miércoles, 2 de julio de 2025

Acaso irreparable

Mario Benedetti

 

Cuando los parlantes anunciaron que las Líneas Centroamericanas de Aviación postergaban por veinticuatro horas su vuelo número 914, Sergio Rivera hizo un gesto de impaciencia. No ignoraba, por supuesto, la clásica argumentación: siempre es mejor una demora impuesta por la prudencia que una dificultad (“acaso irreparable”) en pleno vuelo. De cualquier manera, esta demora complicaba bastante sus planes con respecto a la próxima escala, donde ya tenía citas concertadas para el siguiente mediodía.

Decidió autoimponerse la resignación. La afelpada voz femenina del parlante seguía diciendo ahora que la Compañía proporcionaría vales a sus pasajeros para que cenaran, pernoctaran y desayunaran en el Hotel Internacional, cercano al Aeropuerto. Nunca había estado en este país eslavo y no le habría desagradado conocerlo, pero por una sola noche (y aunque el Banco del aeropuerto estaba atendiendo a los pasajeros en tránsito) no iba a cambiar dólares. De modo que fue hasta el mostrador de LCA, hizo cola para recibir los vales y decidió no pedir ni un solo extra durante la cena.

 

Nevaba cuando el ómnibus los dejó frente al Hotel. Pensó que era la segunda vez que veía nieve. La otra había sido en Nueva York, en un repentino viaje que debió realizar (al igual que éste, por cuenta de la Sociedad Anónima) hacía casi tres años. El frío de dieciocho bajo cero, que primero arremetió contra sus orejas y luego lo sacudió en un escalofrío integral, le hizo añorar la bufanda azul que había dejado en el avión. Menos mal que las puertas de cristal se abrieron antes de que él las tocara, y de inmediato una ola de calor lo reconfortó. Pensó que en ese momento le hubiera gustado tener cerca a Clara, su mujer, y a Eduardo, su hijo de cinco años. Después de todo, era un hombre de hogar.

En el restorán, vio que había mesas para dos, para cuatro y para seis. Él eligió una para dos, con la secreta esperanza de comer solo y así poder leer con tranquilidad. Pero simultáneamente otro pasajero le preguntó: “¿Me permite?”, y casi sin esperar respuesta se acomodó en el lugar libre.

El intruso era argentino y tenía un irrefrenable miedo a los aviones. “Hay quienes tienen sus amuletos”, dijo, “sé de un amigo que no sube a un avión si no lleva consigo cierto llavero con una turquesa. Sé de otro que viaja siempre con una vieja edición de Martín Fierro. Yo mismo llevo conmigo, aquí están, ¿las ve?, dos moneditas japonesas que compré, no se ría, en el Barrio Chino de San Francisco. Pero a mí no hay amuleto que me serene de veras”.

Rivera empezó contestando con monosílabos y leves gruñidos, pero a los diez minutos ya había renunciado a su lectura y estaba hablando de sus propios amuletos. “Mire, mi superstición acaba de sufrir la peor de las derrotas. Siempre llevaba esta Sheaffer’s pero sin tinta, y había una doble razón: por un lado no corría el riesgo de que me manchara el traje, y, por otro, presentía que no me iba a pasar nada en ningún vuelo mientras la llevara así, vacía. Pero en este viaje me olvidé de quitarle la tinta, y ya ve, pese a todo estoy vivo y coleando”. Le pareció que el otro lo miraba sin excesiva complicidad, y entonces se sintió obligado a agregar: “La verdad, es que en el fondo soy un fatalista. Si a uno le llega la hora, da lo mismo un Boeing que la puntual maceta que se derrumba sobre uno desde un séptimo piso”. “Sí”, dijo el otro, “pero así y todo, prefiero la maceta. Puede darse el caso de que uno quede idiota, pero vivo”.

El argentino no terminó el postre (“¿quién dijo que en Europa saben hacer el mousse de chocolate?”) y se retiró a su habitación. Rivera ya no estaba en disposición de leer y encendió un cigarrillo mientras dejaba que se asentara el café a la turca. Se quedó todavía un rato en el comedor, pero cuando vio que las mesas iban quedando vacías, se levantó rápidamente para no quedar último y se fue a su pieza, en el segundo piso. El pijama estaba en la valija, que había quedado en el avión, así que se acostó en calzoncillos. Leyó un buen rato, pero Agatha Christie despejó su enigma mucho antes de que a él le viniera el sueño. Como señalahojas usaba una foto de su hijo. Desde una lejana duna de El Pinar, con un baldecito en la mano y mostrando el ombligo, Eduardo sonreía, y él, contagiado, también sonrió. Después apagó la veladora y encendió la radio, pero la enfática voz hablaba una lengua endiablada, así que también la apagó.

Cuando sonó el teléfono, su brazo tanteó unos segundos antes de hallar el tubo. Una voz en inglés dijo que eran las ocho y buenos días y que los pasajeros correspondientes al vuelo 914 de LCA serían recogidos en la puerta del hotel a las 9 y 30, ya que la salida del avión estaba anunciada “en principio” para las 11 y 30. Había tiempo, pues, para bañarse y desayunar. Le molestó tener que usar, después de la ducha, la misma ropa interior que traía puesta desde Montevideo. Mientras se afeitaba, estuvo pensando cómo se las arreglaría para intercalar en el resto de la semana las entrevistas no cumplidas. “Hoy es martes 5”, se dijo. Llegó a la conclusión de que no tenía más remedio que establecer un orden de prioridades. Así lo hizo. Recordó las últimas instrucciones del Presidente del Directorio (“no se olvide, Rivera, que su próximo ascenso depende de cómo le vaya en su conversación con la gente de Sapex”) y decidió que postergaría varias entrevistas secundarias para poder dedicar íntegramente la tarde del miércoles a los cordiales mercaderes de Sapex, quienes, a la noche, quizá lo llevaran a aquel cabaret cuyo strip-tease tanto había impresionado, dos años atrás, al flaco Pereyra.

