viernes, 1 de marzo de 2024

Gómez Meseguer y el Ogro Santaolaya

Daniel Mares

 

Se recibió en la Jefatura Provincial de Madrid el siguiente telegrama:

SITUACIÓN CRÍTICA. EL BANDIDO MORTAJA HA TOMADO EL PUEBLO. YA SON MÁS DE VEINTE MUERTOS. NECESITAMOS AUXILIO POR CARIDAD.

Lo firmaba el padre Quintana, párroco de Castroviejo. La respuesta no tardó en enviarse:

MENSAJE RECIBIDO. MANDAMOS AYUDA DE INMEDIATO. GÓMEZ MESEGUER LLEGARA EL LUNES EN EL RÁPIDO DE LAS DIEZ Y MEDIA.

No era baladí la premura con que se tramitó todo el asunto, pues el peligro que se cernía sobre Castroviejo era más de lo que ese simple telegrama dejaba ver. Así lo entendieron los gobernadores, vicegobernadores y capitanes en Madrid, que no tardaron ni un día en mandar a Gómez Meseguer para allá, una diligencia nada habitual en la administración pública. Tanta prisa estaba justificada, porque en primer lugar el telegrama venía firmado por el cura, lo que hacía pensar que no quedaba otra autoridad capaz en el pueblo. Además, aunque Mortaja era un ogro y de estos canallas suele dar buena cuenta la Guardia Civil, este nombre no era sino el seudónimo que utilizaba un viejo conocido de la justicia castellana: Jacinto Santaolaya, un ogro desalmado de la peor ralea, del que afortunadamente se había perdido la pista desde que siete años atrás asolara Burgos a sangre y fuego. En Madrid no querían otros desmanes como aquellos de Burgos y decidieron acabar con Santaolaya por siempre. Así que mandaron a Juan Gómez Meseguer, filósofo y cazabestias, un granadino de raza que había despachado a la culebra de Puertalmonte en menos tiempo del que se tarda en rezar tres avemarías.

Con éstas me encargaron a mí la tarea de dar cuenta por escrito de todo lo que sucediera y, siendo ésta mi primera misión de campo, la excitación me hizo pecar en exceso de puntualidad. Así me planté una hora antes de lo acordado en Atocha, paseando por el andén con los billetes en el bolsillo, la cámara colgada al cuello, una maleta al brazo derecho y mi prometida, que estaba más nerviosa que yo si cabe, al izquierdo. La pobre me había pedido por favor que renunciase, que alegase cualquier excusa. Incluso la misma noche anterior, en la cama, me había rogado que si iba a ir accediese a casarme con ella antes.

–Así –dijo–, ya que apenas he podido ser tu esposa, seré tu viuda.

–No digas tonterías Laura –repliqué tratando de tranquilizarla–. No me pasará nada.

–¿Nada? Se trata de un ogro.

–Es Gómez Meseguer el que se enfrentará a él, yo sólo me encargo del papeleo. No tengas miedo, él es un profesional.

Y como tal profesional se presentó en el andén con puntualidad británica. Nadie me lo había descrito, ni había visto foto alguna de él. No le faltaba razón a mi superior cuando me dijo que lo reconocería nada más verlo. Apareció entre la bruma matutina repiqueteando con sus tacones por el apeadero. Le acompañaba un moro espléndido, como Valentino en El Hijo del Caíd, que arrastraba un baúl tan grande como él. Gómez Meseguer era fornido y bajo, vestía un tres cuartos de cuero gastado, botas de media caña marrones y un borsalino blanco por sombrero. Sin duda tenía más edad de la que traslucía su cara, adornada con una barba rubia bien recortada. Al verme se dirigió con decisión hacia mí tendiéndome su mano nervuda.

–Usté es Carracedo.

–Tanto gusto –dije yo y no me dio tiempo a más, porque en un instante cambió mi mano por la de Laura y, aproximándose en exceso para mi gusto a ella, dijo:

–¿Y quién es esta deliciosa criatura?

–Es mi prometida –me apresuré a contestar mientras trataba de interponer mi persona entre las suyas, irritado por ver la sonrisa y el rubor en el rostro de mi novia–. Ha venido para despedirme.

–¡Ah Carracedo! ¡Qué afortunao es usté! –me dijo sin que mi altura le intimidara, mirándome con sus pequeños ojos grises y dándome a entender que no recogía las velas por miedo a mí, sino porque no había tiempo para continuar el asedio a Laura como es debido–. Ya nadie quea de los míos pa despedirme, y aún menos pa recibirme a la vuelta.

Dije adiós a Laura, que luchaba por contener las lágrimas, con un beso fugaz y subimos al tren los tres: Gómez Meseguer, el moro, que para mi sorpresa atendía al nombre de Perico, y yo. Ocupamos un mismo compartimento y yo me acomodé al lado de la ventana, en dirección al movimiento del tren porque sufro de mareos. Gómez Meseguer se sentó enfrente mío y a su lado Perico. Laura se resistía a marcharse y me buscaba por las ventanillas de primera. La saludé con la mano. Pobre muchacha, hasta hace poco el que su novio fuera funcionario era un motivo de orgullo y de seguridad para ella. Laura era una burguesa tradicional, que pensaba que los peligros y las aventuras eran cosa del pasado, de novelas y seriales de la radio como mucho. La vida en la ciudad nos hace olvidar a veces que la frontera está ahí fuera. Por eso estaba yo contento con mi misión. No sólo porque supusiera un progreso en mi carrera, también fortalecería mi espíritu.

–No se apure Carracedo –interrumpió Gómez Meseguer mis pensamientos–, esta noche estará de nuevo en los brazos de su palomita. Ya verá que dicha imparangoná es volver al tierno regazo del amor, más tierno cuanto más cerca de perderlo se ha estao, ya mentiende.

Le miré escéptico mientras aceptaba el tabaco que me ofrecía.

–Se trata de un ogro señor Gómez. ¿No cree que tal vez le lleve más tiempo?

–En asoluto. Y llámeme Juan, si vamo a compartí comía, techo y desventuras por un día es mejó que apeemos el tratamiento.

–Como desee Juan. ¿De verdad cree que puede despachar a un ogro en un día?

–Con una hora me basta. Los ogros no son peores que otras alimañas. De hecho prefiero enfrentarme a uno de ellos que con un lobo o un oso. Los ogros no son diferentes a los hombres.

–Pues este Mortaja es capaz de partirle a uno el espinazo con una mano.

–Sí, conozco muy bien a éste en particulá. Yo estaba en Burgos cuando hizo de las suyas, y le he perseguío hasta que le perdí la huella en Roma, donde el mismo Santo Padre bendijo mi arma –ahuecándose el tabardo mostró un pistolón plateado de los que matan con sólo mirarlo–. El malnacío de Jacinto es un malaje blasfemo, comunista y violentador de niñas, de la peor ralea que pueda encontrá. Un hijo de Sataná sin palabra, ni conciencia, ni na. Mas un ogro muere si le pega un tiro en la sesera como to hijo de vecino. La única ventaja que tien los ogros sobre nosotros es el miedo que nos meten pal cuerpo. Si se tiene oportunidá de echarle la vista con el temple firme, se le descerraja un tiro y hala, tal que ayer hizo un año.

