Isaac Asimov
Hacía ya quince años que los hurrianos mantenían su base en la cara invisible
de la Luna.
Era algo sin precedente; inaudito. Ningún hurriano había podido
ni soñar que los entretendrían tanto tiempo. Las escuadrillas de descontaminación
estaban dispuestas y esperando durante aquellos quince años; listas para descender
como exhalaciones a través de las nubes radiactivas y salvar lo que pudiera salvarse
para los escasos supervivientes… a cambio, naturalmente, de una paga justa y equitativa.
Pero el planeta había girado quince veces en torno a su sol.
Cada vez que completaba una revolución, el satélite había girado casi trece veces
en torno al planeta. Y durante todo aquel tiempo, la guerra nuclear no había estallado.
Los grandes primates inteligentes hacían estallar bombas nucleares
en diversos puntos de la superficie del planeta. La estratosfera del mismo se había
ido recalentando extraordinariamente con desechos radiactivos. Pero la guerra seguía
sin estallar.
Devi-en deseaba con toda su alma que lo relevaran. Era el
cuarto capitán al frente de aquella expedición colonizadora (si aún se la podía
seguir llamando así, después de quince años de animación suspendida), y nada le
habría alegrado más que un quinto capitán viniera a sustituirlo. La inminente llegada
del Archiadministrador enviado por el planeta materno para que informara personalmente
sobre la situación indicaba que su relevo tal vez estaba próximo. ¡Ojalá!
Estaba en la superficie de la Luna, metido en su traje del
espacio y pensando en Hurria, su planeta natal. Mientras pensaba movía incansablemente
largos y delgados brazos como si su instinto milenario lo hiciera ansiar los árboles
ancestrales. Sólo se alzaba noventa centímetros sobre el suelo. Lo poco que podía
verse de él a través del visor transparente de su casco era una cara negra y velluda,
de frente arrugada, y nariz carnosa y móvil. El pequeño mechón de pelos finos que
formaba su barba contrastaba vivamente, pues era de un blanco purísimo. En la parte
trasera de la escafandra, un poco más abajo de su centro, se veía un bulto destinado
a alojar cómodamente la corta y gruesa cola de los hurrianos.
Devi-en no se preocupaba lo más mínimo por su apariencia,
desde luego, pero se daba perfecta cuenta de las diferencias que separaban a los
hurrianos de las restantes inteligencias de la galaxia. Solamente los hurrianos
eran tan pequeños; únicamente ellos poseían cola y eran vegetarianos… y sólo ellos
se habían salvado de la inevitable guerra nuclear que había destruido a las demás
especies racionales conocidas.
Se erguía en la llanura amurallada de muchos kilómetros de
extensión… tan vasta, en realidad, que su borde elevado y circular (que en Hurria
hubiera sido llamado un cráter, de haber sido más pequeño) se perdía tras el horizonte.
Junto a la pared meridional del circo, en un lugar bastante protegido de la acción
directa de los rayos solares, había crecido una ciudad. Por supuesto, comenzó como
un campamento provisional, pero con el transcurso de los años los hurrianos trajeron
hembras de su especie, y nacieron niños. En la actualidad había allí escuelas y
complicadas plantaciones hidropónicas, grandes depósitos de agua, y todo cuanto
es necesario para abastecer a una ciudad en un mundo sin aire.
¡Era ridículo! Y todo porque un planeta que tenía armas atómicas
no se decidía a desencadenar una guerra.
El Archiadministrador, cuya llegada era inminente, se haría
sin duda la misma pregunta que Devi-en se había formulado un incontable número de
veces: ¿Por qué no había estallado una guerra nuclear?
Devi-en observó cómo los toscos y pesados mauvs preparaban
el terreno para el aterrizaje, alisando las desigualdades del mismo y extendiendo
la capa protectora de cerámica, destinada a absorber el empuje hiperatómico que
se ejercería contra el campo, con el fin de evitar la menor incomodidad para los
pasajeros que ocuparían la astronave.
Incluso cubiertos por sus escafandras del espacio, los mauvs
parecían rebosar fuerza, pero era la fuerza muscular únicamente. Más allá se veía
la figurilla de un hurriano dando órdenes, que los mauvs obedecían con docilidad.
Naturalmente.
La raza mauviana era la única, entre las restantes especies
de grandes primates inteligentes, que pagaba su tributo con algo completamente insólito:
su aportación personal, en lugar de enviar artículos de consumo. Aquello constituía
un tributo verdaderamente útil, mejor que el acero, el aluminio o las especias.
Una voz resonó de pronto en el receptor de Devi-en:
–Hemos avistado la nave, señor. Aterrizará antes de una hora.
–Muy bien –dijo Devi-en–. Que preparen mi coche para llevarme
a la nave en cuanto se inicie el aterrizaje.
Algo le decía que las cosas no iban muy bien.
Apareció el Archiadministrador, escoltado por un séquito de
cinco mauvs, su guardia personal. Penetraron en la ciudad con él, uno a cada lado
y tres cerrando la marcha. Lo ayudaron a despojarse de su escafandra y luego se
quitaron las suyas.
