martes, 31 de octubre de 2023

El verdugo

Arthur Koestler

 

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.

Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:

–¿Por qué prolongas mi agonía? –le preguntó–. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!

Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:

–Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

 

Yaguaí

Horacio Quiroga

 

Ahora bien, no podía ser sino allí. Yaguaí olfateó la piedra –un sólido bloque de mineral de hierro– y dio una cautelosa vuelta en torno. Bajo el sol a mediodía de Misiones, el aire vibraba sobre el negro peñasco, fenómeno este que no seducía al fox-terrier. Allí abajo, sin embargo, estaba la lagartija. Giró nuevamente alrededor, resopló en un intersticio, y, para honor de la raza, rascó un instante el bloque ardiente. Hecho lo cual regresó con paso perezoso, que no impedía un sistemático olfateo a ambos lados.

Entró en el comedor, echándose entre el aparador y la pared, fresco refugio que él consideraba como suyo, a pesar de tener en su contra la opinión de toda la casa. Pero el sombrío rincón, admirable cuando a la depresión de la atmósfera acompaña la falta de aire, tornábase imposible en un día de viento norte. Era este un flamante conocimiento del fox-terrier, en quien luchaba aún la herencia del país templado –Buenos Aires, patria de sus abuelos y suya– donde sucede precisamente lo contrario. Salió, por lo tanto, afuera, y se sentó bajo un naranjo, en pleno viento de fuego, pero que facilitaba inmensamente la respiración. Y como los perros transpiran muy poco, Yaguaí apreciaba cuanto es debido el viento evaporizador sobre la lengua danzante puesta a su paso.

El termómetro alcanzaba en ese momento a 40°. Pero los fox-terriers de buena cuna son singularmente falaces en cuanto a promesas de quietud se refiera. Bajo aquel mediodía de fuego, sobre la meseta volcánica que la roja arena tornaba aún más calcinante, había lagartijas.

Con la boca ahora cerrada, Yaguaí transpuso el tejido de alambre y se halló en pleno campo de caza. Desde septiembre no había logrado otra ocupación a las siestas bravas. Esta vez rastreó cuatro de las pocas que quedaban ya, cazó tres, perdió una, y se fue entonces a bañar.

A cien metros de la casa, en la base de la meseta y a orillas del bananal, existía un pozo en piedra viva de factura y forma originales, pues siendo comenzado a dinamita por un profesional, habíalo concluido un aficionado con pala de punta. Verdad es que no medía sino dos metros de hondura, tendiéndose en larga escarpa por un lado, a modo de tajamar. Su fuente, bien que superficial, resistía a secas de dos meses, lo que es bien meritorio en Misiones.

Allí se bañaba el fox-terrier, primero la lengua, después el vientre sentado en el agua, para concluir con una travesía a nado. Volvía luego a la casa, siempre que algún rastro no se atravesara en su camino. Al caer el sol, tornaba al pozo; de aquí que Yaguaí sufriera vagamente de pulgas, y con bastante facilidad el calor tropical para el que su raza no había sido creada.

El instinto combativo del fox-terrier se manifestó normalmente contra las hojas secas; subió luego a las mariposas y su sombra, y se fijó por fin en las lagartijas. Aún en noviembre, cuando tenía ya en jaque a todas las ratas de la casa, su gran encanto eran los saurios. Los peones que por a o b llegaban a la siesta, admiraron siempre la obstinación del perro, resoplando en cuevitas bajo un sol de fuego, si bien la admiración de aquellos no pasaba del cuadro de caza.

–Eso –dijo uno un día, señalando al perro con una vuelta de cabeza– no sirve más que para bichitos…

El dueño de Yaguaí lo oyó:

–Tal vez –repuso– pero ninguno de los famosos perros de ustedes sería capaz de hacer lo que hace ese.

Los hombres se sonrieron sin contestar.

Cooper, sin embargo, conocía bien a los perros de monte, y su maravillosa aptitud para la caza a la carrera, que su fox-terrier ignoraba. ¿Enseñarle? Acaso; pero él no tenía cómo hacerlo.

Precisamente esa misma tarde un peón se quejó a Cooper de los venados que estaban concluyendo con los porotos. Pedía escopeta, porque aunque él tenía un perro, no podía sino a veces alcanzarlos de un palo…

Cooper prestó la escopeta, y aún propuso ir esa noche al rozado.

–No hay luna –objetó el peón.

–No importa. Suelte el perro y veremos si el mío lo sigue.

Esa noche fueron al plantío. El peón soltó a su perro, y el animal se lanzó en seguida en las tinieblas del monte, en busca de un rastro.

Al ver partir a su compañero, Yaguaí intentó en vano forzar la barrera de caraguatá. Logrólo al fin, y siguió la pista del otro. Pero a los dos minutos regresaba, muy contento de aquella escapatoria nocturna. Eso sí, no quedó agujerito sin olfatear en diez metros a la redonda.

Pero cazar tras el rastro, en el monte, a un galope que puede durar muy bien desde la madrugada hasta las tres de la tarde, eso no. El perro del peón halló una pista, muy lejos, que perdió en seguida. Una hora después volvía a su amo, y todos juntos regresaron a la casa.

La prueba, si no concluyente, desanimó a Cooper. Se olvidó luego de ello, mientras el fox-terrier continuaba cazando ratas, algún lagarto o zorro en su cueva, y lagartijas.

Entretanto, los días se sucedían unos a otros, enceguecientes, pesados, en una obstinación de viento norte que doblaba las verduras en lacios colgajos, bajo el blanco cielo de los mediodías tórridos. El termómetro se mantenía a 38-40, sin la más remota esperanza de lluvia. Durante cuatro días el tiempo se cargó; con asfixiante calma y aumento de calor. Y cuando se perdió al fin la esperanza de que el sur devolviera en torrentes de agua todo el viento de fuego recibido un mes entero del norte, la gente se resignó a una desastrosa sequía.

El fox-terrier vivió desde entonces sentado bajo su naranjo, porque cuando el calor traspasa cierto límite razonable, los perros no respiran bien, echados. Con la lengua de fuera y los ojos entornados, asistió a la muerte progresiva de cuanto era brotación primaveral. La huerta se perdió rápidamente. El maizal pasó del verde claro a una blancura amarillenta, y a fines de noviembre sólo quedaban de él columnitas truncas sobre la negrura desolada del rozado. La mandioca, heroica entre todas, resistía bien.

El pozo del fox-terrier –agotada su fuente– perdió día a día su agua verdosa, y tan caliente que Yaguaí no iba a él sino de mañana, si bien ahora hallaba rastros de apereás, agutíes y hurones, que la sequía del monte forzaba hasta aquel.

En vuelta de su baño, el perro se sentaba de nuevo, viendo aumentar poco a poco el viento, mientras el termómetro, refrescado a 15 al amanecer, llegaba a 41 a las dos de la tarde. La sequedad del aire llevaba a beber al fox-terrier cada media hora, debiendo entonces luchar con las avispas y abejas que invadían los baldes, muertas de sed. Las gallinas, con las alas en tierra, jadeaban tendidas a la triple sombra de los bananos, la glorieta y la enredadera de flor roja, sin atreverse a dar un paso sobre la arena abrasada, y bajo un sol que mataba instantáneamente a las hormigas rubias.

