sábado, 2 de diciembre de 2023

El árbol

Inés Arredondo

 

Hay un gran árbol, pero no puedo mirarlo, y he dicho que mañana lo vengan a cortar.

Vi el día en que lo plantó Lucano Armenta. La mujer que llevaba en brazos al recién nacido tendría dieciocho años cuando mucho y no dejaba de mirar a Lucano mientras él paleaba y sudaba. El árbol era para el niño, pero la que lo tenía en brazos miraba al padre de una manera que borraba esa intención. Parecía que el hombre removía la tierra de un lado a otro, rítmicamente, sólo para que ella lo viera, para que disfrutara a sus anchas mirando el juego de los músculos y adivinando las gotas de sudor que corrían como un cosquilleo entre la piel y la camisa. Lucano sonrió dichoso al sentir esa mirada en sus espaldas. Se volvió y caminó hacia la mujer como en un sueño –iluminado y joven, hermoso Lucano Armenta–. La abrazó con fuerza y la besó en la boca. El chiquilín lloró porque lo apretaban, y ellos se rieron a carcajadas del llanto, del olvido, del niño. Se miraron como si la sola mirada pudiera fundirlos. Luego Lucano la dejó y plantó el árbol.

 

El corredor da hacia el norte; detrás están el jardín con el amate joven y luego se entra en la huerta umbrosa que llega en declive hasta el río. De las columnas y los arcos que separan el portal del jardín, cuelgan las enredaderas de trompeta y veracruzana que defienden del sol que ciega. En ese portal, hace muchos años, cuando Román tenía cuatro, velamos el cuerpo de Lucano Armenta.

Aquel día nada parecía posible. Imposible era que el sol estuviera alto, que existieran una hora marcada por un reloj, un pasado, un futuro, que Lucano estuviera ahí, sin moverse. Era imposible que aquella bala de tres centímetros que alguien había vendido sobre un mostrador, que hombres habían fabricado y tocado, una bala como hay millones en el mundo, que aquella bala, aquélla, hubiera tenido que buscar un cuerpo, uno sólo, el preciso, para derribarlo. Todos dijeron que se trataba de un accidente de cacería, pero no era así.

Su cuerpo estaba allí y parecía que su boca sonreía. No había sangre; cuando lo trajeron ya no había sangre. Estaba pálido, nada más eso, y dijeron que el balazo había sido en el pecho, donde debía de ser. Vestido de kaqui, con sus ropas de campo, esperaba paciente a que aquel segundo en que tropezó y su dedo rozó el gatillo fuera revocado; estaba seguro, él también, de que aquello no era posible, por eso sonreía. Como siempre, yo creí lo que él creía y por eso mandé que sacaran nuestra cama ancha y blanca, de matrimonio, para que él esperara cómodamente. Esperé también, acurrucada a sus pies. Esperé la tarde, la noche, y hubiera esperado toda la eternidad a que se levantara.

Mucho después de la media noche, cuando todos dormitaban, vi cómo su rostro cambió de gesto y estuve segura de que el momento había llegado. Me acerqué a él y pronuncié su nombre por lo bajo para que supiera que no estaba solo; me quedé muy cerca para ayudarlo. Pasaron los minutos. Sus pestañas se agitaron vivamente, como un parpadeo de velas, y volvió a quedarse quieto. Yo apretaba todos los músculos de mi cuerpo y procuraba no respirar. Así permanecí una hora, dos, no sé cuánto tiempo. Bajo su piel algo como unas luces cambiantes se movían, un temblor levísimo corrió por sus labios hasta las comisuras. “Lucano, aquí estoy”, y sabía que no debía tocarlo porque desvanecería aquellos trabajosos intentos que él hacía. Mi voz misma debió de distraerlo, porque se distendió su cara y ya no hizo ninguna otra tentativa: algo le impedía reunir las fuerzas suficientes para romper la inmovilidad.

Empezaba a clarear y los murmullos y los ruidos me fueron penetrando; separé los ojos de la cara de Lucano y pensé con impaciencia que sería difícil volver a encontrar pronto la oportunidad de quedarnos solos. Me sentí muy cansada, y me extrañó que sus ropas estuvieran lisas y bien planchadas después de la noche que habíamos pasado.

Cuando el sol hubo salido por completo, me di cuenta de que ya todos se habían acostumbrado a la idea de que había muerto. Yo les decía que eso era imposible, pero ellos ya se habían acostumbrado también al imposible. Ni su padre, ni un amigo que comprendiera que él no podía morir así. Trajeron la caja y ya no hubo sonrisa en su cara, creyó tal vez que yo lo había abandonado, porque no veía que me sujetaban veinte manos.

Tiempo después volví en mí, en lo que quedaba de mí, y no pude hacer otra cosa que aferrarme a Román y llorar asida a él. Jamás lloré a solas, porque temí olvidar al niño un instante, el preciso para caer en la tentación de abandonarlo yo también.

