Ray Bradbury
¡Oh,
qué divertido iba a ser! ¡Qué juego! Hacía años que no sentían una emoción semejante.
Los niños se lanzaban de un lado a otro por los verdes jardines, gritando, tomados
de la mano, corriendo en círculos, trepando a los árboles y riendo. Sobre sus cabezas
volaban los cohetes y, por las calles, los autos escarabajo se deslizaban con un
leve susurro, pero los niños seguían jugando. ¡Cuánta diversión, cuánta alegría
palpitante, cuántas volteretas y cuántos gritos a pleno pulmón!
Mink entró corriendo en la casa, cubierta de
polvo y sudor. A sus siete años era ruidosa, fuerte y decidida. Su madre, la señora
Morris, apenas pudo verla mientras la niña abría cajones de un tirón y echaba cacerolas
y herramientas en un saco grande, haciéndolas chocar unas con otras.
–Pero Mink, ¿qué pasa?
–¡El juego más emocionante de todos! –jadeó
Mink, con el rostro enrojecido.
–Detente un momento y toma aire –dijo su madre.
–No, estoy bien ¿Puedo llevarme estas cosas,
mamá?
–Pero no las abolles.
–¡Gracias, gracias! –gritó Mink y, ¡pum!, salió
disparada como un cohete.
La señora Morris siguió con la mirada a la
pequeña que se alejaba corriendo.
–¿Cómo se llama el juego?
–¡Invasión! –respondió Mink. La puerta se cerró
de golpe.
En cada jardín de la calle, los niños sacaban
cuchillos, tenedores, atizadores, viejos tubos de estufa y abrelatas.
Era curioso que todo aquel frenesí y ajetreo
se concentrara únicamente en los niños más pequeños. Los mayores, los de diez años
en adelante, despreciaban el asunto y se iban de excursión con aire desdeñoso o
jugaban por su cuenta a una versión más digna del escondite.
Mientras tanto, los padres iban y venían en
autos escarabajo cromados. Los técnicos llegaban a las casas para reparar los ascensores
de vacío, arreglar televisores cuya imagen parpadeaba o dar martillazos a los obstinados
tubos que distribuían la comida. La civilización de los adultos seguía su curso
alrededor de aquellos niños atareados: envidiaba la feroz energía de esos pequeños
salvajes, contemplaba con indulgente diversión sus aspavientos y sentía ganas de
sumarse también al juego.
–Esto, esto y esto –decía Mink, dando instrucciones
a los demás, que tenían toda clase de cucharas y llaves de tuercas–. Hagan eso y
tráiganme aquello. ¡No! ¡Aquí, tonto! Eso es. Ahora apártense mientras arreglo esto.
Con la lengua entre los dientes y el ceño fruncido,
Mink se concentró en lo que hacía.
–Así. ¿Ven?
–¡Bieeeen! –gritaron los niños.
Joseph Connors, de doce años, llegó corriendo.
–Vete –le dijo Mink sin rodeos.
–Quiero jugar –dijo Joseph.
–¡No puedes! –dijo Mink.
–¿Por qué no?
–Porque te burlarías de nosotros.
–De veras que no.
–No. Te conocemos. Vete o te echamos a patadas.
Otro muchacho de doce años pasó zumbando en
unos pequeños patines motorizados.
–¡Eh, Joe! ¡Vamos! ¡Deja que jueguen esos mariquitas!
Joseph vaciló, con cierta pena y pocas ganas
de irse.
–Quiero jugar –dijo.
–Ya eres grande –dijo Mink con firmeza.
–No tanto –dijo Joe con toda lógica.
–Solo te reirías y arruinarías la Invasión.
El muchacho de los patines hizo un ruido burlón
con los labios.
–¡Vamos, Joe! ¡Déjalos con sus haditas! ¡Qué
tontería!
Joseph se alejó lentamente. No dejó de mirar
hacia atrás hasta llegar al final de la cuadra.
Mink ya había vuelto a lo suyo. Con todo lo
que había reunido construía una especie de aparato. Había puesto a otra niña, con
un bloc y un lápiz, a tomar notas con garabatos lentos y trabajosos. Sus voces subían
y bajaban al calor del sol.
