lunes, 21 de agosto de 2023

El comodín

Kjell Askildsen

 

Un sábado por la noche, hacia finales de noviembre, me hallaba solo en casa con Lucy. Yo estaba sentado en el sillón junto a la ventana, ella junto a la mesa del comedor haciendo un solitario, últimamente no paraba de hacer solitarios, yo no sabía por qué, pensaba que quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Lucy, podrías abrir un poco la ventana. Estaba de acuerdo en que hacía algo de calor, y como afuera no hacía demasiado frío, abrí la ventana. Daba al jardín de atrás y a un bosquecillo, y me quedé de pie un rato escuchando el suave rumor de la lluvia. Tal vez fuera esa la razón, la suave lluvia y el silencio, lo cierto es que ocurrió lo que ocurre de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si la misma falta de sentido de la existencia se te metiera adentro y se extendiera como un inmenso y desnudo paisaje.

Ya puedes volver a cerrar, dijo Lucy, aunque yo seguía mirando por la ventana. Voy a dar una vuelta, dije. ¿Ahora?, preguntó ella. Cerré la ventana. Sólo un paseíto, contesté. Ella seguía con su solitario, sin levantar la cabeza. En la entrada, me puse el impermeable y el gorro de lluvia que sólo uso para trabajar en el jardín cuando hace mal tiempo. Tal vez por eso fui al jardín en lugar de salir a la carretera. Llegué hasta el final, donde cultivábamos la col y había un pequeño banco sin respaldo que databa de antes de que Lucy heredara la casa. Me senté bajo la lluvia en la oscuridad y miré hacia las ventanas iluminadas, pero como el jardín formaba una suave pendiente hacia abajo, no podía ver a Lucy, sólo el techo y la parte superior de las paredes.

Al cabo de un rato hacía demasiado frío para permanecer sentado; me levante con la intención de trepar por la valla y cruzar el bosquecillo hasta la carretera, junto a la oficina de correos. Pero al llegar a la valla, me volví y vi la sombra de Lucy en la pared de dentro y un trozo de techo, y no entendía cómo podía ser, no entendía cuál podía ser la fuente de luz que hacía que la sombra cayera justo ahí. Trepé por la valla por el lugar donde podía agarrarme a la rama inferior de un gran roble; desde allí podía ver a Lucy sentada junto a la mesa. Delante de ella ardía una vela, y en una mano llevaba algo que también ardía, pero me resultaba imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció, y Lucy se levantó; en ese instante fue como si toda la habitación quedara en penumbra. Un momento después, Lucy había desaparecido de mi campo visual. Esperé un rato, pero no volvió. Bajé de un salto hacia la parte exterior de la valla y me adentré en el bosquecillo. Me preguntaba qué había quemado, y de alguna manera me sentía engañado, por no decir encandilado, sé que fue justo eso lo que sentía, porque la idea me dejó algo perplejo, incluso me pregunté de dónde procedía el verbo “encandilar”. Seguí andando por el sendero hasta llegar al estacionamiento de gravilla que había detrás de la oficina de correos; allí me paré a sopesar los pros y los contras, luego volví por el mismo camino, no era muy largo, sólo unos doscientos metros, y enseguida me encontraba otra vez junto a la valla.

Permanecí un buen rato en la entrada, y cuando llegue al cuarto de estar, Lucy estaba haciendo un solitario. Levantó la vista de las cartas y me dirigió una sonrisa. No había ninguna vela en la mesa, ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Y bien?, preguntó. Llueve, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero sólo me encontré con el reflejo de la habitación y el de Lucy. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las cartas y con una voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso tratándose de Lucy era una afirmación muy contundente, y si la interpreté como una acusación, lo atribuyo a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado al volver a casa y encontrar borradas todas la huellas de la que había visto desde la valla.

Estuve a punto de darle una respuesta irónica, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me volví hacia ella, sino que continué observando su reflejo en el cristal de la ventana. Se puso a recoger las cartas, todavía sin levantar la vista. Me sentí como si tuviera la cara rígida. Lucy guardó la baraja en el estuche y se levantó lentamente. Me miró. Fui incapaz de volverme, estaba completamente recluido en la sensación de haber sido agraviado. Dijo: Pobre Joachim. Y se fue. La oí abrir el grifo de la cocina, luego se oyó la puerta del dormitorio, y finalmente se hizo el silencio. No sé cuánto tiempo permanecí sentado, desmenuzando con amargura sus últimas palabras, tal vez varios minutos, pero por fin mis pensamientos tomaron otro rumbo. Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas como antes. Quería ir a la cocina y mirar en el cubo de la basura, pero dudé ante la posibilidad de que Lucy me sorprendiera. ¿Y qué?, me dije, no sabe que la he visto. Abrí la puerta de abajo del fregadero, y sobre la basura podía verse la esquina de una carta quemada. La cogí y empecé a darle vueltas, perplejo y confuso. Las preguntas se enmarañaban en mi interior. ¿Había ido a buscar una vela con el fin de quemar una carta? ¿Una de esas cartas con las que hacía solitarios? ¿Por qué una vela? ¿Qué carta? A la última pregunta tal vez pudiera darle una respuesta: dejé caer la carta quemada en el cubo de la basura y volví al cuarto de estar. La baraja seguía sobre la mesa, saqué las cartas y las conté, cincuenta y tres. Sólo había un comodín. Lucy había quemado un comodín. Miré el que quedaba: un bufón guiñando un ojo al sacarse un as de corazones de la manga. Me metí la carta en el bolsillo con una confusa sensación de venganza, luego volví a meter la baraja en el estuche.

Cuando una hora más tarde fui a acostarme, Lucy ya estaba dormida. Permanecí mucho tiempo despierto, y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía. Intenté imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero no lo conseguí. Desayunamos en silencio, es decir, Lucy mencionó un par de asuntos triviales, pero yo no contesté. Luego añadió: No hace falta que estés tan callado por mí. En ese instante todo se me volvió negro por dentro. Tenía el cuchillo en la mano y golpeé el mango con tanta fuerza contra el plato, que estalló. Luego me levanté y salí de la habitación gritando: ¡Pobre Joachim, pobre Joachim!

Unas horas más tarde, volví a casa. Había pensado decirle que lamentaba no haber sido capaz de controlarme. La casa estaba a oscuras. Encendí las luces. En la mesa de la cocina había una nota en la que ponía: “Sí. Te llamaré mañana u otro día. Lucy”.

Así salió de mi vida. Después de ocho años. Al principio me negué a creerlo, estaba seguro de que al cabo de un tiempo se daría cuenta de que me necesitaba tanto como yo a ella. Pero no se dio cuenta, ahora lo sé, he de aceptarlo, no era lo que yo creía que era.

