jueves, 30 de julio de 2026

Caleidoscopio

Ray Bradbury

 

El primer impacto rajó la nave como si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.

–Barkley, Barkley, ¿dónde estás?

Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.

–¡Woode, Woode!

–¡Capitán!

–Hollis, Hollis, aquí Stone.

–Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?

–¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo… estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!

Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran solo voces.

Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.

–Nos alejamos unos de otros.

Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirlos de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.

Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.

–Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?

–Depende de tu velocidad y la mía.

–Una hora, supongo.

–Algo así –dijo Hollis, pensativo y tranquilo.

–¿Qué sucedió? –preguntó Hollis al cabo de un minuto.

–El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?

–¿Hacia dónde caes?

–Creo que me estrellaré en el Sol.

–Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, arderé como un cerillo.

Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.

Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que los había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.

–¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! –exclamó una voz –. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!

–¿Quién habla?

–No lo sé.

–Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?

–Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!

–Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?

Una pausa. Seguían separándose unos de otros.

–¿Stimson?

–Sí –replicó por fin.

–Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.

–No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.

–Hay una posibilidad de que nos encuentren.

–Si, sí, seguro –dijo Stimson–. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.

–Es una pesadilla –dijo alguien.

–¡Cállate! –ordenó Hollis.

–Ven y hazme callar –contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria–. Ven y hazme callar.

Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo… y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.

¡Y seguían cayendo y cayendo!

Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.

–¡Basta!

El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.

Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.

“Da lo mismo –pensó Hollis–. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?”

Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.

Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.

–Hollis, ¿sigues ahí?

Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.

–Aquí Applegate otra vez.

–¿Qué hay, Applegate?

–Hablemos. No podemos hacer otra cosa.

El capitán intervino.

–Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.

–Capitán, ¿por qué no se calla?

–¿Qué?

–Ya me oyó, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.

–¡Compórtese, Applegate!

–No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.

–¡Le ordeno que se calle!

–Adelante, vuelva a ordenarlo –Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más–. ¿Dónde estábamos, Hollis? Ah, sí, ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.

Hollis, desesperado, cerró los puños.

–Quiero confesarte algo –prosiguió Applegate–. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.

Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.

Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad… Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.

¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, solo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.

–¿Estás enfadado, Hollis?

–No.

Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.

–Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.

–No tiene importancia.

Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso… el resplandor se apaga y se hace la oscuridad.

Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa lo atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o solo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?

Uno de los otros hombres estaba hablando.

–Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.

“Pero ahora estás aquí –pensó Hollis–. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca”.

Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:

–¡Todo ha terminado, Lespere!

Silencio.

–¡Como si nunca hubiera ocurrido, Lespere!

–¿Quién habla? –preguntó Lespere temblorosamente.

–Soy Hollis.

Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate lo había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio lo habían herido.

–Ahora estás aquí, Lespere. Todo terminó, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?

–No.

–Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?

–¡Sí, es mejor!

–¿Por qué?

–Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! –gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.

Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él solo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.

–¿Y para qué te sirve eso? –gritó a Lespere–. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.

–Estoy tranquilo –contestó Lespere–. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.

–¿Perverso?

Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. “Perverso”. La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.

–Cálmate, Hollis.

Alguien había escuchado su voz sofocada.

Era completamente ridículo. Solo un momento antes había estado aconsejando a otros, a Stimson… Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la “serenidad”, que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.

–Sé lo que sientes, Hollis –dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada–. No me ofendiste.

“Pero, ¿no somos iguales? –se preguntó un aturdido Hollis–. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo terminó, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra”.

Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.

Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello lo convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?

Un momento después descubrió que su pie derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.

–¿Hollis?

Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.

–Aquí Applegate de nuevo –dijo la voz.

–Sí.

–He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?

–Sí

–Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Cuando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.

Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.

–Gracias, Applegate.

–No hay de qué. Y anímate, bobo.

–¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?

–¿Stimson?

Todos escuchaban atentamente:

–Debe haber muerto.

–No lo creo. ¡Stimson!

Volvieron a escuchar.

Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta…

–Es él. Escuchen.

–¡Stimson!

Nadie respondió.

Solo podían oír una respiración lenta y bronca.

–No contestará.

–Perdió el conocimiento. Dios lo ayude.

–Es él, escuchen.

Una respiración apenas audible, el silencio.

–Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Considérenlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.

Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.

–¡Eh! –dijo Stone.

–¿Qué?

Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.

–Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.

–¿Meteoritos?

–Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un caleidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, qué hermoso es todo esto!

Silencio.

–Me voy con ellos –prosiguió Stone–. Me llevan con ellos. Estoy condenado. –Y se rio de buena gana.

Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí solo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del caleidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.

