viernes, 30 de agosto de 2024

El caso de la vara

J. M. Machado de Assis

 

Damián huyó del seminario a las once de la mañana de un viernes de agosto. No sé bien el año; fue antes de 1850. Pasados algunos minutos se detuvo avergonzado; no había tomado en cuenta el efecto que producía a los ojos de la gente ese seminarista que iba espantado, temeroso, fugitivo. Desconocía las calles, iba de aquí para allá; finalmente se detuvo. ¿A dónde iría? A casa, no; allá estaba su padre que lo devolvería al seminario, después de un buen castigo. No había resuelto el tema del refugio, porque la salida estaba determinada para más tarde; una circunstancia fortuita la apuró. ¿A dónde iría? Se acordó del padrino, Juan Carneiro, pero el padrino era un flojo sin voluntad, que por sí solo no haría nada útil. Fue él quien lo llevó al seminario y lo presentó al rector:

–Le traigo al gran hombre que ha de ser –le dijo al rector.

–Venga –intervino éste–, venga el gran hombre, contando con que también sea humilde y bueno. La verdadera grandeza es llana. Mozo…

Tal fue la entrada. Poco tiempo después huyó el muchacho del seminario. Aquí lo vemos ahora en la calle, espantado, incierto, sin atinar con el refugio y ni el consejo; recorrió con la memoria las casas de parientes y amigos, sin quedarse con ninguna. De repente, exclamó:

–¡Voy a buscar protección en casa de la señora Rita! Ella manda a llamar a mi padrino, le dice que quiere que yo salga del seminario… Tal vez así…

La señora Rita era una viuda, querida de Juan Carneiro; Damián tenía una vaga idea de esa situación, y trató de aprovecharla. ¿Dónde vivía? Estaba tan aturdido, que sólo luego de algunos minutos le vino a la memoria la ubicación de la casa; estaba en el Largo do Capim.

–¡Santo nombre de Jesús! ¿Qué es esto?, –gritó la señora Rita, sentándose en el canapé, donde estaba reclinada.

Damián acababa de entrar asustadísimo; apenas llegaba a la casa vio pasar a un padre, y dio un empujón a la puerta, que por fortuna no estaba cerrada con llave ni con cerrojo. Después de entrar espió por la celosía, para ver al sacerdote. Éste no reparó en él y seguía andando.

–¿Pero qué es esto, señor Damián? –gritó nuevamente la señora de la casa, que sólo ahora lo había reconocido–. ¿Qué viene a hacer aquí?

Damián, trémulo, pudiendo apenas hablar, le dijo que no tuviera miedo, que no era nada; le iba a explicar todo.

–Descanse y explíquese.

–Ya le cuento; no cometí ningún crimen, se lo juro; pero espere.

La señora Rita lo miraba espantada, y todas las criadas, de la casa y de afuera, que estaban sentadas en la sala, delante de sus almohadones de encaje, todas hicieron detener sus bolillos y sus manos. La señora Rita vivía principalmente de enseñar a hacer encajes, cribado y bordado. Mientras el muchacho tomaba aliento, ordenó a las pequeñas que trabajaran, y esperó. Finalmente, Damián contó todo, el disgusto que le daba el seminario; tenía la certeza de que nunca podría ser un buen padre; habló con pasión, le pidió que lo salvara.

–¿Así, no más? No puedo en absoluto.

–Si quiere, puede.

–No –replicó ella sacudiendo la cabeza–; no me meto en los asuntos de su familia, que apenas conozco; ¡y menos con su padre, que dicen que tiene mal carácter!

Damián se vio perdido. Se arrodilló a sus pies, le besó las manos, desesperado.

–Usted puede hacer mucho, señora Rita; se lo pido por amor de Dios, por lo que usted tenga por más sagrado, por el alma de su marido, sálveme de la muerte, porque yo me mato si vuelvo a aquella casa.

La señora Rita, lisonjeada con las súplicas del muchacho, intentó despertarle otros sentimientos. La vida de padre era santa y hermosa, le dijo ella; el tiempo le mostraría que era mejor vencer las repugnancias y un día… “¡No, nada, nunca!” replicaba Damián, moviendo la cabeza y besándole las manos; y repetía que era su muerte.

La señora Rita dudó aún un buen rato; finalmente, le preguntó por qué no iba a ver a su padrino.

–¿Mi padrino? Ése es todavía peor que papá; no me presta atención, dudo que le preste atención a alguien…

–¿No presta atención? –lo interrumpió la señora Rita herida en su amor propio–. Ahora yo le demuestro si presta atención o no…

Llamó a un negrito y le ordenó que fuera hasta la casa del señor Juan Carneiro a llamarlo, al instante; y si no estuviera en casa, que preguntara dónde podía encontrársele, y corriera a decirle que tenía mucha necesidad de hablarle inmediatamente.

–Ve, negrito.

Damián suspiró profunda y tristemente. Ella, para disimular la autoridad con que había dado esas órdenes, le explicó al joven que el señor Juan Carneiro había sido amigo del marido y que le había conseguido algunas criadas para enseñar. Después, como él continuara triste, recostado en un portal, lo jaló de la nariz, riendo:

–Vamos, padrecito, descanse que todo se va a arreglar…

La señora Rita tenía cuarenta años en la partida de nacimiento, y veintisiete en los ojos. Era bien parecida, vivaz, divertida, amiga de la risa; pero, cuando era necesario, brava como el diablo. Quiso alegrar al muchacho, y, a pesar de la situación, no le costó mucho. Un momento después, ambos reían, ella contaba anécdotas, y le pedía otras, que él contaba con singular gracia. Una de éstas, extravagante, que lo obligó a gestos y muecas, hizo reír a una de las criadas de la señora Rita, que había olvidado el trabajo, para mirar y escuchar al joven. La señora Rita tomó una vara que estaba al pie del canapé y la amenazó:

–¡Lucrecia, mira la vara!

La pequeña bajó la cabeza, defendiéndose del golpe, pero el golpe no llegó. Era una advertencia; si a la nochecita la tarea no estaba lista, Lucrecia recibiría el castigo de costumbre. Damián miró a la pequeña; era una negrita, flacucha, un estropajo sin valor, con una cicatriz en la frente y una quemadura en la mano izquierda. Tenía once años. Damián reparó en que tosía, pero para adentro, sordamente, para no interrumpir la conversación. Tuvo pena de la negrita, y resolvió apadrinarla, si no terminaba la tarea. La señora Rita no le negaría el perdón… Además, ella se había reído por encontrarlo gracioso; la culpa era suya, si es que hay culpa en decir un chiste.

En eso, llegó Juan Carneiro. Empalideció cuando vio allí al ahijado, y miró a la señora Rita, que no gastó tiempo en preámbulos. Le dijo que era preciso sacar al joven del seminario, que él no tenía vocación para la vida eclesiástica, y antes un padre menos que un padre malo. Afuera también se podía amar y servir a Nuestro Señor. Juan Carneiro, aturdido, no encontró qué responder durante los primeros minutos; finalmente, abrió la boca y reprendió al ahijado por haber venido a incomodar a “personas extrañas”, y enseguida afirmó que lo castigaría.

–¡Qué castigar ni qué nada! –interrumpió la señora Rita–. ¿Castigarlo por qué? Vaya, vaya a hablar con su compadre.

–No garantizo nada, no creo que sea posible…

–Es posible, lo garantizo yo. Si usted quiere –continuó ella con cierto tono insinuante–, todo se ha de arreglar. Pídale con insistencia, que él cede. Vaya, señor Juan Carneiro, su ahijado no vuelve al seminario; le digo que no vuelve…

–Pero, señora mía…

–Vaya, vaya.

Juan Carneiro no se animaba a salir, ni podía quedarse. Estaba entre un tironeo de fuerzas opuestas. No le importaba, en suma, que el joven acabara clérigo, abogado o médico, o en cualquier otra cosa, que fuera un vago; pero lo peor era que le provocaban una lucha ingente contra los sentimientos más íntimos del compadre, sin certeza del resultado; y, si éste fuera negativo, otra lucha con la señora Rita, cuya última palabra era amenazadora: “le digo que él no vuelve”. Tenía, forzosamente, que suceder un escándalo. Juan Carneiro estaba con los ojos desorbitados, los párpados trémulos, el pecho agitado. Las miradas que le echaba a la señora Rita eran de súplica, mezcladas con un tenue rayo de censura. ¿Por qué no le pedía otra cosa? ¿Por qué no le ordenaba que fuese a pie, debajo de la lluvia, a Tijuca, o Jacarepaguá? Pero esto de persuadir al compadre de que cambiase la carrera del hijo… Conocía al viejo; era capaz de partirle una jarra en la cabeza. ¡Ah! ¡Si el muchacho se cayera allí, de repente, apoplético, muerto! Era una solución cruel, es cierto, pero definitiva.

