lunes, 18 de abril de 2022

Cobardía

Joris–Karl Huysmans

 

La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido. Enciendo mi pipa, me arrellano en mi sillón, pienso en ella. Las siete menos cinco. ¡Ah! ¡al fin! Es ella. Dejo mi pipa, corro hacia la puerta; los pasos siguen subiendo. Vuelvo a sentarme con el corazón oprimido; cuento los minutos, me acerco a la ventana; la nieve sigue cayendo en grandes copos, el viento sigue soplando, el frío sigue haciendo estragos. Intento leer, no sé lo que leo, sólo pienso en ella, la excuso: la habrán retenido en el almacén, se habrá quedado en casa de su madre. ¡Hace tanto frío! Tal vez esté esperando un coche, pobre chiquita, ¡cómo voy a besar su naricilla fría y a sentarme a sus pies! Suenan las siete y media: ya no puedo estarme quieto, tengo el presentimiento de que no vendrá. ¡Vamos! Tratemos de cenar. Intento tragar algunos bocados pero mi garganta se cierra. ¡Ah! ¡ahora comprendo! Mil pequeñas naderías se yerguen ante mí; la duda, la implacable duda me tortura. Hace frío, pero ¿qué importan el frío, el viento, la nieve, cuando se ama? Sí, pero ella no me ama.

¡Oh! seré firme, la reprenderé enérgicamente; además, hay que acabar con esto, se está riendo de mí desde hace mucho tiempo; ¡qué demonios, ya no tengo dieciocho años! No es mi primera amante; ¡después de ella vendrá otra! ¿Se enfadará? ¡qué desgracia! ¡las mujeres no son un artículo escaso en París! Sí, es fácil decirlo, pero otra no sería mi pequeña Sylvie; ¡otra no sería este pequeño monstruo que me tiene locamente embobado! Camino a grandes zancadas, furiosamente, y mientras me pongo rabioso, el reloj tintinea alegremente y parece burlarse de mis angustias. Son las diez. Acostémonos. Me tiendo en la cama y dudo a la hora de apagar la luz; ¡bah! ¡da igual! apago. Furibundas iras me oprimen la garganta, me asfixio. ¡Ah! sí, todo ha terminado entre nosotros, bien terminado. ¡Ah! Dios mío, alguien sube; es ella, son sus pasos; me bajo de la cama, enciendo, abro.

–¡Eres tú! ¿De dónde vienes? ¿Por qué llegas tan tarde?

–Mi madre me ha entretenido.

–¡Tu madre!… hace tres días me dijiste que ya no ibas a su casa. ¿Sabes? Estoy muy enfadado; si no estás dispuesta a venir con más exactitud, pues…

–Pues… ¿qué?

–Pues nos enfadaremos.

–De acuerdo, enfadémonos ahora mismo; estoy cansada de que me riñas siempre. Si no estás contento me voy…

Tres veces cobarde, tres veces imbécil, ¡la retuve!

 

Círculo

Virgilio Díaz Grullón

 