 

Mensaje

Thomas Bailey Aldrich

 

Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

 

Jim

Roberto Bolaño

 

Hace muchos años tuve un amigo que se llamaba Jim y desde entonces nunca he vuelto a ver a un norteamericano más triste. Desesperados he visto muchos. Tristes, como Jim, ninguno. Una vez se marchó a Perú, en un viaje que debía durar más de seis meses, pero al cabo de poco tiempo volví a verlo. ¿En qué consiste la poesía, Jim?, le preguntaban los niños mendigos de México. Jim los escuchaba mirando las nubes y luego se ponía a vomitar. Léxico, elocuencia, búsqueda de la verdad. Epifanía. Como cuando se te aparece la Virgen. En Centroamérica lo asaltaron varias veces, lo que resultaba extraordinario para alguien que había sido marine y antiguo combatiente en Vietnam. No más peleas, decía Jim. Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes. ¿Tú crees que existen palabras comunes y corrientes? Yo creo que sí, decía Jim. Su mujer era una poeta chicana que amenazaba, cada cierto tiempo, con abandonarlo. Me mostró una foto de ella. No era particularmente bonita. Su rostro expresaba sufrimiento y debajo del sufrimiento asomaba la rabia. La imaginé en un apartamento de San Francisco o en una casa de Los Ángeles, con las ventanas cerradas y las cortinas abiertas, sentada a la mesa, comiendo trocitos de pan de molde y un plato de sopa verde. Por lo visto a Jim le gustaban las morenas, las mujeres secretas de la historia, decía sin dar mayores explicaciones. A mí, por el contrario, me gustaban las rubias. Una vez lo vi contemplando a los tragafuegos de las calles del DF. Lo vi de espaldas y no lo saludé, pero evidentemente era Jim. El pelo mal cortado, la camisa blanca y sucia, la espalda cargada como si aún sintiera el peso de la mochila. El cuello rojo, un cuello que evocaba, de alguna manera, un linchamiento en el campo, un campo en blanco y negro, sin anuncios ni luces de estaciones de gasolina, un campo tal como es o como debería ser el campo: baldíos sin solución de continuidad, habitaciones de ladrillo o blindadas de donde hemos escapado y que esperan nuestro regreso. Jim tenía las manos en los bolsillos. El tragafuegos agitaba su antorcha y se reía de forma feroz. Su rostro, ennegrecido, decía que podía tener treintaicinco años o quince. No llevaba camisa y una cicatriz vertical le subía desde el ombligo hasta el pecho. Cada cierto tiempo se llenaba la boca de líquido inflamable y luego escupía una larga culebra de fuego. La gente lo miraba, apreciaba su arte y seguía su camino, menos Jim, que permanecía en el borde de la acera, inmóvil, como si esperara algo más del tragafuegos, una décima señal después de haber descifrado las nueve de rigor, o como si en el rostro tiznado hubiera descubierto la cara de un antiguo amigo o de alguien que había matado. Durante un buen rato lo estuve mirando. Yo entonces tenía dieciocho o diecinueve años y creía que era inmortal. Si hubiera sabido que no lo era, habría dado media vuelta y me hubiera alejado de allí. Pasado un tiempo me cansé de mirar la espalda de Jim y los visajes del tragafuegos. Lo cierto es que me acerqué y lo llamé. Jim pareció no oírme. Al volverse observé que tenía la cara mojada de sudor. Parecía afiebrado y le costó reconocerme: me saludó con un movimiento de cabeza y luego siguió mirando al tragafuegos. Cuando me puse a su lado me di cuenta de que estaba llorando. Probablemente también tenía fiebre. Asimismo descubrí, con menos asombro con el que ahora lo escribo, que el tragafuegos estaba trabajando exclusivamente para él, como si todos los demás transeúntes de aquella esquina del DF no existiéramos. Las llamaradas, en ocasiones, iban a morir a menos de un metro de donde estábamos. ¿Qué quieres, le dije, que te asen en la calle? Una broma tonta, dicha sin pensar, pero de golpe caí en que eso, precisamente, esperaba Jim. Chingado, hechizado / Chingado, hechizado, era el estribillo, creo recordar, de una canción de moda aquel año en algunos hoyos funkis. Chingado y hechizado parecía Jim. El embrujo de México lo había atrapado y ahora miraba directamente a la cara a sus fantasmas. Vámonos de aquí, le dije. También le pregunté si estaba drogado, si se sentía mal. Dijo que no con la cabeza. El tragafuegos nos miró. Luego, con los carrillos hinchados, como Eolo, el dios del viento, se acercó a nosotros. Supe, en una fracción de segundo, que no era precisamente viento lo que nos iba a caer encima. Vámonos, dije, y de un golpe lo despegué del funesto borde de la acera. Nos perdimos calle abajo, en dirección a Reforma, y al poco rato nos separamos. Jim no abrió la boca en todo el tiempo. Nunca más lo volví a ver.

 

El poeta septuagenario

Juan José Saer

 

Comí los alimentos del mundo. Mi mano tocó piedras de ciudades famosas y mi cuerpo, reducido ahora, pero sano y salvaje, atravesó calles más numerosas que las arrugas de un río. ¿Qué hombres no conocí? ¿Qué libros no he leído? ¿Qué ha de haber en el almacén de lo visible y de lo invisible que se me pueda vender como novedad? En las mañanas del mes de octubre, llenas de sol y de palomas, contemplo la explosión lenta de las flores del duraznero y me paseo tranquilo, gozando de buena digestión y de buena respiración, la lengua llena del gusto del café y un cigarrillo que humea entre mis dedos. Debí pasar por todo eso, la larga noche del deseo y la posesión, para llegar hasta aquí.

En mi mente martillean versos férreos, ajenos. Resuenan en mí como la primera vez. La belleza, que para Platón era reminiscencia, para mí, indefenso y libre, no es más que actualidad. La misma música aliterada me estremece de nuevo, cada vez, con delicias flamantes. El café: una sombra en relación con su regusto, con esa pesadez perfumada que se irradia, sutil, desde la punta de mi lengua, ahora. Lo que nos salva a nosotros, los viejos, es ver arder detrás el mundo, depositado sobre un lecho de ceniza palpitante. Sobre ese colchón estoy parado contemplando mi propia sombra que encoge lentamente en la mañana.

Que otros gocen hoy de la maravilla del nacimiento y del sabor de la primera entrega perfumada del mundo, o de una muchedumbre de fiestas nocturnas. El sol de los ciegos es más negro que la noche y el nacimiento más perfecto es la muerte. Mi luz es única. No la puedo cambiar. Y el humo de mi cigarrillo es más sólido y más azul que un ramo de ciudades.

 

domingo, 20 de agosto de 2023

La armadura de paño gris

Robert Sheckley

 

El método seguido por Thomas Hanley para encontrar esposa merece la atención de los antropólogos, sociólogos y especialistas en casos raros. Constituye un humilde ejemplo de los extraños hábitos que regían la elección de pareja en las postrimerías del siglo XX. Esta historia adquiere mayor importancia si se considera el impacto que tuvo en la moderna industria norteamericana.

Thomas Hanley era un joven alto y delgado, de tendencias conservadoras, moderado en sus vicios y modesto en exceso. Sus conversaciones con ambos sexos eran extremadamente correctas, hasta el punto de emplear los excesos verbales convenientes a su edad y a su condición social. Poseía varios trajes de paño gris, y muchas corbatas de forma y color de moda. Y si uno pensaba que era posible distinguirlo entre una multitud por sus gruesos anteojos de carey, estaba en un error. Ése no era Hanley; Hanley era otro.

¿Quién podría creer que bajo esa apariencia humilde, descolorida, laboriosa y conformista latía un corazón romántico hasta la locura? Por desgracia, cualquiera podría creerlo, puesto que el disfraz sólo engaña a quien lo usa.

Los jóvenes como Hanley, con sus armaduras de paño gris y sus viseras de carey, son los caballeros andantes de nuestra época. Recorren por millones las calles de nuestras grandes ciudades, con el paso firme y apresurado, la vista al frente, la voz mesurada, vestidos como para pasar inadvertidos. Como en el caso de los actores o de los poseídos, viven sombríamente; en su interior, mientras tanto, arde una llama romántica que se resiste a morir.

