Daniel Cosío
Un día
fui a Celaya.
Pasé en la linda ciudad de las urracas tres meses. Nada había de singular. Aún no
aprendía a admirar los trajes, las canciones populares, ni el Carmen de
Tres Guerras. Nada, en fin.
Algo, sin embargo, había de particular: Lolita Linda (extraña
coincidencia). Entonces, las mujeres era lo único que me
gustaba.
Cada vez que pasaba hacia la alameda, la veía, asomada a su ventana. Bordaba, pero no románticamente, sino con un aburrimiento sin límites.
Sus
manos llevaban y traían el gancho con una dificultad tan grande que podría creerse que arrastraba peso enorme.
Tenía una prima de visita. Apenas
cuatro meses llevaba en casa y ya, a lo largo de la calle, se paseaba un señorito:
el más rico del lugar.
Cada vez que pasaba, la veía asomada a la ventana.
Se habla de viajes, de las
ciudades que cada uno conoce: Veracruz,
Córdoba, Orizaba, uno. San Luis, Saltillo, Monterrey, otro. El tercero: Toluca,
Acámbaro y Celaya.
–¡Ah!, Celaya –dije.
Y conté:
Cada vez que pasaba, la veía asomada a su ventana.
Uno, otro y el tercero,
también tenían su historia: uno en Córdoba, otro en Monterrey y el tercero en
Acámbaro.
Y
contaron:
Cada vez que pasábamos (en Córdoba, en Monterrey, en Acámbaro),
las veíamos,
asomadas a sus
ventanas.
Historia
de las mujeres que
me han
gustado, escribía, de noche, en casa.
Me han gustado tantas que
hubo necesidad de recordar.
Recordé a una,
y
a otra,
y
a otra más. En medio de todas, a
Lolita Linda,
con
más fuerza que nunca.
La Historia no llegó a escribirse nunca de verdad; pero en
el plan estaban reservadas las mejores páginas al capítulo de Lolita Linda.
Principiaría así:
Cada vez que pasaba, la
veía,
asomada
a su ventana.
Hay mujeres que tienen cara de
pájaro. Lolita Linda tenía cara de pájaro,
de
un precioso, maravilloso pájaro.
Eso era lo único que sabía al llegar a Celaya, después
de muchos años. (La
revolución había terminado).
Fui a la calle
aquella,
rumbo a la alameda. Al principiar a andarla, para
convencerme, para
convencerla, me
dije:
Cada vez que
pasaba,
te veía, asomada a tu ventana.
Una, diez, cincuenta veces pasé y repasé
la calle, y nada. Yo pasaba. Ella no salía.
No
la vi. Desde entonces, Lolita Linda se ha convertido en la siempre novia; en la nunca novia, al mismo tiempo. –Es
eterna y no existe.
¿No es verdad que lo único eterno es
lo que no existe? –No sé qué digan los filósofos: pero esto al menos se
desprende de esta historia de amor, escrita en primera persona solo por facilidad
de escritura.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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