Soy un hombre ordenado. Extremadamente ordenado y cuidadoso. Tan pronto abro los ojos a las cinco en punto de cada mañana, inicio un sagrado ritual de movimientos precisos –siempre los mismos– que transportan mi cuerpo, desde la estrecha cama arrimada a la pared, hasta el oscuro cuarto de baño anexo a mi habitación, donde completo mi prolijo aseo personal. Veamos: emerjo suavemente del sueño y me encuentro a mí mismo acostado de espaldas, en el centro exacto del lecho, con las piernas juntas y estiradas y los brazos reposando en ambos lados del cuerpo, formando un ligero ángulo con el torso, pero absolutamente rectos, sin flexión alguna en el codo. Las manos, apoyadas por el dorso, mantienen los dedos ligeramente curvados hacia las palmas, en una suerte de crispación natural, desfallecida y estática. Mi cabeza se apoya en el medio de la almohada, y yo adivino junto a mis sienes los simétricos pliegues que provoca su peso en la tela blanca y tersa que la envuelve. Más allá del suave género de mi pijama de pálidos colores, observo mis pies sobresalir de la sábana cuidadosamente doblada que me envuelve tan sólo las piernas y el vientre. Están allí, erguidos, gemelos, escrupulosamente limpios y cuidados. Los veo como si no me pertenecieran y alguien los hubiera puesto allí aprovechando mi sueño. Durante unos segundos, juego con esta idea absurda que se quiebra bruscamente –como estalla una pompa de jabón– cuando, con movimiento ininterrumpido y certero, me incorporo, aparto la sábana con la mano izquierda, y giro sobre el coxis hasta sentarme en el lecho. Entonces los pies –prodigiosamente reconquistados por mi cuerpo– descansan suavemente en el suelo, junto a las pantuflas de cuero colocadas simétricamente delante de la cama. Sucede a ese instante preciso, un momento breve, pero intenso, de meditación y ensimismamiento. Coloco los codos sobre las rodillas y reposo la cabeza entre las manos. Me concentro, me absorbo en mi propio yo, y ahuyento de ese modo las postreras nieblas del sueño. Después de algunos segundos, ya estoy listo. Sacudo la cabeza, me calzo las pantuflas (sin ponerles las manos, con sólo un doble movimiento de los pies) y doy los cinco pasos que me separan del cuarto de baño. Es esta una habitación estrecha, asfixiante, mal ventilada y peor iluminada. Me he quejado sin éxito… He protestado de eso y de otras cosas que ahora no recuerdo. Cada vez que entro aquí me subleva y me irrita el recuerdo del poco caso que han hecho siempre a mis justas reclamaciones. Esta breve sensación de ira concentrada, es también parte del ritual sagrado de cada mañana. La desecho, no obstante, casi de inmediato, enciendo la bombilla y me dedico a la observación del rostro que me devuelve el espejo incrustado en la pared sobre el lavabo. Frente amplia de pensador. Ojos negros, profundos, penetrantes. (Hay que cuidarse, sin embargo, de ese atisbo de desconfianza que se trasluce en el girar nervioso de la pupila, y en esa tendencia a mirar de soslayo). Frunzo el ceño y me pongo a ensayar frente al espejo una mirada recta, fija y limpia sobre mí mismo. Me hago el propósito de repetir este ejercicio cinco veces por día, cinco minutos cada vez. Abro la boca y me examino detenidamente la lengua, extendida sobre el labio inferior. Bien. La escondo y recojo los labios, dejando al descubierto los dientes blancos, cuidados, sanos. Tomo el vaso metálico del pequeño escaparate y lo lleno de agua hasta tres cuartos de su capacidad. Lo coloco sobre el lavabo. Cojo el cepillo de dientes con la mano izquierda y el tubo de pasta dentífrica con la derecha, los reúno frente a mi rostro y vigilo atentamente que la presión de los dedos sea la justa para extraer un centímetro de pasta. Arrastro el tubo sobre las cerdas del cepillo y allí queda la familiar sustancia blanquecina, prolijamente distribuida en la superficie raspante. Retiro un poco las manos de mi rostro y admiro por un buen tiempo la perfección de la obra (digna de un anuncio a todo color de una revista americana). Entonces inicio la operación de limpieza, con movimientos rítmicos, de abajo hacia arriba, de arriba hacia abajo. (Es preciso seguir las estrías naturales de los dientes… lavárselos tres veces por día… el cepillo no debe humedecerse… Son cinco pesos la consulta…). De arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Lentamente, lentamente… Una, dos, tres veces, hasta contar quince. Al principio el brazo se me cansaba extraordinariamente. Ya no. Ahora resulta algo más bien divertido… (cuatro, cinco, seis, siete)… Aunque a veces siente uno la tentación de cambiar la dirección y mover el cepillo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha… (ocho, nueve, diez, once)… O hacerlo girar en círculos, cada vez más estrechos y rápidos… (doce, trece, catorce y quince…). La boca tiene ahora un agradable frescor, pero es preciso enjuagarla, y ello también procura un goce especial. Abro la llave de agua y sumerjo en el chorro la punta del cepillo. Con el pulgar barro hasta el último vestigio de pasta sobrante, y luego observo las cerdas al trasluz de la pequeña ventana enrejada. No quedan trazas. Tomo el vaso de agua y bebo cuatro buches sucesivos, arrojándolos cada vez sobre el lavabo. Coloco nuevamente vaso y cepillo en su lugar respectivo y realizo un nuevo examen de mi dentadura frente al espejo. Al bajar la vista, distingo junto al grifo una mancha blancuzca, pequeña, pero deprimente, afrentosa sobre la límpida superficie esmaltada. No