Naturalmente, Hanley soñaba despierto con grandes machetes sibilantes, con gigantescos navíos rumbo al sol desplegadas las velas; con doncellas de ojos oscuros y terriblemente tristes que lo miraran a través de velos transparentes. Y es fácil suponer que soñaba con romances más modernos.

Pero el romance es algo muy difícil de encontrar en las grandes ciudades. Este hecho fue descubierto no hace mucho por nuestros comerciantes más emprendedores. Y una noche, Hanley recibió la visita de un extraño tipo de vendedor.

Acababa de volver a su pequeño departamento de un ambiente, después de un trajinado viernes en la oficina. Se aflojó la corbata y pensó, con cierta melancolía, en el largo fin de semana que tenía por delante. Por televisión pasaban una pelea de box, pero eso no le atraía, y ya había visto todas las películas en cartelera en su barrio. Para peor, todas las muchachas que conocía le resultaban poco interesantes, y sus perspectivas de conocer otra eran prácticamente nulas.

El resplandor azul del crepúsculo se extendía sobre Manhattan; Hanley permaneció en el sillón, preguntándose dónde podría encontrar una chica interesante, qué le diría si la encontrara y…

Sonó el timbre.

Por regla general, solamente los vendedores ambulantes o los cobradores del Fondo de Bomberos lo visitaban sin anunciarse. Pero esa noche resultaría agradable hasta la ínfima satisfacción de echar a un vendedor. Por lo tanto, abrió la puerta.

Un hombrecito de baja estatura, vivaz y llamativamente vestido, sonreía ante él.

–Buenas tardes, señor Hanley –dijo el hombrecito, con desparpajo–. Soy Joe Morris, representante del Servicio de Romances de Nueva York, con sede central en el edificio de Empire State y sucursales en los distritos más importantes. Nuestra misión, señor Hanley, es ayudar a las personas solitarias, y usted es una de ellas. ¡Ah, no lo niegue! De otro modo no estaría en su casa un viernes por la noche. Usted está solo, y serle útil es, a la vez, un negocio y una satisfacción para nosotros. Un joven inteligente, sensible y bien parecido, como usted, necesita una muchacha buena, agradable, bonita, comprensiva…

–Un momento –dijo Hanley, con severidad–. Si usted tiene alguna de esas agencias sofisticadas con mujeres disponibles…

Se interrumpió, porque Joe Morris se había puesto lívido. Con la garganta hinchada de cólera, giraba ya sobre sus talones para marcharse.

–Espere –dijo Hanley–. Disculpe.

–Permítame informarle, señor, que soy padre de familia –dijo Joe Morris, tiesamente–. Soy casado y tengo tres hijos; vivo en el Bronx. Si usted imagina siquiera que puedo complicarme en algo clandestino…

–Lo siento, de veras –dijo Hanley.

Hizo pasar a Morris y lo condujo hasta el sillón. El vendedor recuperó de inmediato su tono animado y jovial.

–No, señor Hanley –prosiguió–. Las muchachas a las que me refiero no son… ejem… profesionales. Son jóvenes muy normales, dulces, con inclinaciones románticas. Pero están solas. En esta ciudad hay muchas jóvenes solitarias, señor Hanley.

–¿De veras? –preguntó el joven; por alguna razón, había pensado que solamente los hombres podían encontrarse en esa situación.

–Naturalmente. El propósito del Servicio de Romances de Nueva York es hacer que las personas jóvenes se encuentren en circunstancias apropiadas.

–Ajá. Es decir, lo suyo es una especie de… si me permite la expresión, de Club de la Amistad.

–¡De ninguna manera! ¡Nada de eso! Estimado señor Hanley, ¿alguna vez concurrió a un Club de la Amistad?

Hanley negó con la cabeza.

–Debería hacerlo, señor –dijo Morris–. Así podría apreciar mejor nuestros servicios. ¡Clubes de la Amistad! Trate de imaginar un salón desmantelado, en un primer piso de la zona barata de Broadway. En un extremo, cinco músicos con esmóquines raídos tocan las canciones de moda, con una deprimente falta de entusiasmo. Los ecos de esa música escuálida reverberan tristemente por el salón, mezclándose con las estridencias del tránsito. A cada lado del salón hay una hilera de sillas: de un lado, los hombres; del otro, las mujeres. Todos se sienten avergonzados de estar allí.

“Todos se aferran a una lastimosa indiferencia; fuman nerviosamente, un cigarrillo, otro, y aplastan las colillas contra el piso. De vez en cuando, algún desdichado se arma de coraje y saca a bailar a cualquiera de las chicas; la pareja recorre tímidamente la pista, bajo las miradas procaces y cínicas de los otros. El maestro de ceremonias, un idiota lleno de amaneramientos, circula por allí con una sonrisa estereotipada, tratando de inyectar alguna animación en esa velada muerta. Pero es inútil.”

Morris hizo una pausa para recobrar el aliento; después continuó:

–Tal es el anacronismo conocido como Club de la Amistad; una institución forzada, nerviosa, desagradable, más acorde con la época victoriana que con la nuestra. Con el Servicio de Romances de Nueva York, en cambio, hemos venido a llenar un vacío de muchos años. Hemos aplicado la precisión científica y el conocimiento tecnológico a un profundo estudio de los factores esenciales, para lograr felices encuentros entre los dos sexos.

–¿Cuáles son esos factores? –preguntó Hanley.

–Los más importantes –contestó Morris– son: la espontaneidad y la idea de la predestinación.

–Espontaneidad y predestinación parecen términos contradictorios –señaló el joven.

–Por supuesto. Dada su naturaleza, el romance debe estar compuesto por elementos contradictorios. Tenemos gráficos que así lo demuestran.

–Entonces, ¿ustedes venden romances? –preguntó Hanley, vacilante.

–¡Precisamente! Esa sustancia pura e intangible. No el sexo, que cualquiera puede encontrar, ni el amor, puesto que no hay manera de garantizar su duración, y resulta, por lo tanto, poco comercializable. Vendemos romance, señor Hanley, el ingrediente que falta en la sociedad moderna, el sabor de la vida, el sueño de todas las épocas.

–¡Qué interesante! –dijo Hanley.

Sin embargo, lo que Morris afirmaba no le parecía del todo verosímil. Podía tratarse de un charlatán o un visionario. De cualquier modo, no era probable que se pudiera vender un verdadero romance, esas visiones oscuras e inciertas por las cuales se veía acosado noche y día.

–Gracias, señor Morris –dijo, levantándose–. Pensaré en lo que me ha dicho. En este momento no tengo mucho tiempo, y si no le molesta…

–¡Pero señor mío! ¡No puede dejar escapar la oportunidad de un romance!

–Lo siento, pero…

–¿Por qué no prueba nuestro sistema unos días? No le cobraremos absolutamente nada. Tome, póngase esto en la solapa.

Y le entregó algo que parecía un pequeño radio de pilas con un diminuto lente de video.

–¿Qué es esto? –preguntó Hanley.

–Un pequeño radio de pilas con un diminuto lente de video.

–¿Y para qué sirve?

–Ya verá. Haga la prueba. Somos los más importantes especialistas en romance dentro del país, señor Hanley. Y tenemos la intención de conservar esa fama satisfaciendo las necesidades de millones de jóvenes estadunidenses. Recuerde: los romances patrocinados por nuestra firma son producto del destino, espontáneos, estéticamente satisfactorios, físicamente gratos y moralmente justificables.

