lunes, 27 de abril de 2026

La boina roja

Rogelio Sinán

 

–Mire, doctor Paul Ecker, su silencio no corresponde en nada a la buena voluntad que hemos tenido en su caso. Debe usted comprender que la justicia requiere hechos concretos. No me puedo explicar la pertinacia que pone en su mutismo.

Paul Ecker clava sus ojos verdes en el vacío. Siente calor. Transpira. Las pausas isocrónicas de un gran ventilador le envían a ratos un airecillo tenue, que juguetea un instante con las rojizas hebras de su barba.

(…Allá en la islita no hacía tanto calor. Era agradable sentarse en los peñascos a la orilla del mar… hundir los ojos en la vasta movilidad oceánica… ver cómo se divierten los raudos tiburones… y sentir la caricia del viento que te echa al rostro la espuma de las olas…)

–Hemos tenido, doctor, no sólo en cuenta el merecido prestigio de que goza como biólogo y médico, sino también las múltiples demandas de clemencia enviadas por hombres celebérrimos, por universidades, academias, museos… ¡Vea qué arsenal de cartas!… De Londres, Buenos Aires, Estocolmo, París… Ésta de Francia nos hace recordar que dos años antes tuvo usted el honor de presidir el Gran Congreso Mundial de Ictiología que se reunió en la Sorbonne… ¿Recuerda?… Menos mal que sonríe.

(¡La Sorbonne!… sí, allí la conoció… tenía el aspecto de una inocente colegiala, pero ¡qué embrujadora!… lo que más lo sedujo fue su faldita corta azul marino y aquella boina roja levemente ladeada sobre una sien… “sólo quiero su autógrafo –le dijo–. Yo me llamo Linda Olsen y estudio en La Sorbona. Me interesan las ciencias. Quisiera hacer prodigios como Madame Curie… ¿De qué estado es usted? Yo soy de Atlanta”).

Paul Ecker se estremece, sin saber definir si es por el aire de los ventiladores o por otras mil causas que procura olvidar sin conseguirlo.

El funcionario prosigue:

–En estas cartas nos ruegan ser clementes… nos mencionan sus recientes estudios sobre diversos temas de ictiología y, asimismo, como dice John Hamilton, por la gran importancia de su “Memoria sobre la vida erótica de los peces”, en la cual relaciona con las fases lunares los cambios de color que, durante el desove, sufren ciertas especies.

(…Por culpa de John Hamilton se la encontró de nuevo en Pensilvania… “¿no me recuerda ya? ¡Soy Linda Olsen, la de la boina roja!… ¡Qué memoria la suya, doctor Ecker! Claro, como no llevo mi casquete purpúreo ni la faldita azul… ¿qué tal me veo con lentes? Parezco gente seria, ¿verdad? Tal vez por eso no me ha reconocido… jamás olvidaré nuestros paseos en París… ¿recuerda, en el otoño, cómo caían las hojas?… ¿Y el paseo vespertino en las barcazas del Sena? ¿Y aquella tarde alegre en lo más alto de la Tour Eiffel? Tengo en casa la foto, ¿la recuerda?… bueno, doctor, no quiero fastidiarlo… le debo declarar de todos modos que este encuentro no ha sido casual… he venido a buscarlo porque en la prensa he visto que el Instituto de Piscicultura lo envía a estudiar los peces del Archipiélago de las Perlas, cerca de Panamá… ¡qué maravilla!… ¡Pasar un año entero disfrutando del Trópico, del mar, del sol, del aire, libremente y en íntimo contacto con la Naturaleza!… ¡Tiene usted que llevarme!… Es necesario que yo sea su asistente… ¡doctor, se lo suplico!… Vea que tengo razones para hacerle este ruego… ya estoy desesperada… mire si no: usted sabe que me gradué en París… bueno, de nada me ha valido todo eso. Todavía ando cesante… ¡sí, sí, no he de negarle que recibí una oferta de John Hamilton!… ¡Qué ofensa! ¿Se imagina? Yo, asistente de un hombre de color… ¡Oh, sí!… Todo lo célebre que usted quiera llamarlo… ni me lo diga… ya sé que es candidato al Premio Nobel… ¡sí, sí!… Pero aun así… usted comprende, doctor…)

El juez respira incómodo. Se enjuga la calva con el humedecido pañuelo. Y, haciendo mil esfuerzos por conservar la calma, declara:

–Todo ello nos obliga a ser un tanto indulgentes… pero necesitamos saber de todos modos el paradero de Miss Olsen… cuando lo hallaron a usted sobre la playa de Saboga, parecía enajenado… llevaba en la cabeza la boina roja de ella… su ropa, hecha girones, daba a entender su lucha con las olas entre los arrecifes… tenía, además, las manos y los pies rasguñados… la sangre de una herida más honda había manchado parte de la camisa… a medida que fue recuperando su lucidez mental daba diversos y hasta contradictorios detalles del siniestro, lo cual fue buen estímulo para que los marineros de la Base imaginaran e hicieran circular las más extrañas versiones del suceso… unos, al ver deshecha la pequeña chalupa, pensaron que iba usted con Miss Olsen cuando lo sorprendió la tempestad… otros, por ciertos datos inconexos que usted dejó entrever, supusieron que usted había empujado a Miss Olsen entre los tiburones… hubo quienes creyeron lo del suicidio por no sé qué percance sentimental…

(…¿Cómo iba a asesinarla? ¿Suicidio? ¡Ni pensarlo! Las causas y los hechos eran muy diferentes; pero ¿cómo decirlos sin despertar la duda de que fuesen producto del desvarío causado por el naufragio?… Todavía le quedaba en los oídos la escalofriante risa de la haitiana y aún parecíale oír sobre las olas el canto de Linda Olsen tremolando como una banderola…)

–Por eso decidimos celebrar esta audiencia preliminar muy en privado. Sólo estarán presentes las personas estrictamente necesarias y eso cuando hagan falta. No le hemos dado pase ni a los señores de la prensa. Usted comprende: sería un gran desprestigio para la ciencia. Y así nos lo ha advertido por cable cifrado el Instituto de Piscicultura… aun de Washington se recibió un mensaje en el que insisten sobre la discreción que este proceso requiere, tratándose de una celebridad como usted… sin embargo, no debemos negar que ciertos trámites de obligada rutina… oh, sólo para cubrir las apariencias… ya que, según lo han confirmado sus colegas de la Universidad, no existe indicio alguno que no dé fe absoluta de su inocencia… de todos modos, usted debe ayudarnos… ¿por qué motivo insiste en su rotundo silencio? Yo no podría eximirlo de rendir declaración de los hechos… la Ley lo exige, mi querido doctor… mire, para ayudarlo, le voy a refrescar la memoria… hace un año, tal vez un año y medio, llegó usted a la Base Militar de Saboga con buenas credenciales y en compañía de su asistente Linda Olsen… iba usted a explorar todas las costas del Archipiélago y a seguir estudiando, como dice esta nota del Instituto, “…la época de la freza en ciertos peces de desove heteróclito, como también la ovulación de las hembras denominadas partenogenéticas…” El Comando Militar de la Base le prestó la más franca colaboración… se le asignó, para uso exclusivo de usted y su asistente, una lancha de motor y dos adjuntos: un maquinista de raza afrodinense, Joe Ward, y un marinero blanco, Ben Parker…

(…Paul Ecker se contempla a sí mismo en la Base Militar de Saboga. El comandante lo recibió cordial y se mostró festivo con Miss Olsen, que lucía nuevamente su boina roja. “Se va usted a aburrir en ese islote”, le dijo. Sorprendida, Miss Olsen le preguntó a su vez: “¿Es que no vamos a residir aquí?” Y él, yendo hacia la puerta, contestó: “No, señores. Vengan conmigo al porche”. Y, señalándoles un islote cercano, agregó: “¿Ven esa ínsula con varios farallones? Es allí donde está el laboratorio. Las investigaciones las inició Frank Russell, pero como era médico militar, no hace mucho se embarcó para el Asia. Yo mismo sugerí la conveniencia de traer a un civil. Les aseguro que van a estar ustedes muy cómodos. Verán en el islote una cabaña debidamente equipada. La asea Yeya, una haitiana, que cuida a las gallinas y cultiva la tierra. Es vejancona. La dicen la Vudú. Habla una jerga rara, pero entiende el inglés. Ella verá la forma de que nada les falte. Si aún necesitan algo, pueden mandarme a Joe. Es buen muchacho. Vivirá con ustedes y les será muy útil. No hay nada que él no sepa. Es cocinero, mecánico, marino y hasta –¡asómbrense!– gran tocador de banjo. Ben Parker es un buen ayudante y toca armónica. Es aparcero de Joe. Siempre andan juntos…”)

El funcionario mueve su corpulencia provocando un discordante chirriar de muelles flojos y de piezas gastadas.

–No sé por qué motivo, al poco tiempo, usted mismo solicitó el retiro de ambos jóvenes, ¿no es así?

El doctor Ecker sufre un ligero estremecimiento. Mira al juez, suplicante. Y, moviendo en el aire entrambas manos con gesto de impaciencia, declara:

–Hay circunstancias en las que… ¿sabe usted?… Es tan complejo todo esto que… para explicar los hechos y evocar claramente la pura realidad sería preciso acusar a personas que a lo mejor son inocentes.

–Si hay fe de esa inocencia, no las complica usted en absoluto… y, además, ya le he dicho que esta causa la estamos ventilando con la más rigurosa reserva… puede estar bien seguro de que nada de lo que aquí se diga saldrá de este recinto. Prosiga usted.

–Nuestros primeros días en el islote fueron de una belleza inexpresable… la casa era muy cómoda… mientras la vieja arreglaba y atendía a la cocina, Linda, los muchachos y yo deambulábamos de roquedo en roquedo reconociendo las encantadas costas… no podría describirle la sensación de magia que iba sobrecogiéndonos en aquel tibio ambiente de luz, color y trinos… yo, pecador de mí, perdí mi tiempo, si así puede decirse, entusiasmado por múltiples hallazgos de índole puramente científica. Ben y Joe, los dos jóvenes, tenían que acompañarme cargando mis enseres… aquello, al parecer, los distraía; pero ella, en pleno goce de su explosiva adolescencia, languidecía de hastío… a veces nos seguía coleccionando conchas y caracoles, pero más le agradaba vagar entre los árboles. Y era que, sin nosotros, no quería estar en casa, porque sentía no sé qué desconfianza contra la vieja… era más bien como una especie de repulsión, de asco, de vago presentimiento. Por las tardes, después de las labores, yo solía dar con ella largos paseos románticos.

“Debo advertirle que jamás pensé en la posibilidad de un idilio. Hubiera sido ridículo, ¿comprende usted?… Mi edad y la misión que fungía me daban cierto tono de tutor frente a ella… de modo que por ética profesional y, sobre todo, por mi constante razón de estar en éxtasis, abstraído, embebido, no podía darse aquello…”

Ecker reprime un gesto que deja traslucir una ligera aflicción. El funcionario comprende que ha presionado un punto neurálgico. Casi inconscientemente oprime un timbre.

–Descanse usted, doctor.

Y, al entrar el ujier, se enjuga el rostro mientras le dice:

–Tráiganos agua fresca.

El doctor Ecker vuelve a clavar sus ojos en la verde lejanía del recuerdo.