–Adiós, Hollis. –La voz de Stone, ya muy debilitada–. Adiós.

–Buena suerte –gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.

–No te hagas el gracioso –dijo Stone.

Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.

Todas las voces iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y solo él, volvía solitario a la Tierra.

–Adiós.

–Tómatelo con calma.

–Adiós, Hollis –dijo Applegate.

Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.

Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood… los restos del caleidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.

“¿Y yo? –pensó Hollis–. ¿Qué puedo hacer? ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta… pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Solo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra”.

Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz… lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que solo él sabría.

“Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro”.

–Me pregunto si alguien me verá –dijo en voz alta.

 

Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.

–¡Mira, mamá! ¡Mira! –gritó–. ¡Una estrella fugaz!

La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.

–Pide un deseo –dijo la madre del niño–. Pide un deseo.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Los ritos

Abelardo Castillo

 

Lo que abyectamente me hacía falta era sol, mosquitos, remar hasta quedar echado, olvidarme, por medio del embrutecimiento físico, de dos o tres ideas grandiosas que en los últimos tiempos venían acosándome: el suicidio, entre ellas. Empeñé, por lo tanto, la máquina de escribir, le dije a la señora Magdalena que necesitaba unos pesos, miré tu retrato, Virginia –tu retrato a lápiz hecho por mí una tarde de canteros andaluces y otoño, en el Rosedal–, murmuré entre dientes y no sin ternura que todas las mujeres son una manga de hijas de puta, y, considerando mejor el empeño de la máquina, vendí por lo que me dieron las figulinas japonesas y las terracotas, tus tortugas de caparazón de nuez y hasta el abominable bonzo de arcilla que me obligaste a comprarte en Montevideo, tiré a la basura lo invendible, desempeñé la Remington, tapié de libros como lápidas la repisa y me tomé un tren para San Pedro.

Tres horas más tarde, los naranjales dorados y el peculiar olor a podrido de la refinería que han hecho a la entrada del pueblo me hicieron olvidar los muñequitos. Venía pensando en ellos, en tu costumbre de ordenarlos a tu modo: un caballo de mar junto a la geisha; la tortuga de caparazón de nuez fingiéndole –jurándole, decías vos– amor eterno al samurái de la enorme maza; una miniatura de Bali, tallada a mano, dejándose cortejar por cualquier kokeshi de cincuenta pesos, todos en el más heterodoxo desorden, sin el menor respeto por las leyes de la perspectiva, las jerarquías, la unidad de estilo o la lógica, pero amándose. Me acuerdo de la primera noche en que, al darme vuelta en la cama, no te encontré a mi lado. Estabas ahí, de pie junto a la biblioteca, cubierta a medias con una camisa mía y con un gesto de preocupación tan grande que solté la risa. Me miraste con seriedad y dijiste:

–Vos no sabés querer. ¿Nunca te lo dijeron?

–Mirá, no. Y menos a esta hora, y menos una mocosa después de una primera noche de alto vuelo como ésta –respuesta que, en vez de cínica o inteligente, me salió más bien tirando a puerca. Pensé, con estupidez, que ibas a llorar.

Entonces te reíste.

–Yo te los arreglo –dijiste.

Y esa fue la primera vez que ordenaste, a tu modo cachivachero, los muñequitos de la repisa. Después, durante tres años, cada vez que venías a mi departamento te ocupabas, a tu manera, de reordenarme el mundo.

Y esto lo recordaba no ya en el tren, sino, unos días más tarde, en la vieja casa de San Pedro, de espaldas en la cama y mirando el techo mientras trataba de averiguar, Virginia, por qué una muchacha como vos, es decir con tus ojos, con tus maneras de bachillerato nocturno, se tiene que meter en la vida de un sujeto como yo, en vez de casarse, como corresponde, con un buen empleado de Correos o un cuentacorrentista y parir unos cuantos hijos, y criarlos. Porque, a decir verdad, los sentimientos son una cuestión de perspectiva. Tumbado al sol en el Club Náutico de San Pedro, o mirando un techo que aún repite antiguas rajaduras de infancia, la única mujer que tiene sentido es la que se tuesta al sol con uno o nos enciende el cigarrillo, en la cama.

–En qué pensás –oí, al sol.

–En vos –dije.

–Originalísimo –oí.

Adela era inteligente. Y las mujeres inteligentes que se tuestan al sol con uno son la sal de la tierra. Nos conocíamos desde la adolescencia; leales amigos que cada dos o tres años no desdeñan dormir juntos, en vacaciones, y pueden jurar durante ese mes que, en realidad, el otro siempre ha sido el gran, el único amor de su vida.

