lunes, 3 de agosto de 2026

Fortuna lo ha querido

Carlos Fuentes

 

A Gabriel García Márquez

 

Alejandro siempre había vivido en hoteles. Desde que llegó de Coahuila a los 22 años, pensó que mantener un estudio aislado y luminoso y un cuarto de hotel modesto y en penumbra era la manera de conciliar el trabajo con la vida privada; en el primero recibiría a los amigos, críticos y otros pintores y en el segundo a las amigas, sin peligros de corto-circuito: muy pronto descubrió que éstas, a menudo, eran las esposas o novias de aquéllos. Alejandro no era más vanidoso que el común de los mortales y a veces se preguntó ante el espejo –exagerando las muecas de un rostro móvil, que muchos encontraban parecido al del joven Peter Lorre– por qué tenía ese éxito con las mujeres.

–Los monstruos se han puesto de moda –le dijo, riendo, el joven crítico Rojas–. Karloff, Lugosi y tu sosias Lorre poseen una fascinación retrospectiva. Se les recuerda nostálgicamente como parte de una época en la que el mal necesitaba expresarse en símbolos extremos: vampiros, momias y sátiros de Dusseldorf. Hoy, cualquier adolescente enemigo de la peluquería posee más maldad interna que la que intentaban representar las mil máscaras de Lon Chaney. Además, las mujeres están perfectamente dispuestas a que un Drácula de la clase media les chupe la sangre al sonar la medianoche, de manera que la amenaza suprema del monstruo –violar la inocencia– es recibida con alegre aceptación.

Alejandro no sonrió. Continuó pintando sin mirar a Rojas. La tesis solo era cronométricamente inexacta: la mujer de Rojas, Libertad, nunca visitó a Alejandro en el cuarto de hotel después de las siete de la tarde. El artista trazó un pincelazo de siena quemado y recordó que la joven señora era una maniática del oxígeno. El único producto de aquel amor limitado a dos meses llenos de corrientes de aire fue una pulmonía severa. Alejandro suspiró y se retiró del caballete, dando la espalda a la luz que, a las 11 de la mañana, reivindicaba una transparencia ya más literaria que actual en el manto espeso e industrializado del valle de México. Acá arriba, en el Olivar de los Padres, la mañana lograba rescatar algunas horas límpidas al vaho ascendente de la ciudad, a las puntuales tolvaneras del mes de marzo, venganza de un lago seco y profanado. Y en los ojos del autorretrato descubrió la mirada cómicamente fría e intensa del monstruo con cabeza de huevo que, después de ver Las manos de Orlac, llenó de deliciosas pesadillas su niñez.

–¡Mira lo que me has hecho hacer con tu conversación! –gritó el pintor. Rojas alargó los brazos para pedirle que no tocara nada: era la súplica de un crítico que por vez primera lograba influir directamente sobre una pincelada y, de paso, el tema asegurado para la exégesis del nuevo autorretrato de Alejandro Sevilla, el prodigio, el renovador, el verdugo del muralismo ilustrativo y romántico, el primer artista mexicano que encontraba de nuevo la raíz helada y bárbara de la escultura indígena.

–¿Recuerdas tus primeras cosas? –sonrió Rojas–. Un Siqueiros de segunda, nos dijimos todos. Siempre lo he dicho: Sevilla vio a la Coatlicue y comprendió que la originalidad de México, el margen mínimo pero absoluto de nuestras vidas, es lo que no ha sido tocado por el Occidente. ¿Recuerdas ese artículo?

Alejandro apenas asintió, cerró los ojos y rozó la tela con los dedos. Embarró una gota de azul Prusia en el índice y lo frotó ligerísimamente sobre los ojos del cuadro: sus propios ojos lo observaron y poco a poco le sonrieron con el recuerdo de una y otra mujer oscura como la piedra de las iglesias, pálida como el aura de las montañas: esos cuerpos mexicanos en los que las selvas de color se posan y saltan y son felinos capturados en una carne fantasmal.

Frotó el espectro de sus ojos: –Está bien, ya no te llamaré Lola. –Pero no lo digas así. No soy Lola. Piensa que nunca tuve identidad. Yo nunca te he dicho “Alejandro”, ¿verdad? Tú eres mi placer y yo el tuyo. Llámame Fuerza y yo fuerza a ti. –Okey, Fuerza.

La crueldad cómica empezó a fundirse en la sombra real de la carne: –¿No vas a hablar, Lupe? Por eso me gustas. Sabes para lo que sirves. ¿Te das cuenta que nunca has pronunciado una sola palabra desde que te conocí y te invité al cuarto y me seguiste sin decir nada? ¡Qué idioteces dirías, Lupe, que tu inteligencia te vuelve muda! Así, así, cuero divino, pedazo de piel nerviosa, ¡qué ojos más brillantes tienes!, diosa de piedra blanda, shhh, ideal, nunca me distraigas, nunca me estorbes…

El brillo lejano y sonriente de los ojos se reunió al fin con un mal oculto que la falsa crueldad exterior impedía ver: –Creí que eras reteinocente. Todos dicen que eres medio boba. –Claro que soy inocente, Alejandro. ¿Hay algo más corrupto que la inocencia?

–Ven. Déjame ver si algo puede descomponer esa máscara prieta. ¿Dónde aprendiste tantas cosas, Adela?

–Espiaba a mi mamá. Ella se divertía más. Todo era pecado entonces –viva la pedagogía. –Es el reverso del método Montessori, mi amor.

Sin advertirlo, se rascó la mejilla.

–Siempre acabas como el Gran Jefe Pies Morados –rio el crítico y recorrió la figura del pintor, como si intentara memorizar las botas mineras, el pantalón de pana negra, la camisa azul de mezclilla, la cabeza de cortos rizos rubios, los ojos adormilados y saltones, la nariz corta y aguileña, los labios llenos y torcidos: el rostro de malicioso asombro.

Ahora vive en el Olivar de los Padres, cerca de un cementerio empinado, en una casa que se hizo construir con engañosa sencillez. Los muros encalados y el piso único esconden una serie de zócalos moriscos y de interiores en los que la madera oscura y la abundancia de huacos quechuas, figurillas olmecas y Judas de cartón logran filtrar la violenta luz del exterior enjalbegado y reducirla a una exactitud porosa.

Abandonó el hotel con la exhibición del año 63. Alejandro siempre ha sufrido desplomes afiebrados después de presentar una nueva colección de cuadros, pero ahora el temor de repetirse, el rumor de una creatividad menguante y el esfuerzo por superar ambos, convirtieron al artista en una gelatina escondida bajo un enorme abrigo con cuello y solapas de piel de borrego. Tembloroso, salió de la galería sin decir palabra: esas pinturas pálidas de seres en los cuales el choque entre el orden exterior y el desorden interno se invertía para afirmar el orden de la angustia frente al desorden de la realidad, dijeron lo suyo y Alejandro, cerca del desmayo, corrió a encerrarse en el cuarto de hotel que ocupaba en las calles de Luis Moya.

Se desvistió, se fregó alcohol en el pecho, las piernas y la frente y apartó las sábanas. Acurrucada en la cama estaba esa mujer vestida, pequeña y argentina por partida doble: nacionalidad y cabellera. Alejandro dice que gritó de angustia; la mujer dice que se presentó –Dulce Cúneo– arguyendo un viaje en automóvil desde la Patagonia para conocer a su héroe y, lejos de exigirle algo, entregarle todo. Una visión de fatiga mortal sacudió la mente del pintor; por sus ojos afiebrados pasaron las imágenes del Comienzo, mayúsculo y de concreción metafísica: del Eterno Inicio no requerido, como de costumbre, pero esta vez, también, inaceptable. Atarantado, vio a la pequeña argentina llevarse las dos manos a una cadera, como si pensara iniciar un paso de baile o un asalto bizetiano, si no algún deporte de su particular invención (y él recordó los murales de Creta, en los que las mujeres de pechos desnudos inauguran la acrobacia taurina) para desembocar en el anticlímax de bajar el zipper de la falda y dejarla caer al piso. La presencia de la mujer minúscula con las piernas desnudas, las ligas complicadas, el saquillo abotonado hasta el cuello y el rostro maquillado en una serie de arcos bucales y capilares, provocó la náusea del pintor; se arrojó sobre la cama, ocultó el rostro entre las almohadas y gimió: – Váyase, por favor, váyase. Me siento muy mal. No puedo ahora– mientras intentaba localizar un espejo interno en el que las mujeres fuesen siempre, si no la prolongación, al menos el reflejo externo, visible –objetivamente secreto– de las aristas ocultas de Alejandro Sevilla. En vano buscó la correspondencia entre el artista enamorado y la hembra minúscula, locuaz, tan obviamente emancipada, que lo acosaba con caricias, saltaba sobre la cama y explicaba que, a partir de Victoria Ocampo, no había intelectual argentina sometida a las viejas reglas feudales del mundo español: –Che, dejate asombrar un poco, ¿querés?

Alejandro lanzó un suspiro ronco y se dejó hacer.

Cuando despertó, Dulce, con una sábana enrollada al cuerpo, ya había ordenado un magro desayuno continental y mojaba un cuerno en la taza de café con leche. Alejandro, bañado en sudor, no quiso escuchar la catarata de noticias –Dulce había creído que sería difícil introducirse a la recámara; el botones le facilitó todo; ya se veía que las mujeres entraban y salían como el gaucho por sus pagos; nunca soñó que todo sería tan perfecto; él ni siquiera se movió; la dejó tomar las iniciativas: era tener la chancha y los veintes: hacer lo del hombre y sentir lo de la mujer; ella era feminista y moderna; fue la noche más feliz de su vida; el ambiente era cínico, espontáneo y civilizado; le hacía recordar las escenas de amor de À bout de souffle; ¿eso no lo habían pasado en México?; sí, Buenos Aires era más europea.