¿Cómo hacerle entender a aquel obeso señor de piel viscosa lo que fue para ellos el farallón?… ¿De qué modo hacerle inferir que aquello tenía cierto epicúreo sabor de égloga antigua, de pastoral pagana, de bucólica sinfonía tropical?…

(…Trastornado por la naturaleza alegre de la isla, enceguecido por la gran soledad que lo rodeaba frente al mar y el cielo, y obsedido por el jovial efluvio de Linda Olsen, Paul Ecker despertó como a un mundo jamás imaginado; sufrió una especie de mágica metamorfosis, y, al dejar la crisálida que lo hacía parecer severamente científico, sintió de sopetón el estallido solar y la excitante fragancia de las olas… en vano resultaba que, tratando de aferrarse a la ciencia, procurara esconderse entre las celdas de sus razonamientos… cuando más concentrado analizaba ciertos epifenómenos como el de las anguilas que cambian de color durante el celo, o cuando iba a sacar la conclusión de que las glándulas hipófisis rezuman las hormonas… oía la voz de Linda que, subida a los árboles o hundida entre las olas, le dejaba entrever su boina roja… recordaba Paul Ecker varios acantilados en forma de escalones donde dejaba el mar pequeñas pozas que Miss Olsen usaba para bañarse… una vez cayó en una de la que no podía salir porque los bordes estaban resbalosos… él escuchó sus gritos y, pensando en Andrómeda atacada por el monstruo, se lanzó a rescatarla… la tuvo que sacar así desnuda –¡maldita timidez!– tras mil esfuerzos y graves resbalones…

Esa noche Linda Olsen hizo bromas y rio bajo la luna poniendo en entredicho su varonía. Hubo, claro, un instante en que la sangre se le encendió de pronto… sintió que se iba hundiendo en un abismo profundo… y esa noche fue Andrómeda quien devoró a Perseo… desde entonces…)

Una golosa mosca queda presa en las alas del gran ventilador.

El mofletudo custodio de la Ley se abanica.

–Se dice que Linda Olsen iba a tener un niño, ¿no es así?

–Desde luego.

–Todo ello a consecuencia…

–¿De qué?

–De sus amores…

–No sé a qué se refiere.

–Bueno, en definitiva, queda casi probado…

–Que el hijo no es mío.

–¿En qué quedamos, mi querido doctor?

–Creo haberle dicho que Miss Olsen erraba de un lado para otro, rebosante de vida, plena de juventud, trastornada por los encantos mágicos de la isla. Yo no podía atenderla… usted comprende… yo estaba dedicado en cuerpo y alma a vigilar en las charcas y entre los arrecifes la heteróclita ovulación de los peces… mis severas costumbres ponían entre nosotros una muralla rígida de austeridad…

(Más allá de ese muro, todo era égloga bárbara, pagana libertad en la que él, lujurioso, saltaba como un sátiro tras una ninfa en celo…)

–¿Cómo se entiende entonces que Linda Olsen?…

–Déjeme usted decirle… convencida de que yo no era el tipo que requerían sus veleidades de juventud, sonsacaba por turno a Ben y a Joe con el pretexto de que la acompañasen a buscar frutas… yo no veía en todo ello nada malo… comprendía que eran cosas de adolescencia… me pareció al principio que Miss Olsen se divertía flirteando con Ben Parker… eso era lo normal, dado su enojo contra la gente de color… en efecto, noté que Ben y Linda se perdían con frecuencia. Sin embargo, pude entrever que al poco tiempo Ben Parker la rehuía… desde entonces (¡caso bien anormal!) ella buscaba a Joe para sus juegos y andanzas… aquello parecía divertirla, pues la sentía reír de buena gana… también me sorprendió lo acicalado que andaba el negro Joe, quien, a la luz de la luna, solía entonar canciones quejumbrosas al son del banjo. Aún recuerdo una de ellas de indudable intención enamorada…

 

¡Qué bonita boina roja,
la boina mía,
oh mar azur…
Cuando la veo se me antoja
una sandía
de Carolina del Sur…!

 

Una tarde, lo recuerdo muy bien, yo examinaba al microscopio no sé qué tegumentos… me estaba adormilando por causa del bochorno, cuando escuché los gritos de Miss Olsen. Pensé que a lo mejor la habría picado una coral o acaso una tarántula… al asomarme atónito, la vi venir corriendo, desgreñada, gritando… “¡socorro! ¡Me ha violado!”… Noté que el negro Joe, loco de pánico, descendía hacia la rada casi volando… bajé por el barranco precipitadamente para pedirle explicaciones, pero él logró embarcarse, cuchicheó con Ben Parker, y ambos partieron en la lancha… sin perder un minuto, subí hasta el promontorio para hacer las señales con el semáforo dando parte a la Base, pero lo sorprendente, lo increíble, fue que en ese momento Miss Olsen, muy sumisa y al parecer tranquilizada, se me acercó rogándome que por favor desistiera de dar la alarma… me explicó que un escándalo podía perjudicarla… prefería que el abuso quedara impune… yo, que la había pensado toda plagada de prejuicios, sentí la más profunda veneración por ella; resolví defenderla, darle amparo y aun brindarle mi nombre, ya que su gesto, para mí, era un indicio de plena madurez y de cordura total… desde esa tarde, viéndola acongojada, resolví distraerla y procuré interesarla nuevamente en los asuntos científicos que ella había abandonado no sé por qué…

–Perdone: ¿Ben y Joe no regresaron a la isla?

–No, por cierto… cuando fue el comandante a investigar…

–¿Qué inventaron?

–Le habían hecho creer que yo deseaba estar solo. Desde luego, preferí confirmar esa versión… y aun dije al comandante que como ya era tiempo del desove, prohibiera que sus hombres se aproximaran al islote porque espantaban a los peces y hasta podían interrumpir el desove… cuando él quiso insistir, le aseguré que la Vudú nos bastaba para los menesteres de la casa… desde entonces, ya no hubo distracciones y nos dimos de lleno a los cultivos y a la atinada observación de las aguas… la haitiana vivía distante de nosotros, y poco la veíamos; sobre todo porque pasaba el tiempo pescando en alta mar. Navegaba en una frágil chalupa que parecía una nuez entre las olas… fue entonces cuando Linda pareció darse cuenta de que en su vientre…

–¡El niño! ¿Era del negro, entonces?

–Sólo puedo decirle que era de ella. Yo iba a reconocerlo como si fuera mío, pero las cosas tomaron otro rumbo.

El doctor Ecker pone el oído atento. Cree escuchar a lo lejos un canto misterioso que parece surgir de entre las olas y siente nuevamente la infernal carcajada de la haitiana que lo persigue a todas horas.

El juez insiste:

–Y en resumidas cuentas, no estaba usted seguro de que el niño fuese suyo o del negro. Sé que hubo relaciones…

–Exactamente. Ella y yo… usted comprende. De allí mi estado de ánimo, de duda. Sobre todo, porque existe en mi vida un precedente que me hacía presentir dificultades. Me refiero… no sé si ya le he hablado de mi primer divorcio por incapacidad genésica… mi suegro, que era rico y muy dado a esas sonseras de alcurnia, deseaba a todo trance un nieto debidamente sano, robusto y fuerte que le heredase el nombre y la fortuna. Nació un niño, varón, pero tarado, contrahecho, deforme… menos mal que sólo duró unas horas… se estudió el historial clínico de mi gente y se encontró… usted sabe… no hace falta insistir sobre estas cosas. Mi suegro me obligó a cederle el puesto a un semental de indubitable fecundia… a aquel fracaso inicial debo mis glorias en el campo científico… conociendo el oprobio de mi destino, preferí refugiarme entre mis libros y me negué al deleite de una familia. ¿Por qué insistir sabiendo que mis hijos nacerían defectuosos?… Por eso, en el islote, procuré estar distante de Miss Olsen… sin embargo, las cosas no suceden siempre según queremos. La soledad a veces nos precipita en brazos de la lujuria… ocurrió, pues, aquello, y ella esperaba un niño que suponía hijo mío, lleno de vida, rozagante y hermoso… yo, que estaba inseguro de su paternidad, me angustiaba… mi zozobra crecía a la par de aquello que iba a nacer… era un dilema sin solución posible, pues si me ilusionaba creyéndolo hijo mío, pensaba en monstruos, en seres anormales, en fenómenos; y si lo imaginaba hijo del negro, ¡imagínese!… Una secreta esperanza me confortaba a veces al juzgar que, a lo mejor, aquel ambiente embellecido de la isla podía haber ejercido una influencia benéfica sobre la gestación de la criatura… sólo por eso o a lo mejor llevado por mi interés científico, no quise deshacer lo dispuesto por la Naturaleza. Lo que más me aterraba era que Linda pudiese abandonarme al enterarse de mi fatalidad; por eso, puesto a escoger entre los dos alumbramientos posibles, yo prefería el del negro… Linda Olsen me pedía que la llevara a la Base para que la atendieran debidamente. Yo se lo prometía, pero estaba dispuesto a realizar yo mismo la operación en la isla, sin testigos odiosos, habiendo decidido adormecerla para que ella ignorara la realidad hasta el momento oportuno… era tal mi impaciencia, que los días y los meses me parecían más lentos… aún faltaban como siete semanas para la fecha justa, cuando me di a pensar que a lo mejor el cálculo estaba errado, ya que me parecían excesivos sus sufrimientos y la absoluta tirantez de la piel… olvidaba decirle que así como avanzaba el lapso genésico, Linda era presa de caprichos extraños… le agradaba pasarse horas enteras sumergida en el mar; y a pesar de su estado casi monstruoso, obsceno, se negaba a usar malla alegando que no la resistía… a la hora de comer, daba señales de la más absoluta inapetencia… sin embargo, después la sorprendía comiendo ostiones y otros mariscos, vivos… aquella noche, los truenos y relámpagos habían sobrecogido a Linda Olsen. La veía horrorizada… temía morir en la isla… y, ya obcecada por los terrores de la muerte, llamaba a la haitiana para que la ayudara a bien morir… yo me había dado cuenta de que la negra Vudú se dedicaba durante mis ausencias a prácticas ocultas para aliviarle a Linda los dolores… la tempestad rugía bajo los fuertes trallazos de la lluvia… contorsionada sobre el lecho, la grávida gemía, atormentada por los desgarramientos más atroces… yo, que ya enloquecía por la tensión de mis nervios, preferí (no había otra escapatoria) precipitar aquello para salvar a Linda. De lo contrario, yo estaba bien seguro de que, aun faltando un mes, su organismo no podría resistir… enfebrecido por la más angustiosa desesperanza, me resolví a operar… la inyecté… al poco rato le entró un sueño profundo… en ese estado como de duermevela nació por fin aquello. No quiero recordarlo… era una cosa deforme, muerta, fofa… temiendo que Linda Olsen pudiera darse cuenta al despertarse, corrí bajo la noche aún tempestuosa y eché el engendro al mar; así borraba toda huella o vestigio de su fealdad. Desde entonces tengo los nervios rotos…

–No debe preocuparse. Lo importante era salvar a Linda Olsen.

–Y la salvé, en efecto, pero tuve el temor de que al saber la verdad me abandonara, y preferí inventarle la mentira de una criatura negra. “¿Dónde está? –me gritaba–. ¡Quiero verla!” No sabiendo mentirle, me enredé más y más hasta quedar frente a ella convertido en un vulgar asesino.

