miércoles, 28 de febrero de 2024

El pozo

Rafael Barrett

 

Juan, fatigado, hambriento, miserable, llegó a la ciudad a pedir trabajo. Su mujer y sus hijos le esperaban extramuros, a la sombra de los árboles.

–¿Trabajo? –le dijeron–. El padre Simón se lo dará.

Juan fue al padre Simón.

Era un señor gordo, satisfecho, de rostro benigno. Estaba en la mitad de su jardín. Más allá había huertos, más allá parques. Todo era suyo.

–¿Eres fuerte? –le preguntó a Juan.

–Sí, señor.

–Levántame esa piedra.

Juan levantó la piedra.

–Ven conmigo.

Caminaron largo rato. El padre Simón se detuvo ante un pozo.

–En el fondo de este pozo –dijo– hay oro. Baja al pozo todos los días y tráeme el oro que puedas. Te pagaré un buen salario.

Juan se asomó al agujero. Un aliento helado le batió la cara. Allá abajo, muy abajo, había un trémulo resplandor azul, cortado por una mancha negra. Juan comprendió que aquello era agua, el azul un reflejo del cielo y la mancha su propia sombra.

El padre Simón se fue.

Juan pensó que sus hijos tenían hambre, y empezó a bajar. Se agarraba a las asperezas de la roca, se ensangrentaba las manos. La sombra bailaba sobre el resplandor azul. A medida que descendía, la humedad le penetraba las carnes, el vértigo le hacía cerrar los ojos, una enormidad terrestre pesaba sobre él. Se sentía solo, condenado por los demás hombres, odiado y maldito; el abismo le atraía para devorarlo de un golpe.

Juan pensó que sus hijos tenían hambre, y tocó el agua. La tuvo a la cintura. Arriba, un pedacito de cielo azul brillaba con una belleza infinita; ninguna sombra humana lo manchaba. Juan hundió sus pobres dedos en el fango, y durante muchas horas buscó el oro.

Encontró una pepita; la adivinó, era fría, lisa y pesada. Se sintió con fuerzas para subir. Cuando salió del pozo, apenas conseguía tenerse de pie: estaba empapado hasta los huesos y sus ropas desgarradas.

Llevó el oro al padre Simón, del cual recibió una moneda de cobre.

Todas las mañanas bajaba Juan al pozo. Todas las tardes subía con una pepita o dos. Sus hijos comían pan, su mujer sonreía a veces, y esto le parecía una felicidad extraordinaria.

Entretanto, su cabeza comenzaba a temblar y tenía fiebre por las noches.

Un día encontró en el pozo otra cosa. Una piedrecita oscura, densa. Se la llevó al padre Simón.

El padre Simón se fue a cenar, con la piedra en el bolsillo. Se sentó a la mesa, y enseñó el hallazgo a su mujer, llena de honorabilidad y de diamantes.

–¿Será algún rico mineral? –se preguntaron. La piedra al secarse se desmoronaba.

–¿O alguna especie de pólvora? –murmuró el viejo.

–Lo haré analizar.

Recogió con prudencia los granos en una tarjeta, y los colocó en sitio seguro. Sobre el mantel había quedado un polvillo impalpable. Mientras servían la sopa, el padre Simón, distraídamente, se puso a golpearlo con el canto del cuchillo.

Un estampido formidable rasgó el aire de la provincia. La ciudad entera había volado… Un silencio enorme… Después los clamores de los que agonizan, de los que se vuelven locos…

La choza en que vivía Juan, baja y ligera, no sufrió mucho. Algunos trozos de barro se desprendieron de las paredes. Al oír la detonación, la familia se echó afuera. En el flanco de la colina, a lo lejos, se distinguía lo que restaba de la ciudad, un campo de escombros humeantes. Al sol poniente, las ruinas se envolvían en vapores de oro. El hombre y la mujer estaban atónitos, inmóviles. Los niños reían y saltaban.

 

martes, 27 de febrero de 2024

El elefante blanco

Jean-Pierre Claris de Florian

 

En varios países de Asia se venera a los elefantes, en especial los blancos. Tienen por establo un palacio, comen en recipientes de oro, todos los hombres se postran ante ellos y los pueblos luchan para arrebatarse tan preciado tesoro. Uno de estos elefantes, gran pensador, inteligente, le preguntó un buen día a uno de sus conductores por qué le rendían tantos honores, dado que en el fondo él no era más que un simple animal.

–¡Ay! Eres demasiado humilde –fue la respuesta–. Todos conocemos tu dignidad y toda la India sabe que, al abandonar esta vida, las almas de los héroes armados por la patria habitan por un tiempo en los cuerpos de los elefantes blancos. Nuestros sacerdotes lo han dicho, por lo tanto debe ser así.

–¡Cómo! ¿Somos considerados héroes?

–Sin duda.

–De no serlo, ¿podríamos disfrutar en paz, en la selva, de los tesoros de la naturaleza?

–Sí señor.

–Amigo mío, entonces déjame ir, porque te han engañado, te lo aseguro; si reflexionas comprenderás de inmediato el error: somos altivos pero cariñosos; moderados pero poderosos; no injuriamos a los más débiles; en nuestro corazón, el amor sigue las leyes del pudor; pese a la situación privilegiada en la que nos encontramos, los honores no han modificado nuestras virtudes. ¿Qué más pruebas se necesitan? ¿Cómo es posible que alguien haya visto en nosotros el menor rasgo humano?

 

Silvia

Julio Cortázar

 