Alejandro cerró los ojos y Dulce le acomodó las almohadas bajo la nuca y los brazos. Esperó en silencio a que la mujer se retirara. A veces abrió el ojo izquierdo. A veces el derecho. La argentina estaba en el baño. Se vestiría. Se iría. Salió envuelta en la sábana y con el lápiz labial en la mano. Sonrió como un pequeño súcubo delirante: se había fabricado unas largas patillas enroscadas y pegadas con cinta celulosa a los carrillos amarillentos. Se subió a una silla y empezó a pintarrajear las paredes. Alejandro abrió los ojos y gritó: la mujercita escribía poemas en rojo, declaraciones de amor, endecasílabos porteños en los que “vos” (Alejandro Sevilla) rimaba con “atroz” (la agonía de Dulce) y “querés” (la interrogante innecesaria) con “vez” (la próxima, anunciada y fatal). Cayeron cuadros y espejos: el poema siguió su camino de pared en pared y Alejandro mascó varias aspirinas negando con la cabeza, sin querer aceptar el horroroso asombro, empapado en el sudor febril y tratando de imaginar un nuevo cuadro, una serie de cuadros a partir del resumen que, apenas anoche, había logrado concebir de su obra anterior. Vos, querés, vez, atroz. Rojas entró con los recortes de prensa. La enana le dijo “Chao, petiso” y siguió escribiendo en las paredes antes de concluir, agotada, y meterse a la cama con Alejandro.

–Llévensela, llévensela –logró murmurar el pintor.

Dulce jugueteaba con él bajo las sábanas; Rojas leía las críticas de la exposición; Alejandro emitió el chillido corto de una ardilla profanada.

Tres días después, Dulce Cúneo fue deportada por Gobernación y Alejandro, ojeroso y mudo, pagó los desperfectos, abandonó el hotel y compró el terreno del Olivar de los Padres.

Viajó a Europa y los Estados Unidos mientras le construían la casa. Su fe en el arquitecto Boyer le permitió dedicar ocho meses a lo que Flaubert llamó la plus grande débauche que, para Alejandro, se tra-du-jo en un primer plano insoportable de hoteles, comidas pesadas, cambios de moneda, aduanas, esperas en agencias de viaje, trasbordos de aviones a trenes y de trenes a taxis, propinas, conserjes, meseros, choferes; un segundo plano borroso de perfiles urbanos y calles rescatadas del olvido –los mods en Soho Square, vestidos al estilo de Oscar Wilde–; el crucero más animado de París –St. Germain, rue Bonaparte, rue de Seine– desde los altos de Chez Lippe; Bleeker Street la noche del sábado con su mascarada persecutoria de Genet actualizado –negros, judíos, gentiles, pieles rojas–: puritanos de una perpetua fundación en la roca de Plymouth de la imaginación exiliada; un tercer plano secreto, voluntariamente inconsciente de exposiciones apenas vistas entre pestañas tejidas, de dos o tres películas diarias –Palais de Chaillot, Academy Cinema, The New Yorker–; una parisiense que hablaba como personaje de Antonioni (“Sé que nunca te amaré. No podré amarte este año. El entrante, quizás. Entonces habré ido a Málaga. No es cierto. Salgamos a caminar. Si te aburres bastante, podré amarte en seguida”); una londinense que hablaba como personaje de D. H. Lawrence (“Traes el Sur entre los muslos, tienes El Dorado en los ojos y la sangre negra de un sol de sacrificios para fecundar mi bruma; tírate al tapete, Alec”); una neoyorquina que hablaba como personaje de Jack Richardson (“No llegaría a primera base si tú fueras mi padrote, Alex. Archívalo. Hagamos un esfuerzo por mantener nuestra reputación. Oooops, por ahí ya no. No seas cuadrado”). Guinness is Good for You. Dubo Dubon Dubonnet. The Pause that Refreshes. Je Vous Ai Compris! Dont Let Labour Ruin It! Go with Goldwater!

Cerveza Superior, la Rubia de Categoría –México construye con Cementos Anáhuac –Democracia y Justicia Social: Alejandro guiñó detrás de los espejuelos negros mientras el taxi lo conducía del aeropuerto a lo largo de las avenidas anchas y solitarias de una madrugada de humo y tortilla quemada. Arrojó la maleta de lona al piso y giró sobre los talones en la nueva casa, ciega y blanca, del Olivar de los Padres.

Rojas se cruzó de brazos y observó con extrañeza la nueva paleta: rojos, negros, blancos, aluminios puros.

–¿Viste mucho cine?

Alejandro se rascó el cuello frente a la tela limpia.

–La grafía en movimiento, ¿me entiendes? No como la danza, que es el movimiento alegórico. No, no, no. Gracias al cine el movimiento real se vuelve arte: abrir la puerta, caminar por la calle, menear una cuchara dentro de la taza. Eso es, Rojas. La naturaleza y el artificio son idénticos en el cine. Entonces no hace falta quebrarse la cabeza. El mundo exterior y el mundo de la obra de arte son iguales. No necesitas explicar socialmente el arte por la necesidad de entender algo ya que no entiendes el mundo de la obra de arte que contemplas. Se acabó. Basta de explicaciones: la obra es la realidad, no su símbolo, su expresión o su significado. Pero, ¿cómo, Rojas? Tengo que encontrarlo.

Adela lo buscó. –Ya sabes dónde encontrar las cosas, divina. En el refrigerador hay sándwiches de paté listos. Si quieres pon los discos que traje. El baño está al fondo. Las botellas detrás de una celosía en el estudio. Diviértete. Voy a dormir un rato.

Se mordió la uña y observó con disgusto el primer esbozo del cuadro. –Voy a terminarlo por disciplina, Rojas. ¿Sabes lo que pasa? Que estoy viendo. Llevamos seis siglos usando los ojos para pintar. Todo es óptica. ¿Te das cuenta qué limitación? Línea, color, modelado, perspectiva, sombra –o geometría, impresión, forma; todo es visual, como si no tuviéramos otros órganos. Estoy furioso conmigo, te lo juro. Me he tardado 11 años en descubrirlo. De Giotto a Mondrian, todos están jodidos: todos tratan de usar sus ojos, la pintura no es más que un Lazarillo. Ahí está, Edipo solo entendió cuando se quedó ciego, ¿no es cierto? Con los ojos bien abiertos no se enteró de nada. Ahora tengo que reventarme los ojos para empezar a pintar de veras.

Lupe lo volvió a buscar. –Oye, Johnny Belinda, hazme el favor de venir a la cocina. Eso. ¿Qué haces en la mañana? Mira. Repítelo todo. ¿No me digas que cuando estás sola hablas o canturreas? Loado sea J. C. Anda, haz como que preparas tu desayuno. Rebana las naranjas. Muy bien. Ahora te la pongo más difícil. Estrella los huevos. Así. Con violencia. Gran impresión. Padre. Pon a tostar el pan. Allí en la parrillita. Que quede bien cuadriculado. ¡Abre el cartón de cereales, Lupe! Detente. Así. Muda, muda, muda.

El cuadro se llenó de luces nocturnas: una selva de anuncios sobre los edificios oscuros. –Ya sé que no sirve, no me mires así. Espera. Primero hay que esconder lo que al fin desnudaremos. ¿Cuánto tardaron en darse cuenta que los conos y esferas de Cézanne eran peras y manzanas? ¿Cuánto tardaron en darse cuenta que los puntos de Seurat eran una playa y las luces de Monet una estación de ferrocarril? Ya sé que no basta pintar una fábrica para dar la idea de la dinámica industrial. Ya sé que no basta este paisaje nocturno con sus anuncios de jabón y cerveza; espera, Rojas, por favor espera. Tengo que darlo primero así para después quitarle todos esos prestigios falsos: el recuerdo, el tiempo, la anunciación. Tengo que matar todo eso. Me niego desde ahora a decir que hay progreso en la pintura, aunque tu buen gusto lo llame “promesa”, o tradición, que tú llamarías “memoria”, o el tiempo entre los dos para hacer objetivo un cuadro. Me niego. Espera.

Lola volvió a buscarlo. –Cállate la boca. Si vuelves a decir que no sabemos nuestros nombres, te juro que te rompo la cara. Híncate. Bésame las manos. Miserable juguetito de hulespuma. ¿Crees que te dejo entrar a mi casa para que sueltes ideas idiotas? Levanta la cara. Mírame. ¿Qué quieres? ¿Que haga pintura con mi biografía, o con mi autobiografía, que es peor? ¿Crees que te vas a dar el lujo de ser mi inspiración o mi estado de ánimo? ¿O de distraer mi concentración? Ándale. Solo sirves para protegerme de la locura o el suicidio. Me acuesto contigo para no castrarme o llegar temblando con el psiquiatra. Me acuesto contigo y con Lupe y con Adela para agotar en ustedes mi biografía e impedir que llegue a jorobar mi pintura. Y para no tener que empezar otra vez. ¿Sabes lo que cuesta iniciar un amor, decir otra vez las mismas palabras y creer que los mismos actos son nuevos? ¿Andarse escondiendo de padres, hermanos y maridos? No creas que voy a jugar al Van Gogh con mi orejita. Arráncate esos trapos. Ándale. Protégeme del amor. Estás aquí porque no me creas problemas.

Se apartó del segundo lienzo con las manos sobre los labios y la mirada brillante. –¿Ahora te das cuenta, Rojas? Antes quise decir que entre nosotros era posible un arte sagrado. Todas mis figuras eran la representación del lado oscuro, de la mitad oculta y sacramental que seguía siendo una manera de nuestra totalidad. Ustedes tenían razón: era la Coatlicue en su reino actual, Tezcatlipoca en una cantina, Xipe Totec en un camión Penitenciaría-Panteones. No era verdad, Rojas, te lo juro. El arte solo es sagrado cuando la naturaleza es peligrosa. Necesita un cielo y un infierno, una opción extrema fuera de la tierra. Muy bien. Entonces la tierra y el hombre tratan de sacralizarse a sí mismos en el tiempo. Muy bien. Voy más allá. Ni la tierra ni el hombre son ya sagrados. Esto es lo sagrado. Esta profanación final. Esto que les ofrezco. No los buenos sentimientos, ni la figura humana, ni la materia liberada, ni la luz ni el puro rombo. No. Aquí está lo único sagrado: la negación de lo sagrado. Lo que ellos usan.

