miércoles, 1 de junio de 2022

Cómo dirigí un diario de agricultura (una vez)

Mark Twain

 

No sin algún temor me encargué, temporalmente, de la dirección de aquel periódico de agricultura. Casi lo mismo que le hubiera ocurrido a un labrador a quien encomendaran de improviso el mando de un navío. Pero, en fin, yo me encontraba en una de esas situaciones en que la cuestión económica se sobrepone a todas las demás.

El director habitual de la revista se marchaba con licencia; acepté sus proposiciones y acepté el puesto.

Saboreé la exquisita sensación de tener empleo nuevo, y trabajé aquella primera semana como un verdadero león. Entró en prensa el primer número que yo dirigía. ¡Cuán impaciente estaba hasta que lo vi salir de máquinas! Seguramente había llegado el momento de mi notoriedad.

Al salir de la redacción, poco después de anochecido, observé agrupados al pie de la escalera hombres y muchachos, que se dispensaron al aparecer yo, no sin haberme cedido el paso con la mayor cortesía.

Oí a uno o dos que se dijeron: “Es él”. ¡Qué halagüeño incidente! Al otro día, un grupo parecido me esperaba en el mismo sitio; aquí y allá, estacionadas en mi camino, gentes curiosas parecían disputarse el honor de contemplarme.

Recuerdo que un transeúnte exclamó al verme: “¡Qué mirada tan inteligente!” Y no he de añadir que, si bien mi amor propio disfrutó hasta un punto indecible, y me prometí in petto dar cuenta del suceso a mi señora tía, traté de disimular tan dulces impresiones, prosiguiendo indiferente mi marcha triunfal.

Subí las escaleras de la redacción, extrañándome algo las risotadas, un tanto intempestivas, que a través de la puerta se percibían. Penetré en la sala de espera y noté que dos jovenzuelos allí parados palidecían intensamente y, tras de hacerme una reverencia, saltaban por una ventana, con gran estrépito. ¿Qué diablos les había ocurrido?

Media hora más tarde, un caballero anciano, de barba patriarcal y nobles facciones, entró en mi despacho y tomó asiento, previo un afable saludo. El desconocido colocó su sombrero en el suelo, no sin haber sacado de las profundidades del inmenso “cubre-cabeza” un pañuelo rojo, y de este un número de nuestra revista, cuidadosamente doblado. Hecho lo cual, preguntó:

–¿Es usted el nuevo director?

–Para servirle –contesté.

–¿Ha tenido usted alguna vez a su cargo un periódico de agricultura?

–No, señor. Este es mi primer ensayo.

–Así lo he creído. ¿Tiene usted alguna experiencia en cosas de agricultura?

–Me parece que no, señor.

–El corazón me lo decía –repuso el atento caballero, poniéndose sus gafas y lanzándome una mirada escrutadora por encima de ella, en tanto que desdoblaba con pausa el periódico.

–Voy a leerle a usted –continuó– el artículo que ha autorizado tales suposiciones. He aquí el trabajito a que me refiero. Escuche usted y dígame si son suyas las siguientes apreciaciones.

“Es una torpeza arrancar los nabos. Semejante procedimiento les es muy perjudicial. Debe preferirse hacerles caer de un árbol sacudiendo este violentamente”.

–¿Qué tal? ¿Qué opina usted del párrafo anterior? –interrogó el noble anciano.

–Pues –contesté–, que no puede ser más excelente ni más juicioso. Estoy convencido de que todos los años se pierden millones y millones de nabos sólo por no adoptar el sistema que preconizo. Créame usted, caballero, el mejor método de escoger nabos es sacudirlos.

–¡Sacudirlos! ¡Como no sacuda usted a su abuela! Los nabos no nacen en árboles.

–¿Ah, no? ¿He afirmado yo, quizá, que los nabos nazcan en árboles? Ya se comprende que hablo metafóricamente. Es preciso ser un asno para no adivinar que la sacudida de que hablo ha de darse a las cepas…

Mi amable interlocutor interrumpió el discurso con un ademán. Se puso de pie, hizo añicos el periódico, rompió a bastonazos cuantos objetos se hallaban a su alcance, y tomó el portante después de asegurarme que yo era más ignorante que una vaca.

Insólita conducta que me hizo pensar si en el brillante artículo debido a mi pluma, existiría alguna cosa que molestase al venerable patriarca… Le iba a dar explicaciones; pero, ¡cualquiera le echaba un galgo!…

Apenas había transcurrido un cuarto de hora, cuando una criatura de faz cadavérica, cabellos largos que le caían sobre los hombros y barba de ocho días, por lo menos, una barba amarillenta, que daba a aquella barba terrosa el aspecto de cebadal después de la siega, se precipitó como una tromba en mi tranquilo despacho.

Se detuvo en seco el extraño personaje, puso un dedo sobre sus labios, e inclinó la cabeza a uno y otro lado, cual si quisiera escuchar algo…

El silencio era completo. Mi inverosímil visitante continuaba en la misma actitud. Nada; ni el menor ruido.

De improviso salió de su inmovilidad, fue a la puerta, echó llave, avanzó hacia mí de puntillas, y quedó parado a poca distancia, mirándome de hito en hito. Luego de haberme examinado a su gusto, con intenso interés, al parecer, sacó del bolsillo de su gabán un mugriento ejemplar de mi periódico.

–He aquí lo que usted ha escrito –dijo–; ¡por piedad!, hágame la merced de leerlo en voz alta. ¡Sufro horriblemente!

Accedí a sus ruegos. Conforme iba yo leyendo, observaba que en las facciones del intruso renacía la calma; que sus músculos faciales se distendían; que la paz y la serenidad iluminaban poco a poco su semblante como un rayo de luna, un paisaje devastado…

–El guano –decía mi artículo– es una de las aves más bellas que existen, si bien ha de advertirse que su cría requiere prolijos cuidados.

“Su aclimatación debe hacerse o bien antes de junio, o bien pasado septiembre.