–¿Entonces? –insistió la señora Rita.

Él le hizo un gesto con la mano de que esperara. Se rascaba la barba, buscando un recurso. ¡Dios del cielo! un decreto del Papa disolviendo la Iglesia, o, por lo menos, extinguiendo los seminarios, haría terminar todo bien. Juan Carneiro volvería a casa e iría a jugar al tres-siete. Imaginen que el barbero de Napoleón era el encargado de comandar la batalla de Austerlitz… Pero la Iglesia continuaba, los seminarios continuaban, el ahijado continuaba, cosido a la pared, ojos bajos, esperando, sin solución apoplética.

–Vaya, vaya, –le dijo la señora Rita dándole el sombrero y el bastón.

No tuvo más remedio. El barbero metió la navaja en el estuche, empuñó la espada y salió al combate. Damián suspiró; exteriormente siguió del mismo modo, ojos clavados en el suelo, agobiado. La señora Rita lo jaló del mentón.

–Vamos a comer, déjese de melancolías.

–¿Usted cree que él consiga algo?

–Lo va a conseguir todo –replicó la señora Rita, muy segura de sí misma–. Ande, que la sopa se está enfriando.

A pesar del genio alegre de la señora Rita, y de su propio espíritu sencillo, Damián estuvo menos alegre durante la comida que en la primera parte del día. No confiaba en el carácter blando del padrino. Sin embargo, comió bien; y, al finalizar, volvió a las pillerías de la mañana. En la sobremesa, oyó un rumor de gente en la sala, y preguntó si lo venían a prender.

–Deben ser las muchachas.

Se levantaron y pasaron a la sala. Las muchachas eran cinco vecinas que iban todas las tardes a tomar café con la señora Rita, y allí se quedaban hasta caer la noche.

Las discípulas, cuando terminaron de comer, volvieron a los almohadones de trabajo. La señora Rita presidía todo ese mujerío de casa y de fuera. El susurro de los bolillos y el parlotear de las muchachas eran ecos tan mundanos, tan ajenos a la teología y el latín, que el joven se dejó llevar por ellos y se olvidó del resto. Durante los primeros minutos, aún hubo de parte de las vecinas cierta timidez; pero pasó enseguida. Una de ellas cantó una “modinha”, al son de la guitarra, tocada por la señora Rita, y la tarde fue pasando rápidamente. Antes de que terminara la reunión, la señora Rita le pidió a Damián que contara cierta anécdota que le había agradado mucho. Era la que había hecho reír a Lucrecia.

–Vamos, señor Damián, no se haga del rogar, que las muchachas se quieren ir. A ustedes les va a gustar mucho.

Damián no tuvo otro remedio que obedecer. A pesar del anuncio y la expectativa, que contribuían a disminuir el chiste y su efecto, la anécdota acabó entre las risas de las muchachas. Damián, satisfecho de sí mismo, no se olvidó de Lucrecia y miró hacia ella, para ver si reía también. La vio con la cabeza metida en el almohadón para acabar la tarea. No reía; o habría reído para adentro, como tosía.

Salieron las vecinas, y la tarde cayó del todo. El alma de Damián se fue haciendo tenebrosa, antes de la noche. ¿Qué estaría pasando? De tanto en tanto, iba a espiar por la celosía, y volvía cada vez más desanimado. Ni sombra del padrino. Seguro que el padre lo hizo callar, mandó a llamar dos negros, fue a la policía a pedir un “pedestre” y ahí venía a apresarlo por la fuerza y llevarlo al seminario. Damián le preguntó a la señora Rita si la casa no tendría salida por los fondos; corrió a la huerta, y calculó que podía saltar el muro. Quiso también saber si habría modo de huir a la Rua da Vala, o si era mejor hablar con algún vecino que le hiciera el favor de recibirlo. Lo peor era la batina; si la señora Rita le pudiera conseguir una levita o un abrigo viejo… La señora Rita disponía justamente de una levita, recuerdo u olvido de Juan Carneiro.

–Tengo una levita de mi difunto –le dijo ella, riendo–; ¿pero por qué está con esos sustos? Todo se va a arreglar, descanse.

Finalmente, bien entrada la noche, apareció un esclavo del padrino, con una carta para la señora Rita. El asunto todavía no estaba resuelto; el padre se puso furioso y quiso romperlo todo; gritó que no, señor, que el gandul tenía que volver al seminario, o, si no, lo metía en el Aljube o en el barco de prisioneros. Juan Carneiro peleó mucho para conseguir que el compadre no resolviera enseguida, que pasase la noche, y meditase bien si era conveniente dar a la religión un sujeto tan rebelde y vicioso. Explicaba en la carta que habló así para asegurar el triunfo de la causa. No la tenía por ganada; pero al día siguiente iría a ver al hombre, e insistiría de nuevo. Concluía diciendo que el joven fuera a la casa de él.

Damián terminó de leer la carta y miró a la señora Rita. “No tengo otra tabla de salvación”, pensó. La señora Rita mandó traer un tintero de marfil, y en la media hoja de la misma carta escribió esta respuesta: “Juancito, o tú salvas al muchacho, o nunca más nos veremos”. Cerró la carta con lacre, y se la dio al esclavo, para que la llevara de prisa. Volvió a reanimar al seminarista, que estaba otra vez lleno de humildad y consternación. Le dijo que se tranquilizara, que, desde ese momento, todo quedaba en manos de ella.

–¡Van a ver de lo que soy capaz! ¡No, que no estoy para bromas!

Era la hora de recoger los trabajos. La señora Rita los examinó; todas las discípulas habían terminado la tarea. Sólo Lucrecia estaba aún sobre el almohadón, moviendo los bolillos, ya sin ver; la señora Rita se acercó, vio que la tarea no estaba concluida, se puso furiosa, y la agarró de una oreja.

–¡Ah! ¡Pícara!

–¡Doña, doña! ¡Por el amor de Dios! ¡Por Nuestra Señora que está en el cielo!

–¡Pícara! ¡Nuestra Señora no protege a las vagas!

Lucrecia hizo un esfuerzo, se soltó de las manos de la señora, y huyó hacia adentro; la señora fue atrás y la agarró.

–¡Venga acá!

–¡Señora, perdóneme! –tosía la negrita.

–No la perdono, no. ¿Dónde está la vara?

Y volvieron a la sala, una apresada por la oreja, debatiéndose, llorando y pidiendo; la otra diciendo que no, que la iba a castigar.

–¿Dónde está la vara?

La vara estaba en la cabecera del canapé, del otro lado de la sala. La señora Rita, no queriendo soltar a la pequeña, le gritó al seminarista:

–Señor Damián, deme aquella vara, ¿me hace el favor?

Damián se quedó helado… ¡Cruel instante! Una nube pasó frente a sus ojos. Sí, había jurado apadrinar a la pequeña, que por su causa se había retrasado en el trabajo…

–¡Deme la vara, señor Damián!

Damián se encaminó en dirección del canapé. Entonces la negrita le pidió por lo más sagrado que tuviera, por la madre, por el padre, por Nuestro Señor…

–¡Ayúdeme, señorito!

La señora Rita, con la cara encendida y los ojos desorbitados, exigía la vara, sin largar a la negrita, ahora víctima de un ataque de tos. Damián se sintió compungido; ¡pero él precisaba tanto salir del seminario! Llegó hasta el canapé, tomó la vara y se la entregó a la señora Rita.