Así diciendo, Joe Morris estrechó la mano de Hanley y se marchó.

El joven hizo girar el diminuto radio entre las manos; no le encontró perillas ni diales. Lo prendió en la solapa de su chaqueta. Nada ocurrió.

Con un encogimiento de hombros, se ajustó la corbata y salió a caminar.

Era una noche fresca y clara, perfecta para el romance, como casi todas las noches en la vida de Hanley. A su alrededor se extendía la ciudad, henchida de promesas y de infinitas posibilidades. Pero estaba desprovista de satisfacciones. Mil noches había caminado por esas calles con el paso firme, la vista al frente, dispuesto a cualquier cosa. Y nunca había sucedido nada.

Tras las altas ventanas vacías de los edificios habría mujeres, y quizá miraban hacia abajo, hacia aquel caminante solitario en la calle oscura, y pensaban en él…

–¡Qué lindo sería estar en la azotea de un edificio –dijo una voz–, y mirar la ciudad desde lo alto!

Hanley se detuvo bruscamente y se volvió. Estaba completamente solo.

Tardó un instante en comprender que la voz surgía del pequeño radio de pilas.

–¿Cómo –preguntó Hanley.

El radio guardó silencio.

“Mirar la ciudad desde lo alto”, reflexionó Hanley. El radio le sugería que mirara la ciudad desde lo alto. “Sí”, pensó; “sería lindo”.

–¿Y por qué no? –se preguntó, dirigiéndose hacia un edificio.

–Ése no –susurró el radio.

Hanley, obediente, pasó de largo y se detuvo ante el siguiente.

–¿Éste? –preguntó.

No hubo respuesta, pero Hanley percibió un pequeño gruñido de aprobación.

Bueno, debía reconocer una cosa: el Servicio de Romances sabía trabajar. Sus movimientos eran tan espontáneos como podía serlo cualquier movimiento guiado.

Al entrar al edificio, Hanley se dirigió al elevador y pulsó el botón del último piso. Desde allí subió un tramo de escaleras hasta la azotea, y se dirigió a la parte oeste del edificio.

–Al otro lado –susurró el radio.

Hanley cambió de dirección. Desde el lado opuesto contempló la ciudad, con sus ordenadas hileras de luces blancas, circundadas por un leve halo. Aquí y allá, salpicadas, las luces verdes y rojas de los semáforos y las manchas coloridas de los carteles luminosos. La ciudad se extendía hacia él, siempre henchida de promesas y de infinitas posibilidades, pero desprovista de satisfacciones.

De pronto notó la presencia de otra persona en la azotea; como él, contemplaba arrobada el espectáculo de las luces.

–Disculpe –dijo Hanley–; no quise ser indiscreto.

–Oh, no es nada –dijo la otra persona, y Hanley se dio cuenta de que estaba hablando con una mujer.

“Somos dos desconocidos”, pensó Hanley. “Un hombre y una mujer que se encuentran por accidente, o por predestinación, en una oscura azotea con vista a la ciudad.” ¿Cuántos sueños habría analizado el Servicio de Romances, cuántas visiones habrían tabulado para idear algo tan perfecto como aquello?

Comprobó, de un solo vistazo, que ella era joven y encantadora. Guardaba una perfecta compostura, pero él tuvo la sensación de que estaba tan conmovida como él por lo favorable de aquel encuentro: el sitio, la hora, el estado de ánimo. Trató desesperadamente de encontrar algo que decir, pero no se le ocurría una sola palabra. Y el momento se esfumaba.

–Las luces –apuntó el radio.

–Las luces son hermosas –dijo Hanley, sintiéndose tonto.

–Sí –murmuró la muchacha–, son como una alfombra de estrellas o como puntas de flechas en las tinieblas.

–Como centinelas en eterna vigilia nocturna –agregó Hanley, sin saber si la idea era suya o si repetía como loro las sugerencias apenas perceptibles del radio.

–Yo vengo aquí a menudo –dijo la muchacha.

–Yo no vengo nunca –confesó Hanley.

–Pero esta noche…

–Esta noche tenía que venir. Sabía que iba a encontrarte.

El Servicio de Romances necesitaba un escritor más competente. Esa clase de diálogos resultarían ridículos a la luz del día. Sin embargo, era la conversación más natural del mundo para un momento como ése, en una azotea altísima, con el parpadeo de las luces allá abajo y las estrellas tan próximas.

–No suelo dar confianza a los desconocidos –dijo la muchacha, avanzando un paso hacia él–, pero…

–No soy un desconocido –repuso Hanley, avanzando a su vez.

El pelo rubio de la muchacha brilló bajo la luz de las estrellas. Lo miró con los labios entreabiertos, transfigurado el rostro por la emoción, por la atmósfera, por aquella luz suave y sentadora.

Se detuvieron, frente a frente, Hanley percibió su delicado perfume y la fragancia de sus cabellos. Se sintió débil; todo en él era confusión.

–Tómala en tus brazos –susurró el radio.

Hanley extendió los brazos como un autómata. La chica se refugió en ellos con un leve suspiro. Se besaron…, simple, natural, inevitablemente, con pasión cada vez más irresistible, como era de esperar.

En ese momento Hanley vio un pequeño radio de pilas en la solapa de la muchacha. Sin embargo, se vio forzado a admitir que el encuentro había sido no sólo espontáneo y predestinado, sino también sumamente agradable.

Cuando Hanley volvió a su departamento, el alba rozaba ya los rascacielos. Cayó exhausto en la cama, y durmió durante todo el día. Se despertó hacia el atardecer, con un hambre terrible. Mientras cenaba en un bar del vecindario, repasó los acontecimientos de la noche anterior.

Todo había sido descabellado, perfecto y maravilloso al mismo tiempo: el encuentro en la azotea; después, el departamento de la muchacha, tibio y oscuro; por último, su partida, ya al amanecer, con el último beso todavía tibio en la boca. Sin embargo, y a pesar de todo, algo lo perturbaba.

No podía dejar de sentirse un tanto extraño respecto a un encuentro romántico de ese tipo, donde los radios de pilas lo arreglaban todo, y hasta daban el pie a los amantes para inducirlos a adoptar las actitudes apropiadas, espontáneas y fatalistas a la vez.

Imaginó un millón de jóvenes en trajes de paño gris y corbatas a tono, todos ellos recorriendo las calles de la ciudad según las órdenes apenas audibles de un millón de pequeños radios. Imaginó a los operadores de la central, ante el conmutador audiovisual; trabajadores serios y responsables, que, tras cumplir las tareas nocturnas en bien del romance, compraban el diario y tomaban el metro rumbo a sus casas, para reunirse con la mujer y los hijos.

Aquello le disgustó. De cualquier modo, debía admitir que era preferible pasar por eso a no conocer el romance. Eran tiempos modernos. Hasta el romance debía apoyarse en una sólida base de organización si no quería perderse en el trajín.

Además, ¿era acaso tan extraño, después de todo? En la época medieval, la bruja daba al caballero algún filtro para conducirlo hasta la dama hechizada. Hoy, el vendedor daba a un hombre un radio transistorizado que lograba el mismo efecto, y sin duda con mayor rapidez.

Probablemente los romances espontáneos y predestinados no existían, y el intermediario resultaba imprescindible.