(…Paul Ecker se estremece… abre los ojos desmesuradamente, como sobrecogido por una extraña visión. Cree oír de nuevo la carcajada de la haitiana y el misterioso canto del huracán. Ante sus ojos se extiende el mar inmenso, y le parece ver surgir de sus olas la cabeza de Linda con las pupilas fijas como en estado de trance. Sólo Ecker oye su voz que dice:

–No me agradan los negros… no puedo remediarlo… es algo que he llevado en la sangre desde pequeña… son taras de familia que no es el caso discutir… con todo y eso, confieso que Joe Ward no tuvo nada que ver con nuestro asunto… si a alguien le cabe culpa es a mí… yo te mentí, Paul Ecker, premeditadamente o por irreflexión momentánea… mejor dicho, no hubo ficción alguna; más bien malentendido… lo cierto es que el ambiente de la isla me hechizó transformándome, me hizo ver en mí misma a otra persona distinta de la de antes… para mí, pobre víctima de las inhibiciones sociales, aquello era un milagro de libertad… allí en la isla no había prejuicios que me ataran… deshice mis cadenas y me sentí a mis anchas, con ganas de gritar, de hundirme íntegra en la embriaguez del ambiente… todo en la isla me parecía un milagro de la Naturaleza… los colores del mar; el juego alegre de espumas y gaviotas; el canto de los pájaros; el brillo de la luz; la exuberancia de vida; la canícula; y el olor penetrante de la tierra después de la tormenta… todo hablaba de amor, todo era un himno pagano que me inundaba como en una vorágine lujuriosa, lasciva… mi juventud ardía… mi cuerpo joven se deshacía en un delirio deslumbrado… por eso, en pleno goce de mis actos, retozaba descalza bajo la lluvia… quería ser una nota en el gran canto de la Naturaleza… ¡con qué placer ansiaba vengarme de la vida dejada atrás…! Por eso me entregué sin preámbulos al rubio Parker… lo hice sencillamente, como lo hacen los pájaros y las aves del mar… aquello para Ben sólo fue un rato de ofuscación… pensó en las consecuencias y, aterrado, ya no quiso acercárseme… me huía… yo, en cambio, lo deseaba sin compromiso alguno… Quería saciar mi sed, pues ya era tarde para frenar mi impulso. Y, decidida a dominar sus temores, dispuse darle celos coqueteando con Joe. No he de negar que, aunque siento repudio contra los negros, no probé desagrado sino más bien placer… me causaban deleite las piruetas y las mil ocurrencias de Joe Ward… joven, fuerte, radiante, tenía los dientes blancos y reía con una risa atractiva… la atmósfera de la isla y la fragancia de la brisa yodada me lo hicieron mirar embellecido como un Apolo negro… comencé a darme cuenta de que estaba en peligro de entregarme, pues ya me le insinuaba con insistencia… él, viéndose deseado, fue cayendo en la urdimbre devoradora… una tarde (Ben Parker lo esperaba en la lancha, pero Joe prefirió jugar conmigo) yo le tiraba frutas de un árbol cuando de pronto me zumbó un abejorro… asustada, quise bajar del tronco y resbalé… Joe acercándose, me recibió en sus brazos y me besó en la boca… sentí como una especie de vórtice que me arrastraba… ya a punto de caer, lancé un grito y hui aterrorizada… cuando tú, Paul, saliste, tuve vergüenza de parecerte una chiquilla ridícula e irreflexivamente grité como una histérica: “¡Socorro! ¡Me ha violado!”… ¡Pobre Joe!… Sobrecogido de pánico, se retiró cuesta abajo y, embarcándose, puso rumbo a la Base en compañía de Ben Parker… luego, puestos de acuerdo, no quisieron volver… el negro dijo que había visto fantasmas en la isla… seguramente lo que sí presintió fue la horca y el espectro de Lynch… la premura que tú pusiste en mi defensa y tus prolijos cuidados, aparte de tu oferta de matrimonio (que yo no comprendí a primera vista), me hicieron acercarme a tu vida, a tus estudios… luego, al notar que iba a ser madre, me apresuré a aceptar tu propuesta matrimonial… que el niño era de Parker, no había duda; pero eso qué importaba… yo sabía que tú estabas embebecido… me casaría contigo y la criatura tendría un padre más digno que el rubio marinero… cuando me puse grave… recuerdo que esa noche llovía terriblemente… brillaban mil relámpagos… y me atemorizaban los truenos y el estruendo del mar… después, no supe más… al despertarme, ya era de madrugada… pensé en mi hija… no sé por qué pensaba que era una niña, con su carita linda y sus bracitos que yo le besaría… ¿sería idéntica a Ben?… Abrí los ojos… me vi sola en la estancia… pensé: “¿qué será de Paul Ecker y de mi niña?”… Llamé. No hubo respuesta. De pronto oí tus pasos. Esperé ansiosa. Entraste… ¿qué te pasaba? Te noté preocupado, las ropas húmedas, el semblante sombrío. “¡pobre! –pensé– seguramente se ha fatigado mucho”. Te acercaste a mi cuerpo con dulzura infinita; me besaste las sienes; me hablaste de tu oferta de matrimonio y aun me dijiste que ya faltaba poco para el viaje de vuelta a Filadelfia… yo, desde luego, sólo insistía en mi anhelo de ver a la criatura, pero no me hacías caso… seguías hablando, como si nada… cuando, ya recelosa, te insté a mostrármela, te vi tartamudear. adujiste, primero, que hiciste lo imposible por salvarla. Después, compadecido, me dijiste que era una niña negra… aquel infundio me iluminó. Tuve la clara percepción del crimen… vi en seguida que habías matado a mi hija por celos de Ben Parker. Bien sabías que era de él… ¡asesinaste a mi niña, a mi pequeña criatura hermosa y bella!… ¡Asesino, asesino!…)

El funcionario golpea impacientemente la mesa con un lápiz, como para llamar la atención del acusado.

Luego, con gran paciencia, dictamina:

–La circunstancia del naufragio y a lo mejor los golpes recibidos le han grabado los hechos, exagerándolos al punto de crearle en la conciencia un fastidioso complejo de culpa. Sin embargo, lo que hizo aquella noche es lo normal. ¿Quién va a acusarlo por no guardar un feto?… Lo que deseo saber son los motivos que lo obligaron a embarcarse en una frágil chalupa, bajo la tempestad, en compañía de Linda Olsen. Yo pensé que, creyéndole incapaz de operarla, quiso llevarla a todo trance a la Base; pero debió ser otra la razón, ¿no es así?

(…¿Cómo explicarle al juez la gran verdad, si a medida que avanzaba hacia ella la creía menos real? Y él mismo comenzaba a dudar de lo que había comprobado con sus manos, en las que aún persistía la sensación del milagro. ¿Cómo hacerle entender sin prueba alguna, que aquel raro prodigio no fue ilusión de sus sentidos? Paul Ecker sabe bien que si declara la verdad que él conoce, traerán a un alienista para que lo examine. Sin embargo, sólo piensa en aquello… esa noche, mientras la tempestad ponía su infierno de luces y de ruidos, él, deseando conocer la verdad y ya cansado de ver sufrir a Linda, resolvió adormecerla… en ese instante surgió el raro misterio… vio una carita fina, muy tierna, sonrosada, y unos bracitos tersos impecables… sintió un júbilo tal que estuvo a punto de descuidar el parto… y ya anhelaba recibir en sus manos a la criatura para sentirla suya, perfecta y sana, cuando aquello saltó, dio un coletazo y rebotó sobre el lecho… quedó paralizado, con la esperanza en éxtasis como si de su gesto dependiera la paz del mundo… lo que bullía frente a él, sobre las sábanas, era un mito viviente: un pez rosado como un hermoso barbo, pero con torso humano, con bracitos inquietos y con carita de querubín… aquella cosa de rasgos femeninos tenía todo el aspecto de una sirena… él las había admirado en obras de arte, en poemas… todavía recordaba los divinos hexámetros de la Odisea; pero jamás pensó ni por asomo que una hija suya… ¡cáspita!… ¿Qué misterioso génesis la originaba?… Recordó que, al marcharse Ben y Joe, es decir, cuando Linda recuperó a su lado, la afición al estudio, una mañana, con las primeras luces, iban a darse un baño entre las rocas, cuando ella lo llamó haciéndole señas desde un pretil… la inquietud de sus gestos le hizo entrever la magnitud del hallazgo… se cubrió a la ligera y, acercándosele, fueron ambos testigos, desde el reborde, de una escena de amor que era un poema de la Naturaleza… nadaba entre las aguas un pez enorme de colores fastuosos… la nacarada bestia (que era una hembra) se apoyó en sus aletas, dejó gotear sus huevos hacia el fondo arenoso y, la misión concluida, se retiró con suaves ondulaciones… al poco rato llegó el macho gallardo, nadó parsimonioso sobre el desove y, acomodándose con ritual ceremonia, fue cubriéndola con su rocío blancuzco… satisfecho el instinto, se alejó muy orondo… la especie estaba a salvo… deslumbrados por la pasión científica, Linda y él sumergiéronse para observar de cerca la ovulación… en mal momento los juntaba la ciencia… la impresión producida por lo que habían mirado, la tibieza del agua y el olor excitante de aquella mezcla… sólo al pensar en ello se le crispan los nervios… fue un grito de la sangre que no pudieron sofocar… era el dictamen de la Naturaleza… y sucumbieron entre aquella sustancia gelatinosa…

Todo estaba muy claro: la pequeña sirena con su piel sonrosada tenía ancestros oceánicos… era el connubio del pez y el ser humano… sin embargo, la pasión de la ciencia se impuso en él… fue superior a su fracaso genésico… y, olvidando la burla que le estaba jugando el destino, pensó en la trascendencia del acto en sí… nada en el mundo tendría más importancia que aquel hecho científico. Su nombre volaría en alas del triunfo, de la fama, del genio… las universidades le brindarían honores y condecoraciones… y ya veía su nombre en los carteles, anunciando la gloria de Paul Ecker, cuando notó que la sirena perdía vitalidad y retardaba sus saltos poco a poco como lo hacen los peces sobre la playa… comprendió que, siendo el mar su elemento, no tardaría en morir fuera de él… ya apenas susultaba y abría la boca, agonizante, poseída de asfixia, en un esfuerzo final de vida o muerte… oh, en ese instante, todo lo hubiera dado por salvarla… la recogió en sus brazos con el mayor esmero y, apresuradamente, corrió hacia el mar… ya las primeras luces anunciaban la aurora y el huracán había cesado… sólo seguía cayendo una llovizna suave, persistente… se hundió en el agua casi hasta la cintura y en ella sumergió a la sirena con la ritualidad de quien impone el bautismo… poco a poco la notó revivir. Y, al ver que ya su cola abanicaba las aguas lánguidamente, la dejó rebullirse para ver si nadaba. ¡Fue una absurda locura!… Nunca debió intentarlo… la sirena dio un coletazo fuerte, hizo un esguince y, aunque él quiso evitarlo, sumergióse fugaz… aún percibió un instante sus relumbres entre la transparencia y, al perderla definitivamente, se quedó como en babia… había dejado huir de entre sus manos la gloria, y había ocurrido todo con tal celeridad que aun Paul Ecker se imaginaba aquello cual jirones de nieblas entre el sueño… ¿cómo explicarle a Linda aquel misterio? ¿Cómo hacerle creer lo que ya él mismo condenaba a la duda?)

El juez insiste:

–Sí había ocurrido todo ¿por qué desafió usted la tempestad en esa frágil chalupa con Miss Olsen? ¿No quiso resignarse a aceptar la realidad de los hechos?

–Pareció que en efecto se resignaba, que creía a pie juntillas lo que le dije… yo me mostré solícito con ella e hice venir a la haitiana para que la cuidara… había quedado muy débil y fue preciso restaurarla con tónicos y caldos… cuando ya se sintió fortalecida, la acompañé unos días en sus paseos, y, como ya las lluvias iban cesando, proseguí mis estudios entre los arrecifes… fue entonces cuando noté en Linda los trastornos que me pusieron en estado de alerta… Linda sufría una angustia cuyas causas no me sabía explicar… la asediaban los fantasmas del mar en pesadillas nocturnas con sobresaltos… el mundo de los sueños era para ella un antro de tormentos del que se liberaba despertándose con alaridos de terror… no se atrevía a dormirse, pues se veía rodeada por monstruos pisciformes que danzaban en una extraña ronda de risas, cantos, espumas y coletazos; una especie de carrusel proteico con ritmo acelerado en cuyo vórtice le parecía caer hasta ir hundiéndose en viscosas sustancias de frialdad tan intensa que le paralizaba las piernas… yo tenía que frotárselas porque se le dormían y alegaba que eran un solo témpano de hielo… la vieja haitiana diagnosticaba que eso era de índole reumática debido a que Linda Olsen pasábase las horas sumergida en el mar, no tan sólo por el goce del baño sino que había insistido en su nauseante costumbre de alimentarse con moluscos vivientes… esta rara manía que antes supuse antojo de gravidez llegó a acentuarse al punto de serme intolerable… su gran voracidad no hacía distingos entre algas y babosas… la vi engullir medusas a mordiscos con la fruición de quien deglute moldes de gelatina…

El funcionario no logra reprimir un gesto de asco.

