jueves, 3 de septiembre de 2026

Bienaventurados los humildes

María Rosa Macedo

 

Al dar las cinco horas-destino, la señorita García se detuvo en la puerta del consultorio. Allí, ante su mesita, bajo el reflejo cálido de una lámpara estaban las manos fuertes, el corazón bondadoso, los treinta y dos años del doctor González.

–Adelante –era la misma voz de la ausencia y Erlinda García avanzó tímidamente, se sentó en una silla que la miraba con sus cuatro patas amigas y sonrió. El doctor alzó los ojos y respondió a su sonrisa. Avanzó un poco las manos –tenía un anillo en ellas, ahora lo notaba, y una pequeña cicatriz bajaba dudando sobre el pulgar– movió suavemente un lápiz que sujetaba entre los dedos y la quedó mirando con un gusanillo de sorpresa detrás de los anteojos. En esas semanas que había dejado de ir al consultorio popular, el rostro de su antigua paciente se había perfilado y sus ojos eran más humildes y más claros ante la luz. Esos ojos le habían hecho falta pues lo hacían sentirse más seguro de sí, más lleno de ciencia y mejor amigo de la humanidad doliente. Ese pequeño jirón de fe que había echado de menos, le llevaba hasta las regiones de lo mágico y le parecía poseer entonces dones sobrenaturales que envolvían su miseria de hombre limitado y confuso. Los ojos sencillos que llenaban de sentido su profesión estaban allí y viajaban hacia el futuro.

–¿Cómo está usted? –dijo después, simplemente.

Una garúa finita enlodaba las calles pobres y sucias del barrio, cuando Erlinda García pasó lentamente, al caminar de su reumatismo, rumbo a casa. Todo estaba desierto y el silencio compacto se rompía a trechos con las voces roncas de los ómnibus que paseaban jadeantes hacia el este. De pronto azotó el aire una llamada urgente:

–Vengan ya muchachos, apúrense.

La señorita García, cincuentidós años, blanca, de ojos mansos y azules de asombro en una cara que fue bonita, se sobresaltó al oír el grito. Estaba hundida en sus propios pensamientos y esa era tarea suficiente para olvidar el contorno, pero vuelta a la realidad por la presencia viva de una voz que parecía haber quedado colgada en el aire, miró y alcanzó a ver a unos muchachitos que se encaminaban a la casa más cercana. Fachada amiga con un letrero cordial en blanco y rojo: “Consultorio Popular - Medicina General”. Y se alegró con una pequeña esperanza. Era lo que necesitaba y parecía haberle salido al encuentro. Una consulta médica para aliviar sus dolores. Media hora de atención a ella, a ella sola. Voces que la interrogaran. Manos, ojos, ciencia que la auscultaran solícitos. Media hora de importancia en una existencia olvidada. Una consulta barata, además, que estuviera al par de sus menguadas posibilidades económicas: A pesar de eso dudó un poco en la puerta de entrada (siempre le tenía miedo a lo desconocido) pero se armó de decisión y pasó adelante. A juntar su carga de penas con las de los otros que allí esperaban. Como ella esperaría.

Erlinda García saludó en voz baja y la señorita que escribía en un gran libro le contestó amablemente, la miró un momento recogiendo con los ojos esa turbación que la acosaba y a la recién llegada le pareció entonces que se la recibía como una amiga en el consultorio popular donde entraba por primera vez, que había nacido para ella que antes lo ignoraba y solo en ese momento cobraba existencia real porque Erlinda García, pensionista del estado, había entrado allí a consultar sus males. Recorrió con la vista el cuarto poblado de pacientes, mientras confusamente oía las respuestas de un obrero que decía en tono sordo y como con cansancio.

–Cuarenta años… nací en Cañete… Sí, soy casado, con cinco hijos… vivo aquí cerca nomás, número 864… interior C.

A saltos le llegaba la voz y ella observaba a la señorita que escribía; después fue su turno y la mirada amable, un poco sonriente y las preguntas se dirigieron-a ella. Entonces emprendió viaje por un camino olvidado hacia el que, simples palabras, breves e inexorables, la llevaban de la mano en un recordar inesperado.

El sol de la campiña iqueña golpeaba furiosamente porque era verano y los mangos debían dorarse ya y las uvas se hinchaban y oscurecían en un prodigio renovado cada año. Las llapanas habían comenzado su jornada hacia el mar y en las lagunas los muchachos levantaban espuma de las aguas sulfurosas. Erlinda era dueña de dieciocho años hermosos y en su corazón aposentaba un amor.

–¿Nombre? ¿Dirección?

Perfumaba el crepúsculo y en las rejas calientes había música de murmullos.

–Ven niña, que están dando las seis y llaman a la novena.

–Ya voy, mama –y la chica interrumpía su diálogo con Pedro, el que había llegado de Lima y vivía muy cerca, allí, junto a la bodega–. Tengo que irme, hasta mañana Pedrito.

–Hasta mañana, mi vida –y el joven se alejaba con una dulce figura de mujer en el recuerdo.

Pedro era alto y fuerte. Había conocido a Erlinda una noche como ésta, cuando la luna viajaba por los cielos iqueños en dirección a los médanos. Iban varias muchachas paseando y entre ellas estaba una que conocía a Pedro y lo presentó a las otras. Él, inmediatamente eligió a Erlinda como acompañante y conversando se adelantaron un poco. Llegaron a casa de la chica, el muchacho se despidió de ella mirándola profundamente como inquiriendo un secreto y ella se turbó, con sentimiento desconocido. Después paseó su calle en vez de seguir la ruta antigua, por detrás del parque que era la habitual en él. Descubrió que eran vecinos y esa vecindad los unió más. Luego se quisieron, con el amor urgente y tímido de los adolescentes que tantean buscando un camino en la vida y un mundo para ellos solos.

Erlinda entró en la casa y salió luego con su madre para ir a la iglesia. Cantaban las campanas con una voz alegre que se metía en el corazón de la tarde.

Pedro, Manuel y Tataje, le decían así nomás, por el apellido, dieron unas vueltas por la plaza esperando a las muchachas que habían ido a la novena con sus madres, pero la luna embrujaba y el calor era sofocante aun bajo los viejos ficus que estiraban su sombra antigua sobre la plata de esa luz.

