viernes, 10 de marzo de 2023

La tentación

Fernán Caballero

 

Había un obispo que era muy amante y devoto de san Andrés, y más que a otra virtud alguna, afecto a la castidad.

El Demonio, a quien Dios le quitó el poder pero no el saber, por tal de perder aquella alma justa y pura, tomó el cuerpo de una hermosa princesa mora, que se fue hecha un mar de lágrimas a buscar al piadoso obispo, y le contó cómo quería ser cristiana y tomar hábito en un convento, y que sus padres no querían, teniéndola avasallada, y queriéndola casar con otro moro fiero.

El buen obispo se compadeció mucho de ella, la hospedó en su palacio, llamó a otros sacerdotes sabios, para que, instruida cuanto antes en la doctrina cristiana, entrase, cual deseaba, en un convento. Cuando le tocaba al obispo la plática, aquella mujer se ponía cada vez más hermosa, y resplandecía como un sol, tratando de mudar el tema, y de hablar de cosas mundanas y de amores, con tal maña y liviandad, que el pobre obispo sentía su corazón rebelde y su virtud flaquear.

Un día que ya lo traía confundido con la mucha palabrería que le gastaba, le dijo:

–Ya que sabéis tanto, ¿a que no me podréis contestar a tres preguntas que os voy a hacer? Y si no halla S. E. la solución, tendrá que confesar que yo sé más que S. E.

Entró en eso un criado, y dijo a S. E. que a la puerta estaba un pobrecito viejo que pedía limosna.

–Que se vaya –dijo la mora.

–No –repuso el obispo–. Dile que suba, que le socorreré.

Entró el pobrecito, y se sentó a un lado.

–Vamos –dijo el obispo a la mora–, haz las preguntas para que te las conteste.

–Dígame, pues –preguntó la mora–: ¿Cuál fue el primer milagro que hizo Dios?

El obispo se quedó parado; pero el pobrecito, alzando gravemente la voz, contestó:

–Hacer el hombre a su semejanza.

Nada pudo oponer la mora; y así pasó a la segunda pregunta, que fue:

–¿Me podréis decir dónde está la tierra más alta que el cielo?

Si la primera pregunta dejó al obispo parado, la segunda lo dejó confundido.

–En el trono celestial –dijo el viejecito–, pues allá está María en cuerpo y alma.

La mora, a su vez, se quedó confundida con aquella respuesta, y pasó a la tercera:

–Pues ya que tanto sabéis –dijo al viejecito–, ¿me podréis decir cuántas leguas hay del cielo al infierno?

–Eso solo vos podéis saberlo –contestó el viejecito–, pues solo vos, Satanás, ángel rebelde, las habéis andado.

Al verse descubierto por aquel viejo, que era san Andrés, Satanás dio un rugido y desapareció.

 

Historia de mi palomar

Isaac Babel

 

A A. M Gorki

 

De niño mi gran deseo era tener un palomar. Jamás conocí deseo más fuerte. A los nueve años mi padre me prometió dinero para tablas y para tres pares de palomas. Fue en mil novecientos cuatro. Yo me disponía a pasar los exámenes para el grado preparatorio en el gimnasio de Nikoláyev. Mi familia vivía en la ciudad de Nikoláyev, provincia de Jersón. Hoy la provincia no existe: nuestra ciudad fue incorporada a la región de Odesa.

Contaba solo nueve años y temía los exámenes. En ambas asignaturas, ruso y matemáticas, no podía sacar menos de cinco puntos. El cupo en nuestro gimnasio era muy pequeño: el cinco por ciento. De cuarenta niños solo dos judíos podrían matricularse en el grado preparatorio. Los maestros preguntaban a estos niños con arte: a nadie preguntaban con tantas argucias como a nosotros. Por eso mi padre me prometió las palomas a cambio de dos cincos con cruces. Me tenía totalmente martirizado; caí en una interminable modorra, en un largo sueño infantil de desesperación. Sumergido en ese sopor acudí a examinarme; no obstante pasé el examen mejor que los demás.

Las ciencias se me daban. Los maestros, pese a las astucias, no podían privarme de la inteligencia y de una memoria ávida. Las ciencias se me daban bien y obtuve dos cincos. Después todo cambió. Jaritón Efrussi, mayorista de cereales que exportaba trigo a Marsella, dio quinientos rublos por su hijo, a mí me pusieron cinco con un menos en vez del cinco y en mi lugar ingresó en el gimnasio Efrussi hijo. Mi padre no podía consolarse. Desde los seis años me venía enseñando todas las ciencias que yo podía asimilar. El signo menos le llenó de desesperación. Quiso pegar a Efrussi o sobornar a dos cargadores para que pegasen a Efrussi, pero mi madre le disuadió y yo comencé a prepararme para los exámenes del año siguiente, para el primer grado. Sin yo enterarme, mis padres animaron al maestro a pasar en un año el curso preparatorio y de primer grado y como estábamos desilusionados de todo, me aprendí de memoria tres libros de texto. Los tres libros eran la gramática de Smirnovski, el compendio de problemas de Evtushevski y la historia inicial de Rusia de Putsikóvich. Los niños ya no estudian por esos manuales, pero yo los aprendí de memoria, de cabo a rabo, y al año siguiente en el examen de lengua rusa el maestro Karaváyev me puso un insuperable cinco con una cruz.