Sus cuerpos casi lampiños, sus anchas y toscas facciones,
sus narices aplastadas y pómulos salientes resultaban repulsivos pero no causaban
espanto. Aunque tenían una estatura doble que la de los hurrianos y eran mucho más
fornidos que éstos, había una docilidad en su mirada, algo tan sumiso en su aspecto,
que no inspiraban temor, a pesar de sus gruesos y musculosos cuellos y sus poderosos
brazos, que pendían desvalidos.
El Archiadministrador los despidió con un gesto y ellos se
fueron como una jauría de perros obedientes. En realidad, él no necesitaba su protección,
pero el cargo que ostentaba requería un séquito de cinco mauvs, y tenía que atenerse
al protocolo.
Ni durante la comida ni durante el interminable ritual de
bienvenida hablaron de asuntos de estado, pero cuando llegó un momento que resultaba
más adecuado para irse a dormir, el Archiadministrador se acarició la barbita con
sus pequeños dedos y preguntó:
–¿Cuánto tiempo tendremos que esperar aún para este planeta,
capitán?
Devi-en observó que estaba muy envejecido. El pelo de sus
extremidades superiores era canoso, y los mechones de los codos corrían parejos
en blancura con su barba.
–No sabría decírselo, Alteza –repuso Devi-en humildemente–.
No han seguido el camino acostumbrado.
–Eso salta a la vista. Lo que yo pregunto es por qué no lo
han seguido. El Consejo opina que tus informes prometen más que dan. Hablas de teorías
pero no das ningún detalle. Tienes que saber que en Hurria ya empezamos a estar
hartos de este asunto. Si sabes algo que todavía no nos has comunicado, ahora es
el momento de decírmelo.
–La cuestión resulta difícil de demostrar, Alteza. Nunca habíamos
podido espiar a una raza durante tanto tiempo. Hasta fecha muy reciente no nos hemos
dedicado a observar lo que importa. Todos los años creíamos que la guerra nuclear
estallaría de un momento a otro, y sólo desde que yo soy capitán nos hemos dedicado
a estudiar con mayor intensidad a esa gente. Una de las pocas ventajas que nos ha
reportado esta larga espera ha sido que hemos podido aprender bien algunos de sus
principales idiomas.
–¿Ah, sí? ¿Sin desembarcar siquiera en el planeta?
Devi-en se lo explicó:
–Algunas de nuestras naves que penetraron en la atmósfera
planetaria en misiones de observación, particularmente durante los primeros años,
captaron bastante emisiones de radio. Utilicé nuestras computadoras lingüísticas
para descifrarlas, y a lo largo del año pasado empecé a formarme una idea básica
para comprenderlas.
El Archiadministrador le miraba sorprendido, conteniendo a
duras penas una exclamación de asombro, que hubiera sido completamente superflua.
–¿Y has descubierto algo de interés?
–Es posible, Alteza, pero lo que conseguí averiguar es tan
extraño y resulta tan difícil obtener pruebas palpables de ello que no me atreví
a mencionarlo en mis informes oficiales.
El Archiadministrador lo comprendió así. Muy rígido, preguntó:
–¿Te importaría exponerme tus opiniones… de un modo extraoficial?
–Lo haré con sumo gusto, señor –repuso inmediatamente Devi-en–.
Los habitantes de este planeta pertenecen, por supuesto, al grupo de los primates
superiores. Y se hallan animados por un espíritu de lucha, que crea entre ellos
innumerables rivalidades.
Su interlocutor dejó escapar algo que parecía un suspiro de
alivio, y se pasó rápidamente la lengua por la nariz.
–Por un momento –dijo– había cruzado por mi cerebro la terrible
idea que estuviesen desprovistos del espíritu de lucha que pudiera… pero te ruego
que prosigas.
–Poseen espíritu de lucha y emulación –le dijo Devi-en–. Y
muy superior al normal, se lo aseguro.
–Entonces, ¿por qué no se produce el curso natural de los
acontecimientos?
–Hasta cierto punto, las cosas siguen el curso marcado, Alteza.
Tras el largo período de incubación acostumbrado, empezaron a mecanizarse; y después
de eso, las matanzas normales entre primates superiores se convirtieron en verdaderas
guerras destructoras. Al finalizar su más reciente conflicto bélico a gran escala,
surgieron las armas nucleares y la guerra terminó inmediatamente.
El Archiadministrador asintió.
–¿Y después? –preguntó.
–Después de eso –repuso Devi-en–, lo normal hubiera sido que
estallara una nueva guerra, esta vez con armas atómicas, y durante la misma se hubieran
desarrollado rápidamente las armas nucleares, adquiriendo un terrible poder destructor,
para ser utilizado al estilo típico de los grandes primates, con el resultado que
hubiera reducido la población en un santiamén a un puñado de supervivientes hambrientos
que subsistirían penosamente en un mundo poblado de ruinas.
–Naturalmente, pero eso no sucedió. ¿Por qué no sucedió?
–Existe una posible explicación. Una vez metida por el camino
de la mecanización, esta raza progresó con una rapidez extraordinaria.