 

El eclipse

Augusto Monterroso

 

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como un lecho en el que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

–Si me matáis –les dijo– puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado) mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles

 

Eterno síntoma

Queta Navagómez

 

Tés de canela con miel y limón, cataplasmas de tomate asado alrededor del cuello, terramicina, inyecciones de penicilina, extracto de propoleo, traguitos de tequila, gárgaras con bicarbonato… Ni remedios caseros ni medicinas de patente: nada le quita la sensación de ardor, de quemadura que crece y palpita en su garganta.

El pequeño dragón se desespera.

 

viernes, 1 de diciembre de 2023

El buitre

Ramón J. Sender

 

Volaba entre las dos rompientes y le habría gustado ganar altura y sentir el sol en las alas, pero era más cómodo dejarse resbalar sobre la brisa.

Iba saliendo poco a poco al valle, allí donde la montaña disminuía hasta convertirse en una serie de pequeñas colinas. El buitre veía abajo llanos grises y laderas verdes.

–Tengo hambre –se dijo.

La noche anterior había oído tiros. Unos aislados y otros juntos y en racimo. Cuando se oían disparos por la noche las sombras parecían decirle: “Alégrate, que mañana encontrarás carne muerta”. Además por la noche se trataba de caza mayor. Animales grandes: un lobo o un oso y tal vez un hombre. Encontrar un hombre muerto era inusual y glorioso. Hacía años que no había comido carne humana, pero no olvidaba el sabor.

Si hallaba un hombre muerto era siempre cerca de un camino y el buitre odiaba los caminos. Además no era fácil acercarse a un hombre muerto porque siempre había otros cerca, vigilando.

Oyó volar a un esparver sobre su cabeza. El buitre torció el cuello para mirarlo y golpeó el aire rítmicamente con sus alas para ganar velocidad y alejarse. Sus alas proyectaban una ancha sombra contra la ladera del monte.

–Cuello pelado –dijo el esparver–. Estás espantándome la caza. La sombra de tus alas pasa y repasa sobre la colina.

No contestaba el buitre porque comenzaba a sentirse viejo y la autoridad entre las grandes aves se logra mejor con el silencio. El buitre sentía la vejez en su estómago vacío que comenzaba a oler a la carne muerta devorada años antes.

Voló en círculo para orientarse y por fin se lanzó como una flecha fuera del valle donde cazaba el esparver. Voló largamente en la misma dirección. Era la hora primera de la mañana y por el lejano horizonte había ruido de tormenta, a pesar de estar el cielo despejado.

–El hombre hace la guerra al hombre –se dijo.

Recelaba del animal humano que anda en dos patas y tiene el rayo en la mano y lo dispara cuando quiere. Del hombre que lleva a veces el fuego en la punta de los dedos y lo come. Lo que no comprendía era que siendo tan poderoso el hombre anduviera siempre en grupo. Las fieras suelen despreciar a los animales que van en rebaño.

Iba el buitre en la dirección del cañoneo lejano. A veces abría el pico y el viento de la velocidad hacía vibrar su lengua y producía extraños zumbidos en su cabeza. A pesar del hambre estaba contento y trató de cantar:

 

Los duendes que vivían en aquel cuerpo
estaban fríos, pero dormían
y no se querían marchar.
Yo los tragué
y las plumas del cuello se me cayeron.
¿Por qué los tragué si estaban fríos?
Ah, es la ley de mis mayores

 

Rebasó lentamente una montaña y avanzó sobre otro valle, pero la tierra estaba tan seca que cuando vio el pequeño arroyo en el fondo del barranco se extrañó. Aquel valle debía estar muerto y acabado. Sin embargo, el arroyo vivía.

En un rincón del valle había algunos cuadros que parecían verdes, pero cuando el sol los alcanzaba se veía que eran grises también y color ceniza. Examinaba el buitre una por una las sombras de las depresiones, de los arbustos, de los árboles. Olfateaba el aire, también, aunque sabía que a aquella altura no percibiría los olores. Es decir, sólo llegaba el olor del humo lejano. No quería batir sus alas y esperó que una corriente contraria llegara y lo levantara un poco. Siguió resbalando en el aire haciendo un ancho círculo. Vio dos pequeñas cabañas. De las chimeneas no salía humo. Cuando en el horizonte hay cañones las chimeneas de las casas campesinas no echan humo.

Las puertas estaban cerradas. En una de ellas, en la del corral, había un ave de rapiña clavada por el pecho. Clavada en la puerta con un largo clavo que le pasaba entre las costillas. El buitre comprobó que era un esparver. Los campesinos hacen eso para escarmentar a las aves de presa y alejarlas de sus gallineros. Aunque el buitre odiaba a los esparveres, no se alegró de aquel espectáculo. Los esparveres cazan aves vivas y están en su derecho.

Aquel valle estaba limpio. Nada había, ni un triste lagarto muerto. Vio correr un chipmunk siempre apresurado y olvidando siempre la causa de su prisa. El buitre no cazaba, no mataba. Aquel chipmunk ridículamente excitado sería una buena presa para el esparver cuando lo viera.