Desechó de su mente cualquier otro pensamiento. Después de pagar la cena, salió a caminar.

Esta vez, sus pasos firmes y apresurados lo llevaron a un sector más pobre de la ciudad. Había cubos de basura alineados en la acera; por las ventanas de las sucias casas de la vecindad surgía el sonido de algún clarinete melancólico, o las chillonas disputas de las mujeres. En un callejón, un gato listado con ojos de ágata le echó una mirada y desapareció a toda velocidad.

Hanley se detuvo, estremecido, y decidió volver a su vecindario.

–¿Por qué no sigues caminando? –lo instó el radio, en tono muy suave, como si sonara directamente en su cerebro.

Volvió a estremecerse, pero siguió caminando.

Las calles estaban desiertas y silenciosas como una tumba. Pasó de prisa ante los negocios cerrados y los gigantescos depósitos sin ventanas. Le pareció entonces que algunas aventuras no valían la pena. Ese escenario era muy poco apropiado para el romance. Tal vez debía ignorar las indicaciones del radio y volver al mundo brillante y ordenado que le era familiar.

En ese momento oyó ruido de pasos que se arrastraban. En el extremo de un estrecho callejón, tres figuras forcejeaban violentamente. Eran dos hombres y una muchacha, quien luchaba por liberarse.

La reacción de Hanley fue inmediata. Iba a correr en busca de un policía, dos o tres, si era posible. Pero la radio lo detuvo.

–Tú solo puedes dominarlos –dijo.

“Qué voy a poder”, pensó. Los diarios estaban llenos de noticias sobre hombres que se creían capaces de dominar a algún malhechor. Terminaban, por lo común, en el hospital, con tiempo de sobra para considerar sus escasas dotes de boxeadores.

Pero el radio lo instó a seguir. Impulsado por una sensación de fatalidad, acuciado por los gritos quejosos de la muchacha, Hanley se quitó los anteojos; los puso en el estuche, los guardó en el bolsillo, y se lanzó hacia las negras fauces del callejón.

Tras dar de lleno contra un bote de basura, que rodó por el suelo, llegó hasta donde estaban la muchacha y sus dos atacantes. Éstos no habían reparado aún en su presencia. Hanley tomó a uno de ellos por el hombro, lo hizo girar sobre sí mismo y le aplicó un golpe con la derecha. El hombre retrocedió trastabillando hasta la pared. Su compañero soltó a la muchacha y se dirigió hacia Hanley, quien lo atacó con ambos puños y con el pie derecho.

El hombre cayó, balbuceando:

–No se lo tome así, amigo.

Hanley se volvió hacia el primer malhechor, quien se abalanzaba hacia él como un gato salvaje. Inexplicablemente, ninguno de sus golpes alcanzó a Hanley, y éste lo derribó con un buen puñetazo de izquierda.

Con dificultad, los dos hombres se pusieron en pie y huyeron. Mientras corrían, Hanley oyó que uno le comentaba a su compañero:

–¡Qué triste manera de ganarse la vida!

Pasando por alto esta intromisión en el libreto, Hanley se volvió hacia la muchacha.

–Viniste –susurró ella, apoyándose en él.

–Tenía que hacerlo –dijo Hanley, bajo las directivas apenas audibles provenientes del radio.

–Lo sé –murmuró ella.

Hanley vio que era joven y hermosa. Su cabellera negra brillaba a la luz de la lámpara. Con los labios entreabiertos, lo miró, transfigurado el rostro por la emoción, por la atmósfera, por esa luz suave y acogedora.

Esa vez Hanley no necesitó ninguna indicación del pequeño radio para tomarla en sus brazos. Estaba aprendiendo en qué consistía una aventura romántica y cómo se debía llevar a cabo un romance espontáneo y fatalista al mismo tiempo.

Se dirigieron de inmediato al departamento de la muchacha. Mientras caminaban, Hanley reparó en una gema de gran tamaño que brillaba en su cabellera. Sólo bastante más tarde comprendió que se trataba de un diminuto radio, artísticamente disimulado.

A la noche siguiente Hanley volvió a salir. Recorrió las calles con el propósito de ahogar cierta voz insatisfecha que hablaba a su conciencia. Recordó que la noche anterior había sido perfecta, llena de sombras acogedoras, de cabellos suaves rozando sus ojos y de tibias lágrimas sobre su hombro. Y sin embargo…

Lo triste del caso era que esa muchacha no pertenecía a su tipo; tampoco la primera. No se puede reunir a dos extraños al azar y confiar en que ese romance rápido y encendido se convierta en amor. El amor tiene sus propias reglas inflexibles.

Hanley siguió caminando, con la convicción creciente de que esa noche iba a encontrarse con el verdadero amor. La luna, a poca altura, iluminaba la ciudad; una brisa del sur traía un aroma mezclado de especias y nostalgia.

Caminó sin rumbo fijo; el radio guardaba silencio. Ninguna orden lo condujo hacia el pequeño parque, a la orilla del río; no hubo voz secreta que lo incitara a acercarse a aquella joven solitaria.

Se detuvo junto a ella para contemplar la escena. A su izquierda había un puente enorme, cuyas grandes vigas, esfumadas en la oscuridad, semejaban patas de araña. Las aguas oscuras y aceitosas del río se deslizaban serpenteando sin cesar. Sonó la sirena de un remolcador; otro respondió ululando, como un fantasma perdido en la noche.

El radio no dio señal alguna.

–Hermosa noche –dijo Hanley.

–Tal vez sí, tal vez no –dijo la muchacha, sin mirarlo.

–La belleza está presente donde uno quiera verla.

–Qué cosas raras dice usted.

–¿Le parece? –preguntó Hanley, acercándose a ella–. ¿Tan extraño es? ¿Acaso es extraño que tú y yo nos encontremos aquí?

–Tal vez no –respondió la muchacha, volteando por fin para mirar a Hanley de frente.

Era joven y hermosa. Su cabello del color del bronce brillaba a la luz de la luna; tenía el rostro transfigurado por la emoción, por la atmósfera, por la luz suave y cálida. Sus labios se entreabrieron con asombro.

Y en ese momento Hanley comprendió: ¡esa aventura era auténticamente espontánea y predestinada! Ninguna indicación de la radio lo había guiado hasta allí, y nadie le había susurrado frases y respuestas para que las repitiera. Observó a la muchacha; no tenía artefactos transistorizados en la blusa ni en el pelo.

¡Había encontrado el amor sin la ayuda del Servicio de Romances! Sus oscuros e inciertos presentimientos se estaban convirtiendo, al fin, en realidad.

Extendió los brazos; con un leve suspiro, la muchacha se refugió en ellos. Se besaron, y las luces de la ciudad mezclaron sus destellos con las luces de las estrellas, y la luna en cuarto creciente se deslizó por el cielo, y las sirenas de niebla bramaron su mensaje angustiado a través del río aceitoso y negro.

La muchacha, sin aliento, retrocedió un paso.

–¿Te gusto? –preguntó.

–¿Que si me gustas? –exclamó Hanley–. Deja que te cuente…

–Me alegro –dijo ella–. Porque soy una muestra gratuita de romance, ofrecida por las Grandes Industrias del Romance, con casa central en Newark, New Jersey. Nuestra firma es la única que ofrece romances realmente espontáneos y predestinados. Gracias a nuestras investigaciones tecnológicas, podemos prescindir de aparatos tan incómodos como los radios de transistores, evitando esas sensaciones de control y rigidez. Estamos muy satisfechos de haberlo complacido con este romance de muestra.

