miércoles, 4 de junio de 2025

El hombre del abrigo marrón

Sherwood Anderson

 

Napoleón se fue a la guerra a caballo.
Alejandro se fue a la guerra a caballo.
El general Grant descabalgó y se adentró en el bosque.
El general Hindenburg subió por la colina.
La luna salió por detrás de unos arbustos.

 

Estoy escribiendo una historia. Escribo sobre los actos que realizan los hombres. Aunque todavía soy joven, ya he escrito tres historias de este tipo. Ya llevo escritas unas trescientas, cuatrocientas mil palabras.

Mi mujer está en algún lugar de esta casa en la que llevo horas sentado escribiendo. Es una mujer alta de cabello oscuro, aunque últimamente le están saliendo unas cuantas canas. Escuchen, está subiendo lentamente las escaleras. Se pasa el día yendo con cuidado de un lado a otro, ocupándose de las tareas del hogar.

Yo no soy de aquí, soy de una ciudad del estado de Iowa. Mi padre era obrero, se dedicaba a pintar casas. No llegó a ser alguien en la vida. Yo, en cambio, fui a la universidad y soy historiador. Somos propietarios de la casa donde estoy ahora sentado. Ésta es la habitación donde trabajo. Ya llevo escritas tres historias. Escribo sobre el nacimiento de los estados y el fragor de las batallas. Mis libros pueden encontrarse en las estanterías de las bibliotecas perfectamente alineados, parecen centinelas.

Mi mujer es tan alta como yo, pero yo tengo los hombros algo encorvados. Aunque mis textos hablan de valentía, soy un hombre más bien tímido. Me gusta trabajar a solas en esta habitación con la puerta cerrada. Aquí hay muchos libros. En los libros las naciones avanzan y retroceden. Aunque en los libros hay siempre un gran estruendo, en esta habitación reina el silencio.

 

Napoleón se va a la guerra a caballo.
El general Grant se adentra en el bosque.
Alejandro se va a la guerra a caballo.

 

Mi mujer tiene una mirada muy fría, un tanto severa. A veces, los pensamientos que tengo sobre ella me asustan. Por las tardes le gusta salir de casa para ir a pasear. A veces se va de compras, a veces a visitar a alguna vecina. Justo enfrente de nuestra casa hay una casa amarilla. Mi mujer sale por la puerta y cruza la calle situada entre nuestra casa y la casa amarilla.

La puerta de nuestra casa se cierra de golpe. Hay un momento de espera. El rostro de mi mujer flota sobre el fondo amarillo de un cuadro.

 

El general Pershing se fue a la guerra a caballo.
Alejandro se fue a la guerra a caballo.

 

Pequeñas cosas van aumentando de tamaño en mi mente. La ventana que está frente a mi escritorio enmarca un pequeño espacio como si fuera un cuadro. Todos los días me siento allí a observar. Espero, y tengo la extraña sensación de que algo va a pasar. Me tiembla la mano. El rostro que flota en el cuadro hace algo que no acabo de entender. El rostro flota y luego se detiene. Se mueve de derecha a izquierda y luego se detiene.

El rostro entra y sale de mi mente –flota en mi mente–. Mis dedos dejan caer la pluma. La casa está en silencio. Los ojos del rostro dejan de mirarme.

Mi mujer no es de aquí, es de una ciudad del estado de Ohio. Aunque tenemos criada, mi mujer barre el suelo a menudo y a veces hace la cama en la que dormimos. Por la noche nos sentamos juntos, pero sigo sin conocerla. No puedo salir de mí mismo. Llevo puesto un abrigo marrón del que no logro salir. Estoy atrapado. Mi mujer es muy educada y habla con delicadeza, pero también está atrapada. No puede salir de sí misma.

Mi mujer ha salido de casa. Ella no sabe que yo conozco hasta el más mínimo detalle de su vida. Sé lo que pensaba cuando de niña caminaba por las calles de su ciudad, en Ohio. He oído las voces que hay en su mente. He oído esas pequeñas voces. He oído la voz del miedo gritar cuando sintió por primera vez la pasión del deseo y cayó rendida en mis brazos. Volví a escuchar la voz del miedo al mudarnos a esta casa, cuando sus labios me dedicaron palabras de aliento la primera noche que pasamos juntos después de nuestra boda.