Quería volar al siguiente valle, pero sin necesidad de remontarse y buscaba en la cortina de roca alguna abertura por donde pasar. A aquella hora del día siempre estaba cansado, pero la esperanza de hallar comida le daba energías. Era viejo. Temía que le sucediera como a otro buitre, que en su vejez se estrelló un día contra una barrera de rocas.

Halló por fin la brecha en la montaña y se lanzó por ella batiendo las alas:

–Ahora, ahora…

Se dijo: “No soy tan viejo”. Para probárselo combó el ala derecha y resbaló sobre la izquierda sin miedo a las altas rocas cimeras. Le habría gustado que le viera el esparver. Y trató de cantar:

 

La luna tiene un cuchillo
para hacer a los muertos
una cruz en la frente.
Por el día lo esconde
en el fondo de las lagunas azules.

La brecha daba acceso a otro valle que parecía más hondo. Aunque el buitre no se había remontado, se sentía más alto sobre la tierra. Era agradable porque podía ir a cualquier lugar de aquel valle sin más que resbalar un poco sobre su ala. En aquel valle se oía mejor el ruido de los cañones.

También se veía una casa y lo mismo que las anteriores tenía el hogar apagado y la chimenea sin humo. Las nubes del horizonte eran de color de plomo, pero en lo alto se doraban con el sol. El buitre descendió un poco. Le gustaba la soledad y el silencio del valle. En el cielo no había ningún otro pájaro. Todos huían cuando se oía el cañón, todos menos los buitres. Y veía su propia sombra pasando y volviendo a pasar sobre la ladera.

Con la brisa llegó un olor que el buitre reconocía entre mil. Un olor dulce y acre:

–El hombre.

Allí estaba el hombre. Veía el buitre un hombre inmóvil, caído en la tierra, con los brazos abiertos, una pierna estirada y otra encogida. Se dejó caer verticalmente. Pero mucho antes de llegar al suelo volvió a abrir las alas y se quedó flotando en el aire. El buitre tenía miedo.

–Tú, el rey de los animales, que matas a tu hermano e incendias el bosque, tú el invencible. ¿Estás de veras muerto?

Contestaba el valle con silencio. La brisa producía un rumor metálico en las aristas del pico entreabierto. Del horizonte llegaba el fragor de los cañones. El buitre comenzó a aletear y a subir en el aire, esta vez sin fatiga. Se puso a volar en un ancho círculo alrededor del cuerpo del hombre. El olor le advertía que aquel cuerpo estaba muerto, pero era tan difícil encontrar un hombre en aquellas condiciones de vencimiento y derrota, que no acababa de creerlo.

Subió más alto, vigilando las distancias. Nadie. No había nadie en todo el valle. Y la tierra parecía también gris y muerta como el hombre. Algunos árboles desmochados y sin hojas mostraban sus ramas quebradas. El valle parecía no haber sido nunca habitado. Había un barranco, pero en el fondo no se veía arroyo alguno,

–Nadie.

Con los ojos en el hombre caído volvió a bajar. Mucho antes de llegar a tierra se contuvo. No había que fiarse de aquella mano amarilla y quieta. El buitre seguía mirando al muerto:

–Hombre caído, conozco tu verdad que es una mentira inmensa. Levántate, dime si estás vivo o no. Muévete y yo me iré de aquí y buscaré otro valle.

El buitre pensaba: “No hay un animal que crea en el hombre. Nadie puede decir si el palo que el hombre lleva en la mano es para apoyarse en él o para disparar el rayo. Podría ser que aquel hombre estuviera muerto. Podría ser que no”.

Cada vuelta alrededor se hacía un poco más cerrada. A aquella distancia el hedor –la fragancia– era irresistible. Bajó un poco más. El cuerpo del hombre seguía quieto, pero las sombras se movían. En las depresiones del cuerpo en uno de los costados, debajo del cabello, había sombras sospechosas.

–Todo lo dominas tú, si estás vivo. Pero si estás muerto has perdido tu poder y me perteneces. Eres mío.

Descendió un poco más, en espiral. Algo en la mano del hombre parecía moverse. Las sombras cambiaban de posición cerca de los brazos, de las botas. También las de la boca y la nariz, que eran sombras muy pequeñas. Volaba el animal cuidadosamente:

–Cuando muere un ave –dijo– las plumas se le erizan.

Y miraba los dedos de las manos, el cabello, sin encontrar traza alguna que le convenciera.

–Vamos, mueve tu mano. ¿De veras no puedes mover una mano?

El fragor de los cañones llegaba de la lejanía en olas broncas y tembladoras. El buitre las sentía antes en el estómago que en los oídos. El viento movió algo en la cabeza del hombre: el pelo. Volvió a subir el buitre, alarmado. Cuando se dio cuenta de que había sido el viento decidió posarse en algún lugar próximo para hacer sus observaciones desde un punto fijo. Fue a una pequeña agrupación de rocas que parecían un barco anclado y se dejó caer despacio. Cuando se sintió en la tierra plegó las alas. Sabiéndose seguro alzó la pata izquierda para calentársela contra las plumas del vientre y respiró hondo. Luego ladeó la cabeza y miró al hombre con un ojo mientras cerraba el otro con voluptuosidad.