–¡Caramba! Cómo provoca un baño… dijo sorpresivamente Manuel, interrumpiendo la conversación que, sobre el próximo curso universitario, sostenían Pedro y Tataje–. ¡Déjense de ir siempre por las alturas! ¿Por qué no a Huacachina, en cambio? Miren la luna que tenemos, Huacachina estará maravillosa a esta hora y con esta claridad.

Pedro dudó un momento. No sabía por qué se había puesto triste de pronto. Quizá era una buena idea la del baño. El agua estaría fresca y las arenas invitarían a tenderse un rato al pie de los toñuces y podría entregarse a recrear la imagen de Erlinda, tanto más sugestiva cuanto que no estaría presente, y soñar una vida, la vida plena juntos. En el esfuerzo y el amor de cada día.

–Vamos pues… –dijo al fin y Tataje aceptó también, con entusiasmo.

–Cincuentidós años… soltera… Nací en Ica… vivo cerca, calle de Los Sauces… no. Nadie me ha enviado aquí, entré porque vi el cartel…

Huacachina parecía misteriosa y embrujada a la luz de la luna. Los huarangos tirados sobre la arena eran nido de chaucatos que decían su queja apasionada y los juncos de la orilla temblaban al paso furtivo de las ratas. Al otro lado, lejanos y esfumados, los toñucos escondían un grave secreto en su olor penetrante. Las aguas eran verdes, metálicas y parecían malvadas, reflejando los rayos blancos que opacaban toda otra luz. La ternura honda de un misterio abrigaba todas las cosas.

–¡Qué hermosura! –Pedro contemplaba absorto tanta e increíble belleza.

–Es lindo, sí. –contestó Manuel ligeramente mientras bajaba del auto que los llevara–. Y ahora apúrate, no sea que nos cierren los cuartos de baño.

Tataje bajó en silencio. También a él le conmovía la belleza del paisaje pero estaba habituado a venir a Huacachina en noches de luna. Comprendía que a Pedro, recién llegado de Lima después de varios años de ausencia, le golpeara fuertemente ese panorama dejado atrás en la distancia.

Pedro salió el primero de su cuarto y se sentó al borde del agua, un poco más allá, cerca de la sombra amiga de los toñuces y se hundió en el paisaje. La noche volvía las cosas irreales en esa laguna que había escuchado su voz de niño. Huacachina la de las leyendas hermosas. La de las princesas y los poetas. El lugar donde el amor se alza como infinita plegaria humana. La laguna de los ojos verdes.

El joven, sentado sobre la arena, abarcando las rodillas con sus manos firmes, se sintió de pronto como una cosa más en esa fuga de lo real. El agua parecía mentira, las voces que sonaban a lo lejos en el hotel, eran como el eco de un sueño y la luz, esa claridad fantástica de la luna, iluminaba otro mundo y lo situaba en una dimensión distinta. Todo era tan hermoso y al mismo tiempo tan sobrecogedor, que le pareció de una belleza sagrada. Y sus oídos escucharon otros acentos y sus ojos miraron otra luz. Angustiado, se encontró envuelto en una bruma sólida que lo llevaba de nuevo por el camino recorrido en sus veinte años. Las manos se le volvieron leves y ausentes, el cuerpo miraba por todos sus poros y supo que iba a tocar el centro del misterio. Un grito lejano, vibrante y dolorido en que parecía llegar la voz de Erlinda, llenó su alma de pavor.

–¡Dios mío!, –clamó– ¡Señor! ¿Qué es esto?

La invocación lo volvió a la realidad y calmó su espíritu agitado de espanto. De nuevo tuvo conciencia de estar sentado allí, en la arena fría, y de las manos que sujetaban sus rodillas.

Más tranquilo, se incorporó lentamente y decidió entrar en la laguna que lo miraba como llamándolo. Subió al trampolín, allí cerca y se tiró desde lo alto. El agua verde se cerró sobre su cuerpo.

La noche avanzaba sobre las calles de Ica cuando Manuel y Tataje, desesperados, regresaron a la ciudad. No habían podido encontrar a Pedro. La laguna lo había devorado implacablemente y ellos no sabían cómo había ocurrido la desgracia. Cuando salieron de sus cuartos ya no estaba allí. Y nadie había visto nada. Huacachina cobraba su tributo anual en la vida del joven estudiante y guardó cuidadosamente su secreto.

–¿Que tienes, hija?

Había pasado mucho tiempo de la muerte de Pedro y aún Erlinda no podía olvidar la terrible circunstancia. Lo sentía a su lado, viviente como antes y muchas veces se volvía bruscamente, como si alguien la llamara. Entonces gritaba, con ese grito loco e involuntario que lanzó en la iglesia la noche del accidente, cuando le pareció que una mano helada se posaba sobre su cuello en una caricia desesperada y trémula.

En la mansión de los sueños todo puede realizarse y de repente se sintió hundida en un lodazal cubierto de hierbas que le rozaban la cara y se cerraron sobre su cabeza. Allí estaba él. Hermoso, resplandeciente y yerto.

Tendido, con las manos sobre el pecho (cruzadas, incrustadas, rígidas) pero también estaba de pie, un poco más allá y le hablaba suavemente, la miraba con una ternura inmensa y luego la sacaba de esa profunda cavidad para llevarlo de la mano hacia la luz. Y ella ya no sentía miedo. Ni sufría más.

–Nací en Ica… vivo cerca… soltera… –repetía.

Y sus cincuentidós años lloraban la esterilidad de una vida y la tremenda angustia de la soledad amarga en su absoluto vacío: Respondía mecánicamente a las preguntas y solo cuando la señorita le dirigió otra sonrisa y le dijo: “Está bien, puede sentarse y esperar turno”, solo entonces se dio cuenta de que estaba en el consultorio del barrio y que el tiempo había pasado muy rápidamente, pero fue duro y áspero en su recorrido. Se sentó, colocando su humildad junto a los demás pacientes, escondiendo esa ola violenta que el pasado había levantado en la calma de esos momentos.

–Señorita García, su turno.