Vaya a saber cómo hubiera podido acabar algo que ni siquiera tenía principio, que se dio en mitad y cesó sin contorno preciso, esfumándose al borde de otra niebla, en todo caso hay que empezar diciendo que muchos argentinos pasan parte del verano en los valles del Luberon, los veteranos de la zona escuchamos con frecuencia sus voces sonoras que parecen acarrear un espacio más abierto, y junto con los padres vienen los chicos y eso es también Silvia, los canteros pisoteados, almuerzos con bifes en tenedores y mejillas, llantos terribles seguidos de reconciliaciones de marcado corte italiano, lo que llaman vacaciones en familia. A mí me hostigan poco porque me protege una justa fama de mal educado; el filtro se abre apenas para dejar paso a Raúl y a Nora Mayer, y desde luego a sus amigos Javier y Magda, lo que incluye a los chicos y a Silvia, el asado en casa de Raúl hace unos quince días, algo que ni siquiera tuvo principio y sin embargo es sobre todo Silvia, esta ausencia que ahora puebla mi casa de hombre solo, roza mi almohada con su medusa de oro, me obliga a escribir lo que escribo con una absurda esperanza de conjuro, de dulce golem de palabras. De todas maneras hay que incluir también a Jean Borel que enseña la literatura de nuestras tierras en una universidad occitana, a su mujer Liliane y al minúsculo Renaud en quien dos años de vida se amontonan tumultuosos. Cuánta gente para un asadito en el jardín de la casa de Raúl y Nora, bajo un vasto tilo que no parecía servir de sedante a la hora de las pugnas infantiles y las discusiones literarias. Llegué con botellas de vino y un sol que se acostaba en las colinas, Raúl y Nora me habían invitado porque Jean Borel andaba queriendo conocerme y no se animaba solo; en esos días Javier y Magda se alojaban también en la casa, el jardín era un campo de batalla mitad sioux mitad galorromano, guerreros emplumados se batían sin cuartel con voces de soprano y bolas de barro, Graciela y Lolita aliadas contra Álvaro, y en medio del fragor el pobre Renaud tambaleándose con sus bombachas llenas de algodón maternal y una tendencia a pasarse todo el tiempo de un bando a otro, traidor inocente y execrado del que sólo habría de ocuparse Silvia. Sé que amontono nombres, pero el orden y las genealogías también tardaron en llegar a mí, me acuerdo que bajé del auto con las botellas bajo el brazo y a los pocos metros vi asomar entre los arbustos la vincha de Bisonte Invencible, su mueca desconfiada frente al nuevo Cara Pálida; la batalla por el fuerte y los rehenes se libraba en torno a una pequeña tienda de campaña verde que parecía el cuartel general de Bisonte Invencible. Descuidando culpablemente una ofensiva acaso capital, Graciela dejó caer sus municiones pegajosas y terminó de limpiarse las manos en mi pescuezo; después se sentó imborrablemente en mis piernas y me explicó que Raúl y Nora estaban arriba con los otros grandes y que ya vendrían, detalles sin importancia al lado de la ruda batalla del jardín.

Graciela se ha sentido siempre en la obligación de explicarme cualquier cosa, partiendo del principio de que me considera tonto. Por ejemplo esa tarde el chiquito de los Borel no contaba para nada, no te das cuenta de que Renaud tiene dos años, todavía se hace caca en la bombacha, hace un rato le pasó y yo le iba a avisar a la mamá porque Renaud estaba llorando, pero Silvia se lo llevó al lado de la pileta, le lavó el culito y le cambió la ropa, Liliane no se enteró de nada porque sabés, se enoja mucho y por ahí le da un chirlo, entonces Renaud se pone a llorar de nuevo, nos fastidia todo el tiempo y no nos deja jugar.

–¿Y los otros dos, los más grandes?

–Son los chicos de Javier y de Magda, no te das cuenta, sonso. Álvaro es Bisonte Invencible, tiene siete años, dos meses más que yo y es el más grande. Lolita tiene seis pero ya juega, ella es la prisionera de Bisonte Invencible. Yo soy la Reina del Bosque y Lolita es mi amiga, de manera que la tengo que salvar, pero seguimos mañana porque ahora ya nos llamaron para bañarnos. Álvaro se hizo un tajo en el pie, Silvia le puso una venda. Soltame que me tengo que ir.

Nadie la sujetaba, pero Graciela tiende siempre a afirmar su libertad. Me levanté para saludar a los Borel que bajaban de la casa con Raúl y Nora. Alguien, creo que Javier, servía el primer pastis; la conversación empezó con la caída de la noche, la batalla cambió de naturaleza y edad, se volvió un estudio sonriente de hombres que acaban de conocerse; los chicos se bañaban, no había galos ni sioux en el jardín, Borel quería saber por qué yo no volvía a mi país, Raúl y Javier sonreían con sonrisas compatriotas. Las tres mujeres se ocupaban de la mesa; curiosamente se parecían, Nora y Magda unidas por el acento porteño mientras el español de Liliane caía del otro lado de los Pirineos. Las llamamos para que bebieran el pastis, descubrí que Liliane era más morena que Nora y Magda pero el parecido subsistía, una especie de ritmo común. Ahora se hablaba de poesía concreta, del grupo de la revista Invenção; entre Borel y yo surgía un terreno común, Eric Dolphy, la segunda copa iluminaba las sonrisas entre Javier y Magda, las otras dos parejas vivían ya ese tiempo en que la charla en grupo libera antagonismos, ventila diferencias que la intimidad acalla. Era casi de noche cuando los chicos empezaron a aparecer, limpios y aburridos, primero los de Javier discutiendo sobre unas monedas, Álvaro obstinado y Lolita petulante, después Graciela llevando de la mano a Renaud que ya tenía otra vez la cara sucia. Se juntaron cerca de la pequeña tienda de campaña verde; nosotros discutíamos a Jean Pierre Faye y a Philippe Sollers, la noche inventó el fuego del asado hasta entonces poco visible entre los árboles, se embadurnó con reflejos dorados y cambiantes que teñían el tronco de los árboles y alejaban los límites del jardín; creo que en ese momento vi por primera vez a Silvia, yo estaba sentado entre Borel y Raúl, y en torno a la mesa redonda bajo el tilo se sucedían Javier, Magda y Liliane; Nora iba y venía con cubiertos y platos. Que no me hubieran presentado a Silvia parecía extraño, pero era tan joven y quizá deseosa de mantenerse al margen, comprendí el silencio de Raúl o de Nora, evidentemente Silvia estaba en la edad difícil, se negaba a entrar en el juego de los grandes, prefería imponer autoridad o prestigio entre los chicos agrupados junto a la tienda verde. De Silvia había alcanzado a ver poco, el fuego iluminaba violentamente uno de los lados de la tienda y ella estaba agachada allí junto a Renaud, limpiándole la cara con un pañuelo o un trapo; vi sus muslos bruñidos, unos muslos livianos y definidos al mismo tiempo como el estilo de Francis Ponge del que estaba hablándome Borel, las pantorrillas quedaban en la sombra al igual que el torso y la cara, pero el pelo largo brillaba de pronto con los aletazos de las llamas, un pelo también de oro viejo, toda Silvia parecía entonada en fuego, en bronce espeso; la minifalda descubría los muslos hasta lo más alto, y Francis Ponge había sido culpablemente ignorado por los jóvenes poetas franceses hasta que ahora, con las experiencias del grupo de Tel Quel, se reconocía a un maestro; imposible preguntar quién era Silvia, por qué no estaba entre nosotros, y además el fuego engaña, quizá su cuerpo se adelantaba a su edad y los sioux eran todavía su territorio natural. A Raúl le interesaba la poesía de Jean Tardieu, y tuvimos que explicarle a Javier quién era y qué escribía; cuando Nora me trajo el tercer pastis no pude preguntarle por Silvia, la discusión era demasiado viva y Borel bebía mis palabras como si valieran tanto. Vi llevar una mesita baja cerca de la tienda, los preparativos para que los chicos cenaran aparte; Silvia ya no estaba allí, pero la sombra borroneaba la tienda y quizá se había sentado más lejos o se paseaba entre los árboles. Obligado a ventilar opiniones sobre el alcance de las experiencias de Jacques Roubaud, apenas si alcanzaba a sorprenderme de mi interés por Silvia, de que la brusca desaparición de Silvia me desasosegara ambiguamente; cuando terminaba de decirle a Raúl lo que pensaba de Roubaud, el fuego fue otra vez fugazmente Silvia, la vi pasar junto a la tienda llevando de la mano a Lolita y a Álvaro; detrás venían Graciela y Renaud saltando y bailando en un último avatar sioux; por supuesto Renaud se cayó de boca y su primer chillido sobresaltó a Liliane y a Borel. Desde el grupo se alzó la voz de Graciela: “¡No es nada, ya pasó!”, y los padres volvieron al diálogo con esa soltura que da la monotonía cotidiana de los porrazos de los sioux; ahora se trataba de encontrarle un sentido a las experiencias aleatorias de Xenakis por las que Javier mostraba un interés que a Borel le parecía desmesurado. Entre los hombros de Magda y de Nora yo veía a lo lejos la silueta de Silvia, una vez más agachada junto a Renaud, mostrándole algún juguete para consolarlo; el fuego le desnudaba las piernas y el perfil, adiviné una nariz fina y ansiosa, unos labios de estatua arcaica (¿pero no acababa Borel de preguntarme algo sobre una estatuilla de las Cícladas de la que me hacía responsable, y la referencia de Javier a Xenakis no había desviado el tema hacia algo más valioso?). Sentí que si alguna cosa deseaba saber en ese momento era Silvia, saberla de cerca y sin los prestigios del fuego, devolverla a una probable mediocridad de muchachita tímida o confirmar esa silueta demasiado hermosa y viva como para quedarse en mero espectáculo; hubiera querido decírselo a Nora con quien tenía una vieja confianza, pero Nora organizaba la mesa y ponía servilletas de papel, no sin exigir de Raúl la compra inmediata de algún disco de Xenakis. Del territorio de Silvia, otra vez invisible, vino Graciela la gacelita, la sabelotodo; le tendí la vieja percha de la sonrisa, las manos que la ayudaron a instalarse en mis rodillas; me valí de sus apasionantes noticias sobre un escarabajo peludo para desligarme de la conversación sin que Borel me creyera descortés, apenas pude le pregunté en voz baja si Renaud se había hecho daño.