“Pero recuerde: esto es sólo una muestra, un anticipo de lo que las Grandes Industrias del Romance, con sucursales en todo el mundo, puede ofrecerle. Este folleto, señor, describe varios de nuestros planes. Tal vez a usted le interese el Plan de romance en múltiples países; o quizá, si tiene una imaginación aventurera, el excitante Plan de romance a través de las épocas. También está el Plan común urbano, y…”

Deslizó en la mano de Hanley un folleto llamativamente ilustrado. Éste lo miró; miró después a la muchacha. Abrió los dedos, y el folleto cayó al suelo.

–¡Señor, espero no haberlo ofendido! –exclamó la muchacha–. Estas partes comerciales del romance son inevitables, pero en seguida terminan. Después, todo es espontáneo y predestinado. Todos los meses recibirá nuestra factura en un sobre sin membrete y…

Pero Hanley ya se alejaba a la carrera por la calle. Mientras corría, se quitó de la solapa el radio de transistores y lo arrojó a una alcantarilla.

Cuantos intentos de promoción se hicieron con Hanley, a partir de ese momento, terminaron en el fracaso. El joven llamó por teléfono a una tía, y ésta, nerviosa y excitada, le arregló de inmediato una cita con la hija de cierta amiga. Los presentó en su propia sala, recargada de adornos, donde pasaron varias horas tratando de charlar sobre el tiempo, la universidad, los negocios, la política y los posibles amigos comunes. La tía de Hanley, sonriente, entraba y salía de la iluminada sala para servirles café y pastel casero.

Ese ambiente tenía algo de formal, anacrónico y almidonado, y resultó muy conveniente para ambos jóvenes. Comenzaron a verse con regularidad, y se casaron al cabo de tres meses de noviazgo.

Resulta interesante destacar que Hanley fue de los últimos en encontrar esposa a la usanza antigua, tan incierta, extraña y azarosa, sin ayuda de la técnica. Las compañías que ofrecían tales servicios descubrieron en seguida las potencialidades comerciales del Método Hanley; trazaron gráficas sobre el efecto síquico de la turbación y hasta estudiaron el papel que cumplen las tías durante el cortejo de los estadunidenses.

Al presente, uno de los servicios regulares más apreciados es proporcionar tías garantizadas. Los jóvenes pueden llamarlas y ellas se encargan de presentarles a chicas tímidas y turbadas; después les ofrecen un ambiente adecuado consistente en una sala iluminada y llena de adornos, un diván incómodo y una ansiosa viejecita que entra y sale a intervalos metódicamente inesperados, con café y pastel casero.

Según dicen, el suspenso se torna prácticamente irresistible.

 

viernes, 18 de agosto de 2023

En nombre del pueblo

Antonio Montero A.

 

El patriarca ordenó: ¡Que los fusilen a todos en nombre del pueblo! Y los soldados fusilaron a los hombres.

Entonces las mujeres gritaron: ¡Eran nuestros hombres y nuestros hijos esos que fusilaste!

Y el patriarca ordenó: ¡Que las fusilen a todas en nombre del pueblo!

Y los soldados fusilaron a las mujeres.

El pueblo entero gritó entonces: ¡Que fusilen al pueblo en nombre del pueblo!

Y los soldados fusilaron al pueblo. Pero como los soldados también eran pueblo se fusilaron entre ellos.

Entonces el patriarca se retiró a escribir sus memorias a la solitaria e inexpugnable fortaleza. Pero también contrató los servicios de un extranjero erudito y muy famoso para que narrara la epopeya del pueblo. En nombre del pueblo.

 

El diablo en el campanario

Edgar Allan Poe

 

¿Qué hora es?
(Antiguo adagio)

 

Todo el mundo sabe, de una manera general, que el lugar más hermoso del mundo es –o era, ¡ay!– la villa holandesa de Vondervotteimittiss. Sin embargo, como queda a alguna distancia de cualquiera de los caminos principales, en una situación en cierto modo extraordinaria, quizá muy pocos de mis lectores la hayan visitado. Para estos últimos convendrá que sea algo prolijo al respecto. Y ello es en verdad tanto más necesario cuanto que si me propongo hacer aquí una historia de los calamitosos sucesos que han ocurrido recientemente dentro de sus límites, lo hago con la esperanza de atraer la simpatía pública en favor de sus habitantes. Ninguno de quienes me conocen dudará de que el deber que me impongo será cumplido en la medida de mis posibilidades, con toda esa rígida imparcialidad, ese cauto examen de los hechos y esa diligente cita de autoridades que deben distinguir siempre a quien aspira al título de historiador.

Gracias a la ayuda conjunta de medallas, manuscritos e inscripciones estoy capacitado para decir, positivamente, que la villa de Vondervotteimittiss ha existido, desde su origen, en la misma exacta condición que aún hoy conserva. De la fecha de su origen, sin embargo, me temo que sólo hablaré con esa especie de indefinida precisión que los matemáticos se ven a veces obligados a tolerar en ciertas fórmulas algebraicas. La fecha, puedo decirlo, teniendo en cuenta su remota antigüedad, no ha de ser menor que cualquier cantidad determinable.

Con respecto a la etimología del nombre Vondervotteimittiss, me confieso, con pena, en la misma falta. Entre multitud de opiniones sobre este delicado punto –algunas agudas, algunas eruditas, algunas todo lo contrario– soy incapaz de elegir ninguna que pueda considerarse satisfactoria. Quizá la idea de Grogswigg –que casi coincide con la de Kroutaplenttey– deba ser prudentemente preferida. Es la siguiente: Vondervotteimittiss –Vonder, lege Donder– Votteimittiss, quasi und Bleitziz –Bleitziz obsol: pro Blitzen. Esta etimología, a decir verdad, se halla confirmada por algunas huellas de fluido eléctrico manifiestas en lo alto del campanario del edificio de la municipalidad. No deseo, sin embargo, pronunciarme en tema de semejante importancia, y debo remitir al lector deseoso de información a las Oratiunculae de Rebus Praeter-Veteris, de Dundergutz. Véase también, Blunderbuzzard, De Derivationibus, págs. 27 a 5.010, in folio, edición gótica, caracteres rojos y blancos, con reclamos y sin iniciales, donde pueden consultarse también las notas marginales autógrafas de Stuffundpuff y los comentarios de Gruntundguzzell.

No obstante la oscuridad que envuelve la fecha de la fundación de Vondervotteimittiss y la etimología de su nombre, no cabe duda, como dije antes, de que siempre existió como lo vemos actualmente. El hombre más viejo de la villa no recuerda la menor diferencia en el aspecto de cualquier parte de la misma, y, a decir verdad, la sola insinuación de semejante posibilidad es considerada un insulto. La aldea está situada en un valle perfectamente circular, de un cuarto de milla de circunferencia, aproximadamente, rodeado por encantadoras colinas cuyas cimas sus habitantes nunca osaron pasar. Lo justifican con la excelente razón de que no creen que haya absolutamente nada del otro lado.