–Ahora veré si las sombras te protegen o no.

El viento que llegaba lento y mugidor traía ceniza fría y hacía doblarse sobre sí misma la hierba seca. El pelo del hombre era del mismo color del polvo que cubría los arbustos. La brisa entraba en el cuerpo del buitre como en un viejo fuelle.

 

Si es que comes del hombre ten cuidado
que sea en tierra firme y descubierta.

 

Recordaba que la última vez que comió carne humana había tenido miedo también. Se avergonzaba de su propio miedo él, un viejo buitre. Pero la vida es así. En aquel momento comprendía que el hombre que yacía en medio de un claro de arbustos debía estar acabado. Sus sombras no se movían en absoluto.

–Hola, hola, grita, di algo.

Hizo descansar su pata izquierda en la roca y alzó la derecha para calentarla también en las plumas.

–¿Viste anoche la luna? Era redonda y amarilla.

Ladeaba la cabeza y miraba al muerto con un solo ojo inyectado en sangre. La brisa recogía el polvo que había en las rocas y hacía con él un lindo remolino. El ruido de los cañones se alejaba, “La guerra se va al valle próximo”.

Miró las rocas de encima y vio que la más alta estaba bañada en sol amarillo. Fue trepando despacio hasta alcanzarla y se instaló en ella. Entreabrió las alas, se rascó con el pico en un hombro, apartó las plumas del pecho para que el sol le llegara a la piel y alzando la cabeza otra vez, se quedó mirando con un solo ojo. Alrededor del hombre la tierra era firme –sin barro ni arena– y estaba descubierta.

Escuchaba. En aquella soledad cualquier ruido –un ruido de agua entre las rocas, una piedrecita desprendida bajo la pata de un lagarto– tenía una resonancia mayor. Pero había un ruido que lo dominaba todo. No llegaba por el aire sino por la tierra y a veces parecía el redoble de un tambor lejano. Apareció un caballo corriendo.

Un caballo blanco y joven. Estaba herido y corría hacia ninguna parte tratando sólo de dar la medida de su juventud antes de morir, como una protesta. Veía el buitre su melena blanca ondulando en el aire y la grupa estremecida. Pasó el caballo, se asustó al ver al hombre caído y desapareció por el otro extremo de la llanura.

El valle parecía olvidado. “Sólo ese caballo y yo hemos visto al hombre”. El buitre se dejó caer con las alas abiertas y fue hacia el muerto en un vuelo pausado. Antes de llegar frenó con la cola, alzó su pecho y se dejó caer en la tierra. Sin atreverse a mirar al hombre retrocedió, porque estaba seguro de que se había acercado demasiado. La prisa unida a cierta solemnidad le daban una apariencia grotesca. El buitre era ridículo en la tierra. Subió a una pequeña roca y se volvió a mirar al hombre:

–Tu caballo se ha escapado. ¿Por qué no vas a buscarlo?

Bajó de la roca, se acercó al muerto y cuando creía que estaba más seguro de sí un impulso extraño le obligó a tomar otra dirección y subir sobre otra piedra. Más cerca que la anterior, eso sí.

–¿Muerto?

Volvían a oírse explosiones lejanas. Eran tan fuertes que los insectos volando cerca del buitre eran sacudidos en el aire. Volvió a bajar de la piedra y a caminar alrededor del cuerpo inmóvil que parecía esperarle. Tenía el hombre las vestiduras desgarradas, una rodilla y parte del pecho estaban descubiertos, y el cuello y los brazos desnudos. La descomposición había inflamado la cara y el vientre. Se acercó dos pasos con la cabeza de medio lado, vigilante. El cabello era del color de las hierbas quemadas. Quería acercarse más, pero no podía.

Miraba las manos. La derecha se clavaba en la tierra como una garra. La otra se escondía bajo la espalda. Buscaba en vano el buitre la expresión de los ojos.

–Si estuvieras vivo habrías ido a buscar tu caballo y no me esperarías a mí. Un caballo es más útil que un buitre, digo yo.

El hombre caído entre las piedras era una roca más. Su pelo bajo la nuca parecía muy largo, pero en realidad no era pelo, sino una mancha de sangre en la tierra. El buitre iba y venía en cortos pasos de danza mientras sus ojos y su cabeza pelada avanzaban hacia el muerto. El viento levantó el pico de la chaqueta del hombre y el buitre saltó al aire sacudiendo sus alas con un ruido de lonas desplegadas. Se quedó describiendo círculos alrededor. El hedor parecía sostenerlo en el aire.

Entonces vio el buitre que la sombra de la boca estaba orlada por dos hileras de dientes. La cara era ancha y la parte inferior estaba cubierta por una sombra azul.

