnuda en Halloween. Estuvo internada por
un trastorno alimenticio, anorexia. Y finalmente las malas decisiones y el cúmulo
emocional de los excesos pasaron la factura. Tenemos su foto en la sala de la casa
siempre con flores blancas frescas y una veladora de color rosa. Es bien triste.
Antes no podía hablar de esto; con los años lo estoy superando. Es supertriste.
Yo, en cambio, desde niña,
he sido una princesa. Me gustaban los vestidos largos y femeninos. Me fascinaba
pararme frente al espejo y cantar a la Sarah Brightman y, ya cuando de plano me
ponía muy salvaje, imitaba a Paulina Rubio. También hacía poses de ballet (primera, segunda y tercera posición),
alargaba el cuello como garza y giraba la mano con movimientos llenos de
gracia.
Un día mi mami entró a la habitación y me
encontró caminando con un libro en la cabeza y siguiendo la línea divisoria de
la duela. “¿Qué haces?”, me preguntó. “Mami, estoy practicando para caminar como
una dama”, le contesté sonrojada, tipo jitomate. Tuvimos una conversación de chicas.
Le expliqué que yo quería ser una dama, andar con tacones sin parecer venadito recién
nacido, usar los cubiertos conforme a la etiqueta y saberme al pie de la letra
el manual de Carreño. “¿Es en serio?”, me cuestionó muy alarmada. “Sí, mami”,
le afirmé. Bajó la mirada, suspiró y me dijo: “Hay una escuela de clase y estilo, ¿te gustaría asistir?” “Sí, mami, supersí”
La primaria y secundaria me la pasé estudiando reglas de etiqueta,
idiomas, automaquillaje, personalidad y danza clásica. Muy padre. Cuando entré
a la preparatoria, yo
era una joven regia con porte. Me vestía con trajes Julio y Oscar de la Renta
clásicos, elegantes y austeros. Usaba zapatos de tacón de rigurosos siete centímetros
y maquillaje nude. Sacaba 9.5, jamás diez. Aunque tengo la capacidad, no
me gusta humillar a los varones. Soy, o era, esa mujer que la gente dice que no
existe. Rubia, esbelta, sexualmente disponible sin llegar a ser una puta. Una dama
en la mesa y una ramera en la cama. Debajo de mi ropa uso lencería Calvin Klein.
¿La Perla? Eso es para gatas, amigui, qué asquito.
Mi meta era salir de mi casa bien casada con
un hombre poderoso. Hice lo que debía hacer: trabajé, me esforcé y me sacrifiqué;
lloré lágrimas de sangre para concretar mis metas. Y lo logré.
Mi
hermana se descontroló… Necesito sacar esto, perdón,
en serio. Un día llegaron a la casa dos camionetas con las cajuelas llenas de rosas.
Rosas, amigui, muchísimas: neta, eran miles. Un regalo. Sentí entre envidia y miedo.
¿Quién le manda más de mil flores a una niña de dieciséis años? Luego nos presentó
al susodicho. Un niño equis, ni guapo ni feo, pero millonario, millonario en serio.
A mí me dio mala espina porque era medio naquito. Yo albergaba la esperanza de que Regina se fuera de internado
a Londres
y regresara lista para reintegrarse a la sociedad, a la gente bien, tú sabes,
gente nice, la gente chida de este país. Las cosas fueron de mal en peor.
Y finalmente todo concluyó en fatalidad. Como te conté, ella se suicidó. Ya lo superé,
te lo juro, neta.
La muerte de mi hermana me afectó. Aunque no
se lo decía, yo la quería, era mi bebé.
Tuve una breve etapa, que me duró un año,
de desmadre. Empecé a beber en exceso, a vestirme de forma
zorrona, naquita. Cambié
los trajes sastre por vestidos entallados y diminutos bikinis. Mi vida se convirtió en fiestas, borracheras y drogas. Me metía ácidos como si no existiera un mañana. Llegó mi primer novio o primera aventura sexual. Me enamoré
(si es
que a
esa combinación de depresión, ajos y alcohol se le
puede llamar “enamoramiento”) del
nieto de un presidente
municipal.
En una noche
de
fiesta yo estaba superdrogada y él me propuso tener sexo. Amigui, para mí, una chica de familia que había pasado su adolescencia esforzándose por ser
una dama, el sexo era tema tabú, un misterio. Cero información. O sea, yo era virgen. En mi vida había besado, es más, me daba terror tocarme la vagina.
