jueves, 7 de septiembre de 2023

Corazones solitarios

Rubem Fonseca

 

Yo trabajaba en un diario popular como reportero de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante, que envolviera a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.

Crimen así ni en Roma, París, Nueva York, decía el editor del diario, estamos en un mal momento. Pero dentro de poco cambiará. La cosa es cíclica, cuando menos lo esperamos estalla uno de aquellos escándalos que da materia para un año. Todo está podrido, a punto, es cosa de esperar.

Antes de que estallara me corrieron.

Solamente hay pequeño comerciante matando socio, pequeño bandido matando a pequeño comerciante, policía matando a pequeño bandido. Cosas pequeñas, le dije a Oswaldo Pecanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer.

Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas, dijo Pecanha.

Pero fuera de mi área, dije.

¿Ya leíste Mujer?, Pecanha preguntó.

Admití que no. Me gusta más leer libros.

Pecanha sacó una caja de puros del cajón y me ofreció uno. Encendimos los puros. Al poco tiempo el ambiente era irrespirable. Los puros eran corrientes, estábamos en verano, las ventanas cerradas, y el aparato de aire acondicionado no funcionaba bien.

Mujer no es una de esas publicaciones en color para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de la clase C, que come arroz con frijoles y si engorda es cosa suya. Echa una ojeada.

Pecanha tiró frente a mí un ejemplar del diario. Formato tabloide, encabezados en azul, algunas fotos desenfocadas. Fotonovela, horóscopo, entrevistas con artistas de televisión, corte y costura.

¿Crees que podrías hacer la sección De mujer a mujer, nuestro consultorio sentimental? El tipo que lo hacía se despidió.

De mujer a mujer estaba firmado por una tal Elisa Gabriela. Querida Elisa Gabriela, mi marido llega todas las noches borracho y…

Creo que puedo, dije.

Estupendo. Comienza hoy. ¿Qué nombre quieres usar?

Pensé un poco.

Nathanael Lessa.

¿Nathanael Lessa?, dijo Pecanha, sorprendido y molesto, como si hubiera dicho un nombre feo, u ofendido a su madre.

¿Qué tiene? Es un nombre como otro cualquiera. Y estoy rindiendo dos homenajes.

Pecanha dio unas chupadas al puro, irritado.

Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segundo, no es un nombre de la clase C. Aquí sólo usamos nombres que agraden a la clase C, nombres bonitos. Tercero, el diario rinde homenajes sólo a quien yo quiero y no conozco a ningún Nathanael Lessa y, finalmente –la irritación de Pecanha aumentaba gradualmente, como si estuviera sacando algún provecho de ella– aquí, nadie, ni siquiera yo mismo, usa seudónimos masculinos. ¡Mi nombre es María de Lourdes!

Di otra ojeada al diario, inclusive en el directorio. Sólo había nombres de mujer.

¿No te parece que un nombre masculino da más crédito a las respuestas? Padre, marido, médico, sacerdote, patrón, sólo hay hombres diciendo lo que ellas tienen que hacer. Nathanael Lessa pega mejor que Elisa Gabriela.

Es eso justamente lo que no quiero. Aquí se sienten dueñas de su nariz, confían en nosotros, como si fuéramos comadres. Llevo veinticinco años en este negocio. No me vengas con teorías no comprobadas. Mujer está revolucionando la prensa brasileña, es un diario diferente que no da noticias viejas de la televisión de ayer.

Estaba tan irritado que no pregunté lo que Mujer se proponía. Tarde o temprano me lo diría. Yo sólo quería el empleo.

Mi primo, Machado Figueiredo, que también tiene veinticinco años de experiencia, en el Banco del Brasil, suele decir que está siempre abierto a teorías no comprobadas. Yo sabía que Mujer debía dinero al banco. Y sobre la mesa de Pecanha había una carta de recomendación de mi primo.

Al oír el nombre de mi primo, Pecanha palideció. Dio un mordisco al puro para controlarse, después cerró la boca, pareciendo que iba a silbar, y sus gruesos labios temblaron como si tuviera un grano de pimienta en la lengua. En seguida abrió la boca y golpeó con la uña del pulgar sus dientes sucios de nicotina, mientras me miraba de manera que él debía considerar llena de significados.

Podía añadir Dr. a mi nombre: Dr. Nathanael Lessa.

¡Rayos! Está bien, está bien, rezongó Pecanha entre dientes, empiezas hoy.

Fue así como pasé a formar parte del equipo de Mujer.

Mi mesa quedaba cerca de la mesa de Sandra Marina, que firmaba el horóscopo. Sandra era conocida también como Marlene Katia, al hacer entrevistas. Era un muchacho pálido, de largos y ralos bigotes, también conocido como Joao Albergaria Duval. Había salido hacía poco tiempo de la escuela de comunicaciones y vivía lamentándose, ¿por qué no estudié odontología?, ¿por qué?

Le pregunté si alguien traía las cartas de los lectores a mi mesa. Me dijo que hablara con Jacqueline, en expedición. Jacqueline era un negro grande de dientes muy blancos.

Queda mal que sea yo el único aquí dentro que no tiene nombre de mujer, van a pensar que soy maricón. ¿Las cartas? No hay ninguna carta. ¿Crees que la mujer de la clase C escribe cartas? Elisa inventaba todas.

Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Conseguí una beca de estudios para mi hija de diez años, en una escuela elegante de la zona sur. Todas sus compañeritas van al peluquero, por lo menos una vez a la semana. Nosotros no tenemos dinero para eso, mi marido es conductor de autobús de la línea Jacaré-Cajú, pero dice que va a trabajar horas extras para mandar a Tania Sandra, nuestra hijita, al peluquero. ¿No cree usted que los hijos se merecen todos los sacrificios? Madre Dedicada. Villa Kennedy.

Respuesta: Lave la cabeza de su hija con jabón de coco y colóquele papillotes. Queda igual que en el peluquero. De cualquier manera, su hija no nació para ser muñequita. Ni tampoco la hija de nadie. Coge el dinero de las horas extras y compra otra cosa más útil. Comida, por ejemplo.

Apreciado Dr. Nathanael Lessa. Soy bajita, gordita y tímida. Siempre que voy al mercado, al almacén, a la abacería me dejan en la cola. Me engañan en el peso, en el cambio, los frijoles tienen bichos, la harina de maíz está mohosa, cosas así. Acostumbraba sufrir mucho, pero ahora estoy resignada. Dios los está mirando y en el Juicio Final van a pagarlo. Doméstica Resignada. Penha.

Respuesta: Dios no está mirando a nadie. Quien tiene que defenderte eres tú misma. Sugiero que grites, vocees a todo el mundo, que hagas escándalo. ¿No tienes ningún pariente en la policía? Bandido también sirve. Arréglate, gordita.

Apreciado Dr. Nathanael Lessa: Tengo veinticinco años, soy mecanógrafa y virgen. Encontré a ese muchacho que dice que me ama mucho. Trabaja en el Ministerio de Transportes y dice que quiere casarse conmigo, pero que primero quiere probar. ¿Qué te parece? Virgen Loca. Parada de Lucas.

Respuesta: Escucha esto, Virgen Loca, pregúntale al tipo lo que va a hacer si no le gusta la experiencia. Si dice que te planta, dáselo, porque es un hombre sincero. No eres grosella ni caldo de jilo para ser probada, pero hombres sinceros hay pocos, vale la pena intentar. Fe y adelante, firme.

Fui a almorzar.

A la vuelta Pecanha mandó llamarme. Tenía mi trabajo en la mano.