Sería extraño estar aquí sentado, como ahora, mientras mi propio rostro flota por el cuadro que forman la casa amarilla y la ventana. Sería extraño y bonito a la vez que pudiera encontrarme con mi esposa, presentarme ante ella.

La mujer cuyo rostro acaba de pasar flotando por mi cuadro no sabe nada de mí. Yo no sé nada de ella. Ha desaparecido por una calle. Las voces de su mente están hablando. Yo sigo aquí, en esta habitación, no creo que un hombre se haya sentido nunca tan solo.

Sería extraño y bonito a la vez que mi propio rostro pudiera flotar por mi cuadro. Que mi rostro pudiera presentarse flotando ante ella, presentarse ante cualquier hombre o mujer –sería extraño y bonito que sucediera algo así.

 

Napoleón se fue a la guerra a caballo.
El general Grant se adentró en el bosque.
Alejandro se fue a la guerra a caballo.

 

Permítanme decirles… A veces, en mi mente, toda la vida de este mundo flota en un rostro humano. El rostro inconsciente del mundo se frena y se detiene ante mí.

¿Por qué nunca le he dicho a nadie una sola palabra que proceda de mí mismo? ¿Por qué, en todo el tiempo que llevamos juntos, jamás he sido capaz de romper el muro que me separa de mi esposa? Ya llevo escritas trescientas, cuatrocientas mil palabras. ¿No existen palabras que lleven hasta la vida? Algún día hablaré conmigo. Tal vez algún día escriba un testamento a mi favor.

 

martes, 3 de junio de 2025

La exhibición

Marcial Fernández

 

El ejército norteamericano mostró a los medios de información el novísimo Cazabombardero Invisible. Y aunque el General R. Smith se declaró satisfecho después de la exhibición, los numerosos periodistas que asistieron al acto no dejan de mirar con desconfianza la citada arma de guerra, ya que como dice The Washington Post: “Nadie vio nada”.

 

lunes, 2 de junio de 2025

De nuevo la oscuridad

Milia Gayoso Manzur

 

La oscuridad. Esta oscuridad ya vieja pero a la que no me acostumbro. Esta oscuridad que fue creciendo conmigo, que va a envejecer conmigo, que me va a acompañar hasta la tumba. Me habían dicho que tenía que aprender a quererla para que no sea tan difícil, que tenía que aprender a soportarla, que tenía que hacerla mi compañera, porque de lo contrario se convertiría en mi enemiga y libraríamos una batalla eterna en la que ella podría vencerme a cada instante.

¿Por qué me preocupa tanto ahora? Quizás porque me siento solo, los amigos se fueron. Cuando acabó el dinero algunos descubrieron que ser mi guía ya no era tan producente, otros formaron sus familias o sus respectivos trabajos les lleva demasiado tiempo. O por lo menos eso es lo que dicen cuando alguna vez hablamos por teléfono. Quiero volver a hacer algo.

Los primeros años, ese comienzo de la oscuridad fue un golpe terrible. Dos años casi sin salir a la calle, caminando con miedo de tropezar con todo y de caer, pero apareció ella y supo mitigar mi angustia y me enseñó a no estar tan amargado por la situación. Y llegaron los chicos. Me enseñó a cambiarlos, a darles el biberón. Con ellos aprendí nuevos pasos en la oscuridad. Y nació de nuevo el valor, me propuse salir adelante, no dejarme vencer por las circunstancias.

Conseguí un trabajo. Al principio, un familiar me acompañaba hasta llegar a reconocer el terreno palmo a palmo. Aprendí de memoria cuántos pasos había desde la avenida hasta el trabajo, el número de pasos que contenía una cuadra y una calle, hasta que me valí por mí mismo. El bastón blanco fue de gran ayuda, porque entonces la gente me identificaba y me ayudaba a cruzar las calles o a encontrar un asiento en los colectivos.