Una enfermera de ojos verdes la llamaba desde otra puerta y Erlinda García atravesó entre las bancas de pacientes, entró en la sala de consulta y se quedó ahí un momento: inmóvil. Frente a su mesita blanca el doctor González escribía y la luz de una lámpara caía sobre su cabeza morena. La señorita García sintió las voces del destino que despertaban desde muy lejos. Había algo en ese hombre que revivía un latido olvidado en tantos años de mediocridad, lucha contra la pobreza y trabajo rutinario (ese bordado que lleve flores azules y la plumilla menudita; o los zapatitos tejidos al punto de arroz y las cintas rosadas) algo en las manos del médico, en sus facciones morenas y en los ojos oscuros, que levantó extrañado al notar que los pasos de ella se detenían: había algo de muerte o de ausencia.

–Buenas tardes –dijo– siéntese por aquí.

Miró la ficha que le entregaron:

–Señorita García, dígame lo que siente…

Y fue la rutina, después, una costumbre que tenía temblores de anunciación cada sábado que Erlinda García iba al consultorio. Allí veía las mismas caras, o caras nuevas, y veía al doctor González.

La consulta ese día había sido larga y plena de satisfacciones. El médico le dedicó más de media hora preguntando, consultando fichas y, de vez en cuando, sonriéndole. La señorita García se sentó en la mecedora que había salvado del naufragio en esa marejada de sucesivos sacrificios que había sido su existencia y dirigió una mirada de contento alrededor. La vida era mejor de lo que le había parecido y ahora se estaba portando bondadosamente con ella. ¡Señor de Luren! Su pequeño montepío bien administrado, le alcanzaba hasta para comprar de tanto en tanto unas flores, que traían a su cuartito el perfume del campo y un sabor antiguo. Los ahorros de su época de oficinista estaban intactos aún y, además, con lo que ganaba haciendo esos bordados y las labores de crochet tenía para darse sus gustos y comprar los remedios que le recetaban en el consultorio –aquí su pequeño corazón dio un breve salto– pues, desde que la atendía el doctor González, habían desaparecido en buena parte sus dolores reumáticos y esas molestias de la presión. Mañana domingo rezaría en la misa para que no se acabara esa pequeña felicidad que era todo lo que su humilde ambición necesitaba. También por el médico que se le ofrecía con sus palabras y con su atención. Además. … ¡qué buen mozo era! Con esos ojos que parecían de moro y ese pelo negro, ondulado y brillante. Un día que se levantó de su silla le había parecido como un árbol fuerte y derecho. Ella se vio pequeña, muy pequeña y anciana junto a esa juventud… joven también y bonita, era la enfermera de los ojos verdes –pensó con un dejo de amargura la señorita García mientras se levantaba a prepararse su sencilla comida–. Y las horas vividas en el consultorio la seguían en su trajinar diario por el cuartito. ¡Y es tan guapo el doctor González!

Era sábado y, como de costumbre, se dirigió Erlinda al consultorio. Se sentía de casa y no tenía necesidad de decir su nombre pues seis meses acudiendo puntualmente, la habían hecho conocida y se le apreciaba por su dulzura, la claridad de sus ojos mansos y la escrupulosa limpieza de su persona. La señorita García pasaba revista mentalmente a los que iban por primera vez y escuchaba, o no escuchaba, las conversaciones, luego se perdía en su propio ámbito mientras esperaba turno. Pero ese sábado no pudo dejar de atender a lo que oía, pues era algo que la interesaba profundamente.

–No –hablaba don Lucas, uno de los asiduos pacientes del consultorio (hipertensión arterial, angioma capilar en la cara)–. Me ha dicho la señorita que el doctor González no vendrá más. Le han cambiado su guardia en el hospital.

Todo pareció ennegrecerse alrededor, sonaron tambores lejanos –¿o era la sangre que subía trepidante y oscura hasta el cerebro?–, y las lágrimas, esas viejas amigas de Erlinda, quisieron salir apresuradamente a la luz de la tarde invernal Pero, por un mandato supremo de la voluntad, que se encogía y estiraba en una peña tremenda, volvieron a cristalizarse en algún recoveco de ese corazón envejecido, lleno de cicatrices y costurones de remiendos. Tal vez con uno que otro encaje zurcido por el dolor.

No vendría más… eso quería decir que las cosas que la rodeaban no tenían ya ningún valor. Que esas gentes se habían vuelto irreales y nada la unía a ellas… tampoco a la señorita secretaria, ni a la enfermera de los ojos verdes, de los malignos ojos verdes (descubrió en ese momento que casi la odiaba) ni la sala de espera, ni la de consulta significaban nada ahora, aunque todo seguía igual y lo único que había cambiado era un turno de guardia en cierto hospital. Cuando se repuso de la impresión recibida, Erlinda García preguntó con una dulce voz trémula, la que no lograba sujetar del todo:

–Señorita… ¿está atendiendo el doctor González?

Quería asegurarse de que no había oído mal o quería oír mejor y hacer su decisión que ya estaba hecha interiormente sin que ella lo supiera o sabiéndolo. Preguntó, pues, y la secretaria le contestó mirándola un poco sorprendida de esa nota subterránea en su voz y de que ella, la silenciosa, hablara.

–El doctor González no podrá atender más en este consultorio, pero ha venido el doctor Medina y él la seguirá tratando.

Otra vez el silencio pero ahora poblado de voces internas. La señorita García se levantó suavemente y con la misma voz sin inflexiones con que saludaba, dijo:

–Si me permite, regreso dentro de un momento.

Y se fue sin mirar atrás.

El Barrio de los Sauces tiene solamente un árbol viejo y retorcido que le da su nombre y al pie, casi en el agro con su acequia de bordes irregulares, está la casita de Erlinda García.

La calle se parece a cualquier otra calle de suburbio, con su aire de cosa vieja e improvisada al mismo tiempo. Esa tarde de invierno parecía más triste, más gris y húmeda a la señorita García. Casi dos semanas que no iba al consultorio y sus males habían rebrotado peligrosamente. Pero ella no iría donde nadie; que fuera el doctor González pues él, solo él, tenía el secreto de su mejoría. Sentada en su antigua mecedora pensaba y volvía a pensar en el problema; Ya no bordaba con la misma prolijidad de antes y sus clientes se quejaban de que las flores, antes tan perfectas, ahora le salían un poco mustias, con las puntas desiguales y un aire de vencidas que daba pena. Los zapatitos también parecían torcidos y a veces se les soltaban los puntos. La señorita García tenía que averiguar dónde trabajaba, en qué hospital atendía el doctor González.

