jueves, 29 de mayo de 2025

Olor a cebolla

Camilo José Cela

 

Estaba enfermo y sin un real, pero se suicidó porque olía a cebolla.

–Huele a cebolla que apesta, huele un horror a cebolla.

–Cállate, hombre, yo no huelo nada, ¿quieres que abra ventana?

–No, me es igual. El olor no se iría, son las paredes las que huelen a cebolla, las manos me huelen a cebolla.

La mujer era la imagen de la paciencia.

–¿Quieres lavarte las manos?

–No, no quiero, el corazón también me huele a cebolla.

–Tranquilízate.

–No puedo, huele a cebolla.

–Anda, procura dormir un poco.

–No podría, todo me huele a cebolla.

–Oye, ¿quieres un vaso de leche?

–No quiero un vaso de leche. Quisiera morirme, nada más que morirme muy de prisa, cada vez huele más a cebolla.

–No digas tonterías.

–¡Digo lo que me da la gana! ¡Huele a cebolla!

El hombre se echó a llorar.

–¡Huele a cebolla!

–Bueno, hombre, bueno, huele a cebolla.

–¡Claro que huele a cebolla! ¡Una peste!

La mujer abrió la ventana. El hombre, con los ojos llenos de lágrimas, empezó a gritar.

–¡Cierra la ventana! ¡No quiero que se vaya el olor a cebolla!

–Como quieras.

La mujer cerró la ventana.

–Oye, quiero agua en una taza; en un vaso, no.

La mujer fue a la cocina, a prepararle una taza de agua a su marido.

La mujer estaba lavando la taza cuando se oyó un berrido infernal, como si a un hombre se le hubieran roto los dos pulmones de repente.

El golpe del cuerpo contra las losetas del patio, la mujer no lo oyó. En vez sintió un dolor en las sienes, un dolor frío y agudo como el de un pinchazo con una aguja muy larga.

–¡Ay!

El grito de la mujer salió por la ventana abierta; nadie le contestó, la cama estaba vacía.

Algunos vecinos se asomaron a las ventanas del patio.

–¿Qué pasa?

La mujer no podía hablar. De haber podido hacerlo, hubiera dicho:

–Nada, que olía un poco a cebolla.

 

martes, 27 de mayo de 2025

Libertad

Juan José Arreola

 

Hoy proclamé la independencia de mis actos. A la ceremonia sólo concurrieron algunos deseos insatisfechos, dos o tres actitudes desmedradas. Un propósito grandioso que había ofrecido venir envió a última hora su excusa humilde. Todo transcurrió en un silencio pavoroso.

Creo que el error consistió en la ruidosa proclama: trompetas y campanas, cohetes y tambores. Y para terminar, unos ingeniosos juegos de moral pirotécnica que se quedaron a medio arder.

Al final me hallé a solas conmigo mismo. Despojado de todos los atributos de caudillo, la medianoche me encontró cumpliendo un oficio de mera escribanía. Con los últimos restos del heroísmo emprendí la penosa tarea de redactar los artículos de una dilatada constitución que presentaré mañana a la asamblea general. El trabajo me ha divertido un poco, alejando de mi espíritu la triste impresión del fracaso.

Leves e insidiosos pensamientos de rebeldía vuelan como mariposas nocturnas en torno de la lámpara, mientras sobre los escombros de mi prosa jurídica pasa de vez en cuando un tenue soplo de marsellesa.

 

La escuela de Elea

Marcial Fernández

 

“Es un hecho: para atrás y para adelante no hay nada”, puntualizó. “El pasado y el futuro, en cuanto entidades de realidad, no son sino una mera ficción. ¿Qué nos queda? ¿El presente? Tampoco, ya que a cada momento se convierte en pasado y a cada momento se convierte en futuro. ¡Oh, terrible inmovilidad! Pues si me muevo –y el profesor se movió–, vean qué sucede”.

En el salón sólo hubo murmullos e incertidumbre, pero se comprobó la tesis del catedrático: no sucedió nada.

 

lunes, 26 de mayo de 2025

¿Cuánta será la oscuridad?

