Leonid Andréiev
Vino el gigante, el gigante grande, grande. ¡Tan grande, tan grande! ¡Y tan
bobo ese gigante! Tiene manotas enormes, con dedos muy gruesos, y pies tan enormes
y gruesos como árboles. Muy gordos, muy gordos. ¡Vino y… se cayó! ¿Sabes? ¡Se cayó!
¡Tropezó con un peldaño y se cayó! Es tan bruto el gigante, tan bobo… De repente,
va y se cae.
Abrió la bocota… y se quedó en el suelo, bobo como un
deshollinador. ¿A qué viniste, gigante? ¡Vete, vete, gigante! ¡Mi Pepín es tan dulce
y gentil! ¡Se abraza tan cariñosamente a su mamá, contra el corazón de su mamita!
¡Es tan bueno y tan cariñoso! Sus ojos son tan dulces y tan claros que todo el mundo
lo quiere. Tiene una naricita monísima y no hace tonterías. Antes corría, gritaba,
montaba a caballo. Has de saber, gigante, que Pepín tenía un caballo, un lindo caballo
grande, con su cola. Pepín monta a caballo y se va lejos, lejos, al bosque, al río.
Y en el río, ¿no lo sabes, gigante?, hay pececitos. No, tú no lo sabes porque eres
un bruto, pero Pepín sí lo sabe. ¡Pececitos lindos! El sol ilumina el agua y los
pececitos juegan, ¡tan lindos, tan lindos y ligeros! ¡Si, gigante bruto, que no
sabes nada!…
–¡Qué bobo de gigante! Vino y… se cayó. ¡Qué bobo es!
Subía la escalera y de pronto, ¡para!, se cayó. ¡Ah, qué bruto es! No tiene por
qué venir aquí el gigante; no lo hemos invitado. Antes Pepín hacía travesuras, pero
ahora es tan juicioso, tan dulce, tan bueno, y mamá lo quiere tan tiernamente. Lo
quiere tanto… más que al mundo entero, más que a sí misma, más que a la vida. Pepín
es para su mamá el sol, la dicha, la alegría. Ahora es muy pequeñín y su vida es
pequeñita, pero después se hará grande como un gigante. Tendrá una larga barba y
unos largos bigotes, y su vida será grande, clara y bella. Será bueno, inteligente
y fuerte, como un gigante, ¡tan fuerte y tan inteligente! Y todo el mundo lo querrá,
lo admirará. Tendrá en su vida penas, porque todo el mundo tiene penas, pero conocerá
también grandes alegrías, claras como el sol. Entrará en la vida bello e inteligente,
y el cielo azul estará suspendido por encima de su cabeza y los pájaros le cantarán
sus más bonitas canciones y el agua le murmurará cariñosa. Y mi Pepín mirará en
torno suyo y dirá: “¡Qué bella es la vida!”
–¡Ya… ya!… No; es imposible; te tengo fuerte, querido
chiquitín mío. ¿No te asusta la oscuridad? Mira, se ve luz por la ventana: es el
farol de la calle, que nos alumbra. ¡Es tan bobo ese farol! ¡Se está derecho y alumbra!
También a nosotros nos da un poco de luz. Él dice: “¡Vaya, no hay luz en esa casa,
los voy a alumbrar un poco!” ¡Es tan bobo ese alto farol! ¡Mañana nos alumbrará
también! Mañana… ¡Dios mío, Dios mío!
–Sí, sí… el gigante… desde luego… ¡es tan grande! Más
alto que el farol y que el campanario. Y vino y… ¡se cayó! ¡Ah, qué bobo eres, gigante!
¿Es que no veías el escalón? “¡Yo miraba a lo alto y no vi el escalón!”, responde
el gigante con voz de bajo profundo. “¡Yo miraba a lo alto!” ¡Ah, qué bruto eres,
gigante! Es mejor mirar abajo; así, hubieras visto el escalón. Mira mi Pepín, gigante;
¡es tan guapo, tan inteligente! Será todavía más grande que tú. Dará unos pasos
enormes. Caminará a través de la ciudad, sobre los bosques y las montañas.
Será fuerte y valiente; no temerá nada, absolutamente
nada. Caminará a través de los ríos. Todos lo mirarán con la boca abierta, tan bobos,
y él atravesará los ríos. Su vida será tan grande, tan bella y clara, y el sol brillará
sobre su cabeza, el dulce sol, tan lindo. Desde la mañana brillará el dulce sol…
¡Dios mío, Dios mío!…
Ya… vino el gigante y… ¡se cayó! ¡Qué bobo es el gigante,
Dios mío, qué bobo es!…
Así, en la noche profunda, hablaba la madre, estrechando
contra su corazón a su hijito moribundo. Paseaba con él, por la habitación débilmente
iluminada por el farol, y hablaba sin cesar.
Y en la habitación contigua, se oía llorar al padre
del niño.
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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