Alejandro extendió los dedos hacia el cuadro terminado. La reproducción perfecta de un tarro de café en polvo. Un pomo de vidrio con una tapa y una etiqueta roja y las letras NESTLÉ CAFÉ INSTANTÁNEO SIN CAFEÍNA, HECHO EN OCOTLÁN, JAL. MARCA REG.

–Yo he hecho lo que he podido; Fortuna, lo que ha querido –sonrió Rojas.

Un cuadro era solo un cuadro. Alejandro, al fin, se sintió a sus anchas en la casa del Olivar de los Padres. Caminó mucho por la ciudad, deteniéndose durante horas a observar los muros con la propaganda del partido oficial y la imagen de su candidato, los carteles de películas mexicanas, las mercancías expuestas en Minimax. Adquirió viejos ejemplares de historietas cómicas y románticas y claveteó las paredes del estudio con recortes que integraban la historia del comic-book mexicano, de don Catarino, Chupamirto y Mamerto a la familia Burrón y los fumetti de José G. Cruz, pasando por el Pepín, el Chamaco Chico y los Supersabios. Esperó con impaciencia los comerciales de la televisión que interrumpían sin consideración sus amadas películas de los treintas. Y Bogart, la Bacall, Errol Flynn, Joan Crawford, ¿no eran los modelos de consagración personal –gesto, vestido, metafísica–? Comenzó, inseguro, a pintar con las líneas simplísimas de un cartón cómico los rostros de Humphrey y Lauren en The Big Sleep y, antes de caer en el suyo, leyó, una tras otra, las novelas de Raymond Chandler. Y Adela, Lola y Lupe siguieron visitándolo puntuales, consuetudinarias, dóciles, parte de la familia, sobriamente ajenas al trabajo de Alejandro Sevilla, aunque sorprendidas por su lenta y reflexiva postura de observación –casi de fetichismo– frente a unos calcetines de tenis, una botella de agua gaseosa o la cubierta de un disco popular.

–Tienes que salir. ¿Te has visto al espejo? –Rojas lo tomó de los hombros y lo condujo al botellón amarillo de pulquería en el que Alejandro se reflejó, más que nunca, como un cóncavo sátiro que ofrecería dulces a las niñas.

En la penumbra del apartamento, el martillo de Trini López reinaba sobre las parejas severamente enfrentadas en el ejercicio del surf. Alejandro aceptó una cuba libre y luego se abrió paso entre las piernas rígidas y las caderas temblorosas y los brazos caprichosos y se recargó contra la pared del fondo del salón. Vio pasar a Rojas, arrastrado por su mujer: Libertad se abanicó el pecho con las manos y abrió las ventanas sobre la calle de Elba. Desde este séptimo piso la ciudad era el hemiciclo de un escenario en el que las máscaras del proscenio subrayaban la convencionalidad del telón de fondo –y también su propio, aceptado artificio–. Alejandro vio al dueño de casa en pleno deporte, vestido con un kimono de seda. Era Vargas, el joven director teatral, y los muros de la habitación recogían, fundiéndolas, las pastas faciales de la larga carrera de Lotte Lenya, desde la joven y ojerosa prostituta de La ópera de tres centavos hasta una reciente aparición, vieja, lésbica y provista de zapatos con dagas, al lado del Agente 007. El salón era santuario –y cripta– del mundo de Brecht y Weill: no solo contaba con las fotos de las grandes producciones musicales del Berlín de entrambas guerras, sino con los detalles de mobiliario y decoración que, ayer apenas condenados al limbo de la cursilería, regresaban hoy con todas las glorias de la nostalgia: una falsa bella época y su prolongación en el art nouveau colgaba, aprovechando el carácter fungible del apartamento moderno, en un bosquejo de cortinajes de terciopelo, lámparas de cuentas y sillones con fleco.

La preciosa mujer pelirroja de Vargas apareció con unas mallas de encaje negro y un bombín al tiempo que terminó el disco y una muchacha de pelo negro y ojos azules se desprendió del baile colectivo y, girando, fue a detenerse contra el muro del fondo. Apretó las manos sobre el estómago. Alejandro la observó y siguió bebiendo. La muchacha recuperó el aliento admirando la gracia con que la mujer de Vargas cantaba el Alabama song entre los aplausos y risas de los invitados. La molestia interna de Alejandro duró un segundo: el del desplazamiento mental de una lata de piña en conserva al perfil de la muchacha, casi escondido por el pelo negro, largo y lacio, que se adelantaba hasta encontrar las comisuras de los labios sin pintar. Sonreía, fatigada. Saludó de lejos a alguien y cruzó los brazos sobre el regazo. Alejandro trató de esquivar la mirada y recobrar la imagen de la lata de piña. La muchacha miró a su alrededor. Movió dos dedos, sonriendo, al encontrar a Alejandro. El pintor sacó la cajetilla y le ofreció un Raleigh.

Ella dijo: –Thanks. I’m Joyce.

Alejandro encendió el cerillo y lo acercó al rostro de Joyce: –¿Puedo decirle una cosa?

Joyce levantó la mirada. Alejandro no quiso comparar esos ojos azules con nada y menos convocar el recuerdo de un efebo en bronce rescatado del mar cerca de un cabo ático de nombre perdido, pero importante porque no significaba nada, no pretendía celebrar una victoria o lamentar una muerte, sino ser él mismo, sorprendido en su esbeltez cotidiana. Los dedos largos y las caderas estrechas. Joyce acercó el cigarrillo al fuego.

–Creo que es usted la mujer más hermosa que he visto.

Joyce aspiró el humo. No pudo disfrazar la confusión que enrojeció su rostro.

–Mi marido es aquel –indicó con el cigarrillo–. El que corea la canción en cuclillas.

–¿Él no te lo ha dicho nunca?

Joyce miró fijamente a Alejandro: –Los sajones nunca dicen lugares comunes. –Sonrió–. Por eso me gustan los latinos. –Bajó la mirada–. Bueno, usted es el primero que me dice eso.

–¿Qué hacen aquí?

–Somos arqueólogos. Nos vamos a doctorar este año. Stanford. Estamos haciendo la tesis aquí. Ya estuvimos en Yucatán, en Palenque y en Xochicalco. Pasado mañana vamos a Tula.

Joyce frunció el ceño. Alejandro le tomó la mano.

–No me distraigas –dijo secamente la muchacha–. Ya tuve todas las aventuras necesarias. El amor no es este juego de sillas musicales. Te lo digo en serio. Bastante es llegar a conocerlo con un solo hombre. Es indirecto, es secreto, es paradójico y no está en las emociones más obvias. No quiero la gran pasión latina.

–Joyce, no me gustan los prólogos. ¿Puedes salir ahora conmigo?

–Tengo que irme con mi marido. Te espero mañana a las 12 en la sucursal del National City Bank.

Se fue, vestida con sus gasas de color lila, descotada, alta, ondulante y seria. Todos aplaudieron y alguien puso un disco de bossa nova. Alejandro bajó con lentitud por las escaleras. El ascensor había dejado de trabajar a las 11.

Entró poco después del mediodía al edificio de fachada barroca y, en el interior modernizado, la buscó entre los canceles de madera y sillas de cuero. Estaba sentada frente a un funcionario. Tenía una pañoleta en la cabeza y usaba anteojos oscuros. Sin el maquillaje, se le veían las pecas. Él se acercó y se dieron la mano.

–Estoy cambiando nuestra mensualidad. En seguida quedo libre.

Recogió el dinero y se levantó. Parecía mucho más baja con los huaraches y llevaba una bolsa de mercado con algunas latas y un muñeco a caballo, de petate tejido.

–Es para mi hijo –sonrió cuando salieron a la luz reverberante de Isabel la Católica–. Le encantan los juguetes mexicanos.

–Estoy en el estacionamiento –dijo Alejandro. La tomó del codo y cruzaron la calle.

–Tengo que pasar a Excélsior a poner un aviso –dijo Joyce mientras el Opel avanzaba lentamente por 5 de Mayo, perseguido por los ubicuos vendedores de billetes de lotería.

–¿Hay tiempo para un café juntos? –Alejandro se quitó las gafas negras y apretó las manos de Joyce.

–Primero déjame poner el aviso. Necesitamos una nana para el niño. –Joyce también apretó la mano de Alejandro; Alejandro llevó la de Joyce a sus labios. Los claxons se enfurecieron. Los dos se observaron con risa y el Opel volvió a avanzar.

–Ya me dijeron quién eres. Admiro mucho tus cosas. Todos dicen que es lo único cercano al arte indígena visto en la vida moderna. Pero conste que me gustaste desde antes.

–Joyce. Me gustas cantidad. Te lo juro. Mira cómo me pones. Te toco y enloquezco.

–No. Por favor. Aquí está el periódico. ¿Bajas conmigo?

–Mira: estaciono y te espero en la Librería Francesa. Luego nos tomamos un café al lado.

–O.K.

Joyce bajó y corrió hacia las oficinas del diario. Alejandro entró al estacionamiento y en seguida caminó media cuadra a la librería.

–Buenos días –le dijo Lisette–. Ya llegaron sus libros.

Se hincó frente a un casillero y sacó los volúmenes y Alejandro hojeó las láminas de Delaunay y se dijo que todo era luz, sin objetos: el final de Rembrandt. Miró su reloj. Paseó la mirada por la cálida librería, con sus altos estantes y escalerillas sobre ruedas, los ceniceros bien distribuidos y el ramo de azucenas en la mesa redonda del centro. Llegó con los libros bajo el brazo a la caja y pagó.

Salió de la librería al Paseo de la Reforma.

Se detuvo un instante; en seguida caminó con rapidez al estacionamiento, pagó y subió al Opel. Arrancó por la lateral y dio vuelta a la derecha en Bucareli.