José Revueltas

 

Ahora no tenía anteojos y su mirada se había empequeñecido tanto que le era preferible mantener los párpados cerrados sin que pudiese remediar una dura y áspera desolación interior sacudiendo su alma. Así era más pobre y más débil y más humilde de todo lo que antes fue, y aunque esto contribuyera a fortalecerlo dábale miedo dentro del corazón, porque en fin de cuentas no era otra cosa que una humana criatura, con el cuerpo vencido y con los ojos sin siquiera mirar bien, ni siquiera mirar bien las cosas del espíritu porque estaban llenos del asombro de la vida y de la muerte y por ello secos en definitiva. “Pues si la lumbre que está en ti es oscuridad, la oscuridad ¿cuánta será?”, recordó las palabras del Evangelio según San Mateo. “Cuán poca es entonces –se dijo–, cuán poca y cuán incierta la pobre luz de los hombres.”

Como ser humano, como ser dueño de una dignidad natural, jamás se había sentido tan lleno de impotencia. Si abría los ojos, en su torno sólo encontraba manchas casi deshumanizadas que, sin embargo, eran, como él, seres de carne y hueso y con vida. Pero ese abrir de ojos renovaba dentro de su corazón el sentimiento de soledad, de terrible desamparo, dependencia y pequeñez. No tenía fuerzas, tampoco, para rezar, ni fuerzas, ni ideas, ni espíritu, así como, de igual manera, sentíase del todo débil e inútil para decir algo que consolase a la pobre gente que lo rodeaba. Quizá, de tener sus anteojos, se sentiría otra vez fuerte, piadoso y activo, como cuando se inició en el conocimiento de los evangelios, pero ahora sólo comprendía su propio dolor y su propio miedo.

Recordaba a los perseguidores, cómo tenían el rostro completamente pálido y cómo la voz ya no era suya. Tal vez sufrieran igualmente que los perseguidos, pero sin duda con un sufrimiento cargado de rencor y de tristeza. Sin embargo, al mismo tiempo pensaba, lleno de alarma, que a los perseguidores, a los instrumentos de venganza, no los perseguiría, como a Caín, el ojo de la Divina Providencia; que eran tan fuertes y lóbregos que el remordimiento jamás podría habitar dentro de sus corazones. ¿Y si volvieran? ¿Si algún grupo de ellos lo encontrase aquí, en medio de su aterrorizado rebaño? ¿Cómo podría huir él, casi ciego, con sus inútiles ojos miopes? Experimentó una amargura indecible, y por instinto, sin darse cuenta, llevó la mano a la altura del pecho por sobre la miserable camisa de manta, para buscar los espejuelos, que ya no estaban ahí, pero que debieran pender de un cordoncito, el mismo que le destrozó la piel del cuello, en un surco de sangre, al serle arrancado por los perseguidores.

La informe y dura mancha de una mujer se le aproximó:

–Hermano pastor –le dijo–, calme usted a la niña. Haga usted que no llore, por favor.

La voz de la mujer era temblorosa y queda.

El pastor abrió los ojos hinchados. Daban lástima, hoy mucho más pequeños, como semillitas.

–Sólo usted puede calmarla –oyó que agregaba la mujer.

No quiso replicar una palabra. Miró al rostro opaco de la mujer y hubiera querido besarle la frente y darle las gracias por su fe. Justamente besarle la frente en el sitio mismo de la terrible herida. La mujer mostraba un machetazo de refilón que le había despellejado la mitad de la frente, y ahora, al hablar, espantaba las moscas con la mano y este movimiento era como un ave rítmica, humana y extraña.

Sí, el pastor había oído a la niña desde hacía varias horas, las horas que llevaban refugiados ahí. Aunque tal vez aquellos gemidos se remontasen a un tiempo más lejano, a un tiempo absolutamente lejano. El pastor había visto cómo era una niña pequeñita y cubierta de sangre, pero seguramente no lloraba por sus heridas sino por algo más espantoso. Al comprender esto sintió toda la infinita inutilidad de su propia vida y de la vida en general. ¿Por qué deberían ser así las cosas? ¿Por qué no habría nada detrás del hombre, sino pavor? Aquella niña lloraba, pero su llanto era un llanto adulto y envejecido, extenso, un llanto más allá de la edad.

–¡Déjame y vete! –dijo entonces, imperiosamente, a la mujer.