Hay algo aquí que no me gusta, dijo.

¿Qué?, pregunté.

¡Ah! ¡Dios mío!, qué idea la gente se hace de la clase C, exclamó Pecanha, balanceando la cabeza pensativamente, mientras miraba para el techo y ponía boca de silbido. Quienes gustan ser tratadas con palabrotas y puntapiés son las mujeres de la clase A. Acuérdate de aquel lord inglés que dijo que su éxito con las mujeres era porque trataba a las damas como putas y a las putas como damas.

Está bien. ¿Entonces cómo debo tratar a nuestras lectoras?

No me vengas con dialécticas. No quiero que las trates como putas. Olvida al lord inglés. Pon alegría, esperanza, tranquilidad y confianza en las cartas, eso es lo que quiero.

Dr. Nathanael Lessa. Mi marido murió y me dejó una pensión muy pequeña, pero lo que me preocupa es estar sola, a los cincuenta y cinco años de edad. Pobre, fea, vieja y viviendo lejos, tengo miedo de lo que me espera. Solitaria de Santa Cruz.

Respuesta: Graba esto en tu corazón, Solitaria de Santa Cruz: ni dinero, ni belleza, ni juventud, ni una buena dirección dan felicidad. ¿Cuántos jóvenes ricos y hermosos se matan o se pierden en los horrores del vicio? La felicidad está dentro de nosotros, en nuestros corazones. Si somos justos y buenos, encontraremos la felicidad. Sé buena, sé justa, ama al prójimo como a ti misma, sonríe al tesorero del INPS cuando vayas a recibir tu pensión.

Al día siguiente Pecanha me llamó y me preguntó si podía también escribir la fotonovela. Producíamos nuestras propias fotonovelas, no es fumeti italiano traducido. Elige un nombre.

Elegí Clarice Simone, eran otros dos homenajes, pero no le dije eso a Pecanha.

El fotógrafo de las novelas vino a hablar conmigo.

Mi nombre es Mónica Tutsi, dijo, pero puedes llamarme Agnaldo. ¿Tienes la papa lista?

Papa era la novela. Le expliqué que acababa de recibir el encargo de Pecanha y que necesitaba por lo menos dos días para escribir.

¿Días? Ja, ja, carcajeó, haciendo el ruido de un perro grande, ronco y domesticado, ladrándole al dueño.

¿Dónde está la gracia?, pregunté.

Norma Virginia escribía la novela en quince minutos. Tenía una fórmula.

Yo también tengo una fórmula. Ve a dar una vuelta y te apareces por aquí en quince minutos, que tendrás tu novela lista.

¿Qué pensaba de mí ese fotógrafo idiota? Sólo porque yo había sido reportero policial no significaba que fuera una bestia. Si Norma Virginia, o como fuera su nombre, escribía una novela en quince minutos, yo también la escribiría. A fin de cuentas leí todos los trágicos griegos, los ibsens, los o’neals, los beckets, los chejovs, los shakespeares, las four hundred best television plays. Era sólo chupar una idea de aquí, otra de allá, y listo.

Un niño rico es robado por los gitanos y dado por muerto. El niño crece pensando que es un gitano auténtico. Un día encuentra una moza riquísima y los dos se enamoran. Ella vive en una rica mansión y tiene muchos automóviles. El gitanillo vive en un carromato. Las dos familias no quieren que ellos se casen. Surgen conflictos. Los millonarios mandan a la policía prender a los gitanos. Uno de los gitanos es muerto por la policía. Un primo rico de la muchacha es asesinado por los gitanos. Pero el amor de los dos jóvenes enamorados es superior a todas esas vicisitudes. Resuelven huir, romper con las familias. En la fuga encuentran un monje piadoso y sabio que sacramenta la unión de los dos en un antiguo, pintoresco y romántico convento en medio de un bosque florido. Los dos jóvenes se retiran a la cámara nupcial. Son hermosos, esbeltos, rubios de ojos azules. Se quitan la ropa. Oh, dice la muchacha, ¿qué es ese cordón de oro con medalla claveteada de brillantes que tienes en el pecho? ¡Ella tiene una medalla igual! ¡Son hermanos! ¡Tú eres mi hermano desaparecido!, grita la muchacha. Los dos se abrazan. (Atención, Mónica Tutsi: ¿qué tal un final ambiguo?, haciendo aparecer en la cara de los dos un éxtasis no fraternal, ¿eh? Puedo también cambiar el final y hacerlo más sofocliano: los dos descubren que son hermanos sólo después del hecho consumado; desesperada, la moza salta de la ventana del convento reventándose allá abajo.)

Me gustó tu historia, dijo Mónica Tutsi.

Un pellizco de Romeo y Julieta, una cucharadita de Edipo Rey, dije modestamente.

Pero no sirve para que yo la fotografíe. Tengo que hacer todo en dos horas. ¿Dónde voy a encontrar la rica mansión? ¿Los automóviles? ¿El convento pintoresco? ¿El bosque florido?

Ése es tú problema.

¿Dónde voy a encontrar, continuó Mónica Tutsi, como si no me hubiera oído, los dos jóvenes rubios, esbeltos, de ojos azules? Nuestros artistas son todos medio tirando a mulatos. ¿Dónde voy a encontrar el carromato? Haz otra, muchacho. Vuelvo dentro de quince minutos. ¿Y qué es sofocliano?

Roberto y Betty son novios y van a casarse. Roberto, que es muy trabajador, economiza dinero para comprar un departamento y amueblarlo, con televisión a color, equipo musical, refrigerador, lavadora, enceradora, licuadora, batidora, lavaplatos, tostador, plancha eléctrica y secador de pelo. Betty también trabaja. Ambos son castos. El casamiento está fijado. Un amigo de Roberto, Tiago, le pregunta, ¿te vas a casar virgen?, necesitas ser iniciado en los misterios del sexo. Tiago, entonces, lleva a Roberto a casa de la Superputa Betatrón. (Atención, Mónica Tutsi, el nombre es un toque de ficción científica.) Cuando Roberto llega allí descubre que la Superputa es Betty, su noviecita. ¡Oh! ¡Cielos! ¡Sorpresa terrible! Alguien dirá, tal vez un portero, ¡Crecer es sufrir! Fin de la novela.

Una palabra vale mil fotografías, dijo Mónica Tutsi, estoy siempre en la parte podrida. De aquí a poco vuelvo.

Dr. Nathanael. Me gusta cocinar. Me gusta mucho también bordar y hacer crochet. Y más que nada me gusta ponerme un vestido largo de baile, pintar mis labios de carmesí, darme bastante colorete, ponerme rímel en los ojos. ¡Ah, qué sensación! Es una pena que tenga que quedarme encerrado en mi cuarto. Nadie sabe que me gusta hacer esas cosas. ¿Estoy equivocado? Pedro Redgrave. Tijuca.

Respuesta: ¿Equivocado, por qué? ¿Estás haciendo daño a alguien con eso? Ya tuve otro consultante que, como a ti, también le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, productiva y útil a la sociedad, tanto que llegó a ser obrero-supervisor. Viste tus vestidos largos, pinta tu boca de escarlata, pon color en tu vida.

Todas las cartas deben ser de mujeres, advirtió Pecanha.

Pero esa es verdadera, dije.

No creo.

Entregué la carta a Pecanha. La miró poniendo cara de policía examinando un billete groseramente falsificado.

¿Crees que es una broma?, preguntó Pecanha.

Puede ser, dije. Y puede no ser.

