domingo, 3 de abril de 2022

Soledad

Angelina Muñiz-Huberman

 

Soledad llegó de España, como muchos otros niños y niñas. Sabía que lo había perdido todo: casa, tierra, hermanos. El principio era cada día, en cada país, en cada cara. Atrás quedaba lo irreparable. Adelante la incertidumbre. Había sido derrotada: a sus espaldas estaba el fin, ante sus ojos la vida. De los padres aprendió a hablar en pasado y a creer en el futuro como esperanza del regreso.

Apenas contaba el presente, como no fuera por su carácter de tránsito, de puente ineludible, de gesto incierto.

El día que llegó a México llovía. Serían las cinco o las seis de la tarde. Bajó del avión, y unos hombres con paraguas la protegieron hasta la sala de inmigración. Fue extraña esta llegada. El olor a mojado impregnaba todo elemento: tierra, carne, pelo. El gris cubría los demás colores, el agua se encargaba de borrarlos. Las palabras que oía Soledad eran de sonido cadencioso, pero secas, a veces melosas y a veces desleídas. Faltaba algo, ésa era la sensación punzante de la niña. Algo faltaba: perdida, desconocida, diferente. Sin darse cuenta buscaba protección, y al mismo tiempo le placía ser como era. Siempre sola, siempre viva, siempre ella.

A la salida del aeropuerto, camino del centro de la ciudad, todo lo que veía era novedoso. Nunca olvidaría las calles inundadas y la lluvia persistente, la tierra oscurecida y la gente caminando descalza, los zapatos en las manos, el agua a media pierna. Después, la llegada al hotel. Cierta sensación de alegría por estar en un hotel: idas y venidas, sentimiento de temporalidad, de dinamismo indefinido, caras de un solo día, palabras iguales unas a las otras. Falta de seguridad, vagabundeo por las calles. Soledad siente un temor grande: la falta de peligro la asusta. Aquí nadie persigue, no hay soldados, no hay bombardeos. Se vuelve a sobresaltar si ve un policía o si oye la sirena de la ambulancia. ¿Pudiera ser acaso la guerra? No, sólo en sueños la revive. (Gritos, sangre, heridas, cuerpos incompletos, cadáveres putrefactos, casas desplomadas, manos de niños entre los escombros, ojos eternos que miran al vacío sin comprender, piernas sin cuerpos, bayonetas, fusiles, ametralladoras, cascos de acero, soldados, soldados, uniformes, uniformes, uno, dos, la muerte marcha). De día brilla el sol nada más.

 

Una nueva casa. La niña recorre con la mano las paredes: tersas, altas, calientes. Todo se organiza. La vida sigue. Lo que cuenta es el mañana. La casa es grande y tiene un patio. La niña se siente libre y pasa muchas horas sola: juega, juega siempre con el recuerdo de su hermano. Su hermano muerto, enterrado lejos, del otro lado del mar. Su polvo con el polvo que pisan otros pies. Su silencio entre las voces de hombres y mujeres extraños. Su olvido en los olvidos de los demás. Su muerte entre las vidas.

La ausencia del hermano sirve de compañía a Soledad. Tiene con quien hablar, con quien reír, con quien ir a los sitios. Su constancia sólo puede igualarse a su vacío. Los dos hermanos suelen ser felices. Ella, para agradarle, juega a los soldados, a los guerrilleros. Desprecia las muñecas y quiere ser fuerte como él. Se sube a los árboles porque a él le gusta que sean iguales. Le habla en voz alta:

–Mañana voy a ir a la escuela. ¿Qué te parece?

–Está bien, pero no debes tener miedo.

–¿Miedo? ¿Por qué?

–Hay muchos niños y algunos son malos. Debes ser valiente.

–Yo soy valiente como tú.

–Pero tienes que saber lo que está bien y lo que está mal.

–Tú me lo dirás.

–Sí, estaré a tu lado y te defenderé.

La niña va a la escuela al día siguiente. Empiezan días difíciles: una niña española. Todos vienen a verla. La acosan. La vuelven diferente y luego se empeñan en curiosear esa diferencia. Ella permanece aparte. No se siente igual: le parece ver niños de juguete, niños que no han visto la guerra, niños más pequeños que ella aunque sean mayores. No comprenden su soledad y no le queda más remedio que acudir a su hermano. Él le da fuerza y él la comprende. Lo demás puede olvidarse.

–¿Sabes, hermano? Hoy un niño me ha imitado porque pronuncio la ce.

–Y tú, ¿qué has hecho?

–He pronunciado la ce más fuerte todavía.

–Está bien. Nunca te dejes vencer.

–Oye, hermanito, ¿crees que regresaremos pronto a España?

–Sí, tal vez dentro de uno o dos años.

–Pero eso es mucho tiempo.

–No, qué va. Todavía habrá heridos y las flores de los cementerios empezarán a brotar.

–Entonces te iré a ver y pondré flores en tu tumba.

–Jazmines, que huelen tan bien.

–Sí, serán jazmines.

La niña no encuentra amigos en la escuela. De su soledad nació el orgullo: quiso ser la mejor de todos. Cuando lo logró, la soledad fue aún mayor. Surgió entonces la envidia contra ella. Parecía condenada al silencio. Pero el silencio no puede durar: siempre hay una voz que lo rompe, y entonces surge la esperanza. ¿Sería eso la amistad? La posibilidad de la esperanza propicia la búsqueda, y al final aparece la amiga. Está allí, al alcance de la mano. Se sienta en la misma banca, es también una extraña, es una niña judía. He aquí dos pequeños seres afines que han conjugado el momento preciso. Se han hallado. Lo demás resulta fácil: las coincidencias son múltiples. Vienen huyendo de la guerra, de la persecución; saben que la razón está de su lado; son fuertes, son valientes y además son dos. Eso es lo mejor: han descubierto el número perfecto para amar. No necesitan más. Piensan que el mundo ha empezado a girar en ese momento. Antes, las tinieblas, después las tinieblas, en medio, la raya de luz cuyos extremos lleva cada una en la mano. Creen que así será la eternidad: nada las separará, los juramentos suceden a los juramentos. La una al lado de la otra, siempre presentes, sin descuidos, sin olvidos. Empieza la suave angustia del pensar y del imaginar; el temor a las separaciones: el teléfono, las cartas y los dibujos para recordar.