Equis, eso ya fue. Estaba muy muy fresa eso de la sexualidad, pero me quería ver
supercool y me fingí experta. Le dije que me tomara video con su iPhone
al tiempo que me desnudaba con una canción de reggaetón, supertonta. Permití que
me grabara mientras cogíamos, y por si fuera poco me filmó drogándome, bebiendo
en exceso y diciendo muchas pendejadas. Sí, obviamente él les mandó el material
a todos sus amigos y fue un escándalo. Mi papá
lo
denunció por pornografía infantil –yo tenía diecisiete años– y a mí me mandó a España
a
terminar la prepa y empezar la universidad.
Allá conocí a Fernando. Desde niño lo habían educado
para ser el presidente de nuestro país. El partido con el voto duro más poderoso
lo iba a lanzar a la contienda electoral en cuanto cumpliera los treinta y cinco
años. Él estudiaba Ciencias Políticas y se quedaría en Europa para hacer la
especialidad en Administración Pública y Democracia, y el doctorado en Derechos
Humanos. Volvería a México a los treinta años e iniciaría su carrera política. Estaba
destinado, no, destinado no, habían construido una superestrategia para convertirlo
en el Justin Trudeau mexicano.
No quiero que piensen
que soy una interesada y que
sólo
lo seduje para ser primera dama de México, o sea cero. Yo me enamoré
y
estoy enamorada en serio. Nos conocimos cuando éramos unos púberes y nos sentimos identificados. Ya sabes, familias de abolengo, escándalo, vete a Europa a que
el
pueblo lo olvide y regresa a triunfar. Mi plan en aquel momento era permanecer en España hasta acabar la licenciatura en Comunicación y luego volver a México. Me enamoré, me quedé a hacer
la
maestría y entonces Fernando me propuso matrimonio. Fijamos fecha de boda: llegaríamos juntos, yo de veintinueve años, él de
treinta. Él, doctor en
Derechos
Humanos; yo, maestra
en Arte
Cinematográfico. La pareja perfecta de recién casados, la pareja
más
joven en habitar en Los
Pinos.
Hice la maestría por matar el tiempo y porque me encanta ver películas.
Ahí me hice muy amiga de una chica que se
llama Julia; la amo y la adoro. Ella es guionista. Era mi confidente. Un día fuimos a tomar café mientras Fernando estaba en una reunión, y le
conté sobre el plan de posicionarlo como el Trudeau de América Latina. Se rio.
“Se
la maman. ¿Y tú? ¿Tú qué? ¿Tú quién vas a ser?”, me preguntó. Tuve una epifanía. “Oye, tengo que contratar a alguien que diseñe
mi imagen política”, le contesté. Tomé mi celular y me puse a googlear primeras damas y mujeres poderosas. Cristina Fernández y sus
zapatos Louboutin, muchas críticas. Adiós, zapatos caros. “La muerte”, pensé. Que
falta de prudencia: una puede gastar veinte mil pesos en unos Prada que no se
vean de marca; aquella suela roja es inconfundible, qué falta de tacto. Tache, Cristina. Anahí, ¡ay, mi
Anahí! Next. La Gaviota, actriz de telenovelas. No, no
quiero
nada de eso para mí.
Busqué en los recovecos.
Indagué
lo que pude: moda, estilo. Michelle Obama se alisa el cabello para encajar en
la política: ella tiene el cabello chino crespo. Usa vestidos baratos. Me
gustaba su look, aunque en México dónde compra una vestidos baratos que no
sean horrendos, ¿en Suburbia? No, qué oso. La esposa del presidente francés, Brigitte Macron. Fue su maestra, se llevan
como veinte años y ella es brillante. No, eso no va conmigo. Melania, exconejita,
no. Eleanor Roosevelt, demasiado abuela, no. Evita Perón,
¿neta, amigui? Clinton, muy ambiciosa, no, next. “Bebé, bebé –mi amiga me
sacó del letargo–. Esas son tonterías. Lo que tú necesitas es construir un
personaje. ¿Por qué la gente ama a Tyrion
Lannister o a Walter White?
¿Te acuerdas del guion, el libro de la maestría? Lee el primer capítulo, ahí están tus respuestas”, me dijo. Las ventajas de que tu best friend sea una nerd.
En el libro el autor señala que para
construir un personaje
entrañable debes, palabras sencillas, ser muy pueblo, o sea
lograr
que el vulgo, que el
proletariado, se identifique
con tu personaje. Mi primer problema era obviamente mi color de cabello, ojos y piel. Una no
puede ser la primera dama más amada de México siendo rubia en un país de prietos.