Retomé mis estudios universitarios, aunque cambié de carrera, pues cuando llegó la oscuridad yo estudiaba Arquitectura. Gracias a Dios la facultad me quedaba cerca de casa, entonces no tenía problemas para ir. Los primeros días alguien me acompañaba, pero después ya aprendí el número de pasos hasta el portón, del portón a la entrada, el número de escalones, la cantidad de pasos de la escalera al pasillo, del pasillo al aula. Pero al asomarme al portón no faltaba quien viniera a mi encuentro, entonces todo era fácil, simplemente me dejaba guiar. Incluso a la salida tenía un número fijo de amigos que me acompañaban hasta casa. Nunca estaba solo.

O por lo menos no me sentía solo. Y tal vez por eso cambié con ella. No la traté como se mereció, y se alejó, o bien, la alejé. No sé muy bien qué ocurrió. Los chicos crecieron, ellos iban y venían. El mayor era mi compañía inseparable: cocinábamos juntos, limpiábamos la casa, paseábamos. Los papeles se invirtieron: él me cuidaba a mí. Ella andaba sola por allí, trabajando y criando a los chicos.

Yo estudiaba, rodeado siempre de gente. Pero acabó la facultad y las esperanzas de conseguir empleo en la profesión fueron nulas, no pasaban de intentos o de trabajos no remunerados. Nada positivo económica ni profesionalmente. Por suerte conservaba mi antiguo empleo y algún otro ingreso. Ella venía de vez en cuando con los niños, arreglaba la casa, preparaba la comida y me cuidaba. Pero yo trataba de sentirme autosuficiente y se lo hacía saber a cada instante. Creo que durante ese tiempo viví hiriéndola e hiriéndome a mí mismo, por esa testarudez de no querer reconocer que realmente la necesitaba con urgencia. No sólo para que me atienda. La necesitaba para sentir su tibieza poblando la cama, la necesitaba para hablar de cosas que desde hacía tanto tiempo no conversábamos.

Y ahora estoy sin empleo. Esa maldita creencia de la gente que piensa que los impedidos físicos no podemos realizar bien determinados trabajos, que somos incapaces. Dios, para no castigarme tanto, la hizo volver y estamos de nuevo juntos, toda la familia. Pero no soy feliz del todo, de nuevo, después de muchos años vuelvo a sentirme inútil, como cuando se inició la entrada a la oscuridad.

En la pared está colgado un título enorme que jamás podré ver, sólo palpar. En mi escritorio a punto de herrumbrarse, está mi máquina de escribir en braille, y en el armario pilones de papel duro llenos de agujeritos hechos con el punzón. Pero esos agujeritos son palabras, tienen vida.

Después de mucho tiempo, esta oscuridad vuelve a molestarme tanto.

 

La caída

José Revueltas

 

Como el operador de un barco perdido, pero de un barco perdido para siempre: “Llamando. Llamando. Llamando”. Oíase la voz gangosa, por la nariz: “Una locura. Punto. Una locura. Punto. Una locura…”.

Las líneas de la zahúrda, desdibujadas, desaparecían a veces por completo, para otra vez fingir cosas extrañas. Y aquél, de pronto, ya no era el sótano maloliente, sino algo inverosímil.

La enfermera del lado derecho y que le sujetaba la frente con sus manos de plomo, lo repetía en forma obsesiva, con la voz gangosa: “Una locura”.

Las ruedas de caucho se deslizaban hacia la sala de operaciones.

Todo aquello era recto y grande, pero más que nada, recto, como una línea blanca, de algodón duro, o como un vendaje restirado, tal vez eterno.

Movíanse las puertas y ventanas en el aire, no sujetas a materia, ellas mismas sin materia, tanto como las enfermeras, abstractas en lo absoluto, que tenían unos menuditos pasos de pesadilla.

“¡Dios mío, cuán largo es el camino de la existencia…!”

Menuditos y sin cesar, como alfileres.