–¿Y qué? –repuso el dignatario hurriano–. ¿Y eso qué importa?
De ese modo, descubrieron las armas nucleares mucho antes.
–Es cierto. Pero después de la última guerra mundial continuaron
perfeccionando sus armas nucleares con una rapidez insólita. Ese es el inconveniente.
La potencia de estas armas había llegado a ser aterradora antes que la nueva guerra
hubiera tenido tiempo de comenzar, y ahora la situación ha llegado a un punto en
que ni siquiera estos belicosos primates se atreven a enzarzarse en una guerra.
El Archiadministrador abrió desmesuradamente sus ojillos negros
y redondos.
–Pero eso es imposible. Me importa un bledo el talento técnico
que posean estos seres. La ciencia militar sólo progresa durante la guerra y gracias
a ella.
–Tal vez eso no sea así en el caso de estos seres particulares.
Sin embargo, aunque lo fuera, lo curioso del caso es que ya están metidos en una
guerra; no de verdad, pero guerra después de todo.
–¿No de verdad, pero guerra después de todo? –repitió el Archiadministrador,
estupefacto–. ¿Qué significa eso?
–No lo sé con seguridad –dijo Devi-en, moviendo la nariz con
exasperación–. Ahí es donde fallan mis intentos por ordenar de una manera lógica
las informaciones dispares que poseemos. En este planeta tiene lugar lo que ellos
llaman una Guerra Fría. Sea lo que sea, es algo que impulsa enormemente sus investigaciones,
pero no provoca el aniquilamiento nuclear.
–¡Imposible! –exclamó el Archiadministrador.
–Ahí está el planeta, Alteza. Y aquí estamos nosotros. Quince
años esperando.
El Archiadministrador levantó sus largos brazos, cruzándolos
sobre la cabeza hasta que sus manos tocaron los hombros opuestos.
–En ese caso, sólo existe una solución. El Consejo ha tenido
en cuenta la posibilidad que este planeta haya alcanzado una especie de impasse,
una especie de paz armada que se mantiene en equilibrio al borde de una guerra nuclear.
Algo parecido a lo que acabas de describir, aunque nadie dio los argumentos que
tú has presentado. Pero es una situación inadmisible.
–¿Sí, Alteza?
–Sí –repuso el Archiadministrador, haciendo un esfuerzo visible–.
Cuanto más tiempo se prolongue esta situación de equilibrio, mayores serán las probabilidades
para que algún primate superior descubra la manera de efectuar viajes interestelares.
Entonces, esta raza se desparramaría por la galaxia, a la que aportaría sus luchas
y rivalidades. ¿Comprendes?
–¿Y qué hay que hacer, entonces?
El Archiadministrador hundió la cabeza entre los brazos, como
si ni él mismo quisiera oír lo que iba a decir. Con voz ahogada, dijo:
–Para sacarles del precario equilibrio en que se encuentran,
capitán, no hay más remedio que darles un empujón. Y se lo daremos nosotros.
A Devi-en se le revolvió el estómago, y la cena que había
ingerido le subió a la garganta, produciéndole náuseas.
–¿Nosotros les daremos el empujón, Alteza?
Su mente se negaba a admitir aquella monstruosa posibilidad.
Pero el Archiadministrador se lo dijo sin ambages:
–Les ayudaremos a comenzar su guerra atómica. –Parecía dominado
por la misma repugnancia y disgusto que afectaban a Devi-en. En un susurro, añadió–:
¡No tenemos más remedio!
Devi-en casi se había quedado sin habla. También en un susurro,
preguntó:
–Pero, ¿cómo puede hacerse una cosa tan horrible, Alteza?
–No lo sé… Y no me mires así. La decisión no es mía. Corresponde
al Consejo. Estoy seguro de que comprenderán las consecuencias que tendría para
la galaxia la irrupción en el espacio de una raza de grandes primates inteligentes
y poderosos, no amansada por una guerra nuclear.
Devi-en se estremeció ante esta perspectiva. El espíritu de
lucha y emulación suelto por la galaxia… sin embargo, insistió:
–Pero, ¿cómo se empieza una guerra nuclear? ¿Cómo se hace?
–Lo ignoro absolutamente, ya te lo dije. Pero debe existir
alguna norma; tal vez un… un mensaje que pudiésemos enviar… O una tempestad que
pudiésemos impulsar reuniendo formaciones nubosas… Podemos alterar considerablemente
sus condiciones meteorológicas, si nos lo proponemos.
–Pero ¿cree, Alteza, que eso bastaría para originar una guerra
nuclear? –preguntó Devi-en, escéptico.
–Tal vez no. Lo menciono únicamente a modo de ejemplo. Pero
esos primates lo saben. Ten en cuenta que son ellos quienes inician las guerras
nucleares de verdad. Eso se halla impreso en su cerebro. Y ahora viene la decisión
principal adoptada por el Consejo.
Devi-en notó el leve ruido que hacía su cola al golpear suavemente
la silla. Trató de evitarlo, sin conseguirlo.