Me fui a broncear, empecé
a
usar pupilentes cafés y me teñí
el cabello de castaño oscuro.
No
me reconocí.
Regresé y mantuve
un bajo
perfil. Mi esposo anduvo de servidor público de aquí
y
de allá
y
yo me quedé al margen de gastos y escándalos. En las
sombras. Cuando al
fin se
presentó como candidato a la presidencia, lo acompañé con un vestido negro de deshilado hecho por artesanas indígenas de Guerrero. Yo, ahí, con mi piel bronceada, cabello color chocolate, ojos cafés y sonrisa
radiante. Un día antes abrí nuevas redes sociales para iniciar de cero. Encabecé los noticieros: “Con una imagen mestiza, orgullosa de sus raíces, Constanza quiere ser primera
dama de México”. Nadie recordaba a la rubia representante de la élite mexicana que un día
fui.
¿No es
perfecto?
En mi Instagram
me dediqué a mostrarme humana, llena de miedos e imperfecta. Subí la foto de un pastel que
se me quemó; adopté
un perro callejero; compartí
imágenes de mis compras, todas a artesanas independientes; lloré por una discusión con mi
esposo y grabé un video quejándome sobre lo poco que los hombres valoran lo que
hacemos por ellos. Jamás presumí un lujo. En seis meses ya tenía dos millones de seguidores. Mi imagen era muy favorable.
Alberto Castellanos, un
periodista de renombre, me
pisaba los talones. Me dedicó un par de columnas hablando
sobre mis lazos familiares y de mi hermana Regina.
Para deslindarme de mis
ancestros publiqué un video disculpándome por la corrupción y malos manejos de
toda la clase política y afirmé que yo no quería repetir los errores de mis
padres. Y respecto
a Regina sólo lloré, lloré y conté su
historia.
Mis seguidores
aumentaron. Mi popularidad, por
las nubes. La Nueva
Mestiza,
me llamaban, por portar trajes de nuestros pueblos originarios con mucho
orgullo. Amigui, sé
que suena muy mezquino, pero
te juro que me la creí; el
personaje me terminó comiendo y al final yo sí era eso que presumía en redes. Todo, te
juro, amigui,
que era de corazón.
Una tarde
Alberto Castellanos me mandó un correo con un video adjunto; era
mi video sexual. Me amenazó con filtrarlo en las redes sociales
antes de la elección. Me quedé fría. No podía permitir que el pueblo se sintiera
traicionado. No quería
que supieran que detrás de su Malinalli moderna vivía una rubia frívola cagada
en varo que representaba lo peor de la élite mexicana.
A la
mañana siguiente, al pasar junto al
retrato de mi hermana (siempre tengo un retrato de ella con flores en mi sala), tuve otra epifanía. Recordé
que había guardado en casa de mis papás su laptop. Eufórica, fui a buscarla. La
encontré, la conecté, la
prendí. Y
Regina,
mi ángel, mi bebé, había dejado su Instagram abierto.
Con los dedos temblando, te juro, busqué a la que fue su mejor amiga. Creo que no te hablé de ella, se
llama Yuliana y no hay mucho que contar, sólo
que es una persona con poder, demasiado
poder. Bueno,
le mandé un mensaje que decía: “Yuliana, soy la hermana de Regina, estoy desesperada y
necesito tu ayuda, ¿cómo puedo
comunicarme de forma segura contigo?”. Tardó quince minutos en contestar. “Plebe, dame una dirección para
mandarte unas flores”. Le di mi dirección.
Hasta la
puerta de mi casa llegó una canasta floral con una tarjeta y un iPhone 7. En la tarjeta me pedía que
le llamara al número
registrado como “Patrona” y me explicaba que el teléfono estaba cifrado de tal
modo que ni la DEA podía interceptarlo. Le marqué y le dije que un periodista me estaba
amenazando con filtrar unos videos sexuales y que la carrera política de mi
esposo estaba en riesgo. Le ofrecí que, si se encargaba del
problema, le agendaba una cita con mi marido para
que negociaran y ella pudiera trabajar sin ser molestada. “Ya hay
trato con tu esposo, Concha.
Te voy a hacer el favorcito por amor a tu hermana. ¿Qué ocupas, piso o que le demos un
sustito?”. Nunca quise tener el poder, sólo
sentarme al lado, pero, cuando alguien te lo ofrece, es difícil no caer en la tentación. “Lo quiero muerto”, le contesté. “Ya
dijo,
socia” y colgó.
(Tomado
de Cerda, Dahlia de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México,
2024)
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