Soledad empieza a confiar: quiere y es querida. Su amiga le ha enseñado a dibujar la estrella de David y ella le ha confiado su secreto más íntimo: se irá de guerrillera a España. Han hecho entonces un pacto las dos:

–Si tú te vas a España me iré contigo.

–Claro, yo no me iría dejándote. Para no perdernos dibujaremos la estrella de David por donde pasemos.

–Sí, y bordaremos una sobre nuestra ropa.

–Y acabaremos con los franquistas.

–¿Cuándo nos vamos?

–Habrá que esperar a que salga un barco de Veracruz. Calla, que se acercan esas niñas.

“Esas niñas” traen la discordia consigo. No quieren a la españolita ni a la judía. No les gusta verlas juntas: se imaginan que se ríen de ellas. Se acercan a molestarlas. Es entonces cuando surge una duda en Soledad.

–A ver, dinos qué prefieres, dormir en el pasto o en un lecho de espinas.

–En el pasto.

–Pues qué mala eres. Jesucristo escogió las espinas.

¿Jesucristo? ¿Las espinas? ¿Tiene eso que ver con Dios? Y Dios, ¿qué es? Le tendrá que preguntar a su madre. El concepto de Dios es oscuro, difícil de explicar y de entender. Dios castiga. ¿Será ella castigada por Dios? Porque es bonita, porque se sabe inteligente, ¿será fea y tonta cuando haya muerto? Esta idea la atemoriza y atormenta en las noches. La cama no es el descanso, sino el recuento de los temores de cada día. En la otra vida –¿pero habrá otra vida?–, será fea y tonta como María, la enana. María, que es más baja que ella y gorda y que tiene veinticinco años: es vieja, habla con dificultad y no entiende lo que ella le dice. Lo que sí hace bien María es jugar con plastilina: las canastitas que ha hecho, llenas de frutas de colores, adornan el cuarto de la niña. Pero la noche es mala: las sombras asustan. Dios huye. Los recuerdos de la guerra la persiguen. Sueña que unos soldados la van a matar. Siente el dolor frío de la bayoneta clavada en su cuerpo. Ni siquiera un grito puede escapar de su garganta seca. Después ya no es ella, flota invisible y ve que unos hombres se han escondido en un pajar, que unos soldados vienen a buscarlos y obligan a los campesinos a escarbar con picos y horcas por entre la paja: chorros de sangre sobre amarillo (es ésa la bandera franquista), pero ni un solo grito. La muerte viene silenciosa.

Soledad despierta palpitante y da vueltas en la cama. Quiere que sea de día. Teme el dormir. Teme el soñar. ¿Cuándo amanecerá? Faltan muchas horas. Hablará con su hermano y su hermano la tranquilizará.

–¿Verdad que Anita será siempre mi amiga?

–Sí, es muy buena y nadie las separará.

–Óyeme, ¿es cierto que tú estás con Dios?

–¿Dios? Nunca lo he visto. Estoy solo.

–No estás solo. Vienes conmigo siempre que te llamo.

–Sí, pero me olvidarás cuando seas grande y te enamores.

–No, no te olvidaré. Yo me enamoraré de ti.

–No, aún no sabes lo que es amar.

–Sí, como a ti y a Anita.

–No, para eso falta mucho. Apenas estás aprendiendo.

–Pero yo amo por ti. Cuando sea grande buscaré quien se parezca a ti y sólo a él lo amaré.

–Será entonces cuando desaparezca.

–Mentira, tú serás el otro, habrás tomado forma humana. ¿No es eso lo que dicen las niñas que hizo Jesucristo?

–Sí, también era amor.

–Entonces, ¿tú eres como Dios? Dime, ¿qué es Dios?

–Como yo.

–Pero nadie más que yo te tiene a ti.

–Es suficiente, soy tu hermano nada más.

–Y, ¿el hermano de los demás?

–Ése no existe, ¿dónde lo encontrarías?

–No existe. Y tú, ¿existes?

–Tampoco.

–¿Y yo?

–Creo que sí. Si te clavas las uñas en las palmas de las manos y te duele, existes.

–Existo.

–Duerme y olvida.

–¿Dormir?

La noche pasa. Soledad despierta contenta: ha vuelto a hablar con su hermano y olvidó los malos sueños. Se viste y desayuna rápido. Sale a esperar el camión de la escuela. Pero ese día es un día especial. Su madre no la ha podido acompañar y está sola a la puerta de su casa nueva. No siente miedo. Falta un buen rato para que aparezca el camión. Entonces pasa lo inesperado, lo que rompe la excesiva tranquilidad de los confiados, el hilo de seda que el gusano no hilvanó bien. La niña es confiada: ve que un hombre se le acerca y nada teme. El hombre camina vacilante, va sucio y roto, gesticula y se tambalea, despide un olor agrio. La niña ha atraído su atención: ese pequeño ser que salta a la puerta de una casa. Odia su equilibrio y su piel suave, su falta de temor y su diferencia. ¡Esa niña es distinta!

–¡Güereja judía! –le grita.

Soledad no comprende al principio. Se ha quedado paralizada –como en sueños– y su corazón, pájaro enjaulado, golpea con fuerza. El grito se vuelve a oír:

–¡Güereja judía!

Eso es todo. El borracho no se detiene más. Sigue en busca del suelo que huye, de las paredes que se doblan y de los postes que se esquinan.