–Sin embargo éste parece resistírsele…

Su vista, que hasta el momento había estado distraída contemplando el paisaje mientras hablaba conmigo, se concentró en mi persona de tal modo que temí alguna reacción poco cortés por su parte. Se limitó a decir:

–No se me resiste. Simplemente en este caso he tardao algo más, pero nadie se me escapa y mucho menos Mortaja. Ahora voy a dormir –sin darme tiempo a desearle buen descanso se inclinó el sombrero sobre los ojos y se puso a roncar suavemente. He observado envidioso cómo los hombres de acción son rápidos en conciliar el sueño. Puede ser el cansancio de sus ajetreadas vidas. Yo me inclino a pensar que es debido a que el expulsar su violencia a través del esfuerzo físico y no de complejos juegos de despacho como nosotros, les da una paz de espíritu que aleja de sus noches los malos sueños. Perico no durmió. Sacó de uno de los bultos una olla de conejo con salmorejo, de la que me ofreció con un gesto amable, y se pasó todo el trayecto comiendo. Yo aproveche para leer mis informes.

Los primeros datos que disponía sobre Jacinto Santaolaya Meneses eran de cuando ya había pasado la treintena. Nadie conocía su filiación, como suele pasar con todos los ogros, no había dado señales de vida hasta que se alistó al tercio. Estuvo sirviendo en Melilla durante tres años, en el tiempo en que los liberales fomentaron toda clase de exóticas medidas para congraciarse con los adalides de las igualdades y los derechos humanos, tales como permitir incorporarse a filas a ogros y otras bestias. Luego cayó el gobierno y mortaja fue licenciado y arrojado a la calle sin oficio ni beneficio alguno. En la legión sólo se había distinguido por ser el más pendenciero de los soldados y a su salida siguió igual. Que se sepa, probó por primera vez carne humana en Algeciras, cuando se comió a una puta vieja delante de todos los parroquianos de una taberna. Desde entonces fue a peor como suele ocurrir. Pasó tiempo en la cárcel y se libró tres veces de recibir garrote por las mañas de abogados poco escrupulosos. Más tarde llegó lo de Burgos. Hay quien dice que no estaba solo allí, porque no es posible matar a tanta gente y quemar una ciudad entera sin contar con una cuadrilla al menos. No hay pruebas de que jamás haya tenido compinches. En Burgos estaba entonces un Gómez Meseguer más joven, pero ya conocido. Andaba por allí dando caza al Fumista, un muerto que entraba a las casas por las chimeneas y guardillas y estaba asesinando a mansalva burgaleses inocentes. Tres meses llevaba andados tras de esa bestia y la noche que lo mató llegó Mortaja, y lo que pasó es ya folklore popular. Gómez Meseguer no pudo con él y Burgos brilló en la noche castellana como una estrella más. Mortaja salió de España a bordo de un pesquero cántabro y recorrió Francia, Bélgica, Alemania e Italia paladeando el sabor de la carne de toda hembra europea. Nada se sabía de él cuando llegó el alarmante telegrama de Castroviejo, y nos mandaron allí a matarlo.

–Ya estamos llegando –se despertó con la misma velocidad con la que se durmió. Yo no había reparado en lo que llevábamos de viaje y él se espabilaba justo al tiempo que el apeadero de Castroviejo aparecía al fondo.

–¿Es seguro bajarnos aquí? –pregunté.

–¿Por qué no ha de serlo?

–Por Mortaja. Puede haber tomado la estación. Quizá sería más prudente detener el tren a dos kilómetros del pueblo e ir andando, no nos vaya a estar esperando en el andén…

–Vamos, vamos Carracedo –me palmeó la espalda animándome a salir del compartimento–. Déjeme a mí las estrategias. Es sólo un ogro, no la banda del Tempranillo. No está interesao en prepararnos emboscás. Se limita a matá y comé, na más.

Efectivamente, la estación no parecía el campo de guerra que yo me había imaginado. Se encontraba en perfecto estado incluyendo la presencia del consabido jefe de estación. Las fuerzas vivas estaban presentes para recibirnos. Nunca mejor dicho lo de “vivas”, porque el resto de las personas de influencia de Castroviejo estaban muertas y en el estómago de Mortaja. Reconocí de inmediato al padre Quintana, un curita gordo y sonrosado vestido de sotana raída. Junto a él estaban: don Luis Bermejo, el dueño de la fábrica de piensos que era la industria principal del pueblo, Tomás, un joven mecánico de talante firme y buena disposición que sin ninguna otra razón se hizo líder de los muchachos de la comarca y, como no, la Generala. Ésta era la mujer del alcalde (no sabría decirles por qué se la trataba de Generala y no alcaldesa), una hembra de las de antes, de armas tomar, que en pasados abriles gozó de una hermosura que aún conservaba en parte, por aquello de que quien tuvo, retuvo.

Ella nos recibió en primer lugar, sonriendo más que amablemente a Gómez Meseguer. El padre Quintana fue quien ofició de anfitrión y tras las presentaciones, pasó a informarnos de la situación.

–No sabe la alegría que nos da verles. Ya pensábamos que estábamos perdidos. Por fortuna el Señor ha respondido a nuestras plegarias.

–La jefatura de Madrí es quien ha respondío más concretamente padre –Gómez Meseguer iba delante, cogido del brazo por la Generala pero no parecía perder ripio de nuestra conversación mientras nos dirigíamos a los coches dispuestos para nosotros.

–Sí, y nos agrada la celeridad con que han atendido nuestros ruegos. Yo insistí en que pidiéremos ayuda a Madrid, sin embargo el alcalde, que en paz descanse, era un hombre orgulloso y tozudo.

–¿Debo entendé que su marío de usté ha fallecío? –mi compañero de viaje seguía con su flirteo desganado a dos pasos por delante mío.

–Así es. Antes de ayer por la tarde ese monstruo desalmado asesinó a mi esposo –juro que la Generala no dejaba de sonreír y de constatar la fortaleza del brazo de Gómez Meseguer mientras respondía a sus preguntas. Sospeché entonces que la frente del finado alcalde había estado vergonzosamente adornada en más de una ocasión, y que su memoria tampoco iba a ser respetada por mucho.

–Y dígame padre –traté de centrar la conversación–. ¿Cómo están las cosas? ¿Cuántas son las bajas? ¿Dónde se oculta Mortaja?

–¿Ocultarse? Nada de eso hijo mío. Ahora se ha proclamado amo y señor del pueblo. Ha escogido mi parroquia como guarida y allí comete todas las bajezas que se le antojan. Ha llegado a profanar el sagrario.

–Un blasfemo y un comunista, ya se lo dije Carracedo –Gómez Meseguer ayudó a la Generala a acomodarse en uno de los coches, en el que entraron también Perico y don Luis. El cura, Tomás y yo nos subimos a otro y pronto salimos de la estación. El sol insistente atormentaba sin misericordia a esas tierras polvorientas. El camino era feo y árido, sin un triste arbusto para adornarlo y se me hacía difícil no atribuir esa desolación a Mortaja. Hay quien dice que los ogros traen daño tanto al campo como a los hombres. Yo he estudiado y sé que eso son supersticiones, pero cuando te enfrentas a las supersticiones en carne y hueso siempre atiendes más a lo que has oído, no a lo que has leído.