El sol iba subiendo, lento y amarillo, sobre una cortina lejana de montes.

Bajó otra vez con un movimiento que había aprendido de las águilas, pero se quedó todavía en el aire encima del cuerpo y fuera del alcance de sus manos. Y miraba. Algo en el rostro se movía. No eran sombras ni era el viento. Eran larvas vivas. Salían del párpado inferior y bajaban por la mejilla.

–¿Lloras, hijo del hombre? ¿Cómo es que tu boca se ríe y tus ojos lloran y tus lágrimas están vivas?

Al calor del sol se animaba la podredumbre. El buitre se dijo: “Tal vez si lo toco despertará”. Se dejó caer hasta rozarlo con un ala y volvió a remontarse. Viendo que el hombre seguía inmóvil bajó y fue a posarse a una distancia muy corta. Quería acercarse más, subir encima de su vientre, pero no se atrevía. Ni siquiera se atrevía a pisar la sombra de sus botas.

El sol cubría ya todo el valle. Había trepado por los pantalones del muerto, se detuvo un momento en la hebilla de metal del cinturón y ahora iluminaba de lleno la cara del hombre. Entraba incluso en las narices cuya sombra interior se retiraba más adentro.

Completamente abiertos, los ojos del hombre estaban llenos de luz. El sol iluminaba las retinas vidriosas. Cuando el buitre lo vio saltó sobre su pecho diciendo:

–Ahora, ahora.

El peso del animal en el pecho hizo salir el aire de los pulmones y el muerto produjo un ronquido. El buitre dijo:

–Inútil, hijo del hombre. Ronca, grita, llora. Todo es inútil.

Y ladeando la cabeza y mirándolo a los ojos añadió:

–El hombre no puede mirar al sol de frente.

En las retinas del muerto había paisajes en miniatura llenos de reposo y de sabiduría. Encima lucía el sol.

–¿Ya la miras? ¿Ya te atreves a mirar la luz de frente?

A lo lejos se oían los cañones.

–Demasiado tarde, hijo del hombre,

Y comenzó a devorarlo.

 

El amigo

Inés Arredondo

 

En el ambiente caldeado daba un placer inquietante estirar, acomodar, mostrar las piernas, procurando, con una intensidad en la que era necesario poner todos los sentidos, que se convirtieran en el centro imantado del pequeño grupo. Eso hice yo aquella noche en la reunión de Loti. Por supuesto que no se trataba sólo de las piernas, también por la columna me corrían suaves estremecimientos que me obligaban a mover de pronto la cabeza, y aprovechaba eso para simular que apoyaba o negaba algo de lo que se me decía sin que yo pudiera prestarle atención. Benjamín se expresaba cada vez con más énfasis, de prisa, gesticulando, y yo me daba cuenta de que lo espoleaba el contagio de mi cuerpo, aunque tratara de disimularlo. Luis Alonso era un público más conocedor porque atendía a mis movimientos con mucho más cuidado, con admiración. Es agradable estar así entre dos hombres. Discutían sobre danza, puesto que yo soy bailarina, y ese homenaje me encantaba, igual que me gustaba oírlos discurrir en aquel lenguaje diferente y admirable, de frases largas. Yo pienso que en mi profesión lo único que importa es poder, o no, hacer sentir a los espectadores lo que uno está sintiendo mientras baila, y así, aunque únicamente abría los ojos, o fingía escucharlos mientras fumaba, entraba en la discusión demostrando en silencio que los pequeños movimientos de mi cuerpo tenían más efecto que todas sus palabras.

Cuando terminó la reunión los invité a tomar una copa en mi casa. A media luz, con un disco cadencioso y un high-ball en la mano, me sentí a mis anchas, me quité los zapatos y comencé a bailar, primero apoyándome en los pasos y moviendo con suavidad las caderas.

–¡Qué bárbara, qué bonito cuerpo tienes! –dijo Luis Alonso.

Sin querer fui quebrando los compases hasta llegar a un frenesí que me hizo cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás, y continué así un tiempo indefinido, casi sin conciencia, sintiendo únicamente cómo me recorría el ritmo, lento, vivo como un cuerpo ajeno. Abrí los ojos cuando algo me detuvo en seco, y pude darme cuenta de que estaba atrapada en los brazos de Benjamín, que me apretaba con un ardor que no había sospechado en él. Me abandoné con naturalidad, porque en ese momento eso era lo que debía de suceder. Cuando me besaba el cuello alcancé a distinguir en la penumbra la sonrisa complacida de Luis Alonso. Mejor que fuera así. Benjamín iba de prisa, como si estuviéramos solos, y cuando me empujaba hacia el diván y sus manos ansiosas encontraban estorbosa mi ropa, Luis Alonso susurró con malicia “Buenas noches”, y sin despegar su mirada de nosotros, abriendo la puerta con las manos a la espalda, salió de la estancia.

Mi relación con Benjamín tuvo bastante encanto, era tierno, discreto, y parecía muy enamorado. Su vida, sus cosas, las sabía yo por Luis Alonso.