La nueva exposición de Alejandro se inauguró la semana pasada y fue un escándalo. Lo han acusado de negarse a sí mismo, de darle la espalda al país y de plagiar descaradamente el Pop Art. Rojas acaba de escribir un artículo en defensa de Sevilla. Se titula “La sacralización de lo baladí”. Adela, Lola y Lupe ya desaparecieron. La exposición conjuró a varias nuevas mujeres que hoy se reparten los días de la semana en la casa del Olivar de los Padres. Todos dicen que, buen o mal artista, Alejandro es un Donjuán afortunado e impenitente. Hace poco le recordé que ya cumplió 33 años y que debe pensar en casarse algún día. Alejandro solo me miró con tristeza.

 

(Tomado de Fuentes, Carlos, Cantar de ciegos, Joaquín Mortiz, México, 1964)

 

Instrucciones para mi entierro

Jordi Cebrián

 

No habrá oraciones en mi entierro, solo los salmos antiguos que adjunto a esta carta. No habrá plegarias, pero podrán venir los reyes y los sacerdotes a llorar por mí. Quiero un panteón de mármol, sin imágenes ni inscripciones, con mi tumba en el centro. Quiero canciones cuando llegue el invierno. Quiero olor de incienso, con aroma de almizcle. Quiero 13 velas a mi alrededor, siempre ardiendo. Quiero las más hermosas doncellas del templo velando mi féretro, que se turnen para que en mi panteón siempre haya alguna virgen. Y la tapa debe abrirse desde dentro, para cuando tenga hambre.

 

(Tomado de www.cienpalabras.blogspot.com)

 

Un señor muy viejo con unas alas enormes

Gabriel García Márquez

 

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas.

Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.

–Es un ángel –les dijo–. Seguro que venía por el niño, pero el pobre está tan viejo que lo ha tumbado la lluvia.

Al día siguiente todo el mundo sabía que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso. Contra el criterio de la vecina sabia, para quien los ángeles de estos tiempos eran sobrevivientes fugitivos de una conspiración celestial, no habían tenido corazón para matarlo a palos. Pelayo estuvo vigilándolo toda la tarde desde la cocina, armado con un garrote de alguacil, y antes de acostarse lo sacó a rastras del lodazal y lo encerró con las gallinas en el gallinero alambrado. A media noche, cuando terminó la lluvia, Pelayo y Elisenda seguían matando cangrejos. Poco después el niño despertó sin fiebre y con deseos de comer. Entonces se sintieron magnánimos y decidieron poner al ángel en una balsa con agua dulce y provisiones para tres días, y abandonarlo a su suerte en altamar. Pero cuando salieron al patio con las primeras luces, encontraron a todo el vecindario frente al gallinero, retozando con el ángel sin la menor devoción y echándole cosas de comer por los huecos de las alambradas, como si no fuera una criatura sobrenatural sino un animal de circo.

El padre Gonzaga llegó antes de las siete alarmado por la desproporción de la noticia. A esa hora ya habían acudido curiosos menos frívolos que los del amanecer, y habían hecho toda clase de conjeturas sobre el porvenir del cautivo. Los más simples pensaban que sería nombrado alcalde del mundo. Otros, de espíritu más áspero, suponían que sería ascendido a general de cinco estrellas para que ganara todas las guerras. Algunos visionarios esperaban que fuera conservado como semental para implantar en la tierra una estirpe de hombres alados y sabios que se hicieran cargo del Universo. Pero el padre Gonzaga, antes de ser cura, había sido leñador macizo. Asomado a las alambradas repasó un instante su catecismo, y todavía pidió que le abrieran la puerta para examinar de cerca aquel varón de lástima que más parecía una enorme gallina decrépita entre las gallinas absortas. Estaba echado en un rincón, secándose al sol las alas extendidas, entre las cáscaras de fruta y las sobras de desayunos que le habían tirado los madrugadores. Ajeno a las impertinencias del mundo, apenas si levantó sus ojos de anticuario y murmuró algo en su dialecto cuando el padre Gonzaga entró en el gallinero y le dio los buenos días en latín. El párroco tuvo la primera sospecha de impostura al comprobar que no entendía la lengua de Dios ni sabía saludar a sus ministros. Luego observó que visto de cerca resultaba demasiado humano: tenía un insoportable olor de intemperie, el revés de las alas sembrado de algas parasitarias y las plumas mayores maltratadas por vientos terrestres, y nada de su naturaleza miserable estaba de acuerdo con la egregia dignidad de los ángeles. Entonces abandonó el gallinero, y con un breve sermón previno a los curiosos contra los riesgos de la ingenuidad. Les recordó que el demonio tenía la mala costumbre de recurrir a artificios de carnaval para confundir a los incautos. Argumentó que si las alas no eran el elemento esencial para determinar las diferencias entre un gavilán y un aeroplano, mucho menos podían serlo para reconocer a los ángeles. Sin embargo, prometió escribir una carta a su obispo, para que éste escribiera otra al Sumo Pontífice, de modo que el veredicto final viniera de los tribunales más altos.

Su prudencia cayó en corazones estériles. La noticia del ángel cautivo se divulgó con tanta rapidez, que al cabo de pocas horas había en el patio un alboroto de mercado, y tuvieron que llevar la tropa con bayonetas para espantar el tumulto que ya estaba a punto de tumbar la casa. Elisenda, con el espinazo torcido de tanto barrer basura de feria, tuvo entonces la buena idea de tapiar el patio y cobrar cinco centavos por la entrada para ver al ángel.

Vinieron curiosos hasta de la Martinica. Vino una feria ambulante con un acróbata volador, que pasó zumbando varias veces por encima de la muchedumbre, pero nadie le hizo caso porque sus alas no eran de ángel sino de murciélago sideral. Vinieron en busca de salud los enfermos más desdichados del Caribe: una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad. En medio de aquel desorden de naufragio que hacía temblar la tierra, Pelayo y Elisenda estaban felices de cansancio, porque en menos de una semana atiborraron de plata los dormitorios, y todavía la fila de peregrinos que esperaban su turno para entrar llegaba hasta el otro lado del horizonte.

El ángel era el único que no participaba de su propio acontecimiento. El tiempo se le iba buscando acomodo en su nido prestado, aturdido por el calor de infierno de las lámparas de aceite y las velas de sacrificio que le arrimaban a las alambradas. Al principio trataron de que comiera cristales de alcanfor, que, de acuerdo con la sabiduría de la vecina sabia, era el alimento específico de los ángeles. Pero él los despreciaba, como despreció sin probarlos los almuerzos papales que le llevaban los penitentes, y nunca se supo si fue por ángel o por viejo que terminó comiendo nada más que papillas de berenjena. Su única virtud sobrenatural parecía ser la paciencia. Sobre todo en los primeros tiempos, cuando le picoteaban las gallinas en busca de los parásitos estelares que proliferaban en sus alas, y los baldados le arrancaban plumas para tocarse con ellas sus defectos, y hasta los más piadosos le tiraban piedras tratando de que se levantara para verlo de cuerpo entero. La única vez que consiguieron alterarlo fue cuando le abrasaron el costado con un hierro de marcar novillos, porque llevaba tantas horas de estar inmóvil que lo creyeron muerto. Despertó sobresaltado, despotricando en lengua hermética y con los ojos en lágrimas, y dio un par de aletazos que provocaron un remolino de estiércol de gallinero y polvo lunar, y un ventarrón de pánico que no parecía de este mundo. Aunque muchos creyeron que su reacción no había sido de rabia sino de dolor, desde entonces se cuidaron de no molestarlo, porque la mayoría entendió que su pasividad no era la de un héroe en uso de buen retiro sino la de un cataclismo en reposo.

El padre Gonzaga se enfrentó a la frivolidad de la muchedumbre con fórmulas de inspiración doméstica, mientras le llegaba un juicio terminante sobre la naturaleza del cautivo. Pero el correo de Roma había perdido la noción de la urgencia. El tiempo se les iba en averiguar si el convicto tenía ombligo, si su dialecto tenía algo que ver con el arameo, si podía caber muchas veces en la punta de un alfiler, o si no sería simplemente un noruego con alas. Aquellas cartas de parsimonia habrían ido y venido hasta el fin de los siglos, si un acontecimiento providencial no hubiera puesto término a las tribulaciones del párroco.

Sucedió que por esos días, entre muchas otras atracciones de las ferias errantes del Caribe, llevaron al pueblo el espectáculo triste de la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres. La entrada para verla no solo costaba menos que la entrada para ver al ángel, sino que permitían hacerle toda clase de preguntas sobre su absurda condición, y examinarla al derecho y al revés, de modo que nadie pusiera en duda la verdad del horror. Era una tarántula espantosa del tamaño de un carnero y con la cabeza de una doncella triste. Pero lo más desgarrador no era su figura de disparate, sino la sincera aflicción con que contaba los pormenores de su desgracia: siendo casi una niña se había escapado de la casa de sus padres para ir a un baile, y cuando regresaba por el bosque después de haber bailado toda la noche sin permiso, un trueno pavoroso abrió el cielo en dos mitades, y por aquella grieta salió el relámpago de azufre que la convirtió en araña. Su único alimento eran las bolitas de carne molida que las almas caritativas quisieran echarle en la boca. Semejante espectáculo, cargado de tanta verdad humana y de tan temible escarmiento, tenía que derrotar sin proponérselo al de un ángel despectivo que apenas si se dignaba mirar a los mortales. Además los escasos milagros que se le atribuían al ángel revelaban un cierto desorden mental, como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas. Aquellos milagros de consolación que más bien parecían entretenimientos de burla, habían quebrantado ya la reputación del ángel cuando la mujer convertida en araña terminó de aniquilarla. Fue así como el padre Gonzaga se curó para siempre del insomnio, y el patio de Pelayo volvió a quedar tan solitario como en los tiempos en que llovió tres días y los cangrejos caminaban por los dormitorios.