–Siga contándome Padre –busqué algo de distracción en la charla del cura, pues no la había en el paisaje.

–Mortaja nos exige que le mandemos tres mozas por día para permitirnos seguir viviendo. Por supuesto no hemos cedido a ese chantaje pero se las toma por su cuenta. Ya han muerto una veintena de pobres chicas, devoradas o vaya usted a saber que más cosas las habrá hecho. Y si a esto le sumamos los alguaciles muertos y los jóvenes que furiosos trataron de acabar con él al primer día, el total hace sesenta y ocho castroviejenses muertos.

–Más el alcalde.

–Sesenta y nueve entonces. El cementerio se nos queda chico. Esto tiene que acabar.

La desesperación del padre Quintana se hizo más patente al aproximarnos al pueblo. El fétido olor de la muerte soleándose al raso llegó hasta nosotros. Las casas de Castroviejo, pequeñas y oscuras, estaban adornadas con los restos de las víctimas de Mortaja. Se habían colocado entre las angostas calles guirnaldas hechas con tripas humanas, y sobre esta ventana o aquel portón se veían bultos oscuros y húmedos que una vez fueron hígados y pulmones y demás entrañas de las buenas gentes de Castroviejo. Sentí un terrible espanto, mayor aún que el asco por la visión de tanta sangre. Quintana se puso un pañuelo en la boca y bajó los ojos, como avergonzado de mostrar a un forastero lo que quedaba de su pueblo. Tomás, que conducía, vio mi rostro y siendo más joven, no se avergonzó.

–Ese hijo de puta nos prohíbe limpiar eso. Si lo hacemos mata a diez personas más. Tendríamos que echar a la hoguera a ese cabrón hijo del diablo… perdone padre.

–No serviría de nada Tomás –dije yo–. Los ogros aguantan bien el fuego. Gómez Meseguer sabrá qué hacer.

Aparcamos lo coches junto a una pequeña fonda o casa de comidas, la única del pueblo, que por lo visto hacía las veces de refugio de supervivientes ahora. El padre se acercó a mí mientras bajábamos y me dijo al oído señalándome a Tomás.

–El pobre estaba en el campo, de caza, cuando sus amigos trataron de matar a Mortaja y se siente mal por estar vivo. No estaba muy de acuerdo con que los llamásemos.

Don Luis nos hacía señas desde la puerta de la cantina para que entráramos. No se veía un alma. La clara señal de la presencia de un ogro en un lugar es lo desierta que deja las calles. Dicen que Burgos parecía un cementerio cuando estuvo Mortaja, aunque tras las contraventanas de las casas se apiñaban asustados sus vecinos. Dentro, junto a una mesa sobre la que se apilaban escopetas y cartuchos, Gómez Meseguer sonreía mostrando a la tenue luz que atravesaba las persianas sus dientes dorados, al tiempo que una buena mujer repartía tazones de humeante caldo como desayuno.

–Muy bien amigos, ¿dónde está ese malnacío? Espero no abusar de ustedes si les pido que me vayan preparando un almuerzo algo más sustanciable que este caldito pa cuando acabe. Matar ogros da una hartá de hambre.

–¿Va a ir usted sólo? –don Luis nos miraba tratando de ver si en los demás había tanto desconcierto como en él–. Debiera trazar un plan o…

–Tengo a Perico, y tengo un plan. Entraré donde esté ese animal y le pegaré un tiro en la sesera –respondió Gómez Meseguer mientras agitaba su pistolón cromado.

–Le recuerdo señor mío que ese Mortaja se ha despachado a gusto con veinte hombres a un tiempo, armados con buenas escopetas.

–¿Alguno de ellos se las había visto antes con un ogro? Déjeme el trabajo a mí don Luis que pa eso me pagan. Los que vinieran conmigo sólo darían trabajo pal enterradó.

–Como murieron en Burgos. No sé si han hecho bien en enviarle solo, me parece que este Mortaja le tiene cogida la horma del zapato a usted…

–¡Me cago en to! ¡Qué sabe usté de Burgos!

–Yo… –don Luis no daba la impresión de ser un pusilánime y aunque ya era un hombre de edad, bien se notaba que en sus años se tenía que haber visto en más de una situación tensa. Con eso y todo, noté como sus piernas flaqueaban frente a la mirada de Gómez Meseguer, la misma que horas antes me dedicaba a mí cuando me refería a parecidos asuntos. No cabía duda que para el cazabestias, Burgos no era un tema grato. Pese a todo, don Luis era un hombre entero y le plantó cara en la medida de lo posible, a Gómez Meseguer y a su pistola, que no paraba de empuñarla–. Sé que en esa ocasión no pudo usted con él. No dudo de su capacidad caballero, no me malinterprete. Es que pienso…

–Está equivocao en lo que piense. Aquello fue otra cosa. Yo no esperaba algo así, nadie lo esperaba y de eso y del miedo de la gente saprovechó ese desgraciao, que si no… de qué iba a estar toavía andando sobre sus pies. No lo maté entonces porque no tuve a tiro a ese cobarde. Verán ahora usté y todos los voceras como usté cómo se las gasta Juan Gómez Meseguer.

–Juan –intervine yo para quitar hierro–. No se moleste, pero dicen que la piel de un ogro es como el acero. ¿Piensa hacerle algo con su pistola?

–Y con mis balas –sacó un par del tambor para mostrármelas. Ahora la sonrisa de fanfarrón había vuelto a su rostro–. No son munición cualquiera Carracedo. Están recubiertas de una camisa de teflón, se abrirán paso por el cuerpo de ese desgraciao como por la manteca. Venga, ¿dónde está?

–Al final de la calle, en la parroquia –dijo el cura.

–Pos vamos al tajo. Me llevo a Perico pa que me cargue la escopeta por si acaso se ponen las cosas torcías. Usté tendrá que venir Carracedo.

–Me temo que sí –algo debió traslucirse en mi expresión porque Gómez Meseguer me sonrió y tras palmear mi espalda dijo.

–No se apure, será un ratito de na. Mejó que le acompañe… este mozo que paece fuerte, ¿no le importa? –era a Tomás a quien se refería y por supuesto que no le importaba. En un parpadeo estaba en la puerta con la escopeta terciada al hombro.

–Soy un buen tirador, tal vez yo pudiera…

–No don Luis, de verdá que no hay necesidá, se lo agradezco –de nuevo se mostraba atento con el bueno de don Luis. Así era su temperamento, imprevisible y volátil–. Ustedes esperen aquí y mañana podrán limpiá su pueblo de toas esas inmundicias.

–Aquí le esperamos –dijo la Generala posando suavemente su mano en el brazo de Gómez–. Yo misma le prepararé unas migas cuando vuelva. Espero que le gusten.

–Cualquier cosa que haga usté me sabrá a gloria, Paquita. ¡Vamos! –no me pasó desapercibido el tuteo a la alcaldesa, pero el miedo que empezaba a hacer temblar mis canillas era lo que con más urgencia reclamaba mi atención.

–Quiere que le escuche en confesión hijo –nos detuvo junto al umbral de la puerta el padre Quintana.