quiero tocarla con las manos. Produzco nuevamente el chorro de agua, tomo un poco en el hueco de las manos juntas y lo dejo caer poco a poco sobre la pequeña mancha. No desaparece totalmente, aun cuando queda borrosa, invisible tal vez para otra mirada menos perspicaz. Vuelvo a insistir con el agua derramada desde arriba, aún sin tocar la desagradable mancha, pero esta no disminuye, más bien parece ahora crecer y tornarse más oscura. Miro a mi alrededor. Allá, doblada en dos sobre la pequeña mesita niquelada de medicinas, hay una toalla. Corro hacia ella, la tomo, vuelvo al lavabo y froto desesperadamente, una, dos, tres, más de cien veces. Sudo copiosamente, pero no me atrevo a mirar los resultados de mi labor. Al fin, el cansancio me paraliza los brazos y me obliga a detener la faena. Tiemblo. Dejo caer lentamente la toalla… ¡Está horriblemente sucia! La arrojo con asco lejos de mí y miro con horror la mancha del lavabo agrandándose cada vez más. Ya no es blanca, sino roja y mana como una herida abierta… ¡Es sangre, Dios mío! No resisto más, huyo hacia mi habitación y cierro con violencia la puerta tras de mí. Me apoyo jadeante sobre ella. Presiento que aquella sustancia sanguinolenta que mana sin cesar del lavabo terminará por inundar el cuarto de baño e invadir después mi propia habitación. Me aseguro de que la puerta esta herméticamente cerrada. Luego me separo de ella y busco ansiosamente algo con que tapar los intersticios. ¡Dios mío! ¿Qué veo…? Toda mi precisa y ordenada personalidad parece estallar de repente. (Me habré equivocado de puerta otra vez?)… No estoy en mi habitación, sino en el centro de una llanura inmensa que se comba en el horizonte infinitamente lejano, en una parodia absurda de la curvatura de la Tierra. Después de un primer momento de horrorizado estupor, comprendo que es preciso escapar de aquella espantosa soledad y refugiarme de nuevo en la seguridad de mi habitación, que debe estar en alguna parte detrás de este páramo infinito. Elijo al azar la dirección que debo imprimir a mis pasos, e inicio la penosa marcha hacia el confín del mundo. Camino con rapidez. Corro casi, durante horas interminables, jadeante, conteniendo la respiración, con los ojos fijos en el horizonte desierto. El suelo es viscoso, resbaladizo, pero me mantengo en prodigioso equilibrio. De repente, un temor súbito me asalta. Estoy en el mismo lugar, y a pesar de mi sobrehumano esfuerzo no he logrado avanzar una sola pulgada. Sin dejar de mover las piernas, bajo la vista y compruebo, azorado, que el terreno se mueve hacia atrás a medida que voy mudando pasos, como si mi loca carrera siguiera la dirección inversa de una de esas escaleras automáticas de las tiendas de lujo. Comprendo que debo caminar en dirección contraria para aprovechar el movimiento del terreno. Doy vuelta e intento desandar el inexistente trayecto que creí haber recorrido. Mas, tan pronto lo hago, el gigantesco mecanismo subterráneo modifica a su vez la dirección con un ruido atronador de sus engranajes invisibles, y el terreno vuelve a correr en contra de mi marcha. Cambia dos veces más el curso de la ruta, y otras tantas vuelvo a ser víctima de la trágica jugarreta. En el último de mis bruscos virajes, doy un traspié y caigo de bruces en el suelo. Compruebo que mientras permanezco inmóvil, la tierra tampoco se mueve. Después de un corto respiro de alivio me incorporo lentamente, pero al intentar el primer paso, el ominoso estruendo me anuncia lo que sucedería de llevar a cabo mi propósito. Opto por permanecer inmóvil, acostado sobre el pecho, con la mirada prendida al horizonte inaccesible y el oído atento a los ruidos que podrán producirse bajo la tierra. El silencio es total, espantoso. Por un largo rato nada parece suceder, hasta que noto, con una súbita sensación de inmenso jubilo, que el final del mundo ha venido paso a paso acercándose hacia mí, y trayéndome en su confín mi anhelada habitación. Por unos segundos disfruto de ese engañoso espejismo. Luego, un inesperado ramalazo de angustia: soy yo quien se hunde inexorablemente en la materia viscosa que me rodea, súbitamente reblandecida y absorbente. Aterrorizado, miro mis piernas, desparecidas ya bajo la tierra, y al ver sus muñones desolados, me siento de pronto víctima de la más espantosa de las mutilaciones. Puedo, sin embargo, con un supremo esfuerzo, rescatar mis miembros de la trágica trampa y rodarme a un lado en busca de algún apoyo más firme. Todo inútil: en el nuevo refugio, va hundiéndose mi brazo derecho y parte del pecho y la cadera. Agito brazos y piernas en una infeliz tentativa de nadar, pero cada nuevo intento ahonda más la fosa que me devora. En ese momento sobreviene la desesperación. Lloro amargamente, me agito con furia, profiero espantosos alaridos. Tengo ya totalmente paralizados piernas y torso, comprimidos hasta la desesperación por la masa asfixiante que los aprieta cada vez más. Sobre la superficie, tan solo los antebrazos y manos, los hombros y la cabeza, a punto de estallar de temor y desesperación, pero lúcida aún, con su precioso bagaje de facultades visuales y auditivas en angustiosa expectativa de alguna ayuda providencial. Y justamente en este preciso instante, la planta de mi pie izquierdo, de la que había perdido ya toda conciencia, parece renacer de pronto: algo sólido –¡maravillosamente sólido!