 

jueves, 29 de agosto de 2024

Pesadillas

Julio Cortázar

 

Esperar, lo decían todos, hay que esperar porque nunca se sabe en casos así, también el doctor Raimondi, hay que esperar, a veces se da una reacción y más a la edad de Mecha, hay que esperar, señor Botto, sí doctor pero ya van dos semanas y no se despierta, dos semanas que está como muerta, doctor, ya lo sé, señora Luisa, es un estado de coma clásico, no se puede hacer más que esperar. Lauro también esperaba, cada vez que volvía de la facultad se quedaba un momento en la calle antes de abrir la puerta, pensaba hoy sí, hoy la voy a encontrar despierta, habrá abierto los ojos y le estará hablando a mamá, no puede ser que dure tanto, no puede ser que se vaya a morir a los veinte años, seguro que está sentada en la cama y hablando con mamá, pero había que seguir esperando, siempre igual m’hijito, el doctor va a volver a la tarde, todos dicen que no se puede hacer nada. Venga a comer algo, amigo, su madre se va a quedar con Mecha, usted tiene que alimentarse, no se olvide de los exámenes, de paso vemos el noticioso. Pero todo era de paso allí donde lo único que duraba sin cambio, lo único exactamente igual día tras día era Mecha, el peso del cuerpo de Mecha en esa cama, Mecha flaquita y liviana, bailarina de rock y tenista, ahí aplastada y aplastando a todos desde hacía semanas, un proceso viral complejo, estado comatoso, señor Botto, imposible pronosticar, señora Luisa, nomás que sostenerla y darle todas las chances, a esa edad hay tanta fuerza, tanto deseo de vivir. Pero es que ella no puede ayudar, doctor, no comprende nada, está como, ah perdón Dios mío, ya ni sé lo que digo.

Lauro tampoco lo creía del todo, era como un chiste de Mecha que siempre le había hecho los peores chistes, vestida de fantasma en la escalera, escondiéndole un plumero en el fondo de la cama, riéndose tanto los dos, inventándose trampas, jugando a seguir siendo chicos. Proceso viral complejo, el brusco apagón una tarde después de la fiebre y los dolores, de golpe el silencio, la piel cenicienta, la respiración lejana y tranquila. Única cosa tranquila allí donde médicos y aparatos y análisis y consultas hasta que poco a poco la mala broma de Mecha había sido más fuerte, dominándolos a todos de hora en hora, los gritos desesperados de doña Luisa cediendo después a un llanto casi escondido, a una angustia de cocina y de cuarto de baño, las imprecaciones paternas divididas por la hora de los noticiosos y el vistazo al diario, la incrédula rabia de Lauro interrumpida por los viajes a la facultad, las clases, las reuniones, esa bocanada de esperanza cada vez que volvía del centro, me la vas a pagar, Mecha, esas cosas no se hacen, desgraciada, te la voy a cobrar, vas a ver. La única tranquila aparte de la enfermera tejiendo, al perro lo habían mandado a casa de un tío, el doctor Raimondi ya no venía con los colegas, pasaba al anochecer y casi no se quedaba, también él parecía sentir el peso del cuerpo de Mecha que los aplastaba un poco más cada día, los acostumbraba a esperar, a lo único que podía hacerse.

 

Lo de la pesadilla empezó la misma tarde en que doña Luisa no encontraba el termómetro y la enfermera, sorprendida, se fue a buscar otro a la farmacia de la esquina. Estaba hablando de eso porque un termómetro no se pierde así nomás cuando se lo está utilizando tres veces al día, se acostumbraban a hablarse en voz alta al lado de la cama de Mecha, los susurros del comienzo no tenían razón de ser porque Mecha era incapaz de escuchar, el doctor Raimondi estaba seguro de que el estado de coma la aislaba de toda sensibilidad, se podía decir cualquier cosa sin que nada cambiara en la expresión indiferente de Mecha. Todavía hablaban del termómetro cuando se oyeron los tiros en la esquina, a lo mejor más lejos, por el lado de Gaona. Se miraron, la enfermera se encogió de hombros porque los tiros no eran una novedad en el barrio ni en ninguna parte, y doña Luisa iba a decir algo más sobre el termómetro cuando vieron pasar el temblor por las manos de Mecha. Duró un segundo pero las dos se dieron cuenta y doña Luisa gritó y la enfermera le tapó la boca, el señor Botto vino de la sala y los tres vieron cómo el temblor se repetía en todo el cuerpo de Mecha, una rápida serpiente corriendo del cuello hasta los pies, un moverse de los ojos bajo los párpados, la leve crispación que alteraba las facciones, como una voluntad de hablar, de quejarse, el pulso más rápido, el lento regreso a la inmovilidad. Teléfono, Raimondi, en el fondo nada nuevo, acaso un poco más de esperanza aunque Raimondi no quiso decirlo, santa Virgen, que sea cierto, que se despierte mi hija, que se termine este calvario, Dios mío. Pero no se terminaba, volvió a empezar una hora más tarde, después más seguido, era como si Mecha estuviera soñando y que su sueño fuera penoso y desesperante, la pesadilla volviendo y volviendo sin que pudiera rechazarla, estar a su lado y mirarla y hablarle sin que nada de lo de fuera le llegara, invadida por esa otra cosa que de alguna manera continuaba la larga pesadilla de todos ellos ahí sin comunicación posible, sálvala, Dios mío, no la dejes así, y Lauro que volvía de una clase y se quedaba también al lado de la cama, una mano en el hombro de su madre que rezaba.

 

Por la noche hubo otra consulta, trajeron un nuevo aparato con ventosas y electrodos que se fijaban en la cabeza y las piernas, dos médicos amigos de Raimondi discutieron largo en la sala, habrá que seguir esperando, señor Botto, el cuadro no ha cambiado, sería imprudente pensar en un síntoma favorable. Pero es que está soñando, doctor, tiene pesadillas, usted mismo la vio, va a volver a empezar, ella siente algo y sufre tanto, doctor. Todo es vegetativo, señora Luisa, no hay conciencia, le aseguro, hay que esperar y no impresionarse por eso, su hija no sufre, ya sé que es penoso, va a ser mejor que la deje sola con la enfermera hasta que haya una evolución, trate de descansar, señora, tome las pastillas que le di.

Lauro veló junto a Mecha hasta medianoche, de a ratos leyendo apuntes para los exámenes. Cuando se oyeron las sirenas pensó que hubiera tenido que telefonear al número que le había dado Lucero, pero no debía hacerlo desde la casa y no era cuestión de salir a la calle justo después de las sirenas. Veía moverse lentamente los dedos de la mano izquierda de Mecha, otra vez los ojos parecían girar bajo los párpados. La enfermera le aconsejó que se fuera de la pieza, no había nada que hacer, solamente esperar. “Pero es que está soñando”, dijo Lauro, “está soñando otra vez, mírela”. Duraba como las sirenas ahí afuera, las manos parecían buscar algo, los dedos tratando de encontrar un asidero en la sábana. Ahora doña Luisa estaba ahí de nuevo, no podía dormir. ¿Por qué –la enfermera casi enojada– no había tomado las pastillas del doctor Raimondi? “No las encuentro”, dijo doña Luisa como perdida, “estaban en la mesa de luz pero no las encuentro”. La enfermera fue a buscarlas, Lauro y su madre se miraron, Mecha movía apenas los dedos y ellos sentían que la pesadilla seguía ahí, que se prolongaba interminablemente como negándose a alcanzar ese punto en que una especie de piedad, de lástima final la despertaría como a todos para rescatarla del espanto. Pero seguía soñando, de un momento a otro los dedos empezarían a moverse otra vez “No las veo por ninguna parte, señora”, dijo la enfermera. “Estamos todos tan perdidos, uno ya no sabe adónde van a parar las cosas en esta casa”.

Lauro volvió tarde la noche siguiente, y el señor Botto le hizo una pregunta casi evasiva sin dejar de mirar el televisor, en pleno comentario de la Copa. “Una reunión con amigos”, dijo Lauro buscando con qué hacerse un sándwich. “Ese gol fue una belleza”, dijo el señor Botto, “menos mal que retransmiten el partido para ver mejor esas jugadas campeonas”. Lauro no parecía interesado en el gol, comía mirando al suelo. “Vos sabrás lo que haces, muchacho”, dijo el señor Botto sin sacar los ojos de la pelota, “pero ándate con cuidado”. Lauro alzó la vista y lo miró casi sorprendido, primera vez que su padre se dejaba ir a un comentario tan personal. “No se haga problema, viejo”, le dijo levantándose para cortar todo diálogo.

La enfermera había bajado la luz del velador y apenas se veía a Mecha. En el sofá, doña Luisa se quitó las manos de la cara y Lauro la besó en la frente.

–Sigue lo mismo –dijo doña Luisa–. Sigue todo el tiempo así, hijo. Fijate, fijate cómo le tiembla la boca, pobrecita, qué estará viendo, Dios mío, cómo puede ser que esto dure y dure, que esto…

–Mamá.

–Pero es que no puede ser, Lauro, nadie se da cuenta como yo, nadie comprende que está todo el tiempo con una pesadilla y que no se despierta…

–Yo lo sé, mamá, yo también me doy cuenta. Si se pudiera hacer algo, Raimondi lo habría hecho. Vos no la podés ayudar quedándote aquí, tenés que irte a dormir, tomar un calmante y dormir.