–Cierto –dije–. No pensaba en vos, sino en María Fernanda, la mujer del bioquímico –y pensaba, Virginia, que lo peor de todo era haberse acostumbrado finalmente a verte llegar a mi departamento con un caracol recogido en cualquier plaza o una figulina de teja envuelta en un papel de seda, o a encontrarte sentada tranquilamente en el umbral de la puerta de calle y hasta en el cordón de la vereda, sin preocuparme a mí de dónde venías o adonde ibas cuando no estabas, porque lo fundamental era que no metieras ruido ni molestaras mucho; verte aparecer, simplemente, al rato de habernos separado o un mes después, trayendo una hoja de árbol que a vos te parecía la cúspide de lo bello, y que era una hoja de amaranto seco o de paraíso–. No hago más que pensar en eso desde que vine –le dije a Adela–, en que me gustaría saber cómo hizo el bioquímico, con esa cara, para casarse con una mujer como María Fernanda.

María Fernanda era la mujer de un bioquímico, el que, en efecto, tenía una más que regular cara de idiota. Ella era altísima, de manos góticas, le encantaban (supe esa noche) los intelectuales rebeldes, de izquierda, tenía un vago aspecto de orquídea o de planta carnívora, pero había en ella cierta claridad que me daba ánimos; y ahora estaba tomando sol justamente detrás de nosotros.

–Callate que te va a oír –dijo Adela–. Está tirada justamente detrás de nosotros.

–Ya lo sé –dije yo–. Si lo que quiero, justamente, es que me oiga.

Motivo por el cual esa misma noche, en el baile del Club Náutico, Adela bailaba con el marido bioquímico, y yo, en una mesa junto a los ventanales que dan al Paraná, me encontré contándole a María Fernanda, sin razón alguna y como en un arrebato de delirio, la historia de las figulinas de mi repisa. Antes, naturalmente, hablamos de la condición humana en general, de astrología, de música concreta y de una teoría que inventé allí mismo acerca de mi concepción de Lo Poético. Yo quería escribir libros asquerosos. Ya que el martillero público y la señora del escribano y el bioquímico, es decir el Burgués, son mi desocupado lector, había que enchastrarlos todos. Que al abrir la caja de Pandora, en vez de la Esperanza, les quede para lo último una cagada de vaca. Y María Fernanda me observaba con divertida curiosidad y, al ritmo de la música, yo me volvía más pantanesco y cloacal. Ella se reía y adoraba, en mí, a los intelectuales de izquierda. “Sobre todo”, dijo, “si somáticamente parecen de derecha”.

–Linda frase –dije yo–. El día menos pensado la perpetúo –me reí, con disgusto; ella había agregado:

–Y sobre todo si, como vos, no se diferencian en nada de nosotros. Dame whisky.

–¿Nosotros? ¿Qué ustedes?

–Los malos –me miraba, alegremente. Tenía ojos estriados, como ranuras, y un gesto que la hacía parecer diez años más joven–. Mirá que sos farsante. Y petiso. ¿Sos comunista?

–Soy loco. Una especie de terrorista cristiano, de masón de izquierda. En realidad, soy un suicida revolucionario. Mi madre me abandonó a los ocho años y eso, ideológicamente, me quebró. A los diez leí a Lenin, a Salgari, Gargantúa y Pantagruel y al conde Kropotkin. Tomé la Comunión. Pasaron los años y escuché la Sinfonía de los Juguetes: esa noche pensé matarme. A la mañana siguiente conocí a una muchacha; la única mujer que amé, antes de conocerte. Ella dejó de venir a mi departamento hace seis meses.

Jamás le pregunté dónde vivía, y ahora ya no voy a volver a encontrarla nunca. Seguramente se casó, e hizo bien; tenía el tipo físico justo para engordar con el tiempo y colgar pañales en la cocina: siempre me la imaginé con olor a caca de nene y a leche cuajada. Era, propiamente, la que describió Baudelaire cuando dijo aquello de que, para nosotros, solo dos tipos de mujeres. O las adolescentes o las cocineras. Mi verdulerita unía, diabólicamente, ambos estilos. En mi vida le pude hacer pronunciar la palabra Weltamchauung , ni creo que la tuviera. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Suicida, eso es lo que soy; pero con conciencia histórica. Y no tan petiso. En cuanto a ser o no un farsante, tate tate folloncicos, dijo Quijano. Nunca te arriesgues a juzgar los procesos históricos a la luz de mi tristeza infinita, porque fuera de que estoy desesperado, y eso, en un poeta, justifica cualquier tipo de desviaciones, puede ocurrirte que el día de la revolución niegue haberme acostado nunca con vos, y farewell. Que te maten sin asco.