Los ahí reunidos habían llegado a un punto mortal y solitario que les revelaba lo nunca visto y lo definitivo. El pastor ya no era un hombre de Dios, sino un ser desnudo y sin potestad, y todos estaban desnudos frente a sus propias vidas. Lo ocurrido hasta entonces era más tremendo y más fuerte que la fe y desde ahora comenzarían a contemplar algo extraordinariamente frío, no imaginado nunca.

La mujer quiso insistir ante el sacerdote, pero de pronto le pareció aquello sin el menor sentido. La pequeña Néstora debía sobrellevar, aún tan pequeña, aún tan sin pecado, todo su sufrimiento, todo su terror, y eso en soledad, sin ayuda de nadie, porque era una niñita a quien le había tocado saber, en un solo golpe, del dolor entero del mundo, como si fuese un testimonio vivo de la impiedad que habita en cada uno de los rincones.

Regresó a su sitio la mujer junto a la niña y junto a Demetrio, que estaba ahí sentado.

–Ya está llorando más quedito –dijo Demetrio en relación con la niña y a modo de consuelo.

La mujer se sentó junto a su hombre, terriblemente absorta y con los oídos dispuestos tan sólo para oír el llanto de la pequeña. No le importaba ya nada en el mundo sino ese llanto, y ese llanto no cesaría jamás, ni siquiera con la muerte.

–¿No quiso venir? –preguntó Demetrio señalando con la cabeza hacia el pastor.

–Creo que no me reconoció –repuso ella con voz sorda–. Creo que se está quedando ciego.

La pequeña Néstora reposaba entre dos matas de maguey sobre cuyas hojas un delantal servía de mosquitero. Todos los ahí reunidos, Genoveva, Abigaíl, Timoteo, y desde luego los padres, Demetrio y Rosenda, tenían concentrada su atención, como hechizados, en el sollozar de la niña. Nadie decía una palabra, pues era como un sortilegio oscuro, como una revelación de algo pesado y descomunal que aún no se comprendía del todo pero que era el descubrimiento de un hecho existente en la vida y que ellos hasta ahora no habían sospechado. Un martirio sin medida los ataba a ese llanto; la conciencia de una crueldad inaudita obligábalos a no escuchar ya otra cosa que aquel sollozo sobrehumano.

Se refugiaban al amparo de una colina, sobre la extensión tristísima del desierto sembrado de magueyes. Era como si el país, sobre su tierra, no tuviese otra cosa que magueyes, hasta el horizonte, y con algo de extrañamente humano, sentados, encogidos, herméticos, como animales humanos y a la vez vegetales. Pero también era como la resurrección, porque el cielo, entre los agaves, las volvía, de tan radiante, flores, flores verdes, coronas, laurel espantoso y puro.

Se refugiaban ahí porque ahí estaba la soledad y quizá a ese sitio no llegasen los perseguidores, no llegara el odio, aunque estaba presente, para toda la eternidad, el llanto de la niña que era peor que el odio y la persecución. Todos callaban. Ahora no podían volver a mirar, frente a frente, el rostro de ningún ser humano, de ningún semejante; ahora ya no comprenderían ese rostro ni si en alguna ocasión hubo un lazo vital, solidario y de especie, entre ese rostro y los propios rostros de ellos. Aunque las cosas volvieran nuevamente a ser normales ya no serían las mismas, pues se había establecido un vacío sin medida que ocupaba todo en derredor, como un mar.

Abigaíl tosió y todos sintieron el dolor que aquella tos causaba sobre el cuerpo de la mujer. Se había vuelto muy fea –cuando antes era lozana, tranquila–, muy sucia, como una bestia, y a simple vista se advertía cómo no se la podía tocar siquiera, a tal grado, por dentro, era un sistema de dolor y de desorden bajo el vientre. Esparrancada, como una parturienta, se tendía completamente inmóvil, completamente inhumana.

–¡Pobrecita! –exclamó Timoteo, su marido, poniéndole la mano sobre la frente como a una madre enferma, al mismo tiempo que le dirigía una mirada sin luz y sin inteligencia. “¡Pobrecita!” Sin embargo, todos sus deseos eran que muriese. Al verla ahí la odiaba con un rencor sin prórroga, seco y lleno de asco, como se odia una cosa que lastima y a la cual, de ninguna manera, se concede el derecho de lastimar. Comprendía que ella no era culpable de nada, pero algo le decía que, de cualquier modo, era culpable por quién sabe qué razones oscuras e injustas. Culpable tal vez por no haber muerto. Revolvíasele entonces desde las entrañas el reproche bárbaro. “¡Puta! ¡Puta desgraciada!”, y le entraban enormes deseos de llorar.