Desayunó sin compañía, y a las nueve y media, exactamente, el ómnibus se detuvo frente al Hotel. Nevaba aun más intensamente que la víspera, y en la calle el frío era casi insoportable. En el aeropuerto, se acercó a uno de los amplios ventanales y miró, no sin resentimiento, cómo el avión de LCA era atendido por toda una cuadrilla de hombres en mameluco gris. Eran las doce y quince cuando la voz del parlante anunció que el vuelo 914 de LCA sufría una nueva postergación, probablemente de tres horas, y que la Compañía proporcionaría vales a sus pasajeros para almorzar en el restorán del aeropuerto.

Rivera sintió que lo invadía un vaho de escepticismo. Como siempre que se ponía nervioso, eructó dos veces seguidas y registró una extraña presión en las mandíbulas. Luego fue a hacer cola frente al mostrador de LCA. A las 15 y 30, la voz agorera dijo, con envidiable calma, que “debido a desperfectos técnicos, LCA había resuelto postergar su vuelo 914 hasta mañana, a las 12 y 30”. Por primera vez, se escuchó un murmullo, de entonación algo agresiva. El adiestrado oído de Rivera registró palabras como “intolerable”, “una vergüenza”, “qué falta de consideración”. Varios niños comenzaron a llorar y uno de los llantos fue bruscamente cortado por una bofetada histérica. El argentino miró desde lejos a Rivera y movió la cabeza y los labios, como diciendo: “¿Qué me cuenta?”. Una mujer, a su izquierda, comentó sin esperanza: “Si por lo menos nos devolvieran el equipaje”.

Rivera sintió que la indignación le subía a la garganta cuando el parlante anunció que en el mostrador de LCA el personal estaba entregando vales para la cena, la habitación y el desayuno, todo por gentileza de la Compañía. La pobre muchacha que proporcionaba los vales debía sostener una estúpida e inútil discusión con cada uno de los pasajeros. Rivera consideró más digno recibir el vale con una sonrisa de irónico menosprecio. Le pareció que, con una ojeada fugaz, la muchacha agradecía su discreto estilo de represalia.

En esta ocasión Rivera llegó a la conclusión de que su odio se había vuelto comunicativo y se sentó a cenar en una mesa de cuatro. “Fusilarlos es poco”, dijo, en plena masticación, una señora de tímida y algo ladeada peluca. El caballero que Rivera tenía enfrente, abrió lentamente el pañuelo para sonarse; luego tomó la servilleta y se limpió el bigote. “Yo creo que podrían transferirnos a otra compañía”, insistió la señora. “Somos demasiada gente”, dijo el hombre del pañuelo y la servilleta. Rivera aventuró una opinión marginal: “Es el inconveniente de volar en invierno”, pero de inmediato se dio cuenta de que se había salido de la hipótesis de trabajo. A ella, por supuesto, se le hizo agua la boca: “que yo sepa, la Compañía no ha hecho ninguna referencia al mal tiempo. ¿Acaso usted no cree que se trata de una falla mecánica?”. Por primera vez se escuchó la voz (ronca, con fuerte acento germánico) del cuarto comensal: “Una de las azafatas explicó que se trata de un inconveniente en el aparato de radio”. “Bueno”, admitió Rivera, “si es así, la demora parece explicable, ¿no?”.

Allá, en el otro extremo del restorán, el argentino hacía grandes gestos, que Rivera interpretó como progresivamente insultantes para la Compañía. Después del café, Rivera fue a sentarse frente a los ascensores. En el salón del séptimo piso debía haber alguna reunión con baile, ya que de la calle entraba mucha gente. Después de dejar en el guardarropa todo un cargamento de abrigos, sombreros y bufandas, esperaban el ascensor unos jovencitos elegantemente vestidos de oscuro y unas muchachas muy frescas y vistosas. A veces bajaban otras parejas por la escalera hablando y riendo, y Rivera lamentaba no saber qué broma estarían festejando. De pronto se sintió estúpidamente solo, con ganas de que alguna de aquellas parejitas se le acercara a pedirle fuego, o a tomarle el pelo, o a hacerle una pregunta absurda en ese imposible idioma que al parecer tenía (¿quién lo hubiera creído?) sitio para el humor. Pero nadie se detuvo siquiera a mirarlo. Todos estaban demasiado entretenidos en su propio lenguaje cifrado, en su particular y alegre distensión.

Deprimido y molesto consigo mismo, Rivera subió a su habitación, que esta vez estaba en el octavo piso. Se desnudó, se metió en la cama, y preparó un papel para rehacer el programa de entrevistas. Anotó tres nombres: Kornfeld, Brunell, Fried. Quiso anotar el cuarto y no pudo. Se le había borrado por completo. Sólo recordó que empezaba con E. Le fastidió tanto esa repentina laguna que decidió apagar la luz y trató de dormirse. Durante largo rato estuvo convencido de que ésta iba a ser una de esas nefastas noches de insomnio que años atrás habían sido su tormento. Para colmo, no tenía esta vez el recurso de la lectura. Una segunda Agatha Christie había quedado en el avión. Estuvo un rato pensando en su hijo, y de pronto, con cierto estupor, advirtió que hacía por lo menos veinticuatro horas que no se acordaba de su mujer. Cerró los ojos para imponerse el sueño. Hubiera jurado que sólo habían pasado tres minutos cuando, seis horas después, sonó el teléfono y alguien le anunció, siempre en inglés, que el ómnibus los recogería a las 12 y 15 para llevarlos al aeropuerto. Le daba tanta rabia no poder cambiarse de ropa interior, que decidió no bañarse. Incluso tuvo que hacer un esfuerzo para lavarse los dientes. En cambio, tomó el desayuno alegremente. Sintió un placer extraño, totalmente desconocido para él, cuando sacó del bolsillo el vale de la Compañía y lo dejó bajo la azucarera floreada.