Ese Karaváyev era un hombre sonrosado y airado, procedente del estudiantado moscovita. Contaba treinta años escasos. En sus viriles mejillas ardían coloretes de rajaz campesino; en una mejilla tenía una verruga de la que nacía un matojo de cenicientos pelos de gato. Además de Karaváyev al examen asistió Piátnitski, adjunto del curador, considerado persona importante en el gimnasio y en toda la provincia. El adjunto del curador me preguntó sobre Pedro Primero; experimenté una sensación de aturdimiento, una sensación de proximidad del fin y del abismo, un abismo seco, solado de exaltación y de desesperación.

Me sabía a Pedro Primero de memoria por el manual de Putsikóvich y por los versos de Pushkin. Verraqueé los versos, las caras humanas se volcaron en mis ojos y se confundieron allí como naipes nuevos. Allí se barajaron en el fondo de mis ojos mientras yo, temblando, irguiéndome y apresurándome gritaba a pleno pulmón los versos pushkinianos. Los grité durante mucho tiempo: nadie interrumpió mi demencial farfulla. A través de una ceguedad purpúrea, a través de la libertad que me arrebataba, solo percibía el rostro viejo, inclinado de Piátnitski con su barba plateada. No me interrumpió y solo dijo a Karaváyev, satisfecho de mí y de Pushkin:

–Qué pueblo –murmulló el anciano–, estos judiítos. Llevan el diablo dentro.

Cuando callé me dijo:

–Bien, vete amigo mío…

Salí del aula al pasillo y allí, recostado sobre la pared cruda, fui despertando de la convulsión de mis sueños. Los niños rusos jugaban alrededor, la campana del gimnasio pendía junto al hueco de la escalera oficial, el bedel dormitaba en una silla despachurrada. Yo observaba al bedel y despertaba Los niños se acercaban a mí por todos los lados. Venían a darme capirotazos o a jugar y en esto apareció en el pasillo Piátnitski. Me rebasó y se detuvo un instante; la chaqueta formó una ondulación complicada y lenta en su espalda. Noté turbación en aquella espalda espaciosa, carnosa y señorial y avancé hacia el viejo.

–Niños –dijo a los alumnos–, no toquéis a este muchacho–. Y colocó su mano gorda y suave en mi hombro.

–Amigo mío –se volvió Piátnitski–, dile a tu padre que has ingresado en el primer grado.

Una exuberante estrella refulgió en su pecho, las órdenes tintinearon en la solapa; su cuerpo grande, negro, uniformado se alejó sobre unas piernas rígidas. El cuerpo iba comprimido por las hoscas paredes, se movía entre ellas como se mueve una gabarra en un canal profundo, y desapareció por la puerta del director. Un subalterno con un ruido solemne le llevó té y yo eché a correr a casa, a la tienda.

En nuestra tienda un comprador aldeano se rascaba lleno de dudas. Al verme, mi padre dejó al campesino y no desconfió de mi relato. Gritó al dependiente que cerrara la tienda y se fue a la calle Sobórnaya para comprarme una gorra con escudo. Mi pobre madre me rescató con dificultad de aquel hombre enloquecido. En aquel momento mi madre estaba pálida y tentaba al destino. Tan pronto me acariciaba como me apartaba con repugnancia. Dijo que la lista de todos los matriculados en el gimnasio se publicaba en los periódicos y que Dios nos castigaría y que la gente se mofaría de nosotros si comprábamos el uniforme antes de tiempo. Mi madre estaba pálida, leía el destino en mis ojos y me observaba con amarga compasión, como a un contrahecho porque solo ella conocía la desdicha de nuestra familia.

Todos los hombres de nuestra estirpe eran confiados con la gente y prontos a las acciones irreflexivas. No teníamos suerte en nada. Mi abuelo, rabí en Bélaya Tsérkov y expulsado por profanar, vivió ruidosa y pobremente otros cuarenta años, estudió lenguas extranjeras y comenzó a; perder el juicio al rayar los ochenta. El tío Liev, hermano de mi padre, estudió en el seminario de Volozhin, se escapó en 1892 del servicio militar y raptó a la hija de un intendente del distrito militar de Kiev. Mi tío Liev llevó a su mujer a California, a Los Ángeles, la abandonó allí y murió en una casa de vicios, entre negros y malayos. Después de su muerte la policía americana nos envió la herencia de Los Ángeles: un gran baúl guarnecido color castaño. El baúl contenía pesas de gimnasia, mechones de pelo de mujer, el taled de mi abuelo, fustas con empuñadura dorada y té en estuches adornados con perlas baratas. De toda la familia solo quedábamos mi tío Simón el loco que vivía en Odesa, mi padre y yo. Pero mi padre se fiaba de la gente, la ofendía con la exaltación del primer amor, la gente no se lo perdonaba y le engañaba. Por eso mi padre creía que su vida estaba regida por un hado maligno, por un ser inexplicable que le perseguía y que en nada se parecía a él. Así que de toda la familia a mi madre solo le quedaba yo. Como todos los judíos era yo bajo de estatura, debilucho y tenía dolores de cabeza de tanto estudiar. Mi madre veía todo eso y jamás se dejó cegar por la soberbia mísera de su marido ni por su fe inexplicable de que nuestra familia algún día sería la más fuerte y rica del mundo. Ella no confiaba en nuestra suerte, temía comprar el uniforme antes de tiempo y solo me permitió fotografiarme para un retrato grande.