“Ha de procurársele habitación abrigada en invierno, con objeto de que pueda empollar huevos.

“Es evidente que la estación se presenta muy retrasada para los cereales. Razón por la cual aconsejamos a los labradores que se apresuren a plantar el trigo y a injertar la cebada.

“Dediquemos ahora unas cuantas palabras a la calabaza.

“Esta gramínea es muy apreciada por los indígena del interior de Nueva Inglaterra, hasta el punto de preferirla a la grosella en la confección de pasteles y en la alimentación de las vacas.

“La calabaza es la única variedad comestible de la familia de los naranjos que puede ser cultivada en los países septentrionales. Desaparece rápidamente la costumbre de sembrarla en los patios o frente a los edificios, con objeto de formar emparrados.

“Se ha reconocido, en efecto, que la calabaza no sirve para buena sombra.

“Se aproxima la estación estival, de modo que es preciso disponer la recolección de la bellota”.

Al llegar aquí, me interrumpió mi oyente, diciendo entusiasmado, mientras me apretaba convulsivamente las manos:

–¡Basta! No se moleste usted más. Ahora sé que estoy en plena posesión de mi juicio. Ha leído usted eso, letra por letra, de igual modo que yo. Pero créame usted, caballero; cuando esta mañana recorrí con la vista su erudito trabajo, me dije:

“Estoy perdido, no tengo cura, son estériles los cuidados que me prodiga mi familia, mi razón huyó para siempre”. Entonces lancé un grito que debió oírse a dos leguas a la redonda y salí a la calle dispuesto a matar a alguien, porque desde el momento en que ello tiene que suceder, vale más empezar cuanto antes. Luego volví a leer el artículo con objeto de convencerme de mi desgracia. No teniendo ya la menor duda, incendié mi casa y hui al campo. En el camino he herido a varias personas y he arrojado tres o cuatro a una alcantarilla. Dueño más tarde de mis acciones pensé que acaso fuera procedente venir a verlo a usted y precisar con exactitud el verdadero estado de mis facultades intelectuales. Ahora ya sé que no hay necesidad de meterme en un manicomio. Buenas tardes, señor director. ¡Qué enorme peso acaba usted de quitarme de encima! Mi razón, esta razón que yo creía fugitiva, ha resistido la lectura de su artículo. Es, pues, indudable, que nada en el mundo podrá ya perturbarla. Que usted lo pase bien”.

Me quedé pensando con tristeza en las barbaridades cometidas por aquel individuo, y he de declarar que me remordió bastante la conciencia, pues, al fin y al cabo, yo había sido la causa determinante de ellas.

Un terrible bufido, acompañado de una serie de interjecciones, vino a sacarme de mi meditación.

Levanté la cabeza y vi, lleno de espanto, que el director del periódico se encontraba a mi lado en actitud nada tranquilizadora.

–Perfectamente –me decía– veo con gusto que se le puede confiar a usted cualquier cosa.

“Las consecuencias no pueden ser más satisfactorias.

“Aquí, un frasco de goma hecho añicos; allí, dos candelabros y un cesto reducido a partículas; más allá, cuatro cristales rotos y un espejo agujereado… ¡Y no es esto lo peor, sino que la reputación del periódico se encuentra destruida para siempre!…

“Ciertamente que hasta hoy se vendía muy poco, o casi nada, y que después del malhadado artículo de usted no damos abasto al público. Pero, ¿ha de satisfacernos un éxito debido a la locura y una prosperidad basada en el desequilibrio de nuestro espíritu? Vea usted su obra, amigo mío: la calle se encuentra intransitable. ¡Tal es el número de papanatas que espera la salida de usted para contemplar de cerca a un loco!… Y tienen razón para creerle a usted en tan deplorable estado. Porque, ¿quién sino un loco de atar escribe cosas como las que usted ha escrito?

“¿A qué persona sensata se le ocurre afirmar, como usted ha afirmado, que los parques de ostras son más olorosos que los parques de flores, y que el crecimiento de los cereales se favorece mucho ejecutando el himno nacional en un acordeón? No sabe usted una palabra, ¡qué, una palabra!, ni una coma de agricultura.

“Y siendo tan absoluto su desconocimiento de esa ciencia, ¡se ha atrevido usted a escribir, con tono doctoral, un artículo que hará época en los anales de mi revista!… ¡Ha tenido usted la osadía de sustituirme en mi ausencia, sin revelarme antes la espantosa verdad!… ¡Es usted un miserable y un desvergonzado! ¡Salga usted de aquí y no vuelva a acordarse de que existen periódicos de agricultura!”

–Pero –contesté amostazado ante la lluvia de improperios–; ¿es que usted cree, señor director, que voy a tragarme, sin protesta, cuanto le haya venido en gana decirme? No, señor; no, señor, y no, señor. Sepa usted que esta es la primera vez que llegan a mis oídos observaciones tan ridículas.