La ayudó a levantarse y la acompañó hasta la puerta. “¿Qué fue eso, Lauro?”, deteniéndose bruscamente. “Nada, mamá, unos tiros lejos, ya sabés”. Pero qué sabía en realidad doña Luisa, para qué hablar más. Ahora sí, ya era tarde, después de dejarla en su dormitorio tendría que bajar hasta el almacén y desde ahí llamarlo a Lucero.

No encontró la campera azul que le gustaba ponerse de noche, anduvo mirando en los armarios del pasillo por si su madre la hubiera colgado ahí, al final se puso un saco cualquiera porque hacía fresco. Antes de salir entró un momento en la pieza de Mecha, casi antes de verla en la penumbra sintió la pesadilla, el temblor de las manos, la habitante secreta resbalando bajo la piel. Las sirenas afuera otra vez, no debería salir hasta más tarde, pero entonces el almacén estaría cerrado y no podría telefonear. Bajo los párpados los ojos de Mecha giraban como si buscaran abrirse paso, mirarlo, volver de su lado. Le acarició la frente con un dedo, tenía miedo de tocarla, de contribuir a la pesadilla con cualquier estímulo de fuera. Los ojos seguían girando en las órbitas y Lauro se apartó, no sabía por qué pero tenía cada vez más miedo, la idea de que Mecha pudiera alzar los párpados y mirarlo lo hizo echarse atrás. Si su padre se había ido a dormir podría telefonear desde la sala bajando la voz, pero el señor Botto seguía escuchando los comentarios del partido. “Sí, de eso hablan mucho”, pensó Lauro. Se levantaría temprano para telefonearle a Lucero antes de ir a la facultad. De lejos vio a la enfermera que salía de su dormitorio llevando algo que brillaba, una jeringa de inyecciones o una cuchara.

 

Hasta el tiempo se mezclaba o se perdía en ese esperar continuo, con noches en vela o días de sueño para compensar, los parientes o amigos que llegaban en cualquier momento y se turnaban para distraer a doña Luisa o jugar al dominó con el señor Botto, una enfermera suplente porque la otra había tenido que irse por una semana de Buenos Aires, las tazas de café que nadie encontraba porque andaban desparramadas en todas las piezas, Lauro dándose una vuelta cuando podía y yéndose en cualquier momento, Raimondi que ya ni tocaba el timbre antes de entrar para la rutina de siempre, no se nota ningún cambio negativo, señor Botto, es un proceso en el que no se puede hacer más que sostenerla, le estoy reforzando la alimentación por sonda, hay que esperar. Pero es que sueña todo el tiempo, doctor, mírela, ya casi no descansa. No es eso, señora Luisa, usted se imagina que está soñando pero son reacciones físicas, es difícil explicarle porque en estos casos hay otros factores, en fin, no crea que tiene conciencia de eso que parece un sueño, a lo mejor por ahí es buen síntoma tanta vitalidad y esos reflejos, créame que la estoy siguiendo de cerca, usted es la que tiene que descansar, señora Luisa, venga que le tome la presión.

A Lauro se le hacía cada vez más difícil volver a su casa con el viaje desde el centro y todo lo que pasaba en la facultad, pero más por su madre que por Mecha se aparecía a cualquier hora y se quedaba un rato, se enteraba de lo de siempre, charlaba con los viejos, les inventaba temas de conversación para sacarlos un poco del agujero. Cada vez que se acercaba a la cama de Mecha era la misma sensación de contacto imposible, Mecha tan cerca y como llamándolo, los vagos signos de los dedos y esa mirada desde adentro, buscando salir, algo que seguía y seguía, un mensaje de prisionero a través de paredes de piel, su llamada insoportablemente inútil. Por momentos lo ganaba la histeria, la seguridad de que Mecha lo reconocía más que a su madre o a la enfermera, que la pesadilla alcanzaba su peor instante cuando él estaba ahí mirándola, que era mejor irse enseguida puesto que no podía hacer nada, que hablarle era inútil, estúpida, querida, dejate de joder, querés, abrí de una vez los ojos y acabala con ese chiste barato, Mecha idiota, hermanita, hermanita, hasta cuándo nos vas a estar tomando el pelo, loca de mierda, pajarraca, manda esa comedia al diablo y vení que tengo tanto que contarte, hermanita, no sabes nada de lo que pasa pero lo mismo te lo voy a contar, Mecha, porque no entendés nada te lo voy a contar. Todo pensado como en ráfagas de miedo, de querer aferrarse a Mecha, ni una palabra en voz alta porque la enfermera o doña Luisa no dejaban nunca sola a Mecha, y él ahí necesitando hablarle de tantas cosas, como Mecha a lo mejor estaba hablándole desde su lado, desde los ojos cerrados y los dedos que dibujaban letras inútiles en las sábanas.

 

Era jueves, no porque supieran ya en qué día estaban ni les importara pero la enfermera lo había mencionado mientras tomaban café en la cocina, el señor Botto se acordó de que había un noticioso especial, y doña Luisa que su hermana de Rosario había telefoneado para decir que vendría el jueves o el viernes. Seguro que los exámenes ya empezaban para Lauro, había salido a las ocho sin despedirse, dejando un papelito en la sala, no estaba seguro de volver para la cena, que no lo esperaran por las dudas. No vino para la cena, la enfermera consiguió por una vez que doña Luisa se fuera temprano a descansar, el señor Botto se había asomado a la ventana de la sala después del telejuego, se oían ráfagas de ametralladora por el lado de Plaza Irlanda, de pronto la calma, casi demasiada, ni siquiera un patrullero, mejor irse a dormir, esa mujer que había contestado a todas las preguntas del telejuego de las diez era un fenómeno, lo que sabía de historia antigua, casi como si estuviera viviendo en la época de Julio César, al final la cultura daba más plata que ser martillero público. Nadie se enteró de que la puerta no iba a abrirse en toda la noche, que Lauro no estaba de vuelta en su pieza, por la mañana pensaron que descansaba todavía después de algún examen o que estudiaba antes del desayuno, solamente a las diez se dieron cuenta de que no estaba. “No te hagas problema”, dijo el señor Botto, “seguro que se quedó festejando algo con los amigos”. Para doña Luisa era la hora de ayudarla a la enfermera a lavar y cambiar a Mecha, el agua templada y la colonia, algodones y sábanas, ya mediodía y Lauro, pero es raro, Eduardo, cómo no telefoneó por lo menos, nunca hizo eso, la vez de la fiesta de fin de curso llamó a las nueve, te acordás, tenía miedo de que nos preocupáramos y eso que era más chico. “El pibe andará loco con los exámenes”, dijo el señor Botto, “vas a ver que llega de un momento a otro, siempre aparece para el noticioso de la una”. Pero Lauro no estaba a la una, perdiéndose las noticias deportivas y el flash sobre otro atentado subversivo frustrado por la rápida intervención de las fuerzas del orden, nada nuevo, temperatura en paulatino descenso, lluvias en la zona cordillerana.

Era más de las siete cuando la enfermera vino a buscar a doña Luisa que seguía telefoneando a los conocidos, el señor Botto esperaba que un comisario amigo lo llamara para ver si se había sabido algo, a cada minuto le pedía a doña Luisa que dejara la línea libre pero ella seguía buscando en el carnet y llamando a gente conocida, capaz que Lauro se había quedado en casa del tío Fernando o estaba de vuelta en la facultad para otro examen. “Dejá quieto el teléfono, por favor”, pidió una vez más el señor Botto, “no te das cuenta de que a lo mejor el pibe está llamando justamente ahora y todo el tiempo le da ocupado, qué querés que haga desde un teléfono público, cuando no están rotos hay que dejarle el turno a los demás”. La enfermera insistía y doña Luisa fue a ver a Mecha, de repente había empezado a mover la cabeza, cada tanto la giraba lentamente a un lado y al otro, había que arreglarle el pelo que le caía por la frente. Avisar en seguida al doctor Raimondi, difícil ubicarlo a fin de tarde pero a las nueve su mujer telefoneó para decir que llegaría enseguida. “Va a ser difícil que pase”, dijo la enfermera que volvía de la farmacia con una caja de inyecciones, “cerraron todo el barrio no se sabe por qué, oigan las sirenas”. Apartándose apenas de Mecha que seguía moviendo la cabeza como en una lenta negativa obstinada, doña Luisa llamó al señor Botto, no, nadie sabía nada, seguro que el pibe tampoco podía pasar pero a Raimondi lo dejarían por la chapa de médico.

