domingo, 1 de marzo de 2026

Todos los males del mundo

Isaac Asimov

 

El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac… Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, DC, y sus suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la Tierra.

Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada le faltara a la monstruosa máquina.

Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Pero por encima de esto, constituía la cámara de compensación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra.

Y todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su propia jurisdicción y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington, DC

Bernard Gulliman estaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual había sido nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyera todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, era entretenido hojearlo.

Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios provocados, etcétera.

Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descubrirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que llevaba de presidente.

Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el solícito semblante de su coordinador apareciera en la pantalla.

–Ali –le dijo Gulliman–, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?

–No, señor.

El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.

–Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo –dijo.

–Eso ya lo sé –repuso Gulliman–. Pude ver que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Logré borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.

Ali Othman asintió.

–Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.

–También se dará usted cuenta, supongo –prosiguió Gulliman–, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, su cargo está en juego. ¿Me entiende?

–Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas están bajo observación. Comprobé las probabilidades de que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.

–Buen trabajo –dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado… Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegaran a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor.

Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona…

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad.

Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuera imponiendo en la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.

Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados.

Ali Othman quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:

–¿Qué hacemos?

–¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.

–Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.

Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.

–Lo malo del caso es… ¿Qué haremos si nos equivocamos? –dijo–. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.

–Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general –con la mayor vivacidad, Othman añadió–: pero, vamos a ver, las probabilidades son sólo del doce punto tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.

–Yo no confiaría demasiado en ello –dijo Leemy secamente.

–No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.

–Multivac no los nombró.

–Ya lo sé. Sin embargo…

No terminó la frase.

Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.

 

Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda de que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados.

Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron boletos para ellos y también permitieron que Ben lo hiciera. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron boleto, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo.

Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres lo vistieron (o lo hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, quien se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención.

El hombre del estrado dijo por el micrófono:

–Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.

“Todos los años esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha –dijo volteando hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público–, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no los considera individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.

“Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban sus fichas. Llegó ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles son sus notas escolares, qué enfermedades han tenido, cuáles son sus costumbres… Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; sus más íntimos pensamientos; sus más secretos anhelos.

“Es difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez que lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá sus acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud su comportamiento futuro.

“De esta manera, Multivac los protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado de que no tendrán que ser castigados por ella.

“Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que los conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo.

“Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca sus respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerlos. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

“Pudiera ocurrir que deformaran la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si algunas de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad”.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el “desfile de los adultos”. Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable.

Por lo tanto, no estaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:

–Estoy bajo arresto domiciliario.

Ben y Michael se quedaron de una pieza.

 

Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho.

No había duda que toda una generación ya estaba acostumbrada a que Multivac predijera la comisión de los delitos más importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentaran en el lugar donde iba a cometerse el delito antes de que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarreara para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco arraigó el convencimiento que era imposible engañar a Multivac.

El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizara un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles devolverse diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer.

Más vale prevenir…

¡Y el resultado del análisis fue favorable!

Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado.

Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:

–Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?

El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que lo había llevado a ocupar la presidencia en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector.

Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.

 

Othman se encogió de hombros.

–El jefe está muy contento –dijo.

–¿Cuándo hacemos estallar la bomba? –dijo Leemy–. El hecho de poner a Manners en observación sólo logró elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no hizo más que incrementarlas.

–Ya lo sé, hombre –dijo el otro, con impaciencia–. Lo que no sé es por qué.

–Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta de que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.

–Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás huirán y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?

–¿Se lo decimos a Gulliman?

–No, todavía no. Las probabilidades son todavía de diecisiete punto tres por ciento. Aún podemos hacer algo.

 

Elizabeth Manners le dijo a su hijo menor:

–Vete a tu cuarto, Ben.

–Pero, ¿qué pasa, mamá? –preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.

–¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!

El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente.

Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:

–¿Qué pasa?

Joe Manners repuso:

–Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.

–De eso estamos todos convencidos –dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso–. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.

La señora Manners le interrumpió con enojo:

–¿Qué quieres que pensara tu padre que pueda provocar semejante… semejante despliegue de fuerzas? –describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió–: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensara más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe –frotándose las gordezuelas manos con lentitud, prosiguió–: lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares… una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías que rodearon la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:

–No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante… se los juro.

Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:

–Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.