En torno a la orilla del valle (que es muy uniforme y pavimentado de baldosas chatas) se extiende una hilera continua de sesenta casitas. De espaldas a las colinas, miran, claro está, al centro de la llanura que queda justo a sesenta yardas de la puerta de cada una. Cada casa tiene un jardincillo delante, con un sendero circular, un cuadrante solar y veinticuatro repollos. Los edificios mismos son tan exactamente parecidos que es imposible distinguir uno de otro. A causa de su gran antigüedad el estilo arquitectónico es algo extraño, pero no por ello menos notablemente pintoresco. Están construidos con pequeños ladrillos endurecidos a fuego, rojos, con los extremos negros, de manera que las paredes semejan un tablero de ajedrez de gran tamaño. Los gabletes miran al frente y hay cornisas, tan grandes como todo el resto de la casa, sobre los aleros y las puertas principales. Las ventanas son estrechas y profundas, con vidrios muy pequeños y grandes marcos. Los tejados están cubiertos de abundantes tejas de grandes bordes acanalados. El maderaje es todo de color oscuro, muy tallado, pero pobre en la variedad del diseño, pues desde tiempo inmemorial los tallistas de Vondervotteimittiss sólo han sabido tallar dos objetos: el reloj y el repollo. Pero lo hacen admirablemente bien y los prodigan con singular ingenio allí donde encuentran espacio para la gubia.

Las casas son tan semejantes por dentro como por fuera, y el mobiliario responde a un solo modelo. Los pisos son de baldosas cuadradas, las sillas y mesas de madera negra con patas finas y retorcidas, adelgazadas en la punta. Las chimeneas son anchas y altas, y tienen no sólo relojes y repollos esculpidos en el frente, sino un verdadero reloj que hace un prodigioso tic-tac, en el centro de la repisa, y en cada extremo un florero con un repollo que sobresale a manera de batidor. Entre cada repollo y el reloj hay un hombrecillo de porcelana con una gran barriga, y en ella un agujero a través del cual se ve el cuadrante de un reloj.

Los hogares son amplios y profundos, con morillos de aspecto retorcido y agresivo. Allí arde constantemente el fuego sobre el cual pende un enorme pote lleno de repollo agrio y carne de cerdo, que una buena mujer de la casa vigila continuamente. Es una anciana pequeña y gruesa, de ojos azules y cara roja, y usa un gran bonete como un terrón de azúcar, adornado de cintas purpúreas y amarillas. El vestido es de una basta mezcla de lana y algodón de color naranja, muy amplio por detrás y muy corto de talle, a decir verdad muy corto en otras partes, pues no baja de la mitad de la pierna. Las piernas son un poco gruesas, lo mismo que los tobillos, pero lleva un bonito par de calcetines verdes que se las cubren. Los zapatos, de cuero rosado, se atan con un lazo de cinta amarilla que se abre en forma de repollo. En la mano izquierda lleva un pequeño reloj holandés; en la derecha empuña un cucharón para el repollo agrio y el cerdo. Tiene a su lado un gordo gato mosqueado, con un reloj de juguete atado a la cola que “los muchachos” le han puesto por bromear.

En cuanto a los muchachos, están los tres en el jardín cuidando el cerdo. Tienen cada uno dos pies de altura. Usan sombrero de tres puntas, chaleco color púrpura que les llega hasta los muslos, calzones de piel de ante, calcetines rojos de lana, pesados zapatos con hebilla de plata y largos levitones con grandes botones de nácar. Cada uno de ellos tiene, además, una pipa en la boca y en la mano derecha un pequeño reloj protuberante. Una bocanada de humo y un vistazo, un vistazo y una bocanada de humo. El cerdo, que es corpulento y perezoso, se ocupa ya de recoger las hojas que caen de los repollos, ya de dar una coz al reloj dorado que los pillos le han atado también a la cola para ponerle tan elegante como al gato.

Justo delante de la puerta de entrada, en un sillón de alto respaldo y asiento de cuero, con patas retorcidas de puntas finas como las mesas, está sentado el viejo dueño de la casa en persona. Es un anciano pequeño e hinchado, de grandes ojos redondos y doble papada enorme. Sus ropas se parecen a las de los muchachos, y no necesito decir nada más al respecto. Toda la diferencia reside en que su pipa es un poco más grande que la de aquéllos y puede aspirar una bocanada mayor. Como ellos, usa reloj, pero lo lleva en el bolsillo. A decir verdad, tiene que cuidar algo más importante que un reloj, y he de explicar ahora de qué se trata. Se sienta con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda, muestra un grave continente y mantiene, por lo menos, uno de sus ojos resueltamente clavado en cierto objeto notable que se halla en el centro de la llanura.

Este objeto está situado en el campanario del edificio de la municipalidad. Los miembros del consejo municipal son todos muy pequeños, redondos, grasos, inteligentes, con grandes ojos como platos y gordo doble mentón, y usan levitones mucho más largos y las hebillas de los zapatos mucho más grandes que los habitantes comunes de Vondervotteimittiss. Desde que vivo en la villa han tenido varias sesiones especiales y han adoptado estas tres importantes resoluciones:

“Que está mal cambiar la vieja y buena marcha de las cosas.”

“Que no hay nada tolerable fuera de Vondervotteimittiss”, y

“Que seremos fieles a nuestros relojes y a nuestros repollos.”

Sobre la sala de sesiones del consejo se encuentra la torre, y en la torre el campanario, donde existe y ha existido, desde tiempos inmemoriales, el orgullo y maravilla del pueblo: el gran reloj de la villa de Vondervotteimittiss. Y a este objeto se dirige la mirada de los viejos señores sentados en los sillones con asiento de cuero.

El gran reloj tiene siete cuadrantes, uno a cada lado de la torre, de modo que se lo puede ver fácilmente desde todos los ángulos. Sus cuadrantes son grandes y blancos, las agujas pesadas y negras. Hay un campanero cuya única obligación es cuidarlo; pero esta obligación es la más perfecta de las sinecuras, pues jamás se ha sabido hasta hoy que el reloj de Vondervotteimittiss haya necesitado nada de él. Hasta hace poco tiempo, la simple suposición de semejante cosa era considerada herética. Desde el más remoto periodo de la antigüedad al cual hacen referencia los archivos, la gran campana ha dado regularmente la hora. Y a decir verdad, lo mismo ocurría con todos los otros relojes grandes y chicos de la villa. Nunca hubo otro lugar semejante para saber la hora exacta. Cuando el gran badajo consideraba oportuno decir: “¡Las doce!”, todos sus obedientes seguidores abrían la boca simultáneamente y respondían como un verdadero eco. En una palabra: los buenos burgueses eran aficionados a su repollo agrio, pero estaban orgullosos de sus relojes.

Todas las gentes que poseen sinecuras son más o menos respetadas, y como el campanero de Vondervotteimittiss tiene la más perfecta de las sinecuras, es el más perfectamente respetado de todos los hombres del mundo. Es el principal dignatario de la villa, y los mismos cerdos lo miran con un sentimiento de reverencia. Los faldones de su levita son mucho más largos; su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su barriga, mucho más grandes que los de cualquier otro señor del pueblo; y, en cuanto a su papada, no sólo es doble, sino triple.

Acabo de pintar la feliz condición de Vondervotteimittiss. ¡Lástima que tan hermoso cuadro tuviera que sufrir un cambio!

Era un viejo dicho de los más prudentes habitantes que “nada bueno puede venir del otro lado de las colinas”; y en verdad parece que las palabras tuvieron algo de proféticas. Faltaban anteayer cinco minutos para mediodía cuando apareció un objeto de aspecto muy extraño en lo alto de la colina del este. Semejante suceso atrajo, por supuesto, la atención universal, y cada pequeño señor sentado en un sillón con asiento de cuero volvió uno de sus ojos con asombrada consternación hacia el fenómeno, mientras mantenía el otro en el reloj de la torre.

