Dahlia de la Cerda
Yandel
me terminó por WhatsApp y lo primero que hice
fue apretar
el cora’ partido que traigo en el pecho. Es la mitad de
un corazón que tiene grabado “Yandel”; él trae la otra mitad que dice “Stefi”. En
cinco años que llevamos de novios era la décima vez que me mandaba a la verga. Me
cortaba cada que conocía a otra. Lo dejé en visto porque no podía escribir y
agarrarme del pasamanos del autobús al mismo tiempo. Iba en la ruta 9 y
eran las
nueve de
la noche.
Me acababa de
subir y venía bien
atascado
de todas las morras
que trabajamos en las zapaterías del
mercado.
Entré a su Facebook y
ya había
cambiado su
nombre. Antes se
llamaba “Yandel Esposo
de Stefi”
y ahora
era “Yandel
de la Befe”. La
Befe es su barrio.
Nunca había
hecho eso,
siempre que
terminábamos,
él seguía
siendo “Esposo de Stefi”,
y las otras,
sus queridas. Pinches perras. Perdón,
mija, pero
me cagan las viejas que andan con casados
o juntados;
habiendo
tanto vato sin novia, ahí van
con el de
una y
luego hasta
andan de
culeras. La
Angie me tiraba
indirectas en su Facebook.
Yo la ignoraba porque estaba
panzona y
me daba miedo
que se
me fuera
a venir el bebé.
Me alivié y
me las pagó.
Que me la encuentro en la fila de las tortillas, que me hago un chongo y que la agarro de las greñas; le puse una putiza bien puesta. “Conmigo
no se ande metiendo”, le grité. La Bertha subió una foto con él y la frase: “Tú le lavas la ropa pero yo se la quito”; no me aguanté las ganas y le comenté: “Perro
es perro y donde le sirvan come”. Esa vez tenía tres meses de embarazo y me agüité
un chingo, ya era mucha humillación. Puse en una publicación que iba a abortar y llegó Yandel a decir que, si no lo quería, que se lo diera; mi suegra le dio “me encanta” a su comentario, vieja metiche, y mi mamá salió con su “No
necesitas un hombre, el bebé va a tener mucha madre, no vengas con pendejadas”,
“Usted no se meta jefa, este pedo es de los dos”, “Es mi pedo porque tienes trece
años y porque vives en mi casa mocosa idiota”.
Cuando estaba en la cuarentena, Yandel iba
a diario a llevarme leche y pañales; como soy menor mi mamá
no me dejó irme a vivir con él. Pero, en el tiempo
que anduvo con la Perla, duró una semana sin pararse
y la culera me
envió un WhatsApp
con una foto juntos: estaban los dos acostados sin ropa en una cama mugrienta,
acababan de echar pata. Me dijo: “Aquí te lo entretengo socia”. Yo estaba recién
parida y no tenía ganas de pelear. Nomás le mandé la canción de “Ser mujer”, de
los Chicos del Bario y la bloqueé. A esa no le rompí su madre porque un día me vio
con mi pequeño en el autobús me pidió perdón, nos pusimos a llorar juntas, nos abrazamos
y luego hasta nos fuimos a un baile de los Chicos del Barrio y cantamos la canción
que le dediqué y nos reímos un chingo.
Iskender cumplió el
año y Yandel se
fue pa’l gabacho
con su papá;
allá duró un
año y
medio. Año
y medio en que
jamás se reportó con
dinero ni con una
méndiga llamada;
la verdad lo
di por muerto.
Total, que en una fiesta de
perreo conocí a
Kevin y,
entre que
“baila, morena” y
es “noche de
sexo, voy
a devorarte,
nena linda”,
salí panzona de
nuevo. Fíjate
que esa
vez fue diferente.
