martes, 3 de octubre de 2023

La fuerza de Dios

Sherwood Anderson

 

El reverendo Curtis Hartman era pastor de la Iglesia Presbiteriana de Winesburg y había ocupado ese cargo durante más de diez años. Había cumplido los cuarenta y era silencioso y reservado por naturaleza. Predicar en el púlpito delante de la gente le costaba un esfuerzo ímprobo y desde el miércoles por la mañana al sábado por la tarde no pensaba en otra cosa que en los dos sermones que tenía que pronunciar el domingo. A primera hora de la mañana del domingo subía a su pequeño estudio en el campanario de la iglesia y rezaba. En sus oraciones siempre dominaba la misma nota: “Oh, Señor, dame fuerzas y valor para trabajar para ti”, imploraba arrodillado en el austero suelo y con la cabeza gacha ante la tarea que le esperaba.

El reverendo Hartman era alto y tenía la barba castaña. Su esposa, una mujer fornida y nerviosa, era la hija de un fabricante de ropa interior de Cleveland, Ohio. El pastor era un hombre muy popular en el pueblo. A los presbíteros de la iglesia les gustaba porque era callado y sencillo, y la señora White, la mujer del banquero, lo consideraba erudito y refinado.

La Iglesia Presbiteriana estaba un tanto al margen de las demás iglesias de Winesburg. Era mayor y más imponente y su pastor estaba mejor pagado. Incluso tenía su propio coche y las tardes de verano iba a pasear por el pueblo con su mujer. Recorría la calle Mayor e iba arriba y abajo por la calle Buckeye saludando a la gente con gravedad mientras su mujer, llena de secreta vanidad, lo miraba alarmada por el rabillo del ojo por si el caballo se asustaba y salía desbocado.

Durante mucho tiempo desde su llegada a Winesburg, a Curtis Hartman le fueron bien las cosas. No despertaba grandes entusiasmos entre los feligreses de su iglesia, pero tampoco se granjeaba enemigos. En realidad, sufría mucho y tenía largos periodos de remordimiento por no ser capaz de salir a predicar la palabra de Dios por todos los callejones del pueblo. Se preguntaba si la llama de la fe ardía realmente en su interior y soñaba con el día en que una poderosa corriente arrastrara su voz y su alma y la gente temblara ante el espíritu de Dios puesto de manifiesto a través de él. “Soy un pobre hombre y eso no sucederá nunca –pensaba con desánimo, y una paciente sonrisa iluminaba sus rasgos–. Aunque, después de todo, supongo que tampoco lo hago tan mal”, añadía filosóficamente.

El estudio del campanario de la iglesia, donde el pastor rezaba los domingos por la mañana para que Dios le diera fuerzas, tenía sólo una ventana. Era larga y estrecha y se abría hacia fuera con una bisagra igual que una puerta. La vidriera estaba hecha de pequeños paneles emplomados y representaba a Cristo poniendo la mano sobre la cabeza de un niño. Un domingo por la mañana, cuando estaba sentado a su escritorio con una enorme Biblia abierta delante de él, y las cuartillas de su sermón esparcidas por ahí, el pastor se sorprendió al ver, en la habitación del piso de arriba de la casa de al lado, a una mujer tumbada en la cama y fumando un cigarrillo mientras leía un libro. Curtis Hartman se acercó de puntillas a la ventana y la cerró con cuidado. Le horrorizaba la idea de que una mujer pudiera fumar y temblaba también al pensar que sus ojos, justo después de leer las páginas del libro de Dios, se hubiesen posado sobre los hombros desnudos y el blanco cuello de una mujer. Con la cabeza dándole vueltas, descendió al púlpito y predicó un largo sermón sin pararse a pensar en sus gestos o en su voz. El sermón atrajo la atención de todos por su claridad y su fuerza. “Quisiera saber si me estará escuchando, si mi voz estará llevando un mensaje a su alma”, pensó y empezó a abrigar la esperanza de que, otros domingos por la mañana, pudiera pronunciar palabras capaces de conmover y despertar a aquella mujer que aparentemente se había dejado arrastrar por un pecado secreto.

En la casa vecina a la Iglesia Presbiteriana, donde el pastor había visto por la ventana la escena que tanto le había perturbado, vivían dos mujeres: la tía Elizabeth Swift, una viuda entrecana de aspecto imponente que tenía dinero en el Winesburg National Bank, y su hija Kate Swift, una maestra de escuela. La maestra tenía treinta años y una figura muy esbelta. Tenía pocos amigos y era famosa por su lengua afilada. Cuando empezó a pensar en ella, Curtis Hartman recordó que había estado en Europa y había vivido dos años en Nueva York. “Después de todo, tal vez no tenga tanta importancia que fume”, pensó. Recordó también que, cuando era estudiante en la Universidad y leía alguna que otra novela, había mujeres buenas, aunque un tanto mundanas, que fumaban. Con un nuevo impulso de determinación trabajó toda la semana en su sermón y olvidó, llevado por su celo de llegar a los oídos de su nueva oyente, tanto su vergüenza en el púlpito como la necesidad de rezar en su estudio los domingos por la mañana.

La experiencia del reverendo Hartman con las mujeres era más bien limitada. Era hijo de un constructor de carruajes de Muncie, Indiana, y había trabajado para pagarse los estudios. La hija del fabricante de ropa interior se alojaba en la pensión en que había vivido durante sus días de estudiante y, tras un cortejo prolongado y formal en el que ella había tomado siempre la iniciativa, había acabado casándose con ella. El día de su boda, el fabricante de ropa interior le había entregado a su hija cinco mil dólares y había prometido dejarle al menos el doble en su testamento. El pastor se creía afortunado al contraer aquel matrimonio y jamás se había permitido pensar en otras mujeres. No quería pensar en otras mujeres. Lo único que quería era trabajar para el Señor seria y calladamente.

En el alma del pastor se produjo un conflicto. De desear llegar a los oídos de Kate Swift y profundizar en su alma a través de sus sermones, pasó a desear volver a ver la figura tumbada y silenciosa sobre la cama. El domingo por la mañana, como no podía dormir debido a sus pensamientos, se levantó y salió a pasear por las calles. Después de recorrer la calle Mayor casi hasta la casa de los Richmond, se detuvo, cogió una piedra y volvió a toda prisa al estudio del campanario. Con la piedra rompió una esquina de la vidriera y luego cerró la puerta con llave y se sentó a su escritorio delante de la Biblia abierta. Cuando se levantó la persiana de la habitación de Kate Swift pudo ver su cama a través del agujero, pero ella no estaba allí. Kate también se había levantado y había salido a pasear, y la mano que había levantado la persiana era la de la tía Elizabeth Swift. El pastor casi lloró de alegría por haberse librado del deseo carnal de “espiar” y volvió a su casa alabando al Señor. Pero, en mala hora, olvidó tapar el agujero de la ventana. El trozo de cristal roto en la esquina de la vidriera estaba justo a la altura del talón desnudo del niño que contemplaba inmóvil y con ojos arrobados el rostro de Cristo.

Ese domingo por la mañana, Curtis Hartman olvidó su sermón. Habló a su congregación y en su prédica dijo que era un error que la gente pensara que su pastor era un hombre aparte y capaz por naturaleza de llevar una vida intachable. “Por propia experiencia sé que los ministros de Dios estamos sujetos a las mismas tentaciones que os asaltan a vosotros –afirmó–. Yo también he sido tentado y he sucumbido a la tentación. Sólo la mano de Dios me ha ayudado a levantarme. E, igual que me ha ayudado a mí, os ayudará a vosotros. No desesperéis. Cuando cometáis un pecado, alzad la vista al cielo y os salvaréis una y otra vez”.

El pastor apartó con firmeza de su imaginación el recuerdo de aquella mujer y empezó a portarse como una especie de enamorado con su mujer. Una noche cuando paseaban juntos desvió el caballo al llegar a la calle Buckeve y en la oscuridad de Gospel Hill, más allá de los depósitos de agua, le pasó el brazo por la cintura a Sarah Hartman. Cuando desayunaba por la mañana e iba a retirarse a su despacho en la parte de atrás de la casa, daba la vuelta a la mesa y besaba a su mujer en la mejilla. Cada vez que el recuerdo de Kate Swift acudía a su memoria, sonreía y alzaba la mirada al cielo. “Intercede por mí, Señor –murmuraba–, guíame por el buen camino para llevar a cabo tus obras”.