A su alrededor, la ciudad zumbaba. Las calles
estaban bordeadas de árboles verdes y apacibles. Solo el viento rompía la armonía
de la ciudad, del país, del continente. En otras mil ciudades había árboles, niños
y avenidas. En sus tranquilas oficinas, hombres de negocios grababan sus voces o
miraban los televisores. Los cohetes flotaban en el cielo azul como agujas de zurcir.
En todas partes reinaban la serena complacencia y la despreocupación de una humanidad
habituada a la paz, convencida de que nunca volvería a haber problemas. En toda
la Tierra, la gente iba del brazo, formando un frente unido. Todas las naciones
disponían por igual de armas perfectas. Se había alcanzado un equilibrio de increíble
belleza. No había traidores, infelices ni descontentos. Por eso, el mundo se sostenía
sobre bases firmes. La luz del sol iluminaba la mitad del planeta y los árboles
dormitaban en una marea de aire cálido.
La madre de Mink observaba desde una ventana
del piso de arriba.
Los niños. Los miró y sacudió la cabeza. En
fin, comerían bien, dormirían bien y el lunes estarían en la escuela. Benditos sean
esos cuerpecitos llenos de energía. Se quedó escuchando.
Mink hablaba muy seria con alguien junto al
rosal, aunque allí no había nadie.
Qué niños tan extraños. Y aquella niñita, ¿cómo
se llamaba? ¿Anna? Anna tomaba notas en un bloc. Mink le hacía una pregunta al rosal
y luego le dictaba la respuesta a Anna.
–Triángulo –dijo Mink.
–¿Qué es un tri… ángulo? –preguntó Anna, trabándose
con la palabra.
–No importa –dijo Mink.
–¿Cómo se escribe? –preguntó Anna.
–T-r-i… –deletreó Mink lentamente, hasta que
perdió la paciencia–. ¡Ay, escríbelo tú sola! –Y pasó a otra palabra–. Haz.
–¡Todavía no termino de escribir tri… ángulo!
–protestó Anna.
–¡Apúrate, apúrate! –gritó Mink.
La madre de Mink se asomó por la ventana del
piso de arriba.
–Á-n-g-u-l-o –le deletreó a Anna.
–Ah, gracias, señora Morris –dijo Anna.
–De nada –respondió la madre de Mink. Se retiró
riendo y siguió quitando el polvo del vestíbulo con un plumero electromagnético.
Las voces temblaban en el aire caldeado.
–Haz –dijo Anna. Su voz se perdía a lo lejos.
–Cuatro-nueve-siete-A-y-B-y-X –dijo Mink a
lo lejos, muy seria–. Y un tenedor y una cuerda y un… hexa-hexa-agonía… ¡hexagonal!
A
la hora del almuerzo, Mink se bebió la leche de un trago y salió disparada hacia
la puerta. Su madre dio una palmada en la mesa.
–Vuelve a sentarte ahora mismo –ordenó la señora
Morris–. La sopa estará lista en un minuto –apretó un botón rojo del mayordomo de
cocina y, diez segundos después, algo cayó con un golpe sordo en el receptáculo
de goma. La señora Morris lo abrió, sacó una lata con unas pinzas de aluminio, la
destapó de un tirón y vertió la sopa caliente en un tazón.
Mientras tanto, Mink no paraba de moverse.
–¡Rápido, mamá! ¡Es cuestión de vida o muerte!
Ay…
–Yo era igual a tu edad. Todo era siempre cuestión
de vida o muerte. Lo sé.
Mink devoró la sopa a toda velocidad.
–Más despacio –dijo mamá.
–No puedo –dijo Mink–. Drill me está esperando.
–¿Quién es Drill? Qué nombre tan raro.
–No lo conoces.
–¿Un niño nuevo en el vecindario?
–Sí que es nuevo –dijo Mink. Ya iba por el
segundo tazón de sopa.
–¿Cuál de ellos es Drill?