–No es eso, Eduardo, no es eso, seguro que le ha ocurrido algo, no puede ser que a esta hora sigamos sin saber nada, Lauro siempre…

–Mirá, Luisa –dijo el señor Botto–, fijate cómo mueve, la mano y también el brazo, primera vez que mueve el brazo, Luisa, a lo mejor…

–Pero si es peor que antes, Eduardo, no te das cuenta de que sigue con las alucinaciones, que se está como defendiendo de… Hágale algo, Rosa, no la deje así, yo voy a llamar a los Romero que a lo mejor tienen noticias, la chica estudiaba con Lauro, por favor póngale una inyección, Rosa, ya vuelvo, o mejor llamá vos, Eduardo, preguntales, andá en seguida.

En la sala el señor Botto empezó a discar y se paró, colgó el tubo. Capaz que justamente Lauro, qué iban a saber los Romero de Lauro, mejor esperar otro poco. Raimondi no llegaba, lo habrían atajado en la esquina, estaría dando explicaciones, Rosa no podía darle otra inyección a Mecha, era un calmante demasiado fuerte, mejor esperar hasta que llegara el doctor. Inclinada sobre Mecha, apartándole el pelo que le tapaba los ojos inútiles, doña Luisa empezó a tambalearse, Rosa tuvo el tiempo justo para acercarle una silla, ayudarla a sentarse como un peso muerto. La sirena crecía viniendo del lado de Gaona cuando Mecha abrió los párpados, los ojos velados por la tela que se había ido depositando durante semanas se fijaron en un punto del cielo raso, derivaron lentamente hasta la cara de doña Luisa que gritaba, que se apretaba el pecho con las manos y gritaba. Rosa luchó por alejarla, llamando desesperada al señor Botto que ahora llegaba y se quedaba inmóvil a los pies de la cama mirando a Mecha, todo como concentrado en los ojos de Mecha que pasaban poco a poco de doña Luisa al señor Botto, de la enfermera al cielo raso, las manos de Mecha subiendo lentamente por la cintura, resbalando para juntarse en lo alto, el cuerpo estremeciéndose en un espasmo porque acaso sus oídos escuchaban ahora la multiplicación de las sirenas, los golpes en la puerta que hacían temblar la casa, los gritos de mando y el crujido de la madera astillándose después de la ráfaga de ametralladora, los alaridos de doña Luisa, el envión de los cuerpos entrando en montón, todo como a tiempo para el despertar de Mecha, todo tan a tiempo para que terminara la pesadilla y Mecha pudiera volver por fin a la realidad, a la hermosa vida.

 

Tú eres el hombre

Edgar Allan Poe

 

Me propongo ahora hacer el papel de Edipo en el enigma de Rattleborough. Me encargaré de exponer, como sólo yo puedo hacerlo, el secreto mecanismo que se encargó de realizar el milagro de Rattleborough, el único, el verdadero e indiscutible milagro, que terminó definitivamente con la infidelidad en los pobladores del lugar y volcó a la ortodoxia propia de las abuelas a todos los pecadores que antes se habían atrevido a mostrarse escépticos.

Este hecho, que no querría comentar con un inadecuado tono de ligereza, ocurrió en el verano de 18… El señor Barnabas Shuttleworthy, uno de los habitantes más ricos y respetables del pueblo, había desaparecido varios días antes en circunstancias que hacían pensar en terribles consecuencias. Había salido a caballo desde el pueblo el sábado por la mañana, muy temprano, con la expresa intención de dirigirse a la ciudad de…, distante unos veinte kilómetros, y regresar esa misma noche. Sin embargo, dos horas después de la partida regresó el caballo sin él y sin las alforjas que el animal llevaba atadas a las ancas en el momento de partir. Además venía herido y cubierto de barro. Tales circunstancias causaron, naturalmente, un gran desasosiego entre los amigos del ausente. El domingo por la mañana, en vista de que aún no había aparecido, el pueblo entero se levantó en masse para buscar su cadáver.

La persona que con más bríos abogó por la búsqueda fue un amigo íntimo del señor Shuttleworthy, un tal Charles Goodfellow, conocido por todos como “Charley Goodfellow” o “el viejo Charley Goodfellow”. Pues bien, nunca he podido determinar si es por maravillosa coincidencia o porque el nombre mismo produce un efecto imperceptible sobre el personaje, pero lo cierto es que todos los Charles que conozco han sido siempre hombres valerosos, honestos, amables y francos, de voz profunda y clara, de esas que da gusto oír, y ojos que miran de frente, como diciendo: “Tengo la conciencia tranquila, no temo a nadie y sería incapaz de cometer un acto deleznable”. Así, en el teatro, todos los “actores de carácter”, alegres y cordiales, siempre se llaman Charles.

Ahora bien, “el viejo Charley Goodfellow”, aunque llevaba en Rattleborough apenas seis meses, más o menos, y si bien nadie sabía nada sobre él antes de que fuera a radicarse en la zona, no tuvo la menor dificultad en hacerse amigo de todas las personas respetables del lugar. Ningún hombre habría desconfiado ni un instante de su palabra; en cuanto a las mujeres, habrían hecho cualquier cosa con tal de darle gusto. Todo esto se debía a que llevaba el nombre Charles, y al hecho de poseer, en consecuencia, esa cara ingenua que es, proverbialmente, la “mejor carta de recomendación”.

Como he dicho, el señor Shuttleworthy era uno de los hombres más respetables y, sin duda, el más rico de Rattleborough, mientras que el viejo Charley Goodfellow mantenía con él una amistad íntima, como si fuera su hermano. Ambos caballeros eran vecinos, y si bien el señor Shuttleworthy rara vez –podría decirse que nunca– visitaba al viejo Charley y nunca se supo que hubiera comido en su casa, eso no impedía que los dos amigos fueran muy unidos, como acabo de afirmar, porque no había día en que el viejo Charley no pasara tres o cuatro veces para ver cómo estaba su vecino y a menudo se quedaba a desayunar o tomar el té y casi siempre a cenar. En tales ocasiones hubiera sido muy difícil determinar cuánto vino se tomaban ambos de una sola vez. El vino preferido del viejo Charley era el Chateau Margaux, y al señor Shuttleworthy lo complacía sobremanera ver a su amigo beber como bebía, un litro tras otro. Así pues un día, cuando el vino había entrado y la cordura, como es natural, podría decirse que había salido, palmeó a su amigo en la espalda y le dijo: “Te diré una cosa, viejo Charley: eres sin duda el mejor compañero que he conocido desde que nací, y dado que te gusta tanto beber vino, creo que tengo que regalarte un cajón grande de Chateau Margaux. Que me pudra si no lo hago”. (El señor Shuttleworthy tenía la mala costumbre de lanzar juramentos, aunque por lo general no iba más allá de un “Que me pudra” o un “Por todos los santos”). “Que me pudra si esta misma tarde no mando un pedido a la ciudad para que te envíen un cajón doble del mejor que tengan. Te lo regalaré; no digas ni una palabra, porque te lo regalaré, y se acabó. ¡Así que prepárate, porque te llegará uno de estos días, cuando menos lo esperes!” Menciono este rasgo de generosidad del señor Shuttleworthy sólo para demostrar lo estrecha que era la relación entre ambos.

La mañana del domingo en cuestión, cuando ya había quedado claro que al señor Shuttleworthy le había pasado algo grave, no vi a nadie tan profundamente afectado como el viejo Charley Goodfellow. Apenas supo que había regresado el caballo sin su amo, sin las alforjas y todo sangriento a causa de un disparo de pistola que se le había incrustado en el pecho sin matarlo, ¡pobre animal!, cuando se enteró de todo esto, repito, se puso pálido como si el ausente hubiera sido su padre o un hermano muy querido y tembló entero como si lo hubiese atacado una fiebre palúdica.

Al principio estaba tan sobrecogido del dolor que no podía hacer nada ni elaborar un plan de acción; por eso trataba de convencer a los otros amigos del ausente de que no armaran revuelo, pensando que lo mejor era esperar un poco –una o dos semanas, incluso uno o dos meses– hasta ver si no surgía algo o si no aparecía muy campante el señor Shuttleworthy y explicaba por qué había enviado de vuelta su caballo solo. Debo decir que esta predisposición a contemporizar o a postergar las cosas la he visto a menudo en las personas que padecen un dolor intenso. Es como si se les obnubilaran las facultades mentales, como si les causara horror todo lo que signifique ponerse en movimiento y nada les gustara más que quedarse inmóviles en la cama “acunando su propia pena”, como solían decir las viejas; o sea rumiando su dolor.