–Yo los quiero mucho a los dos… por separado. Lidia es mi mejor amiga, pero no son felices, lo sé también por ella. Tú creerás que la traiciono, pero no es así; entre dos que se ahogan, si uno puede salvarse, hay que ayudarlo; y en el caso de que, así como Benjamín ha encontrado la solución en ti, si ella la encontrara en otro, también la comprendería y le daría mi apoyo –y con una transición rápida–: Pero qué suerte tienen algunos: ¡estás guapísima!

Me acostumbré a las visitas de ambos, juntos o cada uno a solas; me gustaba tomar café con ellos, salir por las noches a beber una cerveza en un sitio agradable, escuchando con la mayor atención sus conversaciones: no me había equivocado, Benjamín era el que más personalidad tenía, el más inteligente también.

Sin embargo, Luis Alonso puede dar una delicada ternura muy difícil de encontrar. A veces se me ocurre pensar que sin su complemento yo no hubiera podido ser tan feliz con Benjamín. Él era el que me traía discos, flores, y las tardes que Benjamín no venía a verme él me acompañaba. Claro que también era picante que se me insinuara, como por broma, en presencia de su amigo: me daba besos en la cara, me apretaba el brazo, y, en muchas ocasiones, después de cenar en un restorán mientras Benjamín llenaba la sobremesa con su conversación, él acariciaba mis manos y se quedaba abstraído, mirándome, como si yo fuera la única cosa digna de verse en el mundo. Algunas veces fuimos a bailar, y Benjamín, sabiendo lo que a mí me gustaba y lo mal que él lo hacía, me dejaba bailar con Luis Alonso toda la noche; eso llegó a molestarme, porque era tan evidente la atracción que ejercía yo sobre él y los roces y ceñimientos a que en el baile me obligaba, que era imposible que Benjamín no se diera cuenta, y siempre es humillante que un amante no sea celoso, aunque se trate de su mejor amigo.

Pero Benjamín sabía a quién se confiaba, porque cuando estábamos solos, aunque bailáramos en mi casa con el tocadiscos, Luis Alonso no hacía intento de propasarse, ni siquiera me palmeaba las manos o me daba un beso, sino que me hablaba continuamente de su amigo, con una devoción que me conmovía.

Sólo una vez se expresó el sentimiento que yo sospechaba en él, pero sucedió de una manera tan fugaz que me pareció que lo mejor era olvidarlo. Estábamos solos en mi casa, como tantas veces, y Luis Alonso se mostraba contento de mi relación con Benjamín.

–Tú lo eres todo para él… si vieras cuánto ha cambiado. Antes era triste, apagado, estaba envejecido, ahora anda siempre contento, disfruta las cosas, tiene hambre de conocerlo y gozarlo todo. Lo has devuelto a la vida, así, literalmente, y no sé cómo agradecértelo.

–¿Tú? ¿Qué tienes que agradecerme tú?

–Esto, que le hayas enseñado lo que es ser feliz. Él ha sido siempre desgraciado, desde niño…

Su cara estaba sombría, y su voz se apagó. Sentí que lo mejor era que siguiera hablando.

–¿Hace mucho que lo conoces?

–Desde la preparatoria, hace catorce años. No te puedes imaginar lo guapo que era: hermoso y puro como un dios… no era justo que nunca, nunca supiera… él que nació para…

Su silencio se alargó hasta que me sentí inquieta. Por romperlo traté de seguir la conversación.

–¿Que no supiera qué?

–Lo que es el amor, el amor de veras, sin condiciones, sin derechos. El amor simple y llano.

–¿Tú crees que lo que hay entre él y yo es eso?

–Él lo cree, y basta.

Lo dijo con rudeza, e inmediatamente se levantó y encendió la luz, que lo deslumbró, porque tuvo los ojos apretados un tiempo muy largo; luego los fue abriendo lentamente, pero algo le dolía, le molestaba, porque cuando me sonrió lo hizo con dificultad; pero eso pasó en un momento y se rio con toda la boca mientras me acariciaba la mejilla.

–Por otra parte, ¿qué más pude pedir ningún hombre si te tiene a ti?

Se puso serio, me tomó de las manos y me levantó del sofá mientras me miraba muy fijo, con una intensidad y una luz de fiebre que me asustó; luego bajó los párpados y me besó en los labios, primero casi con reverencia, como a un objeto sagrado, y después con furia, buscando en el fondo de ese beso la respuesta a su salvaje, contenido deseo. No me moví, pero él continuó besándome sin reparar en ello. Sus labios recorrieron mi cuello igual que los del otro, y recordé con un estremecimiento su sonrisa que parecía dichosa aquella primera noche. En ese instante me soltó, y se quedó con los brazos colgantes, la cabeza baja, los ojos cerrados, mientras yo retrocedía asustada, sin decir una palabra. Nos quedamos así un tiempo muy largo. Me conmovió verlo tan dolorido, tan vencido, allí, frente a mí, sin atreverse a mirarme. Después de un rato me volvió la espalda, con voz débil me dijo:

–Si Benjamín llega a saberlo dejaremos de ser amigos, y no volveré a verlo… ni a ti…

Yo no quería eso, Luis Alonso era mi aliado, mi apoyo. Me dio miedo. Sentí que si él se iba yo me quedaría desamparada. Pero no supe qué decirle. Entonces él vino hacia mí, me tomó las manos y me las besó con ardor, pero sin ningún deseo ya.