–¿Cuál es la decisión, Alteza?
–Capturar a un primate superior en la propia superficie del
planeta. Raptarlo.
–¿Un primate salvaje?
–Por el momento, en el planeta sólo existen primates salvajes.
Todavía no han sido domesticados.
–¿Y qué cree el Consejo que conseguiremos con eso?
Devi-en hundió la cabeza todo cuanto pudo entre sus paletillas.
Le temblaba la piel de los sobacos a causa de la repulsión que experimentaba. ¡Capturar
a uno de aquellos grandes primates salvajes! Trató de imaginarse a uno de ellos,
aún no domeñado por los embrutecedores efectos de una guerra nuclear, todavía no
alterado por la civilizadora influencia de la eugenesia hurriana.
El Archiadministrador no hizo el menor intento por ocultar
la evidente repulsión que él también sentía, pero dijo:
–Tú irás al frente de la expedición de captura, capitán. Piensa
que es por el bien de la galaxia.
Devi-en había visto bastantes veces el planeta, pero cada vez que rodeaba a
la Luna con su nave y aquel mundo aparecía en su campo de visión, lo dominaba una
oleada de insufrible nostalgia.
Era un hermoso planeta, muy semejante a Hurria en cuanto a
dimensiones y características, pero más salvaje y grandioso. Su contemplación, viniendo
de la desolada Luna, causaba una impresión extraordinaria.
Se preguntó cuántos planetas como aquél figurarían entonces
en las listas de colonización de los hurrianos. ¿Cuántos otros planetas existirían,
respecto a los cuales los grupos de meticulosos observadores comunicarían cambios
de apariencia periódicos, que sólo podrían interpretarse como causados por sistemas
de cultivo artificiales de plantas alimenticias? ¿Por cuántas veces en el futuro
llegaría un día en que la radiactividad en la alta atmósfera de uno de aquellos
planetas empezaría a subir, en que las escuadrillas de colonización partirían raudas
al observar aquellas inequívocas señales?
…Como era el caso de aquel planeta.
Causaba verdadera pena la confianza con que los hurrianos
procedieron al principio. Devi-en hubiera reído de buena gana al leer aquellos primeros
informes, si no se hubiera encontrado atrapado en la actualidad en la misma empresa.
Las navecillas de exploración de los hurrianos se habían acercado al planeta para
recoger datos geográficos y localizar los centros de población. Desde luego fueron
avistadas, pero eso poco importaba ya, estando tan próxima, como ellos creían, la
explosión final.
¿Tan próxima?… Fueron pasando los años y las navecillas de
reconocimiento empezaron a adoptar mayores precauciones, y se apartaron del planeta.
La navecilla de Devi-en también avanzaba cautelosamente en
aquella ocasión. Sus tripulantes estaban muy nerviosos a causa del carácter repelente
que tenía aquella misión; por más que Devi-en les aseguró que no pensaban hacer
daño al gran primate que iban a capturar, ellos se mostraban inquietos. Aun así,
tenían que proceder con calma. La captura tenía que efectuarse en un lugar desierto.
Así, permanecieron varios días en la navecilla, inmóviles a una altura de dieciséis
kilómetros, cerniéndose sobre una región fragosa, desierta e inculta. A medida que
transcurría el tiempo, el nerviosismo de la tripulación aumentaba. Solamente los
estólidos mauvs conservaban la calma.
Hasta que un día la pantalla les mostró a uno de aquellos
seres, que avanzaba solo por el terreno desigual, con un largo bastón en una mano
y una mochila a la espalda.
La nave descendió silenciosamente, a velocidad supersónica.
El propio Devi-en, con el pelo erizado, empuñaba los mandos.
Pudieron oír que aquel ser decía dos cosas antes de que lo
capturaran, y estas frases fueron los primeros comentarios registrados para analizarlos
más tarde con la computadora mentálica.
La primera frase, pronunciada por el gran primate cuando éste
advirtió la nave casi encima de su cabeza, fue captada por el telemicrófono direccional,
y fue la siguiente:
–¡Dios mío! ¡Un platillo volador!
Devi-en comprendió la segunda parte de la frase. Era así como
los grandes primates denominaban a las naves hurrianas; aquel término se había puesto
en boga durante aquellos años de observación descuidada.
Aquella salvaje criatura pronunció su segunda frase cuando
la subieron a la nave, debatiéndose como una fiera pero sin poder librarse del férreo
abrazo de los imperturbables mauvs.
Devi-en, jadeante, con su carnosa nariz temblando ligeramente,
se adelantó a recibirlo, y aquel ser (cuya cara desagradable y lampiña estaba recubierta
de una secreción aceitosa) vociferó:
–¡Lo que faltaba! ¡Un mono!
Devi-en comprendió también la segunda parte de la frase. Con
aquella palabra se designaba a una especie de pequeños primates en uno de los principales
idiomas del planeta.
El cautivo, de un salvajismo extraordinario, era casi imposible de manejar.