Los habitantes de Rattleborough tenían en tan alta estima la sensatez y discreción del viejo Charley que la mayor parte se mostró dispuesta a coincidir con su idea y no hacer investigaciones mientras “no se sepa algo”, según las propias palabras del noble caballero. Creo que esa decisión habría sido unánime si no hubiese sido por la sospechosa intromisión del sobrino del señor Shuttleworthy, un joven de costumbres disolutas y muy mala reputación. Se apellidaba Pennifeather y no quiso aceptar la idea de “quedarse quietos”. Insistió en cambio en proceder de inmediato a la búsqueda del “cadáver del asesinado”. Tal fue la expresión que usó, y en aquel momento el señor Goodfellow comentó con agudeza que se trataba de “una expresión singular, por no decir otra cosa”. Estas palabras del viejo Charley también produjeron un gran efecto en la multitud. A uno de los presentes se le oyó preguntar, de manera muy vehemente, “cómo era que el joven Pennifeather estaba tan al tanto de las circunstancias vinculadas con la desaparición de su acaudalado tío, como para sentirse autorizado a afirmar, clara y categóricamente, que a su tío se lo había ‘asesinado’”. Se produjo entonces una discusión entre diversos integrantes del grupo, especialmente entre el viejo Charley y el señor Pennifeather, aunque eso no era ninguna novedad, pues muy pocos sentimientos amistosos había entre ambos desde hacía unos meses. La situación había empeorado tanto que el señor Pennifeather llegó incluso a derribar de una trompada al amigo de su tío, acusándolo de ciertas libertades que supuestamente se había tomado en casa del tío, donde también residía el sobrino. Se dice que en dicha ocasión, el viejo Charley se comportó con ejemplar moderación y caridad cristiana. Se levantó luego de recibir el golpe, se acomodó la ropa y no hizo el menor intento de devolver el golpe. Murmuró apenas unas palabras respecto de que iba “a tomarse alguna venganza no bien se le presentara la oportunidad”, reacción natural y muy justificable producto del enojo, que sin embargo no significaba nada y había olvidado enseguida.

Como quiera que hayan sido estos hechos, que no guardan relación con el tema que nos atañe, lo cierto es que los pobladores de Rattleborough, principalmente a través del trabajo de persuasión del señor Pennifeather, decidieron por fin dispersarse por las inmediaciones en busca del desaparecido. Creo que ésta fue la primera intención, pues, luego de determinar la necesidad de emprender la búsqueda, lo más natural era que se dividieran en grupos de modo de poder registrar más minuciosamente el paraje. Sin embargo, no recuerdo con qué ingenioso razonamiento el viejo Charley finalmente convenció a todos de que ese plan no era el más sensato. Convenció a todos, sí, salvo al señor Pennifeather. Al final se acordó que la búsqueda la realizarían con gran esmero los pobladores en masse, encabezados por el propio viejo Charley.

En cuanto a ese tema, no había duda de que el viejo Charley era el mejor, pues todo el mundo sabía que tenía una vista de lince. Sin embargo, pese a que los condujo a todo tipo de rincones remotos, por senderos que nadie siquiera sospechaba que existieran en la zona, y aunque el rastreo se mantuvo noche y día durante casi una semana, seguía sin encontrarse el menor rastro del señor Shuttleworthy. No obstante, cuando digo que no había ni el menor rastro no debe entendérseme literalmente, porque rastros, hasta cierto punto, había. Al pobre hombre se le había seguido la huella –por las herraduras de su caballo, que eran raras– hasta un punto ubicado unos cinco kilómetros al este del pueblo, sobre el camino principal que llevaba a la ciudad. Allí la pista desaparecía en un sendero secundario que atravesaba un bosque. El sendero volvía a salir y se unía al camino principal, acortando en unos setecientos metros la distancia normal. Siguiendo por allí las pisadas del caballo, los pobladores llegaron al fin a un charco de agua estancada, medio oculto entre la maleza, a la derecha del camino; en ese lugar se perdía todo vestigio del sendero.

Sin embargo, daba la impresión de que había habido algún tipo de forcejeo y que un cuerpo grande y pesado, mucho más grande y pesado que un hombre, había sido arrastrado del sendero al charco. Se efectuó en este sitio un doble dragado, pero nada se encontró. Cuando ya los pobladores estaban a punto de marcharse presa de la desesperanza de obtener resultados, la Providencia le sugirió al señor Goodfellow la conveniencia de hacer vaciar el charco. La idea fue recibida con manifestaciones de entusiasmo y grandes elogios al viejo Charley por su sagacidad. Como muchos habían llevado consigo palas suponiendo que podía ser necesario desenterrar un cadáver, el vaciado se efectuó fácilmente y con suma rapidez. Y apenas quedó visible el fondo, pudo observarse en el medio mismo del lecho un chaleco de terciopelo negro que casi todos los presentes reconocieron de inmediato como de propiedad del señor Pennifeather. Se hallaba muy rasgado y con manchas de sangre, y varios de los presentes recordaban perfectamente que el dueño lo tenía puesto la mañana misma en que el señor Shuttleworthy partió rumbo a la ciudad, mientras que había otros, también dispuestos a afirmar bajo juramento, de ser necesario, que el señor Pennifeather no había usado dicha prenda en momento alguno durante el resto de ese memorable día. Tampoco hubo nadie que afirmara haberla visto sobre la persona del señor P. en ningún momento posterior a la desaparición del señor Shuttleworthy.

El asunto se había puesto muy peligroso para el señor Pennifeather. Pudo verse, como confirmación inapelable de las sospechas contra su persona, que se ponía sumamente pálido, y, cuando se le preguntó qué podía aducir en su defensa, fue incapaz de articular ni una palabra. Acto seguido, los pocos amigos que le quedaban, debido a su modo de vida libertino, lo abandonaron sin excepción, y reclamaron, con voces más airadas que las de sus antiguos y declarados enemigos, su inmediata detención. Pero, por otra parte, la magnanimidad del señor Goodfellow adquirió más brillo aun por contraste cuando hizo una cálida y elocuente defensa del señor Pennifeather, en la cual aludió más de una vez al sincero perdón que le otorgaba a ese joven disoluto, “heredero del digno señor Shuttleworthy”, por la ofensa que, sin duda al calor de la pasión, había considerado oportuno infligirle (el joven al señor Goodfellow). “Lo perdonaba –dijo– de todo corazón, y en cuanto a él mismo, aunque lejos estaba de querer llevar hasta un extremo tan sospechosas circunstancias (que, lamentaba decirlo, realmente habían surgido contra el señor Pennifeather), él (Goodfellow) haría todo cuanto estuviera en su poder, y utilizaría su escasa elocuencia para… para atemperar lo más posible los peores aspectos de esa situación tan enigmática”.

Siguió explayándose en esa vena durante media hora más, lo cual habla elogiosamente de su intelecto y de su corazón. Pero a veces las personas generosas no son oportunas en sus observaciones: caen en todo tipo de desaciertos, contratiempos e incongruencias por la impetuosidad de su deseo de ayudar a un amigo. Así, a menudo con la mejor de las intenciones, más que ayudarlo le causan un daño infinitamente mayor.

Precisamente eso ocurrió en este caso con toda la labia del viejo Charley, pues, aunque se empeñaba en defender al sospechoso, sucedió que, de una u otra forma, cada palabra que pronunciaba –con la intención deliberada o inconsciente de no exaltar al orador a los ojos de su público– producía el efecto de aumentar las sospechas que ya despertaba el individuo por cuya causa abogaba y de hacer recaer sobre él la furia del populacho.