Los dueños de la casa no tuvieron nada que lamentar. Con el dinero recaudado construyeron una mansión de dos plantas, con balcones y jardines, y con sardineles muy altos para que no se metieran los cangrejos del invierno, y con barras de hierro en las ventanas para que no se metieran los ángeles. Pelayo estableció además un criadero de conejos muy cerca del pueblo y renunció para siempre a su mal empleo de alguacil, y Elisenda se compró unas zapatillas satinadas de tacones altos y muchos vestidos de seda tornasol, de los que usaban las señoras más codiciadas en los domingos de aquellos tiempos. El gallinero fue lo único que no mereció atención. Si alguna vez lo lavaron con creolina y quemaron las lágrimas de mirra en su interior, no fue por hacerle honor al ángel, sino por conjurar la pestilencia de muladar que ya andaba como un fantasma por todas partes y estaba volviendo vieja la casa nueva. Al principio, cuando el niño aprendió a caminar, se cuidaron de que no estuviera cerca del gallinero. Pero luego se fueron olvidando del temor y acostumbrándose a la peste, y antes de que el niño mudara los dientes se había metido a jugar dentro del gallinero, cuyas alambradas podridas se caían a pedazos. El ángel no fue menos displicente con él que con el resto de los mortales, pero soportaba las infamias más ingeniosas con una mansedumbre de perro sin ilusiones. Ambos contrajeron la varicela al mismo tiempo. El médico que atendió al niño no resistió la tentación de auscultar al ángel, y encontró tantos soplos en el corazón y tantos ruidos en los riñones, que no le pareció posible que estuviera vivo. Lo que más le asombró, sin embargo, fue la lógica de sus alas. Resultaban tan naturales en aquel organismo completamente humano, que no podía entender por qué no las tenían también los otros hombres.

Cuando el niño fue a la escuela, hacía mucho tiempo que el sol y la lluvia habían desbaratado el gallinero. El ángel andaba arrastrándose por acá y por allá como un moribundo sin dueño. Lo sacaban a escobazos de un dormitorio y un momento después lo encontraban en la cocina. Parecía estar en tantos lugares al mismo tiempo, que llegaron a pensar que se desdoblaba, que se repetía a sí mismo por toda la casa, y la exasperada Elisenda gritaba fuera de quicio que era una desgracia vivir en aquel infierno lleno de ángeles. Apenas si podía comer, sus ojos de anticuario se le habían vuelto tan turbios que andaba tropezando con los horcones, y ya no le quedaban sino las cánulas peladas de las últimas plumas. Pelayo le echó encima una manta y le hizo la caridad de dejarlo dormir en el cobertizo, y solo entonces advirtieron que pasaba la noche con calenturas delirantes en trabalenguas de noruego viejo. Fue esa una de las pocas veces en que se alarmaron, porque pensaban que se iba a morir, y ni siquiera la vecina sabia había podido decirles qué se hacía con los ángeles muertos.

Sin embargo, no solo sobrevivió a su peor invierno, sino que pareció mejor con los primeros soles. Se quedó inmóvil muchos días en el rincón más apartado del patio, donde nadie lo viera, y a principios de diciembre empezaron a nacerle en las alas unas plumas grandes y duras, plumas de pajarraco viejo, que más bien parecían un nuevo percance de la decrepitud. Pero él debía conocer la razón de estos cambios, porque se cuidaba muy bien de que nadie los notara, y de que nadie oyera las canciones de navegantes que a veces cantaba bajo las estrellas. Una mañana, Elisenda estaba cortando rebanadas de cebolla para el almuerzo, cuando un viento que parecía de alta mar se metió en la cocina. Entonces se asomó por la ventana, y sorprendió al ángel en las primeras tentativas del vuelo. Eran tan torpes, que abrió con las uñas un surco de arado en las hortalizas y estuvo a punto de desbaratar el cobertizo con aquellos aletazos indignos que resbalaban en la luz y no encontraban asidero en el aire. Pero logró ganar altura. Elisenda exhaló un suspiro de descanso, por ella y por él, cuando lo vio pasar por encima de las últimas casas, sustentándose de cualquier modo con un azaroso aleteo de buitre senil. Siguió viéndolo hasta cuando acabó de cortar la cebolla, y siguió viéndolo hasta cuando ya no era posible que lo pudiera ver, porque entonces ya no era un estorbo en su vida, sino un punto imaginario en el horizonte del mar.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Clarisa

Isabel Allende

 

Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión al primer astronauta levitando sobre la superficie de la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas. Había pasado la infancia entre matas de helechos y corredores alumbrados por candiles de aceite. Los días transcurrían lentos en aquella época. Clarisa nunca se adaptó a los sobresaltos de los tiempos de hoy, siempre me pareció que estaba detenida en el aire color sepia de un retrato de otro siglo. Supongo que alguna vez tuvo cintura virginal, porte gracioso y perfil de medallón, pero cuando yo la conocí ya era una anciana algo estrafalaria, con los hombros alzados como dos suaves jorobas y su noble cabeza coronada por un quiste sebáceo, como un huevo de paloma, alrededor del cual ella enrollaba sus cabellos blancos. Tenía una mirada traviesa y profunda, capaz de penetrar la maldad más recóndita y regresar intacta. En sus muchos años de existencia alcanzó fama de santa y después de su muerte muchos tienen su fotografía en un altar doméstico, junto a otras imágenes venerables, para pedirle ayuda en las dificultades menores, a pesar de que su prestigio de milagrera no está reconocido por el Vaticano y con seguridad nunca lo estará, porque los beneficios otorgados por ella son de índole caprichosa: no cura ciegos como Santa Lucía ni encuentra marido para las solteras como San Antonio, pero dicen que ayuda a soportar el malestar de la embriaguez, los tropiezos de la conscripción y el acecho de la soledad. Sus prodigios son humildes e improbables, pero tan necesarios como las aparatosas maravillas de los santos de catedral.

La conocí en mi adolescencia, cuando yo trabajaba como sirvienta en casa de La Señora, una dama de la noche, como llamaba Clarisa a las de ese oficio. Ya entonces era casi puro espíritu, parecía siempre a punto de despegar del suelo y salir volando por la ventana. Tenía manos de curandera y quienes no podían pagar un médico o estaban desilusionados de la ciencia tradicional esperaban turno para que ella les aliviara los dolores o los consolara de la mala suerte. Mi patrona solía llamarla para que le aplicara las manos en la espalda. De paso, Clarisa hurgaba en el alma de La Señora con el propósito de torcerle la vida y conducirla por los caminos de Dios, caminos que la otra no tenía mayor urgencia en recorrer, porque esa decisión habría descalabrado su negocio. Clarisa le entregaba el calor curativo de sus palmas por diez o quince minutos, según la intensidad del dolor, y luego aceptaba un jugo de fruta como recompensa por sus servicios. Sentadas frente a frente en la cocina, las dos mujeres charlaban sobre lo humano y lo divino, mi patrona más de lo humano y ella más de lo divino, sin traicionar la tolerancia y el rigor de las buenas maneras. Después cambié de empleo y perdí de vista a Clarisa hasta un par de décadas más tarde, en que volvimos a encontrarnos y pudimos restablecer la amistad hasta el día de hoy, sin hacer mayor caso de los diversos obstáculos que se nos interpusieron, inclusive el de su muerte, que vino a sembrar cierto desorden en la buena comunicación.

Aun en los tiempos en que la vejez le impedía moverse con el entusiasmo misionero de antaño, Clarisa preservó su constancia para socorrer al prójimo, a veces incluso contra la voluntad de los beneficiarios, como era el caso de los chulos de la calle República, quienes debían soportar, sumidos en la mayor mortificación, las arengas públicas de esa buena señora en su afán inalterable de redimirlos. Clarisa se desprendía de todo lo suyo para darlo a los necesitados, por lo general solo tenía la ropa que llevaba puesta y hacia el final de su vida le resultaba difícil encontrar pobres más pobres que ella. La caridad se convirtió en un camino de ida y vuelta y ya no se sabía quién daba y quién recibía.

Vivía en un destartalado caserón de tres pisos, con algunos cuartos vacíos y otros alquilados como depósito a una licorería, de manera que una ácida pestilencia de borracho contaminaba el ambiente. No se mudaba de esa vivienda, herencia de sus padres, porque le recordaba su pasado abolengo y porque desde hacía más de cuarenta años su marido se había enterrado allí en vida, en un cuarto al fondo del patio. El hombre fue juez de una lejana provincia, oficio que ejerció con dignidad hasta el nacimiento de su segundo hijo, cuando la decepción le arrebató el interés por enfrentar su suerte y se refugió como un topo en el socavón maloliente de su cuarto. Salía muy rara vez, como una sombra huidiza, y solo abría la puerta para sacar la bacinilla y recoger la comida que su mujer le dejaba cada día. Se comunicaba con ella por medio de notas escritas con su perfecta caligrafía y de golpes en la puerta, dos para sí y tres para no. A través de los muros de su cuarto se podían escuchar su carraspeo asmático y algunas palabrotas de bucanero que no se sabía a ciencia cierta a quién iban dirigidas.

–Pobre hombre, ojalá Dios lo llame a Su lado cuanto antes y lo ponga a cantar en un coro de ángeles –suspiraba Clarisa sin asomo de ironía; pero el fallecimiento oportuno de su marido no fue una de las gracias otorgadas por La Divina Providencia, puesto que la ha sobrevivido hasta hoy, aunque ya debe tener más de cien años, a menos que haya muerto y las toses y maldiciones que se escuchan sean solo el eco de ayer.

Clarisa se casó con él porque fue el primero que se lo pidió y a sus padres les pareció que un juez era el mejor partido posible. Ella dejó el sobrio bienestar del hogar paterno y se acomodó a la avaricia y la vulgaridad de su marido sin pretender una fortuna mejor. La única vez que se le oyó un comentario nostálgico por los refinamientos del pasado fue a propósito de un piano de cola con el cual se deleitaba de niña. Así nos enteramos de su afición por la música y mucho más tarde, cuando ya era una anciana, un grupo de amigos le regalamos un modesto piano. Para entonces ella había pasado casi sesenta años sin ver un teclado de cerca, pero se sentó en el taburete y tocó de memoria y sin la menor vacilación un Nocturno de Chopin.