Hizo falta infinita paciencia antes de poder dirigirle la palabra de una manera
razonable. Al principio sufría crisis tras crisis. El primate se dio cuenta casi
inmediatamente de que se lo llevaban de la Tierra, y lo que Devi-en creía que supondría
una emocionante experiencia para él, resultó ser todo lo contrario. Se pasaba el
tiempo hablando de sus crías y de una hembra.
“Tienen mujeres e hijos –pensó Devi-en, lleno de compasión–,
y a su manera los quieren, pues son primates superiores”.
Luego hubo que hacerle comprender que los mauvs que lo custodiaban
y lo sujetaban cuando sus accesos de violencia lo hacían necesario no le harían
daño, y que nadie pensaba maltratarlo.
(Devi-en sentía náuseas ante la idea de que un ser racional
pudiera causar daño a otro. Le resultaba difícil, dificilísimo, hablar de aquel
tema, aunque sólo fuera para admitir la posibilidad un momento y negarla en seguida.
El ser arrebatado a aquel planeta consideraba con gran suspicacia aquellas vacilaciones.
Aquellos grandes primates eran así).
Durante el quinto día, cuando tal vez a causa de su agotamiento
aquel ser permaneció mucho rato tranquilo, Devi-en pudo hablar con él en su propio
camarote, y de pronto el primero se encolerizó cuando el hurriano se puso a explicarle,
sin dar mayor importancia a la cosa, que ellos esperaban a que estallase una guerra
nuclear.
–¿Así que ustedes están esperando eso, eh? –gritó aquel ser–.
¿Y qué los hace estar tan seguros de que habrá una guerra?
Devi-en no estaba seguro de ello, por supuesto, pero repuso:
–Siempre termina por producirse una guerra nuclear. Nosotros
nos proponemos venir en su ayuda después de ella.
–Después de ella, ¿eh?
Empezó a proferir palabras incoherentes. Movió con violencia
los brazos, y los mauvs apostados junto a él tuvieron que sujetarlo con suavidad
y llevárselo.
Devi-en suspiró. Ya tenía una buena colección de frases pronunciadas
por el primate… Tal vez la computadora consiguiera desentrañar algo gracias a ellas.
En cuanto a él, le resultaban completamente disparatadas.
Además, aquel ser no medraba. Su cuerpo estaba casi totalmente
desprovisto de vello, hecho que la observación a larga distancia no había revelado,
debido a las pieles artificiales con que se cubrían, ya fuese para procurarse calor
o a causa de la repulsión instintiva que incluso aquellos grandes primates experimentaban
por la epidermis desprovista de pelo.
Hecho sorprendente: en la cara de aquel ser había empezado
a brotar un vello parecido al que cubría la cara del hurriano, aunque más abundante
y más oscuro.
Pero lo principal era que no medraba. Había adelgazado mucho,
pues apenas probaba bocado, y si aquello duraba mucho, su salud se resentiría. Devi-en
no quería, de ningún modo, asumir aquella responsabilidad.
Al día siguiente, el gran primate se mostraba muy calmado.
Casi hablaba con animación, volviendo al tema de la guerra nuclear, que era lo que
más parecía interesarle. (¡Qué atracción tan terrible ejercía aquel tema sobre la
mente de los grandes primates!, se dijo Devi-en).
–¿Dices que siempre acaba produciéndose la guerra nuclear?
–dijo el primate–. ¿Significa eso que existen otros seres además de nosotros, ustedes
y… ellos?
E indicó a los mauvs, apostados junto a él.
–Existen millares de especies inteligentes, que habitan en
miles de mundos. Muchos miles –respondió Devi-en.
–¿Y todos ellos tienen guerras nucleares?
–Todos cuantos han alcanzado determinado nivel técnico. Todos
menos nosotros. Nosotros somos distintos. Nos falta el espíritu de lucha. En cambio,
poseemos el instinto de la cooperación.
–¿Quieres decir que ustedes saben que ocurrirán guerras nucleares
y no hacen nada por evitarlas?
–Sí, hacemos lo que podemos –repuso Devi-en dolido–. Nos esforzamos
por prestarles ayuda. En los antiguos tiempos de mi pueblo, cuando descubrimos los
viajes interplanetarios, no comprendíamos a los grandes primates, los cuales rechazaban
sistemáticamente nuestros ofrecimientos de amistad, hasta que renunciamos a seguir
ofreciéndosela. Fue entonces cuando descubrimos mundos cubiertos de ruinas radiactivas.
Hasta que por último llegamos a un mundo enzarzado en una terrible guerra nuclear.
Quedamos horrorizados, pero nada pudimos hacer. Poco a poco fuimos descubriendo
la verdad. Actualmente, nos hallamos ya en disposición de intervenir en cualquier
mundo que haya alcanzado la era nuclear. Después de la guerra que lo destruye, intervenimos
con nuestros equipos de descontaminación y nuestros analizadores eugenésicos.
–¿Qué son los analizadores eugenésicos?
Devi-en había creado aquella expresión por analogía con lo
que conocía del idioma de aquellos primates. Ahora, midiendo cuidadosamente sus
palabras, contestó:
–Regulamos las uniones y las esterilizaciones para extirpar
en lo posible el instinto belicoso en los supervivientes.