Entonces empezó el verdadero conflicto en el alma del pastor de barba castaña. Por casualidad, descubrió que Kate Swift tenía la costumbre de tumbarse en la cama por las noches a leer un libro. En la mesilla, junto a la cama, había una lámpara y la luz bañaba sus blancos hombros y su cuello desnudo. La tarde que hizo aquel descubrimiento el pastor estuvo sentado en el escritorio de su despacho desde las nueve hasta más de las once y, cuando la joven apagó la luz, salió tambaleándose de la iglesia y pasó otras dos horas paseando y rezando por las calles. No quería besarle los hombros y el cuello a Kate Swift y jamás habría permitido que su imaginación concibiese semejantes ideas. No sabía lo que quería. “Soy un hijo de Dios y ´Él debe salvarme de mí mismo”, gritó en la oscuridad bajo los árboles mientras deambulaba por las calles. Se detuvo junto a un árbol y miró al cielo, que estaba cubierto de nubes presurosas. Empezó a hablarle íntimamente a Dios. “Por favor, Padre, no me olvides. Dame fuerzas para arreglar mañana el agujero de la ventana. Vuelve mi vista al cielo. Quédate conmigo, tu siervo, en esta hora de necesidad”.

El pastor estuvo paseando calle arriba y abajo y su alma siguió angustiada días y semanas. No alcanzaba a comprender la tentación que le asediaba ni la razón de que se hubiera producido. En cierto sentido, empezó a culpar a Dios, diciéndose que él se había esforzado por seguir el camino recto y no había salido a buscar el pecado. “Toda mi juventud y mi vida me he consagrado discretamente a mi trabajo –afirmaba–. ¿Por qué he de ser tentado ahora? ¿Qué es lo que he hecho para que me caiga esta carga encima?”.

Aquel otoño e invierno Curtis Hartman salió tres veces a hurtadillas de su casa para ir a sentarse en la oscuridad en la habitación del campanario y contemplar la figura de Kate Swift tumbada en su cama y luego deambular y rezar por las calles. No acertaba a comprenderse a sí mismo. Pasaba semanas sin pensar apenas en la maestra de escuela y diciéndose que había vencido el deseo carnal de ver su cuerpo. Y luego ocurría algo. Estaba en el despacho de su casa concentrado en escribir un sermón y de pronto lo embargaba una especie de nerviosismo y empezaba a dar vueltas por la habitación. “Saldré a pasear por la calle –se decía, e incluso mientras abría la puerta de la iglesia seguía negándose a sí mismo la verdadera causa que lo había llevado hasta allí–. No repararé el agujero de la vidriera y me obligaré a venir aquí por las noches y a sentarme en presencia de esa mujer sin levantar la mirada. No seré derrotado. El señor ha ideado esta tentación para poner a prueba la rectitud de mi alma y debo buscar la luz de la virtud a tientas en la oscuridad”.

Una noche de enero en que hacía mucho frío y la nieve cubría las calles de Winesburg, Curtis hizo su última visita a la habitación del campanario. Eran más de las nueve cuando salió de su casa y lo hizo con tanta precipitación que olvidó ponerse los chanclos. En la calle Mayor no había nadie a excepción de Hop Higgins, el sereno, y en todo el pueblo no quedaba nadie despierto salvo el sereno y el joven George Willard, que estaba en las oficinas del Winesburg Eagle tratando de escribir un relato. El pastor recorrió las calles abriéndose paso entre la nieve y pensando que esta vez cedería al pecado. “Quiero mirar a esa mujer y pensar en besarle los hombros. Esta vez pensaré lo que me venga en gana”, afirmó con amargura y los ojos se le llenaron de lágrimas. Empezó a darle vueltas a la idea de abandonar el ministerio y dedicarse a otra cosa. “Iré a alguna ciudad y me dedicaré a los negocios –se dijo–. Si mi naturaleza me empuja hacia el pecado, me rendiré a él. Al menos no seré un hipócrita que predica la palabra de Dios mientras piensa en los hombros y el cuello de una mujer que no le pertenece”.

Esa noche de enero hacía frío en el campanario de la iglesia y, nada más entrar en la habitación, Curtis Hartman supo que, si se quedaba, enfermaría. Tenía los pies húmedos de andar por la nieve y no había lumbre encendida. En la habitación de la casa de al lado, Kate Swift no había aparecido todavía. Con lúgubre determinación, el hombre se sentó a esperar. Sentado en la silla y aferrado al borde de la mesa donde reposaba la Biblia, siguió con la mirada fija en la oscuridad mientras lo asediaban las ideas más negras que había pensado en toda su vida. Pensó en su mujer y, por un momento, casi sintió odio por ella. “Siempre le ha avergonzado la pasión y me ha estafado –pensó–. Un hombre tiene derecho a esperar pasión y belleza de una mujer. No tiene derecho a olvidar que es un animal, y en mí hay algo griego. Repudiaré a esa mujer y buscaré a otras. Cortejaré a esa maestra de escuela. Huiré de todo el mundo y, si soy una criatura de apetitos carnales, viviré para mis apetitos”.

El hombre, enloquecido, temblaba de pies a cabeza, en parte por el frío y en parte por la lucha que se libraba en su interior. Pasaron las horas y sufrió un ataque de fiebre. Empezó a dolerle la garganta y los dientes le castañeaban. Tenía los pies como dos trozos de hielo. Aun así no se rindió. “Veré a esa mujer y pensaré cosas que nunca me había atrevido a pensar”, se dijo sujetándose al borde del escritorio mientras esperaba.

Curtis Hartman estuvo a punto de morir a causa de aquella noche de espera en la iglesia, pero lo que ocurrió también sirvió para mostrarle algo que él tomó por el camino que debía seguir en la vida. Las otras tardes que se había quedado esperando no había acertado a ver por el agujero de la vidriera más que la parte de la habitación ocupada por la cama. Había esperado en la oscuridad hasta que aparecía la mujer sentada en la cama con su camisón blanco. Después de encender la luz, se acomodaba apoyándose en los almohadones y leía un libro. A veces fumaba un cigarrillo. Lo único visible eran su cuello y sus hombros desnudos.

Esa noche de enero, después de estar a punto de morir de frío y de que su imaginación lo hubiese transportado dos o tres veces a una extraña región de fantasía, de modo que se vio obligado a hacer un ejercicio de voluntad para recobrar la conciencia, apareció Kate Swift. Se encendió la luz en la habitación de enfrente y el hombre miró fijamente la cama vacía. Luego, una mujer se arrojó desnuda delante de sus ojos. Boca abajo lloró y golpeó con los puños en la almohada. Tras un último acceso de llanto, se incorporó y, en presencia del hombre que había esperado para verla y pensar en aquella pecadora, empezó a rezar. A la luz de la lámpara, su figura, fuerte y delgada, recordaba a la figura del niño en presencia de Cristo que había en la vidriera emplomada.

Curtis Hartman nunca llegó a recordar cómo salió de la iglesia. Se levantó con un grito y empujó el pesado escritorio. La Biblia cayó al suelo con estrépito. Cuando se apagó la luz de la habitación de al lado, bajó dando tumbos por las escaleras hasta llegar a la calle. Corrió calle abajo hasta llegar a la puerta del Winesburg Eagle. Empezó a hablarle con incoherencia a George Willard, que estaba dando vueltas por la habitación inmerso en su propia lucha. “Los caminos del Señor son inescrutables –gritó entrando a toda prisa y cerrando la puerta tras de sí. Avanzó hacia donde estaba el joven con los ojos encendidos y la voz temblándole de fervor–. He visto la luz. Después de pasar diez años en este pueblo, Dios se ha manifestado ante mis ojos en forma de una mujer. –Bajó la voz y empezó a susurrar–. No lo comprendía. Lo que me parecía una prueba para mi alma era solo la preparación para un nuevo y más hermoso fervor del espíritu. Dios se me ha aparecido en la forma de Kate Swift, la maestra de escuela, arrodillada desnuda en su cama. ¿Conoces a Kate Swift? Puede que ella lo ignore, pero es un instrumento del Señor, y portadora de un mensaje de verdad”.

El reverendo Curtis Hartman se dio la vuelta y salió corriendo de la oficina. Al llegar a la puerta se detuvo, y, después de mirar hacia la calle, se volvió una vez más hacia George Willard. “He sido liberado. No temas. –Alzó el puño ensangrentado para que el joven lo viera–. Rompí el cristal de la ventana –exclamó–. Ahora tendrán que reemplazarlo. La fuerza de Dios me poseyó y lo rompí de un puñetazo”.