Abigaíl abrió los ojos, quejándose en voz muy baja, como con vergüenza. Al advertir la mirada de Timoteo comprendió que ya nada podría reconstruirse entre ellos y que su amor había terminado para siempre, pero no pudo decir la más pequeña palabra.

No se movería de ahí ninguno de los fugitivos. Nadie pensaba hacerlo. Aquélla era su patria de magueyes, de cactos, patria colérica, patria espesa, con su desesperado cielo.

“Yo no perdí nada –decíase Genoveva, una de las tres mujeres ahí presentes, las otras dos eran Abigaíl y Rosenda, sin contar la pequeña Néstora, aún no mujer e hija de Rosenda–, yo no perdí nada y sin embargo estoy sola, abatida y sin esperanza, como si hubiera perdido todo. Yo no perdí sino a un pequeño muertecito”.

Los perseguidores habían llegado a casa de Genoveva, por la noche. El jefe de ellos, furioso, enfermo de furia, tomó por los pies al delicado, majestuoso cadáver de Rito, que era como una hermosa paloma fúnebre en el velorio, como una pequeña ave solemne llegada a la muerte.

–Este niño –dijo el jefe, y al decirlo sus ojos estaban blancos y sin pupilas, larga y profundamente ciegos– no es hijo de Nuestra Santa Madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. No ha sido bautizado en Dios. Es menos que un perro.

Entonces tiró de los pies de Rito con una lóbrega violencia iluminada, como si reprodujera un sacrificio antiguo y profundo, exaltado y enternecedor. Los demás hombres sujetaron a Genoveva, mientras del otro lado de la casa, en la porqueriza, oíase el ruido de los cerdos al devorar el pequeño muertecito.

“Hubiera estado vivo –se decía hoy Genoveva–, pero ya estaba muerto. De todas maneras ya estaba muerto y al día siguiente lo íbamos a enterrar. No sé entonces por qué sufro tanto, ni por qué me siento tan sola en el mundo”.

Mayor sufrimiento el de Rosenda que vio flagelar a su hijita Néstora. Cubrieron de sangre el cuerpo de la pequeña a fuerza de machetazos y ahora la niña estaba loca y sollozaba sin medida.

–La bautizaré en la Iglesia Católica –les gritó Rosenda–, pero déjenla. ¡Déjenla, por Dios y todos los santos!

Sin embargo los perseguidores no dieron oído a sus palabras y aquello duró como si hubiese durado por toda una vida.

Hoy era imposible comprender nada. Ahí estaban todos reunidos, pero sin comprender ya nada de la existencia.

El viejo pastor protestante, vestido con su calzón de manta y calzado con sus huaraches, parecía dormir, apoyada la cabeza en un montón de tierra y los ojos fuertemente cerrados. Parecía dormir pero abrió los párpados y se convenció de que había perdido la vista por completo. Entonces muy quedamente empezaron a rodar las lágrimas por sus mejillas. Todo estaba consumado.

 

El árbol

Juan Carlos Onetti

 

Cuando aquella mañana de cielo feliz, la muchacha, violín en mano, llamó a la puerta de la casita jardín de los Risi, un hombre de paisano, un poco mulato, abrió de un tirón y la obligó a pasar.

–Póngase contra la pared y apóyese en las manos.

Mientras obedecía, la muchacha tuvo tiempo de pasar un vistazo por la cara de la sirvienta de Fide que estaba blanca, moviendo las manos sobre el vientre, emparedada por otros dos monos que se turnaban para apresurar preguntas o mezclaban las interrogaciones con la vieja técnica tan aprendida, tan puesta a prueba. Los tres hombres en mangas de camisa y sudando, fingiendo premura e importancia.

El portero cacheó a la muchacha y detuvo la congénita insolencia de las manos en los senos y las nalgas.

–Limpia –dijo–. Ahora abra el violín.

–El estuche.