– permite que se asiente en un milagroso soporte. Afirmo todo el peso del cuerpo sobre este sostén salvador, y asumo la postura ridícula de una estatua de Mercurio, con sólo un punto de apoyo para su alado pie. Me aferro desesperadamente a una nueva esperanza: mi lenta absorción por aquella materia repugnante ha detenido su inexorable curso… Pero ahora el cielo se oscurece. Una mancha inmensa cubre el firmamento y me sumerge en la penumbra. Miro hacia arriba y veo un ave gigantesca, cuyo tamaño inverosímil llena toda la comba celeste. El ave monstruosa agita sus negras alas, en un veloz descenso sobre mi cabeza. Viene hacia mí directamente, mas, a medida que se acerca, por alguna razón absurda imposible de explicar, su tamaño se reduce cada vez más, y al posarse sobre mi frente no es ya más que una mosca pequeñita de nerviosas patas y alas inquietas y vivaces. El insecto recorre mi cabeza con carreritas cortas, produciéndome una desagradable picazón que se convierte al poco rato en escozor insoportable. La posición de los brazos, atrapados hasta el codo, me impide espantarla de un manotazo. Mi única posibilidad es alejarla con bruscos movimientos de la cabeza. Al intentarlo, compruebo que la materia en que estoy hundido ha fraguado y tiene ya la solidez del cemento. Esta nueva desventura trueca una vez más mi angustia en desesperación. Muevo la cabeza de uno a otro lado con ímpetu extraordinario, pero el maldito insecto no se aparta de mi frente. Después de un largo batallar ceso de esforzarme, para comprobar, horrorizado, que no puedo ya detener el movimiento y la cabeza continúa por si sola el incesante bamboleo. Ahora mi cuello comienza ya a sufrir las consecuencias del prolongado esfuerzo, sobre todo cuando el cabeceo se transforma en un girar apresurado sobre el propio eje. Siento que mi cráneo gira como una pelota de goma a la que se hubiera impreso un movimiento de rotación con la punta de los dedos. Entonces oigo un leve crujido seguido de un fuerte dolor en la garganta. Después, una sensación de asfixia y la convicción de que el cuello se me retuerce como una tela húmeda escurrida por manos vigorosas. Por fin, un último desgarramiento definitivo, y mi pobre cabeza salta como un corcho y cae a mi lado después de producir el sonido característico de una botella de champagne que se destapa… Está ahí, frente a mí, apoyada sobre la sien izquierda, con su frente pálida, sus mejillas sin afeitar, cubiertas de retorcidos pelos rojizos, sus cejas hirsutas y los ojos de córnea amarillenta ribeteada de rojo. Pero también están allí, junto a ella, mis manos crispadas, sobresaliendo apenas de la tierra endurecida en la que parecen sembradas, como dos plantas malditas. Y más allá aún mis hombros raquíticos, con la llaga purulenta, el círculo de carne y sangre, nervios y arterias cercenados donde una vez reposó mi cabeza. Están todos ahí, y yo los miro (¿desde dónde?) como si no me pertenecieran, y se tratara de objetos extraños encontrados al azar durante un paseo por el campo… Ahora comienzo a oír de nuevo el crujido de los goznes subterráneos. Los siento crecer bajo la tierra, y observo que el suelo se convierte poco a poco en un plano inclinado. Mi cabeza comienza a rodar sobre sí misma. El terreno que aprisiona mi cuerpo se agrieta súbitamente y mi tronco, con sus extremidades agitándose a su alrededor como tentáculos, se ve de pronto liberado, y principia a rodar en pos de mi cabeza, en una carrera que va acelerándose paulatinamente. Yo (pero, ¿dónde estoy yo, Dios mío…?) corro desesperadamente detrás de mis miembros. Tropiezo, caigo. Me levanto. Vuelvo a caer. La inclinación cada vez mayor del terreno me arrastra en vertiginoso descenso. Pierdo todo dominio de mis movimientos. Me siento en el vértice de una vorágine de objetos y ruidos girando a mi alrededor. Ahora voy acercándome a mi cuerpo decapitado. Lo alcanzo. Me posesiono de él. Me sumerjo más bien en su tibia armazón de huesos y tejidos. Sigo rodando hacia el abismo. Presiento que el final está cerca. Mi cabeza rueda un poco más adelante. Extiendo los brazos. Logro tocarla con la punta de los dedos, pero no puedo asirla. De pronto vislumbro una puerta cerrada. Contra ella choca mi cabeza y se detiene. La tomo cuidadosamente entre las manos. Me pongo en pie. La examino: está prodigiosamente intacta. Limpio sus mejillas, le arreglo un poco el pelo y la coloco sobre mis hombros. La hago girar a derecha e izquierda: bien. Abro la puerta. Penetro en el cuarto de baño, Me miro al espejo: perfecto. Salgo por la otra puerta. Llego al fin a mi habitación…Necesito descansar. Mi confortable lecho me espera acogedoramente. Me arrojo sobre él y cierro los ojos (¿Durante cuánto tiempo…?). Los abro de nuevo. Son las cinco en punto de la mañana y yo soy un hombre extremadamente ordenado y cuidadoso. Junto a mi cabeza, en la tela suave y fresca de la almohada, simétricos pliegues rodean mi amplia frente de pensador. En el extremo de la cama, mis dos pies gemelos sobresalen de la sábana que abraza amorosamente mis piernas y mi vientre. Un ligero movimiento de rotación, con el coxis de punto de apoyo, y mis pies descansan sobre el suelo junto a las pantuflas de cuero. Allí, a sólo cinco pasos de distancia, la puerta entreabierta de la pequeña y oscura estancia contigua me promete deliciosas y refrescantes abluciones matinales. Me concentro en mí mismo, ahuyento los postreros vestigios del sueño, me calzo las pantuflas y marcho lentamente hacia el cuarto de baño, optimista y sin memoria, ajeno por completo a la espantosa amenaza que me acecha tras su aspecto inocente y pueril.

