Gabriel Gala
Fue
a finales del siglo pasado. Elizabeth, una sobrina de mi esposa, vino a la
Ciudad de México, desde su natal Chihuahua, para tramitar su ingreso a un
posgrado en la UNAM. Mi esposa y yo le damos alojamiento cuando visita nuestra
ciudad y, por ende, fuimos a recibirla al puerto aéreo esa mañana de julio.
Y ocurrió que al llegar su vuelo a la Ciudad
de México y tras desembarcar del avión, Elizabeth fue a recoger su equipaje (apenas
un par de maletas)… y su equipaje no estaba en la banda transportadora. Ella
esperó y esperó a que aparecieran sus maletas, y nada. Fue a preguntar por
ellas al personal de la aerolínea y todos se hicieron pendejos: que ya no
faltaba ninguna maleta del avión, que posiblemente alguien más las había tomado
y que… qué se yo.
Molesta, Elizabeth siguió preguntando y
reclamando a los empleados de la aerolínea y amenazó con llamar a la policía. Y
los empleados de la aerolínea, sonriendo con sorna, le dijeron que podía llamar
a quien quisiera, pero que en el aeropuerto la autoridad competente era la
Policía Federal de Caminos (aún no se creaba la Guardia Nacional).
Elizabeth salió del área de llegadas para
encontrarse con nosotros y nos contó lo que ocurría, así que decidimos ir a las
oficinas de la Policía Federal de Caminos en el aeropuerto. Llegamos, pues, a
dichas oficinas. En la recepción no había más que unos sillones y un escritorio
atendido por una muchacha muy joven, uniformada. Muy seria.
A ella le expusimos nuestro problema y nos
dijo que eso tenía que hacerse del conocimiento del comandante Mireles.
–Entonces quiero hablar con el comandante Mireles
–le dije.
–El comandante Mireles está en un 10-14 –nos
dijo muy amablemente la joven oficial–. Por favor espérenlo. No debe tardar.
Así que los tres tomamos asiento y nos
dispusimos a esperar. Mientras lo hacíamos, otro oficial de la PFC se asomó por
la puerta y le preguntó a la recepcionista por el comandante Mireles.
–El comandante Mireles está en un 10-14 –fue
la respuesta de la muchacha.
–¡Ah! –dijo el policía– Vuelvo después.
Seguimos esperando. Unos minutos después
asomó la cabeza otro policía federal y preguntó por el comandante Mireles.
–El comandante Mireles está en un 10-14 –respondió
de nuevo la recepcionista y el policía asintió gravemente con la cabeza y se
retiró.
Elizabeth, mi esposa y yo intercambiamos
miradas y gestos de extrañeza e impaciencia. Poco después un tercer policía se
asomó para preguntar por el comandante Mireles.
–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió
la recepcionista y el tercer policía se retiró.
Elizabeth mi esposa y yo empezamos a preguntarnos
por lo bajo qué diablos sería un 10-14. “Podría ser un operativo antidrogas”,
aventuró mi esposa, “tal vez estén deteniendo a algún narcotraficante… o tal
vez a un contrabandista”. “O a lo mejor”, señaló Elizabeth, “fue al baño”.
Tratamos de no reírnos demasiado fuerte. Y un cuarto policía llegó, se acercó a
saludar a la joven uniformada, y preguntó por el comandante Mireles.
–El comandante Mireles está en un 10-14 –repitió
ella la consabida respuesta.
–¡Ah! –dijo el policía y dio media vuelta
para retirarse, pero cuando llegó a la puerta se detuvo en seco, volteó y le
preguntó:
–¿Y qué hay de 10-14?
–Barbacoa –dijo muy seria la
recepcionista.
(Publicado
con permiso del autor)
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