La mecedora se mueve suavemente, en la cocinita a kerosene va a hervir el agua y la taza de vidrio espera a un lado, con bolsita de té adentro. En la habitación hay un clima de esperanza y de fe, en esa lamparita encendida frente a la imagen del Señor de Luren. Han tocado las seis en la iglesia cercana y son otras las horas que hoy escucha Erlinda García, distintas de aquellas atormentadas de las dos últimas semanas pues en su bolsa raída, pero cuidada, se dobla inocente un papel: (Dr. González, Hospital…). La inercia de las cosas permanece indiferente al contenido y ese papel no se considera más importante que otros tantos, por ejemplo: aquellos en que el chino pulpero anota la compra de comestibles a cualquier ama de casa, ni menos importante que esos documentos ampulosos con grandes sellos y rúbricas (considerando que… por lo tanto se decreta…). El papel está allí, con su blancura inmóvil y desentendido de todo, como si no contuviera la felicidad de un ser humilde, de una persona humana que lleva en su corazón una carga de amor que se devora a sí mismo y se conforma con poco: alguna palabra afectuosa, una mirada de ojos oscuros y bondadosos, un minuto de la atención prodigada generosamente a los que sufren.

Hierve el agua con un borboteo sonoro, la señorita García vuelve de su mundo mágico y casi ágilmente se levanta de su mecedora. A prepararse una taza de té.

Al dar las cinco horas-destino, Erlinda García se detuvo en la puerta del consultorio. Allí, ante su mesita, bajo el reflejo cálido de una lámpara, estaban las manos fuertes, el corazón bondadoso, los treinta y dos años del doctor González.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

El papagayo

Humberto Arenal

 

Antes, Maggie tuvo una secreta debilidad por Tony Restrepo. Hasta le perdonó que se casara con su hija Peggy, que entonces tenía 17 años, y que la hiciera abandonar sus estudios en la Universidad. Le gustaba, a pesar de su piel oscura, su cara de indio y su acento latino al hablar, que ella tanto odiaba en los otros estudiantes latinoamericanos que venían a la casa. Pero Tony era alto y tenía los hombros anchos y unos ojos muy negros y fríos que a ella la hacían sentir una rara ansiedad en las manos, que se le agitaban, y una comezón en el vientre y un temblor en la voz.

Aunque algunas veces había sentido un gran odio por él: por ejemplo, el día que se enteró de que se llevaba a Peggy al Perú. Y después cuando supo lo triste que se sentía ella en aquella casona de Lima, con toda la familia de él criticándola y vigilándola. La madre y las tías de Tony instándola a que fuera a misa todas las mañanas, a que se vistiera con más recato, a que no hablara fraternalmente con los hombres, especialmente con el indio Alfonso que se ocupaba del cuidado del jardín. Y su padre y sus hermanos que le informaban a Tony cada vez que ella salía sola a dar un paseo por la ciudad.

Lo que más le disgustaba era que Tony, según le contaba Peggy en sus cartas, iba a emborracharse con los amigos y a reunirse en los prostíbulos con otras mujeres, mientras ella se quedaba en la casa (10 dormitorios grandes y oscuros) leyendo y releyendo los mismos libros que había llevado de los Estados Unidos. Además, se sentía muy desgraciada porque no podía hablar más que con Tony que era el único que sabía inglés.

Cuando Peggy quedó encinta y después cuando perdió el niño, ella fue la primera que le dijo que volviera a Madison, donde había vivido en los últimos años. Pero entonces Tony y su familia la secuestraron en Lima. Por lo menos eso decía Peggy en sus cartas, donde siempre repetía: necesito algo nuevo, algo nuevo y excitante. En la enorme casa estuvo dos meses recluida, con los criados silenciosos y furtivos mirándola y sonriendo mientras ella tomaba, con los ojos cerrados, largos baños de sol con un minúsculo traje de baño y se llenaba de pecas el rosado cuerpo. Ella fue la que le indicó que se fingiera enferma de la piel –las prolongadas exposiciones al sol le producían quemaduras de segundo grado– y que le pidiera que la llevara a ver a un médico a los Estados Unidos. Y sobre todo que llorara mucho. El plan tuvo éxito, por supuesto, porque como aseguraba Maggie: los hombres son siempre sentimentales y no pueden ver a una mujer llorando. Sobre todo Tony Restrepo. Además, y a pesar de todo, él la amaba mucho. Antes de partir de Lima, Tony le regaló un hermoso papagayo a Peggy.

Peggy regresó sola a Madison, volvió a la universidad y se dedicó a vivir su vida, a recobrar el tiempo perdido. Había engordado visiblemente, ya no era la muchacha alta y flaca y llena de pecas de antes. Y sobre todo había ganado una gran confianza en sí misma. Además, había tantos hombres con los que ella no se había acostado nunca. Como por ejemplo Giuseppe, el fornido cantinero siciliano del bar donde su padre se emborrachaba todas las noches, y al que había admirado desde que era una adolescente. Joe, el negro exboxeador que era dueño de un billar. Y el profesor mejicano que la había iniciado en el estudio del castellano y que le había regalado un libro de versos de Antonio Machado. Además, ahora siempre la casa estaba llena de admiradores a los que atendía mientras le pedía al papagayo, que había colocado en una enorme jaula en medio de la sala, que repitiera las malas palabras que el indio Alfonso le había enseñado antes de que partiera de Lima.

Cuando mayor era su éxito llegó Tony, porque alguien le había escrito que era oportuno que regresara. Pero Peggy se había divorciado de él en ausencia, aconsejada por Maggie. Al principio montó en cólera y hasta llegó a amenazarla de que si la veía con algún hombre los mataría a los dos; pero Peggy, que lo conocía bien, no se inmutó y siguió en su largo recorrido por la interminable lista de aspirantes a compartir su necesidad de nuevos amantes. Tony terminó por irse a la cocina de la casa a beber cerveza con Maggie por las noches. A veces Peggy se lo encontraba dormido a las dos o las tres de la mañana sobre la mesa de la cocina y cuando lo despertaba repetía entre sollozos:

–Peggy, Peggy, amor mío. Mi pelirroja linda; yo te quiero Peggy –mientras trataba de abrazarla.