Soledad se ha sentido más pequeña. Quisiera correr con la madre. Ha conocido el odio del hombre, el insulto. Sabe que ha querido humillarla. Aunque para ella hay cierto orgullo en lo que le ha dicho. Judía. Como Anita. Lo es, porque se lo ha dicho alguien. La han confundido. (Los nazis la hubieran matado.) En cuanto vea a Anita se lo contará. Pero sobre todo en ese momento se ha vuelto consciente de su diferencia. Es otra entre las niñas. Siempre la confundirán o con judía o con española. Y siempre acertarán. ¡Es distinta! No necesita la estrella de David para que le digan judía, ni necesita hablar para que le digan española. Ha comprendido que es una extraña para los demás. Nadie penetrará en su mundo. Lo mejor será callar. Sólo Anita conocerá sus secretos. (Los conocerá hasta el día en que se separen. Todo amor viene a dar en separación. Todo lo que nace, en muerte.)

Pero Anita es también otro mundo impenetrable y lleno de sorpresas. Por ejemplo, su familia. Un rabino en ella. Soledad se ha vuelto a preguntar por Dios al verle, tan imponente, todo de negro y con una barba espesa. ¿Será Dios como él? ¿Por qué Dios le da miedo? También Anita siente temor ante el rabino y retarda lo más que puede el beso que le da cuando llega de visita. Soledad ni siquiera se atreve a acercarse.

Lo ve de lejos –como se ve a Dios–. Pero olvida su temor al recordar la vez en que María, la enana, la metió en la iglesia de Santa Rosa, a un costado de la casa. Se sintió encogida, tanta vela, tanta imagen, la gente de rodillas, el silencio, el respeto, el incienso, el cura, el crucificado. María le dijo:

–Pídele, pídele lo que quieras.

Luego se trataba de pedir. ¿A Él se le pedía nada más? Pero, ¿qué exigiría luego? ¿Iría al infierno y sería como María? Si se trataba de pedir ya lo sabía, pediría regresar a España. Pero no estaba bien, ella no creía en peticiones. No era posible que algo fuera tan simple y que con una palabra se obtuviera. No, no era posible lo bello y lo fácil. Soledad empezaba a comprender –con su mano en la mano regordeta y sudorosa de María– que sólo es posible lo diferente, que ella había escogido el camino difícil y el camino difícil carecía de Dios que lo guiara. Al salir de la iglesia su idea fue más clara: el cielo puro y azul –las cinco o las seis de la tarde, como cuando llegó a México, pero sin lluvia–, sin una nube que pudiera ocultar algo: ¿Dios? Tras del azul sólo el espejismo, el horizonte, el aire. La niña estaba sola frente a su camino. Sí, su camino sería el de las espinas –mas no las de Jesucristo, como decían las niñas– y el de los solitarios, aquel que levanta polvo porque pocos lo transitan y que ofrece apenas el breve amor de otras huellas, que hay que correr a alcanzar antes de que se desdibujen en la fina arena. La niña sonrió ante el largo camino y deseó amar las breves huellas. Apretó la mano de María y se dirigió a su casa: fueron los primeros pasos de una larga jornada.

 

Los donguis

Juan Rodolfo Wilcock

 

I

Suspendida verticalmente del gris como esas cortinas de cadenitas que impiden la entrada de las moscas en las lecherías sin cerrar el paso al aire que las sustenta ni a las personas, la lluvia se elevaba entre la Cordillera y yo cuando llegué a Mendoza, impidiéndome ver la montaña aunque presentía su presencia en las acequias que parecían bajar todas de la misma pirámide.

Al día siguiente por la mañana subí a la terraza del hotel y comprobé que efectivamente las cumbres eran blancas bajo las aberturas del cielo entre las nubes nómades. No me asombraron en parte por culpa de una tarjeta postal con una vista banal de Puente del Inca comprada al azar en un bazar que luego resultó ser distinta de la realidad; como a muchos viajeros de lejos me parecieron las montañas de Suiza.

El día del traslado me levanté antes de la aurora y me pertreché en la humedad con luz de eclipse. Partimos a las siete en automóvil; me acompañaban dos ingenieros, Balsa y Balsocci, realmente incapaces de distinguir un anagrama de un saludo. En los arrabales el alba empezaba a alumbrar cactos deformes sobre montículos informes: crucé el río Mendoza, que en esta época del año se destaca más que nada por su estruendo bajo el rayo azul que enfocan hacia el fondo del valle las luces nítidas de verano, sin mirarlo, y luego penetramos en la montaña.

Balsocci hablaba con Balsa como un combinado y dijo en cierto momento:

–Barnaza come más que un dongui.

Balsa me miró de costado y después de otra selección de noticias del exterior pretendió sonsacarme:

–¿A usted le han explicado, ingeniero, por qué motivo construimos el hotel monumental de Punta de Vacas?

Yo sabía pero no me lo habían explicado: contesté:

–No.

Y les ofrecí esta miseria adicional:

–Supongo que lo construyen para fomentar el turismo.

–Sí, fomentar el turismo, ja, ja. Cola de paja, ja, ja, diga mejor (Balsocci).

No dije mejor, pero entendiendo les dije:

–No entiendo.

–Después le comunicaremos ciertos detalles secretos –me explicó Balsa– que se relacionan con la construcción y que por lo tanto le serán comunicados cuando lo pongamos en posesión de los planos, pliegos de condiciones y demás detalles de construcción. Por ahora permita que abusemos un poco de su paciencia.

Supongo que entre los dos no habrían conseguido ni en catorce años formar un misterio. Su única honradez –involuntaria– consistía en mostrar todo lo que pensaban, por ejemplo en vez de disimular poner cara de disimulo, etcétera.

Miré mi valiente nuevo mundo. Ciertos instantes se proyectan sobre las horas y los días subsiguientes, de modo que cuando uno vuelve por ejemplo por segunda vez a la plaza cóncava de Siena y entra por el otro lado cree que la entrada que utilizó primero ya es famosa. Móvil entre dos rocas altas como el obelisco, una negra y una colorada, capté una visión memorable y me dediqué a la toma de posesión de otro gran paisaje: junto al estrépito fluvial recapacité que el momento era un túnel y que emergería cambiado.