Alrededor, cuanto abarcaba los ojos del fox-terrier, los bloques de hierro, el pedregullo volcánico, el monte mismo, danzaba, mareado de calor. Al oeste, en el fondo del valle boscoso, hundido en la depresión de la doble sierra, el Paraná yacía, muerto a esa hora en su agua de cinc, esperando la caída de la tarde para revivir. La atmósfera, entonces, ligeramente ahumada hasta esa hora, se velaba al horizonte en denso vapor, tras el cual el sol, cayendo sobre el río, sosteníase asfixiado en perfecto círculo de sangre. Y mientras el viento cesaba por completo y en el aire aún abrasado Yaguaí arrastraba por la meseta su diminuta mancha blanca, las palmeras, recortándose inmóviles sobre el río cuajado en rubí, infundían en el paisaje una sensación de lujoso y sombrío oasis.

Los días se sucedían iguales. El pozo del fox-terrier se secó, y las asperezas de la vida, que hasta entonces evitaran a Yaguaí, comenzaron para él esa misma tarde.

Desde tiempo atrás, el perrito blanco había sido muy solicitado por un amigo de Cooper, hombre de selva cuyos muchos ratos perdidos se pasaban en el monte tras los tatetos. Tenía tres perros magníficos para esta caza, aunque muy inclinados a rastrear coatíes, lo que envolviendo una pérdida de tiempo para el cazador, constituye también la posibilidad de un desastre, pues la dentellada de un coatí degüella sistemáticamente al perro que no supo cogerlo.

Fragoso, habiendo visto un día trabajar al fox-terrier en un asunto de irara, que Yaguaí forzó a estarse definitivamente quieta, dedujo que un perrito que tenía ese talento especial para morder justamente entre cruz y pescuezo, no era un perro cualquiera, por más corta que tuviera la cola. Por lo que instó repetidas veces a Cooper a que le prestara a Yaguaí.

–Yo te lo voy a enseñar bien a usted, patrón –le decía.

–Tiene tiempo –respondía Cooper.

Pero en esos días abrumadores –la visita de Fragoso avivando el recuerdo de aquello– Cooper le entregó su perro a fin de que le enseñara a correr.

Corrió, sin duda, mucho más de lo que hubiera deseado el mismo Cooper.

Fragoso vivía en la margen izquierda del Yabebirí, y había plantado en octubre un mandiocal que no producía aún, y media hectárea de maíz y porotos, totalmente perdida. Esto último, específico para el cazador, tenía para Yaguaí muy poca importancia, trastornándole en cambio la nueva alimentación. Él, que en casa de Cooper coleaba ante la mandioca simplemente cocida, para no ofender a su amo, y olfateaba por tres o cuatro lados el locro, para no quebrar del todo con la cocinera, conoció la angustia de los ojos brillantes y fijos en el amo que come, para concluir lamiendo el plato que sus tres compañeros habían pulido ya, esperando ansiosamente el puñado de maíz sancochado que les daban cada día.

Los tres perros salían de noche a cazar por su cuenta –maniobra esta que entraba en el sistema educacional del cazador– pero el hambre, que llevaba a aquellos naturalmente al monte a rastrear para comer, inmovilizaba al fox-terrier en el rancho, único lugar del mundo donde podía hallar comida. Los perros que no devoran la caza, serán siempre malos cazadores; y justamente la raza a que pertenecía Yaguaí, caza desde su creación por simple sport.

Fragoso intentó algún aprendizaje con el fox-terrier. Pero siendo Yaguaí mucho más perjudicial que útil al trabajo desenvuelto de sus tres perros, lo relegó desde entonces en el rancho a espera de mejores tiempos para esa enseñanza.

Entretanto, la mandioca del año anterior comenzaba a concluirse, las últimas espigas de maíz rodaron por el suelo, blancas y sin un grano, y el hambre, ya dura para los tres perros nacidos con ella, royó las entrañas de Yaguaí. En aquella nueva vida había adquirido con pasmosa rapidez el aspecto humillado, servil y traicionero de los perros del país. Aprendió entonces a merodear de noche en los ranchos vecinos, avanzando con cautela, las piernas dobladas y elásticas, hundiéndose lentamente al pie de una mata de espartillo, al menor rumor hostil. Aprendió a no ladrar por más furor o miedo que tuviera, y a gruñir de un modo particularmente sordo, cuando el cuzco de un rancho defendía a este del pillaje. Aprendió a visitar los gallineros, a separar dos platos encimados con el hocico, y a llevarse en la boca una lata con grasa, a fin de vaciarla en la impunidad del pajonal. Conoció el gusto de las guascas ensebadas, de los zapatones untados de grasa, del hollín pegoteado de una olla, y –alguna vez– de la miel recogida y guardada en un trozo de tacuara. Adquirió la prudencia necesaria para apartarse del camino cuando un pasajero avanzaba, siguiéndolo con los ojos, aguachado entre el pasto. Y a fines de enero, de la mirada encendida, las orejas firmes sobre los ojos, y el rabo alto y provocador del fox-terrier, no quedaba sino un esqueletillo sarnoso, de orejas echadas atrás y rabo hundido y traicionero, que trotaba furtivamente por los caminos.

La sequía continuaba; el monte quedó poco a poco desierto, pues los animales se concentraban en los hilos de agua que habían sido grandes arroyos. Los tres perros forzaban la distancia que los separaba del abrevadero de las bestias, con éxito mediano, pues siendo este muy frecuentado a su vez por los yaguareteí, la caza menor tornábase desconfiada. Fragoso, preocupado con la ruina del rozado y disgustos con el propietario de su tierra, no tenía humor para cazar, ni aún por hambre. Y la situación amenazaba así tornarse muy crítica, cuando una circunstancia fortuita trajo un poco de aliento a la lamentable jauría.

Fragoso debió ir a San Ignacio, y los cuatro perros, que fueron con él, sintieron en sus narices dilatadas una impresión de frescura vegetal –vaguísima, si se quiere– pero que acusaba un poco de vida en aquel infierno de calor y seca. En efecto, la región había sido menos azotada, resultas de lo cual algunos maizales, aunque miserables, se sostenían en pie.

No comieron ese día; pero al regresar jadeando detrás del caballo, los perros no olvidaron aquella sensación de frescura, y a la noche siguiente salían juntos en mudo trote hacia San Ignacio. En la orilla del Yabebirí se detuvieron oliendo el agua y levantando el hocico trémulo a la otra costa. La luna salía entonces, con su amarillenta luz de menguante. Los perros avanzaron cautelosamente sobre el río a flor de piedra, saltando aquí, nadando allá, en un paso que en agua normal no da fondo a tres metros.

Sin sacudirse casi, reanudaron el trote silencioso y tenaz hacia el maizal más cercano. Allí el fox-terrier vio cómo sus compañeros quebraban los tallos con los dientes, devorando en secos mordiscos que entraban hasta el marlo, las espigas en choclo. Hizo lo mismo; y durante una hora, en el rozado negro de árboles quemados, que la fúnebre luz del menguante volvía más espectral, los perros se movieron de aquí para allá entre las cañas, gruñéndose mutuamente.

Volvieron tres veces más, hasta que la última noche un estampido demasiado cercano los puso en guardia. Mas coincidiendo esta aventura con la mudanza de Fragoso a San Ignacio, los perros no sintieron mucho.