 

El registro

Baldomero Lillo

 

La mañana es fría, nebulosa, una fina llovizna empapa los achaparrados matorrales de viejos boldos y litres raquíticos. La abuela, con la falda arremangada y los pies descalzos, camina a toda prisa por el angosto sendero, evitando en lo posible el roce de las ramas, de las cuales de escurren gruesos goterones que horadan el suelo blando y esponjoso del atajo. Aquella senda es un camino poco frecuentado y solitario que, desviándose de la negra carretera, conduce a una pequeña población distante legua y media del poderoso establecimiento carbonífero, cuyas construcciones aparecen de cuando en cuando por entre los claros del boscaje allá en la lejanía borrosa del horizonte.

A pesar del frío y de la lluvia, el rostro de la viejecilla está empapado en sudor y su respiración es entrecortada y jadeante. En la diestra, apoyado contra el pecho, lleva un paquete cuyo volumen trata de disimular entre los pliegues del raído pañolón de lana.

La abuela es de corta estatura, delgada, seca. Su rostro, lleno de arrugas con ojos oscuros y tristes, tiene una expresión humilde, resignada. Parece muy inquieta y recelosa, y a medida que los árboles disminuyen hácese más visible su temor y sobresalto.

Cuando desembocó en la linde del bosque, se detuvo un instante para mirar con atención el espacio descubierto que se extendía delante de ella como una inmensa sábana gris, bajo el cielo pizarroso, casi negro en la dirección del noreste.

La llanura arenosa y estéril estaba desierta. A la derecha, interrumpiendo su monótona uniformidad, alzábanse los blancos muros de los galpones coronados por las lisas techumbres de zinc relucientes por la lluvia. Y más allá, tocando casi las pesadas nubes, surgía de la enorme chimenea de la mina el negro penacho de humo, retorcido, desmenuzado por las rachas furibundas del septentrión. La anciana, siempre medrosa e inquieta, después de un instante de observación pasó su delgado cuerpo por entre los alambres de la cerca que limitaba por ese lado los terrenos del establecimiento, y se encaminó en línea recta hacia las habitaciones. De vez en cuando se inclinaba y recogía la húmeda chamiza, astillas, ramas, raíces secas desparramadas en la arena, con las que formó un pequeño hacecillo que, atado con un cordel, se colocó en la cabeza.

Con este trofeo hizo su entrada en los corredores, pero las miradas irónicas, las sonrisas y las palabras de doble sentido que le dirigían al pasar, le hicieron ver que el ardid era demasiado conocido y no engañaba a los ojos perspicaces de las vecinas.

Pero, segura de la reserva de aquellas buenas gentes, no dio importancia a sus bromas y no se detuvo sino cuando se encontró delante de la puerta de su vivienda. Metió la llave en la cerradura, hizo girar los goznes y una vez adentro corrió el cerrojo.

Después de tirar en un rincón el haz de leña y de colocar encima de la cama cuidadosamente el paquete, se despojó del rebozo y lo suspendió de un cordel que atravesaba la estancia a la altura de su cabeza.

En seguida encendió el montoncillo de virutas y de carbón que estaba listo en la chimenea y sentándose al frente en un pequeño banco, esperó. Una llama brillante se levantó del fogón e iluminó el cuarto en cuyos blancos muros desnudos y fríos se dibujó la sombra angulosa y fantástica de la abuela. Cuando el calor fue suficiente, puso sobre los hierros la tetera con agua para el mate y yendo hacia la cama desenvolvió el paquete y colocó su contenido, una libra de hierba y otra de azúcar, en un extremo del banco donde ya estaba el pocillo de loza desportillado y la bombilla de lata.

Mientras el fuego chisporrotea la anciana acaricia con sus secos dedos la hierba fina y lustrosa de un hermoso color verde, deleitándose de antemano con la exquisita bebida que su gaznate de golosa está impaciente de saborear.

Sí, hacía ya mucho tiempo que el deseo de paladear un mate de aquella hierba olorosa y fragante era en ella una obsesión, una idea fija de su cerebro de sexagenaria. Pero cuán difícil le había sido hasta entonces procurarse la satisfacción de aquel apetito, su vicio, como ella decía; pues su nietecillo José, portero de la mina, ganaba tan poco, treinta centavos apenas, lo indispensable para no morirse de hambre. ¡Y era el chico su único trabajador!

Mientras la hierba del despacho era tan mediocre y tenía tan mal gusto, allá en el pueblo había una finísima, de hoja pura y tan aromática que con sólo recordarla se le hacía agua la boca. Pero costaba tan caro ¡Cuarenta centavos la libra! Es verdad que por la del despacho pagaba el doble, pero el pago lo hacía con fichas o vales a cuenta del salario del pequeño, en tanto que para adquirir la otra era necesario dinero contante y sonante.

Mas, no era esa sola la única dificultad. Existía también la prohibición estricta para todos los trabajadores de la mina de comprar nada, ni provisiones, ni un alfiler, ni un pedazo de tela fuera del despacho de la Compañía. Cualquier artículo que tuviera otra procedencia era declarado contrabando y confiscado en el acto, siendo penadas por las residencias con la expulsión inmediata del contrabandista.

Durante largos meses fue atesorando centavo por centavo en un rincón de la cama, bajo el colchón, la cantidad que le hacía falta. Cuidando que su nieto tuviese lo necesario, privábase ella de lo indispensable y, poco a poco, el montoncillo de monedas de cobre fue aumentando hasta que por fin la suma reunida era no sólo suficiente para comprar una libra de hierba, sino también un poco de azúcar, de aquella blanca y cristalina que en el despacho no se veía nunca.

Mas, ahora venía lo difícil. Ir hasta el pueblo, efectuar la compra y luego volverse sin despertar las sospechas de los celadores, que como Argos con cien ojos vigilaban las idas y venidas de las gentes. Se atemorizaba. Perdía todo su valor. ¿Qué sería de ella y del niño en aquel invierno que se presentaba tan crudo si acaso la arrojaban del cuarto, dejándola sin pan ni techo donde cobijarse?

Pero el dinero estaba ahí, tentándola, como diciéndole: –Vamos, tómame, no tengas miedo.

Escogió un día de lluvia en que la vigilancia era menor y, muy temprano, en cuanto el pequeño hubo partido a la mina, cogió las monedas, echó llaves a la puerta, y se internó en el llano, llevando el rollo de cuerdas que le servía para atar los haces de leña que iba a recoger de vez en cuando en el bosque.

Mas, una vez que se hubo alejado lo bastante, salvó la cerca de alambres y tomó el estrecho sendero que, evitando el largo rodeo de la carretera, llevaba en línea recta hacia el pueblo. La distancia era larga, muy larga para sus pobres y débiles piernas; pero la recorrió sin grandes fatigas gracias a la suave temperatura y a la excitación nerviosa que la poseía.

No fue así la vuelta. El camino le pareció áspero, interminable, teniendo que detenerse a ratos para tomar aliento. Luego, experimentaba una gran zozobra por la realización de aquel delito al cual su conciencia culpable daba proporciones inquietantes.

La burla de la temida prohibición de hacer compras fuera del despacho la sobrecogía como la consumación de un robo monstruoso. Y a cada instante le parecía ver tras un árbol la silueta amenazadora de algún celador que se echaba repentinamente sobre ella y le arrancaba a tirones el cuerpo del delito.

Varias veces estuvo tentada de tirar el paquete comprometedor a un lado del camino para librarse de aquella angustia, pero la aromática fragancia de la hierba que a través de la envoltura acariciaba su olfato la hacía desistir de poner en práctica una medida tan dolorosa. Por eso cuando se encontró a solas dentro de la estancia, libre de toda mirada indiscreta, la acometió un acceso de infantil alegría.

Y mientras el agua pronta a hervir dejaba escapar el runrún que precede de la ebullición, la abuela con las manos cruzadas en el regazo seguía con la vista las tenues volutas de vapor que empezaban a escaparse por el curvo pico de la tetera.

A pesar del cansancio atroz de la larguísima caminata, experimentaba una dulce sensación de felicidad. Iba por fin a saborear de nuevo los exquisitos mates de antaño, los mismos que eran su delicia cuando aún existían aquellos que le fueron arrebatados por esa insaciable devoradora de juventud: la mina, que debajo de sus plantas, en el hondo de la tierra extendía la negra red de sus pasadizos, infierno y osario de tantas generaciones.

De improviso un recio golpe aplicado en la puerta la arrancó de sus meditaciones. Un terrible miedo se apoderó de ella y maquinalmente sin darse cuenta casi de lo que hacía, tomó el paquete y lo ocultó debajo del banco. Un segundo golpe más recio que el primero seguido de una voz áspera e imperiosa que gritaba: ¡Abra, abuela, pronto, pronto! La sacó de su inmovilidad. Se levantó y descorrió el cerrojo.