–No padre –respondió Gómez Meseguer–. No hay días suficientes pa confesá toas mis faltas. Yo tengo mi modo de ponerme a bien con Dios –dijo esto con tanta solemnidad que nadie más añadió ni media palabra mientras salíamos.

Avanzamos los cuatro por la calle polvorienta sin hablar, con el sonido de fondo de las chicharras protestando al sol. Pensé en Laura y en mi madre, y desee haber hecho una visita previa al escusado, o aceptar yo la oferta del padre aunque nunca he sido muy piadoso. Ya era tarde. La iglesia se plantaba al final de la calle, en la plaza mayor, custodiada por las ruinas de la alcaldía a un lado y de la casa de don Luis al otro, que habían sido pasto de las llamas la primera noche que llegó Mortaja.

Aquí el olor a muerto era más intenso. En el pilón que presidía la plaza descasaban los restos del alcalde a medio comer. La cruz del templo había sido arrancada y en su lugar se alzaba, en precario equilibrio, un macabro túmulo de cráneos. Nos paramos junto a la fuente. Los insectos zumbaban, la brisa ardiente apenas movía nuestros cabellos, los nudillos se nos blanqueaban de tanto apretar los puños, todos mirábamos a Gómez Meseguer que se mantenía inmóvil y entretenidos en estas cosas el tiempo pasaba despacio, hasta crispar mis nervios.

–¿Qué hacemos? –acabé por preguntar.

–Matar a un ogro –dijo el cazabestias con aires de hastío. Parecía que toda esta excitación que para mí era nueva, la presencia del inminente peligro, el temor por mi propia vida, eran rutina para Gómez Meseguer.

–Ya, pero cómo.

Gómez, por fin, movió la cabeza para mirarme, sonrió, se desperezó y sacudiendo los brazos para desentumecerlos nos rodeó con ellos lo hombros a Perico y a mí.

–Perico, tu anda por la parte de atrás de la iglesia, no sea que ese malnacío se me espante y trate de tomar las de villadiego. Que te acompañe Tomás, y si veis a ese perro le tiráis. Tendrás ganas de meterle un tiro a ese, ¿eh, muchacho?

–Ya lo creo. Tanto que preferiría ir con usted, no me da miedo…

–Ya sé hijo. Mejó déjame a mí. Yo me juego el pellejo por dinero, eso de morí por na a tu edá no está bien. Si consigo prenderlo sin matarlo, cosa que no creo, dejaré que le des el tiro de gracia. Usté Carracedo, me temo que no tendrá más remedio que acompañarme.

–Para eso me han enviado –quise cambiar gustoso el lugar con Tomás, yo sí tenía miedo. El celo profesional me impidió decir más. Perico y Tomás salieron trotando por un lateral del templo, con las escopetas dispuestas. Quedamos los dos solos. Él sacudió los brazos, soltando los músculos al tiempo que aflojaba el cierre de la cartuchera. Yo enrosqué una lámpara en el flash de mi cámara, sospechaba que en el interior habría penumbra.

–Al tajo. Es cosa hecha Carracedo –me guiñó un ojo y se puso a caminar muy vivo. En su gesto hubo un deje que me convenció de que esto era más que un simple trabajo para él, que había como un regodeo malsano en su actitud. Lo atribuí en un principio a su carácter a su gusto por lo salvaje, acrecentado seguramente por el deseo de tomarse la revancha con el ogro por lo de Burgos. Dejé estas consideraciones para más adelante. Nos enfrentábamos a la tesitura de tener que traspasar los portones abiertos, las negras arcadas que conducían al matadero que era la nueva guarida de Mortaja.

–Ese está ya muerto. Vamos, con decisión.

La luz entraba desde lo alto, a través de pequeñas vidrieras coloreadas, para iluminar el polvo, difuminando los contornos de todo, como si allí hubiera entrado la niebla invernal. Los bancos estaban tumbados o rotos, las estatuas descabezadas. El Cristo había perdido uno de los cables que le sujetaban al techo y estaba caído de bruces, colgando aún precariamente de uno de los brazos de la cruz. Sobre el retablo de madera lacada que representaban los pasos del martirio de nuestro Señor, habían pintado con letras toscas: “Patria y libertad. Joder”. En el altar gemía una muchacha aún viva, despatarrada y con los pechos casi arrancados por la lujuria de Mortaja. De él no había rastro, sólo los despojos de sus orgías de sangre que aparecían aquí y allá, entre los bancos o sobre las imágenes de los santos.

Gómez Meseguer no se entretuvo en examinar el escenario. Caminó por el pasillo central con la pistola en la mano, manteniéndola oculta tras su muslo. Yo avancé a su lado, saltando por entre los bancos.

–¡Jacinto! ¡Sal maricón! ¡He venío pa ver si ties cojones!

Sus gritos botaron contra las paredes cubiertas de sangre y suciedad y el odio que en ellas se almacenaba era casi más aterrador para mí que el sórdido decorado que nos rodeaba. Mortaja salió a trompicones de la sacristía, con dificultad porque apenas cabía por la puerta. No lo vi bien en la penumbra, era un bulto grande con movimientos abotargados. Preferí no fijarme en detalles, tenía miedo a que el terror de lo que pudiera ver me impidiera desempeñar mi tarea con eficacia. Me limité a seguir a Gómez Meseguer y preparar la cámara.

–¡Juan! –la de Mortaja era la voz ronca y gutural de la edad, de la vejez y de la cazalla, mezclada con ese arrastrar de sílabas que acompaña indefectiblemente a los excesos de toda índole–. ¡Me cago en tu puta calavera! ¡Quién me iba a decí a mí que te iban a mandá pa ca…!

Antes que terminara Mortaja con lo que parecía un saludo amistoso y fuera de lugar, Gómez Meseguer alzó su mano armada. Sin pensármelo disparé la cámara. El flash escupió luz que desgraciadamente aturdió tanto al Ogro como al cazador de ogros. Su mano tembló y la bala dio contra el hombro acorazado de Mortaja, rebotó y fue a incrustarse en el san Pascual que ocupaba un altarcito a la derecha.

–¡Me cago en tos sus muertos Carracedo! –gritó Gómez Meseguer–. ¡Échese al suelo!

Cumplí la orden sin entenderla, confiando en la veteranía de mi compañero. Eso salvó mi vida. Cuando me postraba tras la columna más cercana pude ver como Mortaja echaba mano a su espalda y empuñaba el brillante cañón de una ametralladora calibre cincuenta. Creí que mis oídos no soportarían el estruendo del arma, traqueteando como una locomotora vieja, vomitando su fuego a diestro y siniestro, levantando astillas de bancos y santos, y rebotando contra cepillos saqueados y lámparas sin aceite. Mientras, Mortaja gritaba.

–¡Serás cabrón! ¡Somos compadres y me vienes aquí, a mi casa y me pegas un tiro! ¡Pos ahora yo te mato, por hijo puta!