“¿Quién redacta las críticas teatrales en los periódicos de segundo orden? Unos cuantos zapateros y otros tantos mancebos de botica, tan ayunos de literatura dramática como yo de agricultura. ¿Quién hace las revistas bibliográficas? Gente que jamás ha escrito un libro. ¿Quién se ocupa de las cuestiones financieras? Individuos que tienen las mejores razones para no entender de esos asuntos. ¿Quién diserta sobre valores morales y abomina de los vicios que corroen a nuestra sociedad? Perdularios que no tienen por dónde les coja el demonio, y que juegan y beben y hacen tantas malas acciones como minutos cuenta el día. ¿Quién, por último, dirige las revistas de agricultura? ¡Usted, pedazo de atún, y con usted, todos aquellos que han fracasado en la poesía, en la novela, en el teatro y en la crónica, y que, desengañados al fin, caen sobre la agricultura, de paso para el hospital: ¿Y es usted el que pretende enseñarme el oficio de periodista? ¿A mí, que le conozco desde la alfa a la omega, y que sé por experiencia que cuanto más ignorante es un hombre más probabilidades tiene de alcanzar fama y dinero? Bien sabe Dios que si yo hubiera sido un ignaro en lugar de un periodista instruido, impudente en lugar de modesto, hubiese, sin duda, conquistado una posición en este mundo egoísta y frío… Con su licencia voy a retirarme, señor director. La forma en que usted acaba de tratarme me impide continuar prestándole mis servicios. He cumplido mi deber, he llenado mis compromisos del modo más escrupuloso que me ha sido dable. Aseguré a usted que haría de su periódico una publicación interesante, y lo he conseguido. Prometí a usted que la tirada llegaría a ser de veinte mil ejemplares, y quizá antes de dos semanas hubiéramos rebasado la cifra, atrayendo hacia esta revista el mejor núcleo de lectores que puede desear un periódico de agricultura, esto es, un conjunto enorme de bienaventurados incapaces de distinguir un melón de un albaricoque… Usted ha querido su pérdida, amigo mío; ahora aténgase a las consecuencias. Beso a usted la mano.”

Saludé y me fui.

 

Tata Casehua

Miguel Méndez-M.

 

A mis abuelos indios, clavados
en el signo omega de su trágico sino.

 

Epitafio

Caminante: hoy tus pasos y el desierto de Sonora se topan, descúbrete. Sábete que estás ante la tumba, inmensa tumba del Emperador Casehua. No reces, que no hay voz que no se beba su silencio. Si quieres saber de su historia, húndete, busca sus huellas al fondo de las dunas y de los arenales. Acuérdate caminante, acuérdate siempre, que sobre esta muerte del Rey Casehua, otra viene llegando más horrible y más cruel: el olvido. Y no importa cuán grande haya sido su fama o cuánta su gloria; un siglo, cien siglos, ¡mil siglos! Consumirán hasta el último vestigio de sus recuerdos y nadie en el más negro de los absolutos, nunca más sabrá que en este suelo yace Juan Manuel Casehua. No llores, sería inútil. Aquí al llanto lo seca el aliento del fuego y a las lágrimas las sorbe la gula del polvo y de los arenales. Sigue tu camino, caminante, no te aflijas tampoco del indio Casehua; duélete de ti ¡ay! que cualesquiera que sean tus rumbos llegarás a su mismo destino.

 

Al desprecio le contestaba con la soberbia. Él no bajó el rostro como los demás. Nació sabiéndose príncipe, se tragó la ira de ver sus huestes humilladas, apuntando la frente al suelo, su sangre volcándose en otro río. Vio a los ladinos escudriñar a los recién nacidos, gozosos, cuando la palidez o los ojos borrados denunciaban la huella del odioso yori, ocultando el desdén con una sonrisa fingida cuando un sol remoto reaparecía en la semilla terca a desalojar la historia, ceñido a las caras prietas.

Al conjuro de sus atavismos irguió sus pasos; caminó ciego, urgido de sus instintos y el llamado de sus antepasados, alimentado con raudales de odio y caudas de frustración. Caminó sobre las losas derruidas del espacio muerto, ahí donde no fluye el tiempo; al eco de sus pasos lo fue ahogando lejanísimo, la profunda sima del cosmos. A su paso las mujeres y los niños se encogían abrazándose presos de un extraño miedo, dolidos de un entrañable respeto. Los perros enmudecidos marginaron su paso sin agredirlo intuyendo su realeza. Los hombres vieron su misterio sin entenderlo. Nadie supo leer nunca en las líneas de su rostro. ¡Ya estaban borradas!

Caminaba por los arenales. Buscaba rodeando las dunas. Se hundía contemplativo buscando en la mente lo que no hallaba en la tierra. Se llenaba las manos escurriéndola entre los dedos. Alguna vez los fósiles que fueron vida del mar colados entre la arena animaban sus cuencas oscurecidas. Proseguía recorriendo sus dominios. Una avanzada en círculos se ceñía en el rastro de su huella cansada. De pronto hacía alto, y así parado, absorto, fijo, fuera de su condición, se alojaba en una eternidad. Aparecía en su cara una expresión virgen de palabras, esperando una sola, una palabra clave, el nombre perdido de un continente, que nadie sabía, que no se había pronunciado nunca, o que quizá se había olvidado hacía ya mucho tiempo…

 

El páramo aparece recubierto de espejos como atmósfera impregnada de cuchillos; no tardan en herirse las retinas, la fiebre se hinca en el cerebro. Entonces la mente empieza a poblar de sombras y de fantasmas que salen a huir de lo más recóndito, esta tierra sin ternura ni pan, pródiga en retacar la panza de la muerte que lo mismo saborea la miel que se place de la mierda.

Las chicharras lloran, lloran, lloran la misma oración terca insolente, chillan la desesperanza hasta secarse.

La vieja lo miró con dureza embravecida. Hubiera querido volverlo al vientre otra vez, matarle en los ojos los rumbos y las distancias, porque al que quiera alcanzar la ilusión lo burlará el espacio, a cada paso le pondrá distancia…

Horas y horas ennichado en la ventana, el muchacho estático parecía de barro muerto. La mujer lo había parido ya, ciertamente, pero al espacio rodeante la ambientó en otra placenta. La autoridad de la vieja se ciñó como ombligo tutelar a la voluntad del chamaco que luchaba con denuedo por renacer a la libertad de marchar hacia la muerte con su fluidez de vida exenta de trabas. Los ojos de la mujer, húmedos y tristes como de perro flaco que atempera fobias de amo cruel, se abrían y parpadeaban luchando contra su bruma. Los apretaba queriendo exprimir la nebulosidad. Inútil, la tierra sádica, avarienta se cobraba el pasaje de sus rotaciones pudriendo su carne con dolor. Opaca, a trastazos con los borrones, resbaló la suya sobre la mirada del chamaco. Medrosa, rugió iracunda, revelando en el timbre una voz lastimada.