–Perdóname, perdóname –murmuraba.

No sé por qué, pero me sentí enaltecida. Lo dejé que implorara un poco más, y le prometí olvidar lo que había pasado.

No llegué a olvidarlo, pero los dos fingimos a la perfección, desde aquel momento, que aquello nunca ocurrió.

Así, sus breves besos y caricias en presencia de Benjamín, fueron un nuevo placer para mí, no porque en realidad me gustaran, sino porque me hacían sentir más valiosa, precisamente para Benjamín, aunque él no lo supiera.

No me equivoqué en cuanto a la lealtad de Luis Alonso. La demostró aquella noche, otra vez en una reunión en casa de Loti, cuando inopinadamente llegó Benjamín acompañado de Lidia. El sufrimiento que me produjo verlo con ella, en aquella casa donde delante de todos era yo su amante, el hecho de que la hubiera complacido llevándola, sin pensar que al hacerlo me hería profundamente, debió reflejarse en mi cara, porque Luis Alonso me murmuró apresuradamente “no te preocupes” y me sujetó para impedir que me moviera. Así, seguimos sentados, fingiendo que hablábamos, mientras los demás se levantaron a saludar a los recién llegados. Benjamín continuó parado junto a su mujer, conversando en un grupo, aparentemente sin habernos visto. Me temblaban las manos sobre el regazo. Luis Alonso las cubrió con la suya y gritó de un extremo a otro del salón.

–Benjamín, aquí hay lugar.

Y Benjamín fue a sentarse con nosotros.

No sé de qué hablaron entre ellos, únicamente recuerdo que aunque me llenaba de orgullo que Benjamín estuviera conmigo a despecho de Lidia, y que Luis Alonso no hubiera hecho el menor gesto para saludarla, me sentía incómoda en esa isla de tres a la que los demás invitados nos redujeron. Tenía ganas de llorar. Apenas me atreví a acariciar rápidamente la mano de Benjamín y a mirarlo a los ojos. Pero cuando Lidia se levantó para despedirse, Luis Alonso vino de nuevo en mi ayuda y logró que yo triunfara sobre todos.

–Le debes una explicación a Mara, Benjamín, no te puedes ir así.

Y Lidia se fue con un grupo de amigos, sin volverse a mirarnos.

Después, ya en mi departamento, Luis Alonso aplaudió la conducta de su amigo. Benjamín estaba resplandeciente, se daba cuenta de que había obrado como quería y eso lo liberaba, lo hacía sentirse dueño de su destino, de sí… y de mí. Como la primera, esa noche Luis Alonso salió sin dejar de mirarnos, con una sonrisa tierna en los labios.

Después… no sé qué pasó, aunque ellos me lo explicaron con detalle: Lidia no había hecho escenas, pero decía frases intencionadas, estaba triste, lloraba a solas y hacía mil cosas que a Benjamín le hacían la vida insoportable. Él no la quería, ni le importaba ella un bledo, y sin embargo el ambiente de su casa pesaba sobre él continuamente aun cuando estaba conmigo. Nunca entendí por qué no dejaba a esa mujer, y cuando al fin llegué a decírselo, me respondió con impaciencia que no era tan simple como yo creía, y se marchó enojado conmigo, como si yo lo hubiera insultado.

–No te preocupes –me decía Luis Alonso–; por supuesto que le afectan los problemas, pero así como se decidió por ti en casa de Loti se decidirá por ti definitivamente. Tú eres lo que él quiere, necesita… están del otro lado los años que ha vivido con ella… pero él es tuyo; de eso puedes estar segura, nadie te lo puede quitar… Sin embargo, debes de tener cuidado cuando venga, no le hagas escenas, sé más cariñosa que nunca, ponte guapa, sedúcelo… que sienta que tú eres su refugio, su paz, su verdad…

Estoy segura de que era eso lo que yo tenía que hacer, pero sufría tanto por el mal humor y las frecuentes ausencias de Benjamín, que a veces no podía dejar de mostrarle mi dolor, mi preocupación, aunque de la manera más dulce a mi alcance.

–¿Me quieres? –le preguntaba.

–Si ya lo sabes para qué lo preguntas –me respondía, como si yo también no buscara otra cosa que molestarlo.

En esos días Luis Alonso fue mi refugio. Lloraba con él y le daba mis quejas, le hablaba de mi creciente desesperación.