Un par de años después de la boda con el juez, nació una hija albina, quien apenas comenzó a caminar acompañaba a su madre a la iglesia. La pequeña se deslumbró en tal forma con los oropeles de la liturgia, que comenzó a arrancar los cortinajes para vestirse de obispo y pronto el único juego que le interesaba era imitar los gestos de la misa y entonar cánticos en un latín de su invención. Era retardada sin remedio, solo pronunciaba palabras en una lengua desconocida, babeaba sin cesar y sufría incontrolables ataques de maldad, durante los cuales debían atarla como un animal de feria para evitar que masticara los muebles y atacara a las personas. Con la pubertad se tranquilizó y ayudaba a su madre en las labores de la casa. El segundo hijo llegó al mundo con un dulce rostro asiático, desprovisto de curiosidad, y la única destreza que logró adquirir fue equilibrarse sobre una bicicleta, pero no le sirvió de mucho porque su madre no se atrevió nunca a dejarlo salir de la casa. Pasó la vida pedaleando en el patio en una bicicleta sin ruedas fija en un atril.

La anormalidad de sus hijos no afectó el sólido optimismo de Clarisa, quien los consideraba almas puras, inmunes al mal, y se relacionaba con ellos solo en términos de afecto. Su mayor preocupación consistía en preservarlos incontaminados por sufrimientos terrenales, se preguntaba a menudo quién los cuidaría cuando ella faltara. El padre, en cambio, no hablaba jamás de ellos, se aferró al pretexto de los hijos retardados para sumirse en el bochorno, abandonar su trabajo, sus amigos y hasta el aire fresco y sepultarse en su pieza, ocupado en copiar con paciencia de monje medieval los periódicos en un cuaderno de notario. Entretanto su mujer gastó hasta el último céntimo de su dote y de su herencia y luego trabajó en toda clase de pequeños oficios para mantener a la familia. Las penurias propias no la alejaron de las penurias ajenas y aun en los períodos más difíciles de su existencia no postergó sus labores de misericordia.

Clarisa poseía una ilimitada comprensión por las debilidades humanas. Una noche, cuando ya era una anciana de pelo blanco, se encontraba cosiendo en su cuarto cuando escuchó ruidos desusados en la casa. Se levantó para averiguar de qué se trataba, pero no alcanzó a salir, porque en la puerta tropezó de frente con un hombre que le puso un cuchillo en el cuello.

–Silencio, puta, o te despacho de un solo corte –la amenazó.

–No es aquí, hijo. Las damas de la noche están al otro lado de la calle, donde tienen la música.

–No te burles, esto es un asalto.

–¿Cómo dices? –sonrió incrédula Clarisa–. ¿Y qué me vas a robar a mí?

–Siéntate en esa silla, voy a amarrarte.

–De ninguna manera, hijo, puedo ser tu madre, no me faltes el respeto.

–¡Siéntate!

–No grites, porque vas a asustar a mi marido, que está delicado de salud. Y de paso guarda el cuchillo, que puedes herir a alguien –dijo Clarisa.

–Oiga, señora, yo vine a robar –masculló el asaltante desconcertado.

–No, esto no es un robo. Yo no te voy a dejar que cometas un pecado. Te voy a dar algo de dinero por mi propia voluntad. No me lo estás quitando, te lo estoy dando, ¿está claro? –Fue a su cartera y sacó lo que le quedaba para el resto de la semana–. No tengo más. Somos una familia bastante pobre, como ves. Acompáñame a la cocina, voy a poner la tetera.

El hombre se guardó el cuchillo y la siguió con los billetes en la mano. Clarisa preparó té para ambos, sirvió las últimas galletas que le quedaban y lo invitó a sentarse en la sala.

–¿De dónde sacaste la peregrina idea de robarle a esta pobre vieja?

El ladrón le contó que la había observado durante días, sabía que vivía sola y pensó que en aquel caserón habría algo que llevarse. Ese era el primer asalto, dijo, tenía cuatro hijos, estaba sin trabajo y no podía llegar otra vez a casa con las manos vacías. Ella le hizo ver que el riesgo era demasiado grande, no solo podían llevarlo preso, sino que podía condenarse al infierno, aunque en verdad ella dudaba que Dios fuera a castigarlo con tanto rigor, a lo más iría a parar al purgatorio, siempre que se arrepintiera y no volviera a hacerlo, por supuesto. Le ofreció incorporarlo a la lista de sus protegidos y le prometió que no lo acusaría a las autoridades. Se despidieron con un par de besos en las mejillas. En los diez años siguientes, hasta la muerte de Clarisa, el hombre le enviaba por correo un pequeño regalo en cada Navidad.

No todas las relaciones de Clarisa eran de esa calaña, también conocía a gente de prestigio, señoras de alcurnia, ricos comerciantes, banqueros y hombres públicos, a quienes visitaba buscando ayuda para el prójimo, sin detenerse a especular cómo sería recibida. Cierto día se presentó en la oficina del diputado Diego Cienfuegos, conocido por sus incendiarios discursos y por ser uno de los pocos políticos incorruptibles del país, lo cual no le impidió ascender a ministro y acabar en los libros de historia como padre intelectual de un cierto tratado de la paz. En esa época Clarisa era joven y algo tímida, pero ya tenía la misma tremenda determinación que la caracterizó en la vejez. Llegó donde el diputado a pedirle que usara su influencia para conseguir una nevera moderna a las Madres Teresianas. El hombre la miró pasmado, sin entender las razones por las cuales él debía ayudar a sus enemigas ideológicas.

–Porque en el comedor de las monjitas almuerzan gratis cien niños cada día, y casi todos son hijos de los comunistas y evangélicos que votan por usted –replicó mansamente Clarisa.

Así nació entre ambos una discreta amistad que habría de costarle muchos desvelos y favores al político. Con la misma lógica irrefutable conseguía de los jesuitas becas escolares para muchachos ateos, de la Acción de Damas Católicas ropa usada para las prostitutas de su barrio, del Instituto Alemán instrumentos de música para un coro hebreo, de los dueños de viñas fondos para los programas de alcohólicos.

Ni el marido sepultado en el mausoleo de su cuarto, ni las extenuantes horas de trabajo cotidiano, evitaron que Clarisa quedara embarazada una vez más. La comadrona le advirtió que con toda probabilidad daría a luz otro anormal, pero ella la tranquilizó con el argumento de que Dios mantiene cierto equilibrio en el universo, y tal como crea algunas cosas torcidas, también crea otras derechas, por cada virtud hay un pecado, por cada alegría una desdicha, por cada mal un bien y así, en el eterno girar de la rueda de la vida todo se compensa a través de los siglos. El péndulo va y viene con inexorable precisión, decía ella.

Clarisa pasó sin prisa el tiempo de su embarazo y dio a luz un tercer hijo. El nacimiento se produjo en su casa, ayudada por la comadrona y amenizado por la compañía de las criaturas retardadas, seres inofensivos y sonrientes que pasaban las horas entretenidos en sus juegos, una mascullando galimatías en su traje de obispo y el otro pedaleando hacia ninguna parte en una bicicleta inmóvil. En esta ocasión la balanza se movió en el sentido justo para preservar la armonía de la Creación y nació un muchacho fuerte, de ojos sabios y manos firmes, que la madre se puso al pecho, agradecida. Catorce meses después Clarisa dio a luz otro hijo con las características del anterior.

–Estos crecerán sanos para ayudarme a cuidar a los dos primeros –decidió ella, fiel a su teoría de las compensaciones, y así fue, porque los hijos menores resultaron derechos como dos cañas y bien dotados para la bondad.

De algún modo Clarisa se las arregló para mantener a los cuatro niños sin ayuda del marido y sin perder su orgullo de gran dama solicitando caridad para sí misma. Pocos se enteraron de sus apuros financieros. Con la misma tenacidad con que pasaba las noches en vela fabricando muñecas de trapo, tortas de novia para vender, batallaba contra el deterioro de su casa, cuyas paredes comenzaban a sudar un vapor verdoso, y le inculcaba a los hijos menores sus principios de buen humor y de generosidad con tan espléndido efecto que en las décadas siguientes estuvieron siempre junto a ella soportando la carga de sus hermanos mayores, hasta que un día estos se quedaron atrapados en la sala de baño y un escape de gas los trasladó apaciblemente a otro mundo.

La llegada del Papa se produjo cuando Clarisa aún no cumplía ochenta años, aunque no era fácil calcular su edad exacta, porque se la aumentaba por coquetería, nada más que para oír decir cuán bien se conservaba a los ochenta y cinco que pregonaba. Le sobraba ánimo, pero le fallaba el cuerpo, le costaba caminar, se desorientaba en las calles, no tenía apetito y acabó alimentándose de flores y miel. El espíritu se le fue desprendiendo en la misma medida en que le germinaron las alas, pero los preparativos de la visita papal le devolvieron el entusiasmo por las aventuras terrenales. No aceptó ver el espectáculo por televisión, porque sentía una desconfianza profunda por ese aparato. Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos. Clarisa quiso ver al Pontífice con sus propios ojos, para que no fueran a mostrarle en la pantalla a un actor con paramentos episcopales, de modo que tuve que acompañarla a vitorearlo en su paso por las calles. Al cabo de un par de horas defendiéndonos de la muchedumbre de creyentes y de vendedores de cirios, camisetas estampadas, policromías y santos de plástico, logramos vislumbrar al Santo Padre, magnífico dentro de una caja de vidrio portátil, como una blanca marsopa en su acuario. Clarisa cayó de rodillas, a punto de ser aplastada por los fanáticos y por los guardias de la escolta. En ese instante, justamente cuando teníamos al Papa a tiro de piedra, surgió por una calle lateral una columna de hombres vestidos de monjas, con las caras pintarrajeadas, enarbolando pancartas en favor del aborto, el divorcio, la sodomía y el derecho de las mujeres a ejercer el sacerdocio. Clarisa hurgó en su bolso con mano temblorosa, encontró sus gafas y se las colocó para cerciorarse de que no se trataba de una alucinación.