Proseguimos como un insecto veloz entre planos verdes, amarillos y violetas de basalto y granito por un camino peligroso. Balsa me preguntó:

–¿Tiene la familia en Buenos Aires, ingeniero?

–No tengo familia.

–Ah, comprendo –contestó, porque para ellos siempre existía la posibilidad de no comprender, ni siquiera eso.

–¿Y piensa quedarse mucho tiempo por aquí? (Balsocci).

–No sé; el contrato mencionaba la construcción de indefinidos hoteles monumentales, lo que naturalmente puede prolongarse un tiempo indefinido.

–Mientras la altura no le caiga mal… (Balsocci, esperanzado).

–2.400 metros ni se sienten, menos un muchacho (Balsa, con la misma esperanza).

Los cielos de gran lujo se transformaban en mercados de nubes congestionadas entre los cerros: al rato llovía entre arcos iris, al otro rato la lluvia era nieve. Bajamos para tomar café con leche en casa de un eslavo amigo de ellos de 50 años casado con una argentina de 20 años y encargado de mantener el ferrocarril y de cambiar las vías de lugar, esos trabajos fútiles de los pobres. La mujer apenas visible parecía sufrir meramente de vivir pero me dio semejante deseo que tuve que salir afuera para no mirarla como un mono. Hundí los pies en esa materia nueva; me quité los guantes y apreté un ovillo, lo probé con los labios, lo mordí con los dientes, arranqué de las ramas pedazos de escarcha, oriné, me resbalé y me caí sobre una acequia congelada.

Cuando nos fuimos la nieve emplumaba los vidrios del coche y la humedad me penetró en las botas. A veces pasábamos al lado del río y a veces lo veíamos en el fondo de un precipicio.

–Los que se caen al agua los arrastra lejísimo y cuando los encuentran están desnudos y pelados (Balsa).

–¿Por qué? (Yo).

–Porque el agua los golpea contra las piedras (Balsa).

–Siete metros por segundo, dispara el agua. Hace unos días se cayó un capataz de la pasarela, Antonio, la mujer está en Mendoza esperando el cuerpo y no podemos encontrarlo (Balsocci).

–Cierto, tendríamos que mirar de vez en cuando a ver si se lo ve (Balsa).

En el fondo del valle se abrió un cuadro sencillo al sol. De un lado Uspallata con álamos y sauces sin hojas, del otro el camino que seguía subiendo por una garganta colorada, entre ríos solitarios.

Esos ríos de la Cordillera, rápidos, más claros que el aire, con sus piedras redondas, verdes, violetas, amarillas y veteadas, siempre lavados, sin bichos y sin ninfas entre bloques sin edad que algo raro trajo y dejó, ríos modernos porque no tienen historia. A veces los escucho parado sobre una roca, bajo el cielo invisible sin nubes ni pájaros; entre manantiales, oyendo torrentes, pensando en la misma nada.

Tienen nombres de colores, Blanco, Colorado y Negro; algunos aparecen de frente, otros de un salto (dicen que hay guanacos, pero hasta ahora no vi ninguno); todos vienen al valle y en verano engordan, cambian de lugar y de color, transportan cantidades increíbles de barro.

Pasamos una elevación aluvional amarilla geológicamente interesante denominada Paramillo de Juan Pobre y llegamos a la obra a la hora de almorzar. No queda exactamente en Punta de Vacas sino unos dos kilómetros antes; esto me enfureció porque pensé que en invierno la nieve podía dejarme sin mujeres, suponiendo que me gustara alguna. Después me tranquilicé porque comprendí que de todos modos siempre podía llegar a pie, aunque se cayeran los rodados –son unos conos de detritos minerales que periódicamente se escurren cubriendo los caminos y las vías.

La construcción ocupa una especie de plataforma a buena distancia de los derrumbes. El terreno es inclinado y a un lado está limitado por un arroyo que después de formar una noble cascada de 7 metros cae al valle miserablemente como un chorro de canilla. En este lugar todo lo que no vino sobre ruedas es basalto, pizarra o jarilla y yuyos parecidos. Un cerro como un serrucho colorado o el techo de una iglesia o más bien la estación de Saint Pancrase en Londres cierra la quebrada del otro lado; el cielo es tan angosto aquí que el sol se asoma a las nueve y media y se pone a las cuatro y media, rápido, como avergonzado por el frío y el viento que van a hacer.

¡El viento! ¿Cómo harán para vivir aquí las mujeres ricas de Buenos Aires, siempre tan atentas con sus peinados, entre estos vientos que hacen rodar las piedras como nada? Ya las oigo decir el dolor de cabeza que les da y eso en cierto modo me alienta a terminar pronto el primer hotel y a perfeccionar un tipo de ventana sencilla que una vez abierta no se puede cerrar. Dentro de unos días inauguraremos la sección provisoria, si no aparece Enrique el fastidioso.

Después de almorzar los dos ingenieros me mostraron los planos y la obra. Estaban muy satisfechos de que no interviniera en ella ningún arquitecto y habían encomendado la decoración del edificio a una marmolería de Mendoza con la que actualmente existe un conflicto por una partida de ciento veintiocho cruces destinadas a los dormitorios cuyo tamaño no está estipulado en ningún pliego de condiciones. Las cruces enviadas son de “granitit” negro y un metro de alto; yo que las concebí insisto en colocarlas pero Balsocci les teme. En realidad me excedí, pero hasta ahora se han dejado, pobres, notoriamente manejar y, exceptuando la menor del correo y esta crónica, me cuesta entretenerme: en una de las columnas principales de hormigón del anexo para la servidumbre conseguí intercalar cuando la llenaban una cámara de pelota inflada pero al sacar el encofrado se veía la cámara donde había apoyado contra la madera; hubo que rellenar el hueco con una inyección de cemento y el incidente es ahora una leyenda confusa que periódicamente provoca despidos de personal. La pelota pertenecía a Balsocci.

