Rubén Bareiro Saguier
Sí señor, ese es Dalmacio Tatú, mi vecino de la chacra a media legua de aquí.
Y usted va a saber lo que pasó. Yo, señor, no soy político ni pendenciero; no me
gusta la sangre de cristiano. Claro que tengo mi color, como todo el mundo. Desde
que nací tengo el color que mi padre y mis abuelos me ataron como un ñudo mordido
al cuello, a los huesos, a la sangre. Bueno, todos somos así; yo y mis hermanos
y mis primos y mis tíos. Y lo mismo pasa con mis vecinos. Cada uno tiene su color.
Con las mujeres es diferente; ellas tienen que tener el color del hombre, el del
padre cuando son hijas de dominio, después cuando se arrejuntan, si que el de su
compañero. Eso no quiere decir que uno ande persiguiendo al prójimo, porque no es
del mismo color. Qué se gana con eso, sembrar más cruces al borde de los caminitos,
sembrar huérfanos, hacer crecer yugos, porque cuando se suelta la persecución, los
que pueden se van lejos, al otro lado del río, y los que no, se quedan a la orilla
de los caminos, esperando que un cristiano caritativo les prenda una vela, para
evitar que su alma ande penando por ahí, asustando a la gente y a las vacas. Ya
hay bastante pobreza en este valle como para seguir haciendo caso de los que vienen
de la capilla a decirnos que nuestro vecino es nuestro enemigo y que hay que matarle
porque el color de su familia no es el del gobierno. Por lo que ellos se acuerdan
de nosotros más que cuando necesitan; después, barriga de perro, uno se puede morir
de hambre si en sus sembrados la sequía o la langosta o los granizos hacen la porquería.
Nadie le da bola; qué se van a acordar…
Usted sabe, señor, aquí en este valle siempre hemos
sido bastante amigos; a mí no me persiguieron mayormente cuando mandaba el otro
partido, o bueno, fue soncera lo que me hicieron. Así también nosotros respetamos
a nuestros semejantes que son nuestros correligionarios. Bueno, eso fue antes de
lo que le cuento; los poguasú no llegaban hasta nuestro rincón, seguramente porque
estaba muy lejos o porque somos pobres por aquí, y los jefes no tienen gran cosa
que sacarnos. Después pasó lo que pasó y todo es diferente; ya ve lo que le ocurrió
a Dalmacio Tatú. Pero él no tiene la culpa, tampoco se entremetía en política; antes
era un cristiano como cualquiera, hasta que esas gentes llegaron a la región. Al
principio creímos que eran evangelios, que venían a hablarnos de la Biblia y a vendernos
o a regalarnos la Guía práctica de la salud, ¿sabe?, ese libro con muchas
fotografías. Pero esos siempre son gringos y estos hablaban en guaraní puro, como
el que más; eran de los nuestros… Venían del otro lado del río. Parecía buena gente;
hablaron con nosotros, trataron de explicarnos para qué venían. No estaba mal lo
que decían, pero parece que querían engañarnos con lindas palabras, como dijo el
ministro. Usted sabe, señor, a nosotros ignorantes no es difícil jodernos; cuando
un letrado sabe hablar puede darnos vuelta de todos lados. Una cosa si es cierta,
todo lo que necesitaban nos pagaban; nunca nos robaron, nunca nos sacaron nada de
balde, al contrario, nos daban remedio y se ofrecieron para enseñarnos a leer y
todo. Y hablaban lindo; era verdad lo que nos decían para mostrarnos cómo vivíamos
aquí perdidos y olvidados de los karaí, de los señores que solo se acuerdan de nosotros
cuando hay elecciones… pero, usted sabe, parece que todo era para jodernos, al menos
eso dijo el señor ministro. El ministro no es un cualquiera, es un jefe, un jefe
grande del Partido, y él vino a hablarnos, a nosotros, pobres campesinos. Nosotros
no somos nadie, y sin embargo él vino, personalmente, a explicarnos quiénes eran
los montoneros. Primero nos reunió en la Alcaldía de Pindoty y nos hizo repartir
caña; después del asado nos entregó un poncho Pilar a cada uno y nos habló más de
dos horas. Parece que los guerrilleros eran enemigos de la patria; que venían desde
el extranjero, pagados para destruir nuestro país y nuestra religión. Nosotros no
vemos mucho al Pa’í, pero creemos en nuestra santa patrona del Rosario. Nosotros
peleamos en la guerra contra los invasores, y no nos gusta que nadie venga de afuera
a invadirnos y a tratar de derrocar nuestro gobierno del Partido y a destruir nuestra
religión. Todo eso nos explicó el señor ministro y nos hizo repartir machetes nuevitos,
brillantes. Cuando le trajeron a Secú Quiñónez, yo no lo reconocí. ¿Usted sabe quién
es? Un arriero simpático y corajudo de nuestro valle, hacia el lado de Loma Perö.
No había un pedazo de su piel sin un moretón; los ojos no se le veían bajo la hinchazón
de la cara monstruosa y en el lugar de la oreja izquierda había un pedazo de sangre
coagulada. Eso no era un cristiano ni siquiera un animal; al animal se le degüella,
se le carnea, pero no se le juega de esa manera. Era un pora, una mala visión que
venía arrastrado por dos soldados de las Fuerzas. Lo tiraron delante de nosotros
y si no se hubiera movido un poco y lanzado dos o tres gruñidos –le habían cortado
la lengua–, yo hubiera dicho que estaba muerto. La cara del señor ministro se endureció
y sus ojos brillaban como un machete cuando nos dijo que eso, y peor, nos esperaba
si nos convertíamos en traidores a la patria y al partido y apoyábamos a los guerrilleros.