–Sí, doctora. El estuche del violín.

Ella había escondido los papelitos celestes que le había prestado anoche la mujer de Fide, entre un si bemol y un pizzicato. Pero al fin aparecieron.

Era una lista de nombres de sentenciados a muerte que, tal vez, aún sigan vivos.

–¿Y esto? –preguntó el primero, con aire sobrador, buscando meter en la luz atenuada de la mañana una expresión de amenaza inteligente.

La sirvienta de los Fide repetía:

–No, ya le dije. Los trajo ayer a casa. No sé dónde está. Ya le dije. No avisó por teléfono ni lo vi. Ya le dije. No sé dónde está. Ya le dije.

–Y usted ahora se va al jardín con el mocoso –le dijo el hombre a la muchacha–. Y nada de macanas, que no empezamos todavía.

Así que ella abrió la puerta vidriera y en el pequeño jardín respiró el aroma de la tierra húmeda y el olor del verano, agrupados en el gran árbol solitario.

Bob estaba despatarrado, allá arriba, en las ramas más altas.

–Traé la pelota que está allá en el fondo –dijo Bob.

La pelota estaba a dos metros contra el muro gris de la divisoria. Era de goma, grande y parecía estar pintada con gajos de todos los colores.

La muchacha tiró la pelota al niño y el niño a ella, y así siguieron, riendo los dos. Ahora se oía a la sirvienta de los Fide, a veces gritaba, otras lloraba. Las voces gruesas de los hombres se entreveraban, se alzaban y se alejaban.

–No sé. Ya le dije. No sé nada.

El golpe de un bofetón y un insulto. El niño continuaba ignorante y riendo, ella sonreía, mirándolo, mostrándole la cara, la pelota iba y venía, rodaba brillosa y alegre sobre la tierra que interrumpían algunos puñados de pasto.

Jugaban y la muchacha estaba segura de no estar allí, de soñar los subibajas de la pelota. No había hombres dentro de la casa acosando a la sirvienta de Fide, no existía la amenaza del pronto encierro, el interrogatorio, la tortura. Miraba la pared húmeda que rodeaba el jardín, pensaba en la posibilidad de saltar, la de huir del sueño, de quebrar la pesadilla.

No había en el mundo otra cosa que el jardín escuálido, el vaivén de la pelota, la alegría del niño a cuyos padres estaban matando en otro lejano inimaginable lugar, país, continente…

Era necesario seguir jugando con el niño, sentir que la pelota le golpeaba la barriga, lanzarla de vuelta. El niño, puro y sencillo, tan cerca de la casa y el horror; el niño, lo único que subsistía de los padres en aquel momento y ella tenía que ser padre y madre mientras durara la pesadilla infinita, las voces groseras en la casa, la risa nerviosa del chico en el árbol.

Porque si prolongaba sin pausa el monótono juego, ambos quedarían apartados del tiempo, nunca rozados por la suciedad del mundo.

 

sábado, 24 de mayo de 2025

La última batalla

Rosa Chacel

 

Los creyentes estaban agolpados en la falda de la colina alrededor del Profeta.

–Combatid a los infieles hasta que ni uno solo pueda dar lugar con su existencia a la tentación. Luchad olvidando los bienes de la tierra, porque mayores serán los que alcanzaréis muriendo por la fe. Él es misericordioso.

–¿Cómo sabremos que llegaremos hasta Él después de morir?

–Bien claro estáis viendo la raya del horizonte, donde el cielo y la tierra parecen telas de distintos colores, tan fuertemente cosidas que no se ven las puntadas. No obstante, ha bastado que un esclavo llegase de lejos, arrebatado por el terror, a deciros que los infieles vienen armados contra vosotros. ¡Esto ha bastado para que creáis! ¡Y no os basta que el Profeta os diga que el que está más allá de la raya de vuestro principio os espera más allá de la raya de vuestro fin!

–Danos una señal y creeremos.

Entonces el Profeta tomó cuatro aves. Eran un águila, un pavo, un cuervo y un gallo. Las cortó en pedazos, conservó consigo las cabezas y mandó que repartiesen los trozos por las colinas.