 

***

Fragoso había logrado por fin trasladarse allá, en el fondo de la colonia. El monte, entretejido de tacuapí, denunciaba tierra excelente; y aquellas inmensas madejas de bambú, tendidas en el suelo con el machete, debían de preparar magníficos rozados.

Cuando Fragoso se instaló, el tacuapí comenzaba a secarse. Rozó y quemó rápidamente un cuarto de hectárea, confiando en algún milagro de lluvia. El tiempo se descompuso, en efecto; el cielo blanco se tornó plomo, y en las horas más calientes se transparentaban en el horizonte lívidas orlas de cúmulos. El termómetro a 39 y el viento norte soplando con furia, trajeron al fin doce milímetros de agua, que Fragoso aprovechó para su maíz, muy contento. Lo vio nacer, lo vio crecer magníficamente hasta cinco centímetros, pero nada más.

En el tacuapí, bajo él y alimentándose acaso de sus brotes, viven infinidad de roedores. Cuando aquel se seca, sus huéspedes se desbandan, el hambre los lleva forzosamente a las plantaciones; y de este modo los tres perros de Fragoso, que salían una noche, volvieron en seguida restregándose el hocico mordido. Fragoso mató esa misma noche cuatro ratas que asaltaban su lata de grasa.

Yaguaí no estaba allí. Pero a la noche siguiente, él y sus compañeros se internaban en el monte (aunque el fox-terrier no corría tras el rastro, sabía perfectamente desenfundar tatús y hallar nidos de urúes), cuando el primero se sorprendió del rodeo que efectuaban sus compañeros para no cruzar el rozado. Yaguaí avanzó por este, no obstante; y un momento después lo mordían en una pata, mientras rápidas sombras corrían a todos lados.

Yaguaí vio lo que era; e instantáneamente, en plena barbarie de bosque tropical y miseria, surgieron los ojos brillantes, el rabo alto y duro, y la actitud batalladora del admirable perro inglés. Hambre, humillación, vicios adquiridos, todo se borró en un segundo ante las ratas que salían de todas partes. Y cuando volvió por fin a echarse, ensangrentado, muerto de fatiga, tuvo que saltar tras las ratas hambrientas que invadían literalmente el rancho.

Fragoso quedó encantado de aquella brusca energía de nervios y músculos que no recordaba más, y subió a su memoria el recuerdo del viejo combate con la irara; era la misma mordida sobre la cruz: un golpe seco de mandíbula, y a otra rata.

Comprendió también de dónde provenía aquella nefasta invasión, y con larga serie de juramentos en voz alta, dio su maizal por perdido. ¿Qué podía hacer Yaguaí solo? Fue al rozado, acariciando al fox-terrier, y silbó a sus perros; pero apenas los rastreadores de tigres sentían los dientes de las ratas en el hocico, chillaban, restregándolo a dos patas. Fragoso y Yaguaí hicieron solos el gasto de la jornada, y si el primero sacó de ella la muñeca dolorida, el segundo echaba al respirar burbujas sanguinolentas por la nariz.

En doce días, a pesar de cuanto hicieron Fragoso y el fox-terrier para salvarlo, el rozado estaba perdido. Las ratas, al igual de las martinetas, saben muy bien desenterrar el grano adherido aún a la plantita. El tiempo, otra vez de fuego, no permitía ni la sombra de nueva plantación, y Fragoso se vio forzado a ir a San Ignacio en busca de trabajo, llevando al mismo tiempo su perro a Cooper, que él no podía ya entretener poco ni mucho. Lo hacía con verdadera pena, pues las últimas aventuras, colocando al fox-terrier en su verdadero teatro de caza, habían levantado muy alta la estima del cazador por el perrito blanco.

En el camino, el fox-terrier oyó, lejano, el ruido de carretería de los pajonales del Yabebirí ardiendo con la sequía; vio a la vera del bosque a las vacas que soportando la nube de tábanos, doblaban los catiguás con el pecho, avanzando montadas sobre el tronco arqueado hasta alcanzar las hojas. Vio al mismo monte subtropical secándose en los pedregales, y sobre el brumoso horizonte de las tardes de 38-40, volvió a ver el sol cayendo asfixiado en un círculo rojo y mate.

Media hora después llegaban a San Ignacio, y siendo ya tarde para llegar hasta lo de Cooper, Fragoso aplazó para la mañana siguiente su visita. Los tres perros, aunque muertos de hambre, no se aventuraron mucho a merodear en país desconocido, con excepción de Yaguaí, al que el recuerdo bruscamente despierto de las viejas carreras delante del caballo de Cooper, llevaba en línea recta a casa de su amo.

 

***

Las circunstancias anormales por que pasaba el país con la sequía de cuatro meses –y es preciso saber lo que esto supone en Misiones– hacía que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno día, Cooper había tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un poblador haragán llega a enseñar a sus cachorros esta maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era asimismo dura.

Así una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oído alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vio una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasantes del animal arrastrándose sobre las patas traseras, tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo explicar y se desvaneció en seguida. Llegó hasta el lugar, pero el perro había desaparecido ya, y entró de nuevo.

–¿Qué fue, papá? –le preguntó desde la cama su hija–. ¿Un perro?

–Sí –repuso Cooper colgando la escopeta–. Le tiré un poco de cerca…

–¿Grande el perro, papá?

–No, chico.

Pasó un momento.

–¡Pobre Yaguaí! –prosiguió Julia–. ¡Cómo estará!

Súbitamente Cooper recordó la impresión sufrida al oír aullar al perro: algo de su Yaguaí había allí… Pero pensando también en cuán remota era esa probabilidad, se durmió.

Fue a la mañana siguiente, muy temprano, cuando Cooper, siguiendo el rastro de sangre, halló a Yaguaí muerto al borde del pozo del bananal.

De pésimo humor volvió a casa, y la primer pregunta de Julia fue por el perro chico.

–¿Murió, papá?

–Sí, allá en el pozo… es Yaguaí.

Cogió la pala, y seguido de sus dos hijos consternados, fue al pozo. Julia, después de mirar un momento inmóvil, se acercó despacio a sollozar junto al pantalón de Cooper.

–¡Qué hiciste, papá!

–No sabía, chiquita… Apártate un momento.

En el bananal enterró a su perro, apisonó la tierra encima, y regresó profundamente disgustado, llevando de la mano a sus dos chicos, que lloraban despacio para que su padre no los sintiera.

 

Equus

Jaime Lopera

 

La desmesurada erección del caballo la dejó estupefacta y atemorizada. Pasado un tiempo, a ella la persuadieron de prestarse al experimento de inseminación –en el momento preciso de su fertilidad– y fue así como recibió en su vientre todo el fluido del equino sin detenerse a pensar en la clase de criatura que habría de ser engendrada.

Fue un niño robusto y alegre. Tan sólo que el médico no pudo ocultar su preocupación porque la criatura, en vez de llorar, relinchaba como un bendito.