El veinte de septiembre de mil novecientos cinco en el gimnasio colgaron la lista de los matriculados en el primer grado. Allí estaba mi nombre. Toda la familia fue a ver aquel papel y hasta Shoil, mi tío abuelo, acudió al gimnasio. Yo quería a aquel viejo fanfarrón porque vendía pescado en la plaza. Sus manos rollizas, húmedas, cubiertas de escamas de pescado hedían a hermosos mundos fríos. Shoil destacaba de lo común de la gente con sus inverosímiles historias sobre la insurrección polaca de 1861. Hacía mucho Shoil fue tabernero en Skvir y vio cómo los soldados de Nikolai Primero fusilaron al conde de Godlevski y a otros insurrectos polacos. Quizá no lo vio. Ahora sé que Shoil no era más que un viejo ignorante y un mentiroso sin picardía, pero no olvidé sus jácaras; estaban bien hechas. Así que hasta el mentecato de Shoil fue al gimnasio a ver la lista con mi nombre y por la noche danzó y taconeó en nuestra pobre fiesta.

Mi padre, que no cabía en sí de alegría, dio una fiesta e invitó a sus compañeros: a traficantes de trigo, a intermediarios en venta de fincas y a los viajantes que en nuestra comarca vendían maquinaria agrícola. Aquellos viajantes vendían maquinaria a cualquiera. Los campesinos y los terratenientes les tenían pánico: era imposible desprenderse de ellos sin comprarles algo. Entre los judíos, los viajantes eran la gente más corrida y alegre. En nuestra fiesta entonaron canciones hasiditas cuya letra tenía solo tres palabras, pero se cantaban mucho rato y con un sinfín de divertidas inflexiones. La gracia de esas inflexiones es accesible solo al que celebró la Pascua entre los hasiditas, o al que estuvo en sus ruidosas sinagogas de Volín. Además de los viajantes vino el viejo Libermán que me enseñaba el Thora y el hebreo antiguo. En casa le llamábamos mosié Libermán. Bebió vino besarabo algo más de la cuenta, los tradicionales cordones de seda asomaron por debajo de su chaleco rojo y pronunció en mi honor un brindis en hebreo antiguo. En ese brindis el viejo felicitó a mis padres y dijo que yo vencí en el examen a todos mis enemigos, vencí a los mofletudos niños rusos y a los hijos de nuestros zafios ricachones. En la antigüedad, David, rey judío, también venció a Goliat y de la misma forma que yo me impuse a Goliat nuestro pueblo vencería con la fuerza de su inteligencia a los enemigos que nos cercan y que ansían nuestra sangre. Dijo eso mosié Libermán y se echó a llorar y llorando bebió más vino y gritó ¡Viva! Los invitados le hicieron corro y comenzaron a bailar en torno a él una vieja cuadrilla como en las bodas de un lugar judío. Todos estaban alegres en nuestra fiesta; mi madre sorbió vino, aunque no bebía vodka y no comprendía cómo podía gustar; por esa razón tenía a todos los rusos por locos y no concebía cómo las mujeres soportaban a los maridos rusos.

Pero nuestros días dichosos vinieron más tarde. Para mamá vinieron con las mañanas en que antes de irme al gimnasio me preparaba bocadillos, cuando recorrimos las tiendas comprando mis utensilios de Reyes Magos: el plumero, la hucha, el cartapacio, los libros nuevos con pastas de cartón y los cuadernos con sobrecubiertas satinadas. En el mundo nadie siente las cosas nuevas con la fuerza que las siente el niño. El niño se estremece ante ese olor como el perro ante las huellas de la liebre y experimenta una locura que después, cuando somos mayores, se llama inspiración. Este puro sentimiento infantil de propietario de cosas nuevas se transmitía a mi madre. Estuvimos un mes habituándonos al plumero y a la penumbra matinal cuando yo me sentaba a tomar el té en una esquina de la espaciosa mesa iluminada y colocaba los libros en el cartapacio; estuvimos un mes habituándonos a nuestra vida feliz y solo al terminar el primer trimestre volví a acordarme de las palomas.

Todo lo tenía preparado para ellas: un rublo y cincuenta kopeks y un palomar que el abuelo Shoil construyó de un cajón. El palomar estaba pintado de marrón. Tenía nidos para doce pares de palomas, tablillas en el techo y un enrejado especial que yo inventé para atrapar mejor las palomas ajenas. Todo estaba dispuesto. El domingo veinte de octubre me dispuse a ir a la Ojótnitskaya, pero surgieron obstáculos imprevistos.

La historia que estoy contando, mi matriculación en el primer grado del gimnasio, ocurrió en otoño de mil novecientos cinco. Fue cuando el zar Nikolai dio la Constitución al pueblo ruso; oradores con abrigos raídos se encaramaban a los guardacantones ante el Ayuntamiento y arengaban al pueblo. De noche en las calles sonaban disparos y mamá no quería que fuese a la Ojótnitskaya. La mañana del veinte de octubre los niños de la vecindad lanzaban una corneta frente a la mismísima comisaría de la policía y nuestro aguador dejó el trabajo y paseó por las calles engominado, con la cara colorada. Después vimos a los hijos del panadero Kalístov sacar un potro de cuero y hacer gimnasia en medio de la calzada. Nadie les interrumpió. Es más, el municipal Semérnikov los animaba a saltar más alto. Semérnikov llevaba un cinto de seda de fabricación casera y sus botas ese día habían sido lustradas con un brillo hasta entonces desconocido. Nada asustó tanto a mamá como el municipal vestido de forma antirreglamentaria; por ello no me dejaba salir, pero me escabullí y, cruzando patios, llegué a la Ojótnitskaya, detrás de la estación.