Las vísceras descuajadas, los miembros rotos, mal recubiertos por la miseria ensangrentada de las plumas, fueron arrojados lejos, en las cumbres. El Profeta los llamó por sus nombres, y tan pronto como sus nombres fueron pronunciados, se los vio venir con vuelo sereno y cierto a recobrar sus cabezas de la mano del Profeta.

La batalla fue breve. Cada creyente degolló cien infieles, sin que al volver a colgarse el sable a la cintura le quedase en el brazo el recuerdo de cien golpes.

El viento del desierto se llevó los siglos de sobre la tierra, innumerables e irreconocibles como la arena de las dunas.

Alrededor del Profeta volvieron a agolparse los creyentes en la falda de la colina.

–¿No lucharéis por la fe? ¿No seréis capaces de afrontar la muerte por alcanzar la infinita ventura que se os ha prometido?

–¿Cómo sabremos que esa ventura nos aguarda?

–¿Preguntasteis al salir del seno de vuestras madres qué bienes iba a ofreceros la vida? No, y sin embargo los obtuvisteis. Si en ese instante alguien os hubiera dicho los males que os aguardaban, no hubierais podido retroceder. Así será en el día de los días. Él premia y castiga.

–Danos una señal y creeremos.

Entonces el Profeta tomó cuatro aves: un águila, un pavo, un cuervo y un gallo. Las cortó en pedazos, guardó consigo las cabezas y mandó que los restos confundidos fuesen arrojados por los valles.

Así que la orden estuvo cumplida, llamó a las aves por sus nombres, y cuando los cuatro nombres fueron pronunciados se vio venir volando tres aves: el gallo, el cuervo y el pavo; el águila no volvió.

El Profeta les devolvió sus cabezas y quedó con la del águila en la mano.

Los que estaban próximos se inclinaron para ver morir la cabeza del águila, y el Profeta, que siempre había inclinado la palma de la esperanza sobre la cabecera de los moribundos, se inclinó sobre su propia mano, considerando lo que sostenía en ella. ¡Por primera vez la muerte!

Su irrevocable realidad, su amargura, fue transformando los rasgos de aquella cabeza invicta. Los párpados blanquearon envejecidos, secos, y el pico inerte como máquina desarticulada, como hueso sin vida, se aguzó descarnado en las comisuras acerbamente.

Las otras aves, desde una rama, esplendían su milagrosa integridad, y el Profeta, señalándolas, recobró el aliento para exhortar a los creyentes a la lucha.

La lucha no fue muy larga; cada creyente segó la vida de cincuenta infieles, y sus fuerzas fueron apenas mermadas.

El sol desde su altura vio pasar los siglos como reiteradas, estultas ovejas, hasta que nuevamente volvieron a agolparse los creyentes alrededor del Profeta en la colina. Y nuevamente volvieron a dudar. Y nuevamente fueron corroborados.

Esta vez el Profeta tomó solo a tres aves y no volvieron más que dos: el pavo no volvió.

La cabeza del pavo murió en la mano del Profeta como una flor o como una joya que pudiera marchitarse: las esmeraldas de su copete se apagaron.

Pero el Profeta mostró a las dos aves que en la rama mantenían su inocencia intacta, y arengó a los creyentes.

Antes que sus últimas palabras hubieran hecho alzarse los brazos armados, se alzó en el horizonte el polvo que levantaban avanzando los caballos de los infieles.

Y la lucha fue larga, porque los infieles eran numerosos y los creyentes solo lograron cada uno atravesar el corazón de veinticinco infieles, volviendo quebrantados, pero victoriosos, a reposar en la fe.

Los siglos llegaron y partieron como las ondas. Los creyentes volvieron a agolparse alrededor del Profeta. La duda volvió a alzar su anhelante murmullo y el testimonio volvió a ser otorgado. El Profeta sacrificó dos aves, desparramó sus cuerpos y pronunció sus nombres. Pronunció dos nombres, pero volvió un ave sola. La cabeza del cuervo murió, transformando su desolado color, que había sido brillante como la noche, en parda derrota mancillada. El azabache de los ojos se retrajo como la piel de las uvas secas. El pico bruñido se hizo opaco y entre los pelos que le asomaban de las narices le quedó el hediondo rastro de su aliento.

El Profeta señaló al gallo que, posado en la rama, mantenía la radiante fidelidad de su pecho inmaculado, y quiso hablar, pero el galope de los caballos apagó su voz.