–¿Hasta tal punto que me hiciera desear matarlo? ¡No!

–¿Y no quieren decirte de qué se trata?

Su madre los interrumpió de nuevo:

–No, no quieren. Ya se los preguntamos. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.

–¿Y ellos no quieren?

–No quieren.

Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:

–Verás, mamá… es que Multivac no se equivoca nunca.

Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.

–Les repito que no planeo ningún crimen.

Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.

–¿Es usted Joseph Manners? –preguntó.

El cabeza de familia se puso en pie.

–Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?

–Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno –y exhibió brevemente su carnet de oficial de Correcciones–. Tengo que rogarle que me acompañe.

–¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?

–No estoy autorizado a decírselo.

–Pero no pueden detenerme por planear un crimen, incluso admitiendo que lo estuviera planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.

El oficial no atendía a razones.

–Le ruego que me acompañe.

La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando a la gente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación.

Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:

–Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiera… ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?

La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto.

Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuera a ella en busca de consejo.

Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.

Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.

 

Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviera razón, y los que lo oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados.

Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea de que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas.

Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola estaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:

–Cabina 5-B.

–¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?

Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:

–¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?

–Sí, señor.

Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.

–Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, ala derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas…

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda.

Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentara su conocimiento de los hombres.

Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.

 

Ali Othman recorría la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.

–Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós punto cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumentando.

El sudor corría a raudales por su cara.

Leemy dejó el teléfono en su soporte.

–Todavía no ha confesado. Lo han sometido a la Prueba Síquica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.

–¿Entonces, es que Multivac se volvió loca? –dijo Othman.

Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de Correcciones, quien dijo:

–¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?

–¿Qué quiere usted decir, con eso de “como han hecho hasta ahora”?

–Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.

–Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.

–Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste desapareció y su madre y su hermano piensan que también lo detuvieron y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.

Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:

–¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?

–Dieciséis, señor –repuso el agente.

–Dieciséis, y se fue. ¿Sabe usted a dónde?

–Lo dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerlo.

–No se retire. Un momento –Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió–: ¡Estúpido de mí!

Leemy le miró, sorprendido.

–¿Qué demonios te pasa?

–Este individuo tiene un hijo de dieciséis años –dijo Othman con voz ahogada–. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre –miró furioso a Leemy–. Hasta cumplir dieciocho años un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre… Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, idiota, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?

–¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? – preguntó Leemy.

–Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos escapó. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él salió con toda tranquilidad y se fue a realizar ve a saber qué infernal misión.

Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperara el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura (hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía, aunque eso habría aliviado considerablemente su mal humor).

–Oficial –dijo entonces–, trate de localizar al muchacho que desapareció. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.

El oficial contestó:

–Sí, señor.

La conexión se interrumpió. Othman dijo:

–Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.

Cinco minutos después, Leemy comunicó:

–Han bajado a diecinueve punto seis por ciento. Y siguen bajando.

Othman dejó escapar un largo suspiro.

–Por fin estamos sobre la buena pista.

 

Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente: “Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, fue detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarlo de algún modo?”

Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar de que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada.

Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

“Toma el expreso a Washington, DC, inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee ‘Multivac’ y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar.

“Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que dice ‘Interior’. Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Estos te franquearán el paso. Sigue entonces…”

Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.

 

Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verlo en relación con aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.

–Sí, un muchacho de esas señas –dijo–, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.

Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un instante.

Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron hacerlo reaccionar casi enseguida. Con voz débil, dijo a Leemy:

–Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.

Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo.

Con voz trémula y entrecortada, preguntó:

–¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de… de algo peor que un asesinato?

–Mucho, muchísimo peor que un asesinato.

Gulliman estaba muy pálido.

–¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno? (Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo quien…)

Othman asintió:

–No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.

–¿El secretario general? –aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.

–Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.

–¡CÓMO!

–Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.

–¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?

Othman no mintió demasiado al responder:

–Como se trataba de un caso sin precedente, señor, estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.

–Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.

–Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.

 

–Traigo un recado para el doctor Trumbull –dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.

–Muy bien, Jim –dijo el hombre–. Adelante.

Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja.

Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban del suelo.

Uno de sus captores dijo:

–Acompáñanos, muchacho.

La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:

–Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.

–Por el momento.

Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.

–¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de Multivac, aunque fuera por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un… –alzó de pronto la cabeza–. ¿Qué quiere usted decir con eso de “por el momento”?

–Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.

–¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajara una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?

–Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiera reparos.

–¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?

–Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no lo hubiera acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.

–Pero eso no tiene pies ni cabeza –dijo Gulliman con voz quejumbrosa.

Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviera la tranquilidad a su ánimo.

Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:

–Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probablemente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente de esta organización.

Gulliman aporreó furioso su mesa.

–Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos repararla?

–No lo creo –repuso Othman, dominado por una callada desesperación–. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.

Gulliman le miró antes de decirle:

–Está usted loco. Pero… ¿y qué si fuera así?

–Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que vele por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le confiamos todos nuestros secretos; le hicimos absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana –Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación–: señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.

–Esto es una locura. Una completa locura –masculló Gulliman.

–En ese caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?

–¿Para qué?

–Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.

–Supongo que no le será perjudicial –preguntó Gulliman, alarmado.

–No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.

El presidente vaciló un momento. Luego dijo:

–Adelante.

Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta: “Multivac, ¿qué es lo que deseas?”

El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar.

Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:

“Deseo morir”.

 

(Tomado de Asimov, Isaac, Cuentos completos. Volumen I, Ediciones B, Madrid, 2002)

 

Ejercicio de artillería

Roberto Arlt

 

Esta historia debía llamarse no “Ejercicio de artillería”, sino “Historia de Muza y los siete tenientes españoles”, y yo, personalmente, la escuché en el mismo zoco de Larache, junto a la puerta de Ksaba, del lado donde terminan las encaladas arcadas que ocupan los mercaderes de Garb; y contaba esta historia un “zelje” que venía de Ouazan, mucho más abajo de Fez, donde ya pueden cazarse los corpulentos elefantes; y aunque, como digo, dicho “zelje” era de Ouazan, parecía muy interiorizado de los sucesos de Larache.

Este “zelje”, es decir, este poeta ambulante, era un barbianazo manco, manco en hazañas de guerras, decía él; yo supongo que manco porque por ladrón le habrían cortado la mano en algún mercado. Se ataviaba con una chilaba gris, tan andrajosa, que hasta llegaba a inspirarles piedad a las miserables campesinas del aduar de Mhas Has. Le cubría la cabeza un rojo turbante (vaya a saber Alá dónde robado), y debía tener un hambre de siete mil diablos, porque cuando me vio aparecer con mis zapatos de suela de caucho y el aparato fotográfico colgando de la mano, me hizo una reverencia como jamás la habría recibido el Alto Comisionado de España en el protectorado; y en un español magníficamente estropeado, me propuso, en las barbas de todos aquellos truhanes que, sentados en cuclillas, le miraban hablar:

–Gran señor: ninguno de estos andrajosos merece escucharme. Dame una moneda de plata y te contaré una historia digna de tus educadas orejas, que no son estas orejas de asnos.

Y con su brazo mutilado señalaba las orejas sucias de los campesinos Yo esperaba que todos los tomates podridos que allí fermentaban por el suelo se estrellarían contra la cabeza del “zelje” de Ouazan; pero los andrajosos, que formaban un círculo en torno de él, se limitaron a reírse con gruesas carcajadas y a injuriarle alegremente en su lengua nativa; y entonces yo, sentándome en el mismo ruedo que formaban los hombres de la tribu de El-Tulat, le arrojé una moneda de plata, y el manco insigne descalzo y hediondo a leche agria, comenzó su relato, que yo pondré en asequible castellano.

En Larache, un camino asfaltado separa el cementerio judío del cementerio musulmán. El cementerio judío parece una cantera de tallados mármoles, y todos los días de la semana podréis encontrar allí mujeres desesperadas y hombres barbudos con la cabeza cubierta de ceniza, que lloran la cólera de Jehová sobre sus muertos.

El cementerio musulmán es alegre, en cambio, como un carmen; los naranjos crecen entre sus tumbas, y mujeres embozadas hasta los ojos, escoltadas por gigantescas negras, van a sentarse en un canto de la sepultura de sus muertos y mueven las manos mientras, compungidas, lloran a moco tendido.

El teniente Herminio Benegas venía a pasearse allí. Un inexperto observador hubiera supuesto que el teniente Benegas, al mirar el cementerio de la izquierda, quería conquistar a alguna bonita judía, o que, al mirar el cementerio de la derecha, pretendía enamorar a alguna musulmana emboscada en el misterio blanco de su manto. Pero no era así.