En la Ojótnitskaya, en su lugar de siempre, estaba Iván Nikodímich el palomero. Vendía, además de palomas, conejos y un pavo real. El pavo, con la cola extendida y encaramado en un palo, meneaba de un lado a otro su impávida cabezuela. Tenía una pata atada con un cordel; el otro cabo estaba cogido con la silla de mimbre de Iván Nikodímich. Nada más llegar compré al viejo un par de palomas rojizas de exuberantes colas despeinadas y un par de palomas de moño y las metí en una saca que guardaba en el seno. De la compra me quedaron cuarenta kopeks, pero el viejo no me cedía por ese dinero una pareja “kriúkovo”. En las “kriúkovo” me gustaban sus picos cortos, granulosos, benevolentes. Cuarenta kopeks era su precio justo, pero el cazador regateaba y torcía su cara amarilla, abrasada por retraídas pasiones de pajarero. Terminaba el mercado y al ver que no aparecían otros compradores, Iván Nikodímich me llamó. Todo salió como yo quería y todo salió torcido.

A las once y pico o algo más tarde cruzó la plaza un hombre con botas de fieltro. Caminaba ligero sobre sus piernas hinchadas y en su cara borracha ardían ojos entusiásticos.

–Iván Nikodímich –dijo al pasar al lado del pajarero–, deje las herramientas: en la ciudad los hidalgos de Jerusalén reciben la Constitución. En la Ríbnaya al viejo Bábel lo dejaron en las últimas.

Lo dijo y pasó ligero entre las jaulas como el labriego que camina descalzo por el lindero.

–Mal hecho –musitó Iván Nikodímich a las espaldas del caminante–, mal hecho –gritó con mayor severidad, recogió los conejos y el pavo real y me dio las palomas “kriúkovo” por cuarenta kopeks–. Las metí en el seno y observé cómo la gente abandonaba la Ojótnitskaya. El último se iba el pavo real sobre el hombro de Iván Nikodímich. Iba como el sol en el húmedo cielo otoñal, como julio en la orilla rosada del río, un julio incandescente entre alta hierba fresca. En el mercado no quedaba nadie y los disparos retumbaban cerca. Eché a correr hacia la estación, crucé un jardín que se volcó en mis ojos e irrumpí en un callejón desierto con firme de tierra amarilla. Al final del callejón estaba en su silla de ruedas el cojo Makárenko que en su silla recorría la ciudad vendiendo tabaco. Los niños de nuestra calle le compraban tabaco, los niños le querían y yo corrí por el callejón hacia él.

–Makárenko –dije con la respiración entrecortada por la carrera y acaricié el hombro del cojo–, ¿has visto a Shoil?

El mutilado no respondió. Su cara tosca hecha de grasa roja, de puños y de hierro, transparentaba. Se removía nervioso en la silla: Katiusha, su mujer, volvió hacia él su fofo trasero mientras clasificaba los objetos apilados en el suelo.

–¿Qué has contado? –preguntó el cojo y reclinó todo el cuerpo como si de antemano no pudiera soportar la respuesta.

–Catorce polainas –dijo Katiusha sin incorporarse–, seis fundas de mantas, ahora cuento las cofias…

–Cofias –gritó Makárenko; se le cortó la respiración y emitió algo así como un gemido–. Está visto, Katerina, que Dios me señaló a mí para responder por todos… La gente lleva el lienzo por piezas. La gente se lleva lo bueno y nosotros cofias…

Así era. Por el callejón pasó corriendo una mujer de hermosa cara encendida. Llevaba un manojo de feces en una mano y una pieza de paño en la otra. Con voz feliz y desesperada llamaba a los hijos extraviados; arrastraba el vestido de seda y la chaqueta azul tras su cuerpo veloz y no oía a Makárenko que la seguía en su silla. El cojo iba quedando atrás, sus ruedas chirriaban; él movía las palancas con todas sus fuerzas.

–Madamita –gritaba con voz estentórea–, ¿de dónde sacó el percal, madamita?

Pero la mujer del vestido veloz ya había desaparecido. En dirección opuesta salió de la esquina un carro tambaleante. Un muchacho campesino iba en el carro de pie.

–¿A dónde corre la gente? –preguntó el muchacho y levantó una rienda roja sobre los jamelgos que se agitaban dentro de sus colleras.

–Toda la gente está en la plaza de la Catedral –dijo suplicando Makárenko–, allí está toda la gente, buen hombre. Todo lo que cojas, tráemelo, lo compro todo.

El muchacho se inclinó hacia adelante y azoto a los jamelgos píos. Los caballos corcovearon como los becerros sus grupas sucias e iniciaron el trote. El callejón amarillo volvió a quedarse amarillo y desierto; entonces el cojo volvió hacia mí sus ojos apagados.

–¿Es que Dios me señaló a mí? –dijo desfallecido–. ¿Es que soy yo el hijo del hombre?…

Y Makárenko me tendió la mano salpicada por la lepra.

–¿Qué llevas en el morral? –dijo y cogió la saca que me calentaba el corazón. La mano gruesa del mutilado alarmó a los tumbler y sacó a la paloma rojiza. El ave reposaba en su mano con las patas estiradas.

–Palomas –dijo Makárenko y chirriando sus ruedas se aproximó a mí–, palomas –repitió y me pegó en la cara.

Me pegó de revés con la mano que sujetaba el ave. El trasero fofo de Katiusha se revolvió en mis pupilas y caí al suelo con mi nuevo abrigo.