Mientras tomaba cerveza y le decía a Maggie cuánto quería a Peggy y cuánto sufría, ella lo miraba –secándose la cara gorda, roja y sudorosa– a aquellos ojos negros que seguían inquietándola. Las manos tenía que ponerlas debajo de la mesa pues era casi irrefrenable el deseo que tenía de pasárselas por el negro y fuerte pelo, y abrazarlo, como le había visto hacer alguna vez a Peggy en el jardín de la casa antes de que fueran a Lima.

En dos ocasiones fue Tony a la sala y se quedó mirando el papagayo, apretando con fuerza el vaso de cerveza lleno de espuma. Unos días después vino muy serio y con gran calma le dijo a Maggie que Peggy le había pedido en la universidad que se llevara el papagayo, que ya no quería tenerlo más en la casa. Ella se opuso al principio, pero Tony habló con tal calma y convicción que terminó por convencerla. Además ese día quien bebió cerveza fue ella –más que nunca– y Tony le permitió que le pasara las manos temblorosas y sudorosas por el pelo y por el cuello. Cuando él se fue con el papagayo la dejó echada sobre la mesa, con los ojos rojos y vidriosos y una extraña sonrisa en los labios. Después se durmió y soñó que lo tenía desnudo en sus brazos pero que él repetía constantemente el nombre de Peggy. Y que lentamente se iba desintegrando.

Peggy regresó ese día a las seis de la mañana y fue directamente, sin zapatos, a la jaula del papagayo. Antes de irse a acostar le gustaba ir a ver el papagayo. Al no verlo recorrió la casa y encontró a Maggie dormida con la cabeza apoyada sobre la mesa de la cocina. Mientras que la movía por los hombros repetía:

–¿Dónde está mi papagayo? ¿Dónde está mi papagayo?

A Maggie le costó trabajo recordar lo que había sucedido la noche anterior. Además, tenía que darle a su hija el cuento mutilado. Tony se había presentado –le dijo– con un papel que le pareció escrito por ella y en el que le decía que le entregara el papagayo, que no lo quería más en la casa. Aunque le pareció extraño no quiso interferir en los asuntos de ambos.

–El muy hijo de puta –repetía Maggie mientras tomaba un vaso de agua tras otro y el rostro se le ponía violáceo– el muy hijo de puta. Mira que ese indio hacerme eso a mí. Ah, pero él me la va a pagar. ¿Tú crees que esto se va a quedar así? Ah, no. Ahora mismo lo vamos a buscar y nos va a devolver el condenado pajarraco ese. Ya verás, ya verás.

Primero fueron a buscarlo a la casa de huéspedes donde vivía.

–Ya él no vive aquí –les informó la dueña de la casa–, anoche mismo recogió sus cosas, pagó y se marchó.

No, ella no sabía a dónde se había marchado.

Ninguno de sus amigos tampoco sabía de él. Pero en la universidad un conocido le informó a Peggy que estaba seguro de que se había ido a Chicago y que le había oído decir que se hospedaría en el hotel Statler. Creía que se había llevado el papagayo con él; la noche anterior lo había visto en la casa de huéspedes.

Después de dos o tres whiskies Maggie decidió que tenían que ir a Chicago. El profesor mejicano amigo de Peggy se ofreció para llevarlas en automóvil. Durante el trayecto Maggie daba manotazos sobre el asiento y gritaba improperios contra Tony; Peggy lloraba desconsolada en un rincón del asiento delantero y su amigo le pasaba la mano por el pelo y repetía en castellano:

–No te preocupes mi amor, todo se va a arreglar. No te preocupes. No llores más ¿eh?

Cuando llegaron al hotel Statler les informaron que Tony Restrepo había llegado tarde la noche anterior, pero que se había marchado esa misma mañana. Sí, llevaba un papagayo consigo y había dejado una dirección en caso de que alguien lo fuera a buscar. Cuando preguntaron que dónde se encontraba aquel lugar, todo el mundo frunció el ceño y les aconsejó que mejor no fueran por allí, el barrio no era nada recomendable. Además, ya estaba anocheciendo y era difícil encontrarlo. Pero Maggie insistió en que fueran a buscarlo. Ella quería decirle a ese hijo de puta todo lo que siempre había tenido ganas.

Para llegar a la dirección que buscaban recorrieron calles desiertas, con grandes depósitos de basura en las aceras cubiertas de una humedad fosforescente, con parejas furtivas hablando muy cerca el uno del otro. Hacía mucho frío y el aliento se convertía en una especie de humo nebuloso que los hacía aparecer como pequeños dragones en un mundo de asfalto y altas paredes oscuras.

Cuando el auto se detuvo, alguien miró furtivamente por una de las ventanas de una casa y se escondió enseguida. Peggy aseguró que era Tony. Maggie decidió que se bajaran enseguida, que había que encontrar a ese hijo de mala madre; y su hija volvió a decir sollozando que ella quería que le devolvieran su lindo papagayo y que Tony era un hombre muy malo. Su acompañante volvió a pasarle la mano por el pelo y le pidió de nuevo que no llorara.

Maggie llamó con fuerza a la puerta en tres ocasiones y nadie contestó. La cuarta vez alguien entreabrió la puerta y preguntó que qué querían. Maggie dijo de mala forma que querían ver a Tony Restrepo enseguida. La mujer los miró detenidamente y después dijo que esperaran un momento. Esperaron más de cinco minutos y nadie contestó. Hacía tanto frío que todos tenían la piel amoratada. Maggie comenzó a dar puñetazos en la puerta y a gritar:

–¡Tony, Tony! ¡Sal de ahí, hijo de puta!

El hombre que las acompañaba les pidió que tuvieran calma, que si la policía los veía en ese barrio, y a esa hora, formando un escándalo irían a parar a la cárcel.

Pero ella siguió tocando y por fin otra mujer abrió la puerta y les preguntó:

–¿Qué desean ustedes?

Peggy le dijo que deseaban ver a Tony Restrepo para que les devolviera el papagayo.

–¿Tony qué? –preguntó la mujer con cara de asombro.