La lucha fue larga y horrorosa.

Los creyentes solo podían exterminar cinco infieles cada uno, y la ira prolongada rugió durante días y noches como una catarata de sangre.

Los creyentes vencedores pudieron llegar restañando sus heridas hasta las gradas del Templo del Dios único.

El tiempo pasó arrastrando su manto. Los creyentes volvieron a agolparse en la colina junto al Profeta.

La duda volvió a pedir, y el Santo quiso otorgar: nadie vio que temblase su mano al dividir el ave.

Los trozos del gallo fueron repartidos por los montes, y el Profeta pronunció su nombre con la voz de la oración. Lo llamó una y cien veces, y el gallo no vino.

La corola de su cabeza se mustió en la mano del Profeta, los ojos dorados, amantes del desvelo, se enturbiaron bajo una fría membrana y el pico entreabierto dejó ver la lengua inerte y la garganta hueca por donde ya no pasaría más que el silencio.

¿Qué exhortación, qué arenga podía pronunciar ahora? La voz no acudía a los labios del Profeta, pero las lágrimas pugnaban por acudir a sus ojos y las sentía brotar de diversas fuentes, no sabiendo a cuál de ellas dejar paso. Así pues, no alcanzaron a brotar, porque antes de que brotasen llegó silbando una lanza y le atravesó el pecho.

Entonces empezó la lucha. La lucha sin igual, por ser la lucha entre iguales: cada uno de ellos no podía exterminar más que a uno de los otros.

Ahora luchaban los que ya no creían con los que nunca habían creído. Réprobos contra réprobos, luchando eternamente, traspasándose, mezclándose como corrientes encontradas de dos sustancias que no pudieran fundirse.

De Oriente a Occidente y de Occidente a Oriente, las dos olas de rencor se penetraban y envolvían el mundo.

Los que siempre habían sido infieles luchaban por el placer de hundir sus espadas en los pechos cuya llama no habían conocido. Los que ya no eran creyentes, por la ira de sentirse descubiertos en una desnuda ansiedad, en un indigente vacío, dentro del cual ya, solo por el dolor, podían recordar la vida.

Réprobos contra réprobos se encontraban en el otro lado del globo y seguían luchando. A su paso engendrando réprobos, sin soltar la espada sangrienta, envolviendo al planeta en el vaho letal de la condenación, en el anillo gaseiforme del mal íntegro, del mal sensible que prolifera en su pertinaz conjunción con los sentidos. Porque la voz del mal penetra en los oídos y engendra el mal, la imagen del mal penetra en los ojos y engendra el mal, el contacto del mal posee a las manos y engendra el mal, y hasta el olor y el sabor de sus emanaciones como las de la carroña en el páramo engendran el mal.

Las almas, entretanto, vagando desnudas por el campo de batalla, no las de los muertos, las de los vivos.

Inermes, estériles, pronunciando sólo la blasfemia sin fórmula, sin freno, sin límites de su silencio.

Y lentamente, uno por uno, equitativamente, aniquilándose en milenios de giros, en superpuestas capas anulares de tiempo y de perdición. Hasta que, al fin, un día –en medio de la irrevocable noche–, dos solos, únicos, frente a frente, hundan sus aceros con simultánea y certera calma en sus corazones, sabiendo, al fin, concluyente su dolor, que durará sin agonía hasta que llegue para todos los que fueron el día inevitable. Y entonces, ¡ah, si supieran!

 

Clase de biología

Alberto Sánchez Argüello

 

Ella me encontró cerca del estanque donde llevaba años aguardando.

Apenas pude contener la emoción que sentí cuando me tomó entre sus manos y salió corriendo conmigo hacia su casa. Me puso en una caja de cartón debajo de un mueble de la cocina, pero no me inquieté, imaginé que necesitaba tiempo para conocerme.

Hoy por la mañana me trajo a un gran edificio con muchos niños. Tardé un tiempo en entender que era su escuela. Finalmente terminamos en una especie de laboratorio. Me sacó de la caja y acarició mi lomo, yo estaba seguro de que había llegado el momento, pero en vez de acercarse me puso de panza.

Ahora le grito que me bese, que soy un príncipe, pero la niña sólo me entiende croar, mientras me abre los intestinos.