El jefe del despacho y su joven dependiente fueron los primeros en transponer el umbral seguidos de cerca de dos celadores que llevaban a la espalda grandes sacos que depositaron en el suelo enladrillado. La anciana se había dejado caer sobre el banco.

Inmóvil, paralizada, miraba delante de sí con cara de idiota; y la boca entreabierta y la mandíbula caída revelaban el colmo de la sorpresa y del espanto. Apréciale que mientras su cuerpo se diluía, se achicaba hasta convertirse en algo pequeñísimo e impalpable, la imponente figura de aquel señor de barba rubia y retorcidos mostachos, envuelto en su lujoso abrigo, tomaba proporciones colosales, llenaba el cuarto, impidiendo toda tentativa para escurrirse y ocultarse.

Entretanto, el dependiente, un jovenzuelo avispado y ágil, ayudado por los celadores había empezado el registro. Después de tirar a un lado los cobertores de la cama, dar vueltas al colchón y palpar la paja por sobre la tela, abrieron el pequeño baúl y, uno por uno, fueron arrojando al centro del cuarto los harapos que contenía, haciendo equívocos comentarios sobre aquellas prendas, tan rotas y deshilachadas, que no había por dónde cogerlas. Luego hurgaron por los rincones, removieron de su sitio los escasos y miserables utensilios y de pronto se detuvieron mirándose a la cara desorientados.

El jefe, de pie delante de la puerta, en actitud severa y digna observaba los movimientos de sus subordinados sin despegar los labios.

El dependiente dirigiéndose a uno de los hombres le preguntó: –¿Estás seguro de haberla visto atravesar los alambrados?

El interpelado repuso: –Tan seguro, señor, como ahora lo estoy viendo a usted. Salía del atajo y apostaría diez contra uno a que venía del pueblo.

Hubo un pequeño silencio que la voz breve del jefe interrumpió: –Bueno, regístrenla ahora a ella.

Mientras los dos hombres cogían de los brazos a la anciana y la sostenían en pie, el jovencillo efectuó en un instante la odiosa operación.

–No tiene nada –dijo, enjugándose las manos que se le habían humedecido al recorrer los pliegues de la ropa mojada.

Y todo habría terminado felizmente para la abuela si el mozo en su afán de no dejar sitio sin registrar no se hubiera acercado a la banca y mirado debajo.

Apenas se hubo inclinado cuando su irguió dirigiendo hacia el patrón su mirada radiante de júbilo.

–¡Vea dónde lo tenía, señor, esta vieja de los diablos!

El patrón ordenó secamente: –Llévese eso y retírense.

Cuando el dependiente y los celadores hubieron salido, el jefe contempló un instante la ruin y miserable figura de la anciana encogida y hecha un ovillo en el asiento y luego tomando un aspecto imponente adelantó algunos pasos y con voz severa la increpó:

–Si no fuera usted una pobre vieja ahora mismo la hacía desocupar el cuarto, arrojándola a la calle. Y esto, en conciencia, sería lo justo, pues usted lo sabe muy bien abuela, que comprar algo fuera del despacho es un robo que se hace a la Compañía. Por ahora y por ser la primera vez se la perdono, pero para otra ocasión cumpliré estrictamente con mi deber. Quédese con Dios y pídale que le perdone este pecado tan deshonroso para sus canas.

La abuela se quedó sola. Su pecho desbordaba henchido de gratitud por la bondad del patrón y hubiera caído de rodillas a sus plantas si la sorpresa y el temor no la hubieran paralizado. Sin levantarse del asiento se volvió hacia la chimenea e inclinó la cabeza pesadamente.

Afuera el mal tiempo aumenta por grados; algunas ráfagas entreabren la puerta y avivan el fuego moribundo, arremolinando sobre la nuca de la viejecilla las grises y escasas guedejas que ponen al descubierto su cuello largo y delgado con la piel rugosa adherida a las vértebras.

 

lunes, 2 de octubre de 2023

Victorias inmortales

Rodolfo Luna

 

Aracné se tenía por la mejor tejedora, no sólo de la tierra sino también del cielo. Palas consideró tal orgullo digno de pena y para mostrar el error elaboró una tela, tan espléndida como amenazadora. En la obra aparecían castigos impuestos por los habitantes del Olimpo a desgraciados humanos. Su adversaria tejió en respuesta otro prodigio aún más impresionante donde enlistaba culpas de los altos dioses. Sobrepujada, la Señora de la Guerra golpeó a la mujer y ésta corrió a ahorcarse. Palas la condenó a vivir perpetuamente suspendida, deforme y miserable. Pero el mayor triunfo de la artista sobre la deidad se dio cuando, convertida ya en un diminuto monstruo de ocho patas, Aracné volvió a tejer.

 

La chica de Nueva Inglaterra

Sherwood Anderson

 

Se llamaba Elsie Leander y había pasado su infancia en la granja de su padre, en Vermont. Los Leander llevaban varias generaciones viviendo en esa misma granja y se habían casado con mujeres delgadas y por eso ella también era delgada. La granja estaba situada en la sombra de una montaña, en un suelo no demasiado fértil. Desde el principio y durante varias generaciones, en la familia habían nacido muchos hijos, pero muy pocas hijas. Por lo general, los hombres emigraban al Oeste o a Nueva York, y las mujeres tenían que resignarse a quedarse en casa, pensando lo que piensan las mujeres de Nueva Inglaterra que ven partir, uno a uno, a los hijos de los vecinos de sus padres.

La de su padre era una pequeña casa de madera. Saliendo por la puerta de atrás, tras pasar un pequeño granero y un gallinero, se llegaba a un sendero por el que se accedía a la ladera de una colina y a un huerto. En aquel lugar todos los árboles eran retorcidos y nudosos. Detrás del huerto, la colina se desplomaba y surgían las desnudas rocas.

En el patio, una gran roca gris se levantaba del suelo. Mientras Elsie estaba sentaba apoyada en la roca, con la colina devastada a sus pies, podía divisar las enormes montañas que parecían estar a escasa distancia. Entre ella y las montañas había pequeños campos rodeados por unos cuantos muros de piedra. Había rocas por todas partes; las de mayor tamaño, imposibles de mover debido a su elevado peso, surgían del centro de los campos. Los campos parecían tazas llenas de un líquido verde que se volvía gris en otoño y blanco en invierno. Las enormes montañas, perdidas en la lejanía pero aparentemente al alcance de la mano, parecían gigantes dispuestos a alargar en cualquier momento el brazo, llevarse las tazas y beberse el líquido. Los pulgares de los gigantes eran las grandes rocas que poblaban los campos.

Elsie era la menor de tres hermanos. Ninguno vivía ya en la granja. Los dos más jóvenes se habían ido al Oeste a vivir con su tío y el mayor se había marchado a Nueva York, allí se casó y prosperó. El padre de Elsie había tenido que hacer frente a una vida sembrada de dificultades, pero el hijo que vivía en Nueva York había empezado a enviarle dinero y, desde entonces, las cosas iban mejor. El hombre seguía trabajando cada día en el granero o en los campos, pero su futuro ya no era su principal preocupación. Por las mañanas, la madre de Elsie se ocupaba de las tareas del hogar; por las tardes, sentada en la mecedora de su diminuta sala de estar, cosía manteles y fundas para sillas mientras pensaba en sus hijos. Era una mujer de pocas palabras, extremadamente delgada y con unas manos huesudas muy finas. La madre no se sentía cómoda en la mecedora, se levantaba y sentaba continuamente, y cuando cosía, su espalda estaba tan recta y firme que parecía la espalda de un general.

La madre apenas hablaba con su hija. A veces, por las tardes, cuando la joven subía a la colina para sentarse en su roca del huerto, su padre salía del granero. Poniéndole la mano sobre el hombro, le preguntaba a dónde iba. –A la roca–, respondía ella. Al padre la respuesta le hacía gracia y se reía; su risa era como el crujir de las bisagras oxidadas de la puerta del granero y la mano que ponía sobre sus hombros era de una delgadez similar a la de Elsie o a la de su madre. El hombre volvía al granero sacudiendo la cabeza. –Es igualita a su madre. Ella también es como una roca–, pensaba. Al final del sendero que iba de la casa al huerto había grandes arbustos de bayas rojas. El granjero de Nueva Inglaterra tenía por costumbre salir del granero para ver caminar a su hija por aquel sendero, hasta verla desaparecer detrás de los arbustos. El padre se quedaba oteando el horizonte, él también se quedaba mirando los verdes campos y las sombrías montañas. En esos momentos, de forma casi imperceptible, se endurecían los músculos de su desgastado cuerpo. Allí se quedaba un buen rato, pensando en silencio. Luego, sabiendo por experiencia que no es bueno pensar demasiado, volvía al granero donde se entretenía arreglando alguna herramienta que ya había arreglado quién sabe cuántas veces.