Peggy le deletreó el apellido y la mujer entonces se echó a reír y le dijo que allí no vivía ningún Tony Restrepo y menos un papagayo. Entonces Maggie empujó la puerta y caminó dando fuertes taconazos por el pasillo. Otra mujer salió de una habitación y fue a su encuentro preguntándole qué deseaba y Maggie la miró un instante y le dijo amenazadora que la dejara pasar. La otra sonrió y se cerró la bata amarilla con grandes flores rojas en que estaba envuelta.

–Por supuesto, querida –dijo– y volvió a entrar en la habitación.

Al final del pasillo encontró dos mujeres muy rubias y muy maquilladas sentadas frente a un televisor, vestidas con unos pijamas blancos de seda muy ajustados al cuerpo. Ninguna de las dos miró ni respondió cuando Maggie preguntó:

–¿Dónde está ese cabrón de Tony?

Miró en todas las habitaciones de la casa repitiendo siempre lo mismo, hasta que volvió a la puerta del frente, por donde había entrado. Todavía estaba allí la mujer que les había abierto –alta, delgada, de pelo muy negro, de largas y finas cejas arqueadas, sonriente– que le dijo cuando salía:

–Dale recuerdos a Tony, no te olvides ¿eh?

Maggie le gritó que se fuera al diablo.

Peggy y su acompañante se habían quedado junto al auto y la siguieron cuando ella entró en él. Ninguno de los tres habló hasta que Peggy comenzó a sollozar y a pedir su lindo papagayo, y Maggie la previno que si no se callaba le iba a romper la boca de una bofetada. Después hicieron todo el camino en completo silencio.

Al llegar frente a la casa, Maggie se apresuró a bajarse mientras que Peggy y su acompañante se quedaban junto al auto hablando en voz baja. Entonces Maggie dio un grito y ellos corrieron hacia ella. Junto a la puerta, con el cuello degollado, estaba el papagayo.

Al verlo, el hombre contrajo la cara y dijo:

–Ay, qué lástima.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Al ladrar de los perros

Hernán Robleto

 

Estalla la fuerza tropical en todo: en los jardines que exhalan perfumes penetrantes; en las mejillas tostadas de las mujeres; en los ojos profundos y negros, en las pasiones; en las manifestaciones de la naturaleza.

Es en tierra de calor y las tejas arábigas cubren el tapial, sobre el que se bifurca en mil hierbas retoñadas la enredadera fragante. La tapia se resquebraja al beso ardiente del sol; la hierba que sube por ella aprovecha las junturas para introducir sus anhelosas raíces.

Todo es fuerza en la tierra caliente: las flores son más grandes; las noches más estrelladas. Cuando suena un disparo, bajo la bóveda azul repercute con más intensidad. Cuando se quiere, es hasta el límite del sacrificio.

María Asunción amaba a Antonio, dos jóvenes muy conocidos en el lugar. Pero el papá de ella no veía con buenos ojos las relaciones. Y como todo es fuerte bajo el cielo tropical, expuso a la hija su sentencia:

–Antes que casada con ese hombre, prefiero verte muerta.

Lo sentía así el buen viejo, aunque rezara a todos los mártires y comulgara frecuentemente. Eran unos celos muy rústicos, muy naturales en la manera de sentir de esas gentes que llevan el patriarcalismo hasta el grado de considerar la potestad paterna como un medieval señorío, dominando hasta el pensamiento de los criados y de los hijos.

Pero ella veía las raíces de la yedra en la vieja tapia cuarteada y adivinaba el abrazo de la vida y de la sed de sus raíces que se agarraban a las junturas aunque soplaran los huracanes.

A cada amonestación, bajaba la cabeza; pero no se prometía obedecer. Estaba muy honda aquella raíz de su cariño y ella sentía cómo le infundía un aliento desconocido y fuerte, un afán de mortificaciones dulces, como esa de llorar por él sobre las almohadas de su lecho…

La tenacidad del padre llegó hasta el colmo cuando de aquella cabecita menuda y arisca no salía una promesa, cuando de los labios encendidos de juventud no brotaba el ofrecimiento de enmienda. Había una pasividad silenciosa en la hija, que era más bien una protesta o un desprecio. Él hubiera deseado que hablara, que gritara, que le dijera alguna cosa de esas que encienden. Eso le hubiera dado oportunidad para desahogarse.

Pero la niña solo bajaba los ojos y dejaba entrever un temblor tímido en la barbilla, como precursor del lloro.

Don Nicolás le había dicho cierta vez, afiebrado de coraje, llameantes los ojos, apretando los puños:

–Te prohíbo que te asomes a la ventana. No saldrás a la calle, sino cuando vayas a misa; y hasta eso lo harás a mi lado.

Ella siguió bajando los ojos, circundados de ojeras profundas.

Antonio no podía soportar eso. Arrebatado, loco por el mal de amor y por la pena que es su compañera, propuso la fuga. Deslizó el papelito ardiente hasta el cuarto de la joven.

“Si es cierto que me quieres, huye conmigo. Yo te llevaré al altar. Te espero esta noche del otro lado de la tapia. Tuyo, ANTONIO”.

Y ella no vaciló. La florecilla tímida levantaba el tallo hasta arriba, desafiando a la tempestad. Había de por medio un abnegado afán de martirio. Debía probar que lo quería e iría con él a donde él la llevara.

En su propia alma, abierta por la diafanidad de la resolución, los ruidos del pueblo y los propios interiores adquirirían nunca oídas resonancias. Todo se le aclaraba a María Asunción, como si se hallara colocada dentro de una campana de cristal. ¿Qué causaría una pena al autor de sus días? No era gran pecado eso. ¿Por qué su padre seguía pecando, encaprichado para torturarla a su vez?

Dieron las nueve en la torre del pueblo y ella abrió la puerta del patio. La noche alfombraba con abismos; pero María Asunción presentía una aurora más allá de la tapia… se lanzó decididamente al fondo.

Los perros rezongaron débilmente y se llegaron hasta sus faldas, reconociéndola. Saltaban, estorbándole el paso, como inconscientes obstáculos. Ella llegó hasta la barda y, tanteando, halló la escalera que Antonio le había acomodado desde el otro lado. Apareció la cabeza del novio sobre el tapial, entre las enredaderas, y María Asunción contuvo un grito. Él bajó hacia el patio, para recibir la preciosa carga.