A mí, señor, no me gustan esas cosas, pero la caña seguía corriendo y uno empieza
a perder un poco la cabeza después de varias vueltas; todo el mundo puteaba contra
Secú, y su primo Tanasio escupió sobre el montón de queresa tirado en el suelo…
bueno, yo no estaba muy de acuerdo, pero también grite “piiipu” cuando el señor
ministro nos dijo que había que terminar con la maleza, con los yuyos venenosos
de los montoneros. Él sabía bien que solamente nosotros conocíamos al dedillo nuestra
región y que las Fuerzas no podían hacer nada contra esos hombres que como aparecidos
les salían por detrás a las patrullas y se volvían a perder en el monte como pora.
Era la primera vez que un jefe así, venía a hablarnos, y un ministro no se ve a
menudo por estos lados; si hasta el padre viene de tarde en tarde, bautiza a los
mita’í, casa a unos cuantos amancebados, cobra sus diezmos y se manda a mudar. Usted
comprende, cuando el señor ministro se fue, todos estábamos convencidos. Y cuando
nos dieron las armas, nos dedicamos a la caza de aquellos hombres, la mayoría muchachos
jóvenes, que había venido a hablarnos de cosas raras. La violencia es como la caña,
señor; emborracha, sube a la cabeza, se mete en la sangre y nos hace trastrabillar
de rabia. Sin cuartel los perseguíamos; aunque traían baqueanos, como el finado
Secú Quiñónez, conocíamos la zona mejor que ellos. Nos olvidamos de las cosas lindas
que nos habían dicho, de sus remedios, de todo, porque nos habían convencido que
eran nuestros enemigos. Yo veía a mis compañeros echar espuma por la boca, peor
que los perros persiguiendo a un aguará en el monte. Los rodeamos, los encerramos,
y de isla en isla en donde se escondían, los fuimos liquidando. La orden del señor
ministro era que no tenía que haber prisioneros; había que matarlos allí mismo.
Se pidió voluntarios para la ejecución de los prisioneros. Al principio, yo también
me ofrecí; usted comprende, estaba borracho de rabia, pero cuando vi la cara triste
enfrente de mí, cuando vi los dos ojos que me miraban sin miedo, ya desde el otro
lado del corral, no me animé a apretar el gatillo.
No sé por qué pensé en mi madre, y en vez de la cara
de ese muchacho extraño, encontré la cara de mi hijo que me miraba fijamente por
esos dos ojos limpios; de mi hijo que está en el cuartel, ¿sabe?, y que debe tener
la misma edad, con el bigote apenas apuntando encima de la boca. Como le dije, a
mí no me gusta la sangre de cristiano, pero más de una vez, en la guerra o en alguna
farra, me ocurrió participar en una desgracia; eso le pasa a los hombres, es ley
de machos. Allí era diferente; nunca me sentí tan sucio como en ese momento, si
hasta tenía el gusto de la mierda en la boca. Bajé mi arma. El muchacho siguió mirándome
con los ojos enormes, quizá más grandes por la sorpresa; seguro que no entendía
lo que pasaba. Le oí murmurar algo como “compañero… compañero…”, sin cambiar de
expresión. Le hice un gesto y volvimos hacia el labio del monte, yo atrás con la
automática bajo el brazo, con la cabeza gacha casi a la altura del tobillo. Me sentía
un miserable. Fue la primera y última vez que me ofrecí como voluntario para la
ejecución. Fue en esa oportunidad que Dalmacio Tatú comenzó a destacarse. Nadie
iba a decir; era un arriero callado, manso por demás, se le burlaban más bien. Las
mujeres no querían salir a bailar con él porque no les decía nada y se aburrían.
Nadie creyó cuando se ofreció para liquidar a mi prisionero, y después de la descarga
lo vimos volver con la mirada radiante. No solo ejecutó a sus montoneros, sino que
liquidó a los dos o tres que mis compañeros, como yo, no se animaron a hacerlo.
En los dos días que duró la matación, Dalmacio pasó por las armas a quince prisioneros,
y cada vez lo veíamos más excitado, más borracho de sangre, más seguro de su fuerza.
Estaba desconocido: Dalmacio Tatú había abandonado el carapacho en el que se había
encerrado ante nosotros para convertirse en una especie de aguará; como los zorros
que se alimentan de sangre se había puesto. Al anochecer del segundo día de carnicería,
Dalmacio Tatú se internó en el monte con su cliente número 16. Era un campesino
de por aquí cerca, pero que había ido al Chaco argentino, él y su familia, hacía
mucho tiempo, y que posiblemente los montoneros trajeron como baqueano. Nadie sabe
lo que allí pasó. Escuchamos la descarga y poco después, una especie de aullido
que nos puso la sangre como hielo. Algunos dicen que el prisionero dio unos pasos
y le cayó encima; otros creen que el muerto se levantó y le escupió la sangre en
la cara; otros si que aseguran que era su hermano. Yo no sé; la cosa es que cuando
fuimos a ver lo que pasaba, Dalmacio Tatú estaba sentado en el suelo, gimiendo despacito;
una mancha de sangre le subía desde el pecho por la garganta hasta la boca. El resto
de la cara era una máscara amarilla, una careta de cadáver, y sus ojos, de vidrio
vacío, como el del muerto acostado a unos metros de él. Ya ve usted, señor, las
cosas se pagan. Ese que usted pregunta se llamaba Dalmacio Tatú; ahora es Dalmacio
Tarová, el loco de Pindoty…
(Tomado
de www.ciudadseva.com)
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