–Pero no, tonto, no es nada. Siempre se cae, tiene solamente dos años, vos te das cuenta. Silvia le puso agua en el chichón.

–¿Quién es Silvia, Graciela?

Me miró como sorprendida.

–Una amiga nuestra.

–¿Pero es hija de alguno de estos señores?

–Estás loco –dijo razonablemente Graciela–. Silvia es nuestra amiga. ¿Verdad, mamá, que Silvia es nuestra amiga?

Nora suspiró, colocando la última servilleta junto a mi plato.

–¿Por qué no te volvés con los chicos y dejás en paz a Fernando? Si se pone a hablarte de Silvia vas a tener para rato.

–¿Por qué, Nora?

–Porque desde que la inventaron nos tienen aturdidos con su Silvia –dijo Javier.

–Nosotros no la inventamos –dijo Graciela, agarrándome la cara con las dos manos para arrancarme a los grandes–. Preguntales a Lolita y a Álvaro, vas a ver.

–¿Pero quién es Silvia? –repetí.

Nora ya estaba lejos para escuchar, y Borel discutía otra vez con Javier y Raúl. Los ojos de Graciela estaban fijos en los míos, su boca sacaba como una trompita entre burlona y sabihonda.

–Ya te dije, bobo, es nuestra amiga. Ella juega con nosotros cuando quiere, pero no a los indios porque no le gusta. Ella es muy grande, comprendés, por eso lo cuida tanto a Renaud que solamente tiene dos años y se hace caca en la bombacha.

–¿Vino con el señor Borel? –pregunté en voz baja–. ¿O con Javier y Magda?

–No vino con nadie –dijo Graciela–. Preguntales a Lolita y a Álvaro, vas a ver. A Renaud no le preguntés porque es un chiquito y no comprende. Dejame que me tengo que ir.

Raúl, que siempre parece asistido por un radar, se arrancó a una reflexión sobre el letrismo para hacerme un gesto compasivo.

–Nora te previno, si les seguís el tren te van a volver loco con su Silvia.

–Fue Álvaro –dijo Magda–. Mi hijo es un mitómano y contagia a todo el mundo.

Raúl y Magda me seguían mirando, hubo una fracción de segundo en que yo pude haber dicho: “No entiendo”, para forzar las explicaciones, o directamente: “Pero Silvia está ahí, acabo de verla”. No creo, ahora que tengo demasiado tiempo para pensarlo, que la intervención distraída de Borel me impidiera decirlo. Borel acababa de preguntarme algo sobre La casa verde; empecé a hablar sin saber lo que decía, pero en todo caso no me dirigía ya a Raúl y a Magda. Vi a Liliane que se acercaba a la mesa de los chicos y los hacía sentarse en taburetes y cajones viejos; el fuego los iluminaba como en los grabados de las novelas de Héctor Malot o de Dickens, las ramas del tilo se cruzaban por momentos entre una cara o un brazo alzado, se oían risas y protestas. Yo hablaba de Fushía con Borel, me dejaba llevar corriente abajo en esa balsa de la memoria donde Fushía estaba tan terriblemente vivo. Cuando Nora me trajo un plato de carne le murmuré al oído: “No entendí demasiado eso de los chicos”.

–Ya está, vos también caíste –dijo Nora, echando una mirada compasiva a los demás–. Menos mal que después se irán a dormir porque sos una víctima nata, Fernando.

–No les hagas caso –se cruzó Raúl–. Se ve que no tenés práctica, tomás demasiado en serio a los pibes. Hay que oírlos como quien oye llover, viejo, o es la locura.