Los perros comenzaron a aullar, a ladrar furiosamente. Eran tres, cuatro, media docena de mastines hechos a la caza del tigre, feroces en su acometividad. La amita trataba de detenerlos con su delantal y, con su voz apremiada, suplicó a Antonio:

–¡Sube tú, pronto! ¡Sube primero!

Pero él no se resignaba a perder la carga divina que sentía entre sus brazos.

Los perros seguían ladrando, terribles. Daban vueltas por la base de la escalera, saltando, removiendo la tranquilidad del barrio. Entre las sombras les brillaban con fluorescencia de azufre las pupilas.

–¡Sube pronto! ¡Sube!

Don Nicolás salió, armado de la escopeta de dos cañones. ¿Asaltaban los ladrones su casa? Apuntó al bulto, certero como la fatalidad. Dos cuerpos se desplomaron, escaleras abajo.

Ya habían acudido con lámparas los criados. Por los cerros vecinos no aparecía la luna…

El viejo dio un alarido al inclinarse sobre las víctimas. Se llevó la mano al pecho, como si en él hubieran hecho blanco todas las postas y huyó, enloquecido, quebrada abajo, monte arriba, errante como un coyote con sed.

Los cuerpos ya inmóviles se desangraban, muy juntos, en un trágico abrazo bajo la tapia florecida. Los perros seguían aullando, con los hocicos hacia la luna.

 

(Tomado de www.leamoscuentosycronicas.blogspot.com)

 

El mal actor de sus emociones

Julio Torri

 

Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.

–Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes”. Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.

El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:

–Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Flor roja

Gabriel Gala

 

El combatiente alcanzó a sonreír, satisfecho, antes que las balas del terror lo aplastaran contra esa tierra ya empapada en sangre nueva, en sangre vieja, en sangre…

Muchos años después, un niño pasó por aquel sitio y cortó una flor roja… muy bella, muy roja; la contempló tranquilamente durante unos minutos, la guardó después en su mochila y, tras reacomodarse el fusil al hombro, continuó su marcha.

 

(Publicado con permiso del autor)

 

martes, 1 de septiembre de 2026

La noche del féretro

Francisco Tario

 

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:

–Necesito un féretro.

Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.

El empleado dijo:

–Pase usted.

Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.

Mi compañero de abajo se enderezó cuanto pudo para explicarme:

–El cliente es rico, conque tú serás el elegido.

La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme –Dios sabe con qué rumbo– por esas calles tan húmedas y resbaladizas.

El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.

De súbito, advertí sobre mi espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados –verdaderos ojos de rana– que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa:

–El finado es robusto, ¿sabe?

Fue entonces cuando pensé:

“Me llevará sin duda”.

En efecto, prorrumpió:

–Creo que me convenga éste.

Ajustaron el precio –en mi concepto, irrisorio– y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido, hacía girar extrañamente el volante…

Cruzamos calles silenciosas y lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente…

En tanto, mi cerebro trabajaba sin descanso:

“¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda?”

Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.

Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.

Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma:

–Que el destino te conceda buena hembra y buena casa…

Yo, que soy hombre, le respondí tristemente:

–Sobre todo, eso, amigo: buena casa para pasar el invierno.

¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!

Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de:

–¡El féretro! ¡El féretro!

Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.

Una muchacha fresca y esbelta, que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme:

–¡Es tan terrible y tan negro!

Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.

Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente:

–¡Y las manijas son de plata!

Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta:

–¿Es para enterrar a papá?

Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.

“¿Cómo, para papá? –me dije–. ¿No soy acaso un hombre?”

Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores…

No pudiendo soportar más el oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver. Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.

Yo grité y no me oyó nadie:

–¡No quiero! ¡No quiero!

Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos.

“Lograr poseerla!”, pensé con angustia.

Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.

Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.

Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel… con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres… soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una óptima noche de continuos placeres.

 

(Tomado de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)

 

Nochebuena aristocrática

Jacinto Benavente

 

Después de la misa del Gallo celebrada en el oratorio y oída con más recogimiento que una comedia de teatro antiguo en lunes clásico, los invitados de la marquesa de San Severino pasaron al comedor.

La fiesta era de pura intimidad; la marquesa había limitado la invitación a las personas más allegadas de su familia y a unos pocos amigos predilectos.

Entre todos no pasaban de quince.

–La Nochebuena es una fiesta de familia. Todo el año vive uno de esperanzas, abierto el corazón al primero que llega; hoy quiero recogerme en los recuerdos: sé que todos ustedes me acompañan esta noche porque me quieren de verdad, y yo a su lado me encuentro muy dichosa.

Los invitados asintieron graciosamente al cumplido.

–¡Ya lo creo! ¿Dónde mejor podía pasarse la señalada noche?

–Así, así, pocos y buenos.

–¡Ilfaut serrer les rangs, querida marquesa!

–¡Home, sweet home!

Y, rebosantes de expansiva satisfacción, dispusiéronse a celebrar con alegría la Noche que, según el poeta, “Envidia dar pudiera / al más luciente día”.

Pero, a pesar de tan propicia disposición, lo cierto es que todos parecían tristes y preocupados, como si estuvieran con el alma en donde quisieran estar en cuerpo y alma.

El saque de la conversación correspondió, como siempre, al insigne Manolo Borines; pero perdió el tanto de salida, sin peloteo. Secundó con más fuerza, apuntando una historia escandalosa y tampoco le atendió nadie. Desalentado, desistió de su empeño y llamó a los criados para que le sirvieran por segunda vez de un exquisito turbot con salsa deppoise.