Volvimos a la oficina y los colegas abordaron la parte secreta de mi iniciación. No tuve que simular curiosidad porque me interesaba oírselo contar a ellos.

 

II

Balsocci. –¿Usted no advirtió nada raro últimamente en Buenos Aires?

Yo. –No, nada.

Balsa. –Vamos al grano (como si decidiera rápidamente chupar un grano en un cráneo frondoso). ¿No oyó nunca hablar de los donguis?

Yo.–No. ¿Qué son?

Balsa. –Usted habrá visto en el subterráneo de Constitución a Boedo que el tren no llega hasta la estación de Boedo porque no está terminada, se para en una estación provisoria con piso de tablas. El túnel sigue y donde interrumpieron la excavación el hueco está cerrado con tablas.

Balsocci. –Por ese hueco aparecieron los donguis.

Yo. –¿Qué son?

Balsa. –Ahora le explico…

Balsocci. –Dicen que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra.

Balsa. –Espere que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo animal que le llama dongui…

Balsocci. –Lo llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.

Yo.–¿Es un chancho?

Balsa. –Parece un lechón medio transparente.

Yo. –¿Y qué hace el dongui?

Balsa. –Tiene tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan lo que ven. ¡Qué porquería de animal!

Balsocci. –Son ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón transparente.

Yo. –¿Se reproducen?

Balsa. –Como la peste. Por brotes, imagínese.

Yo. –¿Y son de Boedo?

Balsocci. –Cállese, allí empezaron, pero después empezaron también en otras estaciones, sobre todo si hay túneles de vía muerta o depósitos subterráneos, Constitución está plagado, en Palermo, en el túnel empezado de la prolongación a Belgrano hay montones. Pero después empezaron en las otras líneas, habrán hecho un túnel, la de Chacarita, la de Primera Junta. Hay que ver lo que es el túnel del Once.

Balsa.–¡Y el extranjero! Donde había un túnel se llenaba de donguis. En Londres hasta se reían parece porque tienen tantos kilómetros de túnel; en París, en Nueva York, en Madrid. Como si repartieran semillas.

Balsocci. –No permitían que los barcos que llegaban de un puerto infectado atracara en esos puertos, temían que trajera donguis en la bodega. Pero no por eso se salvaron, están mejor que nosotros.

Balsa. –En nuestro país tratan de no asustar a la población, por eso no le dicen nunca nada, es un secreto que le confían solamente a los profesionales, y también a algunos no profesionales.

Balsocci. –Hay que matarlos pero quién los mata. Si les dan veneno se lo comen o no se lo comen, como usted prefiera, pero no les hace nada, lo comen perfectamente como cualquier otro mineral. Si les echan gases los degenerados tapan los túneles y salen por otra parte. Cavan túneles en todos lados, no puede atacárselos directamente. No se puede inundarlos o echar abajo las galerías porque se puede hundir el subsuelo de la ciudad. Ni qué decir que andan por los sótanos y las cloacas como Juan por su casa.

Balsa. –Habrá visto estos derrumbes de estos meses. Los depósitos de Lanús son ellos, por ejemplo. Quieren dominar al hombre.

Balsocci. –¡Oh!, al hombre no lo dominan así nomás, no lo domina nadie, pero si se lo comen…

Yo. –¿Se lo comen?

Balsocci. –¡Y cómo! Cinco donguis se comen a una persona en un minuto, todo, los huesos, la ropa, los zapatos, los dientes, hasta la libreta de enrolamiento, si me perdona la exageración.

Balsa. –Les gusta. Es la comida que más les gusta, mire qué desgracia.

Yo. –¿Hay casos comprobados?

Balsocci. –¿Casos? Ja, ja. En una mina de carbón de Gales se comieron 550 mineros en una noche: les taparon la salida.

Balsa. –En la capital se comieron una cuadrilla de ocho peones que arreglaban las vías entre Loria y Medrano. Los encerraron.

Balsocci. –Yo propongo que hay que inocularles una enfermedad.

Balsa. –Hasta ahora no hay caso. No sé cómo le van a inocular una enfermedad a un aguaviva.

Balsocci. –¡Esos sabios! Supongo que el que inventó la bomba de hidrógeno contra nosotros podría inventar algo también, unos pobres chanchitos ciegos. Los rusos, por ejemplo, que son tan inteligentes.

Balsa.–Sí, ¿sabe qué están haciendo los rusos? Tratando de criar una variedad de dongui que resista la luz.

Balsocci. –Que se embromen ellos.

Balsa. –Sí, ellos. Pero ellos no importa. Nosotros Desapareceríamos. No será cierto. Será un rumor como tantos. Yo no creo una palabra de lo que le dije.

Balsocci. –Primero pensamos resolver el problema construyendo edificios sobre pilotes, pero por una parte el gasto y, por otra siempre pueden derrumbarlos de abajo.

Balsa. –Por eso construimos nuestros hoteles monumentales aquí. ¡A que no socavan la Cordillera! Y la gente que sabe está loca por venirle. Veremos cuánto duran.

Balsocci. –Podrían socavar también las rocas, pero tardarían mucho; y mientras me supongo que alguien hará algo.

Balsa. –De todo esto ni una palabra. Total no tiene familia en Buenos Aires. Por eso nos limitamos a un mínimo de excavaciones en los cimientos y todos los hoteles proyectados ni tienen sótanos ni planta alta.

 

III

El aire de Buenas Aires posee una calidad coloidal especial para la transmisión intacta de rumores falsos. En otros lugares el ambiente deforma lo que oye pero junto al Río las mentiras se trasmiten con pulcritud. Cada ser humano puede inventar en sus días de extraversión rumores concretos y no requiere proclamarlos en una esquina para que se los devuelvan idénticos una semana después.

Por eso cuando me anunciaron los donguis hace unos dos años y medio los relegué con los platos voladores, pero un amigo de intereses variados que acababa de autorizarse en Europa me patentó la noticia. Desde el primer momento me fueron simpáticos y esperé quererlos.

