martes, 11 de agosto de 2026

Regina

Dahlia de la Cerda

 

Mi foto con más likes en Instagram es esa en la que estoy disfrazada de ángel de Victoria’s Secret. En la foto mi cabello tiene un estilo californiano, traigo un bronceado ligero porque acababa de llegar de una reunión de fin de semana en la playa y luzco muy delgada. Fui la sensación. En el Sagrado las niñas se murieron de envidia porque me veía hermosa y disfrazaron sus celos con “pinche zorra” y “pinche gata”, “pinche vulgar”. En esa época yo era medianamente popular en redes. No era la reina del Instagram, tampoco era recha. Tipo de cinco mil seguidores. Obvio no era suficiente.

Mi historia comienza conmigo bailando “I’m an Albatroz” de AronChupa. Traigo un short de flores, una playera blanca sin mangas y unas sandalias. Jamás usaba tacones. Bailaba girando y girando y girando en medio de una multitud de adolescentes eufóricos.

Esa noche, la última noche de mi antigua yo, fue la despedida de la secundaria. Iba a iniciar una nueva etapa y había que cerrar ciclos con broche de oro. ¡A lo pinche grande! Saliendo del festival Butterfly nos fuimos de after a la casa de Alonso. Vivía en una mansión enorme en Las Lomas de Montecarlo y había contratado un DJ que mezclaba reggaetón como negro puertorriqueño. En ese momento Alonso era mi galán. Galán es algo tipo pretendiente, pero con besos. Llegamos en su BMW convertible. La fiesta fue en su jardín. Había alberca, fuente de fresas con chocolate, botana y muchos martinis.

Mi galán era hijo de un amigo de mi padre: un chico alto, rubio y de cuerpo atlético, integrante del equipo de futbol de su escuela, y un alumno sobresaliente en todas las materias. Ese Alonso es un superniño, un tipazo.

Pasamos la noche bailando reggaetón. “Hola, qué tal. Soy el chico de las poesías”, me cantaba Alonso, y yo le respondía haciendo un buen twerking. La cabeza me daba vueltas. No sé decir si era por tanto perreo o por lo pinche borracha que estaba. Entre más noche se hacía, más decadente se ponía la fiesta.

La fiesta terminó, regresé a mi casa, subí las fotos al Instagram y me acosté un ratito. Cuando desperté, me decepcionaron bastante los poquitos likes que tenía. No era para nada lo que yo esperaba. Triste, me puse a ver fotos y más fotos, y me encontré con las de Yuliana, mi excompañera.

Yuliana era una niña especial, de cabello largo y negro y de piel muy clara (hago énfasis en esto porque nuestras compañeras eran güeras, pero bronceadas, y la palidez de Yuliana contrastaba bastante; de hecho, era demasiado “sin color” para mi gusto). Tenía unos labios bien gruesos y la ceja delineada de forma perfecta. No hablaba con nadie. Todas las mañanas la llevaban unos señores de aspecto norteño en una camioneta. Siempre se especuló sobre el oficio de su padre, que según ella era un ganadero y agricultor exitoso.

En una de las fotografías del Instagram, Yuliana estaba vestida con una blusa Chanel y unos zapatos de tacón realmente muy altos, de esos de suela roja que se ven ultragatos, pero son carísimos de París; neto, güey, caros. Traía el cabello cubriéndole la cara y empuñaba un arma chapada en oro. Le estaba “disparando” al Komander. Parecía una fiesta privada. Esa imagen tenía cincuenta mil likes. Sí, cincuenta mil. Entré a stalkearla y me di cuenta que era “superpopular”: ochocientos mil seguidores y sus publicaciones no bajaban de cuarenta mil corazones. Tenía fotos presumiendo toda clase de lujos: botellas de vinos caros, caballos, carros de lujo y ropa de marcas turbocaras. Me cagué.

Yuliana montando un caballo frisón. Yuliana abrazando un león. Yuliana sentada en medio de veinte bolsas de compras de marcas exclusivas: Chanel, Versace, Hermes. Yuliana frente al espejo en bikini, torciendo la cintura para resaltar sus nalgotas y cintura. Yuliana con un ramo de flores enorme. Yuliana bailando en un yate. Yuliana en Dubái fumando con un árabe, Yuliana nadando con cerdos en las Bahamas.

