lunes, 31 de agosto de 2026

10-14

Gabriel Gala

 

Fue a finales del siglo pasado. Elizabeth, una sobrina de mi esposa, vino a la Ciudad de México, desde su natal Chihuahua, para tramitar su ingreso a un posgrado en la UNAM. Mi esposa y yo le damos alojamiento cuando visita nuestra ciudad y, por ende, fuimos a recibirla al puerto aéreo esa mañana de julio.

Y ocurrió que al llegar su vuelo a la Ciudad de México y tras desembarcar del avión, Elizabeth fue a recoger su equipaje (apenas un par de maletas)… y su equipaje no estaba en la banda transportadora. Ella esperó y esperó a que aparecieran sus maletas, y nada. Fue a preguntar por ellas al personal de la aerolínea y todos se hicieron pendejos: que ya no faltaba ninguna maleta del avión, que posiblemente alguien más las había tomado y que… qué se yo.

Molesta, Elizabeth siguió preguntando y reclamando a los empleados de la aerolínea y amenazó con llamar a la policía. Y los empleados de la aerolínea, sonriendo con sorna, le dijeron que podía llamar a quien quisiera, pero que en el aeropuerto la autoridad competente era la Policía Federal de Caminos (aún no se creaba la Guardia Nacional).

Elizabeth salió del área de llegadas para encontrarse con nosotros y nos contó lo que ocurría, así que decidimos ir a las oficinas de la Policía Federal de Caminos en el aeropuerto. Llegamos, pues, a dichas oficinas. En la recepción no había más que unos sillones y un escritorio atendido por una muchacha muy joven, uniformada. Muy seria.

A ella le expusimos nuestro problema y nos dijo que eso tenía que hacerse del conocimiento del comandante Mireles.

–Entonces quiero hablar con el comandante Mireles –le dije.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –nos dijo muy amablemente la joven oficial–. Por favor espérenlo. No debe tardar.

Así que los tres tomamos asiento y nos dispusimos a esperar. Mientras lo hacíamos, otro oficial de la PFC se asomó por la puerta y le preguntó a la recepcionista por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –fue la respuesta de la muchacha.

–¡Ah! –dijo el policía– Vuelvo después.

Seguimos esperando. Unos minutos después asomó la cabeza otro policía federal y preguntó por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –respondió de nuevo la recepcionista y el policía asintió gravemente con la cabeza y se retiró.

Elizabeth, mi esposa y yo intercambiamos miradas y gestos de extrañeza e impaciencia. Poco después un tercer policía se asomó para preguntar por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió la recepcionista y el tercer policía se retiró.

Elizabeth mi esposa y yo empezamos a preguntarnos por lo bajo qué diablos sería un 10-14. “Podría ser un operativo antidrogas”, aventuró mi esposa, “tal vez estén deteniendo a algún narcotraficante… o tal vez a un contrabandista”. “O a lo mejor”, señaló Elizabeth, “fue al baño”. Tratamos de no reírnos demasiado fuerte. Y un cuarto policía llegó, se acercó a saludar a la joven uniformada, y preguntó por el comandante Mireles.

–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió ella la consabida respuesta.

–¡Ah! –dijo el policía y dio media vuelta para retirarse, pero cuando llegó a la puerta se detuvo en seco, volteó y le preguntó:

–¿Y qué hay de 10-14?

–Barbacoa –dijo muy seria la recepcionista.

 

(Publicado con permiso del autor)

 

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