“¡Y debe recorrerse, tenso como es, desde el vientre en el cual uno se mueve originariamente, sucio y abrigado, hasta la húmeda tierra final, donde uno ya no se mueve!”

Podían no tener pies, con esa angustiosa manera de ir sobre el alambre, sobre la venda restirada, dolorosa en los propios dientes.

Deslizábanse las ruedas. Su apacible caucho era una de las cosas más lejanas del universo.

–¿Tiene algo en los pies?

Sin producir el menor ruido.

Luego la TSH del barco, nuevamente, del barco perdido en lento mar, con su sirena grave, solitaria: “Una locura”, se escuchaba.

Era la misma mujer blanca, en el lado derecho, sólo que ahora su voz no tenía enfado, antes bien, una manera de nostalgia melancólica, amorosa.

–¡Extravagancias! ¡A nadie se le ocurre!

Como si no dijera tal palabra, sino alguna muy tierna y llena de consuelo.

¿Por qué haber cometido esa locura? ¿Esa monstruosa locura?

Tan material, por otra parte, la voz de la enfermera, que no podían contenerse las lágrimas, pero era imposible llorar.

“Necesito morir”, pensó.

Las manos del médico no eran de plomo como las de la enfermera. Más bien dos membranas rojas como vitrales, donde los huesos hallábanse en depósito, opacos y con sangre.

–Es absurdo –manifestó el médico pronunciando mucho la o– y lo hago sólo por tratarse de usted, Eusebio…

“Debo encontrar fuerzas –pensó, con toda su alma– para vivir. Es imposible, pero debo encontrarlas.”

Lo cierto es que amaba profundamente a Gabriela.

Era una confusión de las más lamentables y sin duda iba a volverse loco. No podía discriminar, uno de otro, aquellos dos elementos disímbolos que estaban ahí dentro en su mente, coexistiendo de la manera más atroz.

Por momentos, sin embargo, entendía aquella realidad inmediata que lo rodeaba y veía entonces la mesita sucia, la lámpara, el calendario, las cortinas y su cuarto entero, pequeño, deshabitado. Se angustiaba entonces por su enfermedad y sentía miedo de morir sólo, sin encontrarse al lado de ella, y ella, quién sabe en dónde, en cualquier hospital, dando a luz.

¿Por qué, Dios mío?

Aquello era un barco en la sombra, un barco de humo y de sollozos.

–Ahora nadie, nadie podrá hacerte nada. Nadie podrá agredirte porque no tienes pies –decía a sus espaldas Gabriela, con una voz de espuma, con una voz llena de santidad, con una prodigiosa voz de madre intensa.

Lloran los sucios barcos en la niebla como gigantes muy tristes y abandonados y su sirena grave está llena de lágrimas.

Sintió Eusebio un terrible dolor en los pies cuando, con las grandes tenazas, se los cortaron en el sanatorio, aquel verde sanatorio lleno de manecillas de reloj.

Hoy era un barco perdido en tenebrosos mares, con su lamento a la mitad del pecho, con su sirena lóbrega. Mas no eran los pies sino el hecho lacerante de que allá lejos, en alguna parte de la espantosa ciudad, Gabriela estaría dando a luz.

A los médicos les parecía un absurdo que Eusebio, voluntariamente, deseara cortarse los pies, sin que hubiera motivo.

–Lo hago sólo por tratarse de usted, Eusebio –dijo el Cirujano Mayor con unos ojos de furia, negros de violencia–. No está permitido por las leyes. Si ocurre algo usted será el único responsable. Yo soy enemigo de practicar abortos.

Antes los ojos de Gabriela eran profundos, con una luz cálida y sombría, pero en aquella ocasión tenían algo infinito y desesperado. Y de pronto se alzó como una raíz ciega, con la cara llena de amor, absurdo, como si fuese un animal pavorosamente amado, y huyó, corriendo lejos del sanatorio, a través de las puertas, que quedaron con un movimiento suave.

Podía más y en forma terrible lo maternal. Más que el crimen y la destrucción.

