Raúl Eduardo Novau
Se
entretuvo mirando de soslayo el herrumbroso alambrado invadido en tramos por el
malezal. Del otro lado una cohorte compacta del yerbal vecino se perdía en la
lomada. Eran sus malezas nacidas y criadas sin límites en su chacra las que
avanzaban prepotentes a cada jornada. Porque era diaria la extensión del yuyal:
a los cuatro vientos menos al sur donde cursaba un arroyo. Y cuanto más se
detenía en mirar se le ocurría que las espinosas hojas se alargaban, las
ásperas flores sin aromas se reproducían espontáneas como bordadas en
silvestres bastidores y zarzas y mimosas trepaban las últimas vallas de
alambrada. Ella misma estática en medio de esa orfandad de árboles, el sol
batiéndole el ajado pañolón a la cabeza y las orlas del batón campaneando la
maraña, semejaba un mástil de una nave jaspeada de ocres y parduscas rastreras.
De nada le servía el machete: cuanto más
tronzaba y cortaba al otro día todo reverdecía en nuevos y numerosos brotes.
Avanzó hacia el caído alambrado palpando con la punta del machete el yuquerizal
a cada paso, explorando la conveniencia de tronchar los apéndices usurpadores
que netamente se intrincaban en el lozano terreno aledaño. Eran múltiples hasta
donde se perdía la vista. Tendría que abdicar. Reconocer ante el chacrero
lindante que se daba por vencida. Remiró las enhiestas plantas de yerba en ringleras
encolumnadas y las calleras desbrozadas del amplio predio vecino. Idénticas
serían si hubiera vivido su compañero. Tendría que haber abdicado. Pero no, se
decía. Si Dios puso la tierra para labrar, el agua del arroyo para beber y la
Biblia para leer ¿qué otra cosa necesitaría una mujer como yo?
A pesar de su nombre, Amarga López –mal
anotado por indolencia y comodidad de los escribientes de turno pues su madre
vivió repitiendo que era Amada el elegido– al principio una total antinomia
pues era alegre y dicharachera luego volcada tras el pasaje de miserias a una
paulatina correspondencia con el nombre original.
Resistía Amarga en aquella solana de
matorrales y troncos ennegrecidos –testigos de quemantes rozados pasados– y su
rancho de tablones en pilotes y pequeña galería adornada de viejas latas como
tiestos de flores. Del bajo chiquero y el antiguo galpón de secanzas del tabaco
quedaban esqueletos de maderos carcomidos y algunas desperdigadas perchas del
gallinero. Aún persistía el galponcito, levantado por Pablo su marido,
destinado a Kare la lechera que, tras una cuantiosa producción, también murió.
Pero Amarga aprovechó para el único ser que compartía con ella la aposentada
soledad: el buey Barcino. Barcino era el rey en su desolada comarca. Si bien no
daba leche, rumiaba con una meticulosidad extrema que ni con tormentas
interrumpía, bosteaba solamente en el reducido cobertizo cosa que Amarga
bendecía pues no necesitaba desplazarse para recoger el abono para la huerta.
Además, Barcino se las ingeniaba para rebuscarse en la enmarañada capuera donde
su mole estatuaria progresaba comiendo y mutilando lo que el malezal reponía en
el día. Ella especuló con el deslinde del desbroce en la línea vecinal,
cabeceando y su ronca voz resonó quizás por sinusitis crónicas o por frases
sumergidas en cavilosas soledades que emergen corporizadas y vitales de golpe
diciendo:
–No tengo más sal.
Restaba en la bolsa un cuarto de sal
necesario para Barcino y para la casa. Pues Amarga contenía el avance de las
hierbas haciendo un círculo blanco de sal alrededor. Santo remedio. Era como
una empalizada invisible: ni hierbajos ni alimañas ni víboras. Nada. Eso sí. Se
cuidaba que Barcino lamiera solamente el terrón salino que estaba en el
galponcito. Incluso para el vecino fue un límite inconsciente que no osó
traspasar cuando visitó a Amarga insistiendo en la compra del lote. Dialogaron
línea blanca de por medio sin resultados. Ella era mujer de monte, toda su vida
convivió con el monte y un cambio a su edad era sencillamente la muerte, dijo
en cavernoso tono. Mientras el alambrado estuviera limpio –y ella prometía que
lo mantendría así– el vecino no tendría que preocuparse con tamaña zoncera. De
eso daba fe. No se responsabilizaba en cambio de los bichos que pudieran cruzar
porque los animalitos de Dios no conocen fronteras. Tampoco el buey estaba en
venta. Él pertenecía al terruño como ella sin memoria tal cual es ahora:
grande, capado y somnoliento. Desprenderse del animal sería hasta inhumano ya
que era parte indisoluble de su vida. Era ella misma transformada en
cuadrúpedo: juntos aprovechaban las raíces fibrosas, él las maceraba en la
panza y ella en el mortero, bebían la fresca agua del arroyo y se daban calor
mutuo en invierno arrebujada ella contra el cuerpo de Barcino en el cobertizo.
Le falta hablar, decía.
Amarga estaba sin fuerzas para el machete
o la esteva del arado amén de ser vegetariana forzada salvo cuando pescaba
mojarras o caracoles en la corriente, liquidadas las pocas alhajas y vendidas
por chirolas algunas chapas del desmelenado techo, se hallaba en la encrucijada
de aguantar para que el yerbatero conociera el temple de una pionera o vender
la chacra asegurándose la vejez.