 

domingo, 17 de abril de 2022

Fábula

Mariana Frenk

 

Un caracol deseaba volverse águila. Salió de su concha, trató muchas veces de lanzarse al aire y cada vez fracasó. Entonces quiso volver a su concha.

Pero ya no cabía, pues habían empezado a crecerle alas.

 

El barco fantasma

Ciro Alegría

 

Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas. Diose el caso de que una muchacha, entretenida hasta la madrugada por su galán, vio con pavor que se convertía en bufeo. Pudo ocurrir también que el pez mismo fuera atraído por la hermosa hasta el punto en que se olvidó su condición. Corrientemente, esos visitantes suelen irse de las reuniones antes de que raye el alba. Sábese de su peculiaridad porque muchos los han seguido y vieron que, en vez de llegar a casa alguna, fuéronse al río y entraron a las aguas, recobrando su forma de peces.

El barco fantasma está, pues, tripulado por bufeos. Un indio del alto Ucayali vio a la misteriosa nave no hace mucho, según cuentan en Pucallpa y sus contornos. Sucedió que tal indígena, perteneciente a la tribu de los shipibos, estaba cruzando el río en una canoa cargada de plátanos, ya oscurecido. A medio río distinguió un pequeño barco que le pareció ser de los que acostumbradamente navegan por esas aguas. Llamáronlo desde el barco a voces, ofreciéndole compra de los plátanos, y como le daban buen precio vendió todo el cargamento. El barco era chato, el shipibo limitose a alcanzar los racimos y ni sospechó qué clase de nave era. Pero no bien había alejado a su canoa unas brazas, oyó que del interior del barco salía un gran rumor y luego vio con espanto que la armazón entera se inclinaba hacia delante y hundía, iluminando desde dentro las aguas, de modo que dejó una estela rojiza unos instantes, hasta que todo se confundió con la sombría profundidad. De ser barco igual que todos, los tripulantes se habrían arrojado al agua, tratando de salvarse del hundimiento. Ninguno lo hizo. Era el barco fantasma.

El indio shipibo, bogando a todo remo, llegó a la orilla del río y allí se fue derecho a su choza, metiéndose bajo su toldo. Por los plátanos le habían dado billetes y moneda dura. Al siguiente día, vio el producto del encantamiento. Los billetes eran pedazos de piel de anaconda y las monedas, escamas de pescado. La llegada de la noche habría de proporcionarle una sorpresa más. Los billetes y las monedas de plata, lo eran de nuevo. Así es que el shipibo estuvo pasando en los bares y bodegas de Pucallpa, durante varias noches, el dinero mágico procedente del barco fantasma.

Sale el barco desde las más hondas profundidades, de un mundo subacuático en el cual hay ciudades, gentes, toda una vida como la que se desenvuelve a flor de tierra. Salvo que esa es una existencia encantada. En el silencio de la noche, aguzando el oído, puede escucharse que algo resuena en el fondo de las aguas, como voces, como gritos, como campanas…

 

Seguir de pobres

Ignacio Aldecoa

 

Las ciudades de provincias se llenan en primavera de carteles. Carteles en los que un segador sonriente, fuerte, bien nutrido, abraza un haz de espigas solares; a su vera, un niño de amuñecada cara nos mira con ojos serenos: a sus pies, una hucha de barro recibe por la recta abertura del ahorro –boca sin dientes, como de vieja, como de batracio– una espuerta de monedas doradas. Son los anuncios de las Cajas de Ahorro. Son anuncios para los labradores que tienen parejas de bueyes, vacas, maquinaria agrícola y un hijo estudiando en la universidad o en el seminario. Estos carteles tan alegres, tan de primavera, tan de felicidad conquistada, nada dicen de las cuadrillas de segadores que, como una tormenta de melancolía, cruzan las ciudades buscando el pan del trabajo por los caminos del país. A principios de mayo el grillo, sierra en lo verde el tallo de las mañanas; la lombriz enloquece buscando sus penúltimos agujeros de las noches; la cigüeña pasea los mediodías por las orillas fangosas del río haciendo melindres como una señorita. En los chopos altos se enredan vellones de nubes, y en el chaparral del monte bajo el agua estancada se encoge miedosa cuando las urracas van a beberla. La vida vuelve. La cuadrilla de la siega pasa las puertas a hora temprana, anda por la carretera de los grandes camiones y los automóviles de lujo en fila, en silencio, en oración –terrible oración– de esperanza. Al llegar al puente del río lo abandonan por el camino de los pueblos del campo lontano. Se agrupan. Alguien canta. Alguien pasa la bota al compañero. Alguien reniega de una alpargata o de cualquier cosa pequeña e importante. En la cuadrilla van hombres solos. Cinco hombres solos. Dos del noroeste, donde un celemín de trigo es un tesoro. Otros dos de la parte húmeda de las Castillas. El quinto, de donde los hombres se muerden los dedos, lloran y es inútil. Con pan y vino se anda camino cuando se está hecho a andarlo. Con pan, vino y un cinturón ancho de cueras de becerra ahogada o una faja de estambre viejo, bien apretados, no hay hambre que rasque el estómago. Con mala manta hay buen cobijo, hasta que la coz de un aire, entre medias cálido, tuerce el cuello y balda los riñones. Cuando a un segador le da el aire pardo que mata el cereal y quema la hierba –aire que viene de lejos, lento y a rastras, mefítico como el de las alcantarillas–, el segador se embadurna de miel donde le golpeó. Pero es pobre el remedio. Ha de estar tumbado en el pajar viendo a las arañas recorrer sus telas. Telas que de puro sutiles son impactos sobre el cristal de la nada.