Pecanha puso su cara reflexiva. Después:

Añade a tu carta una frase animadora, como por ejemplo, escribe siempre.

Me senté a la máquina.

Escribe siempre. Pedro, sé que éste no es tu nombre, pero no importa, escribe siempre, cuenta conmigo. Nathanael Lessa.

Coño, dijo Mónica Tutsi, fui a hacer tu dramón y me dijeron que está calcado de una película italiana.

Canallas, atajo de babosos, sólo porque fui reportero policial me están llamando plagiario.

Calma, Virginia.

¿Virginia? Mi nombre es Clarice Simone, dije. ¿Qué cosa más idiota es esa de pensar que sólo las novias de los italianos son putas? Pues mira, ya conocí una novia de aquéllas realmente serias, era hasta hermana de la caridad, y fueron a ver, también era puta.

Está bien, muchacho, voy a fotografiar esa historia. ¿La Betatrón puede ser mulata? ¿Qué es Betatrón?

Tiene que ser rubia, pecosa. Betatrón es un aparato para la producción de electrones, dotado de gran potencial energético y alta velocidad, impulsado por la acción de un campo magnético que varía rápidamente, dije.

¡Coño! Eso sí que es nombre de Puta, dijo Mónica Tutsi, con admiración, retirándose.

Comprensivo Nathanael Lessa. He usado gloriosamente mis vestidos largos. Y mi boca ha sido tan roja como la sangre de un tigre y el romper de la aurora. Estoy pensando en ponerme un vestido de satén e ir al Teatro Municipal. ¿Qué te parece? Y ahora voy a contarte una gran y maravillosa confidencia, pero quiero que guardes el mayor secreto de mi confesión. ¿Lo juras? Ah, no sé si decirlo o no decirlo. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los demás, Soy básicamente una persona que no perdió su inocencia. La perfidia, la estupidez, la falta de pudor, la bribonería, me dejaron muy impresionada. Oh, cómo me gustaría vivir aislada en un mundo utópico hecho de amor y bondad. Mi sensible Nathanael, déjame pensar. Dame tiempo. En la próxima carta contaré más, tal vez todo. Pedro Redgrave.

Respuesta: Pedro. Espero tu carta, con tus secretos, que prometo guardar en los arcanos inviolables de mi recóndita conciencia. Continúa así, enfrentando altanero la envidia y la insidiosa alevosía de los pobres de espíritu. Adorna tu cuerpo sediento de sensualidad, ejerciendo los desafíos de tu mente valerosa.

Pecanha preguntó:

¿Esas cartas también son verdaderas?

Las de Pedro Redgrave sí.

Extraño, muy extraño, dijo Pecanha golpeando con las uñas en los dientes, ¿qué te parece?

No me parece nada, dije.

Parecía preocupado por algo. Hizo preguntas sobre la fotonovela, sin interesarse, sin embargo, por las respuestas.

¿Qué tal la carta de la cieguita?, pregunté.

Pecanha cogió la carta de la cieguita y mi respuesta y leyó en voz alta: Querido Nathanael. No puedo leer lo que escribes. Mi abuelita adorada me lo lee. Pero no pienses que soy analfabeta. Lo que soy es cieguita. Mi querida abuelita me está escribiendo la carta, pero las palabras son mías. Quiero enviar unas palabras de consuelo a tus lectores, para que ellos, que sufren tanto con pequeñas desgracias, se miren en mi espejo. Soy ciega pero soy feliz, estoy en paz, con Dios y con mis semejantes. Felicidades para todos. Viva el Brasil y su pueblo. Cieguita Feliz. Carretera del Unicornio, Nova Iguazú. P. S. Olvidé decir que también soy paralítica.

Pecanha encendió un puro. Conmovedor, pero Carretera del Unicornio suena falso. Me parece mejor que pongas Carretera de Catavento, o algo así. Veamos ahora tu respuesta. Cieguita Feliz, enhorabuena por tu fuerza moral, por tu fe inquebrantable en la felicidad, en el bien, en el pueblo y en el Brasil. Las almas de aquéllos que desesperan en la adversidad deberían nutrirse con tu edificante ejemplo, un haz de luz en las noches de tormenta.

Pecanha me devolvió los papeles. Tienes futuro en la literatura. Ésta es una gran escuela. Aprende, aprende, sé aplicado, no te desanimes, suda la camisa.

Me senté a la máquina.

Tesio, banquero, vecino de la Boca do Mato, en Lins de Vasconcelos, casado en segundas nupcias con Frederica, tiene un hijo, Hipólito, del primer matrimonio. Frederica se enamora de Hipólito. Tesio descubre el amor pecaminoso entre los dos. Frederica se ahorca en el mango del patio de la casa. Hipólito pide perdón al padre, huye de casa y vagabundea desesperado por las calles de la ciudad cruel hasta ser atropellado y muerto en la Avenida Brasil.

¿Cuál es la salsa aquí?, preguntó Mónica Tutsi.

Eurípides, pecado y muerte. Voy a contarte una cosa: Yo conozco el alma humana y no necesito de ningún griego viejo para inspirarme. Para un hombre de mi inteligencia y sensibilidad basta sólo mirar en torno. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto una persona más alerta, más despierta?

Mónica Tutsi me miró fijo a los ojos y dijo:

Creo que estás loco.

Continué:

Cito los clásicos sólo para mostrar mis conocimientos. Como fui reportero policial, si no lo hiciera no me respetarían los cretinos. Leí miles de libros. ¿Cuántos libros crees que ha leído Pecanha?

Ninguno. ¿La Frederica puede ser negra?

Buena idea. Pero Tesio e Hipólito tienen que ser blancos.

Nathanael. Yo amo, un amor prohibido, un amor vedado. Amo a otro hombre. Y él también me ama. Pero no podemos andar por la calle de la mano, como los demás, besarnos en los jardines y en los cines, como los demás, tumbarnos abrazados en la arena de las playas, como los demás, bailar en las boites, como los demás. No podemos casarnos, como los demás, y juntos enfrentar la vejez, la enfermedad y la muerte, como los demás. No tengo fuerzas para resistir y luchar. Es mejor morir. Adiós. Ésta es mi última carta. Manda decir una misa por mí. Pedro Redgrave.

Respuesta: ¿Qué es eso, Pedro? ¿Vas a desistir ahora que encontraste tu amor? Oscar Wilde sufrió el demonio, fue desmoralizado, ridiculizado, humillado, procesado, condenado, pero aguantó la embestida. Si no puedes casarte, arrímate. Hagan testamento, uno a favor del otro. Defiéndanse. Usen la ley y el sistema en su beneficio. Sean, como los demás, egoístas, encubridores, implacables, intolerantes e hipócritas. Exploten. Expolien. Es legítima defensa. Pero, por favor, no hagan ninguna locura.

Mandé la carta y la respuesta a Pecanha. Las cartas sólo eran publicadas con su visto bueno.

Mónica Tutsi apareció con una muchacha.

Ésta es Mónica, dijo Mónica Tutsi.

Qué coincidencia, dije.

¿Qué coincidencia, qué?, preguntó la muchacha Mónica.

Que tengan el mismo nombre, dije.

¿Se llama Mónica?, preguntó Mónica apuntando al fotógrafo.

Mónica Tutsi. ¿Tú también eres Tutsi?

No. Mónica Amelia.

Mónica Amelia se quedó royendo una uña y mirando a Mónica Tutsi.

Tú me dijiste que tu nombre era Agnaldo, dijo ella.