Con el Iskender desde que oí su corazón sentí bien bonito, y por esta niña, no. Yo me la quería sacar y Kevin me pidió que la pariera y él
se la quedaba. El mismo día que la tuve se la llevó y jamás volví a saber de ella. De repente la miro de lejos cuando su abuela la trae cargando en el mercado; me hago güey porque no siento nada de cariño. Es como si fuera una extraña, ni parece que salió de mí. Eso del instinto maternal es puro verbo.
Bueno, resulta que estaba platicando con mi papá, que vive en otra casa con su otra familia, y de repente me entró un mensaje de Yandel, era una canción de Pequeños Musical, la de “Mujer infiel”. “No mames pinche Yandel. Pensé que te habías muerto y el muerto al pozo y el rico al gozo”. Y que se encabrona y me salió con que ya se iba a regresar y ¡sí volvió!
Alguien le fue con el chisme
de que andaba panzona. Yo le inventé
que la niña
había nacido muerta para que no me juzgara de mala madre y hasta lo llevé a una tumba falsa igual que el señor de la canción de Los Tigres del Norte.
Te puedo hacer un recuento de las veces
que me puso el cuerno y que estando embarazada me llegaba chupeteado; de cuando
me rompí la jeta con otras morras por defender mi lugar porque me humillaban mandándome
fotos de él besándose con ellas y videos de él bailando cumbias muy contento
mientras yo chambeaba doce horas para comprarle la leche y los pañales a mi pequeño,
pero las caguamas se ponen tibias y ya no saben buenas. No me hizo muchas, ¡me hizo
todas!, y yo aguantaba para que Iskender creciera con su papá porque quería
para él la familia que nunca tuve. Al final las otras siempre eran deslices y
la catedral seguía siendo yo. Hasta hoy.
Se desocupó un lugar en el autobús y en chinga me senté. “Yandel
si no pretendías nada
serio conmigo,
me aigas
avisado desde el principio.
No te cientas amarrado
por Iskender.
A el nunka le ha faltado nada,
para eso
yo estoy
en la zapatería.
No es justo que
me traigas de
a tú pendeja
y andes con Juana
y María.
Si quieres aquí la dejamos,
ahora sí ya
estubo” y
le mandé
la canción de
“Tengo que colgar”
de la Arrolladora,
que iba sonando
en el radio. Me
dejó en visto
aunque seguía en línea.
Pinche Yandel.
Me dio un chingo
de sentimiento
y me puse a llorar.
El locutor dijo que
iba a rifar unos boletos
para el concierto de una chica
trans que imita a Jenni Rivera. Estaba
bien fácil: a las primeras cinco muchachas que enviaran un mensaje con su canción
favorita de Jenni y la razón por la que merecían ir, ganaban. No, pos que
pa’pronto mandé: “‘Basta ya’ y quiero
ir porque
el papá de mi hijo me
acaba de
dejar”. Yandel estaba
en línea y
seguía sin contestarme.
Cambió su foto de perfil. Él con una morra que la neta yo no topaba. Lloré más. “Te pasas de verga culero. Vengo de jalar 12
horas cargando cajas para comprarle zapatos al niño y tú de galán pinche perro.
Te odio culero. Vete a la verga”. Visto. “Ojalá seas feliz aunque no sea conmigo, eres el papá de mi hijo y no te puedo desear mal”. Visto. “Estoy harta de ser siempre tu segunda opción, es mi culpa por aguantarte hasta lo que no idiota”. Visto. Publicó en el estado “muy enamorado” y la foto de la vieja. “Yandel no me chingues perro, yo te fui haber ahora que te metieron al tutelar por picar al Chato, no me meresco esto”.
Visto. “Ya no te voy a molestar Yandel ni yo ni Iskender te necesitamos”. Y le envié “Tu postura”, de la Banda MS.