Tal vez en ese momento perdí el posible acceso al mundo de Silvia, jamás sabré por qué acepté la fácil hipótesis de una broma, de que los amigos me estaban tomando el pelo (Borel no, Borel seguía por su camino que ya llegaba a Macondo); veía otra vez a Silvia que acababa de asomar de la sombra y se inclinaba entre Graciela y Álvaro como para ayudarlos a cortar la carne o quizá comer un bocado; la sombra de Liliane que venía a sentarse con nosotros se interpuso, alguien me ofreció vino; cuando miré de nuevo, el perfil de Silvia estaba como encendido por las brasas, el pelo le caía sobre un hombro, se deslizaba fundiéndose con la sombra de la cintura. Era tan hermosa que me ofendió la broma, el mal gusto, me puse a comer de cara al plato, escuchando de reojo a Borel que me invitaba a unos coloquios universitarios; si le dije que no iría fue por culpa de Silvia, por su involuntaria complicidad en la diversión socarrona de mis amigos. Esa noche no vi más a Silvia; cuando Nora se acercó a la mesa de los chicos con queso y frutas, entre ella y Lolita se ocuparon de hacer comer a Renaud que se iba quedando dormido. Nos pusimos a hablar de Onetti y de Felisberto, bebimos tanto vino en su honor que un segundo viento belicoso de sioux y de charrúas envolvió el tilo; trajeron a los chicos para que dijeran buenas noches, Renaud en los brazos de Liliane.

–Me tocó una manzana con gusano –me dijo Graciela con una enorme satisfacción–. Buenas noches, Fernando, sos muy malo.

–¿Por qué, mi amor?

–Porque no viniste ni una sola vez a nuestra mesa.

–Es cierto, perdoname. Pero ustedes tenían a Silvia, ¿verdad?

–Claro, pero lo mismo.

–Éste se la sigue –dijo Raúl mirándome con algo que debía ser piedad–. Te va a costar caro, esperá a que te agarren bien despiertos con su famosa Silvia, te vas a arrepentir, hermano.

Graciela me humedeció el mentón con un beso que olía fuertemente a yogurt y a manzana. Mucho más tarde, al final de una charla en la que el sueño empezaba a sustituir las opiniones, los invité a cenar en mi casa. Vinieron el sábado pasado hacia las siete, en dos autos, Álvaro y Lolita traían un barrilete de género y so pretexto de remontarlo acabaron inmediatamente con mis crisantemos. Yo dejé a las mujeres que se ocuparan de las bebidas, comprendí que nadie le impediría a Raúl tomar el timón del asado; les hice visitar la casa a los Borel y a Magda, los instalé en el living frente a mi óleo de Julio Silva y bebí un rato con ellos, fingiendo estar allí y escuchar lo que decían; por el ventanal se veía el barrilete en el viento, se escuchaban los gritos de Lolita y Álvaro. Cuando Graciela apareció con un ramo de pensamientos fabricado presumiblemente a costa de mi mejor cantero, salí al jardín anochecido y ayudé a remontar más alto el barrilete. La sombra bañaba las colinas en el fondo del valle y se adelantaba entre los cerezos y los álamos pero sin Silvia, Álvaro no había necesitado de Silvia para remontar el barrilete.

–Colea lindo –le dije, probándolo, haciéndolo ir y venir.

–Sí pero tené cuidado, a veces pica de cabeza y esos álamos son muy altos –me previno Álvaro.

–A mí no se me cae nunca –dijo Lolita, quizá celosa de mi presencia–. Vos le tirás demasiado del hilo, no sabés.

–Sabe más que vos –dijo Álvaro en rápida alianza masculina–. ¿Por qué no te vas a jugar con Graciela, no ves que molestás?

Nos quedamos solos, dándole hilo al barrilete. Esperé el momento en que Álvaro me aceptara, supiera que era tan capaz como él de dirigir el vuelo verde y rojo que se desdibujaba cada vez más en la penumbra.

–¿Por qué no trajeron a Silvia? –pregunté, tirando un poco del hilo.

–Me miró de reojo entre sorprendido y socarrón, y me sacó el hilo de las manos, degradándome sutilmente

–Silvia viene cuando quiere –dijo recogiendo el hilo.

–Bueno, hoy no vino, entonces.

–¿Qué sabés vos? Ella viene cuando quiere, te digo.

–Ah. ¿Y por qué tu mamá dice que vos la inventaste a Silvia?

–Mirá como colea –dijo Álvaro–. Che, es un barrilete fino, el mejor de todos.

–¿Por qué no me contestás, Álvaro?

–Mamá se cree que yo la inventé –dijo Álvaro–. ¿Y vos por qué no lo creés, eh?

Bruscamente vi a Graciela y a Lolita a mi lado. Habían escuchado las últimas frases, estaban ahí mirándome fijamente; Graciela removía lentamente un pensamiento violeta entre los dedos.

–Porque yo no soy como ellos –dije–. Yo la vi, saben.

Lolita y Álvaro cruzaron una larga mirada, y Graciela se me acercó y me puso el pensamiento en la mano. El hilo del barrilete se tendió de golpe. Álvaro le dio juego, lo vimos perderse en la sombra.

–Ellos no creen porque son tontos –dijo Graciela–. Mostrame dónde tenés el baño y acompáñame a hacer pis.

La llevé hasta la escalera exterior, le mostré el baño y le pregunté si no se perdería para bajar. En la puerta del baño, con una expresión en la que había como un reconocimiento, Graciela me sonrió.

–No, andate nomás, Silvia me va a acompañar.

–Ah, bueno –dije luchando contra vaya a saber qué, el absurdo o la pesadilla o el retardo mental–. Entonces vino, al final.

–Pero claro, sonso –dijo Graciela–. ¿No la ves ahí?

La puerta de mi dormitorio estaba abierta, las piernas desnudas de Silvia se dibujaban sobre la colcha roja de la cama. Graciela entró en el baño y oí que corría el pestillo. Me acerqué al dormitorio, vi a Silvia durmiendo en mi cama, el pelo como una medusa de oro sobre la almohada. Entorné la puerta a mi espalda, me acerqué no sé cómo, aquí hay huecos y látigos, un agua que corre por la cara cegando y mordiendo, un sonido como de profundidades fragosas, un instante sin tiempo, insoportablemente bello. No sé si Silvia estaba desnuda, para mí era como un álamo de bronce y de sueño, creo que la vi desnuda aunque luego no, debí imaginarla por debajo de lo que llevaba puesto, la línea de las pantorrillas y los muslos la dibujaba de lado contra la colcha roja, seguí la suave curva de la grupa abandonada en el avance de una pierna, la sombra de la cintura hundida, los pequeños senos imperiosos y rubios. “Silvia”, pensé, incapaz de toda palabra, “Silvia, Silvia, pero entonces...”. La voz de Graciela restalló a través de dos puertas como si me gritara al oído: “¡Silvia, vení a buscarme”. Silvia abrió los ojos, se sentó en el borde de la cama; tenía la misma minifalda de la primera noche, una blusa escotada, sandalias negras. Pasó a mi lado sin mirarme y abrió la puerta. Cuando salí, Graciela bajaba corriendo la escalera y Liliane, llevando a Renaud en los brazos, se cruzaba con ella camino del baño y del mercurocromo para el porrazo de las siete y media. Ayudé a consolar y a curar, Borel subía inquieto por los berridos de su hijo, me hizo un sonriente reproche por mi ausencia, bajamos al living para beber otra copa, todo el mundo andaba por la pintura de Graham Sutherland, fantasmas de ese tipo, teorías y entusiasmos que se perdían en el aire con el humo del tabaco. Magda y Nora concentraban a los chicos para que comieran estratégicamente aparte; Borel me dio su dirección, insistiendo en que le enviara la colaboración prometida a una revista de Poitiers, me dijo que partían a la mañana siguiente y que se llevaban a Javier y a Magda para hacerles visitar la región. “Silvia se irá con ellos”, pensé oscuramente, y busqué una caja de fruta abrillantada, el pretexto para acercarme a la mesa de los chicos, quedarme allí un momento. No era fácil preguntarles, comían como lobos y me arrebataron los dulces en la mejor tradición de los sioux y los tehuelches. No sé por qué le hice la pregunta a Lolita, limpiándole de paso la boca con la servilleta.