Amanecía cavilando hamacándose en el
sillón de la galería, entrampada en su círculo de sal, presta a los menores
ruidos que indicaran el pataleo de perdices o cuises en las trampas puestas en
los matorrales, mirando su harto conocido solar en busca de algo nuevo con la
salida del sol. Pero nada acontecía. Para más la opción de venta se había
cancelado por parte del vecino quien después de aquella visita desistió
aduciendo que la tierra salobre era inadecuada: usted mató la tierra, expresó a
una Amarga animosa de que al fin terminara el acoso.
Aún le restaban opciones: arrendaría a
Barcino o lo mataría. Alquilarlo sería lo mismo que matarlo en vida, una muerte
lenta e inmerecida después de años de sacrificios. Quedaba sacrificarle y
vender la carne, el cuero, los cálculos de la hiel, las pezuñas y las astas.
Rifar además los años uncidos al yugo, las babas sobre los surcos, los
volumétricos abonos de bostas, el calor dispensado y el martirio de canículas
hirvientes. No, no tendría corazón para semejante crimen.
En esas mentas andaba cuando la descubrió.
Pequeña apenas distinguida en un oscuro rincón del cobertizo. Extraña a medida
que crecía por la espigada formatura del tallo y hojas, firme quizás por una
gran raíz de sustento y los pedúnculos de futuras flores en potencia. Todos los
días apenas alboraba Amarga corroboraba el rápido crecimiento de aquella
plantita que se avizoraba superior a todas las conocidas. Y con dedicación
exclusiva –por otra parte no tenía otra tarea– acarreaba trabajosamente el agua
desde el arroyo. En incontables viajes Amarga recorría el senderillo entre la
tosca vegetación. Se las ingenió para obturar con un emplasto de zarzaparrillas
los orificios del agujereado balde. Porque el vegetal requería al parecer mucho
líquido: al punto que terminaba de regar la tierra era un secano alrededor. Y
cuanto más progresaba más era la demanda de agua. El sendero al arroyo se hizo
nítido en la espesura. Al cabo de semanas la planta echaba ramajes laterales, entonces
Amarga recurrió a Barcino pues era un solo balde y sentía el cansancio en los
huesos. Bamboleante el buey trazaba su pertinaz parsimonia en un letánico
vaivén del cauce a la nueva inquilina. Los frutos carnosos eran de un intenso
morado y las flores nacaradas ribeteadas de púrpura en cálices verdolagas. Pero
sería una decepción para Amarga que esperaba el néctar de una planta sugestiva
y principesca: al partir los frutos eran fétidos, apestosos, rancios. Tremenda
desilusión para ella. Si no le hubiera costado tanto la tenaz labor del acarreo
del agua quizás hubiera morigerado su frustración. En su iracundia cortó las
repugnantes manzanitas moradas y los gajos de flores inodoras y las arrojó al
malezal.
Al otro día había claros enormes en el
predio. Por donde Amarga revoleó los frutos surgieron ojos gigantescos que
descubrían un oscuro suelo. Lamparones negruzcos horadaron la breña
contagiándose y afloraron en mayores calveros. Amarga investigaba machete en
mano la lenta agonía del capueral: negras eran las enrevesadas ramas y raíces
mixturadas con mariposillas de los pantanos, lagartijas y alacranes, muertos
oscuros en un gran caldero que rezumaba charcos pestilentes y lentamente se
evaporaban. A los pocos días la chacra era una lóbrega y sombría alfombra gris,
desprendiendo humos que permanecían sin elevarse al ras semejando un mullido
tapiz e irradiando calor de una intensa combustión. Barcino rumiaba inexorable
su última ingesta, mirando alternativamente la destartalada casa y el parche
negro de la otrora chacra, intentando retomar su habitual recorrido al arroyo
sin conseguir trasponer más de un metro del calcinado terreno. A la noche
procuró regurgitar algo de verde sin conseguirlo y al amanecer atropelló el
estropeado portón por una cuestión de fuerza bruta en pos del verde barranco
entrevisto y se perdió.
Amarga se hamacaba en el sillón observando
al fin la muerte del malezal. Por si Barcino quisiera regresar no tocó el
desportillado portón. Mientras tanto tenía las amargas pero reconfortantes
hojas de su dormidera. Porque después de la infusión se adormecía balanceándose
Que le viniera el gringo a decir ahora que una anciana sola en medio del monte
no puede defenderse y hacer las labores de los hombres más rudos. Ahí tiene:
ayer había un zarzal y un verdadero ejército de alimañas y hoy no existen. Y
que no le pidiera la fórmula porque era de su exclusiva competencia. Bien a
cuidado estaban las bifurcadas raíces de la milagrosa que estragó en un
santiamén su problema. Trasplantó la mandrágora al desértico huerto y ahí la
mantendría para que la auxilie en cuanto alguna maleza se le ocurra nacer. La
huerta fue a pique pero ella estaba triunfante y esperaba la visita del gringo.
Entonces le diría:
–Ahí tiene. La tierra pelada. Ya no pasará
la suciera.
Esperaría. Hamacándose en la galería.
Esperaría.
(Tomado
de www.anatomoi.blogspot.com)
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