–Vámonos, hija. Ya he visto demasiado –me dijo, pálida. Tan desencajada estaba, que para distraerla ofrecí comprarle un cabello del Papa, pero no lo quiso, porque no había garantía de su autenticidad. El número de reliquias capilares ofrecidas por los comerciantes era tal, que alcanzaba para rellenar un par de colchones, según calculó un periódico socialista.

–Estoy muy vieja y ya no entiendo el mundo, hija. Lo mejor es volver a casa.

Llegó a su caserón extenuada, con el fragor de campanas y vítores todavía retumbándole en las sienes. Partí a la cocina a preparar una sopa para el juez y a calentar agua para darle a ella una infusión de camomila, a ver si eso la tranquilizaba un poco. Entretanto Clarisa, con una expresión de gran melancolía, colocó todo en orden y sirvió el último plato de comida para su marido. Puso la bandeja ante la puerta cerrada y llamó por primera vez en más de cuarenta años.

–¿Cuántas veces he dicho que no me molesten? –protestó la voz decrépita del juez.

–Disculpa, querido, solo deseo avisarte que me voy a morir.

–¿Cuándo?

–El viernes.

–Está bien –y no abrió la puerta. Clarisa llamó a sus hijos para darles cuenta de su próximo fin y luego se acostó en su cama. Tenía una habitación grande, oscura, con pesados muebles de caoba tallada que no alcanzaron a convertirse en antigüedades, porque el deterioro los derrotó por el camino. Sobre la cómoda había una urna de cristal con un Niño Jesús de cera de un realismo sorprendente, parecía un bebé recién bañado.

–Me gustaría que te quedaras con el Niñito, para que me lo cuides, Eva.

–Usted no piensa morirse, no me haga pasar estos sustos.

–Tienes que ponerlo a la sombra, si le pega el sol se derrite. Ha durado casi un siglo y puede durar otro si lo defiendes del clima.

Le acomodé en lo alto de la cabeza sus cabellos de merengue, le adorné el peinado con una cinta y me senté a su lado, dispuesta a acompañarla en ese trance, sin saber a ciencia cierta de qué se trataba, porque el momento carecía de todo sentimentalismo, como si en verdad no fuera una agonía, sino un apacible resfrío.

–Sería bien bueno que me confesara, ¿no te parece, hija?

–¡Pero qué pecados puede tener usted, Clarisa!

–La vida es larga y sobra tiempo para el mal, con el favor de Dios.

–Usted se irá derecho al cielo, si es que el cielo existe.

–Claro que existe, pero no es tan seguro que me admitan. Allí son bien estrictos –murmuró. Y después de una larga pausa agregó–: repasando mis faltas, veo que hay una bastante grave…

Tuve un escalofrío, temiendo que esa anciana con aureola de santa me dijera que había eliminado intencionalmente a sus hijos retardados para facilitar la justicia divina, o que no creía en Dios y que se había dedicado a hacer el bien en este mundo solo porque en la balanza le había tocado esa suerte, para compensar el mal de otros, mal que a su vez carecía de importancia, puesto que todo es parte del mismo proceso infinito. Pero nada tan dramático me confesó Clarisa. Se volvió hacia la ventana y me dijo ruborizada que se había negado a cumplir sus deberes conyugales.

–¿Qué significa eso? –pregunté.

–Bueno… me refiero a no satisfacer los deseos carnales de mi marido, ¿entiendes?

–No.

–Si una le niega su cuerpo y él cae en la tentación de buscar alivio con otra mujer, una tiene la responsabilidad moral.

–Ya veo. El juez fornica y el pecado es de usted.

–No, no. Me parece que sería de ambos, habría que consultarlo.

–¿El marido tiene la misma obligación con su mujer?

–¿Ah?

–Quiero decir que si usted hubiera tenido otro hombre, ¿la falta sería también de su esposo?

–¡Las cosas que se te ocurren, hija! –Me miró atónita.

–No se preocupe, si su peor pecado es haberle escamoteado el cuerpo al juez, estoy segura de que Dios lo tomará en broma.

–No creo que Dios tenga humor para esas cosas.

–Dudar de la perfección divina, ese sí es un gran pecado, Clarisa.

Se veía tan saludable que costaba imaginar su próxima partida, pero supuse que los santos, a diferencia de los simples mortales, tienen el poder de morir sin miedo y en pleno uso de sus facultades. Su prestigio era tan sólido, que muchos aseguraban haber visto un círculo de luz en torno de su cabeza y haber escuchado música celestial en su presencia, por lo mismo no me sorprendió, al desvestirla para ponerle el camisón, encontrar en sus hombros dos bultos inflamados, como si estuviera a punto de reventarle un par de alas de angelote.

El rumor de la agonía de Clarisa se regó con rapidez. Los hijos y yo tuvimos que atender a una inacabable fila de gentes que venían a pedir su intervención en el cielo para diversos favores o simplemente a despedirse. Muchos esperaban que en el último momento ocurriera un prodigio significativo, como que el olor a botellas rancias que infectaba el ambiente se transformara en perfume de camelias o su cuerpo refulgiera con rayos de consolación. Entre ellos apareció su amigo, el bandido, quien no había enmendado el rumbo y estaba convertido en un verdadero profesional. Se sentó junto a la cama de la moribunda y le contó sus andanzas sin asomo de arrepentimiento.

–Me va muy bien. Ahora me meto nada más que en las casas del barrio alto. Le robo a los ricos y eso no es pecado. Nunca he tenido que usar violencia, yo trabajo limpiamente, como un caballero –explicó con cierto orgullo.

–Tendré que rezar mucho por ti, hijo.

–Rece, abuelita, que eso no me puede hacer mal. También La Señora apareció compungida a darle el adiós a su querida amiga, trayendo una corona de flores y unos dulces de alfajor para contribuir al velorio. Mi antigua patrona no me reconoció, pero yo no tuve dificultad en identificarla a ella, porque no había cambiado tanto, se veía bastante bien, a pesar de su gordura, su peluca y sus extravagantes zapatos de plástico con estrellas doradas. A diferencia del ladrón, ella venía a comunicar a Clarisa que sus consejos de antaño habían caído en tierra fértil y ahora ella era una cristiana decente.

–Cuénteselo a San Pedro, para que me borre del libro negro –le pidió.

–Qué tremendo chasco se llevarán estas buenas personas si en vez de irme al cielo acabo cocinándome en las pailas del infierno… –comentó la moribunda, cuando por fin pude cerrar la puerta para que descansara un poco.

–Si eso ocurre allá arriba, aquí abajo nadie lo sabrá, Clarisa.

–Mejor así.

Desde el amanecer del viernes se congregó una muchedumbre en la calle y a duras penas sus hijos lograron impedir el desborde de creyentes dispuestos a llevarse cualquier reliquia, desde trozos de papel de las paredes hasta la escasa ropa de la santa. Clarisa decaía a ojos vista y por primera vez dio señales de tomar en serio su propia muerte. A eso de las diez se detuvo frente a la casa un automóvil azul con placas del Congreso. El chófer ayudó a descender del asiento trasero a un anciano, que la multitud reconoció de inmediato. Era don Diego Cienfuegos, convertido en prócer después de tantas décadas de servicio en la vida pública. Los hijos de Clarisa salieron a recibirlo y lo acompañaron en su penoso ascenso hasta el segundo piso. Al verlo en el umbral de la puerta, Clarisa se animó, volvieron el rubor a sus mejillas y el brillo a sus ojos.

–Por favor, saca a todo el mundo de la pieza y déjanos solos –me sopló al oído.

Veinte minutos más tarde se abrió la puerta. Y don Diego Cienfuegos salió arrastrando los pies, con los ojos aguados, maltrecho y tullido, pero sonriendo. Los hijos de Clarisa, que lo esperaban en el pasillo, lo tomaron de nuevo por los brazos para ayudarlo y entonces, al verlos juntos, confirmé algo que ya había notado antes. Esos tres hombres tenían el mismo porte y perfil, la misma pausada seguridad, los mismos ojos sabios y manos firmes.

Esperé que bajaran la escalera y volví donde mi amiga. Me acerqué para acomodarle las almohadas y vi que también ella, como su visitante, lloraba con cierto regocijo.

–Fue don Diego su pecado más grave, ¿verdad? –le susurré.

–Eso no fue pecado, hija, solo una ayuda a Dios para equilibrar la balanza del destino. Y ya ves cómo resultó de lo más bien, porque por dos hijos retardados tuve otros dos para cuidarlos.

Esa noche murió Clarisa sin angustia. De cáncer, diagnosticó el médico al ver sus capullos de alas; de santidad, proclamaron los devotos apiñados en la calle con cirios y flores; de asombro, digo yo, porque estuve con ella cuando nos visitó el Papa.

 

(Tomado de www.lecturia.org)

 

Aquellos días en Odessa

Heinrich Boll

 

Hacía mucho frío en Odessa aquellos días. Cada mañana íbamos al aeropuerto en grandes y ruidosos camiones, por la carretera mal adoquinada. Allí esperábamos, muertos de frío, a los grandes pájaros grises que rodaban por el campo de aterrizaje. Pero los dos primeros días, cuando estábamos a punto de subir a bordo, llegó una orden en sentido contrario, porque sobre el mar Negro había una niebla muy densa, o bien demasiadas nubes, y volvimos a subir a los grandes y ruidosos camiones y regresamos al cuartel por la carretera empedrada. El cuartel era muy grande. Estaba sucio y lleno de piojos. Pasábamos el rato sentados en el suelo o bien nos acodábamos en las mugrientas mesas y jugábamos a las cartas, o cantábamos. Siempre esperábamos una ocasión para saltar el muro y hacer una escapada. En el cuartel había muchos soldados que esperaban para entrar en combate, y no se nos permitía ir a la ciudad. Los dos primeros días habíamos intentado escabullirnos, pero nos atraparon, y como castigo nos hicieron transportar las grandes cafeteras llenas de café hirviente y descargar panes. Mientras descargábamos los panes nos vigilaba el contador, que llevaba un magnífico abrigo de pieles, el cual, sin duda, estaba destinado al frente. El contador contaba los panes para que no desapareciera ninguno. El cielo de Odessa estaba siempre nublado y oscuro, y los centinelas paseaban arriba y abajo, a lo largo de los negros y sucios muros del cuartel.