–¿Qué sé yo? –dijo Lolita–. Preguntale a Álvaro.

–Y yo qué sé –dijo Álvaro, vacilando entre una pera y un higo–. Ella hace lo que quiere, a lo mejor se va por ahí.

–¿Pero con quién de ustedes vino?

–Con ninguno –dijo Graciela, pegándome una de sus mejores patadas por debajo de la mesa–. Ella estuvo aquí y ahora quién sabe, Álvaro y Lolita se vuelven a la Argentina y con Renaud te imaginás que no se va a quedar porque es muy chico, esta tarde se tragó una avispa muerta, qué asco.

–Ella hace lo que quiere, igual que nosotros –dijo Lolita.

Volví a mi mesa, vi terminarse la velada en una niebla de coñac y de humo. Javier y Magda se volvían a Buenos Aires (Álvaro y Lolita se volvían a Buenos Aires) y los Borel irían el año próximo a Italia (Renaud iría el año próximo a Italia).

–Aquí nos quedamos los más viejos –dijo Raúl. (Entonces Graciela se quedaba pero Silvia era los cuatro, Silvia era cuando estaban los cuatro y yo sabía que jamás volverían a encontrarse).

Raúl y Nora siguen todavía aquí, en nuestro valle del Luberon, anoche fui a visitarlos y charlamos de nuevo bajo el tilo; Graciela me regaló un mantelito que acababa de bordar con punto cruz, supe de los saludos que me habían dejado Javier, Magda y los Borel. Comimos en el jardín, Graciela se negó a irse temprano a la cama, jugó conmigo a las adivinanzas. Hubo un momento en que nos quedamos solos, Graciela buscaba la respuesta a la adivinanza sobre la luna, no acertaba y su orgullo sufría.

–¿Y Silvia? –le pregunté, acariciándole el pelo.

–Mirá que sos tonto –dijo Graciela–. ¿Vos te creías que esta noche iba a venir por mí solita?

–Menos mal –dijo Nora, saliendo de la sombra–. Menos mal que no va a venir por vos solita, porque ya nos tenían hartos con ese cuento.

–Es la luna –dijo Graciela–. Qué adivinanza tan sonsa, che.

 

Nadie puede vivir así

Reinaldo Bernal Cárdenas

 

“Estoy ansiosa. Después de mucho pensarlo, he tomado la decisión. Hoy cuando lo vea, se lo confesaré.

Sabrá que me trae loca, que no soporto un día más su indiferencia deliberada, que el mutismo que suele encubrir sus enojos duele cuando por suerte nos cruzamos.

Y es que de un tiempo a esta parte no logro poner atención en lo que hago porque él roba mis pensamientos; por eso es preciso expresarlo, decírselo, para no enloquecer al completo. ¿Puede alguien vivir así?

Le diré que, de tantos inspirados en su nombre, los acrósticos ya no me salen, que daría mi brazo derecho por saber que me desea tanto como yo a él. Le contaré que, en la opacidad de mis noches, cuando creo sentir la cercana tibieza de su cuerpo, pronto advierto una fría presencia de espejismo; que no resisto sus flirteos solapados con las mujeres de la oficina y hasta siento celos cuando alardea y sobrepasa sus gentiles maneras con las demás. Le hablaré de mis sentimientos, pero evitaré los pormenores de cómo, a su lado, me vuelvo escuálida y torpe. Alzaré la voz para que sepa que no pienso resignarme así nomás, con la mera ilusión, con la tortura de ansiarlo y no tenerlo. Juntaré valor para revelarle que, por años, una vez el destino cruzó nuestros caminos, he anhelado que sus ojos me vean con una pizca del amor con el que los míos, desde entonces, lo han hecho. Que, por un tiempo igual, calladamente, he procurado cuanto he podido para merecerlo.

Llegó el momento, se lo diré. Pondré fin a la borrasca de silencio. Estoy nerviosa, pero algo debía hacer. Quizá me mande a freír espárragos, o tal vez diga que de algún modo milagroso ha intentado quererme también. Sea cual sea su respuesta, estoy preparada; aunque, la pura verdad, espero que entienda y acepte mi proposición (considerando que en mis divagaciones fue imposible pensar en otra).

Así que hoy, cuando logre llamar su atención esquiva, y él, sorprendido, enmudezca y agrande sus bellos ojos, pondré cara de que sé lo que hago, y mi voz le dirá con firmeza y pundonor, casi como si le confiara un secreto, que renuncio a vivir así, que no puedo seguir amando por los dos, que sólo espero que firmemos cuanto antes los papeles de divorcio”.

 

Antieros

Tununa Mercado

 

Comenzar por los cuartos. Barrer cuidadosamente con una escoba mojada el tapete (un balde con agua debe acompañar ese tránsito desde la recámara del fondo y por las otras recámaras hasta el final del pasillo). Recoger la basura una primera vez al terminar la primera recámara y así sucesivamente con las otras. Regresar a la primera recámara, la del fondo, y quitar el polvo de los muebles con una franela húmeda pero no mojada. Sacudir sábanas y cobijas y tender la cama.

La colcha debe cubrir la almohada, bajo la cual se pone el pijama o el camisón del durmiente. Poner en orden las sillas y otros objetos que pudieran haber sido desplazados de su sitio la víspera (siempre hay una víspera que “produce” una marca que hay que subsanar). Un primer recorrido habrá permitido rescatar vasos, tazas, botellas, ropa sucia, depositados sucesivamente en la cocina y el lavadero. Pasar al segundo cuarto que ya habrá sido barrido como los otros, el pasillo, y los baños que dan a él. Repetir allí las acciones llevadas a cabo en el anterior: sacudir el polvo, airear las sábanas y cobijas, tender la cama con las sábanas bien estiradas (el pliegue es un enemigo), alisar la almohada luego de esponjarla, entrar bien las sábanas y cobijas debajo del colchón; en el ángulo de cada uno de los pies, la ropa de cama debe ser entrada en dos etapas, primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda y viceversa –depende del lado en cuestión– para formar un pico que se corresponderá geométricamente con el ángulo.