–Bueno –dijo María Fernanda–, salvo que en realidad nunca te acostaste conmigo, tu programa parece espantoso, ¿no?

–Las mujeres –dije– siempre reparan en lo accesorio –y pensé, Virginia, en vos: cubierta con mi camisa y oficiando el ritual de las figulinas, o reprochándome una noche que no hubiese notado, en todo el día, qué fecha era hoy o qué nuevo adefesio habías agregado a las parejas de la repisa; algún pollo anaranjado, de esos de peluche teñido con anilina, alguna jirafa de vidrio–. Son naturalistas. Yo te invento, nada menos, una historia de amor revolucionaria; vos muriendo fusilada ante mis ojos glaciales, y el pueblo, en armas, cantando La Internacional. Y me salís con que todavía no nos hemos ido a la cama –y empezaba, lentamente, a divertirme.

–¿Todavía? Fijate que no sé si lo que me gusta en vos es tu caradurismo o que no seas ni la mitad de audaz de lo que te imaginás. Y pórtate bien que ahí vienen Adela y mi esposo.

Adela y el bioquímico llegaron a nuestra mesa. ¿Ya está?, me preguntó Adela al oído, al mismo tiempo que con misteriosa simultaneidad conseguía decir: “Tu marido baila divinamente”, encendía un cigarrillo y se miraba en su espejito de mano. Yo dije que no; recién iba por el whisky de la revolución social, dije. María Fernanda le comentó a Adela mi Poética. Ah sí, dijo Adela riendo: él tiene un sentido más bien fétido de la belleza. Yo admití que era verdad. Mi anhelo, en cierto modo, era escribir grandes libros de mierda. El bioquímico, algo asombrado por el giro que estaba tomando nuestra conversación, hizo el gesto astuto de quien todo lo entiende, vamos, en boca de la juventud, y con bioquímico buen humor, liberal farmacéutico diplomado seductor de Adela y amigo mío, me preguntó cómo era eso de que yo, siendo comunista, tomara whisky.

–La alienación –dije–. Cómo hago para verte a solas –agregué en voz baja, al oído de María Fernanda–. Aparte de que soy coherente, doctor. Me he prometido consumir cigarrillos importados y whisky escocés, hasta fumarme y tomarme todo el imperialismo –frase que en modo alguno era mía, pero que siempre da excelentes resultados con un bioquímico. Ellos rieron. Yo era simpático.

–Mañana –dijo María Fernanda.

–¿Bailamos? –dijo Adela.

–Permiso –dijo el bioquímico, poniéndose de pie con Adela y dirigiéndonos una rápida mirada de disculpa, algo delictiva, a su mujer y a mí. Yo, con estúpido gesto de intelectual marxista, o paralítico, que reconoce la superioridad física del ágil y mundano bioquímico que se nos lleva la mujer ante nuestros propios ojos, murmuré a María Fernanda:

–Tiene pelos, en las orejas.

–Qué –dijo María Fernanda.

–Que tu marido tiene orejas con pelos, ¿no te fijaste?

–¿Sí? –dijo ella con naturalidad.

Me agredió, tan imperturbable. No me gustan las mujeres más inteligentes que yo.

–Qué te pasa –dijo ella, al rato.

–Que todo esto es frívolo, e hipócrita. Que desde mi llegada a San Pedro estoy buscando una oportunidad de estar a solas con vos, de hablar. Y, cuando la tengo, la banalizo y la empequeñezco, y me hago el Casanova; el terrible. Oíme, María Fernanda –e inicié el gesto vehemente de rodear con mi mano la suya, que sostenía el vaso a la altura de su boca, y con rapidez cerré la mano y apoyé el puño sobre la mesa, tímido, o torturado, o como a ella le gustara más–. Oíme. Necesito realmente verte. Estar con vos, lejos de este ruido de miércoles, y sin Adela ni tu marido ni estos idiotas –levanté la voz e hice un ademán amplio que abarcaba todo el club, o todo el país, y noté, en sus ojos, que yo estaba bastante impresionante–, estos idiotas, que lo único que pueden imaginar de esto, de nosotros, es que quiero acostarme con vos.

María Fernanda me miraba, algo maravillada. Y ahora estaba de verdad hermosa y había adquirido, toda la mujer, esa cualidad de transparencia que consigné antes.

Repitió:

–Mañana, ya te lo dije.

–¿Cuándo me lo dijiste?

–Hace un momento, cuando me lo preguntaste. Qué te pasa, ahora.

–Nada –dije–. No me pasa nada. Me pasa que no soy “ustedes”, si te parece bien. Que yo no puedo atender, simultáneamente, mil cosas a la vez; al menos, cuando hay una que me importa.