 

lunes, 30 de octubre de 2023

Soledad

Sherwood Anderson

 

Era hijo de la señora de Al Robinson, que antaño había poseído una granja en el camino de Trunion Pike, al este de Winesburg, unos tres kilómetros a las afueras del pueblo. La granja estaba pintada de marrón y las persianas de las ventanas que daban al camino se hallaban siempre cerradas. Delante de la casa, unos pollos, acompañados de un par de gallinas pintadas, se revolcaban en el polvo. En aquel tiempo, Enoch vivía en la casa con su madre, y de niño iba a la escuela superior de Winesburg. Los más viejos del lugar lo recordaban como un muchacho tranquilo y sonriente, de natural más bien silencioso. De camino a la escuela iba siempre por mitad de la carretera leyendo un libro. Los carreteros tenían que gritarle y soltar maldiciones para que se diese cuenta de dónde estaba, se apartara a un lado y los dejara pasar.

Cuando cumplió los veintiún años, el bueno de Enoch se trasladó a Nueva York y vivió quince años en la ciudad. Estudió francés y asistió a clases en una academia de arte con la esperanza de desarrollar sus dotes naturales para el dibujo. Hizo planes para ir a París y completar su educación artística con los grandes maestros, pero no le salieron bien.

A Enoch Robinson nada le salía bien. Era buen dibujante, y tenía muchas ideas curiosas y delicadas que podría haber expresado mediante el pincel del pintor, pero siguió siendo siempre un niño y eso supuso una desventaja para su desarrollo mundano. Nunca creció y, por supuesto, no logró entender a los demás ni hacerse entender por ellos. El niño que llevaba dentro tropezaba continuamente con toda clase de realidades como el dinero, el sexo y las opiniones. Una vez lo atropelló un tranvía, que lo lanzó contra una farola y lo dejó cojo. Ésa fue una de las muchas cosas que impidieron que algo le saliera bien a Enoch Robinson.

A su llegada a Nueva York, y antes de que lo desconcertaran las realidades de la vida, Enoch frecuentó a otros muchachos de su edad. Conoció a un grupo de jóvenes, tanto hombres como mujeres, que a veces iban a verlo a sus habitaciones. Una vez se emborrachó y acabó en una comisaría donde un magistrado lo asustó mucho, y en una ocasión trató de intimar con una mujer a la que encontró enfrente de su pensión. Enoch y la mujer recorrieron juntos tres manzanas, pero al joven le entró miedo y echó a correr. La mujer había estado bebiendo y el incidente le hizo mucha gracia. Se apoyó contra la pared de un edificio y se rio con tantas ganas que un transeúnte se detuvo y se echó a reír también. Luego, los dos se fueron juntos y Enoch volvió a su habitación humillado y tembloroso.

La habitación que ocupaba el joven Robinson en Nueva York daba a Washington Square y era larga y estrecha como un pasillo. Es importante no olvidarse de ese detalle. En realidad, la historia de Enoch Robinson es más la historia de una habitación que la de un hombre.

El caso es que los amigos del joven Enoch iban a su habitación por las tardes. Eso no tenía nada de particular, salvo por el hecho de que eran de esos artistas que no paran nunca de hablar. Todo el mundo sabe lo parlanchines que son los artistas. A lo largo de la historia de la humanidad, siempre se han reunido para hablar. Hablan de arte y lo hacen con un apasionamiento casi febril. Le conceden mucha más importancia de la que tiene.

Así que aquella gente se reunía para hablar y fumar cigarrillos y Enoch Robinson, el chico de la granja de las cercanías de Winesburg, estaba allí. Se quedaba en un rincón y, por lo general, no decía nada. ¡Había que ver cómo abría sus grandes e infantiles ojos azules! En las paredes había cuadros pintados por él, cuadros muy burdos a medio terminar. Sus amigos hablaban de ellos. Se repantigaban en sus sillas y hablaban sin parar mientras movían la cabeza. Empleaban muchas palabras a propósito de las líneas, los valores y la composición, palabras de las que siempre se dicen.

Enoch también quería decir algo, pero no sabía cómo. Estaba demasiado nervioso para hablar con coherencia. Cuando lo intentaba, empezaba a tartamudear y farfullar y su voz sonaba extraña y chillona. Así que se callaba. Sabía lo que quería decir, pero también sabía que nunca podría decirlo. Cuando discutían acerca de alguno de sus cuadros, le habría gustado decirles: “No han entendido nada, el cuadro que ven no tiene nada que ver con lo que ven y dicen. Hay algo más, algo que ni siquiera sospechan y que no pueden ver. Miren éste de aquí, el que está junto a la puerta iluminado por la luz de la ventana. Esa mancha negra junto a la carretera en la que no se fijan es la clave de todo. Ahí hay un grupo de sauces como el que crecía delante de nuestra casa de Winesburg, Ohio, y entre los sauces hay algo escondido. Es una mujer, sí señor. Su caballo acaba de derribarla y huyó perdiéndose de vista. ¿No ven lo preocupado que está el anciano que conduce el carro? Es Thad Grayback que tiene una granja junto al camino. Lleva a moler el maíz a Winesburg, al molino de Comstock. Sabe que hay algo oculto entre los sauces y no sabe qué.

“¡Una mujer, eso es! ¡Y, además, un mujer encantadora! Está tumbada muy quieta, pálida y quieta, y su belleza emana de ella y se extiende por doquier. Al cielo y a todo lo que la rodea. Por supuesto, no traté de pintar a la mujer. Es demasiado hermosa para pintarla. ¡Qué obtusos son al hablar de composición y cosas así! ¿Por qué no miran al cielo y luego salen corriendo como hacía yo cuando era niño en Winesburg, Ohio?”.

Ésas eran las cosas que el joven Enoch Robinson ansiaba decir a los que iban a visitarlo a su habitación cuando era un muchacho en Nueva York, pero siempre acababa callándose. Luego empezó a dudar de sí mismo. Temía no estar expresando en sus cuadros lo que sentía. Irritado, dejó de invitar a la gente a ir a verlo a su habitación y adoptó la costumbre de encerrarse con llave. Empezó a pensar que ya había tenido demasiadas visitas y que no necesitaba ver a nadie más. Su viva imaginación empezó a inventar personas con las que poder hablar de verdad y a las que poder explicar las cosas que no había podido explicarle a la gente real. Su habitación empezó a estar habitada por el espíritu de los hombres y las mujeres con quienes había hablado. Era como si cada persona a la que Enoch Robinson había conocido le hubiera dejado su propia esencia, algo que él podía modelar y cambiar a su antojo para que comprendiera cosas de sus cuadros como lo de la mujer herida detrás de los sauces.

Como todos los niños, el amable muchacho de ojos azules de Ohio era un completo egoísta. No quería tener amigos por la misma razón que no quieren tenerlos los niños. Quería que todo el mundo se plegara a sus caprichos, que fuera gente con quien pudiera hablar, a quien pudiera sermonear y regañar cuando quisiera, en definitiva que fuesen siervos de su imaginación. Entre aquellas personas siempre se sentía seguro y decidido. Podían hablar, desde luego, e incluso tener opiniones propias, siempre que él tuviera la última palabra. Era como un escritor rodeado de las creaciones de su cerebro, una especie de reyezuelo de ojos azules en una habitación de seis dólares enfrente de Washington Square en la ciudad de Nueva York.

Luego Enoch Robinson se casó. Empezó a sentirse solo y quiso tener a alguien de carne y hueso entre sus brazos. Había días en los que su cuarto le parecía vacío. La voluptuosidad visitó su cuerpo y el deseo se fue adueñando de su alma. Por la noche, extrañas fiebres que ardían en su interior le impedían dormir. Se casó con una chica que se sentaba a su lado en la academia de arte y ambos se fueron a vivir a una casa de apartamentos de Brooklyn. La mujer con la que se casó le dio dos hijos y Enoch consiguió un trabajo en un sitio donde hacían ilustraciones para anuncios.