Aunque dudé bastante en escribirle, al final me atreví. Le mandé un mensaje directo diciéndole que me gustaban sus fotos. Ella me pidió que habláramos por el WhatsApp y me dio su número. Platicamos todo el día. Me contó que entraría a una escuela de las más caras y exclusivas de la ciudad, se llamaba el Americano. Le dije que justo estaba buscando una prepa y me contestó que le encantaría que fuéramos compañeras. Texteamos muchísimo. Ella me habló sobre sus ranchos, las avionetas de su papá y las fiestas privadas con música de banda a las que asistía. No sé por qué su vida me atrapó; se me hizo fascinante, era algo tan cautivador comparado con bailar reggaetón y tomar cerveza hasta vomitar. Quedé cautivada y quise ser como Yuliana. Convencí a mi papá de que me inscribiera en el Americano. Ahí te dejaban asistir con ropa casual, así que quedé con Yuliana en ir de compras. Me invitó a Los Ángeles, y nos fuimos en el avión de su papá, que era pequeño y lujoso.

En LA Yuliana pagó todo: el hotel, el shopping, la comida, los taxis. No me dejó gastar ni un peso. Me explicó que a su papá le había ido bien en un negocio y que en su casa le enseñaron que si le va bien a uno, le debe ir bien a todo mundo. Eso sí, ella escogió cada prenda. “Mija, te hace falta un cambio de look. Eres muy fresa y, si vamos a ser amigas, tienes que ser más como yo, me condicionó. Yo acepté encantada, superencantada.

Regresamos de Los Ángeles por la noche y me propuso quedarme en su rancho para que descansáramos y fuéramos a recoger la lista de útiles y el horario al día siguiente. Megaacepté. El rancho del Señor Papá era enorme. Cuando le pregunté a Yuliana qué tan grande era, me sentí como Simba: “Todo lo que toca la luz…”. Tenía una finca del tamaño de mi casa, y mi casa no era nada pequeña, únicamente para ella. Había seis albercas, una palapa, un escenario para que tocaran las bandas en las fiestas, una cantina con pantalla de cien pulgadas para ver los partidos de futbol, una pista de aterrizaje, caballerizas. Era un sueño. También había decenas de hombres armados, aunque a eso decidí no darle importancia.

¿Cuándo me di cuenta de que su papá era narco? No lo sé, ni me importa. Alguien que le dice a su hija: “Mija, si nos va bien a nosotros, le debe de ir bien a todo mundo”, no puede ser una mala persona, qué más da a qué se dedique.

Conocí a su novio. Conducía un Maserati. Vestía con mucho lujo, siempre combinaba la marca de los zapatos con la hebilla del cinto; tenía la barba perfectamente delineada; era pachoncito, tipo Gerardo Ortiz, y era un dulce de persona. Yo quería uno así, uno que me matara un puerco en el rancho y me lo ofrendara como símbolo de amor, que me jalara la banda y me mandara componer canciones. Un novio que me comparara quinientas rosas solo para recordarme que me amaba.

Pasé el verano con Yuliana. ¿Ya dije que mi papá es diputado? El diputado no puso ningún reparo. Obvio sabía que el padre de mi amiga era gente muy pesada; le valió. “Se ve que son personas muy finas, hasta que haces buenas amistades”. ¿Y Alonso? Lo boté. Ya no cumplía con mis expectativas. Yo quería un novio buchón con ropa de marca que no fuera a Zara y que en lugar de tener gatos Sphynx tuviera leones de mascota. Bebé, ¿qué hago para conseguir un novio como el tuyo?”, le pregunté a Yuliana por WhatsApp porque no me atreví a interrogarla en persona. “¿Es en serio. mija?, ¿quiere un novio mafioso? Pues mire, buscan tres tipos de mujeres: las que van a ser sus esposas, que son o hijas de sus socios o niñas bien hijas de políticos. Las que son sus amantes, que son plebitas guapas y de escasos recursos; las operan a su gusto, les ponen departamento y son como sus muñecas; les dan todo con la condición de que sean solo para ellos y que no les den problemas con sus esposas. Y las mulas, niñas de barrios muy muy pobres a las que enamoran para que hagan el trabajo sucio; usted sabe, pasar droga o ir de chapulinas con otros manes a sacarles información o hasta para descuartizar. Estas últimas siempre acaban muertas, plebe”, me explicó. ¿Y yo para qué estoy buena?”, le pregunté. “Usted me gusta como para esposa de un patrón, está que se cae de chula y es de cuna de oro. A cualquier viejón le conviene tener de esposa a la hija de un diputado”, respondió. “Yo no me quiero casar, quiero andar de novia. ¿Qué ocupo para agarrar de novio a un buchón?”, seguí. “Ser buchona, como yo. Eso ocupa, plebe”. “Ayúdame a ser buchona, ándale”. “Pues véngase al rancho y le doy unas clases.