En el aeropuerto, después de almorzar por cuenta de LCA, se sentó en un amplio sofá que, como estaba junto a la entrada de los lavabos, nadie se decidía a ocupar. De pronto se dio cuenta de que una niña (rubia, cinco años, pecosa, con muñeca) se había detenido junto a él y lo miraba. “¿Cómo te llamas?”, preguntó ella en un alemán deliciosamente rudimentario. Rivera decidió que presentarse como Sergio era lo mismo que nada, y entonces inventó: “Karl”. “Ah”, dijo ella, “yo me llamo Gertrud”. Rivera retribuyó atenciones: “¿Y tu muñeca?”. “Ella se llama Lotte”, dijo Gertrud.

Otra niña (también rubia, tal vez cuatro años, asimismo con muñeca) se había acercado. Preguntó en francés a la alemancita: “¿Tu muñeca cierra los ojos?”. Rivera tradujo la pregunta al alemán, y luego la correspondiente respuesta al francés. Sí, Lotte cerraba los ojos. Pronto pudo saberse que la francesita se llamaba Madeleine, y su muñeca, Yvette. Rivera tuvo que explicarle concienzudamente a Gertrud que Yvette cerraba los ojos y además decía mamá. La conversación tocó luego temas tan variados como el chocolate, los payasos y los sendos papás. Rivera trabajó un cuarto de hora como intérprete simultáneo, pero las dos criaturas no le daban ninguna importancia. Mentalmente comparó a las rubiecitas con su hijo y reconoció objetivamente que Eduardo no salía mal parado. Respiró satisfecho.

De pronto Madeleine extendió su mano hacia Gertrud, y ésta como primera reacción, retiró la suya. Luego pareció reflexionar y la entregó. Los ojos azules de la alemancita brillaron, y Madeleine dio un gritito de satisfacción. Evidentemente, de ahora en adelante ya no hacía falta ningún intérprete, y las dueñas de Lotte e Ivette se alejaron, tomadas de la mano sin despedirse siquiera de quien tanto había hecho por ellas.

“LCA informa”, anunció la voz del parlante, menos suave que la de la víspera pero creando de todos modos un silencio cargado de expectativas, “que no habiendo podido solucionar aún los desperfectos técnicos, ha resuelto cancelar su vuelo 914 hasta mañana, en hora a determinar”.

Rivera se sorprendió a sí mismo corriendo hacia el mostrador para conseguir un buen lugar en la cola de los aspirantes a vales de cena, habitación y desayuno. No obstante, debió conformarse con el octavo puesto. Cuando la empleada de la Compañía le extendió el ya conocido papelito, Rivera tuvo la sensación de que había logrado un avance, tal vez algo parecido a un ascenso en la Sociedad Anónima, o a un examen salvado, o a la simple certidumbre del abrigo, la protección, la seguridad.

Estaba terminando de cenar en el hotel de siempre (una cena que había incluido una estupenda crema de espárragos, más Wienerschnitzel, más fresas con crema, todo ello acompañado por la mejor cerveza de que tenía memoria) cuando advirtió que su alegría era decididamente inexplicable. Otras veinticuatro horas de atraso significaban lisa y llanamente la eliminación de varias entrevistas y, en consecuencia, de otros tantos acuerdos. Conversó un rato con el argentino de la primera noche, pero para éste no había otro tema que el peligro peronista. La cuestión no era para Rivera demasiado apasionante, de modo que alegó una inexplicable fatiga y se retiró a su pieza, ahora en el quinto.

Cuando quiso reorganizar la nómina de entrevistas a cumplir, se encontró con que se acordaba solamente de dos nombres: Fried y Brunell. Esta vez el olvido le causó tanta gracia que la solitaria carcajada sacudió la cama y le extrañó que en la habitación vecina nadie reclamara silencio. Se tranquilizó pensando que en algún lugar de la valija que estaba en el avión había una libretita con todos los nombres, direcciones y teléfonos. Se dio vuelta bajo aquellas extrañas sábanas con botones y acolchado, y experimentó un bienestar semejante a cuando era niño y, después de una jornada invernal, se arrollaba bajo las frazadas. Antes de dormirse, se detuvo un instante en la imagen de Eduardo (inmovilizada en la foto de las dunas, con el baldecito en la mano) pero la creciente modorra le impidió advertir que no se acordaba de Clara.

A la mañana siguiente, miró casi con cariño su muda ya francamente sucia, por lo menos en los bordes del calzoncillo y en los tirantes de la camiseta. Se lavó tímidamente los ojos, pero casi enseguida tomó la atrevida decisión de no cepillarse los dientes. Volvió a meterse en la cama hasta que el teléfono dijo su cotidiano alerta. Luego, mientras se vestía, consagró cinco minutos a reconocer la bondad de la Compañía que financiaba tan generosamente la involuntaria demora de sus pasajeros. “Siempre viajaré por LCA”, murmuró en voz alta, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Por esa razón tuvo que cerrarlos y cuando los abrió, lo primero que distinguió fue un almanaque en el que no había reparado. En vez de jueves 7, marcaba miércoles 11. Sacó la cuenta con los dedos, y decidió que esa hoja debía pertenecer a otro mes, o a otro año. En ese momento opinó muy mal de la rutina burocrática en los Estados socialistas. Luego se levantó, desayunó, tomó el ómnibus.