–Está por ahí –dijo Mink, evasiva–. Te vas
a burlar. Todos se burlan. Ay, caramba.
–¿Drill es tímido?
–Sí. No. Más o menos. Ay, mamá, tengo que irme
si queremos hacer la Invasión.
–¿Quién invade a quién?
–Los marcianos invaden la Tierra. Bueno, en
realidad no son marcianos. Son… no sé. De arriba –señaló hacia arriba con la cuchara.
–Y de aquí dentro –dijo mamá, tocándole a Mink
la frente acalorada.
Mink protestó.
–¡Te estás riendo! Vas a matar a Drill y a
todos los demás.
–No era mi intención –dijo mamá–. ¿Drill es
marciano?
–No. Es… bueno… tal vez sea de Júpiter o de
Saturno o de Venus. En todo caso, la ha pasado mal.
–Me imagino –la señora Morris se tapó la boca
con una mano.
–No encontraban la manera de atacar la Tierra.
–Somos inexpugnables –dijo mamá, fingiendo
seriedad.
–¡Esa es la palabra que usó Drill! ¡Inexpug…!
Esa era la palabra, mamá.
–Vaya, vaya. Drill es un niñito muy brillante.
¡Y qué palabrejas usa!
–No encontraban la manera de atacar, mamá.
Drill dice… dice que para pelear bien hay que encontrar una forma nueva de sorprender
a la gente. Así ganas. Y también dice que necesitas ayuda del enemigo.
–Una quinta columna –dijo mamá.
–Sí. Eso dijo Drill. Y no encontraban la manera
de sorprender a la Tierra ni de conseguir ayuda.
–No me extraña. Somos muy fuertes, caramba.
Mamá se rio mientras terminaba de recoger.
Mink siguió sentada, con la mirada fija en la mesa, como si pudiera ver allí lo
que estaba contando.
–Hasta que un día… ¡pensaron en los niños!
–susurró Mink con tono melodramático.
–¡Vaya! –respondió la señora Morris, animada.
–Y pensaron que los adultos están tan ocupados
que nunca miran debajo de los rosales ni se fijan en el césped.
–Solo cuando buscan caracoles y hongos.
–Y también hay algo de dim-dims.
–¿Dim-dims?
–Dime… siones.
–¿Dimensiones?
–¡Cuatro! Y también hay algo de los niños menores
de nueve años y la imaginación. Es muy gracioso oír hablar a Drill.
La señora Morris estaba cansada.
–Bueno, debe de ser gracioso. Pero Drill te
está esperando. Se está haciendo tarde y, si quieres hacer tu Invasión antes de
bañarte y cenar, será mejor que corras.
–¿Tengo que bañarme? –gruñó Mink.
–Sí. ¿Por qué los niños odian el agua? No importa
la época: ¡todos odian que les mojen detrás de las orejas!
–Drill dice que ya no tendré que bañarme –dijo
Mink.
–Ah, ¿eso dice?
–Se lo dijo a todos los niños. Se acabaron
los baños. Y podremos quedarnos despiertos hasta las diez y ver dos programas de
televisión el sábado, en vez de uno.
–Bueno, más le vale al señor Drill portarse
bien. Voy a llamar a su madre y…
Mink se dirigió hacia la puerta.
–Tenemos problemas con chicos como Pete Britz
y Dale Jerrick. Están creciendo. Se burlan. Son peores que los padres. No quieren
creer en Drill. Se hacen los importantes porque están creciendo. Uno pensaría que
ya deberían saberlo. Hace apenas un par de años eran pequeños. A esos los odio más
que a nadie. Los mataremos primero.
–¿Y a tu padre y a mí al final?
–Drill dice que ustedes son peligrosos. ¿Sabes
por qué? ¡Porque no creen en los marcianos! Van a dejarnos gobernar el mundo. Bueno,
no solo a nosotros, también a los niños de la cuadra de al lado. Tal vez yo sea
reina.
Abrió la puerta.
–¿Mamá?
–¿Sí?
–¿Qué es ló-gi-ca?
–¿Lógica? Bueno, querida, la lógica es saber
qué cosas son ciertas y cuáles no.