Se tomó muy en serio eso de convertirme en buchona. Me pidió borrar todo vestigio de mi antigua vida en redes sociales. Eliminé mis fotos de Instagram y solo dejé esas donde estoy de ángel. Me ordenó que cambiara mi perfil a privado para hacerme la interesante. Nos pusimos a ver fotos de otras chicas buchonas en la página de Gente Fina. Yuliana me contaba pelos y señales de cada una. Ella es esposa de tal, ella fue amante de tal y cual, ella es hija de fulano, ella es hija de un diputado, como tú. Parecían clones unas de otras: blancas con cinturas de avispa, caderas, nalgas y pechos exagerados; cabello negro, largo y moldeado; los labios mate.

Tres ya estaban muertas. Una murió de causas naturales, es decir, de enfermedad; las otras dos fueron asesinadas. A Claudia los federales le dispararon a quemarropa en un operativo a pesar de que salió del auto con las manos en alto. A Berenice la mató un grupo rival: la subieron a una camioneta afuera del cine, se la llevaron y su cuerpo torturado apareció en un basurero. Se dice que grabaron su asesinato y tortura y le mandaron el video a su novio, que está en prisión.

En dos meses ya era una verdadera buchona: había visto telenovelas colombianas como Las muñecas de la mafia y Sin tetas no hay paraíso. En dos meses ya sabía bailar bachata, cumbias, banda y norteño de forma espectacular. Dejé los flats y hasta aprendí a caminar con tacones; eso sí que me costó trabajo. Solo faltaba la transformación final. El look.

El cambio de look fue más complicado por mi complexión: flaca, muy flaca, o sea nada que ver con las chavas de cuerpos de escultura renacentista. Es que en mi antiguo círculo eso era de nacas, de gente gata, y estar delgada era signo de estatus. La idea de estar nalgona y tener chichis gigantes me daba ¿disforia? Y además tampoco me gustaba la idea de pintarme el cabello de negro porque, como buena hija de mi familia, estaba orgullosa de ser rubia natural. Lo que sí hice fue ir al spa y pedir un tratamiento para quitar el daño solar, y me pinté el cabello de rubio platinado. “Pareces una barbie”, me dijo Yuliana cuando pasó a recogerme a la salida del spa.

Ya estaba todo listo, solo faltaba mi presentación en sociedad. Para eso nos tomamos una foto juntas frente al espejo haciendo duckface y parando las nalgas. Nos la tomamos con su iPhone y la subió a Instagram con mi etiqueta. De inmediato mis seguidores aumentaron.

Debuté en una fiesta en casa del novio de Yuliana. Fue en un rancho en la sierra. Usaron las cajas de camionetas como hieleras y había chingos de tecates cubiertas en hielo. Amenizaron varias bandas famosas y un grupo norteño. Yo estaba viendo a Yuliana bailar un caballo cuando llegó una caravana. Pura camioneta, digo, troca, lujosa y blindada, ¿ves cómo no soy tan fresa? De pronto Jesús bajó; iba vestido al estilo italiano, era güero y joven. Nos miramos con coqueteo. Caminó hacia y me dijo: “Hola, guapa. Usted está como para escribirle tres corridos. ¿Baila? ¡Claro que bailo!”, le respondí. Al despedirnos me preguntó si tenía radio y le contesté que no. Me pidió mi número.

Esa noche me tomé una foto en el caballo greñudo y negro azabache del novio de Yuliana porque, claro, también me enseñó a montar. Sí, todo en dos meses: aprendo turborrápido. La subí al Instagram. Diez mil likes.

La mañana siguiente me llegó un mensaje de voz de Jesús. Era una canción que se llama “Piénsalo”. Cuando en la canción se oyó “Te lleno de rosas mis dos camionetas”, le escribí. “A ver, oiga, quiero que me llene de rosas sus dos camionetas”. “Deme su dirección, mi alma”. A la puerta de mi casa llegaron dos camionetas con las cajuelas repletas de rosas. Sí, full, full. Eran, no sé, dos mil rosas. No, tres mil. Eran un chingo. También me regaló un radio, que para que estuviéramos en contacto.

No te quiero aburrir: nos hicimos novios. A Yuliana nunca le gustó la idea, argumentó que era ahijado del Comandante, que tenía fama de violento, que ya traía otros códigos, que no era de confianza.