Confundido, no sabe qué decir y explica:

–Por lo que veo tratábase de una extraña psicosis… Afortunadamente el psicoanálisis…

–¡No hay remedio mejor que el sol, el mar y el aire!… Lo grave es que el conflicto fue agudizándose con manifestaciones de terror…

–Motivado…

–Por un poder ignoto… ella explicaba que se sentía atraída por un abismo de deleitables transparencias… ese augurio de goces con posibilidades de agonía la ponía en trances contradictorios de repulsión y simpatía como ocurre con la inexperta adolescente que, sintiendo la seducción erótica, frena el deseo por miedo de la culpa… esa idea nebulosa de su trastorno adquiría a veces la seductora forma de tritones que la inhibían cantando obscenidades cuando no retozaban con carcajadas ebrias… de allí su afán constante de chapalear entre las ondas; tan intenso, que a veces levantábase del lecho, sonámbula, y desnuda, se dirigía a la playa, a grandes saltos… estos diversos síntomas me fueron indicando su fatal propensión a convertirse en sirena… tenía que darle alcance, despertarla y devolverla a su lecho… en ese estado de éxtasis me hablaba y razonaba sin percepción de sus actos… una noche me confesó que estaba enamorada del mar, y, seducida por él, aseguraba que llegaría el momento en que tendría que dársele definitivamente… meditando sobre ello elucubré lo del Complejo de Glauco de que tanto se ha hablado en los periódicos… debe usted recordar que ese héroe mítico comió de ciertas yerbas y se sintió atraído por el mar hasta el grado de no poder frenar su ciego impulso… el pobre no tuvo más remedio que sucumbir… sumergido en sus ondas, las nereidas lo metamorfosearon en tritón o algo por el estilo… yo, en mi tesis, traté de demostrar que tal complejo resulta frecuentísimo en nuestros días… la extraña enfermedad se manifiesta en gradaciones diversas que van desde el ligero chapuzón deleitable hasta el suicidio fatal, cuando el ahogado, con los ojos abiertos, reposa al fin sobre algas que hacen las veces de mortaja…

El juez siente un ligero estremecimiento. El desagrado le hace expresar su encono:

–Si sabía que el conflicto podía llegar a excesos tan macabros, ¿por qué se descuidó, por qué motivos no puso usted reparo?… Pienso que lo aceptado hubiera sido conducirla a la Base.

–¡Ni pensarlo!

–¿Por qué? ¿Quiere explicarse?

–Porque sencillamente Linda era para mí el único campo de experimentación. Oh, usted no sabe lo que eso significa para un científico… yo deseaba sacar mis conclusiones sobre el nuevo complejo, lo cual hubiera sido imposible sin el debido estudio de su proceso evolutivo hasta hallarle solución terapéutica… y aunque ésa le parezca una razón egoísta, no era la única… si me sentía capaz de mejorar a Linda Olsen, ¿cómo iba a darme por vencido?… Se habría clasificado como un fracaso de mi parte. Dejar que otros colegas atendiesen el caso me hubiera parecido un absurdo, ¿comprende?… Se habría venido abajo mi teoría del complejo. Por tal motivo…

–…No tuvo usted reparo en descuidar una vida…

–¡No! ¡Eso no! ¡Se lo juro! ¿Quién más capacitado que yo para atenderla, sobre todo cuando en el caso de ella yo no veía al paciente casual sino algo íntimamente ligado a mis afectos? Mi pasión por la ciencia no era tanta como para sacrificar a Linda Olsen. Muy a la inversa… mi vida hubiera dado por su existencia… yo deseaba curarla siguiendo un plan preestablecido… lo malo es que nosotros, a veces, creamos síntomas jamás imaginados por el paciente… con gran razón se ha dicho que las enfermedades las hemos inventado los médicos… en el caso de Linda me apasionó el complejo de Glauco a tal extremo que sólo hablaba de él. A lo mejor todo ello fue contraproducente.

–¿Qué insinúa usted con eso?

–No sé… suposiciones… tal vez fue mi insistencia lo que la hizo pensar que era posible transformarse en sirena.

–Siga usted.

–En efecto, vi presentarse en ella síntomas parecidos a los de Glauco… por ejemplo, noté que lo de la parálisis de sus piernas era, hasta cierto punto, ficción, ya que podía moverlas… se las imaginaba, eso sí, unidas como si algo invisible les impidiera su ritmo individual… a cada rato se las palpaba inquieta, pues tenía la impresión de que su piel iba adquiriendo características viscosas… no había duda de que el mal avanzaba sin que yo hubiera hallado su mejoría…

“Meditando sobre las causas que motivaron su dolencia, recordé que en la noche del parto lo que más la afectó fue el explosivo fragor del huracán. Los truenos y relámpagos, el bramido del mar y los silbidos del viento le infundieron la idea de un cataclismo final en el que todo se hundía… no era difícil, pues, imaginar que una impresión parecida podía serle benéfica… por eso yo esperaba con verdadera vehemencia la borrasca… no sé por qué tardaba… ya usted sabe que en las islas del Trópico son frecuentes las lluvias. El buen tiempo dura pocas semanas… sin embargo, para desesperarme, no hubo días tan espléndidos como aquéllos… con lo que yo pensaba que hasta los mismos elementos se oponían a mis planes… y en verdad resultaba que cuando convenía la bonanza para estudiar el desove caían lluvias tan fuertes y torrenciales que enfangaban las aguas; y cuando me hacía falta un ciclón, no soplaba ni la más tenue brisa”.

–Viéndolo bien, la culpa no era suya –dice el juez–. Por lo que me ha contado, he podido inferir que, asimismo, Miss Olsen fue solamente víctima de la fatalidad… si, como habrá observado, me interesan los hechos, no es porque abrigue dudas de su inocencia, sino por liberarlo del complejo de culpa que lo deprime. Prosiga usted, doctor.

–Posiblemente no le he contado todo con el orden debido, pero recuerdo un síntoma que aumentó mi zozobra. Una mañana me había alejado un poco entre los árboles con la idea de cazar, cuando empezó a llover y resolví regresar. Llegando al promontorio, me di cuenta de que era un simple amago, una garúa pasajera, y, distraído, me quedé contemplando el raudo vuelo de las gaviotas. De pronto vi a Linda Olsen, desnuda, dando saltos con rumbo hacia las olas… me apresuré a bajar para llevarla nuevamente a su lecho… la haitiana había salido con el mismo propósito, pero al ver las piruetas que en cada brinco hacía la enferma, se echó a reír con esa risa brutal característica de los negros. Al oírla, Linda Olsen dio muestras inmediatas de desagrado… yo pensé que la burla podía ser un estímulo para que la paciente, sintiéndose en ridículo, dejase de saltar y utilizara normalmente sus piernas… pensando en ella y además contagiado de hilaridad, me eché a reír también; de modo que Yeya y yo asediamos a Linda a carcajadas… lo que yo había previsto no se produjo, pues sin poder frenarse, Linda perdió la calma y proseguía dando saltos enfurecida; sintiéndose agotada y ya frenética, se echó al suelo, gritando, poseída de un ataque de histeria… me apresuré a atenderla y, al acercármele, noté que se asfixiaba por falta de aire. No sé por qué pensé que lo más cuerdo sería llevarla al mar… así lo hice, corriendo, y, al chapuzarla, me quedé sorprendido… Linda reía feliz como si nada, y hacía raros esguinces chapaleando con las piernas unidas. Ya no dudé que el mar, siendo la causa, podía ser el remedio de su trastorno… sólo hundiéndose en él podía salvarse, si era que en esa lucha no era el mar quien vencía hasta poseerla definitivamente… y así fue en realidad…

–¿La risa de la haitiana no tuvo consecuencias desagradables?

–Creo que sí, por desgracia. Aquella burla fue una prueba nefasta. Como es de suponer, desde ese día Linda no soportó junto a ella a La Vudú. La estridencia de aquellas carcajadas había herido su sensibilidad de tal manera que las oía por todas partes; en el bramido del mar, en el susurro del viento y en el canto de las aves marinas. A veces despertaba y con las manos se cubría los oídos para no oír la risa y un misterioso canto que la angustiaba sin poder definirlo… yo mismo, al despertarme para atenderla, creí una noche oír… usted comprende… ya me sentía agotado… recuerdo que al librarse de la atroz pesadilla me confesó que ya sentía muy próxima su repulsiva y total metamorfosis… había soñado que se veía en el mar ya convertida en sirena y había experimentado lo que es tener las piernas transformadas en cola… “¡no me dejes!”… Y se me echaba al cuello llorando… al día siguiente, ya más tranquilizada, me hizo la confidencia más extraña… con una leve sombra de picardía y sonrojo me dijo que había visto a un vigoroso tritón de largos rizos y espesa barba rubia como la mía… al evocar el sueño se echó a reír alegre… parece que el tritón le hizo la corte de manera brutal… la empujó hasta la playa sin miramiento alguno y allí la poseyó entre bufidos y mordiscos feroces. “Aún siento sus mordiscos por todo el cuerpo”, dijo.

El funcionario se abanica molesto y carraspea varias veces. Ecker prosigue:

–No sé por qué le cuento todo esto… mejor es relatarle sin dilaciones el pavoroso desenlace… ¿me permite beber un sorbo de agua?

–Desde luego, doctor.

Paul Ecker bebe.

–Entonces…

–El viento había cambiado, y el mar, ligeramente picado, era un seguro anuncio de que ya estaban próximas las lluvias… parece que la atmósfera, cargada de corrientes magnéticas, excitó en esas noches a Linda Olsen hasta el punto de enfurecerla a cada instante. Quería salir a todo trance. “¡Tengo una cita con el mar!” –gritaba–… Yo estaba ya cansado y llamé a la haitiana para que me ayudara a cuidarla… y así andaban las cosas cuando ocurrió la noche del vendaval… la lluvia se anunció con estruendosa demostración de truenos y relámpagos. Los silbidos del viento se mezclaban con los trallazos de las olas… todo hacía suponer que se acercaba un pavoroso huracán… yo observaba a Linda Olsen para ver los efectos que el fragor atmosférico le causaba… y pude confirmar que mi diagnóstico no estaba equivocado porque la vi calmarse y hasta pude observar que había olvidado lo de la rigidez de sus piernas… al notarla dormida consideré que había pasado la crisis, y viendo que la haitiana quería marcharse me atreví a licenciarla… “no hay peligro –le dije–, puedes irte”. La haitiana me explicó que su deseo de marcharse era porque la lancha se le estaba golpeando entre las rocas y deseaba sacarla de entre los arrecifes. Cuando cerró la puerta, me sentí tan cansado que me estiré en la hamaca y me dispuse a fumar… no creo que tuve tiempo de encender la pipa, pues me quedé profundamente dormido…

“Me despertó de golpe un ruido seco. La puerta estaba abierta. La furia clamorosa del huracán rugía, y el viento hacía volar las cortinas. Pensé de pronto que a lo mejor la haitiana no la había dejado bien cerrada, pero al buscar a Linda, no la hallé. Inútilmente registré la casa. De súbito pensé, vi, la desgracia. Me lancé hacia la playa bajo la lluvia. La noche era un infierno de ruidos y de luces.

“Me eché a gritar:

“–¡Linda Olsen! ¡Linda Olsen!

“Nadie me contestaba… la vieja había acercado su chalupa a la playa, pero el viento y las olas le impedían ensecarla… seguía lloviendo recio y la tormenta ponía en la noche lóbrega un concierto de aullidos y de truenos… me subí a los roquedos y a la luz de un relámpago creí ver a Linda Olsen llevada hacia alta mar por la corriente. Volví a llamarla haciendo bocina con las manos.

“–¡¡¡Linda Olsen!!!

“Me pareció escuchar muy a lo lejos su voz en una especie de alarido angustiado.

“Corrí a la playa, me embarqué en la chalupa y eché a la vieja a un lado.

“–¡Ya es inútil! –gruñó.