Por unos momentos creyó que el primate iba a montar nuevamente
en cólera.
Pero en lugar de ello, su salvaje interlocutor dijo con voz
monótona:
–Los convierten en dóciles criaturas como ésos, ¿verdad?
E indicó de nuevo a los mauvs.
–No, no. Esos son distintos. Sencillamente, conseguimos que
los supervivientes se contenten con vivir en el seno de una sociedad pacífica, sin
ambiciones de conquista ni agresión, sometida a nuestra égida. Sin esta premisa,
se destruirían mutuamente, como se destruyeron, antes de nuestra llegada.
–¿Y ustedes qué obtendrán a cambio de eso?
Devi-en miró con expresión de duda al salvaje. ¿Era verdaderamente
necesario explicarle cuál era el placer fundamental de la vida? Sin embargo, le
preguntó:
–¿No te satisface ayudar al prójimo?
–Prosigue. Dejando eso aparte, ¿qué sacan a cambio?
–Naturalmente, Hurria recibe ciertos tributos.
–Ya.
–Considero que lo menos que puede hacer una especie que nos
debe su salvación es pagárnoslo de alguna manera –protestó Devi-en–. Además, hay
que amortizar los gastos de la operación. No les pedimos mucho, y siempre cosas
que se adapten a la propia naturaleza de su mundo. Por ejemplo, puede ser un envío
anual de madera, si se trata de un mundo selvático; sales de manganeso, en un mundo
que las tenga… como el mundo de donde proceden los mauvs es muy pobre en recursos
naturales, se han ofrecido a facilitarnos cierto número de ellos para que los empleemos
como ayudantes personales. Poseen una fuerza tremenda, notable incluso entre los
grandes primates, y los sometemos a la acción de drogas indoloras anticerebrales.
–¡Hacen de ellos una especie de zombies, vaya!
Devi-en conjeturó el significado de aquella palabra, y repuso
con indignación:
–¡Nada de eso! Lo hacemos únicamente para que se hallen contentos
con su papel de servidores y se olviden de sus hogares. No queremos de ningún modo
que se sientan desdichados. ¡Ten en cuenta que son seres inteligentes!
–¿Y qué harían con la Tierra si nosotros libráramos una guerra
nuclear?
–Hemos tenido quince años para decidirlo –repuso Devi-en–.
Su mundo es muy rico en hierro y ha creado una magnífica industria siderúrgica.
Me parece que les pediríamos acero –suspiró–. Pero en este caso su contribución
no compensaría los gastos. Llevamos por lo menos diez años de más en espera.
–¿A cuántas razas imponen esta clase de contribuciones? –le
preguntó el gran primate.
–Desconozco su número exacto. Desde luego, a más de mil.
–Entonces, ustedes son los pequeños reyes de
la galaxia, ¿no te parece? Mil mundos se aniquilan para contribuir a su bienestar.
Pero además son otra cosa.
El salvaje empezaba a alzar la voz, la cual adquiría un tono
agudo.
–Son unos buitres –declaró.
–¿Buitres? –dijo Devi-en, tratando de recordar aquella palabra.
–Devoradores de carroña. Unos pajarracos que esperan hasta
que muera de sed algún pobre animal en el desierto, y entonces descienden para comerse
su cadáver.
Devi-en notó que se mareaba al evocar en su mente aquella
horrible imagen. Se sintió desfallecer. Con voz débil, dijo:
–No, no… nosotros ayudamos a las especies.
–Esperan a que estalle la guerra, como una bandada de buitres.
Transcurrieron varios días antes que Devi-en se sintiera capaz
de entrevistarse de nuevo con el salvaje. Estuvo a punto de faltarle al respeto
al Archiadministrador cuando éste insistió una y otra vez en que le faltaban datos
para realizar un análisis completo de la estructura mental de aquellos salvajes.
Audazmente, Devi-en afirmó:
–Seguramente, hay datos más que suficientes para dar alguna
solución a nuestro problema.
La nariz del Archiadministrador tembló, y su lengua rosada
pasó sobre ella reflexivamente.
–Tal vez exista una solución, pero no confío en ella. Nos
enfrentamos con una especie que se aparta por completo de lo corriente. Eso ya lo
sabíamos. No podemos cometer la más leve equivocación… una cosa, antes de terminar.
Hemos capturado un ejemplar extremadamente inteligente. A menos que… a menos que
represente el tipo moral de su raza.
Esta idea pareció soliviantar al Archiadministrador.
Devi-en dijo:
–Ese salvaje evocó la horrible imagen de aquel… de aquel pájaro…
de aquel llamado…
–Buitre –completó el Archiadministrador.
–Esa imagen da a toda nuestra empresa una luz completamente
diferente. Desde entonces he sido incapaz de comer como es debido, ni de dormir.
A decir verdad, mucho me temo que tendré que pedir el relevo…
–Pero no antes de terminar lo que nos ha traído aquí –dijo
el Archiadministrador con firmeza–. ¿Crees que me gusta sentirme un… devorador de
carroña?… Debes reunir más datos.