El teniente Herminio Benegas no estaba para pensar en judías ni en musulmanas. El teniente Benegas pensaba en Muza; en Muza, el usurero.

–¡Pensaba en sus deudas!

Muza, el usurero, vivía en una finca que hay a la misma entrada de la puerta de Ksaba. Muza, el usurero, para contrarrestar el maravilloso tufo a queso podrido y a residuos que flotaba en el aire, tenía junto a la muralla dentada un jardín extendido apretado de limones, con “parterres” tupidos de claveles y rosales, que cinco esclavos del aduar de Mhas Has cuidaban diligentemente, mientras Muza, plácido como un santón, se mesaba la barba y miraba venir a sus clientes. Atendía a los desesperados entre capullos de rosas. Él no tenía escrúpulos en trabajar con corredores judíos. Muza se había especializado con los oficiales de la guarnición española. Cierto que a los oficiales les estaba terminantemente prohibido contraer deudas con prestamistas musulmanes, pues podían complicarse las cosas… Pero el teniente Herminio Benegas, una noche, contempló la verdosa muralla, almenada y triste, las campesinas dormidas junto a sus montones de leña seca, y, naturalmente, maldiciendo su destino, enfundado en un chilaba para cubrir las apariencias, fue y levantó el pesado aldabón de bronce que colgaba de la baja, sólida y claveteada puerta de la finca de Muza.

Siempre era a esa hora, cuando el cielo toma un matiz verdoso, que llegaban los clientes de Muza.

Tan advertido estaba su gigantesco portero –un eunuco tunecino negro y corpulento como un elefante–, que sin hablar, inclinándose humildemente, hacía pasar a la futura víctima de Muza hasta el jardín. El prestamista, bajo un arco lobulado con muescas de oro y filetes de lapislázuli, se levantaba, y besándose la punta de los dedos, acogía a su visitante con la más exquisita de las atenciones musulmanas. Haciendo sentar a su visitante en muelles cojines, le agasajaba, le acariciaba y le decía:

–Honras mi casa. Que Alá te cubra de prosperidad a ti y a tu noble familia. Hoy es un gran día para mí. ¿Cuánto necesitas? No te preocupes. Soy feliz al servirte.

Cuando Herminio Benegas respondió: “Cinco mil pesetas”, Muza se lanzó a reír.

–¿Y por ese montoncito de leña seca te preocupas? Yo creía que era un incendio. ¡Nada más que cinco mil pesetas!… ¡Tú, un oficial español!… ¡Juro, por las barbas del Califa, que te llevarás diez mil pesetas de mi casa!… ¿No sabes que el Profeta ha dicho que las manos de los impíos están cerradas para la generosidad? Quiero que tu día de hoy sea hermoso y dulce. ¡Alí, Alí; tráele café a este hermoso oficial español!

Ciertamente que Benegas se llevó diez mil pesetas… y firmó un recibo por quince mil.

–Tú no te preocupes –le había dicho Muza–. Seré contigo más bondadoso que tu padre y que tu madre, a quienes no tengo el honor de conocer.

Benegas volvió una vez, y luego otra y otra.

Un día, Muza se levantó adusto de sus cojines. Era la primera vez que Benegas veía de pie al prestamista. Muza era alto como una torre. Las barbas, que le llegaban hasta el ombligo, le daban el aspecto de un Goliath. El prestamista, tomándose con la mano un haz de estas barbas, dijo, al tiempo que se las retorcía con colérica frialdad:

–¿Qué te has creído? ¿Que yo asalto a los traficantes, como ese bandido de Raisuli? Te he tratado bondadosamente, como si fuera tu padre y tu madre. Y tú, ¿qué me has dado? ¡Papeles, papeles con tu firma!… ¡Me pagas, o iré a ver a tu coronel!…

Benegas pensó que podía embutir todas las balas de su revólver en la barriga de aquel monstruo, pero también pensó que podían fusilarlo. Y apretando los dientes, vencido, pidió:

–Dame tres días de plazo… cuatro…

Muza se dejó caer sobre los cojines y respondió:

–Hasta el domingo estaré en mi finca de Guedina. El lunes, si no me has pagado, veré a tu coronel.