El estado óptimo: la tensión del lienzo debe ser como la de los bastidores del bordado. En el tercer cuarto predisponerse a tender una cama matrimonial; calcular por lo tanto los movimientos para economizar el máximo de tiempo posible. La operación de entrar la sábana de abajo y luego la segunda sábana debe hacerse, más allá de toda lógica, por separado; la astucia de plegarlas juntas produce un efecto que no deja dormir en toda la noche. La economía debe consistir, más bien, en agotar el mayor número de operaciones en un lado antes de pasar al otro. Una vez finalizada la etapa de la limpieza y arreglo de las recámaras echar un vistazo a cada una para ajustar cualquier detalle que hubiera podido ser dejado de lado; corregirlo; dejar apenas entreabiertas las persianas, la ventana entornada, las cortinas corridas.

Gozar un instante, por turno, en el vano de la puerta de cada habitación, el quieto resplandor que segrega el interior en la semipenumbra. En los baños, tallar con pulidores especiales todo lo que sea mayólica y azulejos. Abrir la llave del agua caliente para lograr vapor, el mejor limpiador de espejos. Frotar y frotar hasta sacar brillo, aromatizar con productos especiales –nunca con el puro cloro, que despide olor a miseria–; reacomodar jabones, jaboneras, botellas de champú, de acondicionadores, potes de crema y cosméticos, dejando fuera de los botiquines la menor cantidad de elementos. Doblar correctamente las toallas, combinando entre la de baño y la de la cara, el color más afín. (Quien limpia no debe mirarse en el espejo.) Fregar el piso, verificar si falta papel, no dejar un solo pelo en ninguno de los artefactos del baño, ni siquiera en los peines y cepillos.

Pasar luego a la sala. Recoger todo lo que esté tirado, barrer con un escobillón y pasar después una franela con algún lustrador, solamente para rectificar el encerado (tarea que debe realizarse una vez por mes en forma total y que diariamente sólo admite un retoque); quitar con un plumero el polvo de los libros y de las hojas de las plantas (éstas también requieren una limpieza profunda cada diez o más días); reubicar, ordenar, meticulosamente dar cierta armonía a la disposición de los objetos sobre los estantes, los aparadores, los trinchantes, las vitrinas y todo el mobiliario; sacudir los cortinados, darles aire para que queden renovados, con una buena caída. Dar forma a los cojines, estirar perfectamente las alfombras y las carpetas; poner un gran cuidado en regar las plantas sin desparramar agua.

Quitar el polvo de los marcos de los cuadros; si hubiera una mancha sobre los vidrios, rociarlos con un poquito de limpiador ad-hoc y pasar encima una gamuza seca; sacudir también los vanos de las puertas y ventanas, los alféizares, las alfarjías; con un cepillo sacar la tierra de las alforzas. Con un estropajo seco sacarle brillo al parquet. Si los cobres y platas estuvieran tristes, darles una pasadita; si las caobas tuvieran la palidez de la depresión, levantarlas con un poco de lustrador. En el sillón más muelle, el de pana verde de preferencia, tenderse unos instantes con un pequeño cojín en el cuello y, desde ese lugar, entregarse a la visión de un espacio deslumbrante, con las cortinas a medio cerrar y las ventanas abiertas que dejan pasar, por entre las plantas y los linos, una brisa llena de aromas. Entretanto habrase puesto en el fuego a hervir un agua, no cualquier agua, sino la justa y necesaria para echar los huesos del puerco con algunas verduras pertinentes: cebollas de verdeo, hinojos, apio, culantro, tomillo, laurel y mejorana: esta agua hierve a olla y puerta cerrada, lejos de esa atmósfera pura de limpieza que exalta los sentidos en la sala, a mediados del día, cuando la gente se esmera en sus oficinas o se desespera en sus automóviles yendo a las citas de negocios.

La brisa ondea el voile pero apenas consigue mover las cortinas, anudadas con un cordón dorado a cada lado del ventanal, en bandeaux. Sacarse los zapatos para sentir la frescura cálida del terciopelo. Llevar la mano derecha suavemente desde la pantorrilla hasta el muslo y acariciarla, confirmando que esa piel puede perfectamente competir con la pana; no subir más arriba la mano; desprenderse la blusa y dejar unos momentos los pechos al aire, erguirse y, con la mano en jarras, mirarse el perfil en el espejo del fondo de la vitrina, por entremedio de las copas de cristal. Salir de la sala y, previamente, cerrar la camisa, abotonarla y reacomodar los pliegues de la falda bajo el delantal. Entrar en la cocina, humeante por los huesos que hierven a todo vapor en la olla y cuyo destino es sólo convertirse en base para algún otro manjar.

Echar el polvo detergente en un recipiente de plástico, el que se usa de costumbre, y hacer una mezcla espumosa con agua caliente; lavar los trastos del desayuno: tazas, jarritas, cucharas, cuchillos, platos, todo lo que hubiese sido retirado de la mesa y acumulado en la pileta. Pensar una vez más, como todos los días, que es una lástima no poder usar guantes de hule, aceptando, por consiguiente, el deterioro que los detergentes producen en la piel (hongos incluidos); usar las fibras que el objeto requiera: zacate, lana de aluminio o simplemente esponja. No dejar el trapito que se usa para secar la mesada colgado del mezclador de agua; no queda bien en el orden de la cocina. Limpiar las hornallas, raspar, pulir, frotar hasta dejar todo como un espejo.

Sobre los azulejos, pasar un trapo con limpiador en polvo; ir acumulando la basura en un bote pequeño, que después será volcada en el mayor, debidamente protegido con una bolsa grande de plástico o con un forro de papel de diario confeccionado a esos efectos. Pasar el trapo por el piso; una y dos veces, escurriendo y chaguándolo cada vez. Ordenar, sobre todo ordenar; guardar en los armarios todo lo que esté afuera; reacomodar las cosas en el refrigerador. Saber, por ejemplo, que una berenjena, como en el viejo cuento, puede estar arrinconada en el fondo, como bola de toro de exportación; que las zanahorias pueden tener un destino fálico, arrojadas a la puerta de un lupanar y recubiertas de un opaco preservativo; que los pepinos pueden servir a la muchacha de las historias inmorales en sus ceremonias narcisistas; que el hongo más lúbrico no puede compararse con la morilla que el profesor de lingüística franco ruso le propuso a su colega franco alemana en una sesión amorosa vegetal; que las verduras y las frutas –salsifíes, nabos, mangos paraíso y petacones, semillas de mamey, chiles anchos, pasillas y mulatos, chilacayotes y chayotes, pitayas y camotes– pueden ser el contenido secreto de la valija del viajante que anda de pueblo en pueblo ofreciéndose para ciertas prácticas que responden a vicios particulares.