Echo un ovillo tras la columna de piedra, cambiaba la lámpara de mi flash cuando eche un vistazo a mi derecha. Gómez Meseguer se había puesto a cubierto tras dos bancadas que ya casi estaban reducidas a viruta de tanto plomo como las había traspasado. Mantenía la cabeza gacha, la mano izquierda sosteniéndose el sombrero sobre los ojos, como si esta fuera suficiente protección contra la lluvia de balas que arreciaba. La otra mano la mantenía por encima del improvisado parapeto, y descargó a ciegas los cinco tiros que restaban en la pistola. Al momento de terminar con su munición, la ametralladora de Mortaja dejó de gritar. Se hizo un silencio casi más ensordecedor que la refriega de un segundo atrás, acompañado de un fuerte olor a pólvora. Gómez Meseguer se volvió a mí con la mirada turbia.

–Maldito sea –susurró tan bajito que más me enteré por el movimiento de sus labios–. Los espías teníais que quedaros en casa, echando panza y dejando a los hombres de verdá trabajá.

–Yo… –no dije más porque Mortaja me interrumpió con un gruñido ahogado.

–¡Cabrón, que me has dao! –dijo–. ¡Creía que eras un hombre de ley Juan, no como los demás! ¡Yo siempre me he portao como es debío contigo y así me lo pagas!

Jadeaba como si de veras estuviera malherido, pero no levante la cabeza para cerciorarme. Estaba más preocupado por entender esas palabras del ogro, tan fuera de lugar, cuando la pistola de Gómez Meseguer me dio en el brazo sobresaltándome, y a ésta le siguió una cascada de balas con camisa de teflón que me golpearon por todos lados.

–Cargue el arma Carracedo –me dijo cuando lo miré atónito–. Haga algo útil. Cargue el arma y péguele un tiro en la cabeza a ese asesino mientras yo lo distraigo –como apoyando sus palabras sacó de la espalda un cuchillo que parecía un espejo de medio cuerpo, tanto por su brillo como por su tamaño.

–¿Qué va a hacer?

–Voy a destriparlo ahora que se ha quedao sin balas. Si se me escapa, usted lo despacha. Con mano firme y a la cabeza Carracedo, no se lo piense.

–Pero…

–¡Rediós Carracedo! Pórtese como un hombre de una vez –no me dio tiempo a replicar. Con decisión saltó los bancos enarbolando su imponente machete. Yo atrapado por la emoción de la situación hasta el punto de ignorar el peligro, levanté la cabeza. Mortaja estaba a unos pasos. Había oído que los ogros eran tan sigilosos como brutales y que podían aproximarse a ti mientras hablaban, pareciendo al oído que seguían a mucha distancia. Hasta que no vi lo cerca que estaba de nosotros sin que hubiéramos dejado de escuchar un solo instante sus jadeos de dolor rebotando en la lejanía de la bóveda del altar, no me di cuenta de lo diferente a nosotros que eran esas criaturas.

Gómez Meseguer se echó sobre Mortaja, quién por fortuna ya no cargaba con la ametralladora, y éste lo cogió al vuelo. La pesada hoja hizo mella en su carne, y el ogro aulló. He oído contar que en León tienen la costumbre de cazar osos a cuchillo. Los recios leoneses se tiran contra el pecho del oso cuando está incorporado sobre sus cuartos traseros y, aprovechando que pegados a él el plantígrado no puede doblar bien sus brazos para usar sus garras ni inclinar la cabeza para morderles, lo apuñalan. Parece algo terrible que requiere mucho valor y no menos destreza con el arma. Más asombroso resulta si uno ha visto alguna vez una de esas gigantescas bestias que llenan los bosques de allá. Pues peor es, no peor sino mucho peor, el enfrentarse a un ogro con un cuchillo desnudo.

Mortaja no dedicó mucho tiempo a su enemigo. Lo atrapo en pleno vuelo con una mano y lo arrojo diez metros hasta dar contra la pared. Yo quede a pocos pasos de la bestia, casi oliendo su apestoso aliento y rezando por no atraer su atención. Mis ruegos no fueron escuchados. Vi como aquella mole de más de tres metros giraba sobre sí, flexionando músculos que brillaban bajo su piel húmeda cubierta de vello ralo. Sus ojos rojos se fijaron en mí y los enormes colmillos, que ya hacía tiempo habían atravesado sus mejillas con su crecimiento continuo, brillaron en la penumbra.

Recordé en ese momento que la pistola que empuñaba estaba descargada y que la munición rodaba diseminada por el suelo. Me agaché y busqué las balas, contento porque mi espíritu conservara el temple suficiente en esos momentos como para no echarme a llorar.

–¡Aquí Jacinto, trapacero! –gritó Gómez Meseguer reclamando la atención del ogro mientras escupía salivazos llenos de sangre–. ¡Ven por mí jodío cobarde! ¡Yo no soy una pobre mujé como a las que estas acostumbrao! ¡Yo te devolveré golpe por golpe!

La carcajada de Mortaja fue como el trueno, y como una galerna el resoplido que acompañó su carga hacia Gómez Meseguer. Las bravuconadas de mi compañero me proporcionaban tiempo, que aproveché para meter una bala en el tambor mientras escuchaba la respuesta del ogro.

–No me hagas de reír Juan. ¿Crees de verdá que puedo tenerte miedo? Sólo es que no quiero hacerte daño. Te portaste bien conmigo antes y me quedan otros platos que probá antes de arrancarte la cabeza –alcé yo la mía un momento para ver la situación. Mortaja se cernía sobre mi amigo como un ave de presa y todo su deforme corpachón ocultaba la figura de Gómez Meseguer, que suponía tendido y maltrecho tras ser lanzado contra la pared–. ¿A qué viene toa esa mala sangre que te haces conmigo, eh compadre? Lo de tu mujé fue una pena, pero yo soy un pobre animá y no me se pue pedí demasiao. No te atormentes de toas formas compadre. Te pueo asegurá que esa puta lo pasó bien antes de morí, creo que llegué a conocer bien sus apetitos, y ella los míos.

Apenas vi el brillo de la hoja, y tal vez ni siquiera eso. Fue un movimiento, algo que se agitó rápido por dos veces acompañado de un sonido húmedo, como de fuertes pisadas sobre el barro. Mortaja se estremeció, se incorporó un momento golpeándose la cabeza contra el arco del techo. Luego se echó una mano al cuello y agito la otra como el aspa de un molino. El cuerpo de Gómez Meseguer salió volando desmadejado como un pelele de feria y el ogro, sangrando más que un cerdo en San Martín, salió trastabillando hacia el altar.

Cuando perdí de vista a Mortaja mis miembros recuperaron el valor para moverse y corrí hacia Gómez. Yacía sobre unos bancos rotos, parecía muerto. La forma en que doblaba el codo indicaba que el brazo izquierdo estaba roto y la flojera del mentón señalaba otro tanto para la mandíbula. Su pecho respiraba rítmicamente para mi alivio y uno de sus ojos parpadeaba y bizqueaba en medio de la tremenda hinchazón de toda la órbita que lo rodeaba.

–¿Está bien Juan? –le pregunté sin tocarlo por no causarle más dolor.

–¿Qué hace aquí? Lo he herido, le corté el gaznate. Vaya a rematarlo antes de que escape.