Esta vez sí había agitación en el aeropuerto. Dos matrimonios, uno chileno y otro español, protestaban ruidosamente por las sucesivas demoras y sostenían que, desde el momento que ellos viajaban con un niño y una niña respectivamente, ambos de pocos meses, la Compañía debería ocuparse de conseguirles los pañales pertinentes, o en su defecto facilitarles las valijas que seguían en el avión inmóvil. La empleada que atendía el mostrador de LCA se limitaba a responder, con una monotonía predominantemente defensiva, que las autoridades de la Compañía tratarían de solucionar, dentro de lo posible, los problemas particulares que originaba la involuntaria demora.

Involuntaria demora. Demora involuntaria. Sergio escuchó esas dos palabras y se sintió renacer. Quizá era eso lo que siempre había buscado en su vida (que había sido todo lo contrario: urgencia involuntaria, prisa deliberada, apuro, siempre apuro). Recorrió con la vista los letreros del aeropuerto en lenguas varias: Sortie, Arrivals, Ausgang, Douane, Departures, Cambio, Herren, Change, Ladies, Verboten, Transit, Snack Bar. Algo así como su hogar.

De vez en cuando una voz, siempre femenina, anunciaba la llegada de un avión, la partida de otro. Nunca, por supuesto, del vuelo 914 de LCA, cuyo paralizado, invicto avión, seguía en la pista, cada vez más rodeado de mecánicos en overalls, largas mangueras, jeeps que iban y venían trayendo o llevando nuevos operarios, o tornillos, u órdenes.

“Sabotaje, esto es sabotaje”, pasó diciendo un italiano enorme que viajaba en primera. Rivera tomó sus precauciones y se acercó al mostrador de LCA. De ese modo, cuando el parlante anunciara la nueva demora involuntaria, él estaría en el primer sitio para recoger el vale correspondiente a cena, habitación y desayuno.

Gertrud y Madeleine pasaron junto a Rivera, tomadas de la mano y ya sin muñecas. Las chiquilinas (¿serían las mismas, u otras muy semejantes?, estas rubiecitas europeas son todas iguales) parecían tan conformes como él con la demora involuntaria. Rivera pensó que ya no habría ninguna entrevista, ni siquiera con la gente de ¿cómo era? Se probó a sí mismo tratando de recordar algún nombre, uno solo, y se entusiasmó como nunca cuando verificó que ya no recordaba ninguno.

También esta vez se encontró con un almanaque frente a él, pero la fecha que marcaba (lunes 7) era tan descabellada, que decidió no darle importancia. Fue precisamente en ese instante que entraron en el vasto hall del aeropuerto todos los pasajeros de un avión recién llegado. Rivera vio al muchacho, y sintió que lo envolvía una sensación de antiguo y conocido afecto. Sin embargo, el adolescente pasó junto a él, sin mirarlo siquiera. Venía conversando con una chica de pantalones de pana verde y botitas negras. El muchacho fue hasta el mostrador y trajo dos jugos de naranja. Rivera, como hipnotizado, se sentó en un sofá vecino.

“Dice mi hermano que aquí estaremos más o menos una hora”, dijo la chica. Él se limpió los labios con el pañuelo. “Estoy deseando llegar”. “Yo también”, dijo ella. “A ver si escribís. Quién te dice, a lo mejor nos vemos. Después de todo, estaremos cerca”. “Vamos a anotar ahora mismo las direcciones”, dijo ella.

El muchacho empuñó un bolígrafo, y ella abrió una libretita roja. A dos metros escasos de la pareja, Sergio Rivera estaba inmóvil, con los labios apretados.

“Anotá”, dijo la muchacha, “María Elena Suárez, Koenigstrasse 21, Nuremberg. ¿Y vos?”. “Eduardo Rivera, Lagergasse 9, Viena III”. “¿Y cuánto tiempo vas a estar?” “Por ahora, un año”, dijo él. “Qué feliz, che. ¿Y tu viejo no protesta?”

El muchacho empezó a decir algo. Desde su sitio no pudo entender las palabras porque en ese preciso instante el parlante (la misma voz femenina de siempre, aunque ahora extrañamente cascada) informaba: “LCA comunica que, en razón de desperfectos técnicos, ha resuelto cancelar su vuelo 914 hasta mañana, en hora a determinar”.

Solo cuando el anuncio llegó a su término, la voz del adolescente fue otra vez audible para Sergio: “Además, no es mi viejo sino mi padrastro. Mi padre murió hace años, ¿sabés?, en un accidente de aviación”.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

El camino desandado

Arturo Uslar Pietri

 

Me habían aconsejado no ir solo y de tarde por esos campos. Partidas de soldados del gobierno recorrían los caminos, entraban en los caseríos y en las casas aisladas, en busca del Comandante. En una de sus frecuentes invasiones el Comandante había llegado por allí. Había tomado el pueblo cabecera del distrito, había enviado un insolente telegrama al caudillo. “Si no tiene miedo venga a buscarme”. Había cogido unos fusiles viejos en la jefatura, le había repartido a la gente del pueblo carne y papelón, y había desaparecido. ¿Quién sabe por dónde andaría con su partida?

Pero yo era joven y me atraía el posible riesgo y el gusto de la aventura.

Iba por el lado del Algarrobo. Faldas de monte, cubiertas de bosque y arboledas de café, vallecitos de pasto con algún ganado y quebradas de mucha piedra y agua espumosa. Los árboles muy tupidos y mucha hoja seca en las veredas que dan vueltas sin dejar ver a lo lejos. Además estaba oscureciendo a toda prisa.

A poco de tomar el camino topé con la primera partida de soldados. No eran más de ocho o diez y los mandaba un hombre malencarado, con un gran sombrero de fieltro pardo metido hasta los ojos.