Volvió a mirarme, a los ojos; con mucha seriedad ahora: tu gesto, Virginia, junto a la repisa.

–Decime, ¿estás seguro de no ser muy mal bicho?

–Me lo tengo merecido –dije con frialdad, mientras me ponía de pie–. Por imbécil.

Y ahí nomás di media vuelta, saliendo entre las parejas en dirección a la puerta. Era bastante arriesgado, lo admito. Pero el hecho es que cuando oí mi nombre, detrás, pronunciado por María Fernanda en un tono nada contenido, tampoco me detuve. Ella me alcanzó a tomar del brazo justo en el límite del salón. Nos miraban; a ella no pareció importarle. Solo hizo un mecánico gesto de estar caminando naturalmente tomada de mi brazo. Me dijo:

–No entiendo nada. Pero no me hagas hacer, si no hace falta, cosas como ésta.

Salimos. La besé en la arboleda que da al camino. Volvimos a entrar antes de que terminara la pieza. Entonces fue cuando le conté, de algún modo, lo de los muñequitos. La historia, Virginia, contada entonces, era bellamente más triste. Y no estoy seguro de que, esencialmente, no fuese también más verdadera. Hasta yo me conmoví, haciéndote llegar sabe Dios de dónde con tus hipocampos disecados, que a lo mejor fue solo uno, y tus cambalacheras figulinas de teja pintada, y tu disparate. De pronto te parecías bastante a María Fernanda, y no tuve más remedio que agregarte unos años, y también unos centímetros. El pelo coincidió solo. Y yo llegué de noche a mi departamento después de acciones repulsivas, de camas infames y cópulas con intelectuales corrompidas, borracho y semiloco de miedo a morirme sin haber vuelto a leer Sandokán y puteando a Dios y al género humano por puercos, y feos, y decepcionantes, pensando que todo lo que nace debiera ser inmortal, o no haber nacido, abjurando, como quien comete adulterio, de una inmortalidad que dura apenas lo que dura el mundo y ni un solo día más allá del juicio final o de la guerra atómica, llorando de risa por mí y por todos los cretinos hijos de perra que llaman belleza a lo que no es sino un estado, un minuto grotesco de un proceso de descomposición, haciéndome pis, en la figura del árbol de la puerta de mi casa, sobre la cabeza de todos los que escriben libros y pintan cuadros y componen sinfonías, y aman a una mujer, y suben las escaleras hacia su departamento dispuestos por una vez a acabar dignamente este asunto. Basta de papelerío. Al fuego con todo y uno por la ventana al medio del patio del vecino. Y sin embargo, no. Porque yo encendía la luz de mi pieza, Virginia, y ahora que lo escribo ya no sé si esto lo inventé o fue cierto, y te encontraba a vos; en cualquier parte. Sentada en cuclillas una noche, debajo de la mesa: recibiéndome sorpresivamente con un ladrido que por poco me hace saltar realmente por la ventana, o escribiéndome una carta, acostada boca abajo en la cama. Una de aquellas cartas que luego nunca se atrevía a mostrarme, por su letra infantil y sus electrizantes faltas de ortografía. Y yo, en la historia, me reía entonces. Y uno, mientras está vivo y ama y tiene ideas, es inmortal, qué joder. Y mientras corre a una muchacha por la pieza para quitarle una carta, y ladra, o muge, y le recita el monólogo de Hamlet envuelto en una sábana o cantan juntos la Marcha de San Lorenzo hasta que viene la señora Magdalena a preguntar si uno se ha vuelto loco, uno es Dios. No importa que esto no haya ocurrido nunca. Lo que importaba era contarlo; sentir, debajo de las palabras, que un día te hartaste de mis silencios, de mis libros, de mi máquina de escribir metida en las orejas y hasta metafóricamente en la vagina. Y así como vino, se fue. No dije lo que yo acababa de hacer con las terracotas de la repisa, ni cómo tiré a la basura las porquerías invendibles; dije que un día, antes de que te fueras, y no después, había terminado por hacerte una canallada. Innecesaria, imperdonable. “Porque sí, María Fernanda”, dije. “Porque hay dos tipos mal nacidos al estado puro; nadie sabe por qué”. Y María Fernanda dijo:

–Vos sos bueno, en el fondo.

–Te felicito –murmuró Adela, al llegar a nuestra mesa. María Fernanda, con la excusa de ir a arreglarse la pintura, se había puesto de pie. El bioquímico era feliz.

–¿Te fijaste? –le dije a Adela–. Él tiene pelos, en las orejas.