Entonces empezó otra fase de la vida de Enoch. Empezó a jugar un juego distinto. Durante un tiempo se sintió muy orgulloso de sí mismo en su papel de ciudadano productivo del mundo. Dejó a un lado la esencia de las cosas y empezó a ocuparse de las realidades. En otoño votó en las elecciones y se suscribió a un periódico que le dejaban en la puerta todas las mañanas. Cuando volvía a casa del trabajo por las tardes, bajaba del tranvía y andaba despacio detrás de algún hombre de negocios tratando de darse tono e importancia. Como buen contribuyente, quiso informarse acerca del funcionamiento de la administración. “Pronto seré alguien importante, formaré parte de las cosas, del estado, la ciudad y todo eso”, se decía con un divertido aire de dignidad en miniatura. Una vez, al volver de Filadelfia, discutió con un hombre al que conoció en el tren. Enoch le habló de la conveniencia de que el gobierno adquiriese y controlara los ferrocarriles y el hombre le regaló un cigarro. Enoch estaba convencido de que sería una buena medida por parte del gobierno y se exaltó mucho mientras hablaba. Luego recordó sus palabras con delectación. “Le he dado mucho en lo que pensar a ese tipo”, murmuró para sí mientras subía las escaleras de su apartamento de Brooklyn.

Desde luego, el matrimonio de Enoch no salió bien. Él mismo le puso fin. Empezó a sentirse asfixiado y emparedado por la vida que llevaba en el apartamento, y sintió por su mujer e incluso sus hijos lo mismo que había sentido antes por los amigos que antaño habían ido a visitarlo. Empezó a contar pequeñas mentiras a propósito de reuniones de negocios que le dejaban libertad para pasear a solas por la calle de noche y, cuando tuvo ocasión, volvió a alquilar en secreto la habitación que daba a Washington Square. Luego la señora de Al Robinson murió en la granja cerca de Winesburg y él obtuvo ochocientos dólares del banco que actuó como fideicomisario de la herencia. Eso terminó de apartar a Enoch de los demás. Dio el dinero a su mujer y le dijo que él no podía seguir viviendo en el apartamento. Ella lloró y se enfadó mucho y lo amenazó, pero Enoch se limitó a mirarla fijamente y se fue por su camino. En realidad, a su mujer no le importó mucho. Pensaba que Enoch estaba un poco mal de la cabeza y le tenía un poco de miedo. Cuando estuvo segura de que nunca volvería, cogió a los dos niños y se marchó a un pueblo de Connecticut donde había vivido de niña. Al final, se casó con un hombre que compraba y vendía propiedades inmobiliarias y fue bastante feliz.

Y así Enoch Robinson se quedó en su habitación de Nueva York entre toda aquella gente imaginaria, jugando y hablando con ellos, feliz como un niño. Eran un grupo un poco raro. Supongo que estaban hechos de gente real a la que había conocido y que, por alguna oscura razón, le había resultado interesante. Había una mujer con una espada en la mano, un anciano con una larga barba blanca que iba por ahí seguido de un perrito, una joven con las medias caídas. Debía de haber dos docenas de personas fantasmales, ideadas por la imaginación infantil de Enoch Robinson, que vivía con ellos en aquel cuarto.

Y Enoch era feliz. Entraba en la habitación y cerraba la puerta con llave. Hablaba en voz alta con un absurdo aire de importancia, dando instrucciones y haciendo comentarios sobre la vida. Estaba feliz y contento de seguir ganándose el pan en la agencia de publicidad hasta que pasara algo. Por supuesto, algo pasó. Por eso regresó a Winesburg y ahora sabemos de él. Fue una mujer. Tenía que ser así. Era demasiado feliz. Algo tenía que irrumpir en su mundo. Algo tenía que sacarlo de su cuarto de Nueva York, para obligarlo a vivir convertido en una oscura y nerviosa figura que deambulaba al atardecer por las calles de un pueblo de Ohio, cuando el sol se ocultaba detrás del tejado del establo de Wesley Moyer.

Enoch le contó una noche a George Willard lo que había ocurrido. Quería hablar con alguien, y escogió al joven periodista porque los dos se encontraron en un momento en que el joven le pareció especialmente comprensivo.

La tristeza juvenil, la tristeza de los jóvenes, la tristeza de un niño creciendo en un pueblo al acabar el año, soltó la lengua del anciano. La tristeza del corazón de George Willard carecía de significado, pero llamó la atención de Enoch Robinson.

La tarde en que los dos hombres hablaron, caía una lluvia fina y húmeda de octubre. El año se acercaba a su fin y el frío punzante en el aire prometía una noche serena de luna, pero no fue así. Llovía y los pequeños charcos de agua brillaban a la luz de las farolas de la calle Mayor. En el bosque, en la oscuridad, más allá de los terrenos de la feria, el agua goteaba en los negros árboles. Las hojas mojadas se apelmazaban contra las raíces que asomaban del suelo. En los jardines traseros de las casas de Winesburg, las plantas secas de patata se retorcían marchitas por el suelo. Los hombres que habían terminado de comer y habían pensado ir al pueblo a pasar la tarde de tertulia en la trastienda de algún almacén cambiaron de idea. George Willard deambulaba bajo la lluvia y se alegraba de que lloviese. Eso era lo que sentía. Era igual que Enoch Robinson cuando salía de su cuarto al caer la tarde y paseaba solo por las calles. La única diferencia era que George Willard se había convertido en un muchacho alto y fuerte y no consideraba viril contentarse con ir tirando y pasarse la vida lloriqueando. Aquel último mes su madre había estado muy enferma y eso explicaba en parte su tristeza, pero no del todo. Pensaba en sí mismo, y a los jóvenes eso siempre los entristece.

Enoch Robinson y George Willard se encontraron debajo del tejadillo que se extendía sobre la acera, delante del negocio de carruajes de Voight en Maumee Street, a escasos metros de la calle Mayor de Winesburg. Desde allí siguieron juntos por las calles empapadas hasta el cuarto del anciano en el tercer piso del edificio Heffner. El joven periodista lo acompañó encantado. Enoch Robinson le pidió que lo hiciera cuando llevaban casi diez minutos charlando. El joven tenía un poco de miedo, pero no había sentido tanta curiosidad en toda su vida. Mil veces había oído decir que el viejo estaba un poco mal de la cabeza, pero aún se consideró más hombre y valiente por atreverse a acompañarlo. Desde el principio, en la calle bajo la lluvia, el anciano le habló de un modo extraño, tratando de contarle la historia del cuarto de Washington Square y la vida que llevaba allí.

–Lo comprenderás, si haces un esfuerzo –dijo en tono concluyente–. Te he observado al pasar y creo que puedes entenderlo. No es tan difícil. Tan solo tienes que creer lo que te diga, tú escucha y cree, es lo único que tienes que hacer.