En esa época descendía parabólicamente mi interés por aquella vendedora de una sedería denominada Virginia y ascendía el subsiguiente por la negrita Colette. Mi desvinculación de Virginia solía adquirir forma de noche en el Parque Lezama aunque su estupidez prolongaba indecorosamente el proceso.

Una de esas noches en que más sufrí de ver sufrir nos acariciábamos en esa escalera doble que abarca unos depósitos excavados en la barranca del Parque donde guardan sus herramientas los jardineros. La puerta de uno de estos depósitos estaba abierta; en el hueco oscuro vi de repente ocho o diez donguis nerviosos que no se atrevían a salir por un poquito de luz de mala muerte. Eran los primeros que veía; me acerqué con Virginia y se los mostré. Virginia llevaba puesta una pollera clara estampada con grandes macetas de crisantemos; la recuerdo porque se desmayó de espanto en mis brazos y por suerte paró de llorar por primera vez esa noche. La llevé desmayada hasta la puerta abierta y la tiré adentro.

La boca de los donguis es un cilindro cubierto de dientes córneos en todo su interior y tritura mediante movimientos helicoidales. Miré con curiosidad espontánea; en la oscuridad se distinguía la pollera de crisantemos y sobre ella el movimiento epiléptico de las vastas babosas en masticación. Me fui casi asqueado pero contento; al salir del Parque cantaba.

Ese Parque solitario y húmedo con estatuas rotas y mil vulgaridades modernas para ignorantes, con flores como estrellas y una sola fuente buena, Parque casi sudamericano, cuántas liaisons de personas que llaman jazmines a la tumbergias habrá visto fenecer por otra parte debajo de sus palmeras polvorientas.

Allí me deshice de Colette, de una polaca que me prestó el dinero de la moto, de una menorcita indigna de confianza y finalmente de Rosa, adormeciéndolas con un caramelo especial. Pero la Rosa llegó en cierto momento a excitarme tanto que perpetré la temeridad de darle el número de teléfono y aunque juró destruir el papelito y aprenderlo de memoria, y lo hizo, una vez su hermano la vio llamar y se fijó en el número que marcaba de modo que poco después de su desaparición apareció Enrique y empezó a fastidiar. Por eso acepté este trabajo renunciando provisoriamente a toda diversión como los reyes prehistóricos que debían pasar 40 días de ayuno en la montaña.

De este voto de castidad  me distraigo a mi manera resolviendo jeroglíficos y preparando cosas para Enrique. La pasarela sobre el río Mendoza por ejemplo sólo era cuando vine una vía de esas que esparció el aluvión del treinta y tanto, el que retorció los puentes, y un cable tendido a un costado a la altura de la mano para sostenerse. De allí se cayó un tal Antonio y con ese pretexto hice retirar el cable y colocar en su lugar un caño largo que en cada punta va enganchado en un poste. Ahora es más fácil sostenerse cuando uno cruza y cuando cruza otro desenganchar el caño.

Otras distracciones podrían ser cuando hace frío encender con un fósforo los arbustos que rodean las carpas de los peones porque son tan resinosos que arden solos. Una vez organicé un picnic unipersonal que consistía en subir y subir siempre con varios sandwiches de jamón, huevo y lechuga y me hastié tanto de ascender que me volví a mediodía. Esa mañana vi glaciares inexplicablemente sucios y encontré en los rodados de arriba flores negras, las primeras que veo. Como no había tierra, sino solamente piedras sueltas y filosas, me interesó ver las raíces; la flor medía cinco centímetros más o menos pero apartando las piedras desenterré unos dos metros de tallo blando que se perdía entre los cascotes como un cordón negro y liso; pensé que seguiría así unos cien metros más y me dio un poco de asco.

Otra vez vi un cielo negro sobre la nieve fosforescente porque absorbía toda la luz de la luna; parecía un negativo del mundo y valía la pena describirlo.

 

sábado, 2 de abril de 2022

Bestiario

Mario Benedetti

 

La asamblea anual de la Fauna Artística y Literaria fue convocada, en primera citación, a las 20 horas, y en segunda a las 21, pero solo se logró el quórum necesario en el segundo llamado.

Faltaron con aviso el Mastín de los Baskerville, el Cisne de Saint Saëns y Moby Dick de Melville; sin aviso, las Moscas de Sartre y la Trucha de Schubert. Estuvieron presentes: el Loro de Flaubert, el Asno de Buridán, la Paloma de Picasso, los Centauros de Darío, el Cuervo de Poe, el Rinoceronte de Ionesco y las Avispas de Aristófanes.

En el Orden del Día figuraba un punto único: la designación del Rinoceronte de Ionesco como presidente vitalicio y omnímodo.

El Centauro (Orneo) de Darío comenzó diciendo: “Yo comprendo el secreto de la bestia.”

El Asno de Buridán no pronunció palabra pero dio a entender que ni fu ni fa.

El Loro de Flaubert tuvo una intervención tripartita e insólita: “Cocu, mon petit coco”, “As-tu déjeuné, Jako?”, “J’ai du bon tabac”.

Otro Centauro (Caumantes) de Darío apoyó a su congénere Orneo: “El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe.”

El Rinoceronte de Ionesco movió lentamente el cuerno pálido y manchado, como un modo sutil de darse por aludido.

La Paloma de Picasso se acercó volando y su breve excremento cayó como un decisivo comentario sobre la impenetrable testa del candidato.

No obstante, la propuesta de los Centauros de Darío flotaba en el aire, de modo que las Avispas de Aristófanes opinaron a cappella: “No, nunca, jamás, mientras me quede un soplo de vida.”

El Loro de Flaubert, reiterativo, pretendió intervenir:

“Cocu, mon petit coco”, pero el Cuervo de Poe abrió por fin su pico. Todos callaron, hasta el Loro.

Dijo el Cuervo: “Nunca más.”