–Él habló de eso –dijo Mink–. ¿Y qué significa
im-pre-sio-na-ble? –Tardó un momento en decir la palabra.
–Bueno, significa… –Su madre miró al suelo,
riéndose suavemente–. Significa… ser una niña, querida.
–¡Gracias por el almuerzo! –Mink salió corriendo
y luego volvió a asomar la cabeza–. Mamá, me aseguraré de que no te hagan mucho
daño, de veras.
–Bueno, gracias –dijo mamá.
La puerta se cerró de golpe.
A
las cuatro, el audiovisor zumbó. La señora Morris encendió el aparato.
–¡Hola, Helen! –saludó.
–Hola, Mary. ¿Cómo van las cosas en Nueva York?
–Bien. ¿Y en Scranton? Pareces cansada.
–Tú también. Los niños. Siempre en medio –dijo
Helen.
La señora Morris suspiró.
–Con Mink pasa lo mismo. La superinvasión.
Helen se rio.
–¿Los tuyos también están jugando a eso?
–Dios, sí. Mañana estarán jugando a las tabas
geométricas y a la rayuela motorizada. ¿Éramos así de terribles cuando éramos niñas,
en el 48?
–Peores. Japos y nazis. No sé cómo me soportaban
mis padres. Yo era muy marimacho.
–Los padres aprenden a hacer oídos sordos.
Hubo un silencio.
–¿Qué te pasa, Mary? –preguntó Helen.
La señora Morris tenía los ojos entrecerrados
y se pasó lentamente la lengua por el labio inferior, pensativa.
–¿Eh? –Se sobresaltó–. Ah, nada. Solo estaba
pensando en eso. En hacer oídos sordos y todo lo demás. No importa. ¿Por dónde íbamos?
–Mi hijo Tim anda entusiasmado con un tal…
Drill, creo.
–Debe de ser una nueva contraseña. A Mink también
le gusta.
–No sabía que el juego ya hubiera llegado hasta
Nueva York. Se habrá corrido de boca en boca, supongo. Parece una campaña de recolección
de chatarra. Hablé con Josephine –ella está en Boston– y me dijo que sus hijos están
locos por este nuevo juego. Se está extendiendo por todo el país.
En ese momento Mink entró trotando en la cocina
y se bebió de un trago un vaso de agua. La señora Morris se volvió hacia ella.
–¿Cómo va todo?
–Casi terminamos –dijo Mink.
–Estupendo –dijo la señora Morris–. ¿Qué es
eso?
–Un yoyó –dijo Mink–. Mira.
Lanzó el yoyó hacia abajo. Al llegar al extremo
del hilo…
Desapareció.
–¿Ves? –dijo Mink–. ¡Hop! –Con un leve movimiento
del dedo hizo reaparecer el yoyó, que subió disparado por el hilo.
–Hazlo otra vez –dijo su madre.
–No puedo. ¡La hora cero es a las cinco! ¡Adiós!
Mink salió haciendo subir y bajar el yoyó a
toda velocidad.
En el audiovisor, Helen se rio.
–Tim trajo uno de esos yoyós esta mañana, pero
cuando quise verlo dijo que no me lo enseñaría. Al final intenté hacerlo funcionar
yo misma, pero no pude.
–No eres impresionable –dijo la señora Morris.
–¿Qué?
–No importa. Fue algo que se me ocurrió. ¿Qué
querías, Helen?
–Quería pedirte la receta de ese pastel blanco
y negro…
La
hora pasó con pereza. El día fue declinando. El sol fue bajando en el cielo azul
y sereno. Las sombras se alargaron sobre los verdes jardines. Las risas y el entusiasmo
continuaron. Una niñita salió corriendo, llorando. La señora Morris salió por la
puerta principal.
–Mink, ¿era Peggy Ann la que lloraba?
Mink estaba inclinada sobre algo en el jardín,
cerca del rosal.
–Sí. Es una miedosa. Ya no vamos a dejarla
jugar. Ya está demasiado grande para jugar. Supongo que creció de repente.