–¿Es eso lo que miras? Está maldito, no lo contemples, su locura es la ruina, te he dicho hasta enronquecerme que no lo veas ni hables con él, que le huyas, que te escondas de su presencia, que no lo tropiecen tus ojos, ni el germen de su desvarío loco te brote a ti también. ¿No ves que está loco, enfermo, que nos volverá a todos igual, que nos está volviendo poco a poco?

El chamaco no se alteró, como si el tono subido fuera el diálogo corriente de la vieja, siguió soportando su mirar en el mismo objeto.

–Madre, Juan Manuel Casehua hoy parece de piedra, es una piedra.

–Es la peste, contagia su delirio.

–No madre, habla con las cosas, se comunica con las cosas, yo lo he oído y lo comprendo, conoce el alma de las cosas… dice que las cabelleras de los indios sacrificados brotarán de esta tierra moribunda como pastizales y todo volverá a ser verde ¡verde! y otra vez habrá indios, muchos indios, que partirán de aquí a cobrar sangre: ¡venganza!

La autoridad de la vieja se desgranó a los pies del chamaco. Enclenque y llorona, le suplicó oprimiéndole los brazos con sus manos huesudas. Lo dejó en silencio. La vieja caminaba ligeramente enroscada, hurtando el cuerpo, tímida de robarle al espacio lo que ya estaba reclamando tierra. Sentada sobre el camastro quiso revelarse cabeceando, pero el calor que rechazaba la tierra y la llamarada que envolvía la casucha haciéndola hornilla vencieron, un ronco ronroneo y el sueño lastimándola a rastras por el monte espinoso del subconsciente.

Tomó el niño la puerta, su figurilla oscura caminó hendiendo la hiriente luminosidad. Subía, subiría escasamente, de lejos aparecía suspendido.

Se sentó a su lado. Cuatro ojos fueron una sola contemplación. Atrás el pedrerío en abandono, absurdos objetos, sin más fin aparente que dar razón de los seres de rojo y de verde, savia y sangre. Enclavados los cactos, existencia verde, triunfante monotonía, blandos de corazón, vulnerables, mas emplumados de puñales desenvainados, amigos de la punzonada y del escarmiento.

Fijos estaban sobre la prominencia, impávidos, reducidos los ojos, con sólo la sombra de las pestañas contra el fogonazo de la inmensa lumbrera. Tenían al frente la desolación y las huellas sepultas. ¡El desierto!, ¡maldito desierto, irreconciliable enemigo de todas las raíces, insaciable consumidor de toda savia! Muchos kilómetros atrás se filtró furtivo bajo la tierra achaparrando los árboles. Éstos le resistieron en avanzadas que el asesino reducía aislándolos, pero la naturaleza, cruel espectadora de todo afán de sobrevivencia, dio a los vegetales defensas que les darían subsistencia en heroica batalla, los armó de espinas hirientes. Los cactos se adentraron a contenerlo ciñéndose hasta contra los bordes del insaciable, muchos de ellos velando noche y día sin exigir ni pedir relevo. ¡El sahuaral!, comunidad de gigantes vigías, soberanos del verde, ya dominando desde las alturas o agrupados a discreción en las planicies, airosos, elevados, rectos, comunicaban en clave con poses, caprichosas actitudes las de algunos, otros en ruego con los brazos implorantes, quienes decaídos por una espera luenga, sin dolor y sin angustia con sólo el tiempo que corroe y vence. Parejas amándose en abrazo perenne, sencillos en su desnuda naturaleza, indiferentes a la moral de charca nauseabunda, ignorando el repudio acusativo, encono amargo de los frustrados. Cuántos, haciendo aberración del valor y de la audacia, alargaban pícaros en ademán obsceno sus brazos horizontales cual sexos erectos, ofrendando irónicos toda su carga de desprecio al valle inmisericorde que sólo consiente los esqueletos en su regazo.

–Juan Manuel Casehua, ¿has hablado hoy con el desierto? ¿Qué es el desierto, Juan Manuel Casehua?

Juan Manuel Casehua enmudece, su rostro de barro viejo semeja la piedra mal labrada, tosco, deforme, modelo indestructo tantas veces vaciado, obra primera de un aprendiz bisoño, hecha sobre yunque a marrazos.

–¿Qué es el desierto, Juan Manuel Casehua?

Lo mira Juan Manuel Casehua con sus ojos de ciénaga seca, tumba de reptiles anfibios. Con una tristeza ignota y lágrimas de ceniza habla sin que se muevan sus labios.

–Entierra tu mirada en esa arena, vela hundiendo hasta donde te pare la lejanía. ¡Mira!, mira esas dunas, míralas bien. El viento las ha formado hoy, mañana serán otras; éstas las habrá arrastrado destruyéndolas… ¿Ves esos montículos que se levantan simulando un contenido? Tienen el vientre repleto de arena, ahogan y recuecen, matan el polen y las semillas que les lleva el viento traicionero.

Miraban sin mirar, ni entre sí, paralizados los músculos; el hombre hablaba despacio, a intervalos, como si las palabras en llamas se enfriaran a pausas, el niño oía sin manifestarlo con un solo movimiento mínimo.

–¿Cómo es el desierto, Juan Manuel Casehua? ¿Está muerto?

Juan Manuel Casehua. ¡Hombre de América! De allá se libró del exterminio ¡ay! qué matanza tan horrible. Acá le ofrecieron los confines hasta donde lo condujeran sus pasos; pero pusieron, sobre sus espaldas exhaustas, una losa pesada, más que el plomo: hambre y sed. ¡Ay! Qué muerte más cruel. Juan Manuel Casehua, rebelde, quiso tener potestad, se proclamó a sí mismo Emperador, tomó el desierto y fincó ahí su majestad: ancho páramo para llenarse los ojos de vastedades.

–¿Cómo es el desierto, Juan Manuel Casehua?