El tercer día esperamos a que hubiera oscurecido del todo y nos dirigimos simplemente a la entrada principal. Cuando el centinela nos dio el alto, gritamos “comando Seltscbáni”, y nos dejó pasar. Éramos tres, Kurt, Erich y yo. Caminábamos muy despacio. Solo eran las cuatro y ya estaba oscuro. Lo único que habíamos ansiado era salir de aquellos altos, negros y sucios muros, y ahora que estábamos fuera casi habríamos preferido estar dentro otra vez. Solo hacía ocho semanas que nos habían movilizado y teníamos mucho miedo. Pero nos dábamos cuenta de que, si hubiéramos estado otra vez en el cuartel, habríamos querido salir a toda costa, y entonces habría sido imposible. Eran solo las cuatro, y no podríamos dormir a causa de los piojos y de las canciones, y también porque temíamos y al mismo tiempo esperábamos que a la mañana siguiente haría buen tiempo para volar y nos llevarían en los aviones a Crimea, donde seguramente moriríamos.

No queríamos morir, no queríamos ir a Crimea, pero tampoco nos gustaba pasarnos todo el santo día tirados en aquel cuartel sucio y negro que olía a café de malta, donde siempre descargaban panes destinados al frente y donde siempre había un contador con abrigo de pieles, abrigo sin duda destinado al frente, que vigilaba y contaba los panes para que no desapareciera ninguno. En realidad, no sé lo que queríamos. Avanzábamos lentamente por aquella callejuela del suburbio, oscura y llena de hoyos. Entre las casitas, donde no se veía una sola luz, la noche estaba cercada por unas cuantas estacas de madera podrida, y más allá, en algún lugar, debía haber páramos, tierras baldías, como en nuestro país, donde siempre dicen que se va a construir una carretera y abren zanjas y van de aquí para allá con varas de medir, y después no se habla más de la carretera y echan en las zanjas escombros, cenizas y basura, y vuelve a crecer la hierba, mala hierba áspera, indómita y exuberante, hasta que el letrero “Prohibido tirar escombros” queda cubierto por los escombros…

Caminábamos muy despacio porque aún era muy pronto. En la oscuridad nos cruzamos con otros soldados que iban al cuartel, y otros que venían del cuartel nos adelantaban. Teníamos miedo de las patrullas y habríamos preferido volver, pero sabíamos también que si nos halláramos otra vez en el cuartel estaríamos desesperados, y era mejor tener miedo que sentir solo desesperación entre los negros y sucios muros del cuartel, donde siempre había que llevar café de aquí para allá y descargar panes para el frente, siempre panes para el frente, y donde vigilaban los contadores con sus magníficos abrigos, mientras nosotros nos moríamos de frío.

De vez en cuando, a uno y otro lado de la callejuela, veíamos una casa en cuyas ventanas brillaba una mortecina luz amarilla, y oíamos el murmullo de unas voces claras, extranjeras e inquietantes. Y después encontramos, en medio de la oscuridad, una ventana muy iluminada de la que salía mucho ruido, y oímos voces de soldados que cantaban “El sol de México”.

Abrimos la puerta y entramos. La estancia estaba caliente y llena de humo. Había en ella un grupo de soldados, ocho o diez, algunos de los cuales tenían mujeres con ellos. Bebían y cantaban, y uno de ellos se rio muy fuerte cuando entramos nosotros. Éramos muy jóvenes, los más jóvenes de toda la compañía. Nuestros uniformes eran completamente nuevos, y la fibra de madera nos pinchaba los brazos y las piernas; las camisetas y calzoncillos nos producían un terrible picor. También los jerseys eran nuevos y ásperos.

Kurt, el más joven, pasó delante y eligió una mesa. Kurt era aprendiz en una fábrica de cuero, y nos había contado de dónde procedían las pieles, aunque la cosa se consideraba secreto industrial. Nos había explicado incluso los beneficios que se obtenían con ello, aunque eso era también un secreto industrial muy celosamente guardado. Nos sentamos los tres.

De detrás del mostrador vino hacia nosotros una mujer gorda, de cabello oscuro y cara bondadosa, y nos preguntó qué queríamos beber. Preguntamos primero cuánto costaba el vino, pues habíamos oído decir que en Odessa todo era muy caro. Nos dijo que eran cinco marcos la botella, y pedimos tres botellas. Habíamos perdido mucho dinero jugando a las cartas y nos habíamos repartido el resto: teníamos diez marcos cada uno. Algunos de los soldados comían carne asada, que humeaba aún, con rebanadas de pan blanco, y unas salchichas que olían a ajo, y entonces nos dimos cuenta por primera vez de que teníamos hambre. Cuando la mujer trajo el vino le preguntamos cuánto costaba la comida. Nos dijo que las salchichas costaban cinco marcos y la carne con pan, ocho. Dijo que la carne era de cerdo y fresca, pero nosotros le pedimos salchichas. Los soldados besaban a las mujeres y las abrazaban sin disimulo, y nosotros no sabíamos a dónde mirar. Las salchichas eran grasas y calientes, y el vino era muy seco. Cuando nos hubimos comido las salchichas, no supimos qué hacer. No teníamos ya nada que decirnos, pues nos habíamos pasado dos semanas echados en el mismo vagón del tren y nos lo habíamos contado todo. Kurt había trabajado en una fábrica de cuero, Erich en una granja y yo estaba en la escuela. Todavía teníamos miedo, pero se nos había quitado el frío.

Los soldados que habían estado besando a las mujeres se pusieron ahora los cinturones y salieron con ellas. Eran tres chicas; sus caras eran redondas y bonitas; reían y bromeaban, pero se iban con seis soldados, creo que eran seis, o, por lo menos, cinco. Quedaron en la sala solo los borrachos, los que antes cantaban “El sol de México”. Uno que estaba junto al mostrador, cabo primero, alto y rubio, se volvió hacia nosotros y se echó a reír otra vez; creo que nuestro aspecto hacía pensar que estábamos en alguna clase del cuartel, allí sentados a la mesa muy silenciosos y correctos, con las manos en las rodillas. El cabo le dijo algo a la mujer y ésta nos trajo tres vasos bastante grandes de aguardiente blanco.

–Hemos de brindar a su salud –dijo Erich, golpeándonos con la rodilla. Yo llamé varias veces al cabo hasta que él se fijó en mí; Erich nos hizo otra vez una señal con las rodillas, y nos pusimos en pie diciendo al unísono: –A su salud, cabo…

Los otros soldados se echaron a reír a carcajadas, pero el cabo levantó su vaso y nos respondió:

–A su salud, soldados…

El aguardiente era fuerte y amargo, pero nos calentó, y nos habríamos tomado otro vaso.

El cabo le hizo una seña a Kurt para que se acercara. Kurt lo hizo, habló unas palabras con él y nos hizo una seña a nosotros. El hombre nos dijo que estábamos locos, que no teníamos dinero y que teníamos que vender algo. Nos preguntó de dónde veníamos y a dónde estábamos destinados. Le dijimos que estábamos en el cuartel esperando que nos llevaran a Crimea. Se puso muy serio y no dijo nada. Yo le pregunté qué podíamos vender, y él me respondió que cualquier cosa: abrigos, gorras, ropa interior, relojes, plumas estilográficas… Ninguno de nosotros quería vender el abrigo. Estaba prohibido y teníamos miedo, y además en Odessa hacía mucho frío. Nos vaciamos los bolsillos: Kurt tenía una pluma estilográfica, yo un reloj y Erich un portamonedas nuevo, de cuero, que había ganado en una rifa del cuartel. El cabo tomó los tres objetos y le pregunté a la mujer cuánto daba por ellos. Ella los examinó detenidamente, dijo que eran cosas malas y nos ofreció doscientos cincuenta marcos, ciento ochenta solo por el reloj.

El cabo nos dijo que doscientos cincuenta era poco, pero que estaba seguro de que no nos daría más y que aceptáramos, porque quizás a la mañana siguiente nos llevarían a Crimea y entonces todo daría igual.

Dos de los soldados que cantaban antes “El sol de México” se levantaron de sus mesas y le dieron al cabo unas palmadas en el hombro; el cabo nos saludó y salió con ellos.

La mujer me había dado a mi todo el dinero, y yo le pedí dos trozos de carne con pan para cada uno y un vaso grande de aguardiente. Después nos comimos aún cada uno un trozo más de carne y nos bebimos otro vaso de aguardiente. La carne estaba muy caliente, era fresca, grasa y casi dulce, y el pan estaba todo empapado de grasa. Después nos tomamos otro aguardiente. Entonces nos dijo la mujer que ya no le quedaba carne, solo salchichas, y comimos salchichas acompañadas de cerveza, una cerveza oscura y espesa. Después nos tomamos cada uno otro vaso de aguardiente y nos hicimos traer pasteles, unos pasteles planos y secos de nuez molida. Después bebimos aún más aguardiente, pero no estábamos borrachos en absoluto; teníamos calor y nos sentíamos bien, y no pensábamos en el picor de las fibras de madera de nuestra ropa. Llegaron otros soldados y cantamos todos juntos “El sol de México”…

A las seis, nos habíamos gastado todo el dinero y seguíamos sin estar borrachos. Como no teníamos nada más que vender, regresamos al cuartel. En la oscura calle llena de hoyos no se veía ya ninguna luz y, cuando llegamos, el centinela nos dijo que nos presentáramos en el puesto de guardia. Allí se estaba caliente y no había humedad, estaba sucio y olía a tabaco. El sargento nos echó una bronca y nos dijo que habríamos de atenernos a las consecuencias. Pero aquella noche dormimos muy bien. A la mañana siguiente fuimos al aeropuerto en los ruidosos camiones por la carretera empedrada. Hacíua frío en Odessa. El tiempo era magnífico; el cielo estaba despejado. Subimos por fin a los aviones, y, cuando despegábamos, nos dimos cuenta de pronto de que no volveríamos nunca, nunca…

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)