El hijo de los Leander que se fue a vivir a Nueva York era padre de un hijo, un chico delgado y sensible que se parecía a Elsie. El joven murió a los veintitrés años, su padre murió pocos años después y dejó todo su dinero a su familia de la granja de Nueva Inglaterra. Los otros dos hijos Leander, los que se habían marchado a vivir al Oeste, vivieron allí con el hermano del padre, un granjero, hasta su mayoría de edad. Will, el más joven, consiguió trabajo de maquinista. Perdió la vida una gélida mañana de invierno. Cuando el tren de carga que conducía salió de la ciudad de Des Moines, el chico tuvo que subir al techo de los vagones. Resbaló y murió en el acto. Ese fue su triste final.

De la nueva generación únicamente seguían con vida Elsie y Tom, el hermano mayor que nunca había llegado a conocer. Un día, sus padres comentaron la posibilidad de irse al Oeste para reunirse con su hijo. Tardaron dos años en tomar la decisión y otro más en vender la granja y hacer los preparativos correspondientes. Durante todo ese tiempo, Elsie no fue realmente consciente de los cambios que iba a sufrir su vida.

Para Elsie el viaje en tren hacia el Oeste fue como una inyección de adrenalina. A pesar de su aparente indiferencia hacia la vida, en aquel viaje se emocionó. Su madre se sentaba muy recta y muy firme en el asiento del coche-cama, y su padre no paraba de subir y bajar por el pasillo. La primera noche, la más joven de las dos mujeres no logró conciliar el sueño. Pasó la noche en vela, agarrada a las sábanas de su litera con las mejillas calientes mientras el tren atravesaba pueblos y ciudades, se elevaba por las faldas de las colinas y caía por los valles poblados por inmensos bosques. Al amanecer, se levantó, se vistió y se pasó el día mirando por la ventana, observando ese nuevo paisaje que desfilaba ante sus ojos. Durante otro día y una nueva noche en vela, el tren recorrió llanuras en las que cada campo era tan grande como cualquier granja de su tierra. Las ciudades iban y venían en continua procesión. El paisaje era tan diferente a todo lo que alguna vez había conocido que empezó a sentirse diferente. En el valle que la vio nacer y donde llevaba viviendo toda la vida todo parecía definitivo. Nada podía alterarse, nada podía cambiar. Los diminutos campos, rodeados por muros de piedras milenarias, parecían estar encadenados a la tierra. Los campos, al igual que las montañas que los custodiaban, eran tan monótonos como el paso del tiempo. Sentía que siempre había sido así, que siempre sería así.

Elsie se sentaba adoptando la misma posición que su madre, su espalda estaba tan recta y firme que parecía la espalda de un general. El tren atravesó a toda velocidad los estados de Ohio e Indiana. Sus delgadas manos, tan parecidas a las de su madre, estaban completamente atenazadas. Cualquier viajero que en esos momentos pasara por ahí podría haber pensado que aquellas dos mujeres eran prisioneras esposadas, encadenadas a sus asientos. Al caer la noche, Elsie volvía a meterse en su litera. Seguía sin poder dormir y sus mejillas seguían ardiendo, pero ahora pensaba en otras cosas. Ya no se agarraba tanto a las sábanas y sus manos estaban mucho más relajadas. Esa noche, se desperezó y bostezó un par de veces, algo que jamás había hecho antes. El tren tuvo que detenerse en un pueblo de las praderas. Se había detectado una pequeña avería en una de las ruedas del vagón y los mecánicos salieron con sus antorchas a reparar el daño. En el vagón se sintieron todo tipo de golpes y martillazos. Cuando se reanudó el viaje, a Elsie le entraron ganas de salir de la litera y correr por el pasillo del vagón. En su imaginación, los hombres que habían bajado a reparar la rueda eran nuevos hombres venidos de nuevas tierras y con sus martillos habían derribado las rejas de su cárcel. Acababa de destruir para siempre el plan que había diseñado para su vida.

Elsie estaba encantada de pensar que el tren seguía su camino hacia el Oeste. Deseaba que esa línea recta hacia lo desconocido durara toda la vida. Se imaginaba que salía del tren y se convertía en una criatura con alas que flotaba por el aire. Había pasado tantos años sentada junto a su roca de la granja de Nueva Inglaterra que se había acostumbrado a pensar en voz alta. Su débil voz rompía el silencio que reinaba en el coche-cama, y su padre y su madre, que tampoco podían conciliar el sueño, se sentaban en la litera para escuchar sus palabras.

Tom Leander, el último representante masculino de la nueva generación de los Leander, era un hombre no demasiado corpulento de cuarenta años. Llevaba veinte años casado con la hija de un granjero de los alrededores. La mujer heredó y la pareja se trasladó a la ciudad de Apple Junction, estado de Iowa. Allí Tom montó su propio negocio, un almacén de comestibles. El negocio prosperó, al igual que su vida matrimonial. Cuando falleció el hermano que vivía en Nueva York y su padre, madre y hermana decidieron trasladarse al Oeste, Tom ya era padre de una hija y cuatro hijos.

En las praderas del norte de la ciudad y en medio de inmensos campos de maíz, había una casa de ladrillo a medio construir propiedad de un adinerado granjero llamado Russell. Se suponía que esa casa iba a ser el lugar más espléndido de la región, pero, al poco de acabar las obras, Russell se quedó sin dinero, con deudas hasta el cuello. La granja, varios cientos de acres de tierra, se dividió en tres parcelas, y se puso a la venta. Nadie parecía interesado en aquella gigantesca casa de ladrillo inacabada. Estuvo varios años desocupada, medio abandonada, con las ventanas mirando hacia los campos que llegaban casi hasta la puerta.

Tom tenía dos motivos para adquirir la casa del granjero Russell. Sentía que en Nueva Inglaterra los Leander habían sido siempre magníficas personas. No tenía demasiados recuerdos de la casa de sus padres en aquel valle de Vermont, pero cuando hablaba con su esposa aquellos recuerdos parecían volver nítidamente a su memoria. –Los Leander siempre hemos sido gente respetable –decía con orgullo–. Vivíamos en una casa grande. Éramos gente importante–.

Tenía otro motivo para que su padre y su madre se sintieran como en casa. No era un hombre muy enérgico y si el almacén iba bien era principalmente por la desbordante energía de su esposa, una mujer poco interesada en su propio hogar y cuyos hijos, como los animalillos del bosque, debían buscarse la vida en todo momento. Eso sí, respecto al almacén nadie se atrevía a llevarle la contraria.

Tom sentía que si su padre se convertía en el propietario de aquella gigantesca casa, pasaría por un ciudadano respetable ante sus vecinos. –¿Sabes lo que te digo?, mi familia está acostumbrada a vivir en casas grandes –le decía a su mujer–. Te lo digo yo, mi familia está acostumbrada a vivir a lo grande.

 

* * *

Al llegar a los vacíos campos de Iowa, aunque parte de su efecto duró unos meses más, la exaltación que se había apoderado de Elsie en aquel tren se fue desvaneciendo poco a poco. La vida en esa enorme casa de ladrillo no era muy diferente a la de su pequeña casa de Nueva Inglaterra. Los Leander ocuparon tres o cuatro habitaciones de la planta baja de la casa. Semanas después, por tren de mercancías, llegaron a la ciudad sus muebles. Tom mandó traer una carreta de su almacén para ocuparse de la mudanza. Tres o cuatro acres de tierra estaban cubiertos por montones de tablas que el desafortunado granjero había intentado utilizar para construir establos. Tom pidió a sus empleados que se las llevaran para que su padre pudiera habilitar un jardín. La familia llegó al Oeste en abril y, en cuanto se instaló en su nuevo hogar, los hombres empezaron a cavar y plantar en los campos cercanos. La vida de Elsie volvió a caer en la rutina. Sin embargo, en ese nuevo lugar no había ningún huerto rodeado por vallas de piedras destrozadas. En esos campos, todas las vallas que se perdían en la inmensidad por el norte, sur, este u oeste estaban hechas de alambre y parecían telas de araña erguidas frente a los terrenos recién arados.