Allá afuera soy Agnaldo. Aquí dentro soy Mónica Tutsi.

Mi nombre es Clarice Simone, dije.

Mónica Amelia nos observó atentamente, sin entender nada. Veía dos personas circunspectas, demasiado cansadas para bromas, desinteresadas del propio nombre.

Cuando me case mi hijo, o mi hija, va a llamarse Hei Psiu, dije.

¿Es un nombre chino?, preguntó Mónica.

O bien Fiu Fiu, silbé.

Te estás volviendo nihilista, dijo Mónica Tutsi, retirándose con la otra Mónica.

Nathanael. ¿Sabes lo que es dos personas que se gustan? Éramos nosotros dos, María y yo. ¿Sabes lo que es dos personas perfectamente sincronizadas? Éramos nosotros dos, María y yo. Mi plato predilecto es arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. ¿Imaginas cuál era el de María? Arroz, frijoles, col a la mineira, farofa y chorizo frito. Mi piedra preciosa preferida es el Rubí. La de María, verás, era también el Rubí. Número de la suerte, el 7; color, el Azul; día, el Lunes; película, del Oeste; libro, El Principito; bebida, Cerveza; colchón, el Anatón; equipo, el Vasco da Gama; música, la Samba; pasatiempo, el Amor; todo igualito entre ella y yo, una maravilla. Lo que hacíamos en la cama, muchacho, no es para presumir, pero si fuera en el circo y cobráramos la entrada nos hacíamos ricos. En la cama ninguna pareja jamás fue alcanzada por tanta locura resplandeciente, fue capaz de performance tan hábil, imaginativa, original, pertinaz, esplendorosa y gratificante como la nuestra. Y repetíamos varias veces por día. Pero no era sólo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna continuaría amándote, me decía. Si tú fueras jorobada no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueras sordomudo continuaría amándote, decía ella. Si tú fueras bizca no dejaría de amarte, yo respondía. Si estuvieras barrigón y feo continuaría amándote, decía ella. Si estuvieras toda marcada de viruela no dejaría de amarte, yo respondía. Si fueras viejo e impotente continuaría amándote, decía ella. Y estábamos intercambiando estos juramentos cuando un deseo de ser verdadero me golpeó, hondo como una puñalada, y le pregunté, ¿y si no tuviera dientes, me amarías?, y ella respondió, si no tuvieras dientes continuaría amándote. Entonces me saqué la dentadura y la puse encima de la cama, con un gesto grave, religioso y metafísico. Quedamos los dos mirando la dentadura sobre la sábana, hasta que María se levantó, se puso un vestido y dijo, voy a comprar cigarros. Hasta hoy no ha vuelto. Nathanael, explícame qué fue lo que sucedió. ¿El amor acaba de repente? ¿Algunos dientes, miserables pedacitos de marfil, valen tanto? Odontos Silva.

Cuando iba a responder apareció Jacqueline y dijo que Pecanha me estaba llamando.

En la oficina de Pecanha había un hombre con gafas y patillas.

Éste es el Dr. Pontecorvo, que es…, ¿qué es usted realmente?, preguntó Pecanha.

Investigador motivacional, dijo Pontecorvo. Como iba diciendo, hacemos primero un acopio de las características del universo que estamos investigando. Por ejemplo: ¿quiénes son los lectores de Mujer? Vamos a suponer que es mujer y de la clase C. En nuestras investigaciones anteriores ya estudiamos todo sobre la mujer de la clase C, dónde compra sus alimentos, cuántas bragas tiene, a qué hora hace el amor, a qué horas ve la televisión, los programas de televisión que ve, en suma, un perfil completo.

¿Cuántas bragas tiene?, preguntó Pecanha.

Tres, respondió Pontecorvo, sin vacilar.

¿A qué hora hace el amor?

A las veintiuna treinta, respondió Pontecorvo con prontitud.

¿Y cómo descubren ustedes todo eso? ¿Llaman a la puerta de doña Aurora, en el conjunto residencial del INPS, abre la puerta y ustedes le dicen a qué hora se echa su acostón? Escucha, amigo mío, estoy en este negocio hace veinticinco años y no necesito a nadie para que me diga cuál es el perfil de la mujer de la clase C. Lo sé por experiencia propia. Ellas compran mi diario, ¿entendiste? Tres bragas… ¡Ja!

Usamos métodos científicos de investigación. Tenemos sociólogos, psicólogos, antropólogos, especialistas en estadísticas y matemáticos en nuestro staff, dijo Pontecorvo, imperturbable.

Todo para sacar dinero a los ingenuos, dijo Pecanha con no disimulado desprecio.

Además, antes de venir para acá, recogí algunas informaciones sobre su diario, que creo pueden ser de su interés, dijo Pontecorvo.

¿Y cuánto cuesta?, preguntó Pecanha con sarcasmo.

Se la doy gratis, dijo Pontecorvo. El hombre parecía de hielo. Hicimos una mini-investigación sobre sus lectores y, a pesar del tamaño reducido de la muestra, puedo asegurarle, sin sombra de duda, que la gran mayoría, la casi totalidad de sus lectores, está compuesta por hombres, de la clase B.

¿Qué?, gritó Pecanha.

Eso mismo, hombres, de la clase B.

Primero, Pecanha se puso pálido. Después se fue poniendo rojo, y después violáceo, como si lo estuvieran estrangulando, la boca abierta, los ojos desorbitados, y se levantó de su silla y caminó tambaleante, los brazos abiertos, como un gorila loco en dirección a Pontecorvo. Una imagen impactante, incluso para un hombre de acero como Pontecorvo, incluso para un ex reportero policial. Pontecorvo retrocedió ante el avance de Pecanha hasta que, con la espalda en la pared, dijo, intentando mantener la calma y compostura: Tal vez nuestros técnicos se hayan equivocado.

Pecanha, que estaba a un centímetro de Pontecorvo, tuvo un violento temblor y, al contrario de lo que yo esperaba, no se tiró sobre el otro como un perro rabioso. Agarró sus propios cabellos y comenzó a arrancárselos, mientras gritaba: farsantes, estafadores, ladrones, aprovechados, mentirosos, canallas. Pontecorvo, ágilmente, se escabulló en dirección a la puerta, mientras Pecanha corría tras él arrojándole los mechones de pelo que había arrancado de su propia cabeza. ¡Hombres! ¡Hombres! ¡Clase B!, graznaba Pecanha, con aire alocado.

Después, ya totalmente sereno –creo que Pontecorvo huyó por las escaleras–, Pecanha, nuevamente sentado detrás de su escritorio, me dijo: Es a ese tipo de gente a la que el Brasil está entregado, manipuladores de estadísticas, falsificadores de informaciones, patrañeros con sus computadoras creando todos la Gran Mentira. Pero conmigo no podrán. Puse al hipócrita en su sitio, ¿o no?

Dije cualquier cosa, concordando. Pecanha sacó la caja de matarratas del cajón y me ofreció uno. Permanecimos fumando y conversando sobre la Gran Mentira. Después me dio la carta de Pedro Redgrave y mi respuesta, con su visto bueno, para que la llevara a composición.

En mitad del camino verifiqué que la carta de Pedro Redgrave no era la que yo le había enviado. El texto era otro:

Apreciado Nathanael, tu carta fue un bálsamo para mi corazón afligido. Me dio fuerzas para resistir. No haré ninguna locura, prometo que…

La carta terminaba ahí. Había sido interrumpida en la mitad. Extraño. No entendí. Había algo equivocado.