Cinco hombres solos. Cinco que forman un puño de trabajo. Dos del noroeste: Zito Moraña y Amadeo, el buen Amadeo, al que le salen las barbas en el dorso de las manos, que se afeita con una hoz. Dos de la Castilla verde: San Juan y Conejo. El quinto, sin pueblo, del estaribel de Murcia por algo de cuando la guerra. El quinto, callado; cuando más, sí y no. “El Quinto”, por un buen sentido nominador. “El Quinto” les dijo en la cantina de la estación donde se lo tropezaron:

–Si van para el campo y no molesto, voy con ustedes.

Zito Moraña le contesta:

–Pues venga.

“El Quinto” movió la cabeza, clavó los ojos en Moraña, pasó la vista sobre Amadeo, que se rascaba las manos; consultó con la mirada a San Juan, que liaba un cigarrillo parsimonioso sin que se le cayera una brizna de tabaco, y por fin miró a Conejo, que algo se buscaba en los bolsillos.

–Acabo de seguir de la cárcel. ¿Qué dicen?

–¿Y usted? –respondió Zito.

–La guerra, y luego, mala conducta.

–¿Mala?

–De hombre, digo yo.

–Pues está dicho.

“El Quinto” pidió un cuartillo de vino tinto. La cita fue para las cinco y media de la mañana en el depuertas de la carretera. Se pararon. Ahora los cinco van agrupados por el camino largo de los segadores. Zito conoce el terreno. Todos los años deja su tierra para segar a jornal.

–Amadeo, de la revuelta esa nos salió el pasado una liebre como un burro.

–Sí, hombre; pero no el pasado, sino otro año atrás.

–Fue lástima…

Y Zito y Amadeo hablan del antaño perdiéndose en detalles, mientras San Juan se suena una y otra vez la nariz distraídamente, mientras Conejo se queja en un murmullo de su alpargata rota, mientras “El Quinto” va mirando los bordes del camino buscando no sabe qué. Al mediodía les para un sombrajo. De la bota del pobre se bebe poco y con mucha precaución. Al pan del pobre no se le dan mordiscos; hay que partirlo en trozos con la navaja. El queso del pobre no se descorteza, se raspa.

En el sombrajo descansan y fuman los cigarrillos de las mil muertes del fuego, de sus mil nacimientos en el encendedor tosco y seguro. Han dejado de hablar de las cosas de siempre, esas cosas que acaban como empiezan:

–La mujer habrá terminado de trabajar en el pañuelo de tierra que hemos arrendado tras de la casa. Los chavales estarán dándole vueltas al pucherillo.

Una larga pausa y la vuelta.

–Los chavales le estarán sacando brillo al puchero. La mujer saldrá a trabajar el pañuelo de tierra que hemos arrendado tras la casa. Dice la mujer, los chavales, el que se fue de las calenturas, el que vino por San Juan de hará tres años.

No poseen con la brutal terquedad de los afortunados y hasta parece que han olvidado en los rincones de la memoria los posesivos débiles de la vida. Están libres. Callan hasta que otro repita la historia con escasas variantes. Callan hasta que se dan cuenta de que hay un ser de silencio y de sombras con ellos, uno que ha dicho sí y no y poca cosa más. Aquí está Zito Moraña para preguntar, por qué a un compañero hay que darle ocasión, sin molestarle, de un suspiro, de una lágrima, de una risa. Un compañero puede estar necesitado de descanso y es necesario saber, cuando cuente, el momento en que hay que balancear la cabeza o agacharla hacia el suelo o levantarla hacia el sol.

–¿Usted qué hará cuando acabe esto?

“El Quinto” encoge una pierna y duda.

–¿Yo?

–Nosotros volveremos para la tierra.

–Ya veré…

Y entre ellos, entre los cuatro y “El Quinto”, el corazón de la comunidad naufraga. Zito tiene su orden. Se pone en pie, consulta su sombra, levanta su hato y se lo carga a la espalda.

–Bueno, andando. Para las cinco podemos estar en la hocina. Para las seis, en el teso del pueblo. Por la ladera, hacia el río, vuela el ave que huele mal.

Conejo, de los bolsillos, saca una madera que talla con la navaja.

–¿Qué haces? –le pregunta San Juan.

–La torre de los condes, para que juegue el chico a la vuelta. La hago con silbo de pájaro.