La casa merece un capítulo aparte. Era una especie de islote que surgía repentinamente del mar. Aunque parezca extraño, la casa, que no tenía ni diez años, tenía un aspecto bastante antiguo. La opulencia del hombre se reflejaba en sus enormes e innecesarias dimensiones. Elsie lo sentía. Por una puerta del ala este, se accedía a las escaleras de la parte superior de la casa –que se mantenía cerrada–. Para llegar hasta allí sólo hacía falta subir dos o tres peldaños de piedra. A Elsie le gustaba ir allí, sentarse en el último peldaño con la espalda apoyada contra la pared y otear el horizonte sin que nadie fuera a molestarla. A sus pies, los campos se perdían en la inmensidad. Aquellos campos eran como las olas del mar. Allí, los hombres se pasaban el día arando y plantando. Una procesión de caballos gigantes se desplazaba por las vastas praderas. Cada día, un joven que conducía seis caballos pasaba por delante de ella. Era fascinante. Los caballos se desplazaban inclinando la cabeza, sus pechos parecían los pechos de los gigantes. El suave aire primaveral que caía sobre los campos era como el mar. Los caballos, esos gigantes que caminaban por sus olas, se iban abriendo paso entre las aguas; el joven que los conducía era un gigante más.

 

* * *

En lo alto de las escaleras, completamente apoyada contra la puerta cerrada, Elsie podía escuchar trabajar a su padre en el jardín de la casa. El hombre se pasaba el día recogiendo con un rastrillo las malas hierbas. Llevaba toda la vida trabajando en un pequeño espacio y en su nuevo hogar no iba a cambiar sus costumbres. En ese gigantesco espacio abierto, el padre trabajaba con herramientas pequeñas, haciendo pequeñas cosas con sumo cuidado, plantando pequeñas verduras. En la casa, la madre cosía pequeños manteles. Elsie también era pequeña. Le gustaba apoyarse contra la puerta, intentando no ser vista. Lo único que no era pequeño era el sentimiento que a veces se apoderaba de ella, pero que nunca lograba definir en pensamientos concretos.

Los seis caballos pasaron delante de ella y el último quedó enredado en la alambrada. Tras soltar una sarta de improperios, el joven se dio la vuelta y se quedó mirando a la pálida mujer de Nueva Inglaterra. Al segundo, soltando otro improperio, tiró de los caballos y se perdió en la distancia. El terreno que estaba labrando debía de tener unos doscientos acres. Elsie no esperó su regreso, volvió a la casa y se sentó en la habitación con los brazos cruzados. Se imaginó que la casa era un barco flotando en el mar y que gigantes subían y bajaban por su lecho.

Los meses fueron pasando, primero mayo, luego junio. En aquellos enormes campos se seguía trabajando sin reposo y Elsie empezó a acostumbrarse a la presencia de aquel joven que pasaba delante de ella. Algunas veces, cuando conducía los caballos hasta la alambrada, el chico sonreía y la saludaba.

 

* * *

En agosto, la época más calurosa del año, en los campos de Iowa el maíz crece tanto que los tallos parecen árboles. En esa época, los campos de maíz se convierten en auténticos bosques. Cuando finaliza el cultivo del maíz, la espesa maleza crece entre las hileras de maíz, los hombres y sus caballos gigantes desaparecen y el silencio se vuelve a apoderar de los inmensos campos.

Aquel primer verano después de su llegada al Oeste, durante la época de la cosecha, Elsie sintió que su mente, parcialmente despierta por aquel extraño viaje en tren, volvía a despertar. Ya no se sentía como esa aburrida mujer con la espalda recta y firme como la de un general, sino más bien como alguien nuevo y extraño, tan extraño como aquella nueva tierra a la que se había ido a vivir. No sabía muy bien lo que le estaba pasando. En los campos, el maíz había crecido tanto que apenas podía divisar el horizonte. El maíz se había convertido en un muro y la pequeña parcela de tierra en la que se había construido la casa de su padre era como una casa construida detrás de los muros de una cárcel. Estuvo un rato deprimida, pensando que se había ido a vivir a aquellas vastas praderas del Oeste para sentirse aún más encerrada.

Le entraron ganas de hacer algo; se levantó, bajó tres o cuatro peldaños y se sentó casi a ras de suelo.

Se sintió inmediatamente liberada. No podía ver por encima del maíz pero sí por debajo. Las enormes hojas de maíz inundaban las hileras, esos largos túneles que se perdían en el infinito. La maleza que crecía de la tierra parecía una suave y verde alfombra. La luz se filtraba entre las hojas. Las hileras de maíz eran misteriosamente hermosas. Parecían cálidos pasillos que iban a dar a la vida. Elsie se levantó de los peldaños y, caminando tímidamente hacia la alambrada que la separaba del campo, puso su mano entre los alambres y cogió uno de los tallos. Por alguna razón, tras tocar ese joven y fuerte tallo y sostenerlo por un momento firmemente en sus manos, Elsie sintió miedo. Volvió rápidamente al peldaño, se sentó y se cubrió la cara con las manos. Le temblaba el cuerpo. Intentó imaginarse arrastrándose bajo la alambrada, perdiéndose por uno de esos inmensos pasillos. La idea de intentar ese experimento la fascinaba, pero también la aterrorizaba. Se levantó rápidamente y entró en la casa.

 

* * *

Un sábado de agosto, Elsie no conseguía conciliar el sueño. Era la primera vez que lograba definir sus pensamientos. Era una noche tranquila y calurosa y su cama estaba junto a la ventana. Su habitación era la única que los Leander ocupaban en el segundo piso de la casa. A medianoche, por el sur entraba una pequeña brisa, y allí, sentada en la cama, el lecho de tallos que divisaba en el horizonte era, bajo la luz de la luna, como el lecho del mar mecido por una suave brisa.

Del maíz surgió un susurro. Pensamientos y memorias se fueron despertando en su imaginación. Las enormes y suculentas hojas empezaban a secarse bajo el intenso calor de aquellos días de agosto. En la distancia, Elsie escuchó miles de voces gritar su nombre. Imaginó que aquellas voces eran las voces de unos niños. No tenían nada que ver con las de los hijos de su hermano Tom, esos animalillos ruidosos. Esas voces eran muy diferentes, parecían surgir de pequeñas criaturas de manos sensibles y grandes ojos que se iban arrastrando hasta sus brazos. Pensando en ello se puso muy nerviosa. Se sentó en la cama, cogió la almohada y se la puso en el pecho. En esos momentos le vino a la cabeza la imagen de su primo, aquel muchacho sensible y pálido que vivía con su padre en Nueva York y que había fallecido a los veintitrés años. Elsie parecía sentir su presencia en aquella habitación. Dejó caer la almohada y se quedó ahí sentada esperando, tensa, expectante.

Un año antes de su muerte, el joven Harry Leander había viajado hasta Nueva Inglaterra para visitar a su familia. Allí se quedó un mes y casi todas las tardes iba a sentarse con Elsie en la gran roca del huerto. Una tarde, tras permanecer ambos un buen rato en silencio, el joven empezó a hablar. –Quiero irme a vivir al Oeste –dijo–. Quiero irme a vivir al Oeste. Quiero crecer, ser un hombre –repitió con lágrimas en los ojos.

Se levantaron y emprendieron el camino de regreso a casa, Elsie caminaba en silencio junto a su primo. Ese instante representaba uno de los momentos más importantes de su vida. Un extraño deseo por algo que nunca antes había sentido en su vida se apoderó de ella. Caminaron en silencio por el huerto, pero al llegar al arbusto de bayas rojas su primo se detuvo y se dirigió hacia ella. –Quiero que me des un beso–, dijo con cierta ansiedad.

Elsie era un mar de dudas y esas mismas dudas parecieron contagiar a su primo. Tras esa repentina e inesperada petición, el chico se acercó tanto que su prima pudo sentir su aliento en las mejillas. El joven se avergonzó y las manos, que en un principio la agarraban con firmeza, empezaron a temblar. –Me gustaría ser más fuerte. Ojalá fuese más fuerte–, dijo tímidamente mientras se iba alejando por el camino.

Esa noche, en aquella nueva y extraña casa, en aquel islote perdido en medio de un mar de maíz, la voz de Harry Leander pareció levantarse por encima de las otras voces que salían de los campos. Elsie se levantó y empezó a dar vueltas bajo la tenue luz que entraba por la ventana. Su cuerpo tembló con violencia. –Quiero que me des un beso–, volvió a repetir la voz. Para hacerla callar y para hacer callar igualmente la voz que respondía en su interior, se arrodilló frente a su cama, volvió a coger la almohada y se cubrió la cara.