Finalmente, Devi-en asintió. Naturalmente, lo había entendido.
El Archiadministrador no deseaba más que cualquier otro hurriano originar una guerra
atómica. Daba largas al asunto todo cuanto le estaba permitido.
Devi-en se dispuso a celebrar una nueva entrevista con el
salvaje. Resultó algo completamente insoportable, y la última que celebró.
El salvaje mostraba una contusión en la mejilla, como si se hubiera resistido
de nuevo a los mauvs. En realidad, les había ofrecido resistencia. Les había enfrentado
tantas veces que los mauvs, a pesar de todos sus esfuerzos por no hacerle daño,
no habían podido evitar lastimarlo en una ocasión. Era de suponer que el salvaje
se daría cuenta de hasta qué punto ellos trataban de no hacerle daño, y que eso
hubiera debido aplacarlo. En cambio, era como si el convencimiento de la seguridad
en que se hallaba lo estimulara a ofrecer más resistencia.
(Aquellas especies de primates superiores eran malignas, malignas
y resabiadas, se dijo Devi-en con tristeza).
Durante más de una hora la conversación giró en torno a cuestiones
sin importancia, hasta que el salvaje preguntó envalentonándose de pronto:
–¿Cuánto tiempo dices que han estado observándonos, mamarrachos?
–Quince de sus años –repuso Devi-en.
–Eso concuerda. Los primeros platillos voladores fueron vistos
poco después de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuánto tiempo faltaba entonces para
la guerra nuclear?
Con automática sinceridad, Devi-en contestó:
–Ojalá lo supiera.
Y se interrumpió de pronto.
El salvaje prosiguió:
–Yo creía que la guerra nuclear era inevitable… la última
vez que nos vimos dijiste que habían permanecido aquí diez años de más. Estuvieron
esperando a que estallara la guerra durante diez años, ¿verdad?
–Prefiero no discutir ese tema.
–¿No? –vociferó el salvaje–. ¿Y qué piensan hacer, dime? ¿Cuánto
tiempo piensan esperar? ¿Por qué no nos dan un empujón? No se limiten a esperar,
buitres, empiecen una.
Devi-en se puso en pie de un salto.
–¿Qué estás diciendo?
–¿Qué están esperando, asquerosos…? –pronunció un epíteto
completamente incomprensible y luego prosiguió, casi sin aliento–: ¿No es eso lo
que hacen los buitres cuando algún pobre animal flaco y macilento, o tal vez un
hombre, tarda demasiado en morir? No pueden esperar. Bajan en tropel y le sacan
los ojos a picotazos. Entonces esperan a que esté completamente indefenso, para
precipitar su muerte.
Devi-en se apresuró a ordenar que se lo llevaran y luego se
retiró a su cabina, donde permaneció encerrado varias horas, sintiéndose verdaderamente
mal. Aquella noche no logró conciliar el sueño. La palabra “buitre” resonaba en
sus oídos, y aquella horrible imagen final bailaba ante sus ojos.
Devi-en dijo con firmeza y decisión:
–Alteza, no puedo seguir hablando con el salvaje. Aunque usted
necesite más datos, lo siento mucho, pero no puedo ayudarlo.
El Archiadministrador se veía ojeroso y fatigado.
–Lo comprendo. Eso de compararnos con buitres… claro, no lo
puedes soportar. Sin embargo, habrás advertido que esa idea no hace mella en él.
Los grandes primates son inmunes a estas cosas; son seres duros y despiadados. Su
mentalidad es así. Espantoso.
–No puedo proporcionarle más datos.
–De acuerdo, de acuerdo. Lo comprendo… además, cada nueva
cosa que sabemos sólo sirve para reforzar la verdad definitiva; la verdad que yo
creía que sólo era provisional, que esperaba ardientemente que lo fuera.
Enterró la cabeza entre sus canosos brazos.
–Existe un medio de desencadenar esta guerra atómica.
–¿Ah, sí? ¿Qué debemos hacer?
–Es algo muy sencillo, de una eficacia directa. Algo que tal
vez no se me hubiera ocurrido jamás. Ni a ti.
–¿En qué consiste, Alteza?
Devi-en se sentía dominado por un gran temor a conocer aquel
secreto.
–Lo que actualmente mantiene la paz en ese planeta es el temor
que comparten ambos bandos en pugna de asumir la responsabilidad de iniciar una
guerra. Si uno de los dos lo hiciera, sin embargo, el otro… bueno, digámoslo de
una vez… tomaría inmediatamente represalias.
Devi-en asintió.
–Si una sola bomba atómica cayera en el territorio de uno
de ambos bandos –prosiguió el Archiadministrador–, los agredidos supondrían inmediatamente
que la agresión partía del otro bando. Comprenderían que no podían esperar pasivamente
a ser objeto de nuevos ataques. A las pocas horas, tal vez incluso antes, lanzarían
un contraataque; a su vez, el otro bando replicaría a éste. En pocas semanas la
guerra habría terminado.