Después de registrarme me preguntaron con tono mandón y humillante muchas cosas.

–¿Para dónde va? ¿Qué lleva? ¿Por qué viaja a esta hora? ¿Conoce al Comandante? ¿No? ¿No lo ha visto? ¿Nunca?

No lo había visto. Había oído hablar mucho de él pero no lo había visto. Sabía, como lo sabíamos todos, que era un antiguo telegrafista. Que se había alzado y había recorrido una gran parte de territorio sin que las tropas del gobierno lo hubieran podido coger. Que había tomado pueblos por sorpresa y había ganado muchas escaramuzas contra fuerzas aisladas. Que cuando se veía muy apretado pasaba la frontera y desaparecía por un tiempo.

Pero ahora había vuelto. Decían que era bajito, flaco, con una barbita larga y delgada de chino, los ojos grandes y muy abiertos y una fusta de mango de plata con la que siempre se golpeaba las polainas negras.

La gente lo ayudaba. Le facilitaban alimentos y noticias de las tropas. Y nunca daban información segura sobre su paradero. A muchos torturaron para que dijeran dónde lo habían visto y nunca lo revelaron. Siempre daban un dato falso o incompleto, cuando no podían hacer otra cosa. Y las campesinas rezaban por él.

Hubiera sido mejor para mí haber salido con la mañana. La verdad era que no había ninguna razón para salir a aquella hora. Pero me empeñé.

Después que me dejaron los soldados y que se borraron sus faroles y sus voces en un recodo, todo pareció ponerse más oscuro y más extraño. Sonaban grillos y bichos en la oscuridad del monte y era difícil seguir la vereda que se borraba y a veces se bifurcaba entre los matorrales.

Un poco más adelante fue que sentí como una voz, como un quejido, como una llamada muy débil. Me paré a oír. Venía de fuera del camino, de entre unos mogotes.

Por esas cosas que le quedan a uno de muchacho, se me ocurrió que podía ser un aparecido. Me dio miedo. Uno de esos aparecidos que salen en lo espeso de la noche, cerca del lugar donde los mataron. Hasta que ponen una cruz y todo el que pasa tira una piedra para hacer un montón.

Era un hombre que se quejaba. Me fui acercando con cuidado. Hasta que de pronto me hallé sobre él. Estaba tendido en el suelo, de costado y encogido. Hizo mucho esfuerzo para tratar de volver la cabeza y verme. Hablaba entre dientes y se le apagaba la voz.

–Estoy herido. Ayúdeme.

Poco a poco, habituándome a la sombra, comencé a reconocerlo. La flaca cara barbuda. La gruesa nariz. Un brazo flaco y ganchudo tendido sobre el suelo. Una vieja busaca abierta con todo el contenido regado por el suelo. Un viejo sombrero deforme y volcado.

Era José Gabino. Me puse en cuclillas para oírlo y reconocerlo mejor. No lo veía desde hacía muchos años. Desde que yo era niño y junto con mis compañeros lo seguíamos por las calles del pueblo gritándole: José Gabino, ladrón de camino.

Lo habían herido los soldados. Había sido por la tarde, me dijo. Lo amenazaron, lo torturaron y por último lo hirieron. Tenía manchada de sangre la vieja chaqueta. Manchas oscuras como de alquitrán seco.

–Por el Comandante –me dijo–. Querían que les dijera dónde estaba el Comandante. Como si yo fuera capaz de eso. Yo sí sabía dónde estaba pero no se los dije.

Me sonreí.

–Yo sé dónde está esta noche. Pero yo no lo traiciono.

Después me dijo:

–No me deje morir así. Sáqueme de aquí.

Hacía tiempo que no sabía de él y había llegado a creer que había muerto hacía muchos años. Debía ser muy viejo, o debió haber sido siempre viejo, como el viejo sombrero, como los viejos trajes que usaba siempre.

De primer momento no supe qué hacer. No tenía manera de auxiliarlo allí. Lo acomodé en el suelo lo mejor que pude. Le puse el sombrero de almohada. Le di agua de una cantimplora que llevaba y se la dejé. Y le dije que iría rápidamente al pueblo más cercano a buscar ayuda.

Me puse a andar lo más rápido que podía en lo oscuro de la trocha. No lograba saber uno lo que era verdad y lo que era mentira con José Gabino. Lo del Comandante podía ser cuento, como eran cuento sus andanzas de guerrillero, de saltimbanqui o de gallero. Aquellos ojos pequeños de roedor que tenía, no sabía uno nunca si estaban viendo la realidad u otra cosa.

Caminando llegué junto a una choza cerrada y oscura. Un perro rezongó adentro, toqué y a poco salió un hombre medio dormido. Traté de explicarle pero le costaba trabajo entenderme o no quería entenderme.

–¿José Gabino? Ah, José Gabino.

–¿Herido? Se habrá caído borracho.

Le dije que sería bueno que se fuera hasta encontrarlo, para hacerle compañía mientras yo regresaba del pueblo con más auxilio. Me dijo que bueno, que más tarde. Comprendí que no iba a ir.

Seguí la marcha. Se iba a morir el pobre hombre solo y tirado en el monte. Tal vez era mentira lo del Comandante. Tal vez era mentira lo de los soldados, pero no era mentira que estaba muriéndose abandonado en aquella soledad. Como un perro.

No iba el Comandante a confiarse en un hombre como José Gabino. Ni José Gabino iba a tener el valor para soportar el tormento y los maltratos de los soldados. Era embustero y ladrón. Robaba gallinas y se metía en los ranchos solitarios a llevarse cosas. O se sentaba a la puerta de una pulpería a contar cuentos a los peones para que le regalaran aguardiente.