Y no terminó de pronunciar estas palabras, cuando frío, negro y exquisitamente homicida, el teniente vio aparecer a su lado al eunuco tunecino, que le acompañó hasta la puerta de calle, arqueando profundas zalemas.

El teniente Ruiz estaba quitándose las botas cuando Benegas entró a su cuarto. Ruiz se quedó con las manos olvidadas en los cordones de la bota al mirar el contraído semblante de Benegas:

–¿Qué te ha dicho Muza?

–El lunes verá al coronel.

Ruiz comenzó a quitarse las botas, y dijo:

–Mañana saldremos para los bosques de Rahel

–¿Rahel?

–Sí; hay que terminar los ejercicios de tiro en la parcela de Guedina.

Benegas se recostó en su cama. Estaba perdido si el prestamista veía al coronel. Y Muza no era hombre de andarse con bromas. Había metido en cintura a más de un bravucón de Larache. Se decía que una de sus hijas estaba en el harén del Califa.

¿Qué hacer?

Ruiz ya se había dormido. Benegas apagó la luz.

Por la ventana enrejada entraba una claridad festiva, reticulada. ¿Qué hacer? Benegas se levantó y abrió despacio la puerta. Allá, en el fondo del patio, se veía el escritorio del coronel, iluminado. Benegas se decidió. Cruzó el patio y se detuvo frente al cuerpo de edificio que ocupaba el coronel. Un centinela se cuadró frente a él. Benegas trepó unas escaleras y golpeó con los nudillos en una puerta.

Una voz ronca respondió:

–Adelante.

Benegas entró. Recostado en un sofá, con la chaqueta desprendida, el coronel Oyarzún parecía estudiar con la mirada las cotas de un mapa verde que estaba allí frente a sus ojos. Era un hombre pequeño, canijo, rechupado. Lo miró al teniente, y comprendió que el hombre iba en busca de auxilio: Entonces se incorporó y, ya sentado en el sofá, dijo:

–Pase teniente –le señaló una silla–. Siéntese.

Benegas obedeció. Tomó una silla y se sentó frente al coronel. Pero el coronel no parecía tener mucha voluntad de hablar. Callado, miraba tristemente el suelo. Y sin saber por qué, Benegas sintió lástima por aquel hombre flaco y canijo. ¿Sería verdad lo que se murmuraba: que el coronel se había aficionado al haschich? Cierto es que allí el haschich andaba en muchas manos…

–¿Qué le pasa?

Benegas comenzó a contar al coronel la historia de su enredo financiero con Muza. Por un instante pensó en contarle una mentira al coronel: que Muza le había pedido los planos de las baterías que defendían el valle Lukus; pero, rápidamente, comprendió que el coronel podía adivinar su mentira o tratar de aprovecharla. Mejor era decir la absoluta verdad.

El coronel, sentado en la orilla del sofá, le escuchaba, levantando de tanto en tanto sus grandes ojos pardos. Cuando Benegas terminó su relato, el coronel se puso de pie resueltamente. Tenía todo el aspecto de un mico triste. Benegas, rígidamente cuadrado, esperó su sentencia. El coronel encendió un cigarrillo, miró melancólicamente el mapa de las cotas, y dijo:

–Hay siete tenientes en este cuerpo en la misma situación que usted. ¡Esto es intolerable! Mañana salimos a cumplir ejercicios de batería en los bosques de Rahel. Guedina está atrás. No me causaría mucha gracia que cayera algún proyectil, por equivocación, sobre la finca de Muza… aunque, en verdad, mucho no se perdería. Buenas noches, teniente.

Benegas, tieso, saludó. Había comprendido.

La parcela de Guedina se extendía por el valle, y allí, en su centro, se veía el castillete con sus torrecillas de piedra, perteneciente a Muza, el prestamista. Más allá se extendían las colinas pizarrosas, empenachadas de borbotones de verdura rojiza y verde, y allá lejos, en una loma, el lienzo de cielo estaba cortado por la línea azulenca de los bosques de Rahel.

Muza, sentado en el fondo de su parque, bajo las ramas de un naranjo con Aischa a su lado, probaba unas cortezas de limón confitado, que Aischa, soportando en un plato, le ofrecía, sonriendo, de rodillas.