Por el reguero de sangre que había dejado no cabía duda de que el ogro estaba en las últimas. Miré la pistola en mi mano. Había tenido tiempo de alimentarla con dos balas, pero ser yo quién diera el tiro de gracia al monstruo me parecía innoble. Ese honor correspondía a ese valiente que ahora permanecía tendido con todos los huesos quebrados.

–Le ayudaré a incorporarse –dije.

–¡No! Vaya usté deprisa. No le dé tiempo a recuperarse.

Obedecí no muy convencido y temiendo que aquel hombre muriera ahí mismo, solo, traté de consolarle.

–Usted lo ha vencido Juan –por un momento recordé las extrañas palabras del ogro y no considerando el momento idóneo para preguntar, me limité a decir–. No sé qué tenía en contra de ese animal, pero es usted quien ha ganado.

–Mató a mi mujer. A la que iba a ser mi mujer. En Burgos –y sin más cerró los ojos.

Corrí tras el rastro sanguíneo de Mortaja, a través de las ruinas de la sacristía. La pistola me pesaba enormemente en la mano y un millar de extraños pensamientos cruzaban mi mente. “¿Seré capaz de disparar?”, me preguntaba. “¿Me comportaré como un hombre, como Gómez Meseguer?” En medio de estas dudas se abrió paso algo, el sonido de jaleo que provenía de más adelante, y que había empezado mucho antes. En mi conmoción lo había ignorado, más pendiente de la suerte de Gómez Meseguer.

El muro trasero de la iglesia no existía desde la llegada de Mortaja. A través de su ausencia encontré el triste aspecto que presentaba la emboscada urdida por nuestros compañeros. Tomás y Perico habían disparado las escopetas nada más ver asomarse a Mortaja, y aunque hicieron blanco y el monstruo sangraba por diez heridas, no perdió pie y se abalanzó sobre ellos. En esto llegué yo y vi como Perico se echaba corriendo atrás mientras recargaba su arma y gritaba.

–¡Corre muchacho!

Pero Tomás no atendió. Viendo al ogro herido y llevado por la fuerza de su juventud tiró de navaja y se echó por el ogro. Como despachara a Gómez Meseguer, con igual facilidad lo hizo con este otro. De un manotazo el arma de Tomás voló de su mano. Aturdido como quedó el muchacho, no pudo evitar que Mortaja le agarrara de la pechera, le alzara en vilo, le mordiera la cara y con dos tirones a derecha e izquierda se la arrancara. Tomás no gritó. Quedó quieto, en tensión con los brazos en cruz, como si el dolor lo paralizase. El ogro lo arrojó al suelo y allí quedó, con su calavera ensangrentada mostrando los feos huesos al sol antes de muerto. Sin ceremonias Mortaja tragó y de un pisotón en el vientre, partió al desdichado en dos.

La siguiente descarga de escopeta no me dio milagrosamente. Perico volvía al ataque. Mortaja titubeó y yo vi mi oportunidad. Disparé e hice blanco en su espalda. La detonación del revolver me hizo sentarme de golpe y con violencia sobre mi rabadilla. Al recuperarme del dolor vi a Mortaja mirarme desde su imponente altura.

–Qué puta vida –dijo con la voz rasgada por el tajo que le diera Gómez Meseguer y que, pese a estar en el cuello, no parecía mortal gracias a su constitución sobrenatural–. No paro de matá y matá, y ya me se acumula el trabajo.

Aterrado, vi como su mano volaba hacia mi pescuezo mientras Perico, sin prisa pero sin pausa, cargaba su escopeta. No llegó a tocarme. A fuerza de raza, Gómez Meseguer se había arrastrado tras de mí, con su brazo roto torturándole, y teniendo ahora al ogro cerca del muro de la iglesia donde se ocultaba, de nuevo cargó contra él y otra vez lo apuñaló.

Mortaja gritó y se incorporó con la hoja brotándole del pecho. Gómez cayo a mis pies exhausto.

–¡Muérete demonio! –gritó desde el suelo el cazabestias–. Tenía ya ganas de atravesá tu negro corazón.

–¡Na! –Mortaja tosió y se quitó el cuchillo del pecho–. ¿Viejo, no sabes que los ogros no tenemos corazón?

Sin que yo me atreviera a interponerme, cogió a Gómez y lo levantó hasta ponerlo cerca de su horrenda cara. Perico le encañonó y se limitó a eso. No podía disparar sin causar más daño a Gómez que a la bestia.

–Eres to un hombre, ¿eh compadre? –continuó con su perorata el asesino–. Eso es lo que te ha traío tantos problemas, tu hombría. Yo te lo solucionaré.

–Déjate de monsergas Jacinto y mátame si vas a hacerlo.

–No, matarte no –con un certero movimiento del cuchillo cortó los pantalones de Gómez Meseguer, y con otro toda la masculinidad del cazador de monstruos cayó al suelo salseada de abundante sangre.

Juan gritó como alma en el purgatorio y Perico afianzó más la escopeta.

–¡Baja el tiro moro! –continuó Mortaja–. Me he cargao a cientos de los tuyos en el desierto y tú no paeces peor que tus hermanos. Este viejo amigo tuyo aún vive, y lo seguirá haciendo si se le atiende, aunque sea como eunuco. Por mí no será que ya estoy harto de tanta matanza.

–De acuerdo Santaolaya –pude yo articular por fin palabra–. Déjalo en el suelo y acabamos la riña por hoy.

–¡Lacabamos por siempre hostias! –aún protestando, depositó a un Gómez convulso y medio inconsciente en el suelo. Perico tiro su arma y raudo se postró para atender a su jefe–. Dejanme ya en paz, que tenís toa Castilla y yo sólo quiero este pueblo de mierda.

Mortaja paseaba por la calle, como un oso enjaulado tocándose las heridas que todavía manaban sangre. Vi que Perico sabía algo de medicina y pronto se aprestaba a taponar la abundante hemorragia y me indicaba que era preciso llevarle a cubierto para intervenirle. Yo miré a Mortaja y él, que realmente parecía apesadumbrado, accedió a que nos marcháramos diciendo.

–Sí, no quiero matá a este hombre, que bastante sufrimiento le causao ya en vía. Iros y decir a vuestros jefes que me dejen en paz, que miren cómo he devuelto a su gallo sin espolones ni ganas de picá más en su vía.

Corrí para coger en volandas a Gómez Meseguer y cuando lo levantábamos entre el moro y yo, pareció recobrar el sentido y gritó:

–¡Jacinto! ¡Me has quitao los cojones, pero no la mala leche! –dicho esto me arrebató la pistola y le pegó un tiro certero en la cabeza. La segunda bala que yo había conseguido meter en el tambor dio en el blanco, y como había dicho Gómez Meseguer, esa bala de teflón en el centro de la estrecha frente del monstruo fue suficiente para que Jacinto Santaolaya, el peor ogro que se ha conocido en España, muriera.

Gómez Meseguer sobrevivió, Perico tenía algo más que someros conocimientos en medicina. Por desgracia no recuperó su virilidad, entonces la ciencia no había alcanzado las cotas que tenemos hoy. Castroviejo recobró la normalidad, con la Generala como alcaldesa oficial, quien creo que con el tiempo se desposó con don Luis y lo trató igual que a su primer marido. Dos años después también murió este don Luis de un ataque de cuernos, al ver a su mujer en el tálamo conyugal con un muchacho de quince años. Pero todo esto ya no me concernía a mí. Yo volví a Madrid y aunque sólo pude sacar una foto, fue suficiente y recibí las felicitaciones de mis superiores.