Dijo con los ojos blancos de vacío en el alma: “Primero morir”, y Eusebio sintió mucho que no agregase: “Amo más lo que va a nacer que lo ya nacido y viviente”, porque éste era su propio pensamiento y él mismo amaba, de la manera más oscura, aquello descomunal y pavoroso que Gabriela llevaba en las entrañas.

–¡Extravagancias! No tiene nada en los pies. Nada. Nada. Nada. ¡Es un loco!

¿Con qué ojos llorar para siempre, con qué mil ojos por todo el cuerpo, para la eternidad, eternamente, con el desconsuelo puro sin límites, con el vacío desconsolado de la sangre?

Eusebio marcharía por la tierra sin pies, para humillarse, para acabarse. Nadie podría comprenderlo nunca. Nadie, jamás.

Su cuarto era negro y pobre, apenas con los enseres mínimos: el camastro donde estaba echado, la fea bacinica amarillenta, la mesita pequeña cargada de polvo. Un poco más abajo que la banqueta de la calle, se oían desde su interior las pisadas de los transeúntes, pero como si al oírlas uno mismo estuviese debajo, como en una fosa ignorada, y las gentes vivas, atroces, en el cielo.

“¡Siempre me faltó algo, durante toda la existencia…!”

Para alquilar aquella pequeña tumba, un año antes, Eusebio hubo de rogar mucho a la patrona, tan sucio estaba, tan mal vestido, con los ojos hambrientos. Desde el primer instante la patrona sintió un odio intenso en contra de él.

–Debe abandonar el cuarto –dijo hoy desde la puerta, sin aventurarse a entrar–, porque si se muere no quiero meterme en averiguaciones con la policía. Vaya a buscar donde entregar su alma a Dios.

Eusebio no comprendió estas palabras: “¿Me habrán cortado ya los pies?”, pensó, e imaginó la soledad de Gabriela, en donde estuviese, con aquel hijo en las entrañas, que iba a nacer.

–Cambié de nombre, Gabriela –le dijo en voz muy queda y dolorosa.

–Entonces por eso no pude encontrarte en tanto tiempo. Debes haber sufrido.

Él calló espesamente.

Ella le dijo después:

–Pensemos en alguna cosa. En Dios.

Pero la mirada sin esperanza de Eusebio la hizo enmudecer, como para muchos siglos.

“¡Cuán largo, cuán largo es el camino!”

Habíase convertido la tierra en mar, toda la tierra, y sobre ese único mar un único barco sollozando con fuerza.

Se escuchaba desde el interior del cuarto la voz de la patrona:

–Hoy mismo lo echo a la calle. Que lo recoja la Cruz. Ya hasta comienza a oler mal.

Un gran sollozo, como una nube inmensa. La tierra era un sollozo.

Eusebio necesitó siempre de Gabriela, que fue el amor obsesivo y único de su existencia. Necesitó de ella sin importarle nada de todo lo demás, y si luchó hasta el fin por huirla, a la postre todo fue en vano.

Aquella vez en que ocurrieron las cosas, esperó sin mover los ojos. Pensaba que Gabriela volvería el rostro forzosamente.

–Eusebio –dijo ella, pero no era cierto, apenas si nada más lo había pensado.

–Eusebio.

Aunque esa palabra se oía fuera de la alcoba mental, más adelante aún de los cabellos negros que cubrían tal alcoba, sobre el silencio quieto, lleno de sosiego espantoso.

Tardó muchísimo en volver el rostro y lo hizo sin lentitud, en un golpe rudo, áspero.

Eusebio continuaba con los ojos anormales.

–Eusebio.

No. No había pronunciado su nombre. Únicamente el llanto, pues sollozaba llena de miedo, de remordimiento.

–¿Por qué lo hemos permitido?

Eusebio hubiese deseado no sufrir, pero así eran las cosas en este pequeño infierno terrestre. No movía los ojos aún.

–¡Perdóname! –sollozó entonces él también.

La pequeña tumba olía mal, en efecto. Oyó nuevamente la voz de la patrona que conversaba con alguien, allá afuera.