Y más tarde, habiéndome Adela enjabonado la espalda en la bañadera de casa, y yo a ella, estuvimos a punto de morir ahogados ahí mismo al evocar la capilaridad orejal del bioquímico. Y yo canté la Marcha de San Lorenzo, y recité desnudo el monólogo de Hamlet, y me enteré en la bañadera de que el bioquímico viajaba a Buenos Aires todas las semanas, y cerca del amanecer, antes de dormirme, le hice jurar a Adela que no me iba a olvidar nunca en su vida, y Adela, llorando, se abrazó a mí. Y así, abrazados, nos quedamos dormidos. A las cuatro o a las cinco de la tarde, cuando me desperté, ya nos amábamos menos y yo estaba algo sediento. Adela me preguntó si quería que ella me alcanzara en el coche hasta la casa de María Fernanda; yo acepté, no sin antes pedirle que me pelara una naranja. A partir de allí, y durante el mes que duró mi estada en San Pedro, los días, anecdóticamente hablando, no ofrecieron mayores alternativas. Que al principio me olvidé de las figulinas y me tosté, bien tostado, hasta no aguantar las sábanas, de ambas cosas podría dar testimonio, si hablara, la cama colonial de María Fernanda. Lo que pasó en ella, y en la cucheta del María Fernanda II –designación que aludía a la diminuta descendiente del bioquímico, de tres años, ojos idénticos a la madre–, y en un rancho de la isla, y en el mirador del Náutico Viejo, yo no soy quién para contarlo. Los minuciosos volúmenes que, a propósito de esta sagrada y ritual alegría de los cuerpos, llenan las bibliotecas del mundo; las originales acrobacias que nuestros novelistas obligan a realizar a sus héroes cuando sencillamente canta en la sangre la limpia y pura y mozartiana armonía de un hombre y una mujer latiendo desnudos al ritmo del corazón del universo; los barrenamientos de caballeriza que estos bárbaros consignan con el nombre de cópula me impiden a mí contaminar de literatura mi relación con María Fernanda. Eso era la vida misma, y la vida, en su tensión más alta, no tiene nada que ver con la palabra. Y en esto se parece a la muerte. Y ciertas mujeres, en la cama, solo admiten el sagrado silencio o la metáfora. Y la única metáfora que ahora se me ocurre es que imaginarse a un elefante entrando en una exposición de cristales de Murano es una figura menos catastrófica que pensar al bioquímico echado, con ruidoso jadeo, sobre la cama colonial de María Fernanda. Me consuela pensar que, por patadas que dé el elefante a las vitrinas, comprenderá tanto el espíritu del cristal como el bioquímico gozará a María Fernanda, así lleve quince años embistiéndola por el bajo vientre. También llovió, esos días. Hubo una carrera de Ford T, pintarrajeados para el caso, en la carretera que va del club al balneario. La crecida del Paraná dejó a cincuenta familias de la isla sin casa, y la tormenta arrancó los embalses hasta Santa Fe. Yo oía las noticias acostado, generalmente. Y así me enteré de que los hidrómetros del observatorio llegaron a marcar seis metros de Paraná sobre el nivel normal. Casi me ahogué, con whisky, y de la alegría, cuando leí en el diario que los Mig soviéticos iban por fin a entrar en acción en Vietnam. La felicidad me duró poco, porque, una tarde, María Fernanda se puso lamentable y, en una especie de ataque de locura, amenazó con abandonar para siempre al bioquímico y a la hija y a venirse conmigo a Buenos Aires.

–Llevame con vos –dijo.

Ella me serviría café mientras yo redactaba grandes obras: comeríamos lo que hubiera.