“Empuñé los remos e hice avanzar la lancha mar afuera. Luchando rudamente con el viento y la furia de las olas me fui acercando al sitio en que creía divisarla. La luz de los relámpagos me la hacía ver a ratos flotando en la corriente y a veces la perdía. Pero ahora me doy cuenta de que acaso no pude verla nunca ni escuché su alarido desgarrador. Tal vez fue sólo ilusión de mis sentidos. En efecto, cuando me parecía que iba acercándomele, la veía más distante. Hasta que hubo un momento en que, agotadas mis fuerzas, perdí el sentido de las cosas. No recuerdo haber izado la vela ni si fue la corriente la que me hizo estrellar contra las rocas de la isla próxima. Tampoco hago memoria del momento en que me puse la boina en la cabeza. Tal vez fue en el instante de salir del bohío. Lo que no olvido nunca es que, debido al loco pavor de que fui presa o al ruido de la lluvia, no dejé de escuchar un solo instante el doloroso alarido de Miss Olsen y un misterioso canto.

“…¿Cómo llegué a la playa? No lo sé. A lo mejor anduve perdido entre las rocas hasta caer rendido sobre la arena. Lo cierto es que al volver de mi colapso ya el alba despuntaba y había amainado la tormenta, pero yo seguía oyendo dentro de mí el eco lejano de aquel canto mezclado a la honda resonancia del mar como si mi alma entera se hubiese transformado en un gigantesco caracol…”

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

domingo, 26 de abril de 2026

El niño suicida

Rafael Dieste

 

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante –un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha– habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

–Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

–Yo sé la historia de ese niño –repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:

–Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.

“Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.

“El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.

“Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.

“Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie –a no ser uno o dos amigos fíeles– podría vivir mejor su verdadera vida.

“Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa… Pero de eso no estoy seguro.

“Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré –tenía ocho años– estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!

“Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después… ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final… ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica –puede que cuando ella durmiese– para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente…”

El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:

–Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.

Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido: sin pagar.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

viernes, 24 de abril de 2026

Alkmene

Isak Dinesen

 

La propiedad de mi padre se hallaba en una parte solitaria de Jutlandia, y yo era su único hijo. Al morir mi madre, no le importó mandarme a un internado; pero cuando cumplí siete años me contrató un preceptor.

Este preceptor se llamaba Jens Jespersen; era estudiante de teología y, creo, el hombre más honrado que he conocido en mi vida. Era hijo de un modesto párroco de pueblo. Había tenido que trabajar mucho para cursar sus estudios en la Universidad de Copenhague, cuyos profesores esperaban grandes cosas de él. Pero su salud se había resentido durante los años de estudio, y por este motivo había abandonado la ciudad, hacía ya cinco años, y había aceptado el puesto de profesor en el campo.

Bajo su dirección, me entregué a los libros con más gusto de lo que yo mismo habría podido imaginar, y me sentí completamente feliz en la escuela, y en compañía de nuestros celadores y mozos de cuadra. Y de este modo conseguí adquirir algunos conocimientos de matemáticas y lenguas clásicas, así como sobre caballos y caza.

Dos años después mi padre se marchó a un balneario, me llevó con él y me dejó en un colegio de Holstein; pero tras otro período igual de tiempo, me mandó llamar otra vez. Durante mi ausencia había muerto el viejo y borracho párroco de nuestro dominio, y mi padre había ofrecido el beneficio eclesiástico a mi antiguo preceptor. Ahora se encontraba instalado en la casa parroquial y se había casado con una muchacha con la que llevaba prometido cinco años. A partir de entonces continué mis clases, acudiendo diariamente a caballo a la casa parroquial. A veces, me quedaba también a dormir una noche o dos.

La casa parroquial era un edificio viejo y ruinoso, y sus moradores eran pobres, ya que el beneficio eclesiástico era muy pequeño, y mi antiguo profesor todavía arrastraba grandes deudas de sus tiempos de estudiante. Sin embargo, era un lugar alegre, porque el párroco era muy feliz en su matrimonio. Su mujer se llamaba Gertrud. Tenía doce años menos que su marido, y doce más que yo, de manera que unas veces me parecía de la misma edad que el párroco y otras su alumna. Era una mujer joven y alta, aunque en la parroquia no la consideraban guapa porque tenía la cara ancha, y en verano se le ponía llena de pecas como un huevo de pavo. Pero tenía unos ojos claros y relucientes –al punto de que cuando leí la descripción que hace Homero de la viva mirada de la joven Criseida, pensé en ella–, y un cabello abundante y rojizo. Recuerdo la primera vez que me di cuenta de lo mucho que me gustaba. Una tarde de verano estábamos un grupo de chicos de la vecindad jugando al escondite por todos los rincones de la casa parroquial. Yo me había ocultado en un pequeño cuarto trastero del ático. Estando allí, entró ella precipitadamente y, sin verme, se pegó contra la puerta. Se quedó allí, jadeando, porque había subido corriendo, y se llevó un dedo a los labios. Un momento después debió de ocurrírsele un escondite mejor: salió sigilosamente y desapareció. Me pareció bonito que se portara con tanta ingenuidad y gracia cuando creía que estaba sola.

Un verano tuvimos una visita distinguida en la casa parroquial: uno de los amigos del párroco de sus tiempos de estudiante, aunque más viejo que él, y ahora profesor de la Royal Opera o del Ballet de Copenhague, no recuerdo qué. Visitó también la mansión, tocó en nuestro viejo piano y encantó a mi padre como a todo el mundo. Una de las veces nos quedamos solos él y yo en la habitación de la casa parroquial; él estaba de pie junto a la puerta abierta que daba al jardín, observando a la mujer del párroco, que cogía manzanas bajo los árboles.

–Desde luego, es sorprendente –dijo, más para sí mismo que para mí– que las buenas gentes de la parroquia de Hover consideren a esta mujer carente de belleza. Es cierto que tiene una cabeza toscamente modelada. Pero si viviera en el gran mundo, donde las señoras son más liberales a la hora de enseñar sus encantos, sería el ídolo de uno de los sexos y la envidia del otro. Pues en mi vida había visto una Venus de carne y hueso como ella. Eclipsa a la misma Henriette Hendel-Schutz en su Morgenscenen. Pero ¿haría entonces –prosiguió– una esposa modelo junto a nuestro santo párroco? Para las mujeres de rostro simple y cuerpo divino, la virtud parece a veces extrañamente paradójica.

Quizá fue éste un discurso frívolo para pronunciarlo en presencia de un muchacho; sin embargo, no recuerdo que sus palabras produjeran en mí tal impresión. Solo parecieron aclararme por qué me sentía tan a gusto en compañía de Gertrud.

Pero en el transcurso del año siguiente, la feliz vida doméstica del párroco se vio oscurecida por una sombra negra y horrible. De cuando en cuando, la joven ama de casa aparecía mortalmente pálida, con los ojos enrojecidos de llorar, petrificada, y rehuía a su marido como con miedo o con odio. Me alarmó y apenó verla así. Pensé que el párroco mostraba escasa comprensión hacia su sufrimiento, y la situación me parecía misteriosa y lamentable.

Un día me estaba explicando el párroco, en su despacho, un capítulo del Génesis. Cuando llegó al versículo en el que Raquel dice a Jacob: “Dame hijos, o me moriré”, dejó el libro y comentó:

–Raquel era una buena mujer; pero tenía poca paciencia con su marido o con el Señor. Habrás visto en esta casa, Vilhelm, lo duro que es no tener hijos para una mujer. Mi corazón sufre por mi esposa; no obstante, me temo que carezco de compasión cristiana y de conocimientos sobre la naturaleza femenina. Porque es mejor cristiana que yo y, sin embargo, clama y se enfurece contra el Señor, y se niega a rendir su corazón a Su voluntad. Creo que yo no sería capaz de lamentarme con tanta vehemencia y tanta persistencia de una desdicha de la que no tengo ninguna culpa. Aunque –añadió con gravedad un momento después, con las manos entrelazadas– sabe Dios. Es sabio el hombre que puede decir de sí mismo: “Jamás sería yo capaz de tal cosa”.

Estas últimas palabras se me quedaron grabadas en la memoria, y las recordé más tarde, en una hora infausta y terrible.

Al cabo de un rato dijo otra vez, con una leve sonrisa:

–El buen Jacob, sin embargo, en Judea, estuvo en condiciones de probar a su esposa que la culpa no era de él.

Así fue como recibí explicación sobre la congoja de Gertrud. No obstante, la situación era algo enigmática para mí, ya que no podía comprender que nadie desease tener hijos tan ardientemente como para morirse por falta de ellos.

En aquel tiempo, el correo sólo llegaba un par de veces al mes, y recibir carta era un acontecimiento raro. Un día de octubre al párroco le llegó una de Copenhague. Le dio la vuelta, me informó que era de su amigo el profesor y se preguntó por qué le había escrito. Pero después de leerla un par de veces, dijo:

–Voy a darte libre la tarde, ya que esto me tiene tan absorto que no voy a poder atender debidamente la clase.

Unos días después, estábamos juntos en el establo examinando una vaca enferma, ya que el párroco creía firmemente que yo tenía buena mano para los animales. Cuando terminamos de reconocerla, se quedó pensando y, con el establo a oscuras, me contó lo que pensaba:

–Creo, Vilhelm –dijo–, que tu madre debió ser una mujer juiciosa; porque tienes una cabeza equilibrada, y eso no lo has heredado del Squire. Y voy a confesarte algo que no he dicho nunca a nadie, ya que afirman las Sagradas Escrituras que la sabiduría puede encontrarse en la boca de los niños.

El profesor, dijo, le explicaba en su carta que, por una extraña aventura, tenía en sus manos a una niña de seis años, singular y trágicamente situada en la vida, al punto de que podía haberse llamado Perdita, como la heroína de la tragedia de Shakespeare. No podía revelar su cuna. No era sorprendente, añadía, que la visión de una niña sin hogar ni amigos le evocara el cuadro del hogar feliz de su amigo, en el que sólo faltaba una criatura. Pero de ningún modo pretendía convencer al párroco de que adoptara a la niña; dadas las circunstancias sería impropio. Sólo le informaba que, si había algún cristiano, hombre o mujer, que se apiadara de ella y la adoptara, jamás la reclamaría ningún pariente o conocido. “Y otra cosa considero mi deber dejar claro –terminaba la carta–. Si no encontramos a nadie que adopte a esta criatura, su destino, por la naturaleza misma de las cosas, será sumamente incierto y peligroso; de hecho, no conozco a ningún ser humano que cumpla más patética y completamente el proverbio del tizón sacado del fuego”. Le daba el nombre de la niña: se llamaba Alkmene.

Escuché todo esto, y le dije que sonaba a historia sacada de un libro.

–Sí –dijo el párroco–. Y muy probablemente lo es. Porque mi viejo amigo es hombre de pocos escrúpulos. Puede que una de esas mamzells de Copenhague que cantan y bailan haya ido a pedirle ayuda para librarse de una hija inoportuna, y allá va él: inventa, fabula, llora incluso, para engañar a su amigo, un simple párroco de pueblo. Conque Alkmene –prosiguió–: ¿será ése, de verdad, el nombre de la niña? Cuando yo era un joven estudiante y soñaba con ser poeta escribí un poema épico titulado “Alkmene”; y él lo sabe porque se lo leí.

Yo cité la Ilíada y dije:

–“Ni Alcmene de Tebas…”

–“… que dará a Heracles un hijo de mi corazón fiel” –terminó el párroco por mí–. Sí. Quiere que vuelva al Olimpo.