–¿Por eso lloraba? Tonterías. Contéstame como
es debido, señorita, o te metes en casa.
Mink se volvió de golpe, entre consternada
e irritada.
–No puedo parar ahora. Ya casi es la hora.
Me portaré bien. Lo siento.
–¿Le pegaste a Peggy Ann?
–No, de veras. Pregúntale. Fue algo… bueno,
es que es una gallina.
El círculo de niños se estrechó alrededor de
Mink, que, ceñuda, examinaba su trabajo: cucharas y una especie de armazón cuadrado
hecho con martillos y tubos.
–Ahí y ahí –murmuró Mink.
–¿Qué pasa? –preguntó la señora Morris.
–Drill está atascado. A mitad de camino. Si
lográramos hacerlo pasar del todo, sería más fácil. Entonces los demás podrían pasar
detrás de él.
–¿Puedo ayudarte?
–No, gracias, mamá. Yo me encargo.
–Está bien. Dentro de media hora te llamaré
para que te bañes. Ya me cansé de mirarte.
Entró en la casa y se sentó en el sillón eléctrico
para relajarse, mientras bebía a pequeños sorbos de un vaso de cerveza medio vacío.
El sillón le masajeó la espalda. Niños, niños. Amor y odio, lado a lado. A veces
te querían y te odiaban, todo en medio segundo. Qué extraños eran. ¿Alguna vez olvidaban
o perdonaban los azotes y aquellas órdenes duras y estrictas? Se preguntó: ¿cómo
olvidar o perdonar a quienes estaban por encima de uno, a esos dictadores altos
y tontos?
Pasó el tiempo. La calle quedó sumida en un
silencio extraño, expectante, que se fue haciendo más profundo.
Las cinco. En algún lugar de la casa, un reloj
cantó suavemente con voz serena y musical: «Las cinco… las cinco. El tiempo se va.
Las cinco», y su voz se apagó poco a poco en un ronroneo.
La hora cero.
La señora Morris dejó escapar una risita. La
hora cero.
Un auto escarabajo entró zumbando por la entrada.
El señor Morris. La señora Morris sonrió. El señor Morris bajó del auto, lo cerró
con llave y saludó a Mink, que seguía trabajando. Mink lo ignoró. Él se rio y se
quedó un momento contemplando a los niños. Luego subió los escalones de la entrada.
–Hola, querida.
–Hola, Henry.
Sentada al borde del sillón, se inclinó hacia
delante, tensa, y escuchó. Los niños estaban callados. Demasiado callados.
Él vació la pipa y volvió a llenarla.
–Qué día estupendo. Da gusto estar vivo.
Zumbido.
–¿Qué es eso? –preguntó Henry.
–No lo sé. –Ella se levantó de pronto, con
los ojos muy abiertos. Iba a decir algo, pero se contuvo. Ridículo. Sintió un sobresalto–.
Esos niños no tienen nada peligroso ahí afuera, ¿verdad?
–Nada más que tubos y martillos. ¿Por qué?
–¿Nada eléctrico?
–Claro que no –dijo Henry–. Me fijé.
Ella fue hasta la cocina. El zumbido continuaba.
–De todos modos, será mejor que vayas y les
digas que paren. Ya son más de las cinco. Diles que… –Abrió mucho los ojos y luego
los entornó–. Diles que dejen la Invasión para mañana. –Se rio nerviosamente.
El zumbido se hizo más fuerte.
–¿Qué estarán tramando? Será mejor que vaya
a mirar.
¡La explosión!
La
casa se estremeció con un ruido sordo. Hubo otras explosiones en otros jardines,
en otras calles.
A la señora Morris se le escapó un grito.
–¡Por aquí! ¡Arriba! –exclamó sin saber por
qué, sin que aquello tuviera sentido. Tal vez había visto algo con el rabillo del
ojo; tal vez había percibido un olor nuevo o escuchado un ruido desconocido. No
había tiempo para discutir con Henry ni para convencerlo. Que pensara que estaba
loca. Sí, ¡loca! Sin dejar de gritar, echó a correr escaleras arriba. Henry corrió
tras ella para ver qué se proponía. –¡En el ático! –gritó–. ¡Está ahí! Era solo
un pretexto torpe para hacerlo entrar en el ático a tiempo. ¡Oh, Dios, a tiempo!