Fue un silbo de pirotecnia; Muza miró, sorprendido, en rededor, cuando un obús estalló sobre la cresta del bosque.

Aischa, temblorosa, apretó contra él su juventud; pero Muza, espantado, se puso de pie, y no había terminado de hacerlo cuando un estampido más próximo levantó del suelo una columna de fuego y de tierra; y Aischa, desmayada de terror, cayó sobre el césped. Muza la miró un instante sin verla y echó a correr hacia adentro del parque.

Su terror no conocía límites porque era un hombre pacífico. Sabía que varias baterías estaban haciendo ejercicio de tiro más allá de la cortina azulenca del bosque de Rahel; pero de allí a…

Esta vez el impacto fue decisivo. El obús alcanzó el vértice de la torre de piedra, y la torre de piedra de su hermosa finca se levantó por los aires como si la hubiera arrancado una tromba por los cimientos; luego se desmoronó en una lluvia de cascotes, y un grupo de criadas, de mujeres sin velo, de esclavos, salió del pórtico principal chillando y arrastrando las criaturas consigo. Las mujeres entraron en el ala derecha del parque.

Otro estampido hizo temblar el suelo. Los muros de piedra del antiguo castillo, que había pertenecido al cheik de Rahel, se resquebrajaron; una teoría de columnitas, aventada al espacio por la explosión, fue a derramar sus tallos de mármol en un estanque; nuevamente una cortina de proyectiles barrió el suelo y los pocos lienzos de muralla que quedaban en pie bajo el sol de la tarde temblaron y cayeron.

Muza se dejó caer al suelo y comenzó a llorar. Comprendía. Los siete tenientes del cuerpo de artillería, los siete hombres que él había beneficiado con sus préstamos, bombardeaban deliberadamente su hermosa finca. No vacilaron en matarle a él, a sus nueve esposas, a sus diecisiete criados. Como en una pesadilla lo veía al maldito teniente Benegas, rodeado de sus soldados, incitándolos a concluir la obra destructora con un asalto a la bayoneta.

Las lágrimas corrían por el barbudo semblante del gigantesco Muza. Pero el fuego de las baterías parecía enconado rabiosamente sobre las ruinas; algunos proyectiles habían roto los caños del estanque; a cada explosión las piedras volaban entre espesas nubes de humo negro y polvo; por sobre el césped se podían ver los muebles destrozados por la explosión, los cojines despanzurrados. Cada proyectil arrancaba de la tierra surtidores de cascajos.

Muza, escondido ahora tras un árbol, miraba aterrorizado esta completa destrucción de sus bienes.

Evidentemente, los tenientes de artillería eran gente terrible.

Nuevamente le pareció al prestamista ver al teniente Benegas rodeado de soldados adustos, dispuestos a escarbarle en el vientre con la punta de sus bayonetas. Y el terror creció tanto en él, que de pronto se puso a gritar como un endemoniado, y ya no le bastó gritar, sino que con peligro de su propia vida corrió hacia las ruinas de la finca. Las mujeres del bosque le gritaban que se detuviera, que le iban a herir los cascos de los proyectiles que otra vez podían caer; pero Muza, sordo, desesperado, quería acogerse a sus bienes despedazados, y espoloneado por el furor que hacía girar el paisaje ante sus ojos como una atorbellinada pesadilla de piedra y de sol, dando grandes saltos se introdujo entre las ruinas; su cuerpo chocó pesadamente contra una muralla, la muralla osciló y los cuadrados bloques de granito se desmoronaron sobre su cabeza. Muza, el prestamista, dejó para siempre de facilitar dinero a los cristianos.

Veinticuatro horas después el coronel presentó un sumario al Alto Comisionado, y el Alto Comisionado se excusó ante el Califa:

–Ocurrió que durante la marcha el retículo de un telémetro se corrió en su visor a consecuencia de un golpe, lo que determinó un error de cálculo en el “reglage” del tiro. Era de felicitarse que la desgracia de Guedina no hubiera provocado más muertes que la de Muza, víctima no de los proyectiles, sino de su propia imprudencia.

El Califa, infinitamente comprensivo, sonrió levemente. Luego dijo:

–Me alegro de que el asunto no tenga mayor trascendencia, porque Muza no pertenecía a la comunidad marroquí, sino argelina.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)