“Vilhelm –prosiguió al cabo de un rato–, voy a decirte algo que no creo que pueda repetir a ningún adulto. Es absurdo, y te hará reír; no obstante, para mí fue en otro tiempo algo absolutamente serio. He dicho siempre que me marché de Copenhague por motivos de salud. Pero no fue sólo por eso. Me fui porque allí caí en la tentación; sí, en el pecado. No se trataba de vicios ni debilidades, sino de esa maldad más grave por la que cayeron los ángeles. En Copenhague tenía demasiado trabajo, poca comida y ninguna distracción natural. Me encerraba con mis libros, y me pasaba los meses sin hablar con ningún ser humano. Y me ocurrió que llegué al firme convencimiento de que me había elegido el Señor para llevar a cabo grandes cosas; sí, creía que cuanto acontecía en el mundo lo hacía el Señor con vistas a mi alma y mi destino. Cuando el viejo y loco rey murió, pensé: “¿De qué manera quiere el Señor que esto me afecte a mí?”; y cuando, más tarde, el emperador Napoleón fue derrotado por los rusos en Moscú, me dije: “Ahora ha desaparecido el hombre que habría hecho que los ojos del mundo se apartasen de las grandes cosas que el Señor ha dispuesto que yo lleve a cabo”. Menos mal que me di cuenta de mi estado antes de que fuera demasiado tarde. Vi con enorme miedo que estaba al borde del abismo de la locura, y que tenía que salvarme a costa de lo que fuera, a costa de mis estudios. Cuando me vine a vivir aquí, al campo otra vez, entre gentes buenas y sencillas, mi cabeza recobró el equilibrio. Y más tarde, mi querida esposa acabó de ponerme bien. Pero incluso aquí, Vilhelm, incluso aquí, me han vuelto mis viejas tentaciones. Cuando me siento junto al lecho de muerte de mis feligreses, y escucho sus confesiones (a veces se les oyen cosas espantosas a estos campesinos), y cuando debía ocuparme sólo del alma del pobre pecador, me quedo abstraído, preguntándome: “¿Por qué pone el Señor estas cosas en mi camino? ¿Acaso quiere probar mi fe enfrentándola con el poder de las tinieblas?”

“Ahora bien, este viejo amigo mío adivinó hace mucho tiempo casi todo lo que me pasaba. Una vez se interesó por mí, y creyó en mi talento; se decepcionó cuando hui de Copenhague. ¿No es su carta, ahora, una pequeña venganza, o una broma que me quiere gastar? Me devuelve a la gran ciudad, y al ambiente del teatro, que en otro tiempo significó tanto para mí. El mismo nombre de Alkmene tiene resonancias del mundo griego, con sus dioses y ninfas, y de mi antigua ambición de ser poeta. Durante estos últimos días, como entonces en mi buhardilla, he pensado: “¿Qué quiere el Señor de mí? ¿Acaso considera que mi vida ha sido demasiado fácil hasta ahora, y que tengo necesidad de tentaciones?” Sí, me he vuelto a encontrar con aquel estudiante joven, impetuoso, aturdido, que hace diez años deambulaba por las calles de Copenhague. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que debería preocuparme de otras cosas, como de la felicidad de mi esposa… Y en primer lugar, quizá, del destino de esa pobre criatura llamada Alkmene.

No recuerdo si hice algún comentario sobre el discurso del párroco. Mientras hablaba, pensé que yo habría razonado de manera muy parecida a la que él había descrito. Pero si bien resultaba disparatado en él, en mí habría sido lícito, ya que yo era hijo del Squire, y aquí en Norholm, al menos, las cosas se hacían para mí y por mi interés. Esa noche soñé con la niña Alkmene. La encontraba en un campo, y la A mayúscula de su nombre brillaba como si fuera de plata.

Dos semanas después la mujer del párroco se me echó al cuello y me dijo que su marido había decidido adoptar una niña de Copenhague… exactamente como si me revelase que estaba embarazada. No habló del misterio sobre el origen de la niña. Más tarde anunció a unas cuantas amigas que la niña era de una prima suya, viuda de un militar; y creo que, efectivamente, existía tal persona.

Transcurrió algún tiempo antes de conseguir encontrar plaza de viaje para la niña. El párroco, en broma, hablaba de estos meses como si se tratara del período de embarazo de su mujer. Ella se mostraba muy contenta y amable con todos nosotros; pero se conmovía a menudo de manera extraña. Cada vez que nos encontrábamos a solas ella y yo, me hablaba de la niña, y decía que iba a ser como una hermanita para mí.

–Dime, Vilhelm –susurraba–, ¿qué te parece que traigamos una pequeña esposa a la casa parroquial de Hover?

La idea me pareció ridícula; y de haber sido hija suya, a Gertrud jamás se le habría ocurrido. Después de la llegada de Alkmene, sin embargo, jamás la volvió a repetir; porque a partir de entonces, creo, no soportó la idea de que la niña pudiese abandonarla, ni para casarse con el hijo del rey.

Por último, a finales de diciembre, la niña iba a llegar a Vejle desde Copenhague, y el párroco fue a traerla. Yo había ido ese día a la casa parroquial a recoger unos libros. Estando allí se levantó aire, y empezó tal ventisca que no pude regresar a caballo, y me quedé a pasar la noche. De cuando en cuando, la mujer del párroco y yo salíamos a echar una ojeada al tiempo. El viento venía cargado de nieve: ésta corría a ras de tierra como el humo, y se depositaba en los escalones de piedra con tanto espesor que costaba trabajo abrir la puerta. Era la primera vez que Gertrud y yo estábamos solos en la casa. Empezó a hablarme de su niñez. Su padre, dijo, era un importante tratante de ganado del oeste que había trabajado mucho y había prosperado; hasta que, en la gran bancarrota de 1813, perdió su dinero. Cuando le dijeron que todos sus ahorros ascendían tan solo a cincuenta rixdales, se le partió el corazón; desde entonces vivió sumido en la melancolía. Su esposa, para salvar a la familia, empezó a criar ovejas; y Gertrud, la mayor de los nueve hijos, que tenía entonces once años, se puso a ayudar en el trabajo. Era una vida dura.

–Pero ¿qué otra cosa se puede encontrar en nuestro mundo –dijo Gertrud– sino el trabajo duro y honrado que Dios nos ha mandado hacer? No debemos dudar.

Gertrud tenía todavía el corazón puesto en las ovejas. Estaba deseosa de revelarme lo que sabía sobre ellas, y aprendí mucho sobre cómo parían y se esquilaban, mientras esperaba que pasara la tormenta de nieve.

Poco después de las doce de la noche oímos cascabeles, y corrimos a abrir la puerta a los viajeros, que saltaron del trineo completamente blancos de nieve. Se habían atascado siete veces desde que salieron de Vejle. El párroco metió a la niña y la depositó en el suelo junto a la estufa. Estaba envuelta en una amplia capa. Al quitarle el gorro, se le levantó con él su cabello rubio y corto como una llama por encima de la cabeza, y recordé las palabras del profesor sobre el tizón sacado del fuego. Pensé también que jamás habrían podido engendrar mi buen predicador y su esposa una niña de tan singular, sorprendente y noble belleza. Su carita, con grandes cejas elegantemente arqueadas, estaba blanca como el mármol por el frío y el cansancio. Gertrud se arrodilló ante ella, entrelazó las manos sobre las suyas para calentárselas y le dio unas palmaditas en la mejilla. La niña se ruborizó como una rosa, tembló y sonrió.

–¿Tuvo frío en el viaje mi preciosa palomita? –le preguntó.

La pálida niña ni avanzó ni retrocedió: se quedó de pie, muy tiesa, y abarcó la habitación y a las personas que había en ella con ojos claros, graves, muy abiertos.

–¿Cómo te llamas, bonita? –prosiguió Gertrud.

–Alkmene –dijo la niña.

Cuando Gertrud consiguió que bebiera un tazón de leche caliente, la llevó en brazos al dormitorio. A través de la puerta la oímos parlotear y arrullar a la niña, y una o dos veces la voz baja y clara de la niñita. Al cabo de un rato salió Gertrud y se detuvo en la puerta sin poder hablar, ya que estaba llorando.

–¡Ay, Jens –dijo por fin a su marido–, no lleva camisa!

A continuación volvió a cerrar la puerta. El párroco estaba calentando una jarra de café con ron en la estufa.

–El viejo zorro –me dijo, y se echó a reír–. Lee en el corazón de las mujeres como en un libro. Seguro que le ha quitado la camisa a la criatura con sus propias manos para conmover el corazón de mi pobre esposa.

 

Esa Navidad, tenía yo entonces catorce años, mi padre me regaló una escopeta. Salía todos los días a cazar, siguiendo el rastro de la caza en la nieve; y salvo cuando me tocaba clase, no solía ver a los moradores de la casa parroquial. Pero cada vez que Gertrud me encontraba, me hablaba de Alkmene. Al principio la llamaban Alkmene; pero a Gertrud le parecía un nombre extraño, así que lo abrevió, reduciéndolo a Mene; y por este nombre acabaron conociendo a la niña de la casa parroquial en la vecindad. Recuerdo cuando se celebró, aquel verano, una asamblea de clérigos en la casa parroquial, y un viejo párroco de Randers oyó el nombre, y exclamó:

Mene, mene tekel upharsin!

Pero ni al párroco ni a su esposa les gustó la gracia.

Para Gertrud, la niña fue maravillosa desde el principio; le fascinaba todo lo que hacía. Lo primero que me contó de ella fue que parecía no tener miedo de nada. Ni el toro ni el ganso la asustaban; eran los animales que más le gustaban de toda la granja. Se subió por la escalera al caballete del granero cuando estaban reparando la techumbre de paja, después de la tormenta de nieve. A Gertrud le inquietaba este rasgo de la niña. A propósito de la falta de camisa, se le disparó la fantasía: imaginó que la niña había estado lo bastante abandonada como para no tener conciencia de ningún peligro en la vida. Quizá estaba en lo cierto. Así que consideró que su primer deber como madre era enseñar a la niña, como en los cuentos infantiles, a conocer el miedo. A continuación me confió que Mene no parecía distinguir entre la verdad y la mentira. No mentía en interés propio; pero las cosas le parecían diferentes de como eran para los demás, a menudo de la manera más sorprendente. Si Gertrud hubiera vivido a solas con la niña, no le habría importado, porque le gustaban las fábulas y las fantasías como a los campesinos; pero sabía que su marido juzgaba estas cosas de modo muy distinto, y se esforzaba, con paciencia y tesón, en corregir los defectos de la niña. Alkmene era sumamente manirrota, también; tenía muy poco aprecio a sus cosas y perdía o se desprendía a menudo de lo que Gertrud había conseguido reunir con gran trabajo para ella. Esto indignaba y ofendía a Gertrud; se lo tomaba muy a pecho, y a veces no podía evitar pensar que la niña no estaba bien de la cabeza. Sin embargo, había algo en ello que la impresionaba también: había visto, u oído decir, que la gente importante se comportaba así.

Cuando, en la primavera, empecé a ir con más frecuencia a la casa parroquial, encontré un ambiente idílico, como se cuenta en los libros. Creo que ese año y el siguiente fueron para mi amiga Gertrud los más felices de su vida. La niña llamaba al párroco y a su esposa padre y madre, y al cabo de un tiempo pareció haber olvidado la época anterior a su llegada, y considerarse perteneciente a la casa parroquial. Gertrud no la dejaba alejarse de su vista; y Mene, también, aunque no le gustaba que la acariciaran o la mimaran, retozaba alrededor de su madre como el cabrito alrededor de la corza. Como si hubiera sido aleccionada por el profesor, manifestaba una sincera adoración por la belleza de Gertrud. Hablaba a menudo de ella, ensartaba cuentas para hacerle collares y en verano le hacía centenares de guirnaldas de flores para su precioso cabello. Hasta entonces, Gertrud no había sido admirada jamás por su belleza; ni el párroco, creo, había sido un amante con imaginación. Este gracioso y grave galanteo era nuevo para ella, y aunque delante de nosotros se reía de él, yo me daba cuenta de que le encantaba y la hacía disfrutar. El párroco enseñó a Mene a leer y escribir, ya que no sabía ninguna de estas dos disciplinas. Descubrió que aprendía con rapidez, y de este modo formaron los tres un grupo feliz en todos los sentidos.