Eran más de las once cuando el anciano Enoch, que conversaba con George Willard en la habitación del edificio Heffner, llegó al asunto crucial: la historia de la mujer y de lo que le había obligado a abandonar la ciudad para ir a vivir solo y derrotado a Winesburg. Estaba sentado en su camastro junto a la ventana con la cabeza apoyada entre las manos y George Willard ocupaba una silla junto a la mesa. Encima de ésta ardía un quinqué y la habitación, aunque casi por completo desprovista de muebles, estaba escrupulosamente limpia. Mientras el hombre le hablaba, George tuvo la sensación de que le gustaría levantarse de la silla y sentarse también en el camastro. Quería pasarle el brazo por encima del hombro al diminuto anciano. En la penumbra, el hombre hablaba y el muchacho escuchaba lleno de tristeza.

–Empezó a entrar en el cuarto cuando hacía años que nadie lo hacía –dijo Enoch Robinson–. Me vio en el pasillo de la casa y nos conocimos. No sé lo que hacía en su propia habitación. Nunca entré allí. Creo que era violinista. De vez en cuando pasaba a verme, llamaba a la puerta y yo le abría. Ella entraba y se sentaba mi lado, tan solo se sentaba y contemplaba la habitación sin decir nada. Al menos nada interesante.

El anciano se levantó del camastro y se puso a dar vueltas por la habitación. El abrigo que llevaba estaba empapado de la lluvia y goteaba con un ruidillo sordo contra el suelo. Cuando volvió a sentarse en el jergón, George Willard se puso en pie y se sentó a su lado.

–Me producía una extraña sensación. Se sentaba allí conmigo y era como si el cuarto se le quedara pequeño. Sentía que ella iba apartando a un lado todo lo demás. Sólo hablábamos de pequeñeces, pero yo no resistía sentado. Quería rozarla con mis dedos y besarla. Tenía las manos fuertes y el rostro bondadoso, y no me quitaba la vista de encima.

La voz temblorosa del hombre guardó silencio y se estremeció como si hubiese sufrido un escalofrío.

–Me daba miedo –susurró–. Me daba un miedo terrible. No quería dejarla entrar cuando llamaba a la puerta, pero no era capaz de contenerme. “No, no”, me decía, pero luego me levantaba y abría la puerta. Era tan grande. Toda una mujer. Llegué a pensar que terminaría siendo más grande que yo en aquella habitación.

Enoch Robinson se quedó mirando a George Willard, sus ojos azules e infantiles brillaban a la luz del quinqué. De nuevo se estremeció.

–La quería y, al mismo tiempo, no la quería –explicó–. Luego empecé a hablarle de mi gente, de todo lo que me importaba. Traté de conservar la calma, de dominarme, pero fue en vano. Me sentí igual que cuando abría la puerta. A veces deseaba que se fuera para no volver más.

El anciano se puso de pie y la voz le tembló agitada.

–Una noche sucedió algo. Me puse como loco tratando de que me entendiera y que supiera lo importante que era yo en aquella habitación. Quería que comprendiera lo importante que era. Se lo dije una y otra vez. Cuando trató de marcharse, corrí y cerré la puerta con llave. La seguí por toda la habitación. Le hablé y le hablé y de pronto todo se fue al traste. Vi un brillo en su mirada y supe que lo había entendido. Tal vez lo hubiese entendido todo el tiempo. Me puse furioso. No pude resistirlo. Quería que lo comprendiera, pero no lo conseguía. Sentía que entonces ella lo sabría todo, que yo me hundiría, me ahogaría. Eso es. No sé por qué.

El anciano se desplomó en una silla junto al quinqué y el joven le escuchó lleno de espanto.

–Vete ya, muchacho –dijo el hombre–. No te quedes más aquí. Pensé que sería buena idea contártelo, pero no lo es. No quiero seguir hablando. Vete.

George Willard negó con la cabeza y en su voz se oyó una nota autoritaria.

–No se interrumpa ahora. Cuénteme lo demás –le exigió bruscamente–. ¿Qué sucedió después? Cuénteme el resto de la historia.

Enoch Robinson se puso en pie y corrió hasta la ventana que daba a la calle vacía de Winesburg. George Willard lo siguió. Los dos se quedaron junto a la ventana, el niño-hombre alto y desgarbado y el diminuto y arrugado hombre-niño. La voz ansiosa e infantil prosiguió su relato.

–La insulté –explicó–. Le dije cosas horribles. Le ordené que se marchara y no volviera jamás. ¡Oh!, dije cosas terribles. Al principio, fingió no comprender, pero yo seguí insistiendo. Grité y di patadas en el suelo. Mis maldiciones resonaron por toda la casa. No quería volver a verla más y supe que, después de lo que le había dicho, no la vería jamás.

La voz del hombre se quebró y movió la cabeza.

–Todo se fue al traste –dijo con calma y mucha tristeza–. Salió por la puerta y toda la vida que había habido en aquel cuarto se fue con ella. Se llevó a toda mi gente. Se fueron con ella por la puerta. Eso es lo que pasó.

George Willard se dio la vuelta y salió de la habitación de Enoch Robinson. Al ir a cruzar el umbral oyó la voz débil y anciana que lloriqueaba quejosa en la oscuridad, junto a la ventana:

–Estoy solo, muy solo –dijo la voz–. En mi cuarto el ambiente era cálido y acogedor, pero ahora estoy solo.

 

Inamible

Baldomero Lillo

 

Ruperto Tapia, alias “El Guarén”, guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que desempeña.

De treinta y cinco años, regular estatura, grueso, fornido, el guardián Tapia goza de gran prestigio entre sus camaradas. Se le considera un pozo de ciencia, pues tiene en la punta de la lengua todas las ordenanzas y reglamentos policiales, y aun los artículos pertinentes del Código Penal le son familiares. Contribuye a robustecer esta fama de sabiduría su voz grave y campanuda, la entonación dogmática y sentenciosa de sus discursos y la estudiada circunspección y seriedad de todos sus actos. Pero de todas sus cualidades, la más original y característica es el desparpajo pasmoso con que inventa un término cuando el verdadero no acude con la debida oportunidad a sus labios. Y tan eufónicos y pintorescos le resultan estos vocablos, con que enriquece el idioma, que no es fácil arrancarles de la memoria cuando se les ha oído siquiera una vez.

Mientras camina haciendo resonar sus zapatos claveteados sobre las piedras de la calzada, en el moreno y curtido rostro de “El Guarén” se ve una sombra de descontento. Le ha tocado un sector en que el tránsito de vehículos y peatones es casi nulo. Las calles plantadas de árboles, al pie de los cuales se desliza el agua de las acequias, estaban solitarias y va a ser dificilísimo sorprender una infracción, por pequeña que sea. Esto le desazona, pues está empeñado en ponerse en evidencia delante de los jefes como un funcionario celoso en el cumplimiento de sus deberes para lograr esas jinetas de cabo que hace tiempo ambiciona. De pronto, agudos chillidos y risas que estallan resonantes a su espalda lo hacen volverse con presteza. A media cuadra escasa una muchacha de 16 a 17 años corre por la acera perseguida de cerca por un mocetón que lleva en la diestra algo semejante a un latiguillo. “El Guarén” conoce a la pareja. Ella es sirvienta en la casa de la esquina y él es Martín, el carretelero, que regresa de las afueras de la población, donde fue en la mañana a llevar sus caballos para darles un poco de descanso en el potrero. La muchacha, dando gritos y risotadas, llega a la casa donde vive y se entra en ella corriendo. Su perseguidor se detiene un momento delante de la puerta y luego avanza hacia el guardián y le dice sonriente:

–¡Cómo gritaba la picarona, y eso que no alcancé a pasarle por el cogote el bichito ese!