 

Azogue

Eduardo Gudiño Kieffer

 

Pobrecita Alicia. Aunque la razón te decía no puede ser, intuías que siempre es más fácil recordar las cosas que sucedieron la semana que viene, intuías que primero está la cárcel, después se dicta la sentencia condenatoria y por último se comete el crimen; intuías que la herida sangrante solo sobreviene después del dolor, ¿Pero quién cree en la dichosa intuición femenina? Nadie, ni siquiera las mujeres. Solo ahora estás segura de que no te equivocabas. Ahora: el día que cumples veinte años, cuando al levantarte vas a mirarte en la luna azogada del espejo y descubres, del otro lado, la imagen decrépita de una anciana que babea y te mira a su vez; ella te mira, la miras, las dos se miran y se ven y piensan que sí, que es cierto, que siempre es más fácil recordar las cosas que sucedieron la semana que viene, el mes que viene, el año que viene, el siglo que viene.

 

viernes, 1 de abril de 2022

La vuelta en redondo

Humberto Arenal

 

“…todo me llega tarde hasta la muerte, como si uno pudiera decidir lo que le gusta, esta gente que me rodea, ya es muy tarde, la muerte no será tan mala después de todo si lo que uno deja está tan podrido, siempre ahí callada cuando no está así me mira con sus ojos desconfiados y duros siempre igual, treinta años mira que tener que haberla aguantado treinta años a mi lado, antes siquiera…”

El viejo tosió dos veces. La mujer que iba sentada a su lado preguntó abriendo de repente los ojos:

–¿Qué te pasa, viejo?

Y la hija que estaba junto a la madre:

–¿Qué le pasa a papá?

El viejo se llevó a la boca los dedos huesudos, largos, azulados, venosos, pálidos y temblones.

No les contestó.

“…nunca dice nada más que esas boberías porque es más hipócrita que el carajo, antes siquiera me iba para el ingenio durante la zafra pero desde que me vino esta bronquitis, nunca dice nada porque es muy hipócrita pero sé que tiene muchas ganas de largarme eso hace tiempo que lo sé lo sé lo sé, todavía me acuerdo de aquel viaje que dio a La Habana la conozco como si la hubiera parido volvió tan contenta y tan habladora y después en la cama buscándome aquella noche, a mí hasta la muerte me llega tarde, lo que he tenido que aguantar, allí mismo delante de todos los muchachos sin esperar que se fueran a dormir me empezó a pasar las manos por los muslos entonces decía que yo tenía unos muslos muy bonitos y fue subiendo y subiendo y yo de pendejo caí en la trampa aunque yo lo sabía todo ¿por qué estaba tan contenta entonces? Esa fue la noche que hicimos a Neyo por eso he tenido siempre atravesado a ese condenado muchacho y después…”

Volvió a toser convulsivamente y su hija vino y le dijo que se tapara bien y le preguntó que cómo se sentía.

“…es igual que la otra la vez que la encontré en el cañaveral con aquel tipo flaco, y ella me pasaba las manos por los muslos ¿por qué estaba tan contenta entonces?…”

Estaba harto de las dos. Lo habían estado asediando con sus preguntas y halagos durante el viaje a La Habana para ver al médico y después los días que estuvo en el hospital Calixto García. El médico había dicho que no tenía nada grave, pero había oído un trozo de conversación entre el médico y su hija y además él se sentía muy mal. Peor que nunca antes. Peor que cuando le había dado la hemoptisis y había estado cinco meses en aquel hospital sucio y triste en Santiago, el hospital civil. Respiró con fuerza y sintió un dolor muy agudo en el pecho. A él todo le llegaba tarde y con trabajo, hasta la muerte. Antes creía en Dios. Ya no creía en nada. No podía ni rezar. ¿Para qué rezar si Dios no se había ocupado de él jamás? Ni de él ni de ningún pobre. Abrió los ojos pero los volvió a cerrar enseguida: a través de la ventanilla del ómnibus todo estaba oscuro. Además cada vez que abría los ojos se sentía más mareado.

“…cuando traté de decírselo me miraba con esa cara de india mexicana que tiene y me decía: ‘No sigas diciendo esas cosas, viejo, deja eso ya’ lo que tiene que aguantar uno por los…”

Volvió a toser y se cubrió con la manta. Su hija dijo desde el otro asiento que ya faltaba poco, que eran las cuatro de la mañana y que a las seis llegarían a Bayamo. El gordo que iba sentado al lado de ella agitó las piernas, se cruzó las manos regordetas en el vientre y dijo que se callara ya, que se había pasado toda la noche hablando. Ella se encogió de hombros y no le contestó. Ahora su mujer había abierto los ojos y lo estaba mirando. Él levantó la vista y se miraron un momento.

“…años, veinte años, diez años, hasta hace diez años tenía esperanzas todavía pintaba me acuerdo allá en el ingenio pinté un paisajito que todo el mundo decía que estaba bien hasta Fernando que siempre se burlaba de mis pinturitas como decía él dijo que estaba muy bueno y después pinté al míster aquel del ingenio míster Stout el administrador entonces se formó un rollo que si le veían las venas de la cara y que si tenía los ojos colorados. ¿Cómo los va a tener un borracho después de veinticinco años tomando? Por eso me alegré cuando se murió cuando lo vi en la caja me dieron ganas de escupirle la cara mira que…”

Su mujer le pasó la mano por la frente y le dijo que creía que tenía fiebre. Él se quedó con los ojos cerrados.

