miércoles, 12 de agosto de 2026

La teoría de la eternidad

Daniel Cosío

 

Un día fui a Celaya. Pasé en la linda ciudad de las urracas tres meses. Nada había de singular. Aún no aprendía a admirar los trajes, las canciones populares, ni el Carmen de Tres Guerras. Nada, en fin.

Algo, sin embargo, había de particular: Lolita Linda (extraña coincidencia). Entonces, las mujeres era lo único que me gustaba.

Cada vez que pasaba hacia la alameda, la veía, asomada a su ventana. Bordaba, pero no románticamente, sino con un aburrimiento sin límites. Sus manos llevaban y traían el gancho con una dificultad tan grande que podría creerse que arrastraba peso enorme.

Tenía una prima de visita. Apenas cuatro meses llevaba en casa y ya, a lo largo de la calle, se paseaba un señorito: el más rico del lugar.

Cada vez que pasaba, la veía asomada a la ventana.

 

Se habla de viajes, de las ciudades que cada uno conoce: Veracruz, Córdoba, Orizaba, uno. San Luis, Saltillo, Monterrey, otro. El tercero: Toluca, Acámbaro y Celaya.

–¡Ah!, Celayadije.

Y conté:

Cada vez que pasaba, la veía asomada a su ventana.

 

Uno, otro y el tercero, también tenían su historia: uno en Córdoba, otro en Monterrey y el tercero en Acámbaro.

Y contaron:

Cada vez que pasábamos (en Córdoba, en Monterrey, en Acámbaro), las veíamos, asomadas a sus ventanas.

 

Historia de las mujeres que me han gustado, escribía, de noche, en casa.

Me han gustado tantas que hubo necesidad de recordar. Recordé a una, y a otra, y a otra más. En medio de todas, a Lolita Linda, con más fuerza que nunca.

La Historia no llegó a escribirse nunca de verdad; pero en el plan estaban reservadas las mejores páginas al capítulo de Lolita Linda. Principiaría así:

Cada vez que pasaba, la veía, asomada a su ventana.

 

Hay mujeres que tienen cara de pájaro. Lolita Linda tenía cara de pájaro, de un precioso, maravilloso pájaro.

Eso era lo único que sabía al llegar a Celaya, después de muchos años. (La revolución había terminado).

Fui a la calle aquella, rumbo a la alameda. Al principiar a andarla, para convencerme, para convencerla, me dije:

Cada vez que pasaba, te veía, asomada a tu ventana.

Una, diez, cincuenta veces pasé y repasé la calle, y nada. Yo pasaba. Ella no salía.

 

No la vi. Desde entonces, Lolita Linda se ha convertido en la siempre novia; en la nunca novia, al mismo tiempo.Es eterna y no existe.

 

¿No es verdad que lo único eterno es lo que no existe? –No sé qué digan los filósofos: pero esto al menos se desprende de esta historia de amor, escrita en primera persona solo por facilidad de escritura.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)

 

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