Fui a mi mesa, me senté y comencé a escribir la respuesta al Odontos Silva:

Quien no tiene dientes tampoco tiene dolor de dientes. Y como dijo el héroe de la conocida pieza Mucho ruido y pocas nueces, nunca hubo un filósofo que pudiera aguantar con paciencia un dolor de dientes. Además de eso, los dientes son también instrumentos de venganza, como dice el Deuteronomio: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los dientes son despreciados por los dictadores. ¿Recuerdas lo que dijo Hitler a Mussolini sobre un nuevo encuentro con Franco?: Prefiero arrancarme cuatro dientes. Temes estar en la situación del héroe de aquella obra Todo está bien si al final nadie se equivoca, sin dientes, sin gusto, sin todo. Consejo: ponte los dientes nuevamente y muerde. Si la dentellada no fuera buena, da puñetazos y puntapiés.

Estaba en la mitad de la carta del Odontos Silva cuando comprendí todo. Pecanha era Pedro Redgrave. En vez de devolverme la carta en que Pedro me pedía que mandara rezar una misa y que yo le había entregado junto con mi respuesta hablando sobre Oscar Wilde, Pecanha me entregó una nueva carta, inacabada, ciertamente por equivocación, y que debía de llegar a mis manos por correo.

Cogí la carta de Pedro Redgrave y fui a la oficina de Pecanha.

¿Puedo entrar?, pregunté.

¿Qué hay? Entra, dijo Pecanha.

Le entregué la carta de Pedro Redgrave. Pecanha leyó la carta y advirtiendo el equívoco que había cometido, palideció, como era su natural. Nervioso, revolvió los papeles de su mesa.

Todo era una broma, dijo después, intentando encender un puro. ¿Estás disgustado?

En serio o en broma, me da lo mismo, dije.

Mi vida da para una novela…, dijo Pecanha. Esto queda entre nosotros, ¿de acuerdo?

Yo no sabía bien lo que él quería que quedara entre nosotros, que su vida daba para una novela o que él era Pedro Redgrave. Pero respondí:

Claro, sólo entre nosotros.

Gracias, dijo Pecanha. Y dio un suspiro que cortaría el corazón de cualquiera que no fuera un ex reportero policial.

 

Duelo de caballeros

Ciro Alegría

 

Voy a contar una historia verdadera. Se trata de un singular duelo de caballeros cuyo interés principal reside en que los protagonistas fueron dos personajes del hampa de Lima, exactamente del barrio de Malambo. El nombre de resonancia africana abarca un dédalo de casas y callejones de adobe, colorido emporio del negrerío, del mulataje, de una más reciente cholada, de toda esa chocolateada mezcolanza racial ante la cual resalta la blancura de la minoría cuyos antepasados dieron nombre a la Ciudad de los Reyes.

Otro elemento de interés en la historia es que tal duelo no se llevó a cabo según las puntillosas reglas del Marqués de Cabriñana. Fue a la criolla y usando el arma llamada chaveta, larga y delgada hoja de acero, filuda hasta poder afeitar, con la cual se dan tajos los peleanderos del pueblo costeño del Perú.

Quizá tenga también interés anotar que mi información es de primera mano. La historia del duelo me la contó el sobreviviente, mientras ambos cumplíamos condena en la penitenciaría de Lima. ¿Será necesario aclarar que yo estaba preso por razones políticas? Fui sentenciado a diez años de presidio por tomar parte de la revolución de Trujillo, hecha en 1932.

Cuanto vi, escuché y pasé en ese sombroso antro de altas paredes lisas y barrotes rechinantes, donde más de una vez, por esos radiosos milagros del alma humana, afloraba también luz, podría ser materia de una novela que acaso escriba con el tiempo. Por el momento, quiero contar la historia del original duelo que, pese a algunas de sus características arrabaleras, fue considerado por la Corte de Justicia de Lima como un duelo de caballeros. Para tan gallarda interpretación mediaron causas que ya aparecerán.

Después de ingresar en la Penitenciaría, pasé por siete días reglamentarios de aislamiento y luego entré en contacto con una treintena de compañeros de lucha que me había precedido en la entrada, y los presos comunes. Los “políticos” no tardaron en señalarme a las notabilidades que había entre los “comunes”. Allí se encontraba Carita, mulato malambino de los que, por su retadora condición de hombre de pelea, reciben el nombre de faites.

Carita era más alto que bajo, de contextura recia; usaba zapatos de tacón alto, a la andaluza; llevaba arreglado el uniforme a rayas negras y grises según su medida; se ladeaba sobre la frente la visera ancha de una gorra de apache y los domingos hacía flotar en torno al cuello un pañuelo rojo. En su cara cetrina y alargada, un tanto caballuna, la boca prominente lucía una gran cicatriz; la nariz era ancha y de trazo enérgico; los ojos oscuros se movían ágiles, pero a ratos adquirían la fijeza de los de una fiera en acecho.

Tenía modales sueltos que denotaban aplomo, respondía con una sobriedad no exenta de distinción a su prestigio legendario y miraba desdeñosamente a lo que podría llamarse el vulgo del delito. Por el tiempo en que lo conocí, allá en el año 32, Carita hacía gestiones para conseguir el indulto y ofrecía en cambio sus servicios de guardaespaldas a Sánchez Cerro, razón por la cual y muy a su manera, guardando todo el solapado oportunismo de un tipo de experiencia, trataba también con cierta indiferencia a los “políticos”, que estábamos allí por oponernos al régimen. En ese tiempo, cumplía una segunda condena a quince años de presidio por un crimen vulgar, pero la nombradía de bravura, adquirida en el famoso duelo, le duraba todavía. De “puro macho” –así comentaban los otros presos– no comía con los demás, sino que en la mesa de los guardas, tal como suena. Iba a los talleres cuando le venía en gana y, en general, tenía hacia el trabajo esa actitud de desdén que es propia de los delincuentes de vuelo y de los aristócratas. De la Independencia para acá, éstos han ido arriando bandera y se han puesto a laborar. Los delincuentes, aquellos de ley, la levantan en alto aún, y Carita hacía solo a regañadientes las concesiones demandadas por la necesidad. Formaba de mala gana en las filas de presos, pero su latente indisciplina no llegaba a propasarse. Con los guardas se llevaba dentro de unas maneras en las que había agazapadas amenazas revestidas de dignidad. Ni autoridades ni presos tenían conflictos con él. Las primeras le respetaban los caprichos con los que afirmaba su espíritu individualista y rebelde, y los segundos a la vez lo admiraban y le temían, razón por la cual le prodigaban atenciones o lo eludían. Carita era todo un héroe de la prisión.

Un día lo encontré en el despacho de recetas del hospital y le dije:

–Mire, Carita. Cuando yo era repórter del diario El Norte, de Trujillo, tropecé en la cárcel con un negro chavetero y ladrón apodado el Mono. Le hice un reportaje. Afirmó que él fue quién mató a Tirifilo, cuando la pelea estaba en las últimas pero indecisa, por salvarlo a usted…

–Mentiras del Mono –replicó Carita, haciendo un gesto de desdén con la mano, y agregó–: Cierto que el Mono estaba en mi barra, pero ¿cómo se iba a meter si ahí estaba también la barra de Tirifilo? Eso dice el Mono por darse pisto, por vincularse de algún modo al asunto… ¡Negro atrevido! Cuando yo salga, le advertiré que diga la verdad…

Carita me hizo varias preguntas y sonrió con satisfacción al confirmar yo su fama. Alentado por eso y mi condición de periodista, me dijo:

–Sentémonos aquí y yo le contaré cómo fueron las cosas. No me gusta contárselas a todos, ¿me entiendes? ¡Qué va a hablarle uno a cualquier suche!