“…treinta años a su lado, tenía la cara como si estuviera riendo aunque yo sabía que estaba muerto y me dieron ganas de escupirle la cara hasta muerto le tenía miedo y rabia mira que venir a romperme mi pintura el que se lo dijo y le llevó mi pintura fue el chota de Cuco pero ese ya se murió se han ido muriendo uno a uno, a mí hasta la muerte me llega tarde ¿cómo voy a pintar ahora con la casa llena de gente y estas dos mirándome todo el santo día? Mala pata que he tenido, a mí hasta la muerte me llega tarde, si hubiera aceptado aquel trabajo que me ofreció míster Hershey el del ingenio me acuerdo que llamó al secretario y le dijo en inglés que me dijera que me iba a fabricar una casa allá en la lomita aquella y que me quedara a trabajar allí con él no sé por qué me dio miedo siempre me ha dado miedo vivir en el campo desde que era niño le tuve miedo a la soledad del campo y tanto que me gustaba pasear de día por los cañaverales altos y subirme en las matas de noche siempre tenía miedo en cambio, a mí todo me llega tarde hasta la muerte, 1923, 1924, 1921 fue el año en que nació mi hijo Ciro ese era distinto ¿por qué tuvo que morirse él? Cuando me lo trajeron desnucado ya estaba muerto pobrecito ya estaba muerto ocho hijos y ninguno vale para nada uno un ladrón y el otro callado y zorro como esta y los demás lo único que me han traído es vergüenza, mira que haber encontrado a esta en el cañaveral con aquel guajirito flaco y sucio y ahora la tengo encima todo el tiempo que si papá para allá que si papá para acá y ahora me lleva a La Habana a ver al médico ¿para qué? Ya es muy tarde, a mí todo me llega tarde hasta la muerte, en el 36 fue que murió Cirito todavía debo tener por ahí el retrato que le pinté la gente lo único que decía o que criticaba era que no se parecía a él pero así fue como yo lo vi siempre la gente decía que no se parecía 1936 1936 36 36 36…”

Abrió la boca y dejó caer la cabeza hacia atrás. Su mujer lo miró y volvió a pasarle la mano por la frente.

–¿Le pasa algo al viejo? –preguntó la hija.

–No, creo que no. Está muy frío, se quedó dormido.

Se pasó la mano por los ojos y contrajo la boca.

–Ay, tu padre siempre es tan raro. No se le puede ni hablar, siempre ha sido igual. Bueno, por lo menos de algunos años a esta parte. Ya no puedo ni hablarle. Siempre me mira tan raro. ¿Por qué será así, eh?

El viejo tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Los labios le lucían verdosos y respiraba con dificultad.

(En la calle desierta, blanqueada por el sol despiadado del meridiano, no había nadie primero. Después vio una mancha carmelita a lo lejos y algo le hizo correr hacia ella. Cuando se acercó vio que era un caballo muerto: el caballo que de niño había tenido en la finca del viejo Primitivo, donde trabajaba su padre, y que una mañana amaneció muerto sin que se supiera jamás de qué. Parecía cubierto por una pintura fosforescente que lo hacía brillar. Alguien lo llamó de una casa cercana pintada de negro y cuando penetró en la sala vio un pequeño sarcófago blanco que pensó que era de su hijo Cirito, pero cuando se acercó era su propio cuerpo cuando niño. Entonces la sala se llenó de personas (no conocía a ninguna de ellas) que le preguntaban qué hacía allí. Salió y ahora vio en medio de la calle tres personas acostadas: la primera era su mujer, la segunda míster Stout con una larga capa negra y un bastón blanco que movía en pequeños círculos y la tercera era el médico que lo había atendido en La Habana y que carecía de boca. Los tres le preguntaron varias veces: ¿qué haces aquí? Corrió por la desierta calle y a cada paso que daba iba oscureciéndose hasta que llegó a un punto que no pudo avanzar más, se había topado con un impedimento que no pudo definir hasta que de pronto se hizo la luz y se vio rodeado por cuatro de sus propias pinturas, ahora de tamaño gigante. Oyó la voz de su hijo Cirito y se lanzó en su búsqueda, cortando el lienzo de uno de sus cuadros con un cuchillo que llevaba a la cintura, pero entonces cayó en un abismo siguiendo la voz de su hijo.)

Cuando se despertó el ómnibus estaba parado y casi vacío. Su mujer estaba a su lado y después de mirarlo le preguntó:

–¿Qué te pasaba?

Él tardó en contestarle:

–A mí nada, ¿por qué?

–Porque te quejabas –ahora le pasó la mano por la frente sudorosa.

–Déjame tranquilo –le dijo quitándole la mano–, ayúdame a levantarme que quiero ir al baño.

Ella lo miró, se puso de pie y lo tomó por el brazo. Él se quitó la frazada conque se cubría y caminó, ayudado por ella, por el pasillo del ómnibus elevando los hombros punteagudos y arrastrando los pies.

“…todo me llega tarde hasta la muerte a mi todo me llega tar…”

Sintió un mareo muy fuerte y se agarró a un asiento. Ella ni se volvió para mirarlo.

“…treinta años ¿por qué tenía que morir Cirito, precisamente él que era el mejor de todos? ¿dónde estará metido el retrato que le hice? Quizás ya la muerte no llegue tan tarde…”

Un hombre ayudó a bajarlo del ómnibus. A pasos muy cortos y lentos llegó al servicio. Le pidió a su mujer que lo ayudara a sentarse en el inodoro y después le ordenó que lo dejara solo.

“…quizás esta vez la muerte no llegue tan tarde 1936 1936 ¿cuándo nací yo? Un quince de julio mi madre se llamaba Rosa y mi padre Osvaldo mi hijo Ciro y mi primera novia mi primera novia mi primera novia novia novia novia…”

Sintió un dolor muy agudo en el pecho y dio un grito. Cuando su mujer abrió la puerta estaba vomitando sangre. Trató de decirle algo que ella no entendió y entonces empezó a llamar a gritos a su hija. Él se aferró al vestido y dejó de vomitar sangre. Ella no gritó más y él entonces la miró a los ojos.

–Cabrona –dijo y ella entonces le retiró el vestido con violencia y él cayó golpeando la cabeza con el suelo. Su mujer le volvió la espalda y fue lentamente a pedir ayuda. Ella sabía que ya estaba muerto.

 

Los amantes

Juan Rodolfo Wilcock

 

Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados.

La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.