Yo le había oído el cuento de cuando era saltimbanqui, o el de sus hazañas de gallero, o aquel otro que parecía complacerlo más que todos, de cuando le ganó a los dados el caballo, las armas y hasta la querida al famoso Mano de Plomo, que fue dueño de tierras y jefe de hombres por aquellos contornos.

Todo me parecía más solo y lejano en aquella noche. Sin duda se estaba muriendo José Gabino y yo iba caminando con su muerte y con su miedo y con el temor de las patrullas militares y con la figura del Comandante que debía estar escondido en algún rincón de aquellos montes.

Yo sabía que todo lo que decía José Gabino podía ser mentira. Pero también José Gabino tenía que morirse un día de verdad verdad. Como se estaba muriendo ahora o como ya se habría muerto antes de que le llegara ningún socorro.

Toqué en el rancho de María Chucena. Tenía miedo, no quería abrir. “Es muy tarde. ¿Qué quiere?”

Era José Gabino que se estaba muriendo en una vuelta del camino, cerca. Asomó la cabeza desconfiada. Rezongó cosas en torno al nombre del vagabundo. “Con su narizota colorada y su tufo de borracho”. “Las tropas andan por ahí, ¿usted sabe?”. “Después de todo es un cristiano”. Se persignó María Chucena al asomar la puerta con su pañolón oscuro sobre la cabeza y los hombros. “Ya voy a ir. ¿Qué le pasó?”.

Vi salir a María Chucena y seguí el camino hacia el poblado. Me volví para gritarle: “Si encuentra gente amiga llévesela para que la ayuden a cargarlo”. Algo contestó que no pude oírle.

No había barruntos de aclarar. A la entrada del pueblo, en medio de lo oscuro, estaba encendida una pulpería y se oían voces altas. Me fui acercando con cautela. Eran soldados con sus fusiles en la mano y sus capoteras terciadas.

Empecé a oírlos antes de que me vieran. Hablaban del Comandante. “A ése le echaremos mano esta noche. Lo tenemos rodeado, ¿Alguno de ustedes lo ha visto?”. Todos callaban.

“Si alguno lo ha visto, dijo uno que parecía el cabo, es mejor que hable claro. Lo peor que puede pasar es que quieran engañarnos”.

“A José Gabino se lo dijimos”. Paré la oreja al oír el nombre. “Ese viejo loco”. Hablaban confundidamente y se reían; “Quería engañarnos. Andaba diciendo que sabía dónde estaba el Comandante. Lo agarramos. Se puso pálido. ¿Dónde está? Lo amarramos. Era puro hueso”. “Nos quería engañar. Nos tuvo dando vueltas hasta que nos cansamos. El sargento le dio el primer planazo. Se cimbró como burro viejo”.

José Gabíno no me dijo mentira. Habían maltratado y herido al pobre hombre. A lo mejor por culpa de otra de sus mentiras. Habría visto al Comandante de lejos. O no lo habría visto. O habría dicho por allí, como decía tantas cosas. “Yo sé dónde está el Comandante. Hace un ratico estaba con él en su escondite. A ése no le van a poder encontrar”.

–Yo lo conocía, decía el cabo. Yo sabía que decía mucha mentira. Pero uno nunca sabe. Él andaba por muchas partes y podía haberse tropezado con el hombre. Uno nunca sabe.

No nombraba al Comandante.

–¿Usted lo ha visto, cabo?

–¿Yo? No. Nunca lo he visto pero sé cómo es y si me lo tropiezo no me va a engañar. No se para en ningún lugar. Anda de un lado para otro. Viaja de noche, duerme de día. Anda como los venados olfateando y con la oreja parada para huir. Por eso es difícil agarrarlo. Pero quién quita. Va con poca gente y debe andar por aquí cerca. A lo mejor nos está viendo desde algún escondite.

Todos vimos hacia los árboles y el campo. Comenzaba a clarear la madrugada.

–José Gabíno pudo haberlo encontrado.

–¿Quién lo mandó a decir que sabía dónde estaba?

–Nos hizo andar y andar, dando vueltas, hasta que nos dimos cuenta de que nos estaba engañando.

–O de que no sabía nada.

Fui yo el que lo dijo y todos callaron.

– Ya no lo volverá a hacer.

Salieron los soldados.

–Nos vamos.

Los vimos marcharse y todos quedamos un buen rato sin hablar.

Después les dije que había encontrado al pobre hombre moribundo. Todos empezaron a recordar cuándo lo habían visto por última vez. Uno el día antes, por la tarde. Otro la última semana. Otro hacía mucho tiempo. Comenzaron a contar, con risas, los engaños y las desventuras de José Gabino.

–Hay que ir a recoger a ese hombre. O a enterrarlo si se ha muerto.

No hubo quien quisiera salir. Estaban sirviendo café. Como en los velorios.

No dije más y me volví solo. Ya no había esperanza de ir más lejos para buscar ayuda.

Ya no había para qué ir más adelante. Había empezado a regresar y el camino parecía distinto, más largo y casi desconocido. Acaso en la oscuridad de la noche no pude advertir todo lo que ahora podía ver como si lo contemplara por primera vez. No parecía ahora tan estrecho como cuando lo apretaba la sombra. Me había parecido un angosto túnel de oscuridad dentro de la oscuridad. Estaban muy cerca unos de otros los troncos del bosque. El verde de las elevadas copas de los árboles se movía en el viento lento y entraba en el azul. Ahora parecía un camino familiar. Era el camino de José Gabino. José Gabino, ladrón de camino. Se estaba muriendo José Gabino o se había muerto ya. Él sí debía conocer todas aquellas veredas, las subidas, las bajadas, los desvíos, los nombres de las corrientes de agua. Las que tenían agua y las que quedaban secas una parte del año. Era su camino de ir y de regresar. De pueblo a pueblo, de pulpería a pulpería, de casa a casa. Debía conocer los nombres de todos los recodos y de todos los rumbos. El camino que lleva a la casa de pedir y el camino que sale de la casa de huir. Todo lo que hubiera podido decirme cuando ya no me podía hablar tenía que ver con ese camino. Era el de sus andanzas, el de sus hambres y el de sus embustes.