Me acordé de los buenos momentos; habiendo tantos malos recuerdos solo podía recordar los buenos: fue un papá responsable por seis meses para que yo terminara la secu y me llevaba leche y pañales, nos íbamos al baile de la Raza
y tirábamos cumbia hasta la madrugada con las rolas de Los Vatos de La Calle. Pensé también en mis errores, en eso de que nomás me enojaba con él y subía fotos en poses sexy con frases como “las
cabronas no ocupamos un cabrón”, “mi hijo no necesita a su padre porque para eso
tiene mucha madre”; me acordé de que les daba cuerda a otros vatos para ponerle
sus picones o de que le tiraba indirectas o de que me ponía peda con mi jefa y
le mandaba audios reclamándole que no valía verga como padre ni como novio.
Supongo que quería buscar un pretexto para culparme de su ojetez y perdonarlo
si regresaba. Estaba a lágrima, moco y baba cuando el locutor anunció a las ganadoras;
dijo mi nombre. N’ombre, me emocioné un chingo.
Me bajé del
camión a
las 10:05 de la noche,
corrí a mi casa y subí los cinco pisos del edificio en chinga. Entré y mi mamá me
pidió que me callara porque Iskender estaba dormido, pero mi bendi preciosa siempre se despierta para verme. Mi mamá es la que lo está
criando y por eso a veces me siento mala madre. Desde los catorce trabajo en la zapatería, entro
a las diez de la mañana y salgo hasta las ocho y media; casi no estoy con él. Ojalá de grande agarre
el pedo y entienda que lo hice para comprarle sus tenis Jordan y Nike y para traerlo bien guapo y con su
refrigerador lleno de Danoninos; ves que luego
los hijos somos bien malagradecidos. Cargué a Iskender y lo llevé a acostar; le di besitos en la
frente, lo
cobijé: “Duérmete, mañana
que descanse vamos al cine”.
“Sí, mami”. Y le cerré la
puerta de nuestro cuarto.
“Amá, me
gané un boleto para ver a la Jenni en jota, me gané un boleto doble. Ándele, déjeme ir que el Yandel me acaba de
cortar”. “¿Y qué?, ya
te vas a ir de luchona, cabrona. Pinche ardida, buena
habrías de ser para ya mandarlo a la chingada, puras fallas con
ese mocoso”. “Le juro que ya lo dejo”. “Está bien. Nomás no te vayas a
desbalagar porque ya te conozco”. “Sí, amá, mañana voy a ir
al cine con el niño”. “¿Y a quién te vas a llevar?”. “A la Carmen, amá. La que era mi compañera en la zapatería”. “¿La güerita
que salió en las noticias porque la mandó al hospital su esposo de una putiza?”.
“Sí, ella. Lo demandó y va a pasar cinco años guardado en el
penal”. “Mira, apréndele, eso es ser
chingona. Arréglate rápido, pinche
luchona”. “Cállese
que le voy a dar cien más de lo de la semana”.
Me vi con Carmen
afuera del Palenque. Nos abrazamos y entramos al concierto. Chillé apretando el colguije de mi pecho con una
mano y la mano de Carmen con la otra. Jenni
cantó “Basta ya”
y me quedé sin voz de tanto gritar. Jenni también secó sus lágrimas; sabe
qué pena estaría cruzando. Nos
alentó a siempre levantarnos y a darle puro para adelante y cerró con “Mariposa
de barrio”. Salimos del Palenque, acompañé a Carmen con un cliente que la
estaba esperando en la esquina y tomé un taxi. Lloré mucho en el taxi de
regreso a mi cantón. Traía un chingo de sentimiento y trataba de mantenerme
fuerte por mi pequeño. El taxista bien metiche, pero, chulada. Me dice: “Mija, vienes
del concierto de la Jenni y ya estás sufriendo por un cabrón. A la Jenni del Cielo
no le gustaría mirarte así”. “Tiene razón, a mi Jenni no le gustaría verme así”.
Me quité el corazón partido, lo tiré por la ventana y saqué mi labial. Jornada
para pintarme los labios de rojo y “aunque venía llorando, mis alas levanté”.
(Tomado de Cerda, Dahlia
de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)
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