–Hay que eliminar a toda su semilla –dijo entonces Katiusha y se inclinó sobre las cofias–, no puedo ver a su semilla ni a sus hombres apestosos…

Ella dijo algo más de nuestra semilla, pero no oí más. Estaba tirado en el suelo y por mi sien se escurrían los intestinos del pájaro despachurrado. Se escurrían a lo largo de las mejillas, serpenteando, salpicando y cegándome. La suave tripa de la paloma se deslizó por mi frente; cerré el último ojo sin tapar para no ver el mundo que se extendía ante mí. Ese mundo era pequeño y terrible. Una piedra yacía ante mis ojos, una piedra mellada como la cara de una vieja quijaruda; algo más allá había una cuerda y un manojo de plumas aún palpitantes. Cerré los ojos para no verlo y me apreté a la tierra que yacía debajo de mí con su mudez tranquilizadora. Aquella tierra apisonada no se parecía a nuestra vida ni a la espera de los exámenes en nuestra vida. Lejos de aquí sobre ella marchaba el dolor a lomo de un caballo grande, pero el golpeteo de los cascos se hacía más débil, se perdía y el silencio, el amargo silencio que algunas veces asombra a los niños en desgracia, borró la raya entre mi cuerpo y la tierra inmóvil. La tierra olía a suelo húmedo, a tumba y a flores. Escuché su olor y lloré sin miedo. Caminé por una calle ajena, llena de cajas blancas, caminé adornado con plumas sangrientas, solo por el medio de las aceras barridas como si no fuese domingo y lloré con tanta amargura, plenitud y felicidad como jamás volví a hacerlo. Los cables blanquecinos susurraban sobre mi cabeza, un perro callejero corría delante de mí; en un callejón lateral un hombre joven con chaleco rompía un marco en la casa de Jaritón Efrussi. Lo rompía con un mazo de madera, se impelía con todo el cuerpo y, suspirando, sonreía a diestro y siniestro con la sonrisa bonachona de la embriaguez, del sudor y de la fuerza espiritual. La calle toda estaba llena de estrépitos, de crujidos y del canto de la madera quebrantada. El hombre maceaba solo para tener motivos de inclinarse, de sudar y de gritar palabras extrañas en un lenguaje desconocido, no ruso. Las gritaba y cantaba, desgarrando por dentro sus ojos azules hasta que en la calle apareció la procesión que venía del Ayuntamiento. Ancianos con barbas teñidas portaban el retrato del zar peinado, los estandartes con santos sepulcrales se agitaban sobre la procesión, ancianas enardecidas avanzaban rápidas. El hombre del chaleco vio la procesión, apretó el mazo contra el pecho y corrió tras los estandartes; yo esperé el fin de la procesión y llegué a nuestra casa. Estaba vacía. Sus puertas blancas quedaron abiertas y la hierba al pie del palomar aplastada. Solo Kuzmá no abandonó la casa. Kuzmá el barrendero estaba en el cobertizo y amortajaba al difunto Shoil.

–Te lleva el viento como a la mala astilla –dijo el viejo al verme–, estuviste fuera una eternidad… El pueblo se cargó a tu abuelo. Ya lo ves…

Kuzmá gimoteó, se revolvió y sacó de la bragueta del abuelo una perca. Dos percas metieron a mi abuelo: una en la bragueta y otra en la boca; el abuelo había muerto, pero una perca estaba viva y se estremecía.

–Se cargaron al abuelo, a nadie más –dijo Kuzmá y tiró las percas al gato–, los puso de vuelta y media y de qué manera; un tío formidable… Tápale los ojos con monedas, anda…

Entonces, a mis diez años, no sabía para qué los muertos necesitan las monedas.

–Kuzmá –le susurré–, sálvanos…

Me acerqué al barrendero, abracé su vieja espalda derrengada, con un hombro sobresaliente, y vi a su espalda al abuelo muerto. Shoil yacía sobre serrín con el pecho aplastado, la barba erguida, los borceguíes calzando los pies desnudos. Sus piernas separadas estaban sucias, violáceas, muertas. Kuzmá trajinaba en torno a ellas. Amarró las mandíbulas y se puso a cavilar qué más podría hacer con el muerto. Andaba como si tuviese en casa muebles nuevos y se apaciguó cuando peinó la barba del muerto.

–Los puso a todos de vuelta y media –dijo sonriendo y observó el cadáver con cariño–. Si hubiesen sido los tártaros, los hubiese echado, pero llegaron los rusos y con ellos las mujeres rusas. A los rusos les disgusta perdonar. Conozco a los rusos…

El barrendero puso más serrín bajo el muerto, se quitó el mandil de carpintero y me tomó de la mano.

–Vamos a ver a tu padre –murmulló cogiéndome más fuerte–, tu padre anda buscándote desde la mañana. No vaya a ser que se muera…

Y Kuzmá y yo nos fuimos a casa del recaudador de impuestos, en la que mis padres se escondían del pogromo.

 

jueves, 9 de marzo de 2023

Viaje circular

Émile Zola

 

I

Hace ocho días que Luciano Bérard y Hortensia Larivière están casados. La madre de la novia, viuda del señor Larivière, que posee, desde hace treinta años, un comercio de juguetes y bisutería en la calle de la Chaussée d’Antin, es una mujer seca y angulosa, de carácter despótico, que no pudo negar la mano de su hija a Luciano, único heredero de un quincallero del barrio; pero que tiene intenciones de vigilar, constantemente y muy de cerca, al nuevo matrimonio. En el contrato, la señora Larivière ha cedido a su hija la tienda completa, reservándose apenas una habitación de su casa, pero en realidad es ella misma quien continúa dirigiéndolo todo con pretexto de poner a sus hijos al corriente de la venta.