Tomamos asiento en dos sillas que había por allí y Carita comenzó a hablar. Pese a su desdén por los suches, es decir, la gente de poca monta, siempre lo escucharon varios a los que seguramente consideraba así, o sea quien despachaba las recetas, un guarda y varios presos comunes que entraron por remedios y se fueron añadiendo al auditorio. Ya entusiasmado por el recuerdo de su hazaña, en pleno relato, Carita aceptaba la admirativa atención de los suches con ocasionales miradas de condescendencia.

Su voz era gruesa y opaca, pero adquirió emocionadas modulaciones a medida que avanzaba narrando. Sus palabras y frases tenían color. En un momento se puso de pie y dio varios pasos, haciendo fintas, para reproducir los lances de la pelea.

No recuerdo sus palabras exactas. Se nos confinaba desde las seis de la tarde a las seis de la mañana en una celda parecida a un nicho, cuyas paredes laterales uno podía tocar abriendo los brazos. Allí, mientras había luz, o sea hasta las nueve, me entretenía tomando notas de mis impresiones diarias y escribiendo cuanto se me ocurría. Una vez, con motivo de que a un compañero le encontraron una revista que contenía un artículo considerado “subversivo”, hicieron un registro de celdas “políticas” y se llevaron todos nuestros papeles. Las notas del relato de Carita estaban entre los míos. No sé a qué sabias conclusiones llegarían las autoridades después del concienzudo análisis que practicaron, pero a nadie le devolvieron una hoja. En muchos casos, los tales papeles eran simplemente esas cartas que vienen del mundo de afuera, con el mensaje de la familia, de la novia, de los amigos, y que para el preso constituyen un tesoro.

Me procuré un grueso fajo de papel de estraza en la cocina, pero no pude reconstruir cuanto había apuntado y menos re-crear (aquí no hay nada unamunesco) mi incipiente producción literaria. Con todo, a modo de revancha, prosé algunos nuevos versos libertarios que fueron bastante celebrados y, ganando la calle, adquirieron una apreciable popularidad. También compuse cuentos. Mi instinto de novelista me decía que lo memorable se quedaría en la memoria para después.

Así, narro la historia del famoso duelo de Carita y Tirifilo sin más auxilio que el de la memoria. Si hay fallas, que me disculpen los años transcurridos.

 

En el barrio de Malambo, antes del año 20, era lo que se llama el taita un negro apodado Tirifilo. Sería exagerado decir que tal sujeto no tenía oficio ni beneficio. De oficio era ladrón y como beneficio, por cierto exclusivamente personal, tenía el de manejar la chaveta como nadie. Fuera de contar con un corazón bien puesto, lo ayudaban sus condiciones físicas. Tirifilo levantaba una larga estatura, según la fama de cerca de dos metros. Esto más que fama resultaba leyenda para muchos, pero en todo caso era muy alto y flaco, de una agilidad de puma, a todo lo cual se agregaba que sus brazos extraordinariamente largos, armado de chaveta el uno, el otro sirviéndole de defensa mediante la manta arrollada, no dejaban pasar los tiros del rival y en cambio lo alcanzaban con una facilidad extrema.

Todo ello hizo que Tirifilo fuera el indiscutible mandamás del hampa negra y mulata de Malambo, durante un número de años que ya nadie se encargaba de contar. Los más valientes y diestros chaveteros le huían. Pero el poder es perecedero y la vida, huidiza. Más si dependen del filo de la chaveta.

Tomaba vuelo entre los chaveteros de Malambo un mozo al que habían apodado Carita por la acusada expresión jovial que tenía su faz en aquellos años. No pasaba mucho más allá de los veintiuno y ya había puesto fuera de combate, con los puños o por medio de la hoja filuda, a cuantos se le enfrentaron. Era además medio guitarrista y cantor, cliente distinguido de los burdeles baratos, bueno para el trago y amigo de sus amigos. Las nuevas promociones de faites, los negros y mulatos jóvenes eran partidarios de Carita por esa solidaridad que hay entre los miembros de la misma generación y sus colindantes y también porque es un natural impulso de la juventud perseguir la renovación del liderazgo, aun en el mundo llamado bajo. Mientras tiraban los dados y bebían pisco en las penumbrosas cantinas de Malambo, aseguraban que Carita era muy capaz de hacerle pelea a Tirifilo, aunque pocos osaban afirmar que lo derrotaría.

El poderoso amenazado, por su parte, no tomaba en cuenta las habladurías. Tirifilo trataba a Carita con la natural superioridad que va del maestro al discípulo, aunque la verdad era que a usar la chaveta no le había enseñado. Ni siquiera lo había visto pelear. Lo que sí quiso enseñarle fue el arte de robar y meterse en contrabandos y malas aventuras, por todo lo cual andaba siempre buscando al mozo, quien con su madre ocupaba dos cuartos en un callejón del barrio.

La señora, madre al fin, mostraba cierta resistencia a que su hijo entrara en colaboración estrecha con un tipo tan notorio, imaginando naturalmente que no tardaría en mezclarlo en un lío de gran clase malambina. Su actitud evasiva y poco amistosa traía molesto a Tirifilo.

Y sucedió que una mañana, en circunstancias en que el taita hacía planes para practicar un robo de importancia, llegó al callejón en busca de Carita. Éste no se encontraba en casa y así se lo dijo la señora con la frialdad que el otro ya conocía. Tirifilo tronó afirmando que ella “lo negaba” para impedir que se juntara con él y le espetó, intercalando entre frase y frase el más selecto conjunto del repertorio de injurias arrabalero:

–¡Vieja!… ¡Quieres tener al hijo metido entre las polleras!… ¡Déjalo que salga y se haga hombre!…

El vecindario se revolvió al oír los gritos. Las puertas del callejón enracimaron cabezas aguaitadoras. Corrían voces diciendo:

–¡Es Tirifilo! ¡Es Tirifilo!

Era como si un hálito de malos presagios cruzara por el aire.

Tirifilo siguió gritando para que lo oyeran todos, inclusive Carita, a quien suponía oculto en el otro cuarto:

–¡Lo vas a hacer un flojo, un cobarde, si es que ya no lo es!… ¡Sácatelo de entre las polleras, vieja!… ¡Que salga ese cobarde!…

Carita carecía del don de la ubicuidad y naturalmente no salió. Se fue puertas adentro, entre sollozos, la pobre negra defendelona y Tirifilo optó también por marcharse, escupiendo desprecio y amenazas frente al pobrerío amedrentado.

Al poco rato apareció Carita y encontró a su madre llorando. Ella no le quiso revelar nada de lo que había pasado y Carita salió a informarse entre los vecinos. Cuando supo lo ocurrido, se le enrojecieron los ojos y enmudeció, adquiriendo la torva resolución de una fiera herida. De ahí no más se fue a la calle, a fin de que “la vieja” no supiera lo que iba a hacer, y buscó a dos miembros de su barra para que fueran testigos del reto.

En compañía de dos negros, uno de los cuales era el Mono, llegó a casa de Tirifilo. Éste se encontraba sentado junto a la puerta, todavía con señas de mal humor.