En el momento en que faltaban sólo tres minutos para mediodía se advirtió que el singular objeto en cuestión era un joven muy diminuto con aire de extranjero. Descendía las colinas a gran velocidad, de modo que todos tuvieron pronto oportunidad de mirarlo bien. Era en verdad el personaje más precioso y más pequeño que jamás se hubiera visto en Vondervotteimittiss. Su rostro mostraba un oscuro color tabaco y tenía una larga nariz ganchuda, ojos como guisantes, una gran boca y una excelente hilera de dientes que parecía deseoso de mostrar sonriendo de oreja a oreja. Entre los bigotes y las patillas no quedaba nada del resto de su cara por ver. Llevaba la cabeza descubierta y el pelo cuidadosamente rizado con papillotes. Constituía su traje una levita de faldones puntiagudos, de uno de cuyos bolsillos colgaba la larga punta de un pañuelo blanco, pantalones de casimir negro, medias negras y escarpines de punta mocha con grandes lazos de cinta de satén negra. Bajo un brazo llevaba un gran chapeau-de-bras y bajo el otro, un violín casi cinco veces más grande que él. En la mano izquierda tenía una tabaquera de oro de la cual, mientras bajaba la colina haciendo cabriolas y toda clase de piruetas fantásticas, aspiraba incesantemente tabaco con el aire más satisfecho del mundo. ¡Santo Dios! ¡Qué espectáculo para los honestos burgueses de Vondervotteimittiss!

Hablando francamente el individuo tenía, a pesar de su sonrisa, un aire audaz y siniestro, y mientras corcoveaba derecho hacia la villa, el viejo aspecto de sus escarpines mochos despertó no pocas sospechas, y más de un burgués que lo miraba aquel día hubiera dado algo por atisbar debajo del pañuelo de algodón blanco que colgaba tan importunamente del bolsillo de su levita puntiaguda. Pero lo que provocaba justa indignación era que el pícaro galancete, mientras daba aquí un paso de fandango, allí una vuelta, no parecía tener la más remota idea de eso que se llama guardar el compás.

Las buenas gentes del pueblo apenas habían tenido tiempo de abrir por completo los ojos cuando, faltando medio minuto para mediodía, el bribón se plantó de un salto en medio de ellos, hizo un chassez aquí, un balancez allá y luego, después de una pirouette y de un pas-de-zephyr, subió como en un vuelo hasta el campanario del edificio de la municipalidad, donde el campanero, estupefacto, fumaba con expresión de dignidad y espanto. Pero el pequeño personaje lo tomó de inmediato por la nariz, lo sacudió y lo empujó, le encajó el gran chapeau-de-bras en la cabeza, se lo hundió hasta la boca y entonces, enarbolando el violín, lo golpeó tanto y con tanta fuerza que entre el campanero tan gordo y el violín tan hueco se hubiera jurado que había un regimiento de tambores redoblando la retreta del diablo en lo alto del campanario de la torre de Vondervotteimittiss.

No se sabe qué acto desesperado de venganza hubiera provocado en los habitantes este ataque sin conciencia, de no ser por el importante hecho de que entonces faltaba sólo medio segundo para mediodía. La campana estaba a punto de sonar y era una cuestión de absoluta y suprema necesidad que todos pudieran mirar bien sus relojes. Parecía evidente, sin embargo, que justo en ese momento el individuo de la torre estaba haciendo con el reloj algo que no le correspondía. Pero como empezaba a sonar, nadie tuvo tiempo de atender a sus maniobras, pues estaban todos entregados a contar las campanadas.

–¡Una! –dijo el reloj.

–¡Uuna! –repitió como un eco cada viejo y pequeño señor en cada sillón con asiento de cuero, en Vondervotteimittiss–.

¡Uuna! –dijo también su reloj–.

¡Uuna! –dijo también el reloj de su mujer–.

¡Uuna! –los relojes de los muchachos y los pequeños y dorados relojitos de juguete en las colas del gato y el cerdo.

–¡Dos! –continuó la gran campana.

–¡Tos! –repitieron todos los relojes.

–¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! –dijo la campana.

–¡Dres! ¡Cuatro! ¡Cingo! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nuefe! ¡Tiez! –respondieron los otros.

–¡Once! –dijo la grande.

–¡Once! –asintieron las pequeñas.

–¡Doce! –dijo la campana.

–¡Toce! –replicaron todos, perfectamente satisfechos, y dejando caer la voz.

–¡Y las toce son! –dijeron todos los viejos y pequeños señores, guardando sus relojes. Pero el gran reloj todavía no había terminado con ellos.

–¡Trece! –dijo.

–¡Der Teufel! –boquearon los viejos y pequeños hombrecitos empalideciendo, dejando caer la pipa y bajando todos la pierna derecha de la rodilla izquierda.

–¡Der Teufel! –gimieron–. ¡Drece! ¡Drece! ¡Mein Gott, son las drece!

¿Para qué intentar la descripción de la terrible escena que siguió? Todo Vondervotteimittiss se sumió de inmediato en un lamentable estado de confusión.

–¿Qué le pasa a mi fiendre? –gimieron todos los muchachos–. ¡Ya tebo esdar hambriento a esda hora!

–¿Qué le pasa a mi rebollo? –chillaron todas las mujeres–. ¡Ya tebe esdar deshecho a esta hora!

–¿Qué le pasa a mi biba? –juraron los viejos y pequeños señores–. ¡Druenos y cendellas! –y la llenaron de nuevo con rabia y, reclinándose en los sillones, aspiraron con tanta rapidez y tanta furia que el valle entero se llenó inmediatamente de un humo impenetrable.

Entretanto los repollos se pusieron muy rojos y parecía como si el viejo Belcebú en persona se hubiese apoderado de todo lo que tuviera forma de reloj. Los relojes tallados en los muebles empezaron a bailar como embrujados, mientras los de las chimeneas apenas podían contenerse en su furia y se obstinaban en tal forma en dar las trece y en agitar y menear los péndulos, que eran realmente horribles de ver. Pero lo peor de todo es que ni los gatos ni los cerdos podían soportar más la conducta de los relojitos atados a sus colas, y lo demostraban disparando por todas partes, arañando y arremetiendo, gritando y chillando, aullando y berreando, arrojándose a las caras de la gente, metiéndose debajo de las faldas y creando el más horrible estrépito y la más abominable confusión que una persona razonable pueda concebir. Y el pequeño y desvergonzado bribón de la torre hacía evidentemente todo lo posible para tornar más afligentes las cosas. De vez en cuando podía vérselo a través del humo. Estaba sentado en el campanario sobre el campanero, que yacía tirado de espaldas. El bellaco sujetaba con los dientes la cuerda de la campana y la sacudía continuamente con la cabeza, provocando tal estrépito que me zumban los oídos de sólo pensarlo. Sobre su regazo descansaba el gran violín, y lo rascaba sin ritmo ni compás con las dos manos, haciendo una gran parodia, ¡el badulaque! de “Judy O’Flannagan and Paddy O’Rafferty”.

Estando las cosas en esa lastimosa situación abandoné el lugar con disgusto, y ahora apelo a todos los amantes de la hora exacta y del buen repollo agrio. Marchemos en masa a la villa y restauremos el antiguo orden de cosas reinante en Vondervotteimittiss, expulsando de la torre al pequeño individuo.