 

* * *

Todos los domingos, Tom Leander iba a visitar a sus padres con su mujer y sus hijos. La familia aparecía por allí sobre las diez de la mañana. Cuando el carro giraba por la carretera que pasaba por delante de la casa, Tom se ponía a gritar. Entre la casa y la carretera había un campo que impedía ver cómo el carro iba abriéndose camino entre el maíz. Cuando Tom se calmaba, del carro saltaba su hija Elizabeth, una adolescente de dieciséis años. Los niños salían corriendo hacia la casa en medio del maíz. Una serie de gritos histéricos sacudía la tranquilidad del lugar.

En cada una de sus visitas, Tom les traía a sus padres productos del almacén. Tras desenganchar el caballo y llevarlo al establo, él y su mujer empezaban a descargar los paquetes. Los cuatro hijos Leander desaparecían junto a su hermana en los campos, acompañados por dos o tres perros que habían estado siguiendo el carro desde la ciudad. De vez en cuando, dos o tres niños o algún joven de una granja vecina se unían al grupo. La cuñada de Elsie se deshacía de ellos con un simple gesto. Algo parecido hacía con Elsie. Cuando se encendía la estufa, el olor a comida invadía la casa. Elsie desaparecía de allí para irse a sentar en su peldaño. La algarabía de los chicos y el ladrido de los perros invadían los campos de maíz, tan tranquilos pocas horas antes.

La hija mayor de Tom Leander, Elizabeth, era como su madre, energía en estado puro. Como todas las mujeres de la familia de su padre, era alta y muy delgada, pero había heredado también la fuerza y la energía de su madre. Soñaba con parecerse a una de esas señoritas de la ciudad, pero cuando lo intentaba, sus hermanos, con su padre y su madre al frente, se reían de ella. –¡Qué aires de grandeza!–, le decían irónicamente. En cambio, cuando se iba al campo con sus cuatro hermanos y esos dos o tres chicos de las granjas de los alrededores, Elizabeth se convertía en un chico más del grupo: salía corriendo por los campos, chillaba histéricamente, y se iba a cazar conejos con los perros. A veces, algún joven de una granja vecina se sumaba al grupo. En esos casos, Elizabeth no sabía muy bien qué actitud tomar. Intentaba caminar con elegancia por las hileras, pero tenía miedo de que sus hermanos le tomaran el pelo. En su desesperación, era ella quien acababa causando un mayor alboroto. Gritaba, chillaba, corría, y cuando le daba por seguir a los perros, se arrastraba como una loca hasta rasgarse el vestido en las alambradas. Cuando algún conejo quedaba atrapado entre los alambres, salía corriendo y lo arrancaba para mantenerlo fuera del alcance de los perros. Mientras se divertía dándole vueltas por encima de la cabeza, la sangre del animal salpicaba su ropa.

El joven que había estado trabajando en verano en los campos a poca distancia de Elsie se enamoró de la joven Elizabeth. Los domingos por la mañana, cuando la familia de Tom aparecía por el lugar, él también se dejaba ver por los alrededores, aunque nunca entraba en la casa. Cuando los chicos y los perros irrumpían salvajemente en los campos, él también se unía al grupo. Era algo tímido y no quería que los chicos supieran el verdadero motivo de su visita, y cuando se quedaba a solas con Elizabeth, el chico se avergonzaba. Un día, caminaron juntos unos minutos. A su alrededor, en aquel bosque de maíz, corrían en círculos los chicos y los perros. El joven tenía algo que decir, pero cuando intentó encontrar las palabras se le secaron los labios y se le trabó la lengua. –¿Sabes? –empezó–, tú y yo podríamos…

Se quedó en blanco, Elizabeth se dio la vuelta y salió corriendo a buscar a sus hermanos, y durante el resto del día, no hubo manera de acercarse a ella. Cuando el muchacho volvió a unirse al grupo, la joven había pasado a ser su miembro más ruidoso. Había entrado en un frenético estado de excitación. Con la melena suelta, el vestido rasgado, las manos y mejillas arañadas y ensangrentadas, guio a sus hermanos hacia la interminable y salvaje persecución de conejos.

 

* * *

El domingo que siguió a la noche en blanco de Elsie Leander fue un día caluroso y nuboso. Aquella mañana no se sintió demasiado bien. A la llegada de los visitantes de la ciudad, se fue a sentar en su peldaño. Los chicos desaparecieron en los campos. De pronto, le entraron unas ganas tremendas de correr con ellos, de gritar y jugar entre las hileras de maíz. Se levantó y se dirigió hacia la parte trasera de la casa. Su padre estaba trabajando en el jardín, limpiando las malas hierbas que crecían entre las verduras. En el interior de la casa se podía escuchar el vaivén de su cuñada. En el porche, su hermano Tom se echaba la siesta junto a su madre. Elsie volvió a su peldaño, pero no tardó en volverse a levantar y dirigirse hacia la alambrada, allí donde empezaban los campos. Saltó con torpeza y dio unos pocos pasos por una de las hileras. Levantó la mano y tocó los firmes tallos y, entonces, cada vez más asustada, se dejó caer de rodillas en la alfombra de malezas que cubría el terreno. Así se quedó una hora, escuchando las remotas voces de los niños.

Se acercaba la hora de comer. Como de costumbre, su cuñada salió a la puerta y empezó a llamar a sus hijos. A lo lejos se escucharon los gritos de respuesta y los chicos empezaron a salir de los campos, saltaron la alambrada y llegaron dando gritos por el jardín. Elsie se levantó. Cuando se disponía a saltar la alambrada, escuchó ruidos entre el maíz. Era la joven Elizabeth Leander; a su lado, el joven que hacía sólo unos meses había plantado el maíz en esos mismos campos. Elsie pudo ver a la pareja caminando lentamente entre las hileras. Se notaba que había algo entre ellos. El joven se acercó un poco entre los tallos y le rozó la mano; la joven, riendo con torpeza, salió corriendo y saltó apresuradamente la alambrada. En sus manos sostenía el cuerpo destrozado de un conejo que acababa de ser degollado por los perros.

El muchacho se fue alejando y, en cuanto Elizabeth entró en la casa, Elsie saltó la alambrada. Su sobrina estaba en la puerta de la cocina sosteniendo el conejo por una de sus patas –la otra se la habían arrancado los perros–. Al ver a la mujer de Nueva Inglaterra, que parecía mirarla con total indiferencia, Elizabeth sintió vergüenza y entró rápidamente en la casa. Dejó tirado el conejo sobre la mesa del salón y salió corriendo de la habitación. La sangre del animal dejó un rastro sobre las delicadas flores de uno de los inmaculados manteles cosidos por la madre de Elsie.

Aquel domingo, la comida familiar transcurrió bajo un silencio sepulcral. Al acabar la cena, Tom ayudó a su mujer a fregar los platos y al terminar su faena salieron al porche a sentarse con los mayores. No tardaron en quedarse dormidos. Elsie volvió al otro lado de la casa para sentarse en su peldaño, pero, de repente, le entraron ganas de volver a los campos de maíz.

La mujer de treinta y cinco años entró en la casa y caminó de puntillas como una niña asustada. El cuerpo del conejo que yacía sobre la mesa del salón estaba frío y totalmente tieso, su sangre se iba secando sobre el inmaculado mantel. Elsie subió las escaleras, pero no fue a su habitación. Un espíritu aventurero se apoderó de ella. En la parte superior de la casa había muchas habitaciones, en algunas ni siquiera había cristales. Las ventanas se habían tapiado con unas tablas y por sus grietas penetraban pequeños rayos de luz.

Elsie subió las escaleras de puntillas, dejó atrás la habitación en la que dormía y se adentró en las demás habitaciones, cubiertas por una espesa capa de polvo. En aquel silencio pudo escuchar los ronquidos de su hermano, que dormía plácidamente en el porche. En algún lugar remoto se escuchaban los gritos estridentes de los niños. Poco a poco los gritos se fueron desvaneciendo. Se parecían a los gritos de niños que la habían llamado desde los campos la noche anterior.

Entonces le vino a la cabeza la impenetrable y silenciosa imagen de su madre sentada en el porche junto a su hijo, la imagen de su madre sentada viendo pasar los días. Se le hizo un nudo en la garganta. Quería algo, pero no sabía qué. Estaba asustada por su propio estado de ánimo. En una de las habitaciones sin ventana de la parte trasera de la casa, se había roto una tabla y un pájaro había quedado atrapado en su interior.