Zito y Amadeo recuerdan el antaño. Y “El Quinto” mira el camino. A las seis platea el río por medio del llano. En el pueblo, entre casa y casa, crece la tiniebla. Por los últimos alcores el cielo está morado. Los perros ladran al paso lento de los de la siega. Zito conoce a los que se asoman a las puertas a verlos llegar.

–Señor Ricardo, ¿se curó de los cólicos?

El campesino responde, cachazudo:

–Parece, parece.

La cuadrilla sigue adelante.

–Señora Rosario, ¿volviole el santo a Patricio?

–Por ahí anda.

Zito hace un aparte a San Juan.

–Es que tiene un hijo que dio en manías el año pasado de una soleada en las fincas.

Hacen un alto en la plaza. El cuadrado de la plaza está quebrado por la irregularidad de las construcciones. En la mitad está el pilón; en él juegan los niños. Al verlos a los cinco parados y ensimismados, los niños se les acercan a una distancia de respeto y prudencia. Los segadores, como los gitanos, pueden robar criaturitas para venderlas en otros pueblos.

Zito vocea a un campesino sentado en el umbral de su casa:

–¿Qué, Martín, hay pajar para cinco hombres?

–Hay, pero no paja.

–Da igual. ¿A cuántos nos necesita usted?

–Con dos de vosotros me arreglo, porque tengo otros que llegaron ayer. Mañana temprano, a darle. El jornal el de siempre.

–Ya aumentará usted una pesetilla.

–Están los tiempos malos, pero se ha de ver.

Precisamente están los tiempos malos. No se marcha la gente de su tierra porque estén buenos, ni porque la vida sea una delicia, ni porque los hijos tengan todo el pan que quieran. Zito arruga la frente y medita.

–Tú, San Juan, y tú, Conejo, podéis quedaros con él. Mañana arreglaremos nosotros.

Dando la vuelta a la iglesia, a la que está pegada la casa, se abre un amplio portegado. El portegado está entre una era y un estercolero, que en las madrugadas tiene flotando un vaho de pantano y que está en perpetuo otoño de colores. Del portegado se sube al pajar. Las maderas brillan pulimentadas. Solo hay un poco de paja en un rincón. Los trillos, apoyados sobre la pared, con pedernales amenazantes, parecen fauces de perros guardianes.

–Dejad ahí los hatos. Vamos a ver si nos dan algo en la cocina.

En la cocina les dan un trozo de tocino a cada uno, pan y vino. La mujer de Martín les contempla desde una silla.

–Tú, Zito, alegra el ánimo con la comida. Canta algo, hombre, de por tu tierra.

–No estoy de buen año, señora.

–Canta, Zito –dice Martín, que está apoyado en la puerta.

–Tengo la garganta con nudos.

–Cuanto más viejo más tuno, Zito.

–Pues cantaré, pero no de la tierra, y a ver si les va gustando.

–Tú canta, canta.

Zito con el porrón apoyado sobre una pierna, entona una copla. Sus compañeros bajan la cabeza.

Al marchar a la siega
entran rencores
trabajar para ricos
seguir de pobres.

Sobre los campos salta la noche. Un ratón corre por el pajar. Los segadores están tumbados.

–Oye, San Juan, son unos veinte días aquí. A doce pesetas, ¿cuánto viene a ser?

–Cuarenta y ocho duros.

–No está mal.

Abajo, en la cocina, habla Martín en términos comerciales y escogidos con un amigo.

–Me han ofrecido material humano a siete pesetas para hacer toda la campaña, pero son andaluces…

–Gente floja.

–Floja.

Martín hace con los labios un gesto de menosprecio.

Trabajan San Juan y el Conejo con Martín. Zito Moraña, Amadeo y “El Quinto”, con otros segadores que llegaron un día después, segaban en las fincas del alcalde. No se veían los dos grupos más que cuando marchaban al trabajo o volvían de él por los caminos. Zito, Amadeo y “El Quinto” dormían en el pajar del alcalde, sobre paja medio pulverizada. Se pasaban el día en el campo.

A la cuarta jornada apretó el calor. En el fondo del llano una boca invisible alentaba un aire en llamas. Parecía que él iba a traer las nubes negras de la tormenta que cubrirían el cielo, y sin embargo, el azul se hacía más profundo, más pesado, más metálico. Los segadores sudaban. Buscaban las culebras la humedad debajo de las piedras. Los hombres se refrescaban la garganta con vinagre y agua. En el saucal, la dama del sapo, que tiene ojos de víbora y boca de pez, lo miraba todo maldiciendo. Los segadores, al dejar el trabajo un momento, tiraban, por costumbre, una piedra a bajo pierna en los arbustos para espantarla. Podía llegar la desgracia. El viento pardo vino por el camino levantando una polvareda. Su primer golpe fue tremendo. Todos lo recibieron de perfil para que no les dañase, excepto “El Quinto”, que lo soportó de espaldas, lejano en la finca, con la camisa empapada en sudor, segando. Le gritaron y fue inútil. No se apercibió. Cuando levantó la cabeza era ya tarde.

“El Quinto” llegó al pajar tiritando. Y no quiso cenar. Le dieron miel en las espaldas. El alcalde llamó al médico. El médico lo mandó lavar porque opinó que aquello eran tonterías. Y dictaminó.