La conversación desmayaba y caía a cada paso, mal sostenida por lugares comunes y frases de ocasión, sin espontaneidad y sin gracia. La risa no era franca ni sonora; parecían desgarraduras dolorosas y terminaban en un ¡ay! como aliviador suspiro. No había duda; neblina de tristeza nublaba el ambiente. Era como una obligación aparentar regocijo y nadie reflejaba siquiera cortés agrado. ¡Pobre marquesa! ¡Ella, que, según frase de revisteros, poseía como nadie el don encantador de que las horas parecieran minutos en su casa! Bien asegura la superstición vulgar que la noche del nacimiento del Hijo de Dios nada pueden maleficios y encantos. Porque no se hallaban encantados, ciertamente, los invitados de la marquesa. Ella, con su bondad confiada, había creído que pasarían una noche agradable a su lado, y ellos, por no desairarla estaban allí, forzados por los deberes sociales, estaban allí… y con el pensamiento muy lejos. Con quien y sin quien, porque cada uno, por su voluntad, por su gusto, habría pasado la Nochebuena en otra parte, donde le llamaban o el amor o el capricho, o la diversión, la virtud o el vicio, un móvil cualquiera, pero más atractivo, más fuerte que la cortesía social, y así pensaba cada uno, el marqués de San Severino, el dueño de la casa, esposo tranquilo de la bondadosa marquesa, el primero:

–¡Qué ocurrencia la de mi mujer! ¡Me aburren estas fiestas de familia! Tener que estar aquí toda la noche, sentado entre mi tía, la venerable condesa de Encinar del Valle, y Josefina Montero, prima carnal, es decir, prima ósea de mi mujer. ¡Porque cuidado si está delgada! En cambio, mi tía… ¡para cuándo son los empréstitos! ¡Qué aburrimiento! Mi tía solo habla de comer y de beber, y la primita… de arder. La una dice que el escaparate de Lhardy está hermoso estos días; la otra dice que Paul Bourget se amanera, que prefiere a Paul Hervieu. ¡Me vuelven loco! A estas horas estarán cenando en casa de la Chipilina. ¡Allí sí que se divertirán! ¡Si esta gente tuviera la feliz ocurrencia de marcharse temprano!

Así monologaba el dueño de la casa, el ilustre marqués de San Severino, y la primita espiritual, a su vez, pensaba:

–¡Qué idea la de mi prima! ¡Noche más aburrida! Mi primo es un bárbaro, no se le puede hablar de nada. A estas horas estará Federico en casa de los Vivares. Allí sí que me hubiese ido yo de muy buena gana… ¡pero la familia!… ¡Si Pilar hubiera sabido que yo no venía a su casa por ir a casa de los Vivares!

La marquesa de Encinar del Valle, grosse gourmande, opinaba como el sacerdote de la Bella Helena que en la mesa de sus sobrinos había trop de fleurs y, en cambio, el menú dejaba mucho que desear. Muy artístico el espejo con marco de orquídeas, violetas y lilas blancas, muy caprichosa la góndola de porcelana de Sevres, y los pastorcitos de Watteau mirándose en el espejo como en un lago amoroso del país azul de citerea, pero los filets de volaille eran abominables.

La verdad, hubiera sido mejor ir al réveillon de Mistress Bryan. Allí sí se comía.

La condesita de Robledal, figura elegantísima, de una raza soñada, exótica en todas partes como una quimera de artista, pensaba… en lo imposible; en una cita misteriosa con un ser ideal, en poesía sin palabras y en música sin sonidos, como los amores que ella soñaba, sin caricias, sin besos, aroma purísimo de flores inaccesibles. ¡Triste condesita! ¡Cuántos tropezones había dado por ir mirando arriba! Aquella noche misma en que con qué poco hubiera forjado un ideal, como una niña que con un pedazo de trapo forma un muñeco y en él pone ternuras de madre. El trapo con que había formado su último muñeco dormiría a la hora aquella o quizás estaría de cena con sus compañeros, en el cuarto de oficiales de un cuartel de húsares, pero de húsares de Pavía, con uniforme de color de cielo… y allí, allí estaba fijo el pensamiento de la marquesita soñadora mientras cenaba desentendida de cuanto la rodeaba.

A su lado, Manolo Borines, con la cara congestionada y la expresión de vaguedad idiota del predestinado al reblandecimiento, pensaba, como el marqués en la Chipilina, en la juerga que habría en aquella casa y lo gustoso que se hallaría en ella. ¡Digo! ¡Qué mujeres! ¡La francesa había prometido bailarles un quadrille con el grand eccart; seis mil francos se había gastado en dessous para la circunstancia! ¡Y perder aquello por cumplir con la marquesa! De reojo miraba al marqués, como si quisiera decirle: si esto concluyera pronto, podríamos hacer una escapada; el marqués lo comprendía y miraba el reloj impaciente.

Paco Noguera, literato de salón protegido de los marqueses, que le costeaban las ediciones de sus poesías, pensaba con tristeza en sus hermanas, dos pobres muchachas que sufrían en casa mil privaciones, mientras él brillaba en fiestas y en veladas aristocráticas. Dos tristes vidas sacrificadas para que él luciera; ellas planchaban con mil afanes las camisolas limpísimas del hermano; ellas vestían unas faldillas pardas y no podían salir a la calle bien abrigadas para que él vistiera un frac bien cortado y se abrigara con gabán de pieles, y el poeta, brillante luz sostenida por el pábilo consumido de dos existencias sacrificadas, pensaba en ellas con remordimiento, pensaba en la cena miserable de sus pobres hermanas.

Lola Montero pensaba en que Isidoro Torres cenaría en casa de la condesa de Fondelvalle, y en que la condesa quería casarle a toda costa con su hija… y en que ella debía estar allí o Isidoro en casa de los de San Severino, y los nervios desbocados no la dejaban sosegar ni atravesar bocado… y así todos, con el pensamiento lejos y el alma donde quisieran haber estado en cuerpo y alma.

Y la dueña de la casa, tan satisfecha de ver reunidas a su alrededor a las personas de su cariño. Solo dos le faltaban: su hermana, la marquesa del Robledal, venerable señora, consagrada por entero a la devoción, una santa, una verdadera santa, y otra… de quien no quería acordarse, su cuñadito, el condesito de Santa Elena… de quien más valía no hablar… pasaría la Nochebuena rodeado de toreros y perdidos en algún colmado, ése estaba fuera de la sociedad… y de todo.

La marquesa, en su bondad placentera, no podía pensar que las dos personas que faltaban a su mesa aquella noche eran las dos únicas personas felices. Una por sublime virtud, otra por los vicios más abyectos, eran las únicas que rompían la monotonía vulgar de la vida, las únicas que dejaban sobresalir su propia vida sobre la vida impuesta por los demás, sacrificada a las conveniencias sociales.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)