Estamos en el mes de agosto; el calor es intenso y los negocios van mal. La señora Larivière tiene un carácter más agrio que nunca; no tolera que Luciano descuide sus quehaceres, al lado de Hortensia, ni un solo minuto. Un día que los sorprendió abrazándose en la tienda, dos semanas después de la boda, hubo un escándalo en la casa. Acordándose de que ella no permitió nunca a su difunto esposo la menor familiaridad en el almacén, decía a sus hijos que solo con mucha seriedad y compostura podía lograrse una clientela y una fortuna.

–Yo, al menos –repetía– no conseguí sino de esa manera la fama de mi establecimiento…

Luciano, pues, no queriendo aún enojarse, se contenta con enviar a su mitad besos furtivos cada vez que su buena suegra vuelve las espaldas.

Un día, sin embargo, se toma la libertad de recordar en alta voz que sus familias les han prometido el dinero necesario para hacer un viaje de novios y pasar la luna de miel en santa calma.

A lo cual contesta la señora Larivière, apretando sus labios delgadísimos:

–Pues bien, váyanse a pasar un día al bosque de Vincennes.

Ante tal respuesta los jóvenes esposos se miran consternados; y Hortensia comienza a encontrar verdaderamente ridícula a su madre. No pudiendo estar juntos sino durante la noche, tienen que guardar el mayor silencio, so pena de que la señora Larivière venga, al menor ruido, a preguntarles si están enfermos. Y cuando aun no están callados a media noche, les grita:

–Mejor sería que se durmieran ¡caramba! para no quedarse, mañana también, dormidos sobre el mostrador.

No siendo ya tolerable aquella manera de vivir, Luciano habla, por segunda vez, del viaje soñado y cita los nombres de los comerciantes del barrio que hacen paseos de varios días, mientras sus padres o sus empleados cuidan de sus tiendas:

–El vendedor de guantes de la esquina de la rue Lafayette, por ejemplo, está en Dieppe; el cuchillero de la rue San Nicolás acaba de irse a Luchón; el joyero del bulevar fue a Suiza con su mujer… Ahora todo el que tiene algún dinero se permite un mes de vacaciones.

Pero la señora Larivière grita de mal humor:

–Es la muerte del comercio, caballero, compréndalo usted. El ojo del amo engorda el ganado. En tiempo de mi difunto marido, nosotros no íbamos a Vincennes sino una vez al año, el lunes de Pascua… y siempre gozamos de muy buena salud, gracias a Dios… ¿Quieren que les diga una cosa? Pues bien, ustedes echarán a perder la casa con sus deseos de recorrer el mundo. ¡Sí, la casa está ya echada a perder!

–Sin embargo –se atreve Hortensia a responder–, me parece que antes de casarnos se nos había prometido un viaje de novios. Acuérdate, mamá, de que tú misma habías consentido en ello.

–Puede ser –dice la señora Larivière– pero eso fue antes de la boda, y las madres tenemos la costumbre de ofrecer en tal ocasión una multitud de necedades… Ahora es necesario ser formales…

Luciano sale de la casa para evitar una querella. Un deseo feroz de estrangular a su suegra lo tortura. Pero al volver, después de dos horas de ausencia, su fisonomía y carácter están cambiados. Su manera de hablar con la madre de su mujer es dulce y aún algo sonriente y maliciosa. Por la noche, la primera pregunta que dirige a su esposa es:

–¿Conoces Normandía?

Hortensia responde:

–Bien sabes que no; lo único que conozco es Vincennes; ¡lo único!…

 

II

Al día siguiente un acontecimiento inesperado conmueve la tienda de juguetes y bisutería de la señora Larivière. El padre de Luciano –el señor Bernard como le dicen en el barrio, donde se le considera como a buen vividor, franco y honrado en los negocios– viene a visitar a sus hijos. Y después de un rato de conversación, dice:

–Me parece que a ustedes les agradará mi propósito de acompañarlos a almorzar –palabras que produjeron mal efecto en el ánimo de su consuegra.

Pero la verdadera sorpresa estaba reservada para los postres. Apenas servido el café, el señor Bernard exclama:

–También traigo en los bolsillos un regalo para los chicos.

Y sacó triunfalmente dos billetes del camino de hierro.

–¿Qué es eso? –pregunta en tono angustioso la señora Larivière.

El padre de Luciano responde:

–¿Esto? Pues esto son dos billetes de primera clase para hacer un viaje circular por Normandía… Vaya, hijos míos, un mes de alegría, un mes al aire libre… Estoy seguro de que van a volver frescos como un par de rosas.

La madre de Hortensia está pálida, aterrada; y aunque deseosa de protestar, se calla y se muerde los labios. La perspectiva de una disputa con el señor Bernard, que decía siempre la última palabra, le da miedo. Pero lo que más la atemoriza son las últimas palabras del quincallero que, hablando fuerte:

–Es preciso preparar las maletas –dice–. El viaje es para esta misma noche. Yo los conduciré a la estación ahora mismo. Hasta que no los vea en camino, no he de estar contento…

–Está bien –declara ella con una rabia sorda–; ¡llévense a mi hija!… Así estaré más contenta, después de todo, puesto que ellos no se darán besos en la tienda y yo podré velar por el honor de nuestra casa.

 

III

Al fin el matrimonio está ya en la estación de San Lázaro acompañado del suegro que apenas les dio el tiempo necesario para meter algo de ropa blanca y unos cuantos trajes en el fondo de un baúl y que, al despedirse, los besa en las mejillas y les recomienda mirarlo todo para divertirlo, al regreso, con el relato de sus impresiones.