Sí estaba vivo todavía debía estar tratando de ver y reconocer las caras de los que habían estado llegando.

–Eres tú, María Chucena.

Si pudiera le hubiera contado todo lo que hizo para ayudar y servir al Comandante. Cómo le llevó de diestro el caballo por donde no había ruta para sacarlo a lugar seguro.

–Cuando ganemos te vas a acomodar, José Gabino.

Ya no volvería a merodear las gallinas de María Chucena. Ni tendría que robar gallos de pelea. Estaba tumbado como un gallo mal herido.

–Me mataron los hombres de la comisión, por el Comandante.

Empecé a caminar más de prisa. Como si estuviera oyendo que me llamaran y me esperaran.

–¡Ya voy, ya llego! Era más largo el camino de lo que me había parecido. Ya se habría muerto José Gabino. O se lo habrían llevado. Se habría ido como uno de aquellos pájaros sin color que levantaban el vuelo al sentirme venir.

Aceleré el paso. Debía ir casi corriendo.

Tuve que detenerme. Por un cruce de vereda desembocaba un grupo de hombres armados. Tres o cuatro iban a caballo, el resto a pie. Con cobijas oscuras y fusiles terciados a la cazadora. Con grandes sombreros que les tapaban la cara. El que iba adelante paró su caballo frente a mí. Era pequeño, delgado y con una barba larga. Se me quedó viendo con fijeza.

–Para su bien, amigo, no le diga a nadie lo que ha visto.

Picó espuelas y comenzaron a alejarse. Fue entonces cuando me di repentinamente cuenta. Era el Comandante. Lo había tenido frente a mí y no lo había conocido. No pude decirle nada. Tantas cosas que hubiera podido hablarle.

Ya empezaban a perderse entre los árboles. Grité entonces.

–Mataron a José Gabino. Los soldados.

–¿A quién?

–A José Gabino.

–¿A quién?

Ya no se veían, ni podrían alcanzarlos mis voces. Acabaron de perderse.

Empecé a caminar lentamente y poco después ya no sabía para dónde quería ir.

 

(Tomado de www.literatura.us)

martes, 1 de julio de 2025

Dos ejecuciones castrenses

Ambrose Bierce

 

En la primavera de 1862 el ejército mandado por el general Buell acampaba a la espera de librar la que sería la victoriosa batalla de Shiloh. Era una tropa compuesta fundamentalmente por voluntarios con poca instrucción militar. A pesar de ello, muchas de sus secciones combatían con arrojo extraordinario; ya habían dado muestras de su valor casi temerario en el oeste de Virginia y en Kentucky. La guerra era por aquel entonces un negocio reciente, y los soldados una nueva industria no del todo bien conocida por los jóvenes norteamericanos de la época, que veían en las cosas relacionadas con la vida militar, a menudo, algo extraño, incomprensible, no muy de su agrado. Sus jefes, por ello, tenían que hacer frecuentes demostraciones de su autoridad para que aquellos muchachos comprendiesen que la disciplina y la subordinación son aspectos fundamentales de la vida militar. Para alguien imbuido desde la infancia en ese aserto falaz pero fascinante, según el cual todos los hombres nacen iguales, la subordinación a una autoridad no es cosa fácil de sobrellevar, y los jóvenes voluntarios estadunidenses, en la flor de sus vidas, no podían sobrellevarlo de buen grado.

Así ocurrió que uno de los hombres de Buell, el soldado Bennett Story Greene, cometió la indiscreción de golpear a un oficial. De haber llevado más guerra a cuestas es seguro que no lo hubiera hecho, pero, como sir Andrew Aguecheek, no tuvo tiempo más que para contemplar su desgracia, sin que se le concediera la oportunidad de retractarse. Se le negó el tiempo necesario para que corrigiera esas sus nada militares maneras, en suma… Fue arrestado, acusado de insubordinación, juzgado por un tribunal militar y condenado a morir fusilado.

–Deberías haberme devuelto el golpe y en paz –dijo el condenado al oficial agredido–. Eso es lo que hacíamos en la escuela, de niños, cuando tú no eras más que Will Dudley, cuando yo era tan bueno o tan malo como tú… Nadie me vio sacudirte… La disciplina no debería conducir al sufrimiento.

–Ben Greene, tienes razón en eso –dijo el teniente–. ¿Podrás perdonarme? Sólo para saber tu respuesta he venido a verte.

No hubo respuesta por parte del condenado; poco después otro oficial asomaba la cabeza por la puerta del calabozo donde estaba el reo para anunciar que el tiempo concedido al teniente, para la entrevista, había concluido.

A la mañana siguiente, cuando el soldado Greene fue fusilado en presencia de toda su brigada, por un pelotón reclutado entre varios de sus compañeros, el teniente Dudley volvió la cabeza, cerró los ojos y musitó una oración suplicando piedad. También pedía piedad para sí mismo.

Unas semanas después de aquello, mientras la división de Buell se paseaba victoriosa a lo largo del río Tennessee y acudía en socorro de las fuerzas de Grant, que se veían sometidas a un duro hostigamiento por parte del enemigo, una noche, de acampada los hombres, cayó una gran tormenta. Se tomó la decisión de avanzar de noche, aun a despecho de la fuerte tormenta, pues llegaron informes al mando según los cuales el enemigo se disponía a modificar su posición, retrasando las líneas. Así, entre cadáveres y armas abandonadas, los hombres de Buell siguieron bajo la tormenta paso a paso, en dirección al enemigo. La oscuridad era completa. No cesaba la lluvia y cada trueno hacía que aquellos hombres aguerridos se estremecieran como si cayera sobre ellos una gran manta de balas. Todo significaba muerte; la muerte acechaba por doquier, era un sentimiento generalizado entre la tropa.