–No es nada. Tal vez haya bebido agua demasiado fría.

Zito le explicó:

–Mire, doctor, fue el viento pardo…

El médico se enfadó.

–Cuanto más ignorantes, más queréis saber. ¿Qué me vas a decir tú?

–Mire, doctor, fue el viento que mata el cereal y quema la yerba. Hay que darle miel. Las mantecas de los riñones las tiene blandas.

–Bah, bah, el viento pardo… – comentó.

Los compañeros volvieron a darle miel en las espaldas en cuanto se marchó el médico, y Zito le echó su manta.

–¿Y tú, Zito? –dijo “El Quinto”.

–Yo, a medias con Amadeo.

“El Quinto” temblaba; le castañeaban los dientes. El viento pardo en el saucal hacía un murmullo de risas.

Allí estaba “El Quinto”, entretenido con las arañas. Las iba conociendo. Contó a Zito y a Amadeo cómo había visto pelear a una de ellas, la de la gran tela, de la viga del rincón, con una avispa que atrapó. Lo contaba infantilmente. Zito callaba. De vez en vez le interrumpía doblándole la manta.

–¿Qué tal ahora?

–Bien, no te preocupes.

–¿No me he de preocupar? Has venido con nosotros y no te vas a poder marchar.

Nosotros dentro de cuatro días tiramos para el Norte. Esto está ya dando las boqueadas.

–Bueno, qué más da. No me echarán a la calle de repente.

–No, no, desde luego… –dudaba Zito.

–Y si me echan, pues me voy.

–¿Y a dónde?

–Para la ciudad, al hospital, hasta que sane.

–Hum…

–Aquí tienes lo tuyo, Zito. Os doy doce perras más por día a cada uno.

–Gracias.

–Pues hasta el año que viene. Que haya suerte. Y dile al “Quinto” que para él, aunque no ha trabajado más que tres días y le he estado dando de comer todo ese tiempo, hay diez duros. No se quejará.

–No, claro.

–Pues díselo, y también que levante con vosotros.

–Pero si es imposible, si está tronzado.

–Y yo qué quieres que le haga.

Llegaron al puente. “El Quinto” andaba apoyado en un palo medio a rastras. Zito Moraña y Amadeo le ayudaban por turno.

–¿Qué tal? Ahora coges la carretera y te presentas enseguida en la ciudad.

–Si llego.

–No has de llegar. Mira, los compañeros y yo hemos hecho un ahorro. Es poco, pero no te vendrá mal. Tómalo.

Le dio un fajito de billetes pequeños.

–Os lo acepto porque… Yo no sé… Muchas gracias. Muchas gracias, Zito y todos.

“El Quinto” estaba a punto de llorar, pero no sabía o lo había olvidado.

–No digas nada, hombre.

Les dio la mano largamente a cada uno.

–Adiós, Zito; adiós, Amadeo; adiós, Juan; adiós, Conejo.

–Adiós, Pablo; adiós.

Hacía quince días que habían aprendido el nombre del “Quinto”.

Por la otra orilla de la carretera caminaba, vacilante, Pablo. Los segadores volvieron las espaldas y echaron a andar. Se alejaron del puente. Zito, para distraer a sus compañeros, se puso a cantar a media voz algo de su tierra.

 

sábado, 16 de abril de 2022

Círculo de los sueños

Manuel Rueda

 

Esa noche tuvo una extraña pesadilla. Sueña que se encuentra en una casa vacía y silenciosa velando a su hijo asesinado. Oye un retumbar de golpes contra el portón y tres soldados irrumpen en la estancia. Cada uno le apunta con un fusil. Se deja llevar al exterior sin pronunciar palabra. El aire de la noche le azota el rostro. En la oscuridad puede percibir el resplandor de las estrellas sobre el perfil siniestro de algunos árboles. De pronto le gritan algo y se detiene. Lo colocan contra un grueso tronco de anacahuita. Sabe que también a él le ha tocado el turno de morir. Siente el rastrillar de las armas y cierra los ojos en espera de la descarga, que al fin se produce. Entonces despierta y mira lleno de asombro a su alrededor. Se encuentra en una casa vacía y silenciosa velando a su hijo asesinado. Oye un retumbar de golpes contra el portón…

 

Cimitarra

Ambrose Bierce

 

Cuando el gran GichiKuktai era Mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

–¡Mil setecientos dragones! –exclamó el enfurecido monarca–. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado, para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

–Hijo de mil ilustres deidades –respondió el ministro condenado–, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

–¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

–Al gallardo Nueve mil Ochocientos Treinta y Siete. Lo conozco. Se llama SakkoSamshi.

–Que lo traigan ante mí –dijo el Mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su Presencia.

–¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! –rugió el soberano–. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

–Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos –respondió, inmutable, el verdugo–, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Ordenólo el rey. Jijiji Ri sujetose la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin. Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaban las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

–¡Por mil leones de colas de bronce! –gritó– ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpeé sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra la hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, agarró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono, la depositó humildemente a los pies del Mikado.