–¡Negro liso! –le gritó Carita, intercalando con exacta propiedad otro selecto conjunto de injurias del susodicho repertorio–. ¿Por qué te has atrevido a insultar a mi madre? Me la vas a pagar…

–¿Qué? –gruñó Tirifilo con una desdeñosa incredulidad–. Lo que he dicho, ahí se queda…

–¿Se queda? –retrucó Carita–. Vas a ver que pa un hombre hay otro, negro abusivo… Te reto a pelear esta noche, cuando salga la luna, en el Jato del Tajamar… ¡Uno de los dos se quedará ahí!…

Tirifilo miró a Carita, midiéndole despectivamente, y respondió:

–Ahí estaré…

La noticia del próximo duelo corrió sigilosamente de calle en calle, de casa en casa, de callejón en callejón, de cuartucho en cuartucho, convocando lo más granado del hampa de Malambo. Cada bando reclutó una barra de unos veinte chaveteros escogidos. Y ya no se hizo nada más, salvo que los contrincantes afilaron bien sus mejores chavetas y todos esperaron.

Llegó la noche a Malambo.

La luna debía surgir tarde. A eso de las dos salieron Carita, el Mono y otro más, rumbo a las afueras del barrio y por las callejas soledosas, brotando de la oscuridad de los callejones; llamándose y respondiendo con rápidos y peculiares silbidos, avanzaron también los miembros de las barras.

Carita y sus acompañantes, todos los cuales se le juntaron en un lugar convenido, fueron los primeros en llegar al Jato de Tajamar, sitio llano, cubierto de basura y latas viejas.

Pese a la oscuridad, unos cuantos limpiaron un ancho espacio, librándolo de latas y lo que pudiera servir para tropezar. A poco, llegaron varios del bando de Tirifilo y revisaron el trabajo hecho, ampliando todavía más el espacio sin obstáculos. Corrió un rumor entre las barras cuando Tirifilo arribó, seguido de algunos más, delineando su alta silueta entre las sombras. Al ser rodeado por toda su gente, dijo algo hablando sobre las cabezas.

De nuevo, ya no quedaba sino esperar.

Los duelistas y sus barras sentáronse en fila, a un lado y otro del espacio señalado. Sus rostros y vestidos oscuros apenas se veían en la sombra. Sí fulgía la luz de los cigarrillos. Y hablaban una que otra vez, en voz baja, como se habla siempre en tales horas, que son de un anticipado respeto a la muerte.

No lejos pasaba el silencioso Rímac, que separa a Lima de Malambo. El barrio negro se aplastaba a un lado, chato bajo la noche, entre un débil reflejo de luces rojizas. Al otro lado del río, la ciudad alzaba hacia el cielo un pálido resplandor. Pero la sombra del Jato del Tajamar envolvía a los duelistas y sus barras y había que seguir en espera de la luna.

La espera se hacía tensa. En el silencio de la noche, no se oía ya ni una palabra. Algunos masticaban coca, la hoja india que amansa los nervios. La luz de los cigarrillos continuaba brillando.

Cuando el reloj de la catedral marcó las tres y media, comenzó a surgir la luna. Hubo que esperar un rato más, hasta que saliera de una espesa mancha de nubes. Carita bebió medio vaso de pisco mezclado con tabaco. Tirifilo hizo otro tanto. Una voz surgió desde la barra de éste, diciendo:

–Vamos.

La luz de la luna había llegado al Jato del Tajamar.

Los contendores, seguidos de dos ayudantes, avanzaron a paso lento, en mangas de camisa, hacia el centro del campo. Detuviéronse a corta distancia uno del otro y lentamente, casi ritualmente, envolvieron una manta en el antebrazo izquierdo. Debía quedar bien ceñida, como una paca de chafar puntazos. Con la diestra empuñaron la chaveta. Las hojas de acero y los ojos buidos refulgieron a la luz de la luna.

–¡Ya!… ¡Déjenlos solos! –gritó alguien.

Los ayudantes se apartaron.

Tirifilo y Carita se quedaron solos y frente a frente, como dos hitos. La muerte parecía estar entre ellos, reclamando otra calavera. Eran muy pocos los que pensaban que no sería la de Carita. Pero todos admiraban al mozo, por atreverse a hacer lo que nadie. El negro Tirifilo, el as de la chaveta, estaba allí ante un contendor al que aventajaba claramente en estatura y largo de brazos. Además, doblaba en edad al novato, y nadie consideraba la pérdida del vigor, sino una mayor experiencia decisiva. A Carita no parecía quedarle otra cosa que morir, salvo que Tirifilo, después de cortarlo a su gusto por vía de distracción y ejemplo, le perdonara la vida. En realidad, esto es lo que pensaba hacer Tirifilo; ya así se lo había confiado a dos de sus íntimos, como se supo después. A última hora había dudado de que Carita aceptara el perdón, recordando la forma resuelta en que lo retó. El combate diría…

Tirifilo inició la pelea dando un salto hacia atrás y poniéndose en guardia. Agazapado para hurtar el vientre a los puntazos, los hombros inclinados hacia delante, el enorme brazo izquierdo arqueando el antebrazo protector, con la chaveta en la diestra, jugándola a golpe de muñeca, parecía un gigantesco puma de zarpas prontas. Y más lo pareció cuando, una vez que Carita entró en guardia, se puso a dar agilísimos saltos en redondo, como si quisiera aturdirlo, caerle por sorpresa, burlarse de él o todo junto. Carita, dándole la cara siempre, lo medía y aguardaba sin moverse casi del sitio en que se plantó al comenzar.

–¡Entra, hijo de puta! –gritó Tirifilo.

Carita continuó en su sitio, sin mostrar intenciones de atacar. Que no era cobarde lo probaba el hecho mismo de encontrarse allí. Él sabría lo que iba a hacer. Para Tirifilo, entretanto, la tarea de darle vueltas a saltos había pasado a ser incómoda. No podía estarse así todo el tiempo. Se decidió a atacar dando un formidable salto hacia delante, como para cortar a Carita en el hombro, pero éste se hizo a un lado a su vez, con otro salto muy liviano, y dejó pasar al gigantesco puma limpiamente.

–¡Así! –gritaron en la barra del mozo.

Tirifilo volviose con rapidez y repitió el ataque, esta vez al rostro, y Carita lo eludió con un salto hacia atrás, perdiéndose el chavetazo en el aire. Tirifilo repitió su reto:

–¡Entra, carajo!

Carita no atacó. Estaba visto que se guardaba. El maestro de siempre comenzó a sospechar que tenía un rival de vuelo. Volvió a la carga una y otra vez, y una y otra vez fue eludido. Si bien Tirifilo aventajaba a Carita en estatura, no le llevaba nada en astucia. El muchacho había resuelto pelearle de lejos. Tirifilo alcanzó luego a clavarle varios puntazos en la manta arrollada. Mientras más se esforzaba, menos parecía lograr. Carita comenzó a tantearlo. Confiado en el largo de sus brazos, Tirifilo se descuidaba un tanto después de saltar hacia adelante. En una de ésas, Carita contraatacó logrando cortarle el brazo izquierdo, cerca del hombro. La primera sangre, sangre de Tirifilo, comenzó a chorrear. Algunas gotas brillaron en el suelo. Las barras, cada una por razón contraria, miraban la sangre con sorpresa.

Tirifilo se enfureció, lanzando más injurias que ataques. Carita se le escapaba con una agilidad felina. Luego, Tirifilo calló. Los contrincantes comenzaron a jadear. El resuello de Tirifilo era violento. Producía un ruido ronco y agudo. Por poco rugía. Carita logró darle otro tajo en el antebrazo derecho, devolviéndole un chavetazo que falló. Las barras aullaron. Sólo la luna lucía impasible.