Uno de los errores más inexplicables del orador fue aludir al sospechoso llamándolo “el heredero del digno caballero Shuttleworthy”. Los pobladores nunca habían pensado en eso. Sólo recordaban ciertas amenazas de desheredar a su sobrino, proferidas uno o dos años antes por el tío, que no tenía otro pariente, y daban por seguro que a éste en efecto lo había desheredado, tan simples eran los habitantes de Rattleborough. Pero las palabras del viejo Charley en el acto les hicieron ver la posibilidad de que las amenazas no hubieran sido nada más que eso; es decir, simples amenazas. Y a continuación surgió naturalmente la cuestión del cui bono?, que sirvió mucho más que el chaleco para imputarle al joven el terrible crimen. Para que no se me entienda mal, permítaseme una breve digresión. Quiero comentar que esta concisa y simple frase latina suele ser mal traducida y mal interpretada. Cui bono? en las mejores novelas y en otras que no lo son –por ejemplo, en las de Mrs. Gore, autora de Cecil, una mujer que cita todas las lenguas desde el caldeo hasta el chickasaw, cuya erudición se basa en un plan sistemático del señor Beckford–, en todas la buenas novelas, decía, desde las de Bulwer Lytton y Dickens hasta las de Turnapenny y Ainsworth, esas dos palabritas en latín se traducen por “¿con qué objeto?” o, como si fuera quo bono?, “¿con qué utilidad?”. Sin embargo, su verdadero significado es: “¿para beneficio de quién?”. Cui, ‘para quién’; bono, ‘es el beneficio’. Se trata de una frase puramente legal, apropiada para casos como el descrito, en los que la probabilidad de que determinada persona haya cometido un acto depende del beneficio que recaiga sobre ella por la comisión del delito. Ahora bien, en el caso que nos ocupa, la pregunta cui bono? comprometía decididamente al señor Pennifeather. El tío, luego de testar a su favor, había amenazado con desheredarlo. Pero no se había cumplido la amenaza. El testamento original, si aparecía, no había sufrido modificaciones. Si las hubiera tenido, el único móvil de asesinato por parte del sospechoso era lisa y llanamente el de venganza, y aun éste podía rebatirse por la esperanza de obtener nuevamente los favores del tío. Pero puesto que el testamento no se modificó y puesto que seguía pendiendo sobre la cabeza del sobrino la amenaza, puede deducirse la firme posibilidad de un aliciente para cometer la atrocidad. Esa conclusión sacaron, con gran astucia, los nobles ciudadanos de Rattleborough.

Por consiguiente, se procedió al arresto inmediato del señor Pennifeather. Los pobladores, luego de continuar un rato más el rastreo, se volvieron a sus casas dejándolo detenido. Sin embargo, en el camino ocurrió otra circunstancia que contribuyó a confirmar las sospechas existentes. El señor Goodfellow, cuyo celo lo llevaba a estar siempre un poco más delante de los demás, de pronto corrió unos pasos, se agachó y al parecer recogió un objeto del pasto. La gente notó que, luego de examinarlo brevemente, intentaba guardárselo en el bolsillo del abrigo, pero al advertir el gesto, se lo impidieron cuando vieron que se trataba de una navaja de tipo español que una decena de personas reconocieron en el acto como de propiedad del señor Pennifeather. Más aún, llevaba sus iniciales grabadas en el mango. La hoja estaba abierta y ensangrentada.

No quedó entonces la menor duda sobre la culpa del sobrino. Al llegar a Rattleborough fue llevado ante un juez para que lo interrogara.

Allí el asunto tuvo un cariz muy desfavorable. Al preguntársele al prisionero dónde se hallaba la mañana de la desaparición del señor Shuttleworthy, tuvo la audacia de reconocer que esa misma mañana había salido con un rifle a cazar ciervos en la zona próxima al charco donde se había descubierto el chaleco con manchas de sangre gracias a la astucia del señor Goodfellow.

Este último, con lágrimas en los ojos, pidió permiso para ser interrogado. Según dijo, un estricto sentido del deber para con su Hacedor y para con el prójimo le impedía seguir callando. Hasta ese momento, el sincero cariño que sentía por el joven, pese al maltrato recibido de él, lo habían inducido a elaborar todas las hipótesis imaginables con miras a explicar las circunstancias sospechosas que incriminaban tan gravemente al señor Pennifeather, pero ahora tales circunstancias eran demasiado convincentes, demasiado condenatorias. Por lo tanto, ya no dudaría más y contaría todo lo que sabía, aunque su corazón le estallara de dolor. Pasó luego a relatar que, la tarde anterior a la partida del señor Shuttleworthy rumbo a la ciudad, ese digno caballero le había mencionado a su sobrino –y él (Goodfellow) lo había oído– que el objetivo de su viaje era depositar una suma desusadamente gruesa de dinero en el Banco de Granjeros y Mecánicos, y que en esa misma oportunidad el señor Shuttleworthy le había comunicado inequívocamente al sobrino su decisión irrevocable de anular el testamento existente pues era su intención no dejarle ni un centavo. Él (el testigo) exhortó solemnemente al acusado a que declarara si lo que acababa de afirmar (el testigo) era cierto en sus partes fundamentales. Para el asombro de todos los presentes, el señor Pennifeather reconoció sinceramente que sí.

El juez consideró su deber enviar a dos guardias a registrar el dormitorio que ocupaba el acusado en la casa del tío. Ambos regresaron casi de inmediato trayendo la conocida billetera de cuero marrón que el anciano usaba desde hacía años. Sin embargo, se le había extraído el valioso contenido. En vano trató el juez de que el detenido confesara qué uso le había dado o dónde lo había escondido. En realidad, el hombre negó con terquedad todo conocimiento del tema. Asimismo los guardias descubrieron, entre el colchón y el elástico de la cama, una camisa y un pañuelo de cuello, ambos con el monograma del acusado, horrendamente manchados con sangre de la víctima.

En esa coyuntura, se anunció que el caballo del occiso acababa de morir en el establo a causa de la herida recibida. El señor Goodfellow propuso que de inmediato se practicara la autopsia a la bestia con la intención de encontrar el proyectil, de ser posible. Eso se hizo. Y, como para que no quedaran dudas sobre la culpabilidad del reo, el señor Goodfellow, luego de un largo hurgar dentro de la cavidad torácica, pudo encontrar y extraer una bala de tamaño extraordinario. Hechas las pruebas de rigor, se determinó que coincidía exactamente con el calibre del rifle del señor Pennifeather, y que era tan grande que no podía pertenecer a ninguna otra persona del pueblo o zonas aledañas. Sin embargo, como para confirmar la certeza, se descubrió que la bala tenía una falla o reborde en ángulo recto con la habitual unión. Luego de revisarla, se determinó que dicha costura coincidía con la que tenían los moldes, de los cuales el acusado reconoció ser propietario. Puesto que se había hallado esta bala, el magistrado se negó a escuchar más testimonios y en el acto remitió al prisionero al tribunal para que lo sometiera a juicio. Se negó a dejarlo en libertad bajo fianza, aunque contra semejante severidad protestó acaloradamente el señor Goodfellow, ofreciendo salir él de garantía, cualquiera fuese el monto requerido. Semejante generosidad por parte del viejo Charley concordaba con el tenor de su conducta amable y caballeresca durante toda su estancia en Rattleborough. En ese caso, el caballero se dejó llevar de tal manera por su excesiva conmiseración que, cuando ofreció dar la fianza para su amigo, pareció olvidar totalmente que no tenía ni un solo dólar en propiedades sobre la faz de la tierra.

El resultado de la detención puede adivinarse sin dificultad. En medio de manifestaciones adversas de todos los pobladores, el señor Pennifeather fue sometido a juicio en la siguiente reunión del tribunal de causas criminales. En esa oportunidad, se consideró que las pruebas circunstanciales –robustecidas por algunos otros datos condenatorios que la rectitud y escrupulosidad del señor Goodfellow le impedían no hacer saber al tribunal– eran tan precisas y concluyentes que el jurado se expidió de inmediato con el veredicto de “culpable de homicidio intencional”. Poco después, el infortunado fue sentenciado a muerte y devuelto a la cárcel del condado para aguardar la inexorable venganza de la ley.

Entretanto, gracias a su noble conducta, el viejo Charley Goodfellow se había granjeado el doble de la estima que le profesaban los honrados ciudadanos. La gente le tomó diez veces más simpatía que antes. Como consecuencia natural de la hospitalidad que se le dispensaba distendió, por así decirlo, los excesivos hábitos frugales que la pobreza lo había obligado a adoptar hasta ese momento y muy a menudo organizaba en su casa pequeñas reuniones en las que imperaba el ingenio y el jolgorio, un tanto atemperado, desde luego, por algún recuerdo ocasional de la penosa y desafortunada suerte que se cernía sobre el sobrino del amigo íntimo del anfitrión.

Un hermoso día, el magnánimo caballero se sorprendió agradablemente al recibir la siguiente carta:

 

Señor Charles Goodfellow, Esq., Rattleborough.

Estimado señor:

En cumplimiento de un encargo que hace alrededor de dos meses nos hizo llegar nuestro estimado cliente, el señor Barnabas Shuttleworthy, tenemos el agrado de remitir a su domicilio un cajón doble de Chateau Margaux, marca antílope, sello violeta. Cajón numerado y marcado como se indica en el margen.