Y levantando la mano en alto mostró una pequeña culebra que tenía asida por la cola, y agregó:

–Está muerta, la pillé al pie del cerro cuando fui a dejar los caballos. Si quieres te la dejo para que te diviertas asustando a las prójimas que pasean por aquí.

Pero “El Guarén”, en vez de coger el reptil que su interlocutor le alargaba, dejó caer su manaza sobre el hombro del carretelero y le intimó.

–Vais a acompañarme al cuartel.

–¡Yo al cuartel! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Me lleváis preso, entonces? –profirió rojo de indignación y sorpresa el alegre bromista de un minuto antes.

Y el aprehensor, con el tono y ademán solemnes que adoptaba en las grandes circunstancias, le dijo, señalándole el cadáver de la culebra que él conservaba en la diestra:

–Te llevo porque andas con animales –aquí se detuvo, hesitó un instante y luego con gran énfasis prosiguió–: Porque andas con animales inamibles en la vía pública.

Y a pesar de las protestas y súplicas del mozo, quien se había librado del cuerpo del delito, tirándolo al agua de la acequia, el representante de la autoridad se mantuvo inflexible en su determinación.

A la llegada al cuartel, el oficial de guardia, que dormitaba delante de la mesa, los recibió de malísimo humor. En la noche había asistido a una comida dada por un amigo para celebrar el bautizo de una criatura, y la falta de sueño y el efecto que aún persistía del alcohol ingerido durante el curso de la fiesta mantenían embotado su cerebro y embrolladas todas sus ideas. Su cabeza, según el concepto vulgar, era una olla de grillos.

Después de bostezar y revolverse en el asiento, enderezó el busto y lanzando furiosas miradas a los inoportunos cogió la pluma y se dispuso a redactar la anotación correspondiente en el libro de novedades. Luego de estampar los datos concernientes al estado, edad y profesión del detenido, se detuvo e interrogó:

–¿Por qué le arrestó, guardián?

Y el interpelado, con la precisión y prontitud del que está seguro de lo que dice, contestó:

–Por andar con animales inamibles en la vía pública, mi inspector.

Se inclinó sobre el libro, pero volvió a alzar la pluma para preguntar a Tapia lo que aquella palabra, que oía por primera vez, significaba, cuando una reflexión lo detuvo: si el vocablo estaba bien empleado, su ignorancia iba a restarle prestigio ante un subalterno, a quien ya una vez había corregido un error de lenguaje, teniendo más tarde la desagradable sorpresa al comprobar que el equivocado era él. No, a toda costa había que evitar la repetición de un hecho vergonzoso, pues el principio básico de la disciplina se derrumbaría si el inferior tuviese razón contra el superior. Además, como se trataba de un carretelero, la palabra aquella se refería, sin duda, a los caballos del vehículo que su conductor tal vez hacía trabajar en malas condiciones, quién sabe si enfermos o lastimados. Esta interpretación del asunto le pareció satisfactoria y, tranquilizado ya, se dirigió al reo:

–¿Es efectivo eso? ¿Qué dices tú?

–Sí, señor; pero yo no sabía que estaba prohibido.

Esta respuesta, que parecía confirmar la idea de que la palabra estaba bien empleada, terminó con la vacilación del oficial que, concluyendo de escribir, ordenó en seguida al guardián:

–Páselo al calabozo.

Momentos más tarde, reo, aprehensor y oficial se hallaban delante del prefecto de policía. Este funcionario, que acababa de recibir una llamada por teléfono de la gobernación, estaba impaciente por marcharse.

–¿Está hecho el parte? –preguntó.

–Sí, señor –dijo el oficial, y alargó a su superior jerárquico la hoja de papel que tenía en la diestra.

El jefe la leyó en voz alta, y al tropezar con un término desconocido se detuvo para interrogar:

–¿Qué significa esto? –Pero no formuló la pregunta. El temor de aparecer delante de sus subalternos ignorante, le selló los labios. Ante todo había que mirar por el prestigio de la jerarquía. Luego la reflexión de que el parte estaba escrito de puño y letra del oficial de guardia, que no era un novato, sino un hombre entendido en el oficio, lo tranquilizó. Bien seguro estaría de la propiedad del empleo de la palabreja, cuando la estampó ahí con tanta seguridad. Este último argumento le pareció concluyente, y dejando para más tarde la consulta del Diccionario para aclarar el asunto, se encaró con el reo y lo interrogó:

–Y tú, ¿qué dices? ¿Es verdad lo que te imputan?

–Sí, señor Prefecto, es cierto, no lo niego. Pero yo no sabía que estaba prohibido.

El jefe se encogió de hombros, y poniendo su firma en el parte, lo entregó al oficial, ordenando:

–Que lo conduzcan al juzgado.

En la sala del juzgado, el juez, un jovencillo imberbe que, por enfermedad del titular, ejercía el cargo en calidad de suplente, después de leer el parte en voz alta, tras un breve instante de meditación, interrogó al reo:

–¿Es verdad lo que aquí se dice? ¿Qué tienes que alegar en tu defensa?

La respuesta del detenido fue igual a las anteriores:

–Sí, usía; es la verdad, pero yo ignoraba que estaba prohibido.

El magistrado hizo un gesto que parecía significar: “Sí, conozco la cantinela; todos dicen lo mismo”. Y, tomando la pluma, escribió dos renglones al pie del parte policial, que en seguida devolvió al guardián, mientras decía, fijando en el reo una severa mirada:

–Veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa.

En el cuartel el oficial de guardia hacía anotaciones en una libreta, cuando “El Guarén” entró en la sala y, acercándose a la mesa, dijo:

–El reo pasó a la cárcel, mi inspector.

–¿Lo condenó el juez?

–Sí; a veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa; pero como a la carretela se le quebró un resorte y hace varios días que no puede trabajar en ella, no le va a ser posible pagar la multa. Esta mañana fue a dejar los caballos al potrero.

El estupor y la sorpresa se pintaron en el rostro del oficial.

–Pero si no andaba con la carretela, ¿cómo pudo, entonces, infringir el reglamento del tránsito?

–El tránsito no ha tenido nada que ver con el asunto, mi inspector.

–No es posible, guardián; usted habló de animales...

–Sí, pero de animales inamibles, mi inspector, y usted sabe que los animales inamibles son sólo tres: el sapo, la culebra y la lagartija. Martín trajo del cerro una culebra y con ella andaba asustando a la gente en la vía pública. Mi deber era arrestarlo, y lo arresté.

Eran tales la estupefacción y el aturdimiento del oficial que, sin darse cuenta de lo que decía, balbuceó:

–Inamibles, ¿por qué son inamibles?

El rostro astuto y socarrón de “El Guarén” expresó la mayor extrañeza. Cada vez que inventaba un vocablo, no se consideraba su creador, sino que estimaba de buena fe que esa palabra había existido siempre en el idioma; y si los demás la desconocían, era por pura ignorancia. De aquí la orgullosa suficiencia y el aire de superioridad con que respondió:

–El sapo, la culebra y la lagartija asustan, dejan sin ánimo a las personas cuando se las ve de repente. Por eso se llaman inamibles, mi inspector.

