Queta Navagómez
La
tarde es parda y la calle empinada. Ella escucha que la llaman: un mozalbete
corre cuesta arriba, ella lo reconoce y se tensa. Jadeante, él le da alcance. Ella apenas domina el sobresalto cuando ve, junto
a su cara, la carta que él le entrega.
La intuición le grita que es una carta de amor. Una carta de amor
de ese muchacho que le gusta tanto, en cuanto puede creerlo. Casi la arrebata, la
desdobla con prisa, sus ojos corren por los negros garabatos mientras un
indiscreto rubor le golpea las mejillas y una turbación –mezcla de júbilo y de
susto– le estremece las manos.
El muchacho observa estos cambios, temeroso
quizás de la negativa, corre calle abajo mientras grita: ¡Piénsalo… lee la
carta completa; mañana
me contestas!
Ella, al
verse sola, tiembla
sacudida por el llanto. Nunca había sentido así, de
golpe, tanta angustia, alternada a la vergüenza de ser
analfabeta.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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