–Pero, ¿cómo obligaremos a uno de los dos bandos a que lance
la primera bomba?
–No lo obligaremos, capitán. Esa es la cuestión. Lanzaremos
la primera bomba nosotros.
–¿Cómo?
Devi-en creyó que iba a desmayarse.
–Lo que oyes. Tras analizar la mente de un gran primate, el
resultado lógico es ése.
–Pero, ¿cómo podemos hacer eso?
–Montaremos una bomba. Es una operación bastante fácil. Una
nave la transportará hasta el planeta y la dejará caer sobre una zona habitada…
–¿Habitada?
El Archiadministrador apartó la vista y repuso con marcado
nerviosismo.
–De lo contrario, no conseguiríamos el efecto apetecido.
–Comprendo –dijo Devi-en, imaginándose buitres, docenas de
buitres.
No podía apartar de sí aquel pensamiento. Se los imaginaba
como enormes aves escamosas (semejantes a las pequeñas e inofensivas criaturas aladas
de Hurria, pero inmensamente mayores), con alas membranosas y largos picos afilados
como navajas, descendiendo en círculos para picotear los ojos de los moribundos.
Se cubrió los ojos con una mano. Con voz trémula, preguntó:
–¿Quién pilotará la nave? ¿Quién lanzará la bomba?
La voz del Archiadministrador apenas era más segura que la
de Devi-en, cuando repuso:
–No lo sé.
–Yo no –rechazó Devi-en–. No puedo. Ningún hurriano será capaz
de hacerlo… A ningún precio.
El Archiadministrador osciló como si fuera a caer.
–Tal vez podríamos dar órdenes a los mauvs…
–¿Y quién les daría tan nefastas órdenes?
El Archiadministrador suspiró profundamente.
–Llamaré al Consejo. Tal vez ellos tengan todos los datos
y sean capaces de indicarnos lo que debo hacer.
Así, habiendo transcurrido poco más de quince años desde su
llegada, los hurrianos empezaron a desmantelar su base de la otra cara de la Luna.
Nada se había hecho. Los grandes primates del planeta no se
habían destruido mutuamente en una guerra nuclear; ésta tal vez no estallaría nunca.
Y a pesar de la terrible amenaza que eso significaba para
el futuro, Devi-en experimentaba una gozosa agonía. De nada servía pensar en el
futuro. El presente importaba; el presente, que lo alejaba del más horrible de los
mundos.
Vio como la Luna se hundía hasta convertirse en una manchita
luminosa, junto con el planeta y el propio sol del sistema, hasta que éste se perdió
entre las constelaciones.
Sólo entonces experimentó alivio. Sólo entonces sintió un
leve asomo de lo que habría podido suceder.
Volviéndose hacia el Archiadministrador, le dijo:
–Tal vez todo habría ido bien si hubiéramos tenido un poco
más de paciencia. Quizá hubieran terminado por meterse en una guerra nuclear.
–Tengo mis dudas –repuso el Archiadministrador–. El análisis
mentálico de… ya sabes…
Devi-en sabía muy bien a quién se refería. El salvaje apresado
había sido devuelto a su planeta con la mayor delicadeza posible. Los acontecimientos
de las últimas semanas fueron borrados de su mente. Lo depositaron cerca de una
pequeña población, no muy lejos del lugar donde fue capturado. Sus semejantes supondrían
que se había perdido. Atribuirían su falta de peso, sus magulladuras y su amnesia
a las penalidades que había tenido que soportar.
Pero el daño que él había causado…
Si al menos no lo hubieran llevado a la Luna… Tal vez hubieran
terminado por aceptar la idea de iniciar una guerra. Quizás hubieran llegado incluso
a fabricar una bomba, y a imaginar algún sistema indirecto de mando a distancia
para lanzarla.
Fue la imagen de los buitres, evocada por el salvaje, lo que
lo echó todo a perder. Aquella terrible palabra había deshecho moralmente a Devi-en
y al Archiadministrador. Cuando se enviaron a Hurria todos los datos reunidos, el
efecto que los mismos produjeron en el Consejo fue notable. A consecuencia de ello,
no tardó en recibirse orden de desmantelar la base.
Devi-en observó:
–No pienso participar nunca más en empresas de colonización.
El Archiadministrador dijo tristemente:
–Es posible que ninguno de nosotros vuelva a participar en
ellas, cuando los salvajes de este planeta se desparramen por el espacio. La aparición
en la galaxia de estos seres de tan belicosa mentalidad significará el fin de… de…
La nariz de Devi-en se contrajo. El fin de todos; de todo
el bien que Hurria había sembrado a manos llenas en la galaxia; de todo el bien
que hubiera seguido sembrando.
–Deberíamos haber lanzado… –dijo, sin completar la frase.
¿De qué servía ya decirlo? No habrían podido lanzar la bomba
ni aunque hubiera sido por toda la galaxia. Si hubieran podido hacerlo, habrían
demostrado que pensaban como los grandes primates, y hay cosas mucho peores aún
que el fin de todas las cosas.
Devi-en volvió a pensar
en los buitres.
(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos
completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)
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