–¡Como una naturaleza preñada, condenada a no parir nunca!

La piel engrosada de los pies del buqui burlaba la saña de las piedras y la tierra, que acometían con lumbre cada uno de sus pasos.

Se quedaba Juan Manuel Casehua, que medio día había sido de piedra, que marchaba la tarde volviéndose de arena, trocando la saliva por tierra, inhalando y exhalando polvo; secándose. Luego desaparecía confundido entre furiosa tolvanera, cielo y tierra sólo elementos azotando la muerte contra la muerte, caos, desconcierto, de la nada la promesa vaga de un advenimiento… Volvía la calma. El cosmos frustrado cerraba su boca. Un violeta subido se tornaba morado en los estertores. Silencio. La noche devorando otra vez los últimos despojos sanguinolentos de otro día. Contorno de dunas, cementerio sin cruces, médanos, lejanía de cerros pelones. Entre esa naturaleza fallida una estatua de arena de incierto aspecto humanoide anima su fuelle pesadamente, nublando con dos nubecillas su derredor con rítmica regularidad.

¡Ay Desierto de Altar! Morada de quietud, prisión de todas las soledades, la ilusión cristaliza, en tus lejanías, ese lago de magia y de poesía, viva quimera: el mar hermoso, agua y cielo, suave azul, plegado siempre a tus horizontes.

¡A cuántos engañó tu falsía! Marcharon decididos a confundirse en tu imagen con aves de caprichosa maravilla, sonrieron su porfía de hermanarse con la fauna fantasiosa. Ellos los de la sonrisa perenne, creyendo que a la vera de las límpidas aguas, la belleza, la paz y la abundancia se conjuntaban dando fruto sublime al amor sin mácula; allá fueron enardecidos, seguros de su triunfo. Un día atardecido ya se supieron terriblemente solos en medio de las arenas, se sentaron a contemplar un mundo que se acababa, vacíos de un postrer abrazo, sin madre, sin una amante… Amargamente descubrieron en tu espejismo su misma esperanza, sin un reproche trocaron su sonrisa por una plena de melancolía y nostalgia; un mundo destruido, un sol de amanecer vedado, un mañana incrustado en un futuro inviolable… Y los que perdieron el rumbo con sólo el paisaje de tu yermo grávido de muerte; émulos de tu gula querían beberse tu lago inexistente uncidos a sus ubres noche y día; ciegos de su empeño estúpido corrían hasta caer, para seguir a gatas, tercos. A gritos y sollozos se rendían víctimas de tu juego infame, fuera la lengua de esponja reseca, los ojos enverdecidos, verdes de primavera vana…

¡Ay desierto de Sonora! Si has de mostrar un lago en tus horizontes, bórrale el azul purísimo que nadie alcanza, tíñelo de púrpura con el rojo que exprimiste a los soñadores que lo buscaron y sólo encontraron el cruel señuelo de tus arenas disfrazadas.

–El sol a medio morir los descubre.

–¿A quiénes?

–A ellos, a los abuelos.

–Son siluetas del crepúsculo.

–¡No! Son ellos.

–Son cerros pelones solamente.

–Ven. ¡Mira, mira!

Corría el chamaco de uno a otro lado, arrancando una imagen a cada perspectiva.

–¡Mira, madre! Mira los rostros de los abuelos.

–No, hijito de mi alma, es tu imaginación.

–Son los perfiles de los abuelos.

–Hace mucho que están muertos.

–Esos rostros eran antes que los abuelos, cuando ellos fueron, de allí tomaron su rostro, ellos murieron, pero sus rostros perfilados siguen allí, más vivos que los que vivieron, míralos madre, son ellos. ¡Qué soberbia dignidad!

–Ya te contagió su locura, maldito sea Juan Manuel Casehua, no lo vuelvas a oír, no quiero que te ahogues en el río, no quiero que te ahogues en el río, como el hijo de Juan… que quiso… cruzar.

Lloraba la vieja, su pequeño, ridículo dolor humano frente al inmenso páramo que no se conmueve porque parece estar muerto.

–¡Oye, tú, no cruces ese río!

–¿No ves que mis manos son de tierra? Y mis pies que son de tierra vienen pisando sobre la tierra.

–Mejor no vayas. ¿Qué buscas allá?

–Busco proteínas, porque la tierra que soy sin proteínas se desangra, se muere y se pudre.

–Los océanos rebosan proteínas para que los hombres animen su barro.

–Los océanos no son de los hombres, son de los navíos cargados de muerte.

–Al estómago de los hombres va el fruto de los plantíos, genera vida.

–A los frutos de los plantíos no se los tragan los hombres, los engullen insaciables enormes cajas de hierro.

–¡No cruces, por tu vida, no cruces!

–¡Mira! Mira mis cabellos, se me caen a puñados, los dientes se me están volviendo de maíz podrido.

No halló su sombra en el páramo, corrió hacia los cactos.

Vibraba el timbre temblorino de las cigarras, que la tierra pare para lloriquear.

Lo alcanzó a ver acurrucado bajo un choyal. Bebía de la humedad de los cactos mascándolos. De una mejilla pendía una penca asida a sendas espinotas a medio penetrar; tres estrías rojas corrían sobre la penca, se juntaban abajo en la espina más grande que las iba desprendiendo en gotas gruesas; espumeaba la comisura de los labios, a través de sus ojos el campo estaba pintado de rojo intenso, extraño ser tenía al frente: un niño rojo, no oía la demanda, Juan Manuel Casehua tenía un gesto nuevo; los párpados se le iban cerrando con lentitud dejando apenas un resquicio, quedaba así largo, abriéndolos después con la misma paciencia.

–¿Dónde está el río que asesinó a tu hijo?

Violento enderezó medio cuerpo de la nopalera.

–¡Mi hijo vive! No ha muerto, vive.

Se sacudía y hablaba frenético, el cacto le penduleaba en la mejilla.

–¿Por qué lo mandaste allá?