Con el tiempo me casé con Laura y ella me hizo gozar de una vida plena y llena de felicidad. No volví a tener misiones de campo para el alivio de mi esposa, y con mis méritos conseguí ascender en el ministerio hasta alcanzar un puesto que me daba una economía holgada, suficiente para mantener a mi mujer y mis dos niñas. Nada supe más de Gómez Meseguer, ni de monstruos y aventuras. Primero porque el ministerio me encomendó a otros menesteres y segundo porque aquellas criaturas infernales empezaron a escasear, poco a poco, hasta que por el tiempo en que la televisión pasó del blanco y negro al color los ogros no eran más que leyendas para niños.

Volví a tener noticias de Gómez Meseguer nueve años después de nuestro primer encuentro. Un pequeño artículo, oculto entre los sucesos del día, mencionaba que el viejo cazabestias, una reliquia del pasado, había sido juzgado y condenado a prisión por violar a una mujer de sesenta años. Me sorprendió la noticia, porque le sabía incapaz de tal hazaña.

Con la oposición de mi mujer, a la que siempre he hecho partícipe de todo lo que me ocurría, fui a visitarle al penal de Ocaña. Me encontré con un hombre acabado. Estaba gordo y descuidado, con la piel cubierta de manchas a causa de su maltratado hígado. La barba, otrora recortada y mil veces atusada, le llegaba hasta el pecho en una desgreñada cascada de hilachos grises. Su cabeza en cambio no había sufrido de la zozobra de la edad y me reconoció al primer golpe de vista.

Tras los protocolarios saludos, en los que me aseguró con su sonrisa jovial de siempre que se encontraba muy bien, pasé directo al tema. Le dije que eran absurdos los cargos que pendían sobre él y que sólo tenía que contar su mutilación para verse libre. Esto me dijo para mi sorpresa.

–Deje, deje Carracedo, estoy bien como estoy. Me he negao a que me hagan reconocimiento alguno y me he acusao. Deje las cosas como están.

–¿Pero quién le acusa de esto?

–Mi casera, por no pagarle se ha inventao to. No importa, aunque sea inocente de éste tengo otros delitos por los que pagá, crímenes más graves.

–Por amor de Dios, creo que ya ha pagado demasiado por cualquier falta.

–Eso pensé yo. Pensé que matá a Jacinto sería suficiente. Pensé que viví como un capao el resto de mis días sería suficiente y por eso no me volé la cabeza cuando me vi en esta situación. No, que va. Hay cruces que pesan demasiao. Probaré ahora pasando mi vejez con los huesos en la cárcel.

–¿Qué puede ser eso tan grave que hizo?

–¿Quiere saberlo? Se lo diré Carracedo, porque usté es un buen hombre y vio el final de la historia. Merece conocé el principio. Fue en Burgos.

–¿Tiene que ver con su prometida? Me dijo en Castroviejo que Mortaja la mató.

–Mentí. La que mató no era mi novia. Ojalá lo hubiera sío. Se llemaba Estrella y era la muchacha más guapa que vi jamá. A mí no me quería, me despreciaba, decía que era ordinario y grosero y sin embargo dedicaba sus atenciones a un petimetre, un estudiantillo imberbe que la adulaba con poesías bobas. Yo sólo sé peleá así que se me ocurrió una idea, romántica pensé yo. Conocía a Jacinto de mucho tiempo. A veces, cuando no había trabajo le pedía que asolara alguna granja o algo así pa que me llamaran, y repartíamos el jornal. Era una práctica normal entre mi gremio el tener un monstruo asociado para la época de las vacas flacas.

–Eso es una monstruosidad.

–Eso es viví amigo, buscarse las lentejas como mejó sabes. Ustedes qué sabrán. La monstruosidad fue que decidí que Mortaja atacara Burgos. Preparé un plan pa que acabara primero con la policía y así tendría toa la ciudad a su mercé. Le indique concienzudamente los pasos a seguí, cómo tenía que matá al estudiante afeminao que me robaba las miradas de Estrellita, despachá también al padre y la madre de ésta, quienes tampoco me miraban con buenos ojos, y por último fingir un ataque a Estrella, del que yo la salvaría. Así la chica, sin padres y rescatada del monstruo por su héroe, caería sin salvación en mis brazos. No reparé, cegado por el amor como estaba, en que los ogros son los seres más obtusos de la creación. Se equivocó, o tal vez fue por la maldad del corazón de Jacinto, que al fin y al cabo era una criatura de Satán. El caso es que llegó antes de tiempo a casa de Estrella y la mató junto a su familia. Al llegar yo, mientras Burgos ardía, me juró que no la había reconocío. Traté de matarle pero escapó. Ya sabe el resto. He pasao mi vida atormentao por la conciencia, es hora ya de que descanse en la cárcel.

Quedé espantado. Accedí a jurar que no revelaría esto a nadie, pensando que tal vez sí era un castigo justo el que ahora le caería. Lo peor era que su remordimiento sólo estaba causado por haber sido el responsable de la muerte de su amada, no por el centenar de víctimas de Mortaja.

–¿Cómo pudo hacerlo, Juan? –le pregunté antes de irme.

–No lo entendería. Usté no sabe lo que es la pasión, el verdadero deseo que te quema por dentro, el profundo amor sin ataduras de la moralidad. Usté es una buena persona.

Me fui y nunca conté esto a nadie. Mientras volvía a casa me sorprendí a mí mismo sintiendo pena de Juan Gómez Meseguer. No podía evitar simpatizar con ese viejo truhan, estrafalario inventor de palabras, el último exponente de un tiempo que ya expiraba. Por fortuna para mí y para mis hijas vivimos ahora en mejores épocas, en tiempos donde la cordura, si no impera, al menos se hace hueco. Hemos abandonado las aventuras y los peligros para la literatura y ahora tenemos derechos y comodidad y seguridad. Los seres pasionales, como Gómez Meseguer ya no tienen lugar entre nosotros. Ya no tenemos pasión y eso es bueno, porque las pasiones son peligrosas. Pero como tantos otros peligros, empiezo a echarlas de menos.

 

La enamorada

Rafael Barrett

 

Parecía vieja, a pesar de no cumplir aún treinta y cinco años. Las labores bestiales de la chacra, el sol que calcina el surco y resquebraja la arcilla, la habían curtido y arrugado la piel. Tenía la cara hinchada y roja, el andar robusto, los ojos chicos, atornillados y negros. Era miserable. Se llamaba Victoria.

Vivía de escardar campos ajenos, de fregar pisos, de ir a vender, a enormes distancias, un cesto de legumbres. Su densa cabellera desgreñada estaba siempre sudorosa; en sus harapos siempre había barro o polvo, y cansancio en los huesos de sus pies.