Cuando el oficial quedó solo, se desplomó sobre el asiento y alzó las manos con desesperación. Estaba aterrado. Buena la había hecho, aceptando sin examen aquel maldito vocablo, y su consternación subía de punto al evidenciar el fatal encadenamiento que su error había traído consigo. Bien advirtió que su jefe, el Prefecto, estuvo a punto de interrogarlo sobre aquel término; pero no lo hizo, confiando, seguramente, en la competencia del redactor del parte. ¡Dios misericordioso! ¡Qué catástrofe cuando se descubriera el pastel! Y tal vez ya estaría descubierto. Porque en el juzgado, al juez y al secretario debía haberles llamado la atención aquel vocablo que ningún diccionario ostentaba en sus páginas. Pero esto no era nada en comparación de lo que sucedería si el editor del periódico local, “El Dardo”, que siempre estaba atacando a las autoridades, se enterase del hecho. ¡Qué escándalo! ¡Ya le parecía oír el burlesco comentario que haría caer sobre la autoridad policial una montaña de ridículo!

Se había alzado del asiento y se paseaba nervioso por la sala, tratando de encontrar un medio de borrar la torpeza cometida, de la cual se consideraba el único culpable. De pronto se acercó a la mesa, entintó la pluma y en la página abierta del libro de novedades, en la última anotación y encima de la palabra que tan trastornado lo traía, dejó caer una gran mancha de tinta. La extendió con cuidado, y luego contempló su obra con aire satisfecho. Bajo el enorme borrón era imposible ahora descubrir el maldito término, pero esto no era bastante; había que hacer lo mismo con el parte policial. Felizmente, la suerte érale favorable, pues el escribiente del Alcaide era primo suyo, y como el Alcaide estaba enfermo, se hallaba a la sazón solo en la oficina. Sin perder un momento, se trasladó a la cárcel, que estaba a un paso del cuartel, y lo primero que vio encima de la mesa, en sujetapapeles, fue el malhadado parte. Aprovechando la momentánea ausencia de su pariente, que había salido para dar algunas órdenes al personal de guardia, hizo desaparecer bajo una mancha de tinta el término que tan despreocupadamente había puesto en circulación. Un suspiro de alivio salió de su pecho. Estaba conjurado el peligro, el documento era en adelante inofensivo y ninguna mala consecuencia podía derivarse de él.

Mientras iba de vuelta al cuartel, el recuerdo del carretelero lo asaltó y una sombra de disgusto veló su rostro. De pronto se detuvo y murmuró entre dientes:

–Eso es lo que hay que hacer, y todo queda así arreglado.

Entre tanto, el prefecto no había olvidado la extraña palabra estampada en un documento que llevaba su firma y que había aceptado, porque las graves preocupaciones que en ese momento lo embargaban relegaron a segundo término un asunto que consideró en sí mínimo e insignificante. Pero más tarde, un vago temor se apoderó de su ánimo, temor que aumentó considerablemente al ver que el Diccionario no registraba la palabra sospechosa.

Sin perder tiempo, se dirigió donde el oficial de guardia, resuelto a poner en claro aquel asunto. Pero al llegar a la puerta por el pasadizo interior de comunicación, vio entrar en la sala a “El Guarén”, que venía de la cárcel a dar cuenta de la comisión que se le había encomendado. Sin perder una sílaba, oyó la conversación del guardián y del oficial, y el asombro y la cólera lo dejaron mudo e inmóvil, clavado en el pavimento.

Cuando el oficial hubo salido, entró y se dirigió a la mesa para examinar el Libro de Novedades. La mancha de tinta que había hecho desaparecer el odioso vocablo tuvo la rara virtud de calmar la excitación que lo poseía. Comprendió en el acto que su subordinado debía estar en ese momento en la cárcel, repitiendo la misma operación en el maldito papel que en mala hora había firmado. Y como la cuestión era gravísima y exigía una solución inmediata, se propuso comprobar personalmente si el borrón salvador había ya apartado de su cabeza aquella espada de Damocles que la amenazaba.

Al salir de la oficina del Alcaide el rostro del Prefecto estaba tranquilo y sonriente. Ya no había nada que temer; la mala racha había pasado. Al cruzar el vestíbulo divisó tras la verja de hierro un grupo de penados.

Su semblante cambió de expresión y se tornó grave y meditabundo. Todavía queda algo que arreglar en ese desagradable negocio, pensó. Y tal vez el remedio no estaba distante, porque murmuró a media voz:

–Eso es lo que hay que hacer; así queda todo solucionado.

Al llegar a la casa, el juez, que había abandonado el juzgado ese día un poco más temprano que de costumbre, encontró a “El Guarén” delante de la puerta, cuadrado militarmente. Habíanlo designado para el primer turno de punto fijo en la casa del magistrado. Éste, al verle, recordó el extraño vocablo del parte policial, cuyo significado era para él un enigma indescifrable. En el Diccionario no existía y por más que registraba su memoria no hallaba en ella rastro de un término semejante.

Como la curiosidad lo consumía, decidió interrogar diplomáticamente al guardián para inquirir de un modo indirecto algún indicio sobre el asunto. Contestó el saludo del guardián, y le dijo afable y sonriente:

–Lo felicito por su celo en perseguir a los que maltratan a los animales. Hay gentes muy salvajes. Me refiero al carretelero que arrestó usted esta mañana, por andar, sin duda, con los caballos heridos o extenuados.

A medida que el magistrado pronunciaba estas palabras, el rostro de “El Guarén” iba cambiando de expresión. La sonrisa servil y gesto respetuoso desaparecieron y fueron reemplazados por un airecillo impertinente y despectivo. Luego, con un tono irónico bien marcado, hizo una relación exacta de los hechos, repitiendo lo que ya había dicho, en el cuartel, al oficial de guardia.

El juez oyó todo aquello manteniendo a duras penas su seriedad, y al entrar en la casa iba a dar rienda suelta a la risa que le retozaba en el cuerpo, cuando el recuerdo del carretelero, a quien había enviado a la cárcel por un delito imaginario, calmó súbitamente su alegría. Sentado en su escritorio, meditó largo rato profundamente, y de pronto, como si hubiese hallado la solución de un arduo problema, profirió con voz queda:

–Sí, no hay duda, es lo mejor, lo más práctico que se puede hacer en este caso.

En la mañana del día siguiente de su arresto, el carretelero fue conducido a presencia del Alcaide de la cárcel, y este funcionario le mostró tres cartas, en cuyos sobres, escritos a máquina, se leía:

“Señor Alcaide de la Cárcel de... Para entregar a Martín Escobar”. (Éste era el nombre del detenido.)

Rotos los sobres, encontró que cada uno contenía un billete de veinte pesos. Ningún escrito acompañaba el misterioso envío. El Alcaide señaló al detenido el dinero, y le dijo sonriente:

–Tome, amigo, esto es suyo, le pertenece.

El reo cogió dos billetes y dejó el tercero sobre la mesa, profiriendo:

–Ese es para pagar la multa, señor Alcaide.

Un instante después, Martín el carretelero se encontraba en la calle, y decía, mientras contemplaba amorosamente los dos billetes:

–Cuando se me acaben, voy al cerro, pillo un animal inamible, me tropiezo con “El Guarén” y ¡zas! al otro día en el bolsillo tres papelitos iguales a éstos.