–No, no. Tienes que dominarte y obrar con inteligencia. Si ella lo abruma tú debes hacer lo contrario. No le preguntes nada, no quieras que te hable de su amor por ti, háblale tú de tu amor por él, dile que no te importa que te vea menos, incluso que te quiera menos, porque él debe de saber que tu amor es de los que dan todo, para siempre, sin pedir nada, y que eres feliz con la sola esperanza de verlo, de darle unas horas de tranquilidad y de dicha de vez en cuando, cuando él quiera.

Yo le decía a Benjamín las cosas que Luis Alonso me aconsejaba, pero no sé por qué, no surtían efecto, y cada día me costaba más recibir a Benjamín con alegría y sin hacerle reproches, y él faltaba a las citas con mayor frecuencia. Era un consuelo que Luis Alonso me acompañara.

Ahora íbamos los dos con más frecuencia al cine, a bailar, no me dejaba sola un momento, pero yo sentía que la alegría de antes se había ido. Casi no me hablaba de otra cosa que del amor que su amigo sentía por mí y del que yo sentía por él, tanto y tan apasionadamente que acabé por creer que me hablaba de otra cosa, de otro amor.

También notaba, a pesar de la delicadeza con que me seguía tratando, un despego que no sé decir en qué consistía. Tal vez en que ya no me daba besitos ni me miraba arrobado porque nos faltaba la presencia de Benjamín.

Fueron semanas largas, duras, en las que él y yo luchamos unidos para que no se fuera, pero se nos fue; él mismo me lo dijo con esas palabras.

–Se nos fue.

Luego se indignó.

–No es justo. Llevará la misma vida miserable de siempre… ¡no debe ser, no debe ser!

Daba puñetazos sobre la mesa.

–Él te quiere; de eso estoy seguro. Esto es una traición. Se traiciona, nos traiciona.

No se fijó en el dolor que sus palabras me producían; estoy segura de que ni siquiera miró mis lágrimas. Estuvo vehemente, fumó un cigarrillo tras otro, dio vueltas por el departamento como si estuviera acorralado, y luego se despidió con un beso distraído. Me quedé sola, muy sola.

Creí que volvería pasadas unas horas, o tal vez al día siguiente, que pensaría en el vacío en que me había quedado, en mi llanto que había oído sin escuchar, y lo esperé, pero pasó la noche, pasó el día, y ni siquiera el teléfono sonó.

Lo que ya no entiendo en absoluto es lo que sucedió tres días después.

Al fin oí sus pasos en el corredor, abrí la puerta y entró. Parecía enfermo. Sin mirarme ni saludar, antes aun de sentarse, dijo con voz sorda, casi para sí mismo:

–Lidia no me quiere ver, no quiere que vaya a su casa.

Me pareció extraño que me buscara para decirme eso. Pero todavía continuó:

–Está crecida porque Benjamín no quiso divorciarse.

¿No podía pensar en el daño que me hacía con sus palabras? ¿Era desprecio ignorar así mi sufrimiento? Iba a decírselo, pero él continuaba su monólogo sin advertir mi presencia.

–La he buscado, la he llamado; le he explicado todo, y ella terca, empecinada en que las cosas no pueden volver a ser como antes…

Así pues, mientras yo lo esperaba como único consuelo durante aquellos tres horribles días, él se desesperaba implorando el perdón de Lidia. Lo interrumpí con voz dulce, pero marcando bien las palabras.

–Es natural. Después de lo que te vio hacer en casa de Loti, cualquiera haría lo mismo. Ahí quedó muy claro que estabas de mi parte.

Se encendió, la cólera hizo que saliera de su decaimiento. Me gritó muy cerca de la cara.

–Es que tú no comprendes, no estás en tu papel, eres una tonta. Vine a contártelo porque creí que habías comprendido; y me sales con esto. Trata de entenderlo de una vez por todas: éramos amigos los tres, desde la facultad, siempre salíamos juntos, nos gustaban las mismas cosas, ella me contaba sus problemas… y ahora no puede hacerme esto… No puede cerrarme la puerta en las narices y hacer que Benjamín vaya y venga solo con ella, preso, solo con ella…

Se echó a llorar con sollozos fuertes, desgarrados, de bruces sobre la mesa. Yo lo dejé que se desahogara. Estaba espantada; sin saber qué hacer, y al fin, cuando recobró el dominio de sí, empecé a hablarle amigablemente, pero no me escuchó, me hizo a un lado con el brazo y sin mirarme salió del departamento y no volvió más.

 

La sirena

Marcial Fernández

 

La vi y me quedé boquiabierto: sin duda era una sirena. Cabellos rojos, rostro de infanta, pechos frondosos y cola de pez. En ese momento sentí que mi sola presencia la aterró, pues se revolvía espantosamente como si quisiera escapar de algo: su torso desnudo y su monstruosa cola emergían y desaparecían a ras de la marea. Su canto, asimismo, se asemejaba más a un lamento que a una entonación melodiosa. La imagen duró apenas unos instantes. Más tarde me enteré que en esa misma playa una mujer fue devorada por un tiburón.

 

El dinosaurio

Augusto Monterroso

 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.