Victoria era célebre en el pueblo, no por infeliz y abandonada, que esto no llama la atención, sino porque decían que no estaba en su sano juicio. La locura inofensiva es un espectáculo barato, divertido y moral. Hace reír seriamente. Los chiquillos seguían en tropel a Victoria; no la apedreaban demasiado; comprendían que era buena. Los hombres le dirigían preguntas estrambóticas y experimentaban ante ella la necesidad de volverse locos un rato; las mujeres se burlaban con algún ensañamiento. Victoria pasaba, andrajosa, tenaz, lamentable, llevando en los ojillos negros la chispa que irrita a la multitud y levanta las furias, y hasta los perros se alborotaban con aquel escándalo de un minuto, con aquella aventura que rompía el tedio del largo camino fatigoso.

Acusaban a Victoria de dormir en tierra, de frente a lo alto, y de creer las estrellas bastante próximas para hablarlas. La luna era la señora del cielo; un lucero vagamente rosado era el príncipe radiante, otro blanco y retirado era el pálido cirio; allá lejos palpitaban, casi imperceptibles, los puntos de fuego tenue que la visionaria nombró coro de muertas, y de extremo a extremo del horizonte flotaba por el inmenso espacio la gasa fosforescente de la vía láctea, o niebla de luz. Cuando la claridad enferma y fría de los astros bajaba hasta Victoria, y la noche hacía rodar sus magníficas gemas en silencio, la loca se sentía hermana de la belleza infinita, y las voces celestiales la acompañaban al día siguiente, en plena solana abrasadora. Entonces andaba moviendo los labios, atenta a las presencias invisibles y la gente no podía separarla de ellas.

Se la acusaba también de no comer, de alimentar a mendigos y criminales, de conocer las virtudes secretas de las plantas y de preparar filtros de bruja. Lo cierto es que anhelaba curar a los niños dolientes y que muchas madres, después de mofarse de ella en público, la buscaban a escondidas y temblando, con las manos calientes aún de la fiebre de sus hijos.

Pero lo fenomenal, lo grotesco, lo que provocaba carcajadas inextinguibles, era la virginidad de Victoria. Fea, casi decrépita, trastornada, ese harapo viviente había pretendido conservar su pureza, y lo había conseguido. Había resistido veinte años a la temeridad de los mozos pujantes. Quería elegir el amor, ser prometida y esposa, y tal monstruosidad, tal delito contra la naturaleza, garantizaba a los sencillos campesinos la demencia irremediable de su primera actriz.

Don Juan Bautista, joven doctor de la capital, vino al pueblo, compró un terreno y se puso a edificar una casa. Don Juan Bautista era rico, bello y tonto. Tenía partido con las muchachas. Victoria le vio y le adoró. El príncipe radiante había descendido para ella del firmamento. Todas las manías dispersas de Victoria se juntaron en una, absorbente, feroz, la de amar a don Juan Bautista y casarse con él. No ocultó sus proyectos: desatada y locuaz detenía a los transeúntes y les consultaba sobre los medios de satisfacer su única pasión.

Espiaba horas enteras a don Juan Bautista detrás de las tapias; se atrevió al fin, repugnante y trémula, a rogar que la dejara lavarle la ropa. No sabía planchar con lustre pero aprendió. El momento en que se acercaba a don Juan Bautista, y le entregaba, a él solo, las camisas y los calzoncillos impecables, era el momento radiante y feliz de su existencia humilde. Jamás aceptó un centavo por su faena deliciosa. Otras veces traía a don Juan Bautista la sandía helada o el dulce melón que halagan la siesta, o los sabrosos duraznos, o simplemente tomates frescos, porotos, manteca, todo gratis, ¡y a costa de qué luchas, de qué lejanas peregrinaciones! Don Juan Bautista, jovial y satisfecho, se dejaba idolatrar.

La virginal timidez de Victoria la impedía expresar claramente sus deseos a quien se los inspiraba y los colmaría sin duda. Victoria anhelaba seducir a don Juan Bautista, obligarle a declararse y a proponer el matrimonio. Ella no tendría entonces más que murmurar sí y caer en los vibrantes brazos del prometido. ¿Cómo hacer?

El secretario de la municipalidad, un pequeño de cabeza de mono, la aconsejó que usara polvos y sombrero, como las señoritas de la ciudad. La loca se aplicó ladrillo molido en el rostro, y sobre el cráneo, en equilibrio, un sombrero colosal que los chuscos la regalaron, con plumas estrafalarias. Así marchaba Victoria, disfrazada y grave, en pos de su sueño, entre las risas de los vecinos. De primera actriz había bajado a ser la payasa, la bufona de la aldea.

Durante varios meses, sobre los pastos, parecido a un buque empavesado, osciló el sombrero ridículo, símbolo de una ilusión desesperada. Victoria enflaquecía, se desanimaba; sus pobres pies descalzos se cansaban de correr tras la quimera; el sombrero, agotado por la lluvia, abrasado por el sol, ensuciado y roto, inclinaba tristemente las plumas marchitas. El príncipe radiante continuaba mudo y risueño. ¡Ay! Cuando lucía allá arriba, inaccesible en las limpias noches de estío, era menos cruel.

La casa de don Juan Bautista se terminó; la verja relucía, las flores del jardín doblaban con elegancia sus finos tallos. El dueño fue a la capital, se casó pomposamente y regresó con música. La señora era rubia, bella y tonta quizá. El pueblo quedó deslumbrado.

Victoria desapareció.

Hay en el lugar una escarpada peña, a cuyo píe se amontonan, como en un torrente de vegetación, impenetrables brezos y zarzas. Tres días después de la boda, descubrieron unos cazadores, allá abajo, un objeto singular, una especie de gran pájaro inmóvil, de plumas increíbles. Por distraerse lo acribillaron a balazos. Resultó ser el sombrero de Victoria. Debajo estaba Victoria, con el cuerpo tibio, todavía, y que por fin reposaba.

 

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

Edgar Allan Poe

 

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público –al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación–, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos –en la medida en que me es posible comprenderlos–. Helos aquí sucintamente:

Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero estos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.

Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que lo convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces lo había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos lo habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

 

Estimado P…

Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

 

Recibí el mensaje media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No lo había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuadamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, lo encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y F…

Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan solo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verlo, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

Una vez que se fueron hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.

El señor L…l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.

Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L...l, que estaba dispuesto a que yo lo hipnotizara en el estado en que se encontraba.

Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: “Sí, quiero ser hipnotizado”, agregando de inmediato: “Me temo que sea demasiado tarde”.

Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este periodo, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la muerte.

Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.

–Valdemar… ¿duerme usted? –pregunté.

No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéndose lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:

–Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!

Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

–¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:

–No sufro… Me estoy muriendo.

No me pareció aconsejable molestarlo más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…, que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.

–Valdemar –dije–. ¿Sigue usted durmiendo?

Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

–Sí… Dormido… Muriéndome.

La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una vela que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.

Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo –según lo pensé en el momento y lo sigo pensando–, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la Tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

He hablado al mismo tiempo de “sonido” y de “voz”. Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:

–Sí… No… Estuve durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar. Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que este no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos sería su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.

Desde ese momento hasta fines de la semana pasada –vale decir, casi siete meses– continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros lo atendían continuamente.

Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.

A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida la proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:

–Señor Valdemar… ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?

Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:

–¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!

Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.

Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: “¡Muerto! ¡Muerto!”, que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.