–Quise que fuera donde lo verde, porque sin lo verde intenso no hay rojo vívido. Está en las garras de un río; tú, que ya hablas con las cosas, habla con él, reclama a mi hijo y tráemelo, vuelve con mi hijo.

Luego le secreteó en susurro:

–Yo hubiera ido ya, pero… mírame bien, yo soy de arena, el agua me diluye, me desmoronaría.

El muchacho se clavó en la tierra, inmutable; el hombre fue envolviéndose en sí mismo, volviéndose un feto que se niega a ser parido.

Una paz sugestiva atraía sobre el río, bajo el fondo deslizábase el arrullo en una canción de cuna; le animó una ternura sublime brotada de un principio ignorado; lo acarició devoto tocando su cuerpo líquido. Quedó tenso; resbaló en el fondo oscuro de los siglos muertos, subía sabiéndose víctima y verdugo; emergió moteado de envidia, de rencor, sacudido hasta la rabia de un ansia de venganza. Retrocedió flameando de odio, curveándose en ese, vibrante, vuelto todo él en índice acusativo, rompió hiriendo su silencio pétreo en un grito terrible, desarticulado.

–¡Río asesino! Hipócrita, te conozco, yo acuso de criminal tu naturaleza y te demando me devuelvas al hijo de Juan Manuel Casehua.

Se infló hasta su cauce, fustigó su marcha, luego se detuvo de golpe, remolineando.

–¡Oh! ¿Conque buscas a José? Tú escucha ahora, yo decirte de José Manuel Casehua; él se paró donde tú estás, yo no lo engañé, yo le mostré sobre mi otra margen mis guadañas amarillas; el estúpido las confundió, murmuró excitado que era el brillo de cabelleras blondas; abrió más sus ojitos asiáticos y los hirió con el resplandor del oro. ¡Oh! ¡Qué gracioso!, vieras se apretó el estómago poniendo cara de simio, el bastardo creyó que era queso. ¡Oh! Cómo me reí. Realmente gracioso. Yo nunca vi eso antes; intentó cruzarme desesperado y lo tomé de las greñas, di su rostro contra las peñas de mi fondo, porque yo odio esa maldita raza híbrida, negroide y fea; lo subí a la superficie con una trompa todavía más grande chorreando tomate, sus ojitos pequeños y juntos torcidos en blanco. Mira qué chulo estás, le dije, puesto para que conquistes a tus rubias. Anda, cruza, busca tu escoba y a juntar oro. Lo volví a llevar abajo, lo subí hasta que se puso gordo, rozagante, como no lo hubiera conocido ni la madre que lo parió. Tenías hambre desgraciado; ya estás harto.

Ira y sentimiento le punzaron las entrañas.

–En nombre de la madre de tus veneras. ¿Dónde quedaron los restos de José Manuel Casehua?

–Mira, tuve que dejarlo sobre un remanso mío porque se acercaban unos mexicanos, cuando acordé ya no los sentí. Yo creo que se lo comieron los zopilotes, pero la verdad, rascan en mi fondo algunos de los huesos de José Manuel Casehua.

Borbotó dolido; ¡río maldito!

–Ven al fondo mío y junta sus huesos, yo sé quién eres. ¡Indian! Jo jo jo, ven a mí ¡Jesús Manuel Casehua!

Jesús Manuel Casehua no había llorado nunca, sintió un desgarrón muy dentro que le brotó corriente, luego bifurcaba en delta; manaban, manaban, pero los chorritos eran débiles, los chupaba consumiéndolos el barro milenario de su rostro tostado.

Rugiendo estridente y metálica siguió la corriente potentísima y orgullosa, se carcajeaba; risa de vidrios rotos, arrastre de huesos de vacas, de perros, de hombres, piedras que roman sus picos redondeándose, sangre acuosa que se vierte, caballos hambrientos dentelleando cabelleras.

Jesús Manuel Casehua oteó los horizontes, palpó la imagen de los arenales y se volvió a trote. Ya sabría cómo entenderse con el desierto: sobre el silencio y la indiferencia opondría su propio mutismo aunque fuese eterno… Corría y corría dejando tras de sí un rastro húmedo, a cada tranco dejaba un hoyuelo lleno de agua, que la tierra se chupaba de un sorbo.

En el centro de la barriga hinchada del cielo está hundido el sol como ombligo de fuego, abajo está el indio Casehua tatemándose la carne y el alma.

Juan Manuel Casehua ha montado una duna, remedo de elefante decapitado, vigila, atisba, plancha con los ojos el inmenso yermo arrugado y busca; cierra los ojos sacudiéndose: una pequeña, minúscula gotita de agua se aloja en su imaginación ardiente. ¡Milagro! Los ojos se le vuelven caleidoscopios, agua, agua, agua brotando por doquier a borbotones. ¡Qué dulce! ¡Qué fresca! Ese oleaje de ramas tan verdes que ríen como doncellas impúdicas dejándose hurgar del viento. Surge una laguna, un enorme animal acosado la adentra, va hundiéndose con un bramido terrible de muerte e impotencia; dos, tres, muchos hombres le arrancan tirajes de carne, hasta que la ciénaga se traga el bramido y deja libres los gritos de triunfo de los hombres que se hartan a dos manos.

Juan Manuel Casehua tiene la boca abierta, el labio inferior caído, torcida la boca, no sabe sonreír, respira agitado con un fuerte aceceo perruno. Siente el ropaje de fuego de una flameada de viento. Despierta escudriñando. Algo ve. Se quiere parar y correr, pero Juan Manuel Casehua hace tres días que se sentó en esta duna y está preso de arena hasta el pecho. Juan Manuel Casehua ha divisado allá lejos un hilillo de vapor cruzando los arenales, un grito que le salía de la entraña se le muere en la garganta seca. ¡Ven, hijo! Ya no lo ve avanzar, se ha detenido, ve con pavor que de allí mismo se levanta una nubecilla espesa, sube clareándose hasta disiparse.