Con las primeras luces de la mañana, cuando escampaba, la división de Buell detuvo su marcha para estudiar los informes de los exploradores y hacer una definición de la línea de fuego. Aprovecharon entonces los sargentos para ordenar formar a los soldados y pasar lista. El sargento primero de la compañía en la que estaba el teniente Dudley comenzó a nombrar a sus soldados por orden alfabético. No los llevaba escritos, pero tenía muy buena memoria. Los hombres iban respondiendo “¡presente!” uno a uno y así se llegó a la letra G.

–¡Gorham!

–¡Presente!

–¡Grayrock!

–¡Presente!

La buena memoria del sargento, sin embargo, se vio súbitamente afectada por el hábito de pasar lista.

–¡Greene!

–¡Presente!

La respuesta fue nítida, perfectamente audible, no había margen para el error.

Se produjo un movimiento súbito e inevitable entre la tropa, como sacudidos los hombres por una corriente eléctrica. El sargento palideció y guardó silencio unos instantes. Llegó a su lado el capitán y le dijo con rostro colérico:

–¡Repita ese nombre, sargento!

Parece claro que la Sociedad de Investigaciones Físicas no se ocupa, al menos de manera principal, de los fenómenos relacionados con lo desconocido.

–¡Bennett Greene! –gritó el sargento.

–¡Presente!

Todas las caras se volvieron en dirección al lugar del que salía aquella voz tan familiar. Los dos soldados entre los que formaba Greene, en razón de su estatura, se miraban con el horror dibujado en los rostros.

–¡Diga otra vez ese nombre completo, sargento! –gritó de nuevo el capitán, convertido en una especie de inexorable investigador de lo oculto–. ¡Diga otra vez el nombre de ese muerto! –añadió, ahora con la voz temblorosa.

–¡Bennett Story Greene! –llamó el sargento.

–¡Presente!

En ese instante se dejó sentir un disparo de rifle, un solo disparo, que venía de más allá del frente. Los hombres no oyeron sólo el disparo, sino que sintieron también el silbido inequívoco de la bala.

–¿Qué demonios ha sido eso? –inquirió el capitán.

El teniente Dudley se acercó lentamente hasta el capitán.

–Aquí tiene la respuesta –dijo, mientras se abría la guerrera para mostrar un balazo en mitad del pecho, del que manaba sangre.

Acto seguido, el teniente Dudley cayó de rodillas e instantes después yacía muerto.

Poco más tarde aquel ejército llegaba a la primera línea de fuego para relevar a los hombres que hasta entonces habían sostenido el frente. Y en breve, victoriosa aquella tropa, no volvió a sonar un tiro.

De Bennett Greene, experto en ejecuciones castrenses, no se volvió a tener noticia.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

La ley de la herencia

José de la Colina

 

Durante más de diez años habíamos vivido sin problemas en este edificio habitado por empleados gubernamentales o profesores de escuela como yo hasta que un día en el terreno baldío que se ve desde la ventana de nuestro piso apareció una vieja y esquelética mendiga despiojándose al sol y como nos dio lástima le llevábamos por las noches mi mujer o yo las sobras de nuestra comida a aquel lugar de muebles despanzurrados y maquinarias paralíticas y latas herrumbrosas y ratas furtivas y la mendiga se arrojaba al plato de cartón apenas lo poníamos en el suelo y devoraba el contenido lanzando temerosas miradas a un lado y a otro como si alguien fuese a robarla pero al poco tiempo ya no se resignaba a esperarnos y poco después de caer la noche la oíamos subir la escalera con sus pies pesados y tocaba a nuestra puerta y gemía larga y rítmicamente si tardábamos en abrir y presentarle lo que sin duda ya consideraba un obligado tributo y así una noche tras otra y a veces nos hundíamos en la habitación más retirada conteniendo el aliento y mi mujer apretándose temblorosa contra mi pecho mientras la mendiga permanecía allá junto a la puerta del departamento lloriqueando sin pausa y mecánicamente de modo que como temíamos el escándalo de los vecinos, terminábamos saliendo y dándole la pitanza bajando los ojos ante los suyos resentidos o irónicos y ella se alejaba envolviendo el plato en su raída y remendada y sucia capa bajo cuyo peso se inclinaba y así inexorablemente por no sabemos cuánto tiempo hasta que los vecinos que ya se quejaban mucho ante nosotros hicieron que la policía se llevara a la mendiga y con algún remordimiento nos sentimos exentos de aquella servidumbre sin prever que una semana después se presentaría un hombre con aspecto de pulcro burócrata que decía venir de cierta Sociedad y nos entregó una caja con unos sucios andrajos que fácilmente reconocimos sobre todo por la remendada caja y nos hizo firmar un recibo informándonos de que éramos depositarios de esos bienes y no lo entendimos del todo sino hasta unos días después cuando mi mujer se asomó a la ventana y lanzó un grito y empezó a llorar y yo me asomé y allí en el terreno baldío había otra mendiga tal vez menos vieja y menos flaca enteramente desnuda y rascándose las costras y mirando hacia nuestra ventana y entonces comprendimos que había que bajar llevando mi mujer el plato de sobras y yo la caja con los andrajos y que no serviría de nada cambiarse de casa ni de colonia ni de ciudad ni tal vez de país.

 

(Tomado de www.talesofmytery.blogspot.com)