Tirifilo trató de serenarse y de tomar las cosas verdaderamente en serio. Estaba visto que ya no podría lucirse cortando a su placer a Carita y menos perdonándole. Jugó los brazos simulando contradictorios ataques y luego entró a fondo, logrando cortar a Carita en la boca.

–¡Ése es tajo que vale! –gritó uno de la barra adicta al maestro. Y agregó más fuerte–: ¡Ríndete, Carita! ¡Te va a matar!

Carita comenzó a beber su propia sangre, que del labio superior partido le chorreaba a la boca. El sabor de su sangre lo enfureció más, aturdiéndolo un poco, circunstancia que aprovechó Tirifilo para lanzarle nuevos chavetazos que lo hirieron en los hombros.

–¡Ríndete, Carita! –conminó de nuevo la voz.

La respuesta fue agacharse, saltar a un lado y otro, desviar la diestra armada de Tirifilo entrando de costado y darle un formidable puntazo en el rostro. Carita sintió el hueso del pómulo. Tirifilo rugió de dolor y las barras se excitaron a tal punto que alguien demandó calma a gritos.

El novato volvió al ataque pero el maestro, ya prevenido, lo paró en seco. Carita sintió que le desgarraba la camisa, a la altura del pecho. La chaveta cruzó de costado. Un poco más y lo habría muerto.

Carita se puso a dar saltos en torno a su enemigo, rehuyendo un entrevero. Trataba, mientras tanto, de pensar con claridad. La intimación al rendimiento le pareció un indicio de que la pelea estaba indecisa. Si bien la segunda vez lo había indignado, atacando como lo hizo, ahora veía que si continuaba entrando, Tirifilo acabaría por ganarle a pura dimensión de brazo, encajándole un chavetazo mortal. Entonces, debía volver a su táctica de pelearle de lejos, haciéndole el mayor número de tajos, cansándolo y desangrándolo hasta debilitarlo en tal forma que la tarea de rematar sería cuestión de tiempo. Tirifilo, con toda su experiencia de luchador, entendió bien lo que Carita se proponía. Desde el principio, trató de indignarlo para que entrara. Luego vio que no le hizo caso, pero más tarde se arrebató en forma que podía aprovechar. Ahora que Carita volvía a escurrírsele, entendió que llevaba las de perder si no terminaba pronto con el “vivo” y se lanzó al ataque. Lo perseguía de un lado a otro del campo, hasta tropezar con los miembros de las barras o alguna lata vieja. Carita retrocedía a saltos, lo esquivaba, no sin lanzarle un chavetazo alguna vez. Los brazos de Tirifilo se iban llenando de heridas. Y parecía que Carita siempre le iba a quedar lejos.

–¡No corras, hijo de puta! –gritó Tirifilo.

En su voz había un acento de contenida desesperación.

Le daba rabia no poder acabar con ese rival novato, de sorprendente agilidad, que no sólo iba a dar al traste con su prestigio de chavetero sino que le podía quitar la vida. Habiendo abandonado la idea de lucirse con él y perdonarlo hacía mucho rato, resultaba que ahora tampoco podía matarlo. El gigantesco puma bufaba lanzando chavetazos de frente y de costado, sin lograr herir a Carita. Había sangre en los aceros y en los cuerpos, pero la sangre de Tirifilo corría más. En un momento en que éste se tiró a fondo como para atravesar a Carita, fue esquivado en forma tal, que la chaveta del muchacho, quien hizo un quite agachado y lanzose hacia delante, le partió un muslo. Tirifilo volviose rápido para encontrar que Carita le pasaba por un lado, cortándole el molledo del brazo izquierdo. El maestro se detuvo, como si para él todo eso constituyera el colmo de la sorpresa. Luego reinició la terca persecución, resollando angustiadamente.

Comenzaba a clarear el día. Carita vio la congestionada faz de Tirifilo. De los ojos rabiosos salían lágrimas que dejaban un trazo brillante en una mejilla. En la otra, malherida, las lágrimas se confundían con la sangre. Carita vio también que en esos ojos estaba grabada la muerte, a fuego de odio y orgullo. Querían la muerte para Carita o Tirifilo mismo, pero nada menos.

Las barras se habían callado. El final ya parecía anunciarse, pero la derrota de Tirifilo se tenía aún por cosa increíble. Muchos esperaban que acertara haciendo un último esfuerzo. De algo habrían de servirle su gran valor, sus brazos larguísimos, su experiencia de años. Acaso terminaría por matar a Carita, pese a las malas condiciones en que estaba. Se había desangrado mucho, pero ninguna de sus heridas parecía mortal. La cuestión consistía en que resistiera. Aún podría atacar…

Es lo que trató de hacer Tirifilo. Pero no pudo persistir en el esfuerzo. Dio visibles muestras de debilidad. Sus saltos eran menos ágiles. El brazo de la manta aflojó mucho. Se hubiera dicho que perdía la guardia. El otro, se movía con poca agilidad al lanzar los chavetazos.

Confundido ya, insultó de nuevo a Carita, a la loca, como se vio luego:

–Entra, hijo de puta.

Carita saltó de un lado a otro, confundiendo más a su rival y midiendo la situación. De repente entró a fondo. Con el antebrazo enmantado, hizo a un lado el arma de Tirifilo y como la defensa de éste era floja, le clavó la chaveta en el pecho, empujándola con la palma de la mano ahuecada y sacándola luego inmediatamente, de modo que todo aquello pareció suerte de torería. Tirifilo derrumbose largo a largo y murió dando un rápido estertor.

Viendo las camisas blancas enrojecidas a trechos, uno comentó:

–Se han pintao la bandera peruana.

Carita se marchó hacia Malambo solo, la manta ensangrentada en una mano, la chaveta en la otra. Llegando al poblado, echó a andar por media calle, el paso vacilante, por poco sin fuerzas.

Cuando pasaba frente a la casa de Tirifilo, encontró a la mujer de éste, esperando a su marido en la puerta. Díjole entonces:

–Anda, recoge a tu negro, que no se levantará más…

Calle adelante, tropezó con dos policías. Pese a que caminaba con dificultad, llevaba en el rostro tal expresión de fiereza, y todo su continente rezumaba tanta disposición de lucha, así con la manta chorreando sangre y la chaveta lista, que los policías lo dejaron pasar, limitándose a seguirlo. Carita llegó por fin a la puerta de una botica, donde se desplomó gritando:

–Cúrenme.

La noticia fue recibida con incredulidad por los cronistas policiales. ¿Muerto a chaveta Tirifilo, el as de Malambo? Luego que la confirmaron viendo el cadáver en la morgue y entrevistando a Carita en el hospital, los diarios lucieron crónicas y reportajes a grandes titulares, durante muchos días.

El alma del pueblo vibró. Carita tenía en su favor, más allá de toda consideración de valor y victoria sobre el temible Tirifilo, el hecho de haber defendido a su madre. Valses criollos y marineras cantaron la hazaña. Un nuevo héroe popular había surgido. A la larga fue envuelto en una aureola de leyenda.

Cuando la Corte de Justicia vio el caso, Carita tenía ganada su causa en la opinión. Los magistrados consideraron la reyerta entre un negro y un mulato de Malambo como una clara cuestión de honor, un duelo de caballeros, y dictaron la sentencia correspondiente: tres años de prisión.

Los negros y mulatos de Malambo, de ordinario arrogantes, abombaron un tanto más el pecho al pasar por las calles de la Ciudad de los Reyes.