Algo sube… sube… no, cae… cae. Los pensamientos que se apagan suman la oscuridad del espacio. Juan Manuel Casehua, los siglos y una mente encendida, un instante, pensamiento sin freno, cosmos en ebullición, brillo póstumo de estrella que se apaga; palabras que tropiezan, se pierden y reaparecen, recuerdo de todas las épocas en danza loca sin fronteras de tiempo, ayer y mañana juntos sin día ni noche, el hoy de la mano de la muerte como niño triste en día de fiesta. Un viejo y un niño contemplan la horrenda colisión de dos galaxias sin percibir estruendo. Su lengua y sus labios golpeados por las palabras que están huyendo en desbandada, con su fiebre se quema la arena y se calienta el sol, se liberan las voces lastimándolo, arroja las palabras hiriéndose como si vomitara cardos, abandonan la mente de Juan Manuel Casehua como bolas de fuego rasgando el espacio, caerán en este silencio, se volverán arena, los despertará el viento cuando pase o las pisadas del intruso que no entiende de la muerte…

Aquí no hay nada, nada… ni verdores que enciendan las esperanzas de nadie, ni raíces para sustentar fervor de profetas; aquí solamente hay voces: las que se perdieron en el tiempo, las que arrastra el viento y las voces que se levantan de las tumbas dialogando eternamente con el silencio.

–Tengo sed, tata, mucha sed.

–Sube a mascar sahuaros, bisnagas, pitayas; bébeles el jugo de la pulpa, con el sol mañanero, cuando aroman las vinoramas. ¡Qué buenas son!, húmedas, fresquecitas.

–Papá, este imperio no me heredes. Otro quiero yo, verde, donde borbotea y corre suave la vida. Aquí no crece el maíz, tatita, ni nace siquiera.

–Allá está el yori, el que vuela como zipi y se arrastra como zetahui. Con su maldita magia hicieron aparatos para fabricar voces crecidas, voces que quiebran los tímpanos escondiendo su engaño bajo las conciencias. El último hijo de “Coyote Iguana” se muere de hambre. Los hombres coyotes-perros hablan de justicia, de raza. ¡Hipócritas! Mientras de la tierra de “Coyote Iguana” hacen coto de caza y en sus solares fincan sus mansiones, los hombres de la palabra mecanizada escupen a las multitudes cuando glorifican la raza y la justicia.

–Madre: esos seres repulsivos que esconden humillados su pequeñez en los orificios de los medanales, son los repugnantes monstruos del Gila; de noche cuentan a sus hijuelos que en la creación no había seres más enormes y dominantes, hace tanto… tanto. Los bichuelos no lo creen, salen a reírse a pleno medio día, acuestan sus lomos humeantes sobre las minúsculas brasas de arena, con la panza al sol, manotean a risa y risa y risa hasta que se mueren. ¿Oyes madre? Son los monstruos de Gila; pobrecitos, están gimiendo.

–No buquito mío, no lloran los monstruos de Gila. Es el viento que tiembla, su silbar herido por las choyas y los sibirales.

–Tata, tatita, tengo mucho miedo.

–Duérmete ya, mijito, duérmete, que a los niños que no se duermen temprano se los come el yori sáncura.

Por esta tierra maldecida que se liberó del agua para secarse hasta la consumación, por estos arenales a veces rojos, blancos a veces, por aquí cruzó Plumas Negras guiando a sus tatarabuelos. Repintaban rojo un viejo camino del odio plantando muertos como troncos sin savia; cargaban muchos heridos desperdiciando la sangre a chisguetes; los hombres iban chillando como viejas, avergonzados de haber quedado vivos, las mujeres con las manos en las verijas cuidaban la semilla preciosa de sus barrigas de guajes, donde ya palpitaba la pasión de la revancha, los niños caminaban enhiestos, tenían ponzoña y piedras en los ojos y se arrancaban los labios a mordidas; iban en derrota, los hijos de tigre porohui acababan de cobrarse rabiosa venganza.

–Tata, cuando yo sea grande, voy a matar muchos yoris.

–Arráncales primero el forro de los pies, el cabello a tirones, que caminen. ¡Perros yoribichis!

–Madrecita, los asquerosos monstruos de Gila están llorando la muerte de sus bichuelos, lloran en rueda entrelazados. ¡Ay! Madre mía. ¡Están sepultándose en la historia!

–No son los monstruos del Gila, mi chamaquito, es el viento que va llorando, los cactos afilan las puntas de sus dagas para que el viento sufra al pasar.

El indio moribundo intentó cubrirse el rostro ante el terrible chispazo del recuerdo desgarradoramente nítido.

18 de enero de 1900. Rojo de aurora sobre el amanecer del Mazocoba. Alumbraba el nuevo siglo, nuevas iniquidades. Las peñas del fondo del Mazocoba de siglos pardas y blanquecinas se tiñeron el día aciago con un rojo tibio y aceitoso; carne de células vivas adornó los riscos como florido jardín de rosetones.

El general Torres con soldados bien armados sitió el cerro del Mazocoba de la sierra del Bacatete. En la cúspide se guarecían más de tres mil indios, mujeres y ancianos en su mayoría, guiados por el jefe Opodepe. El pundonoroso general Torres ordenó el exterminio alegando que en cada indio había un guerrillero terrible, hasta en los niños de pecho; destinó los batallones cuarto y onceavo a tapar cañadas y toda salida, guiados por torocoyoris, los restantes a escalar la altura del Mazocoba. Los soldados cumplen con su deber, reciben órdenes. Marchaban con marcialidad, modelos de disciplina; intuían otra jornada de gloria.

En la cumbre del Mazocoba los indios acosados oyen los pasos tamborileantes de los militares que avanzan rodando pedruscos, quebrando ramas. Los niños arañan los pechos de las madres. En los rostros de los indios hierven el pavor, el odio y ese hondo dolor que nunca cuentan. Avanzan los soldados indolentes como piedras, señores del pánico y de la muerte. ¡Autómatas del crimen y de la barbarie!