Esa noche dormí con Adela. Cosa que por otra parte me veía obligado a hacer los fines de semana, pues el bioquímico regresaba de la Capital y había que tender la cama. E inventé un cóctel. Y fui a cazar patos salvajes al Tabaquero. Y volvió a salir el sol y volvió a llover, en cualquier orden. Y a veces hubo descuidos. Grietas peligrosísimas, Virginia, por las que repentinamente, en mitad de un tango o de un informativo sobre los varios miles de muertos del terremoto de Chile, país hermano, o a través de un gesto de Adela o de María Fernanda, o incluso en el mismo cénit de la telaraña cósmica de la Gran Fuga de Bach (justa y absurdamente e incomprensiblemente allí) aparecía un pie de muchacha, adolescente y descalzo, o una ramita con forma de bailarina por la que hace años debí treparme a un árbol en el Parque Lezama, y casi me desnuqué, o se oía un horripilante ladrido capaz de matarlo a uno. O de arrancarlo a carcajadas de la muerte. Motivo por el cual yo pedía permiso, en San Pedro, e iba, con regularidad asombrosa, a la letrina. Los diarios anunciaban que había llegado a nuestro planeta la luz de una estrella que se encendió hace un millón de años, o Adela me hacía señas de que tenía la bragueta desprendida. Éramos instantáneamente eternos en un eternamente momentáneo universo con estrellas detectadas, por el telescopio de mi bragueta, milenios después de haber estallado y, quizá, de haber muerto. Y hubo tardes nubladas. Y una de ellas, al pasar frente a la Biblioteca Rafael Obligado, rumbo al Club Náutico, corrí el serio peligro de una caída prematura. Intoxicación que en esa etapa de mi convalecencia podía resultarme fatal: porque de pronto entré y me sorprendí a mí mismo, con el pantalón de baño colgado del cuello, tomando apuntes grandiosos del Fausto, de Goethe, tomándolos con ferocidad, pensando bajo las letras escritas algo así como yo te voy a dar, ¡oh Yegua!, ya vas a ver a los nietos de los hijos que te haga el cuentacorrentista robando con veneración mis libros de las bibliotecas y muriéndose de risa de esa vieja loca sin dientes que farfulla moviendo la cabeza que ella lo conoció a él, sí, cuando era desconocido y joven, y tan triste, guau, y los niños retorciéndose de risa cantando con pura crueldad de niños uh, uh, uh, qué vas a conocerlo abuelita guau, tan bruta y analfabeta como fuiste siempre, abuela farandulera, Carlota en Weimar. Menos mal que en eso oí una frenada y la bocina del coche de María Fernanda, y la vi a María Fernanda tal como era en el siglo XX y en un pequeño pueblo turístico de provincia, llamado en ese entonces San Pedro, y salí a la calle, y María Fernanda juntó sus dedos medievales agitándolos en el extremo de su transitorio y corruptible brazo, pigmentado ahora por el sol, y dijo qué hacías ahí metido, con este día. Yo noté que el cielo, repentinamente, se había limpiado. Nada, respondí: estaba a punto de perder el alma. Y subí al auto. Y bajé. Y nadé. Y remé. Y fui crucificado, muerto y sepultado en la pelvis de María Fernanda. Y descendí a los infiernos y resucité al tercer día, acostado a la diestra de no sé quién, porque Dios Padre no era, y Adela tampoco, ni podía ser María Fernanda pues estábamos en Semana Santa y el bioquímico, aunque respetó la abstinencia de la carne, pasó la Pascua en su casa. En fin: que a partir del momento en que Adela me peló una naranja, hasta la madrugada particularmente curativa, y de alta repulsión, que determinó mi regreso a Buenos Aires, solo acontecieron, como ya lo he dicho, las alternativas no anecdóticas; las que hacen del mundo real un simultáneo y algo contradictorio pandemónium de terremotos en Chile, braguetas, funciones gastrointestinales, estrellas milenarias, la práctica del remo, metabolismos y metafísica; apelmazamiento difícilmente reinventable en estas páginas. Suponiendo que yo –aunque esté quizá demorando adrede esta historia, este otro rito oficiado fríamente a máquina, tomando mate de espaldas a la repisa bien tapiada de libros no tuyos, incompatibles con tus peluches y tus morondangas y tus ritos, libros anchos, sacrificiales, como lápidas–, suponiendo que yo tuviera ganas de reinventar el mundo real. Y menos si incluye a la hermosa gente. Tres mil millones de seres celebrando cada día, por turno o simultáneamente (puede darse el caso), idéntica ceremonia en inodoros, excusados, pequeñas escupideras, sencillos agujeros o pasto, son una buena imagen del culto que le rinde a su Creador esta cretina y flexible especie. Y bien. El 11 de abril, víspera de mi regreso, el horóscopo me aseguró que el tránsito de Venus por Aries estaba en su apogeo. Leí también que el pulpo del acuario de Berlín, con gran criterio, venía devorando hacía un tiempo sus propios tentáculos, con el objeto aparente de suicidarse. Ya llevaba comidos cuatro. Esa noche, en casa de María Fernanda, yo exalté la autofagia. Uno se volvía ibseniano, le expliqué; te imaginás, se transforma en uno mismo. Sin contar que lo único que no podés comerte es tu propia cabeza. Y ella, mordiéndome en diversas partes, llegó hasta mi nuca y allí murmuró que de eso se encargaba ella. Después me preguntó si no había leído una noticia muy linda referida a un congreso científico, en Washington, donde se discutió el comportamiento sexual de la cucaracha. Yo terminé de desvestirla.

–No seas ególatra –le dije–. Me haces acordar a esas chicas que te preguntan si no has visto tal película porque ellas se parecen a la actriz.