Saber todo esto, mientras la olla echa humos que ascienden al tuérdano, aunque ese tuérdano haya sido reemplazado por una enorme campana con luces y tragaires que le chupan la conciencia a los alimentos. Después arremeter con la cebolla, la reina, picarla pertinazmente desde arriba e ir logrando los pedazos más diminutos con ese sistema que, por milagro, puede hasta hacerla desaparecer bajo la hoja del cuchillo; rehogarla en el fuego lentamente, dejando apenas que se dore. Sobre esa base construir el gran edificio, con la carne dejada en pesadumbre durante noche y día, los jitomates, los ajos quemados hasta la extenuación para extraerles toda el alma, la sustancia hecha papilla (¿por qué los ajos tienen que desaparecer? ¿por qué?), las hierbas, ajedrea predominante, y la copita que se bebe a medida que con ella y otra y otra se alimenta el cuerpo receptivo de la carne por impregnación, maceración, “mijotage”. El tiempo transcurre agigantando los granos del arroz, creando espumas suplementarias en la superficie del caldo, dejándose invadir por los olores de las hierbas cada vez más despojadas de su esencia, meros tallos, escasas nervaduras que intentan sobrevivir al máximo de sí que se les exprime. Nadie, ningún extraño puede irrumpir en esta sesión en la que todo se hace por hábito pero en la que cada detalle empieza de pronto a cobrar un sentido muy peculiar, de objeto en sí, de objeto que se dota de una existencia propia, para no decir prodigiosa.

El aceite cubre la superficie de los aguacates pelados, resbala por su piel y se chorrea sobre el plato; el ajo expulsado de su piel con el canto del cuchillo deja aparecer una materia larval; la sangre brota de la carne y, correlativamente, produce una segregación salival en la boca; el limón despide sus jugos apretado por los dedos; la piel de los garbanzos se desliza entre los dedos y el grano sale despedido sobre la fuente; la leche se espesa en la harina de la salsa; el huevo sale de su cáscara y deja ver su galladura; la pasta amasada en forma de cilindro se estira sobre la mesa y rueda bajo la palma de la mano; al calamar le salta, por acción de los dedos, una uña transparente de su mero centro; a la sardina le brota un pececito del vientre; la lechuga expulsa su cogollo. Volver a desabotonarse la blusa y dejar los pechos al aire y, sin muchos preámbulos, como si se frotara con alguna esencia una endivia o se sobara con algún aliño el belfo de un ternero, cubrir con un poquito de aceite los pezones erectos, rodear con la punta del índice la aureola y masajear levemente cada uno de los pechos, sin restablecer diferencias entre los reinos, mezclando incluso las especies y las especias por puro afán de verificación, porque en una de esas a los pezones no les viene bien el eneldo, pero sí la salvia. Dejar que los fuegos ardan, que las marmitas borboteen sus aguas y sus jugos y que la campana del tuérdano absorba como un torbellino los vahos.

Apagar y, en el silencio, percibir con absoluta nitidez el ruido de la transformación de la materia. Rememorar que adentro, todo está listo, que no hay nada que censurar, que en cada sitio por el que pasaron las escobas y los escobillones, las jergas y los estropajos, todo ha quedado reluciente, invitando al reposo y a la quietud del mediodía; confirmarse también, y una vez más que, salvo algún proveedor a quien no hay que abrirle, nadie vendrá a interrumpir la sesión hasta casi las cuatro de la tarde. Poner, no obstante, el pestillo de seguridad en la puerta; quitarse lisa y llanamente la blusa y, después, la falda. Quedarse sólo con el delantal, mientras, con diferentes cucharas, probar una y otra vez, de una olla y la otra, los sabores, rectificándolos, dándoles más cuerpo, volviendo más denso su sentido particular. Con el mismo aceite con que se ha freído algunas de las tantas comidas que ahora bullen lentamente en sus fuegos, untarse la curva de las nalgas, las piernas, las pantorrillas, los tobillos; agacharse y ponerse de pie con la presteza de alguien acostumbrado a gimnasias domésticas. Reducir aún más los fuegos, casi hasta la extinción y, como vestal, pararse en medio de la cocina y considerar ese espacio como un anfiteatro; añorar la alcoba, el interior, el recinto cerrado, prohibidos por estar prisioneros del orden que se ha instaurado unas horas antes.

Untarse todo el cuerpo con mayor meticulosidad, hendiduras de diferentes profundidades y carácter, depresiones y salientes; girar, doblarse, buscar la armonía de los movimientos, oler la oliva y el comino, el caraway y el curry, las mezclas que la piel ha terminado por absorber trastornando los sentidos y transformando en danza los pasos cada vez más cadenciosos y dejarse invadir por la culminación en medio de sudores y fragancias.

 

El brujo Masawa

Víctor Antero Flores

 

El cielo se ensombreció como si la noche hubiera caído. El viento silbó entre las rocas. Los coyotes aullaron, las aves se escondieron, los murciélagos pasaron sobre el campamento de los comedores de frutos rojos. Las mujeres entraron en sus casas, frotando amuletos para rechazar a los malos espíritus. En el desierto se formaron varios remolinos. Los cazadores regresaron pronto, asustados.

El jefe salió de su choza. Dos días estuvo esperando. Contempló al grupo de guerreros. Traían al prisionero.

Zorro Viejo sintió miedo cuando vio al hombre.

–Dije que era mala idea capturar al brujo de los hombres del valle, miren lo que está pasando.

Garza Parada, el guerrero principal, arrojó al brujo a los pies de su jefe.

–Mira, gran Zorro Viejo, seguimos vivos.

–Su poder no es tan fuerte como el del brujo Masawa –anunció Oso Comiendo–. Lo sorprendimos mientras se mojaba en el arroyo. Sus compañeros ni siquiera se dieron cuenta. Míralo, está flaco y endeble, no ha podido hechizarnos.

Zorro Viejo tenía los ojos muy abiertos. Inspeccionó al hombre. El taparrabo era de una piel extraña, nunca vista y no se había untado cebo en el cuerpo.

–¿Cómo se protege del sol? Tiene el cuero limpio, demasiado limpio. Esto es brujería.