–Opodepe, ¡jefe Opodepe! ¡Estamos copados por los yoris! Sin escape y sin defensa.

–Sólo las razas degeneradas conviven con el verdugo. Esta nación para los indios o para nadie. ¡No seremos ni raza de esclavos ni de prisioneros!

Los indios empezaron a correr disputándose el precipicio donde desaparecían en docenas en trágica procesión de centenares. Dolores Buitimea encaminó a sus tres hijos hasta no verlos en la hondonada y apretando con ternura sublime al que tenía en brazos lo siguió. Pablo Omocol ayudó a caminar a su padre anciano que estaba herido en una pierna; se lanzaron juntos al voladero. Allí fue también el joven Juan Cuchi, espigado y atlético. Avanzaba cuidadoso, abrazando a su hermosa mujer de preñez avanzada. Fueron cientos; miles habrían cabido entre los peñascos, pero ya en la cumbre no quedaba uno solo. ¡Mazocoba! ¡Ay, Mazocoba! Sólo dos yoris pudieron asomarse al fondo y contemplar la tragedia; uno rezaba hincado estrujando entre sus manos un Cristo torturado; el otro lloraba la amargura de siglos uncido al tronco del origen del hombre.

La indiferencia y el olvido cubrieron la gesta del Mazocoba como herida que se solapa dejando el puñal hundido. La historia en su versión escrita es una puta vulgar. Desdeña a los pueblos que no otorgan la lisonja del oro y del poder.

El indio Casehua se está muriendo, agita la cabeza, ya la arena le llega al cuello.

¿Quién es? Quién es ese indio tan bravo, déjame reconocerlo. ¡Diablo de Tetabiate!, mira nomás cómo vienes, corriendo a matacaballo, te dejaste ir bichi entre breñales, te hicieron pedazos el cuero los espolones de los mezquites tiernos, te atravesaron las patas las agujas de las barchatas, traes la panza chinita de huachaporis. ¡Ah temible Tetabiate!, pero traes el greñero enrojecido chorreando sangre de yoris. ¡Así Tetabiate! ¡Mátalos! Que se colmen de la muerte que ellos siembran. ¡Mata a los yoris, Tetabiate! ¡Mátalos!

–Ven, madre, ven, ve hacia el desierto, madrecita. ¡Está cubriéndose de árboles! Ayayayay yoris malignos. ¡Sanguinarios! Sombra madre… Cuántas hojas cuelgan de esos árboles… raros…

–¡Son pajarillos muertos!, martirizados por el hambre unos, asesinados los otros.

¡Ah, Cajeme fiero! Señor de la muerte y de la venganza. ¡Aquí! Ven, Cajeme; pisa este polvo hecho de sangre seca, tu tierra vencida, no te tragues la rabia porque te envenenas. ¡Grita!, grita y enséñales el puño cerrado. ¡Aquí, yoris, aquí está su maldita gloria, abonando la tierra con podredumbre para que nazcan reptiles!

--Yo soy de arena, el agua me desmorona, váyanse, váyanse, váyanse… allá hay agu… a vid…

La luna, musa de los imbéciles, va cruzando en pelota por los cielos, indiferente y fría como piruja aristocrática.

Juan Manuel Casehua quiso ponerle pies a una duna para correr por el desierto. No pudo; pero la duna sí luce una ridícula cabeza humana que está bañándose de luna. No volverá a tener sed. Nunca. Quedó bebiéndose la luna, raudales de luna. Por los ojos saltones y fijos bebe luna, por los portillos de la dentadura sorbe la luna con un silbido, por las orejas se le mete la luna chillando: que la desfloraron y está grávida. Malicioso va torciendo una sonrisa de soslayo. Juan Manuel Casehua ya no tiene el rostro terregoso y prieto; es platinado transparente como el de los angelitos. Siente que la luna se le cuela por entre los laberintos nasales, que se le quiere escapar por el culo, pero está obstruido con arena; Juan Manuel Casehua no está triste, empieza a reventar en carcajada. Goloso bebe y bebe. El estómago, las piernas, todo él se vuelve entraña, le cosquillea un gozo ondulante, travieso, mordiscón, ávido, le hierve como olla de arroz a vapor. Oye que la luna vuelve a susurrarle impudorosa y sensual: que se la han cogido los gringos y los rusos, que siente pataditas en la entraña, ¡lindo nene! Carcajea de oreja a oreja, muestra la dentadura como enormes peinetas españolas, todo el rostro revienta en carcajadas, como granada madura. Ya no tiene sed ni dolor, ni miedo, ni hambre, ni angustia, ni frustraciones, ni nostalgia, eso queda prendido en el futuro; de allí en retroceso a cada día hundirá un paso en las arenas del pasado que se engulle continentes, razas, memorias, nombres, palabras, conforma los desiertos de la muerte y de la nada. Arena, arena, oleadas de arena, remolinos de arena, huracanes de arena, pavorosa arena del olvido que todo lo sepulta.

No hay caballería ni cañones que lo detengan, aúlla el viento con furia, arrastrando impune el cadáver seco de los arenales. Amaneciendo resurgirá la fogata calentando sus machetes al rojo vivo, para hundirlos sin lástima en la entraña de esta tierra que quiere bramar y sólo llora tímidamente en la voz de las chicharras.

Mañana, cuando vaya saliendo el sol, de confín a confín irán brotando las dunas como lomos de camellos cansados… y en la tarde, cuando vaya ocultando su muerte, las dunas multiplicarán su tumba.

 

El ahogado más hermoso del mundo

Gabriel García Márquez

 

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor a que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que arrojarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con hierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la Tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

–Tiene cara de llamarse Esteban.

Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la Tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

–¡Bendito sea Dios –suspiraron–: es nuestro!

Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta que estaba avergonzado, que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en alta mar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.