–Hace tres días que está delirando. Me debe más de dos meses. Hoy mismo lo echo a la calle.

Nació de cuando, pequeños, dormían juntos en la misma cama. Ahí, bajo las sábanas, Gabriela extendía su poderoso cuerpo presente como una mancha viva, como un estanque con respiración y los pies de Eusebio recorrían los kilómetros infinitos de aquel cuerpo, acariciándolo. Entonces se establecía una lucha anhelante, compartida, y los dos corazones sonaban como sobre un tambor seco y profundo.

Nada tan prohibido, sin embargo, como aquel amor.

–Sin remedio –seguía la patrona–, hoy mismo. No tiene a nadie en el mundo. Sólo una vez vino a verlo una mujer. Siempre llega borracho. De eso se está muriendo.

De ahí que Eusebio odiase a sus pies como un instrumento de pecado. Todo transcurría de noche, cuando él y ella eran pequeños, pero a la mañana siguiente se miraban los ojos con ese calor sobrenatural de las personas que guardan entrambas un secreto indecible.

Ocurrió que toda la gente salió de la casa. Gabriela tuvo un temblor extraordinario cuando él, cautelosamente, llegó hasta ella por las espaldas, respirando como si le faltase el aire.

–¡Gabriela!

Se estremecieron tanto que le dio terror. Aquello era imposible.

–Dime sólo que me quieres, y no como tu hermano –pidió Eusebio–. Con eso me basta. No quiero más.

Gabriela inclinó la cabeza como dándose una puñalada en el pecho.

–Sí –dijo–. Con toda el alma. Con todas mis fuerzas.

Desde aquel día Eusebio no volvió y se entregó a un vagabundaje sórdido por las cantinas, en los largos mesones sin ventanas donde dormían las gentes más fuera de la existencia.

Un barco con las bodegas navegando rudamente sobre el mar de arena. Un barco que llora sobre la superficie solitaria y llora sin remedio. Tocó sus muslos de lámina, el pecho con cadenas, y sintió cómo su maquinaria furiosa lo empujaba entre la tierra, entre la arena dura y hostil, atravesada de peces violentos y malos.

–No está enfermo sino de la borrachera. No tiene a nadie en el mundo. Deme usted consejo de cómo echarlo.

Se recortaba en forma singular la silueta de la mujer. Un pequeño escalón, a la puerta del sótano, le rompía el dorso y entonces su sombra era un monstruo negro del otro mundo. Podría ser una gallina gigantesca picando turbiamente. El interlocutor, recargado sobre la pared del pasillo, no arrojaba sombra alguna.

–No quiero ni entrar al cuarto, porque apesta mucho. Aunque quisiera abrir la ventana.

El doctor movía la cabeza lleno de cólera:

–Pero ¿cómo, usted, Eusebio, un hombre sensato, quiere hacer esto? ¿No le da vergüenza? ¿Querer mutilarse los pies?

Entonces los ojos de Gabriela se abrieron como jamás ojos algunos se habían abierto nunca.

–Quizá no lo entiendas –dijo–, pero no me está negado el ser madre.

Eusebio le sujetó las muñecas lleno de rabia.

–Sí te está negado. Por Dios. Te está negado.

La enfermera, los labios blancos de un miedo escandaloso, repitió con la voz nasal y bárbara:

–Negado por Dios. Negado por Dios.

Gabriela se echó a correr como una loca y las puertas quedaron oscilando, vacías, como si hubiese pasado un fantasma.

–Menos mal –exclamó el médico– que se decidió usted a que no le cortáramos los pies.

Después vino una borrachera estúpida, pues Eusebio bebió ocho días seguidos, ignorando todo lo referente a la vida y metido en una soledad larga y frenética.

–Sería cuestión de traer unos cargadores –dijo el interlocutor de la patrona– y que se lo lleven a dejarlo en alguna puerta. Tal vez la puerta de algún hospital. Eso sería lo mejor.