–Cállese, adulador –dijo ella–. Se lo habrá dicho a tantas.

Y así hablamos y jugamos y reímos y mordimos y cucaracheamos, hasta que yo sentí una especie de hachazo en el medio del pecho, o del alma, y me tapé la cara con las manos en la oscuridad y me encontré diciéndole que la quería.

Ella encendió la luz. Yo abrí los ojos.

–Lo que me emocionaría mucho –dijo ella, rígida–. Si no fuera que acabas de llamarme Virginia. Por segunda vez.

Busqué un cigarrillo. Lo encendí.

–Bueno, no es la única mujer con la que me pasa –no era el mejor camino; pero, de cualquier manera, ya no tenía arreglo–. Perdona, no fue eso lo que pensé decir.

El resto es previsible. Con idiotez, traté de abrazarla; ella se apartó. Yo me enfurecí, con ella y sobre todo conmigo, y me puse a fumar y a mirar el techo. De modo que por segunda vez; la primera, entonces, María Fernanda había estado bastante generosa. La miré de reojo. Ella, a mi lado, fumaba en silencio y miraba el techo. Lástima, claro, que siempre se las ingenian para que uno lo note. Y a los veinte minutos, aquel fumar y aquel callar y aquel rozarnos era tal porquería, y tan monótono, que lo mejor fue abrir las alcantarillas y tirarse de cabeza.

Incoherente, comencé:

–Por lo demás, si supieras –y María Fernanda, su voz apagada, me interrumpió:

–Ya lo sé –dijo.

Me senté violentamente en la cama.

–Si supieras lo que significó para mí, carajo, no adoptarías ese aire de Blanca Nieves ofendida.

Ella no levantó la voz, ni me miró.

–Ya lo sé. Uy, si lo sé. Ella era silvestre y acomodaba ritualmente tus figulinas, con gran sentido erótico. Caballito con geisha; kokeshi con Santa Bibiana de Bernini. Y ahora pregúntame si estoy celosa, así yo puedo contestarte que no seas idiota. Y tortuga macho con máscara javanesa. Me lo contaste diez veces, y hace veinte días que nos conocemos. Y la pequeña Virginia llegaba a tu departamento como Alicia al País de las Maravillas, y se quedaba, en camisa, palmeteando con manos regordetas con hoyuelos ante la vitrina donde…

–La repisa –dije secamente–. Se trataba de un pedazo de biblioteca. Seguí.

Yo estaba sentado en la cama. María Fernanda hablaba con voz controlada, tenue: un arroyo impersonal y transparente, fluyendo.

–O repisa, o jaula del canario, porque para la Sirenita, puesto que eran tuyas, esas cosas se le figuraban escaparates con arabescos de André-Charles Boule, propiedad del rey sol. Y luego de palmetear, o de llegar misteriosamente de nunca supimos qué sitio, o de esperarnos en el cordón de la vereda con sus excitables hipocampos y sus marfilinas, iba y ponía geisha con pollito, bambi con la Victoria de Samotracia original, hoja de árbol del Paraíso con palacio del generalife.

–Delfín –murmuré yo, y ella se interrumpió–. Que los muebles tallados por Boule, no fueron para el padre, sino para el hijo: para el Delfín. Y ahora, María Fernanda, sería muy lindo si nos calláramos.

Yo seguía sentado en la cama; ella, sin mirarme.

–Pero, por qué –dijo María Fernanda–. Si en el fondo nos encanta; si no hay nada tan ajeno a todo lo que odiamos, a nuestro falso orgullo, a nuestra frivolidad, como la muchacha silvestre de las figulinas. Que lo dio todo… podía darlo todo, sabés. Sin pedir nada a cambio. Que era capaz de vestirse solo con nuestra camisa, y servirte café hasta que la mates. Y comer, realmente, lo que hubiera, imbécil. Y caballito con geisha y tortuga con peluche. Y vos, y yo. Y algún día iba a abrir una gran valija llena de piedras de colores de cuando era chica, y hojas otoñales, e iba a decirte: vine, viste. Y se iba a quedar.

–Callate –murmuré.

–Y vos, por fin, ibas a ser feliz. Y puro.

Le di un bofetón real, impremeditado. Con toda mi alma.

Le dije:

–Ya no tenés edad para jugar a estas cosas.

Me dijo:

–Te agradecería infinitamente que te fueras de mi casa.

Fue bastante bueno, lo confieso. Vestirme, en esas circunstancias, resultó una de las operaciones más abyectas, ridículas e intolerables que me he visto obligado a realizar en mi vida.

A la mañana siguiente me fui de San Pedro.

 

(Tomado de www.enfrascopequeno.blogspot.com)