Aunque al principio me reí de todo el revuelo que se había armado en torno a la niña de Copenhague, al poco Alkmene y yo llegamos a pasar juntos buena parte de nuestro tiempo. La cosa empezó cuando pidió permiso para venir conmigo cuando saliera de caza o de pesca. Tenía tal rapidez de mirada y de movimientos que era como llevar una perrita vivaracha. Comprobé entonces que la intrépida niña se asustaba ante la visión de la muerte. La primera vez que me vio coger en mis manos un pájaro muerto, todavía caliente, sintió repugnancia y horror. Pero le gustaba coger culebras y llevarlas en la mano. Le entusiasmaban toda clase de aves, y aprendió a conocer sus nidos y sus huevos. En verano, daba gusto oírla imitar y contestar a la paloma torcaz y al cuco de los bosques.

Nos hicimos amigos, creo, de una manera poco común en un chico mayor y una niña pequeña. Éramos como hermana y hermano, tal como la mujer del párroco quería que fuéramos; y sin embargo, me parece, no exactamente de la misma manera que ella quería. Cuando Gertrud dijo que la niña podía ser una esposa para mí, la idea me pareció ridícula. Ya a los catorce años sabía yo lo bastante del mundo como para decidir que la hija de un párroco no era pareja apropiada para mí. Más tarde, cuando se hizo tan guapa, alguien habría podido imaginar que yo soñaría con seducir a la dulce muchacha de la casa parroquial. Pero eso estuvo tan lejos de mi pensamiento como el matrimonio. Nuestra amistad fue siempre casta, y no recuerdo haber llegado siquiera a cogerle la mano. A veces discutíamos hasta enfadarnos, como hacen los amigos o los hermanos, aunque ninguno de los dos discutíamos con nuestras respectivas familias; y una vez, furiosa, llegó incluso a tirarme una piedra. Pero la principal característica de nuestra relación era un entendimiento profundo, callado, del que los demás no sabían nada. Parecía como si tuviéramos conciencia de ser iguales en un mundo diferente de nosotros. Más tarde me he explicado a mí mismo el hecho diciéndome que éramos, entre las gentes de nuestro alrededor, las dos únicas personas de sangre noble, y que la suya debía de ser, con mucho, la más noble. Asimismo, nuestro compañerismo se manifestaba principalmente en el campo y los bosques; cuando regresábamos a casa, permanecía en suspenso o latente.

Un detalle curioso de nuestra amistad era que yo soñaba a menudo con Alkmene, aun cuando durante el día no hubiera pensado en ella ni una sola vez. En mis sueños, desaparecía con frecuencia, y se perdía. Cabría imaginar que estos sueños, al final, me inspirarían un verdadero miedo a perderla. Pero no fue así; al contrario, y por mi cuenta y riesgo, me convencieron de que, aunque parecía haber desaparecido, volvería en cuanto amaneciera.

Como niña y pequeña que era, Mene tenía una asombrosa soltura de movimientos. Sólo levantar el brazo para alisarse el pelo era algo que dejaba a uno boquiabierto, por la gracia impecable con que lo hacía. Y cuando triscaba por el bosque, me hacía pensar en una corza, o en un pez saltando en un arroyo. Más tarde he visto a algunas bailarinas famosas en el teatro; pero, en mi opinión, ninguna de ellas podría igualarse en suavidad y armonía de movimientos con la niña de la casa parroquial. Me di cuenta de eso desde el principio, aunque no creo que los demás lo hayan notado nunca; para Gertrud formaba parte sencillamente de la excelencia general de la niña. Mi padre, sin embargo, llegó a comentarlo. Ahora bien, en la casa parroquial estaba prohibida toda clase de baile. Además, para Gertrud, el arte de la danza estaba relacionado en cierto modo con el teatro y con los primeros años de la niña, de los que estaba muy celosa, por lo que no quería ni oír hablar de ellos. Así que a Alkmene no se le permitió bailar jamás. Pero el párroco le enseñó muchas otras cosas. Durante un tiempo, incluso se puso a enseñarle griego, materia que, me comentó a mí, se le daba extraordinariamente bien. Era capaz de recitar versos de comedias y tragedias griegas.

Durante los años siguientes Alkmene intentó escaparse dos veces de casa. La primera, un día de marzo en que la nieve había desaparecido del suelo, emprendió el camino directamente hacia el sur, a través de los campos; había recorrido más de doce millas antes de que el vaquero del párroco, enviado en su busca en esa dirección, la alcanzara y la llevara de vuelta a casa. Gertrud había estado convencida de que se había ahogado; había pasado una angustia horrorosa. Ahora apretó a la niña contra su pecho, se quedó mirándola, sin parar de preguntarle por qué les había dado ese disgusto tan tremendo. Al día siguiente, creyendo que estaba a solas con la niña, oí que le preguntaba:

–¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nos querías dejar?

Pero tampoco obtuvo respuesta.

Dos años más tarde, cuando cumplió once, se volvió a escapar, y esta vez el susto de sus padres fue mayor. Porque había pasado por el pueblo un grupo de gitanos; se habían ido la noche anterior con su caravana, habían cruzado los pantanos que hay al oeste de las tierras de mi padre y era evidente que Mene se había ido tras ellos. Estas gentes tenían mala fama en la comarca: se decía que habían matado a un buhonero el año anterior. Ahora fui yo quien salió en su busca y la devolvió. Había dejado de dar clase con el párroco. Había viajado también; aunque seguía visitando a menudo la casa parroquial.

Fue un día caluroso de pleno verano; había un aire tembloroso y grandes espejismos en las ciénagas. Dos veces me pareció divisar a la niña en el paisaje inmenso, pero sólo se trataba de un almiar o una carbonera. Finalmente vi su pequeña figura en la lejanía. Caminaba deprisa; un rato después, se echó a correr. Me reí, porque yo iba a caballo y no se me podía escapar. Sin embargo, había algo de triste en la escena también. Al llegar a su altura no la detuve, sino que cabalgué a su lado. Ella seguía su marcha apresurada. Iba con la cabeza descubierta, muy pálida, y la cara empapada de sudor. No pudo mantener el paso del caballo. Un gallo silvestre surgió de repente de una mata de brezo que había delante de ella, y alzó el vuelo con ruidosos aletazos; Alkmene dio un traspié y se paró en seco. La compadecí. Pensé que iba a llorar.

–Dame el caballo, Vilhelm –dijo–, y los alcanzaré.

–No –dije–, vas a volver. Pero te dejaré que montes, y yo iré a pie.

No dijo nada. Así que la acomodé en la silla.

Era un día apacible. Empecé a cantar, y al poco rato Alkmene se unió a mí con su voz clara. Cantamos muchas canciones, y al final una canción popular sobre una madre que lloraba a su hijo muerto. Le dije:

–Cada vez que te escapas le das un susto a tu familia, boba.

Ella dijo:

–¿Por qué no dejan que me vaya?

Canté otro estribillo, y luego dije:

–La gente es diferente. Mira mi padre: nada de lo que hago le parece bien, y siempre le estoy estorbando. Pero los tuyos te quieren y te consideran una niña maravillosa, sólo con que accedas a estar con ellos.

Alkmene guardó silencio largo rato; luego preguntó:

–¿Qué piensas de las niñas que no quieren que las quieran, Vilhelm?

Regresamos tarde. Había salido la luna de verano, aunque el cielo todavía seguía completamente claro. Al entrar en las tierras de mi padre cruzamos un campo de cebada. El cereal crecía ralo en el suelo arenoso, pero había tal cantidad de caléndulas amarillas que parecía que la luna se reflejaba en el campo como en un lago.

Gertrud, antes de que llegáramos, había hecho prometer a su marido que regañaría a la niña esta vez; pero todo fue olvidado cuando llegó. No obstante, la madre, todavía muy pálida de susto, no conseguía calmarse. Dijo:

–Quieres más a esas gentes malvadas que a nosotros; preferirías estar con ellas a vivir con tu padre y conmigo. ¿No sabes que te matarían y te comerían?

Alkmene la miró con los ojos muy abiertos.

–¿Me habrían comido? –preguntó.

Gertrud creyó que se estaba burlando de ella:

–¡Oh, eres una niña exasperante! –exclamó.

Cuando llegó el momento de la confirmación de Mene, se les plantearon dos problemas a los moradores de la casa parroquial. En primer lugar, el párroco cayó en la cuenta de que no había visto la fe de bautismo de la niña, y no podía estar seguro de que hubiera sido bautizada. Escribió al profesor, pero tuvo que esperar mucho tiempo la contestación, ya que el anciano se había marchado de Copenhague y ocupaba un alto cargo en una corte alemana. Cuando finalmente le llegó la carta, el profesor no pudo aportar más que su palabra de honor de que la niña estaba bautizada. El párroco, ahora, no sabía si confirmarla sin más, o bautizarla privadamente para asegurarse. Su esposa me contó que este dilema le ocasionó muchas noches de insomnio. Y él me dijo:

–Algunos teólogos sostienen que el bautismo no es más que un símbolo. Que Dios nos asista; pues los símbolos son cosa poderosa. Puede que yo mismo haya manejado grandes símbolos con demasiada ligereza.

A partir de entonces dejó de enseñarle griego a Alkmene. Al final, no obstante, hizo caso de los consejos de su mujer, y confirmó a Mene junto con otros niños de la parroquia.

Pero en la clase de confirmación, Mene se juntó con otras niñas, y escuchó sus conversaciones. Y aquí, entonces, el párroco y su mujer tuvieron motivo para creer que había oído rumores de que no era hija de ellos. Alkmene no habló de esto; alguien había oído casualmente la conversación de las niñas. El párroco meditó el caso, y un día, estando yo delante –porque me parece que temía abordar el problema a solas con su mujer–, dijo que había decidido explicárselo todo a la niña, y decirle la verdad. Gertrud se puso instantáneamente en contra suya. Nunca la había visto tan irritada con él desde la llegada de Mene. Era como si hubiera olvidado que no era la verdadera madre de la niña, y ahora lo acusó de querer privarla deliberadamente de su hija.

–De ningún modo –dijo el párroco–; pero voy a imponer la mano sobre la cabeza de la niña en nombre del Señor. ¿Qué ocurriría si en ese momento supiera la niña, en el fondo de su corazón, que la estoy engañando?

Gertrud se levantó.

–¿Acaso quieres apartarla de mí definitivamente? –exclamó ella–. ¿Acaso no has visto que ya me odia y me teme? Si ahora se entera de que no soy su madre, no habrá medio de retenerla; ¡me despreciará y me volverá la espalda!

El párroco enmudeció ante esta acusación. Sin embargo, mientras hablaba, creo que nos dimos cuenta los dos de que tenía razón. Durante los dos últimos años Alkmene había cambiado y se había endurecido respecto a su madre; a veces mostraba una desconfianza, una rebelión y una hostilidad extrañas. Por último, dijo el párroco:

–Querida esposa, habría sido mucho mejor no haber asumido nunca esta tarea, y haber seguido aquí, en nuestra casa parroquial, como un matrimonio que envejece apaciblemente sin hijos.

Gertrud se quedó mirándolo, perpleja.

–Pero hemos echado mano del arado –prosiguió él–. Así que tenemos que llevar a término el trabajo de acuerdo con nuestras luces.

Gertrud se echó a llorar.

–Haz lo que creas que es mejor –dijo, y salió de la habitación.

Pero cuando iba a marcharme, la encontré esperándome. Me cogió de la mano, me miró a la cara y dijo:

–Vilhelm, tú eres amigo de mi hija. ¿Quieres hacerme un favor? Vigílala. Cuando su padre haya hablado con ella, observa de qué manera afectan sus palabras a la pobre criatura, y cuéntame lo que te diga sobre el particular. Porque bien sabe Dios que a mí no me dirá nada.

Me pareció triste y conmovedor que Gertrud acudiera a mí en busca de ayuda, ya que hasta ahora había estado convencido de que nadie más que ella conocía o comprendía a su hija. Así que le prometí hacer lo que me pedía.