Sus seguros servidores,

HOGGS, FROGS, BOGS, & CO.

 

Ciudad de…, 21 de junio de 18…

 

PD: El cajón le llegará el día posterior a la recepción de esta carta. Nuestros respetos al señor Shuttleworthy.

 

Sucede que, desde la muerte del señor Shuttleworthy, el señor Goodfellow había perdido las esperanzas de recibir alguna vez el Chateau Margaux prometido, por lo cual recibirlo ahora le pareció un designio especial de la Providencia. Quedó encantado, desde luego, y, en la exuberancia de su alegría, al día siguiente invitó a una pequeña cena a un grupo numeroso de amigos, con el fin de degustar el obsequio del buen señor Shuttleworthy. Por cierto no dijo nada sobre el “buen señor Shuttleworthy” cuando envió las invitaciones. Lo cierto es que, tras mucho pensarlo, decidió no decir nada. No le mencionó a nadie –si mal no recuerdo– haber recibido el vino de regalo. Se limitó a invitar a los amigos para que lo ayudaran a beber un vino de excelente calidad y rico aroma que había encargado a la ciudad dos meses antes y que esperaba recibir al día siguiente. A menudo me he planteado por qué fue que el viejo Charley decidió no decir que el vino era un obsequio de su querido amigo, pero nunca pude entender bien el motivo de su silencio, aunque creo que debía de tenerlos, y excelentes.

Llegó por fin el día siguiente, y, con él, un grupo nutrido y muy selecto de invitados a la casa del señor Goodfellow. De hecho, estaba allí la mitad del pueblo –yo también era de la partida, pero, para gran fastidio del anfitrión, el Chateau Margaux arribó a hora muy tardía, cuando los invitados ya habían dado cuenta del suculento banquete. Finalmente llegó –un cajón de monstruosas dimensiones– y, como los invitados se hallaban de muy buen humor, decidieron en forma unánime ponerlo sobre la mesa y a continuación extraer su contenido.

Dicho y hecho. Yo di una mano también. En un instante habíamos colocado el cajón sobre la mesa, en medio de todas las demás botellas y vasos, muchos de los cuales terminaron rotos en el forcejeo. El viejo Charley, que estaba muy ebrio y con la cara colorada, tomó asiento en la cabecera de la mesa con aire de fingida dignidad y golpeó enérgicamente con un botellón exhortando a los presentes a mantener el orden “durante la ceremonia de desentierro del tesoro”.

Luego de ciertas reacciones estentóreas, por fin se restableció la calma, y, como sucede a menudo en casos similares, sobrevino un silencio profundo y notable. Cuando se me pidió que abriera la tapa por la fuerza, cumplí el cometido, desde luego, “con gran placer”. Con ayuda de un formón y varios golpecitos de martillo, voló repentinamente la tapa del cajón y en el mismo instante saltó a la vista, justo frente al dueño de casa y en posición de sentado, el cuerpo magullado, ensangrentado y casi putrefacto del señor Shuttleworthy. Durante unos instantes miró tristemente, con ojos ya sin brillo, el rostro del señor Goodfellow; luego murmuró, en forma lenta pero clara y muy impresionante, las palabras: “Tú eres el hombre”. Acto seguido cayó por el costado del cajón como si se sintiera muy satisfecho y quedó con los brazos colgando sobre la mesa.

Imposible describir la escena que se produjo a continuación. Fue tremenda la carrera hacia puertas y ventanas, y muchos de los hombres más robustos se desmayaron de puro terror. Pero tras la primera reacción de miedo atroz, todos los ojos se posaron en el señor Goodfellow. Aunque viva mil años jamás podré olvidar la expresión de sufrimiento mortal de su rostro pálido, tan rubicundo de triunfo y de vino hasta momentos antes. Durante varios minutos permaneció rígido como una estatua de mármol; en el intenso vacío de su mirar, los ojos parecían vueltos hacia adentro, absortos en la contemplación de su propia alma miserable y asesina. Al final su expresión pareció volver de pronto al mundo exterior cuando, con una veloz reacción, el hombre cayó pesadamente con cabeza y hombros sobre la mesa, en contacto con el cadáver. Luego, de manera rápida y vehemente, confesó con lujo de detalles el deleznable crimen por el cual estaba preso y condenado a morir el señor Pennifeather.

 

Lo que relató fue, en esencia, lo siguiente: Que siguió a su víctima hasta la cercanía del charco. Allí le disparó al caballo con una pistola; mató al jinete a golpes de culata; se apoderó de la billetera y, suponiendo que el caballo estaba muerto, lo arrastró con gran esfuerzo hasta los arbustos cercanos al charco. Sobre su propio caballo cargó el cadáver del señor Shuttleworthy y lo llevó a un sitio lejano, en el bosque, donde podía ocultarlo. El chaleco, el cortaplumas, la billetera y la bala habían sido puestos por él en los lugares donde se les halló, con la intención de vengarse del señor Pennifeather. También tramó el descubrimiento del pañuelo y la camisa manchados de sangre.

Hacia el final de la electrizante narración, las palabras del canalla asesino se hicieron huecas y entrecortadas. Cuando hubo terminado, se levantó, se alejó tambaleante de la mesa y se cayó… muerto.

Los medios a través de los cuales pudo arrancársele esta oportuna confesión fueron efectivos pero muy sencillos. El exceso de franqueza del señor Goodfellow me había disgustado y despertado en mí sospechas desde el primer momento. Yo estaba presente cuando el señor Pennifeather lo había golpeado, y la expresión maligna que cruzó por su rostro, aunque fugaz, me dio la certeza de que su amenaza de venganza sería, en lo posible, cumplida al pie de la letra. Por eso es que yo veía las maniobras del viejo Charley de manera muy distinta de como las veían los buenos ciudadanos de Rattleborough. En el acto me di cuenta de que todos los descubrimientos incriminatorios surgían, directa o indirectamente, de él mismo. Pero lo que terminó de abrirme los ojos fue el asunto de la bala, hallada por él en el cadáver del caballo. No me había olvidado, aunque los habitantes del lugar parecían no recordarlo, de que se había encontrado el orificio de entrada de la bala en el caballo y también el de salida. Si después de haber salido del cuerpo del animal el proyectil estaba dentro, quiere decir que lo había depositado allí la persona que lo había encontrado. La camisa y el pañuelo ensangrentados confirmaban la idea que me daba la bala. Al hacerse analizar la sangre se comprobó que en realidad era vino clarete, nada más. Cuando me puse a pensar en todas estas cosas, como también en cómo había aumentado en los últimos tiempos el nivel de gastos del señor Goodfellow, me entraron fuertes sospechas, que no fueron menos profundas por el hecho de que me las haya guardado sin contárselas a nadie.

Entretanto emprendí en forma particular una búsqueda rigurosa del cadáver del señor Shuttleworthy. Tenía buenas razones para buscarlo en sitios totalmente opuestos a aquellos adonde el señor Goodfellow iba llevando a la gente. El resultado fue que, a los pocos días, encontré un viejo pozo seco cuya boca estaba casi oculta bajo unas ramas. Allí, en el fondo, descubrí lo que buscaba.

Sucede que en su momento, yo había oído el diálogo entre los dos amigos, aquel día en que el señor Goodfellow le arrancó a su anfitrión la promesa de un cajón de Chateau Margaux. Sobre ese indicio actué. Conseguí un fleje rígido de ballena, se lo introduje al cadáver por la garganta y luego metí a éste dentro de un antiguo cajón de vino, teniendo cuidado de doblarlo de modo que el fleje de ballena se doblara junto con él. De esta manera tuve que apretar fuertemente la tapa, que luego aseguré con clavos. Sabía, por supuesto, que cuando éstos fueran retirados, volaría la tapa y se levantaría el cadáver.

Habiendo arreglado así el cajón, lo marqué y numeré como ya he dicho. Luego redacté una carta como si la enviaran los vendedores de vino que abastecían al señor Shuttleworthy. Le di instrucciones a mi sirviente que transportara el cajón en una carretilla hasta la puerta del señor Goodfellow cuando recibiera una señal de mi parte. En cuanto a las palabras que pensaba hacer pronunciar al cadáver, confiaba en mis habilidades de ventrílocuo; con respecto al efecto que causarían, contaba con los remordimientos del vil asesino.

Creo que no hay nada más que explicar. El señor Pennifeather fue puesto inmediatamente en libertad, heredó la fortuna de su tío y, aprovechando las lecciones de la experiencia, dio vuelta la página y a partir de ese momento llevó una nueva vida, plena de felicidad.