El vagabundaje más infeliz y sin propósito pues no podía hacer nada, ni trabajar, ni soñar, ni comunicarse con sus semejantes, sino tan sólo pensar en ella, amarla con todas las fuerzas más brutales.

Llegaron a la taberna hasta ocho agentes de la policía para una razzia de vagabundos. Vestían trajes color café o de gabardina y eran prietos, con las quijadas muy duras y anchas.

Advirtió Eusebio, en alguno de ellos, el casimir desleído y pobre. “Lo hacen por comer. No tienen razón de perseguir así a las gentes.”

Lo sacudieron con brutalidad, sujetándolo de un brazo.

–¿Qué te has creído? ¡Camina!

Eusebio no quiso levantarse de la silla porque nada le importaba en el mundo. Alguien le dio un puñetazo en pleno rostro.

–¡Jijo de la tiznada! –oyó el grito ronco y con saliva.

Sentía que le habían mojado la cara con un líquido tibio, pero estaba como no humano, con la sangre sucia y espesa que le bajaba desde los pómulos.

En la galera permaneció de pie, inmóvil, con la cabeza inclinada y parecía como si estuviera creciendo todo él, rojo, feo. Cuando lo llamaron no pudo responder, pues había dado otro nombre.

Tres días antes de esto que ocurría hoy, la patrona le trajo de comer por última vez.

–Lo hago por misericordia. Pero no crea que se me olvida todo lo que me debe.

Eusebio aún no había entrado en el periodo de la fiebre delirante. Su cerebro era claro y lleno de tristeza, pero le hubiese sido imposible moverse. Sentía cómo, a sus espaldas, el excremento le llagaba al cuerpo.

–¡Gracias! –dijo.

Cuando estuvo en la prisión, un año entero, se sintió el ser más solitario del mundo. En su celda dormían cinco compañeros más. Le repugnaba verlos masturbarse frente a los retratos de las mujeres desnudas que habían fijado en las paredes.

–En cuanto me alivie me voy, señora.

La patrona arrugó el entrecejo.

–Pero siquiera muévase –exclamó con una irritación aguda– y no haga sus necesidades en la cama.

Eusebio cerró los ojos impotente para decir unas palabras.

Aquellos pasos sobre la banqueta, que podían verse desde el camastro, a través de la ventana, resonaban en la caja del cuerpo, como sobre una gran oquedad. Eran sólo los pies, sobre el gran, inmenso vacío del cuerpo. Iba tornándose el cuerpo la fosa sin medida. Los contó: dos, tres, cinco. Irían a sus asuntos vivos, a sus quehaceres. Tal vez los pasos de ella apareciesen en la ventana, pero era imposible.

Al salir de la prisión, doce meses antes, no sintió esa alegría suma, esa felicidad extraordinaria de verse libre. Se encontraba atontado, con un líquido tumultuoso y sordo que le recorría las venas. La ciudad, frente a él, era como un gran pecado sin nombre.

Un año son trescientos sesenta y cinco días de furia, de anhelo. La ciudad era un monstruo balanceándose, un monstruo espeso. Las gentes estaban ciegas y muertas, con rostros sin facciones.

Eusebio se detuvo a media calle, sin saber qué hacer. Había pensado en Gabriela como un poseído. Y ahora lo simple –lo espantosamente simple– que sería dirigirse a la casa, a la antigua casa que él había abandonado, y llegar a la ventana como a una fuente y recostarse en los amados muros.

Llegó por la noche como si, para llegar, hubiera tenido que ir por el mundo durante meses enteros. Las mismas ventanas de su infancia despedían la misma claridad pura, impura. Aquello era el infinito y dentro de su corazón latió algo inesperadamente angélico.

–¡Gabriela! –musitó quedamente desde el jardín.

A pesar de la voz, apenas murmurada, la blanca figura apareció, sobrenatural.

–¡Eusebio!

Temblaba como una hoja. Temblaban ambos y sus corazones iban a romperse.

–¡Que no te vean, por Dios!

Se oían los corazones.

Él dijo con la voz bronca, atropellada, imposible:

–Quisiera entrar y ver a mi madre.