Sin embargo, un par de semanas después me dijo:

–Dios es misericordioso, Vilhelm, o Jens es sabio. Desde que habló con la niña, está cambiada. Volvió a mí y se porta conmigo igual de cariñosa que cuando era pequeña. Hasta me hace sentirme joven. Incluso me miré al espejo hoy. Puedes reírte, pero era el rostro de una joven el que he visto en él. No sé por qué, pero presiento que esta concordia buena y cariñosa entre nosotras va a durar mientras vivamos.

Se olvidó por completo de preguntarme sobre el particular, como había dicho que haría.

–Pero ¿no es extraño –añadió al cabo de un rato– que no haya hecho una sola pregunta sobre sus verdaderos padres? No sabe que no habríamos podido contestarle.

Alkmene jamás me habló de las explicaciones que había recibido. Pero creo que el párroco, en el curso de su conversación, debió de mencionar el nombre del profesor, porque un día Alkmene me preguntó si le conocía. Le dije que lo había visto.

–A mí me gustaría verlo también –dijo– alguna vez.

Gertrud se quejó de que Mene era despreocupada con su ropa, y de que no tenía más cuidado con el vestido de los domingos que ella le había hecho que con las ropas descoloridas de entre semana. Pero un día la niña oyó hablar a nuestra ama de llaves de los preciosos vestidos de mi madre, guardados en un gran cofre del ático, porque mi padre no quería verlos, ni dejaba que nadie se los pusiera. A partir de entonces no me dejó en paz hasta que, un día que mi padre estaba fuera, descerrajé el cofre y los saqué. Alkmene los extendió uno al lado del otro y permaneció largo rato sentada contemplándolos; por último, me pidió que le diera uno. Era un vestido de gruesa seda verde con un dibujo amarillo. Cuando lo veo ahora, me recuerda un poco a un tilo en flor. Me reí de ella y le pregunté si pensaba ponérselo para ir a la iglesia.

–No –dijo; pero se lo pondría alguna vez.

 

Poco después, una tarde de junio, Gertrud había estado horneando pan, y Alkmene le pidió permiso para ir conmigo –en aquella ocasión me encontraba pasando las vacaciones de verano en casa– a llevarle un poco a la vieja Madame Ravn, viuda de nuestro difunto párroco, que vivía al otro lado del pueblo. Pero cuando íbamos de camino, me dijo que no tenía la menor intención de ir a casa de Madame Ravn; quería ponerse el vestido de seda verde e ir a pasear por el bosque y el campo. Guardaba el vestido en una cabaña cercana que pertenecía a una mujer que había trabajado antes en la casa parroquial, pero a la que habían echado porque bebía. Entró allí y poco después salió con el vestido verde y amarillo. No se había peinado ni lavado las manos; sin embargo, no creo haber visto a ninguna mujer más digna y natural que ella, entonces.

Nos internamos en el bosque, y ella iba callada. El vestido le quedaba un poco largo, y le arrastraba por el suelo. Le hablé del nuevo caballo que acababa de comprarme, y de una pelea que había tenido con mi padre. Si nos hubiéramos encontrado con alguien, se habría asombrado y se habría reído al ver a una niña tan magníficamente vestida en un sendero del bosque. Sin embargo, en cierto modo parecía natural que paseara de este modo por allí. El bosque era fresco. Donde el sol bajo daba en el follaje, era todo verde y amarillo como un vestido; y al andar, la seda producía un leve siseo, como un pájaro rezagado en un árbol. Nos topamos con un zorro en el sendero, pero no vimos a ningún ser humano.

Cuando el sol rozaba ya el horizonte, salimos a campo abierto. Aquí había una colina alta. Subimos hasta arriba, y desde allí dominamos una gran perspectiva, en torno nuestro, por encima de las doradas llanuras y marjales, y su esplendor. Alkmene se quedó inmóvil, contemplándolo todo largamente. Su rostro era tan puro y radiante como el aire. Al cabo de un rato aspiró con alegría, y yo pensé en lo ridículas criaturas que son las niñas, que se contentan con estar de pie en lo alto de una colina con un vestido de seda. Más tarde nos sentamos a comernos el pan que Gertrud nos había dado para la vieja viuda. Todavía estaba caliente del horno. Desde entonces, cuando pruebo pan reciente, me acuerdo de aquella tarde en la colina.

Al regresar a la casa parroquial, después de que Alkmene se cambiara de vestido en la cabaña, encontramos a Gertrud junto a una vela de sebo, con las gafas puestas, ante un montón de calcetines blancos de la niña que tenía que zurcir. Había zurcido ya bastantes, pero pensé que si tenía que terminarlos todos, le tocaría quedarse hasta altas horas de la noche. Nos sonrió y nos pidió que le diéramos noticias de Madame Ravn. Alkmene se situó detrás de ella, la miró, miró los calcetines y me pareció que palidecía.

–Deja que te ayude a zurcir calcetines, madre –dijo.

–No, cariño –dijo Gertrud, y despabiló la vela–. Diste una gran caminata y debes irte a acostar.

 

En el otoño de ese mismo año sucedió algo que tuvo alguna repercusión en mi vida. Una muchacha del pueblo llamada Sidsel y que, dicho sea de paso, era hija de la mujer en cuya cabaña guardaba Alkmene su vestido, tuvo un niño que se murió, y me atribuyeron a mí su paternidad. No creo que fuera cierto, ya que ella no era precisamente un dechado de virtudes. Sin embargo, la gente habló de ello. Mi padre me dijo:

–El niño murió y Sidsel se casará con el guardabosques. Pero no harás el tonto en tu propio pueblo mientras esperas a que la mocita de la casa parroquial sea bastante mayor para ti. Ahora mismo te vas a ir a casa de tu tío de Rugaard, Djursland, a pasar seis meses. Su hija es dos años mayor que tú, y algún día será una muchacha rica. En todo caso, puedes aprender allí algo de agricultura; ya es hora de que sientes cabeza.

Esta última parte del sermón fue injusta conmigo, ya que hasta ahora mi padre se había reído de mí, y me había llamado gañán, cada vez que yo había mostrado interés por los trabajos de la propiedad, que por entonces andaban bastante mal.

No me importó marcharme; pero me pregunté qué pensarían de mí en la casa parroquial. El párroco estaría sumamente decepcionado; porque toda su vida había predicado contra el libertinaje de su parroquia, y dado que yo había sido discípulo suyo tanto tiempo, había llegado a considerarme obra suya. Gertrud quizá me perdonara: ella era una muchacha campesina, y estaba habituada a los modos de comportamiento del campo; aunque se esforzaría en mantener este rumor alejado de Mene, y quizá intentara también mantener a la niña alejada de mí.

Una tarde que mi padre había ido a Vejle, estaba yo en la biblioteca sacando libros cuando se abrió la puerta y apareció Alkmene en el umbral. Nuestra biblioteca está orientada al norte; el sol le daba a Alkmene por detrás, y su pelo brillaba como una llama. Me preguntó:

–¿Es verdad lo que dicen de ti y de Sidsel?

Me quedé sorprendido al verla, ya que nunca había venido sola a la casa de mi padre. Pero me hizo la pregunta con tanta energía que no tuve más remedio que contestar.

–Sí –dije.

Y exclamó:

–¡Cómo te has atrevido, Vilhelm!

Pues bien, era raro, pero hacía algún tiempo que tenía yo una especie de resentimiento contra ella, como si tuviera la culpa de lo que había sucedido. Al ver que empezaba a hablarme con las mismas palabras de la gente mayor, le pedí con pesar que me dejara solo. Pero no hizo caso; entró en la habitación, con la cara encendida de excitación.

–¿Cómo te has atrevido? –volvió a exclamar.

Entonces recordé que, tratándose de ella, por lo general sus palabras significaban exactamente lo que decían. Me di cuenta de que me estaba haciendo una pregunta, quería saber, como solía ocurrir a menudo. No pude menos que echarme a reír.

–Tal vez –dije– no se necesite tanto valor como puede parecerle a una niña.

Me miró, grave y orgullosa.

–Ahora irás al infierno, ¿no crees? –dijo.

–Todos dicen que voy a ir allí –dije yo–. Mi padre me echó de la casa; los tuyos no me quieren hablar. Tú y yo, Alkmene, podríamos seguir siendo amigos el tiempo que nos queda.

–¿Te echó tu padre? –preguntó–. ¿No tienes casa ahora? Entonces me iré contigo. Podemos ir por los caminos juntos. Y entonces –añadió, y suspiró profundamente– yo haré algo para que no tengamos que mendigar. Aprenderé a bailar.

–No –dije yo–; me voy a Rugaard, a casa de mi tío.

Al oír esto palideció.

–¿Te vas a casa de tu tío? –dijo–. Yo creía que te habían echado para que fueras por el mundo. Creía que nadie había hecho una cosa tan mala como la que has hecho tú.

Yo me estaba poniendo cada vez más contento.

–Pero tú, que has leído historias sobre los dioses griegos –dije–, sabrás que esas cosas han sucedido ya en el mundo.

–No –dijo ella–, no me han vuelto a dejar leer esos libros. No me quieren decir nada. ¿Qué voy a hacer ahora?

En ese momento vi con claridad que ella y yo nos pertenecíamos mutuamente, y me acerqué para preguntarle:

–¿Me esperarás hasta que vuelva, Alkmene? Entonces nadie nos separará.

Pero pensé en lo joven que era, y me pareció que no había elegido bien el momento. Estaba de pie, delante de mí, retorciéndose las manos.

–¿Me escribirás? –preguntó–. No –se interrumpió–, sólo en los libros recibe cartas la gente. Pero si vuelves a hacer otra vez algo terrible, ¿me lo harás saber por carta?

–Volveré dentro de seis meses –dije–. No me olvides, Alkmene.

–No –dijo ella–, no te olvidaré. Eres mi único amigo. No te olvides tú de Alkmene, Vilhelm –y dicho esto se marchó tan de repente como había venido. Unos días después me fui a Rugaard.

No hablaré de mi vida en Rugaard, ya que esta historia es sobre Alkmene. Las fincas se hallan en Djursland unas cerca de otras. Conocí a muchos jóvenes de mi misma edad, y no pensé mucho en las personas y las cosas de casa. Pero aquí también soñaba con Alkmene.

Cuando llevaba tres meses en Rugaard recibí una carta de mi padre en la que se quejaba de su gota y me pedía que volviera. No le di mucha importancia hasta que recibí otra carta de la misma naturaleza: entonces regresé.

La primera pregunta que mi padre me hizo fue si le había hecho el amor a mi prima de Rugaard. Pareció aliviarse cuando le dije “No”; y se frotó las manos.

–Aquí, en tu antiguo distrito, están ocurriendo cosas –dijo–; ha habido grandes cambios en la casa parroquial.

Le pregunté a qué se refería, y me contestó:

–Será mejor que vayas a averiguarlo por ti mismo.

Al día siguiente fui a pie a la casa parroquial.

El párroco estaba solo; su mujer y su hija habían ido a visitar a un enfermo. Estaba cambiado, tal como mi padre me había adelantado. Lo noté grave, absorto en sus meditaciones, y pensé que así debió ser su aspecto en sus tiempos de juventud, de los que me había hablado. Había olvidado por completo el penoso asunto de Sidsel, y me recibió con afecto. Cuando ya llevábamos hablando un rato sobre otras cuestiones, me dijo:

–Tengo que ponerte al corriente, Vilhelm, de lo que nos ha sucedido aquí, en tu vieja casa parroquial –y pasó a contarme lo ocurrido.

Su amigo el viejo profesor le había escrito poco después de marcharme yo para informarle que su hija adoptiva había heredado –como de costumbre, no podía o no quería decir por qué medios–, como si hubiese entrado, decía en la carta, en la cueva maravillosa de Aladino, de nuestro inmortal Oehlenschlager. Fiel –el profesor era muy aficionado a hablar de fidelidad– al primer trato con ellos, no intentaría convencerlo, sino que dejaría a su amigo que decidiera aceptar o no dicha fortuna en nombre de la niña.

El párroco dijo que había pensado el caso antes de tomar una decisión.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)