A Jesús lo apodaban el Comandante Junior. Su padrino era el encargado de la seguridad de la empresa, un experto en armamento, blindajes y estrategias de guerra. Era una máquina de matar, un señor que descuartizaba cuerpos con cuchillo cebollero mientras comía palomitas. El Comandante traía un chingo de hombres a su servicio, la mitad de ellos con entrenamiento militar. Jesús era un junior, no tenía idea de nada en la vida y lo único que hacía era gastarse el dinero que le daba su padrino y abusar de su poder. Eso yo no lo sabía.

Nos hicimos novios. Nuestra relación al inicio consistía básicamente en hacer cosas intrépidas y presumirlas en redes sociales: saltar en paracaídas, ir a bucear, tomarme fotos montada en sus leones, bañarme en botellas de Moët y grabar videos para el Instagram. De regalo de diecisiete años, o sea, cuando cumplimos seis meses de novios, me pagó el marcado del abdomen y el aumento de boobies y pompas. No había capricho que no me cumpliera. Quiero un cachorro de tigre, ahí está su cachorro. Quiero una bolsa Dior, ahí va su bolsa. Quiero un mini pig, tenga su mini pig. Todo me daba. Y yo lo presumía en Instagram. Llegué a tener ochocientos mil seguidores y mis fotos con el Comandante Junior rompían el internet. Eso era felicidad.

La primera vez que me pegó fue a la salida de un antro. Estaba muy enojado y no supe ni por qué. Me dio una cachetada bastante fuerte y no me acompañó de regreso a mi casa. Me dejó la mejilla morada. A la mañana siguiente ya tenía un ramo de flores con un iPhone en la mesa de la sala. ¿Qué pasó?”, preguntó el diputado. “Es que me bofeteó y me mandó eso para disculparse”, le respondí. El chofer de mi papá me dijo: “Habría de regresárselo, señorita, al rato, si se le hace maña, nomás la mata y de qué le va a servir que la lleve al panteón en una carroza de lujo”. Mi papá le gritó que se callara, que por eso no iba a salir de jodido.

La segunda vez que me golpeó fueron dos puñetazos y un jalón de greñas; me envió la tienda Versace entera, literal. Zapatos, bolsas, vestidos, un chingo de cosas. La tercera, la cuarta, la quinta. Iba de menos a más y yo estaba en estado de indefensión, atrapada. Un día tomé valor y le grité que ya estaba harta de sus golpes y de los regalos que los seguían. “Le voy a contar a mi papá”, lo amenacé. Con tono cínico me contestó: “No me vengas con pendejadas, pinche estúpida. Él sabe que mi gente se dedica a colgar contras de los puentes, a disolver en ácido a culeros. ¿Y qué hace? Nada. ¿Crees que me va a meter a la cárcel por ponerle sus madrazos a una puta como tú? Estás pendeja, mija. No sé por qué no lo dejé y tampoco sé por qué jamás le conté a Yuliana.

La noche de mi muerte íbamos a tener una velada romántica: el plan era pasar en su penthouse el fin de semana. El primer día sucedió algo. Jesús era muy celoso, al grado de que, si yo contestaba el mensaje de algún hombre en Instagram, me golpeaba. Es más, bastaba con que volteara a ver a alguno de sus escoltas para que me insultara. Ese día fue a comprar unas botellas de vino y me dejó sola con el Pelón, su empleado de confianza. Cuando regresó, yo estaba en la alberca y el Pelón me estaba arrimando una cerveza. Jesús sacó la pistola y le disparó en la cara. El Pelón cayó al agua. Jesús se metió a la alberca, me sujetó del cabello y me sumergió; estaba tratando de ahogarme. El agua con sabor a sangre me llenaba los pulmones. Su hermano me lo quitó de encima. Como pude me salí y me fui corriendo a la recámara. Me encerré y le marqué llorando a Yuliana. Ella, muy molesta, me pidió que me quedara en línea mientras hacía unas llamadas. “Le estoy diciendo que la quiso matar. Él no está respetando los códigos, apá, hay que darle un escarmiento. ¿Para qué me dice que soy su heredera si no puedo tomar una decisión como ésta? Ya no quiero nada, váyase a la verga, apá… Plebita, espéreme ahí, ahorita vamos por usted”, fue lo último que supe. Luego todo se llenó de humo, plomo y sangre.

 

(Tomado de Cerda, Dahlia de la, Perras de reserva, Narrativa Sexto Piso, México, 2024)

 

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