“Una locura. Punto. Llamando. Una locura.” Estaba loca la sirena de la embarcación y su sollozo, obsesivo, escuchábase a lo largo de todo el mar. Los émbolos llenos de rabia sacudían el cuerpo conduciéndolo entre cosas muertas y duras. No había ni una sola brizna de luz en todo el mar inmenso.

Dos días antes de lo que hoy ocurría en el cuartucho, la patrona no trajo ya alimentos.

–Será mejor –se escuchaba su voz– esperar a la madrugada. Hay que contratar desde ahorita a los cargadores.

Eusebio escuchaba desde su camastro cosas simplemente oscuras –que no tenían medida ni en el cielo ni en la tierra.

 

El gato

Juan Carlos Onetti

 

Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable.

De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis, la historia –para mí, sobre todo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.

Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.

John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad. Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.

Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:

–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estábamos prácticamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Íbamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.

Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaban la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johny dijo sin mirarme:

–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho. Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cocteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

“Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas.

“Me adelanté para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya basta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseábamos.”

Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:

–Lo que explica para cualquier tipo inteligente, por qué, desde entonces, sólo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco.

 

domingo, 1 de junio de 2025

Los conejos blancos

Leonora Carrington

 

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York.

Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.

La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.

Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.

Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.

La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina.

–¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? –me gritó.

–¿Un poco de qué? –grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.

–De carne en mal estado. Carne en descomposición.

–En este momento, no –contesté, preguntándome si no estaría bromeando.

–¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.

A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.

Mi curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.

Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.

Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.

Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.

La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.

–¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? –murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.

–Es usted muy amable –prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente–. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.

Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.

El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.

–Tenemos visita muy pocas veces –sonrió la mujer–. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.

Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.

–¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! –canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.

Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.

–Una acaba encariñándose con ellos –prosiguió la mujer–. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.

Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.

–Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.

Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.

La mujer siguió mi mirada y rio entre dientes.

–Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…

Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.

–¿Ethel? –preguntó con voz bastante débil–. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.

–Vamos, Laz; no empecemos –su voz era quejumbrosa–, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.

La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.

–Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? –de repente me entró miedo y sentí ganas de salir, de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.

–Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.

El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.

La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.

–¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!

Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

 

La otra familia

Alberto Sánchez Argüello

 

Martha abre los ojos y se da cuenta que está en la cocina; la vajilla es de china y las ollas son todas nuevas. Frente a ella está un pollo horneado, listo para servir. Le toma unos cuantos segundos darse cuenta que es la otra casa. Contenta se prepara a recibir al esposo y sus hijos como se merecen. Un par de horas después aparecen sus dos niños y la colman de besos, detrás el esposo la abraza y la levanta en el aire como si no se hubiesen visto en meses. –Te amo– le dice mientras le mordisquea la oreja.

Se sientan todos a la mesa y los pequeños le hablan de lo bien que les fue en clases, excepto por el examen sorpresa de química.

El esposo ríe y les dice que antes de la cena les ayudará a repasar para que saquen cien en la próxima. Ella guarda silencio, disfrutando tanta paz junta; él le toma la mano y le dice que la próxima semana pedirá vacaciones para hacerse cargo de la casa y que ella puede ir viendo lo de su postgrado, que ya se arreglarán con los niños.

Ella va a responder cuando un murmullo se le mete por los oídos –despertate– oye a lo lejos –despertate puta– le dice una voz cada más fuerte –despertate pedazo de mierda– le grita y ya no puede escuchar a los niños, ni al esposo. Siente un mareo, se levanta de la silla y antes de que la puedan sostener, cae.

Al abrir los ojos se da cuenta que está en el piso, le duele la cabeza y siente en la boca un líquido caliente que sabe a metal. –Levantate ya, hijadeputale– dice la misma voz –Ni que te hubiera golpeado tan fuerte; levantate y andá traeme una cerveza– agrega. Ella se levanta, se limpia la sangre con el dorso de la mano y camina lento hacia la cocina, añorando el próximo golpe que la llevará de nuevo con la otra familia.