Luciano y Hortensia se precipitan sobre los andenes buscando un compartimiento desocupado que, al fin de muchas vueltas, encuentran por su buena fortuna, y en el cual toman asiento preparándose a pasar bien la noche. Al cabo de algunos minutos, sin embargo, un caballero viejo viene a echar por tierra sus castillos en el aire, tomando, frente a ellos, una plaza desde la cual su mirada severa examina con atención los menores movimientos de los novios.

El tren se pone en marcha. Hortensia vuelve la cabeza, desolada, afectando interés por el paisaje; pero, en realidad, sus ojos húmedos ni siquiera ponen atención en los árboles. Luciano busca un medio ingenioso para desembarazarse del viejo, no encontrando sino expedientes demasiado enérgicos. Al fin se calma y espera a que su compañero los abandone en Nantes o en Vernón, pero sus esperanzas se desvanecen al mirar que va hasta Le Havre. Entonces, desesperado, se decide a tomar entre las suyas la mano de su mujer. Después de todo, siendo casados, bien pueden manifestarse su ternura. La mirada del viejo se hace cada momento más severa y es tan evidente que desaprueba en absoluto aquellas muestras de afecto, que la pobre Hortensia se ruboriza y retira la mano.

El resto del viaje transcurrió en medio del más profundo silencio, hasta que, dichosamente, el tren llegó a Roán.

Al salir de París, Luciano había comprado una guía, en donde pudo escoger el hotel que mejor le pareció, creyendo poderse encontrar muy bien en él. En la mesa redonda apenas les es posible cambiar una palabra delante de toda aquella gente que no deja de mirarlos. Luego se deciden a meterse en la cama desde muy temprano, esperando poder estar en ella más contentos que en el camino de hierro y en el comedor; pero los muros del cuarto son tan delgados, que ninguno de los vecinos podía hacer un movimiento que no fuese oído por ellos, por lo cual no se atreven ni a toser…

–Visitemos la ciudad –dice Luciano al levantarse– y sigamos de prisa nuestro camino hacia Le Havre.

Luego comienzan su paseo sin poderse sentar un solo momento durante el día. Miran la catedral donde un cicerone les enseña la torre de Beurre que fue construida con los productos de una contribución que el clero había impuesto sobre las mantecas del lugar; miran el antiguo palacio de los duques de Normandía; las viejas iglesias convertidas en graneros; el cementerio monumental… lo miran todo, como en cumplimiento de un deber, sin encontrar ninguna alegría en la contemplación de tanto edificio histórico. Hortensia, sobre todo, se aburre soberanamente, cansándose de tal manera que al día siguiente se queda dormida en el tren.

Al llegar al Havre, también encuentran contrariedades. Las camas del hotel son tan estrechas que el posadero se ve obligado a darles un cuarto con dos lechos. Hortensia se pone a llorar creyéndose insultada. Luciano la consuela jurándole que no se detendrán allí sino el tiempo necesario para ver la ciudad.

Sus viajes locos, a través de los edificios, continúan al día siguiente.

Después de abandonar Le Havre, se detienen algunos días en cada villa importante marcada en el itinerario. Visitan Honfleur, Pont l’Evêque, Caen, Bayeux, Cherbourg, etc., y llenándose la cabeza con una infinidad de calles y de monumentos, confundiendo las iglesias, atontados por la sucesión rápida de horizontes, no llegan a encontrar el interés buscado. En todas partes les ha sido imposible hallar un rincón pacífico y dichoso para acariciarse lejos de los oídos indiscretos. Al fin ya no miran nada, siguiendo su viaje como una obligación molesta de la cual no encuentran manera de deshacerse.

Una tarde Luciano deja escapar, en Cherbourg, estas palabras:

–¡Creo que estaríamos menos tristes al lado de tu madre!…

Al día siguiente, caminando en dirección de Grandville, Luciano comienza a mirar la campiña a través de las ventanillas, con verdadera furia. De repente el tren se detiene en una estación insignificante cuyo nombre, dicho en alta voz por un empleado del ferrocarril, ni siquiera llega a sus oídos, y cuyo aspecto adorable hace exclamar a Luciano:

–Bajemos, bajemos de prisa.

–Pero esta estación no está en la guía –dice Hortensia, espantada.

–¡La guía! ¡la guía! –responde el marido–. ¡Ya vas a ver lo que voy a hacer con ella!… Venga, ¡bajemos de prisa!

–Pero ¿y los equipajes?

–Los equipajes me importan poco.

Y cuando Hortensia hubo bajado, el tren se puso de nuevo en marcha, dejándolos en una hondonada verde y fresca.

Al salir de la pequeña estación, los dos enamorados se encuentran en pleno campo… Ningún ruido turba el gran silencio de la naturaleza, a no ser el canto de los pájaros y el murmullo de un arroyuelo…

La primera ocupación de Luciano consiste en arrojar su guía en medio de un estanque.

Después… la calma y la libertad sonríen ante sus ojos encantados…

 

IV

La dueña de una posada que se encuentra a trescientos pasos de la estación les proporciona un cuarto amplio, encalado, con paredes de un metro de espesor, pero cuyo aspecto primaveral alegra la vista. Por lo demás, ni un solo pasajero, ni un solo testigo indiscreto; nada más que las gallinas que miran curiosamente.

–Puesto que nuestros billetes son aún válidos para ocho días –dice Luciano– pasemos aquí una buena semana.

