Roberto Bolaño
En el sueño de Norton ésta se veía reflejada en
ambos espejos. En uno de frente y en el otro de espaldas. Su cuerpo estaba
ligeramente sesgado. Con certeza resultaba imposible decir si pensaba avanzar o
retroceder. La luz de la habitación era escasa y matizada, como la de un
atardecer inglés. No había ninguna lámpara encendida. Su imagen en los espejos
aparecía vestida como para salir, con un traje sastre gris y, cosa curiosa,
pues Norton rara vez usaba esta prenda, con un sombrerito gris que evocaba páginas
de moda de los años cincuenta. Probablemente llevaba zapatos de tacón, de color
negro, aunque no se los podía ver. La inmovilidad de su cuerpo, algo en él que
inducía a pensar en lo inerte y también en lo inerme, la llevaba a preguntarse,
sin embargo, qué era lo que estaba esperando para partir, qué aviso aguardaba
para salir del campo en que ambos espejos se miraban y abrir la puerta y
desaparecer. ¿Tal vez había oído un ruido en el pasillo? ¿Tal vez alguien había
intentado al pasar abrir su puerta? ¿Un huésped despistado del hotel? ¿Un
empleado, alguien enviado por la recepción, una mujer de la limpieza? El
silencio, no obstante, era total y tenía, además, algo de calmo, de los largos
silencios que preceden a la noche. De pronto Norton se dio cuenta de que la
mujer reflejada en el espejo no era ella. Sintió miedo y curiosidad y
permaneció quieta, observando si cabe con mayor detenimiento a la figura en el
espejo. Objetivamente, se dijo, es igual a mí y no tengo ninguna razón para
pensar lo contrario. Soy yo. Pero luego se fijó en su cuello: una vena
hinchada, como si estuviera a punto de reventar, lo recorría desde la oreja
hasta perderse en el omóplato. Una vena que más que real parecía dibujada.
Entonces Norton pensó: tengo que marcharme de aquí. Y recorrió la habitación
con los ojos intentando descubrir el lugar exacto en que se encontraba la
mujer, pero le fue imposible verla. Para que se reflejase en ambos espejos, se
dijo, tenía que estar justo entre el pequeño pasillo de entrada y la
habitación. Pero no la vio. Al mirarla en los espejos notó un cambio. El cuello
de la mujer se movía de forma casi imperceptible. Yo también estoy siendo
reflejada en los espejos, se dijo Norton. Y si ella sigue moviéndose finalmente
ambas nos miraremos. Veremos nuestras caras. Norton apretó los puños y esperó.
La mujer del espejo también apretó los puños, como si el esfuerzo que hacía
fuera sobrehumano. La tonalidad de la luz que entraba en la habitación se hizo
cenicienta. Norton tuvo la impresión de que afuera, en las calles, se había
desatado un incendio. Empezó a sudar. Agachó la cabeza y cerró los ojos. Cuando
volvió a mirar los espejos, la vena hinchada de la mujer había crecido de
volumen y su perfil comenzaba a insinuarse. Tengo que huir, pensó. También
pensó: ¿dónde están Jean-Claude y Manuel? También pensó en Morini. Solo vio una
silla de ruedas vacía y atrás un bosque enorme, impenetrable, de un verde casi
negro, que tardó en reconocer como Hyde Park. Cuando abrió los ojos la mirada
de la mujer del espejo y la de ella se intersectaron en algún punto
indeterminado de la habitación. Los ojos de ella eran iguales a los suyos. Los
pómulos, los labios, la frente, la nariz. Norton se puso a llorar o creyó que
lloraba de pena o de miedo. Es igual a mí, se dijo, pero ella está muerta. La
mujer ensayó una sonrisa y luego, casi sin transición, una mueca de miedo le
desfiguró el rostro. Sobresaltada, Norton miró hacia atrás, pero atrás no había
nadie, sólo la pared de la habitación. La mujer volvió a sonreírle. Esta vez la
sonrisa no fue precedida por una mueca sino por un gesto de profundo
abatimiento. Y luego la mujer volvió a sonreírle y su rostro se hizo ansioso y
luego inexpresivo y luego nervioso y luego resignado y luego pasó por todas las
expresiones de la locura y siempre volvía a sonreírle, mientras Norton,
recuperada la sangre fría, había sacado una libretita y tomaba notas muy
rápidas de todo lo que sucedía, como si en ello estuviera cifrado su destino o
su cuota de felicidad en la tierra, y así estuvo hasta despertar.
(Tomado
de www.gastronomialiteraria.blogspot.com)
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