El pájaro se asustó ante la presencia de la mujer y empezó a revolotear por toda la habitación. El polvo que levantó su nervioso aleteo comenzó a flotar en el aire. Elsie permaneció inmóvil, igual de asustada, no tanto por la presencia del pájaro sino por la presencia de la vida. Ella también estaba atrapada. Ese pensamiento la atenazó. Le entraron ganas de huir hacia los campos, allí donde su sobrina Elizabeth caminaba con el joven, pero al igual que aquel pájaro ella también estaba atrapada. Se movía de un lado a otro, inquieta. El pájaro siguió revoloteando por la habitación. Se posó en el borde de la ventana, cerca del lugar donde se había roto la tabla. Elsie miró los asustados ojos del pájaro y el ave le devolvió la mirada. En ese instante, el pájaro salió por la ventana y echó a volar. Elsie dio media vuelta, bajó corriendo las escaleras y salió al patio. Saltó la alambrada y, con los hombros encorvados, se puso a correr por uno de los túneles.

Elsie echó a correr entre la inmensidad de los campos de maíz con un único deseo: quería salir de su vida y entrar en una nueva, en una existencia más dulce que debía estar escondida entre el maíz. Tras recorrer un buen trecho llegó a otra alambrada y volvió a arrastrarse. Su cabello, normalmente recogido, se soltó y cayó sobre sus hombros. Le ardían las mejillas y, por un momento, pareció mucho más joven, casi una niña. Saltó otra alambrada, rasgándose la parte delantera del vestido. Por un instante, sus diminutos pechos quedaron al descubierto. Elsie intentó disimular nerviosamente la rasgadura con las manos. En la lejanía, se escuchaban las voces de los niños y el ladrido de los perros. Amenazaba lluvia desde hacía ya unos días y el cielo empezaba a cubrirse de unos enormes nubarrones negros. Elsie siguió corriendo, acelerando el paso, a veces se paraba a escuchar y segundos después reanudaba su carrera, las hojas de maíz seco le rozaban los hombros y sobre su cabello caía una fina lluvia de polvo amarillo de las borlas del maíz. Su progreso iba acompañado por un constante crujido. El polvo formaba una corona de oro en su cabeza. Un sonido seco, parecido al gruñido de perros gigantes, retumbó en el cielo.

La idea de que jamás podría salir del campo en el que por fin había logrado aventurarse se apoderó de Elsie. Sintió un dolor agudo por todo el cuerpo. Entonces se vio obligada a parar y a sentarse en el suelo. Permaneció un buen rato sentada con los ojos cerrados. Su vestido estaba hecho trizas. Los pequeños insectos que vivían bajo aquel campo salieron de sus agujeros y empezaron a trepar por sus piernas.

Siguiendo algún oscuro impulso, la mujer cayó al suelo de espaldas y permaneció inmóvil con los ojos cerrados. Estaba agotada, pero ya no tenía miedo. En aquellos túneles había una sensación de calidez. Ya no sentía dolor. Abrió los ojos y entre las enormes y verdes hojas de maíz pudo ver las manchas del amenazante cielo negro. Volvió a cerrar los ojos, no quería alarmarse. Su delgada mano dejó de cubrir la rasgadura del vestido y sus diminutos pechos quedaron al descubierto. Se contraían y expandían en movimientos espasmódicos. Se cubrió la cabeza con las manos y permaneció inmóvil.

A Elsie le pareció que llevaba una eternidad tranquilamente sentada bajo el maíz. Aunque no podía definir claramente sus pensamientos, en lo más profundo de su ser, sentía que algo iba a pasar, algo que la sacaría de su ser, que la ayudaría a romper definitivamente con su pasado y con el pasado de su familia. Siguió esperando, inmóvil, como cuando esperaba días y meses sentada en su roca del huerto en la granja de Vermont. Escuchó tronar el cielo, pero, en esos momentos, el cielo y todo lo que alguna vez había conocido parecían hechos muy distantes, habían dejado de formar parte de ella.

Tras un largo silencio, cuando le pareció que había salido de su ser como si estuviera en un sueño, Elsie se sobresaltó al oír los gritos de un hombre. –Vamos, vamos, vamos–, gritó la voz. Tras otro periodo de silencio, las voces empezaron a responder y, a continuación, se escuchó el sonido de los cuerpos saliendo alocadamente de los campos. Un perro entró corriendo en su hilera y se quedó un rato con ella. El animal puso su frío hocico sobre su rostro. Elsie se sentó y el perro salió corriendo. Sus sobrinos pasaron a toda velocidad. Pudo ver sus desnudas piernas pasar como un relámpago entre los túneles. Su hermano Tom se estaba empezando a alarmar por la inminente llegada de la tormenta y quería regresar de inmediato a la ciudad. La voz del padre les llamaba con insistencia desde la casa y las voces de los niños le respondían desde los campos de maíz.

Elsie seguía sentada, apretando las manos. De pronto, la invadió un extraño sentimiento de decepción. Se levantó y caminó despacio, siguiendo las huellas de los niños. Llegó a otra alambrada y volvió a arrastrarse, rasgándose otra vez el vestido. Una de sus medias se soltó y cayó hasta el zapato. Aunque la maleza le había arañado las piernas, no sentía ningún tipo de dolor.

La mujer, angustiada, siguió a los chicos hasta divisar la casa de su padre. Entonces se detuvo y se volvió a sentar. Sobrecogida por un trueno ensordecedor, volvió a escuchar la cada vez más enfadada voz de Tom Leander, que repetía incesantemente el nombre de Elizabeth. Aquel nombre resonó como el trueno por los pasillos.

Fue entonces cuando apareció Elizabeth acompañada por el joven campesino. Se detuvieron a muy poca distancia de Elsie. El chico cogió a la chica entre sus brazos. Ante su inminente presencia, Elsie se tiró al suelo boca abajo, adoptando una posición en la que podía ver sin ser vista. Cuando los labios de los jóvenes se juntaron, las tensas manos de Elsie agarraron uno de los tallos. Sus labios mordieron, literalmente, el polvo. Cuando sintió que la pareja se alejaba, levantó la cabeza. Su rostro estaba cubierto de polvo.

Un nuevo periodo de silencio pareció abatirse sobre los campos. Los susurros de los niños que su imaginación había creado en aquellos campos se convirtieron en gritos espeluznantes. El viento soplaba cada vez con más fuerza, y los tallos estaban cada vez más torcidos y doblados. En esos momentos, Elizabeth salió tranquilamente del campo de maíz, saltó la alambrada, y se encontró a su padre. –¿Dónde estabas? ¿Qué estabas haciendo? –preguntó–. ¿No ves que tenemos que marcharnos de aquí enseguida?

Cuando Elizabeth se fue hacia la casa, Elsie fue tras ella, arrastrándose como un animal, y, al divisar la alambrada que rodeaba la casa, se volvió a sentar y se tapó la cara con las manos. Los tallos se retorcían con el viento y algo también se retorcía en su interior. Se sentó dándole la espalda a la casa y, cuando por fin abrió los ojos, volvió a ver aquellos largos y misteriosos pasillos.

Su hermano, su cuñada y sus sobrinos se marcharon. Elsie giró la cabeza y los vio alejarse trotando por el patio trasero de la casa. Sin la presencia de su sobrina Elizabeth, esa casa a merced del viento que se levantaba en medio de los campos de maíz parecía el lugar más desolador del mundo.

Su madre salió por la puerta trasera de la casa. Corrió hasta los peldaños donde sabía que a su hija le gustaba sentarse y empezó a llamarla con desesperación. A Elsie ni se le pasó por la cabeza contestar. La voz de su madre no parecía tener nada que ver con ella. Era una voz muy débil que se iba desvaneciendo poco a poco entre el viento y el terrible estruendo que surgía de los campos. Elsie se giró y se quedó mirando a su madre, la vio correr y entrar apresuradamente en la casa. Vio cerrarse la puerta trasera de un portazo.

La amenazante tormenta estalló como un rugido. Una enorme cortina de agua arrasó los campos. Una tromba de agua arrasó el cuerpo de la mujer. La tormenta que llevaba años palpitando en su interior estalló al mismo tiempo. No pudo contener las lágrimas. Se dejó llevar por aquella tormenta de dolor que era sólo dolor parcial. Las lágrimas que le caían a borbotones formaban pequeños surcos en el polvo que cubría su rostro. En los ocasionales periodos de calma, Elsie levantaba la cabeza y escuchaba. A través del empapado cabello enmarañado que le cubría las orejas y sobre el sonido de millones de gotas de agua que se posaban sobre la casa del maíz, podía escuchar las lejanas voces de su padre y de su madre llamándola desde la casa de los Leander.