Y realmente, ¡buena semana fue!

Perdiéndose entre los senderos floridos e internándose en el bosque hasta llegar a las faldas de una colina, pasan alegremente los días, escondidos en el fondo de los matorrales que abrigan, complacientes, sus amores. A veces siguen al arroyuelo en su curso, corriendo como estudiantes escapados; Hortensia se quita los botines para tomar baños de pies, mientras Luciano la hace exhalar gritos de susto besándole bruscamente la nuca…

Hasta la falta de ropa blanca y el estado de desnudez en que se encuentran, es causa para ellos de contento. Esa especie de abandono en un desierto donde nadie los supone, les encanta. Un día es necesario que Hortensia pida prestadas algunas prendas interiores a la dueña, y la tela grosera de las camisas, que le pica la piel, no la hace sino reír. Su cuarto es tan alegre que desde las ocho de la noche, hora en que la campiña oscura y silenciosa ya no los atrae, se encierran en él con verdadero placer, recomendando siempre que nadie vaya a despertarlos. A veces el mismo Luciano baja a la cocina a buscar el almuerzo, compuesto de huevos y chuletas, sin permitir que nadie lo ayude a subir sus provisiones. Y esos almuerzos exquisitos comidos al borde de la cama, en donde las caricias y los besos son más numerosos que los bocados de pan, se prolongan siempre hasta muy tarde…

El séptimo día, sin embargo, llega al fin; y los pobres enamorados se admiran y se entristecen al ver lo de prisa que han vivido, decidiéndose a partir sin averiguar siquiera el nombre de ese pueblo, propicio como ninguno a sus amores, en el cual han obtenido un cuarterón de luna de miel…

 

V

Sus equipajes los esperan en París desde hace una semana.

Cuando el señor Bernard los interroga, Luciano y Hortensia responden embrolladamente, diciendo que han visto el mar en Caen y la torre de Beurre en el Havre.

–Pero ¡qué demonios! –exclama el quincallero– ustedes no me hablan de Cherburgo… ¡ni del Arsenal!

–Ah –responde Luciano– el arsenal es muy pequeño y además tiene pocos árboles.

Entonces la señora Larivière, siempre seca, siempre agria, alza los hombros y murmura:

–Lo que es así no vale la pena hacer viajes… ¡Ni siquiera conocen los monumentos!… Vamos, Hortensia, basta de locuras y al mostrador otra vez…

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

La señora que quería vivir debajo de la tierra

Víctor Roura

 

Una señora quería vivir debajo de la tierra, pero no sabía a quién recurrir.

Se dijo:

–Voy a comprar un pico y una pala y voy a excavar en mi jardín.

Fue a la tlapalería por esos objetos.

Esa noche durmió tranquila porque al despertar iba a poner manos a la obra. Finalmente, no necesitaba pedirle el favor a nadie.

Cuando abrió los ojos, ni tuvo tiempo de quitarse la piyama. Fue directo al jardín, se puso unos guantes y comenzó a excavar. Cantaba de felicidad la señora.

Tres horas después, ya estaba cinco metros bajo el nivel de su jardín. Se tomó un descanso.

Hizo un licuado y se desayunó dos quesadillas.

En eso, tocaron a la puerta.

–¿Quién es? –preguntó, molesta.

Nadie contestó.

Se oyeron otros dos fuertes toquidos.

–¡Caray! ¿Quién es? –volvió a preguntar, ya iracunda porque le molestaba que la vieran sucia y en ese momento era la mujer más sucia del mundo por la tierra del jardín que le ponía negra hasta las orejas.

Nadie contestó.

Fue a asomarse por la mirilla de la puerta.

Eran dos señores encorbatados.

–¡Abra la puerta, señora, que no tenemos su tiempo! –gritó uno de los señores, a la vez que volvía a tocar con rudeza.

La señora se incomodó, pero abrió la puerta. Los señores la vieron con desprecio. Por su suciedad.

–¡Qué moditos de levantarse de la cama! –dijo un señor.

La señora se avergonzó.

–Le recomendamos un baño, señora –dijo el otro señor.

La señora se avergonzó, aún más.

–Nada más le venimos a informar que lo que está usted haciendo es absolutamente indebido –dijo un señor.

La sucia señora no hablaba por la pena de estar sucia.

–Usted no puede destrozar su jardín así porque sí. A ver, ¿dónde está su permiso?

La señora se tapaba la cara.

–Necesita un documento para maltratar su territorio…

La señora de plano les dio la espalda.

–Si mañana tempranito usted no tiene de nuevo cubierto su jardín, va a tener que pagar mucho dinero de multa…

La señora tragaba saliva, pero se repuso de la vergüenza para decirles:

–¡Es que yo quiero vivir bajo tierra! –gritó, desesperada.

Los dos hombres se miraron confundidos.

–Pero, señora, así como está parece en realidad que usted ha salido de la tierra. Basta con que todos los días no se bañe para hacerse a la idea de que vive en el centro de su jardín –dijo un señor.

La señora cerró la casa dando un portazo.

Y se fue al jardín, rapidísimo, para cubrirlo de nuevo. No tenía mucho dinero para andarse metiendo en problemas con las autoridades. Porque las autoridades no resuelven nada, sino todo lo complican. No. Tenía que tapar el hueco de su jardín. Trabajó mucho. Tres horas después, terminó. Se fue a la cama a descansar. Y desde entonces no se baña porque quiere estar sucia.

–Así juego a que entro y salgo de debajo de la tierra –se decía.

Ya nunca más alió de su casa.