Javier Villafañe
El
chingolo era un muchacho rubio y delgado. De tarde paseaba por el pueblo
montado en un caballo blanco. No tenía amigos, ni quería tenerlos. Nadie sabía
de dónde había venido, ni quiénes eran sus padres. No hablaba con ningún
vecino; solo le conocían la voz por haberlo oído cantar. Eso sí; era buen
cantor y buen guitarrero.
–¡Lástima de muchacho –decían algunos
viejos aficionados a la música– que sea tan arisco y pendenciero!
Durante el día se lo veía por todas partes
con su caballo y su guitarra, cantando. Por los senderos del monte, en los
cañaverales, a orillas de los arroyos, en las quebradas y en las lomas.
Y al atardecer, cuando se encendía la
primera estrella, salía al galope y se perdía en el camino como si huyera de la
oscuridad.
Muchos se preguntaban: ¿Dónde vive el
muchacho del caballo blanco y de la guitarra? ¿En qué lugar del monte tiene su
guarida? ¿Quién se encontró con él durante la noche?
Cierta vez llegó como de costumbre al
pueblo. Era una tarde de fiesta. A la sombra de un jacarandá se había formado
rueda en torno a un forastero, quien, sentado en una piedra, tocaba la guitarra
y cantaba.
El muchacho se detuvo para escucharlo. De
pronto se apeó del caballo, se abrió paso entre la gente y cuando llegó al lado
del forastero le dijo, desafiándolo:
–¡Cierre ese pico, amigo! ¡Aquí no hay más
cantor que yo!
El forastero sonrió y sin hacerle caso
siguió cantando.
Entonces el muchacho le arrancó la
guitarra, la partió en dos con un golpe de rodilla y la arrojó a los pies del
auditorio que, en silencio, retrocedía ensanchando la rueda.
–¡Aquí no hay más cantor que yo! —volvió a
repetir.
Se incorporó el forastero. Era inevitable
el duelo. Ambos, a un mismo tiempo, desenvainaron los cuchillos. Estaban frente
a frente, inmóviles. Los pechos jadeantes y un fuego filoso en las miradas.
El forastero fue el primero en atacar;
erró el golpe y encontró la muerte. Cayó al pie del jacarandá, mirando el
cielo, enredado en las cuerdas rotas de su guitarra.
–¡Aquí no hay más cantor que yo! –gritó el
muchacho del caballo blanco.
Y cuando se disponía a huir, lo
detuvieron. Lo engrillaron y lo encerraron en un calabozo. Al día siguiente, al
alba, escapó entre las rejas convertido en un pájaro.
Esta es la historia del chingolo. Quizá
sea verdadera. Porque si lo vemos bien de cerca, observamos que aún lleva
puesto un gorro de presidiario y que todavía conserva los grillos que no le
permiten andar sino dando saltitos. Y desde que los gallos despiertan el día
hasta las últimas luces de la tarde, vuela por los montes, por los cañaverales,
por las orillas de los arroyos, por las quebradas y las lomas, como si
anduviera buscando a su caballo blanco y a su guitarra.
Y aquellos que saben interpretar el
lenguaje de los pájaros, dicen que el chingolo pide en su canto que le quiten
los grillos y el gorro de presidiario.
Y aseguran –yo lo creo– que por eso canta.
(Tomado
de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)
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