Otra explosión afuera. Los niños gritaron de
alegría como ante un gran espectáculo de fuegos artificiales.
–¡No está en el ático! –gritó Henry–. ¡Está
afuera!
–¡No, no! –Sin aliento, jadeando, forcejeó
con la puerta del ático–. Te lo mostraré. ¡Rápido! ¡Te lo mostraré!
Se precipitaron en el ático. Ella cerró la
puerta de golpe, le echó llave, sacó la llave de la cerradura y la arrojó a un rincón
apartado, lleno de cosas.
Ahora balbuceaba incoherencias. Todo le brotaba
sin control. Todas las sospechas y temores inconscientes que se habían ido acumulando
en secreto durante toda la tarde, hasta fermentar en su interior como el vino. Todas
aquellas pequeñas revelaciones, conocimientos e intuiciones que la habían inquietado
durante el día y que ella había rechazado y reprimido con lógica, cuidado y sensatez.
Ahora todo estallaba dentro de ella y la sacudía hasta hacerla pedazos.
–Ya está, ya está –dijo, sollozando contra
la puerta–. Estamos a salvo hasta esta noche. Tal vez podamos escabullirnos. Tal
vez podamos escapar.
Henry también estalló, aunque por otro motivo.
–¿Estás loca? ¿Por qué tiraste la llave? ¡Maldita
sea, cariño!
–Sí, sí, estoy loca, si eso te sirve, ¡pero
quédate aquí conmigo!
–¡No sé cómo demonios voy a salir de aquí!
–Chist. Nos van a oír. Oh, Dios, de todos modos
no tardarán en encontrarnos…
Abajo se oyó la voz de Mink. Henry se quedó
inmóvil. Por todas partes se oía un enorme zumbido, junto con chisporroteos, gritos
y risitas. En la planta baja, el audiotelevisor zumbaba y zumbaba, insistente, alarmante,
violento. ¿Será Helen la que llama?, pensó la señora Morris. ¿Y llamará por lo que
me imagino?
Se oyeron pasos que avanzaban por la casa.
Pasos pesados.
–¿Quién entra en mi casa? –exigió Henry, furioso–.
¿Quién anda pisoteando ahí abajo?
Pisadas pesadas. Veinte, treinta, cuarenta,
cincuenta. Cincuenta personas se apiñaban dentro de la casa. El zumbido. Las risitas
de los niños.
–¡Por aquí! –gritó Mink desde abajo.
–¿Quién está ahí abajo? –rugió Henry–. ¡¿Quién
anda ahí?!
–Chist. Oh, no, no, no, no, no –dijo su esposa
con voz débil, sujetándolo–. Por favor, no hagas ruido. Tal vez se vayan.
–¿Mamá? –llamó Mink–. ¿Papá? –Una pausa–. ¿Dónde
están?
Pasos pesados. Pesados, pesados, muy pesados.
Subieron por la escalera. Mink iba delante.
–¿Mamá? –Una vacilación–. ¿Papá? –Una espera.
Silencio.
Zumbido. Pasos hacia el ático. Primero, los
de Mink.
El señor y la señora Morris temblaron juntos,
en silencio, dentro del ático. Por alguna razón, el zumbido eléctrico, la extraña
luz fría que de pronto se filtraba por debajo de la puerta, el olor desconocido
y el extraño entusiasmo, casi alienígena, de la voz de Mink acabaron por hacer que
Henry Morris también lo comprendiera. Permaneció de pie, temblando en la oscuridad
y el silencio, junto a su esposa.
–¡Mamá! ¡Papá!
Pisadas. Un leve zumbido. La cerradura del
ático se fundió. La puerta se abrió. Mink se asomó. Detrás de ella se recortaban
altas sombras azules.
–Cucú –dijo Mink.
(Tomado
de www.lecturia.org)
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