Garza Parada lo levantó en vilo.

–Amarrémoslo al poste de la hoguera y ya veremos si el sol no lo quema en tres días.

–¡Pero cuál sol! –riñó Zorro Viejo–. ¡Miren la oscuridad que ha tapado el cielo! Y este brujo es el culpable.

Oso Comiendo se rio de lo dicho. Se acercó a Zorro Viejo. Le habló a escasos centímetros de su cara, como si quisiera derribarlo con su aliento putrefacto.

–El brujo Masawa es capaz de matar con la mirada. Recuerda lo que hizo con el gigante que mandó el jefe Liebre Correlona. Una mirada y cayó muerto. Este hombre no pudo herirnos con su cuchillo, menos con un embrujo.

–Entonces –Zorro Viejo sintió más confianza con la actitud de sus guerreros–, nuestro brujo puede limpiar el sol. Cuando lo haga achicharraremos a este infeliz. ¡Que traigan al brujo Masawa!

La tribu se reunió en la explanada de los mitotes. Los tambores y pitos sonaron, acompañando la danza de las mujeres. Todos se instalaron alrededor de la fogata. El brujo capturado permaneció en el centro, amarrado a un árbol seco. Sus ojos eran el espejo del miedo. Negros como las oscuras cavernas mortuorias.

La noche se hizo presente y el jefe Zorro Viejo estaba desesperado.

–¡Oso Comiendo! ¡Dónde está nuestro brujo!

Oso Comiendo llegó con su grupo de muchachos, haciendo sonar lanzas y flechas. Estaban pintados de rojo. Hicieron gran alharaca y desplantes de furia. El guerrero se acercó y sonrió, mostrando sus dientes chuecos y oscuros.

–Masawa estaba en el río. Cuando se enteró que debía luchar contra los poderes mágicos del brujo fue a purificarse en el agua. Eso dijo él. Fue dificil encontrarlo. Pero aquí está ya.

El tumulto de gente se abrió y de un hueco en la oscuridad surgió violentamente una figura humana cubierta de pieles. En dos saltos regresó por donde había aparecido. Luego regresó. Fue arrojado con tanta fuerza por los compañeros de Garza Parada que rodó por el piso.

Levantó el rostro. La pintura blanca cubría el área de los ojos a manera de máscara. La pintura roja estaba esparcida por la boca como si fuera sangre. Los pelos largos no se veían, estaban cubiertos por un gorro de piel de bisonte. Una bolsa de cuero colgaba de su hombro. Masawa pegó un alarido. Sus cuatro dientes hirieron el aire. Dio varias tarascadas, imitando la actitud de un lobo. Hurgó entre sus cosas y sacó una pasta. Se la embarró sobre las rodillas, mientras recitaba un conjuro en el idioma de los brujos; idioma que nadie de la tribu entendía.

–Qué bueno que traje peyote. Estos raspones me arden como si tuvieran el espíritu del demonio Cachiripa. Debí escapar con mayor rapidez al monte. Espero que mi contrincante sufra un paro del corazón, como le ocurrió oportunamente al gigante que mandó Liebre Correlona para matarme.

El jefe se levantó con el ceño arqueado.

–¡Masawa! Qué haces.

–Me protejo contra los hechizos de este hombre.

–Ah, ya sabes que no me gusta que hables así. No te entiendo.

–Es necesario el idioma mágico –y luego pensó–. Tonto. Si supiera que el idioma de los brujos no es otra cosa más que las palabras dichas al revés, me mandaba flechar.

Zorro Viejo caminó hasta el prisionero y le advirtió a gritos:

–¡Si el cielo sigue oscuro, el brujo Masawa te va a mandar a todos los infiernos antes de matarte! –El jefe recibió por contestación unos balbuceos incomprensibles y extraños–. ¡Masawa, no le entiendo! ¡Qué dijo!

Masawa le aventó una piedra al prisionero. El guijarro pegó en el abdomen. Luego lo incitó a hablar gritándole en el oído.

La respuesta fue enigmática también para él, pero no quiso que Zorro Viejo se diera cuenta de eso.

–Ha dicho que su magia es muy grande, que nadie puede romper ese hechizo.

–¡Pero tú sí puedes, verdad Masawa!

–Será sencillo. Mis poderes son superiores, pues me vienen de las estrellas.

–No hay estrellas.

Masawa inspeccionó el cielo y efectivamente, la nublazón había opacado los astros.

–Invocaré entonces a los poderes de la tierra, que también son mis aliados y poseo su fortaleza –se preparó abriéndose espacio entre la gente–. Ahora quiero silencio, porque los poderes pueden ser peligrosos para las bocas necias. El que hable durante el rito, puede ser convertido en un tlacuache.

El jefe dio un respingo. El brujo Masawa sacó un tecolote muerto de la bolsa y comenzó a desplumarlo. A una seña de él, los tambores tocaron un ritmo pausado. Masawa corrió alrededor de la fogata, arrojando las plumas del rapaz sobre el prisionero y la hoguera. Los guerreros y las mujeres se horrorizaron al verlo. Temían ser salpicados por un pedazo de hechizo. Creían en los extensos poderes de su brujo.

–Que los ventarrones se detengan –cantaba Masawa en su idioma secreto–, que no levanten más polvo negro, que se despeje el cielo. A ver si pronto pasa esta tormenta y me dejan en paz –corrió frente al jefe y allí pataleó y vociferó asustando al anciano–. ¡A ver si ya no eres tan necio, viejo y apestoso zorro inútil! –y luego corrió frente a los guerreros Garza Parada y Oso Comiendo–. ¡Par de mujeres, son unos imbéciles, deberían proveer al campamento de carne y no estar jugando a la guerra con hombres solitarios! –luego se acercó al prisionero–. ¡Qué me miras, hombre tonto! Si eres brujo contesta a mis palabras y dime si en verdad es obra tuya el ventarrón o solamente es casualidad de los dioses… no contestas. Lo suponía, ¡sólo eres un pobre loco vagabundo!

La danza terminó con un terrible grito gutural, al que los guerreros respondieron al unísono con más alaridos. Zorro Viejo tomó la palabra.

–No veo que se despeje el cielo.

–¡Silencio! –gritó Masawa–. El hechizo aún está en el aire, puede entrar por tu boca –respingó fingiendo sorpresa–. ¡Oh, ya ha entrado! Me parece que te está saliendo cola de tlacuache…

–¡Ahhh!

Zorro Viejo pegó de brincos agarrándose las nalgas y boqueando como pez fuera del agua. El resto de los guerreros escapó, jurando ver, entre los delirios causados por el peyote, cómo le nacía una horrible cola.

Masawa se puso tras el jefe, arañó el piso y le arrojó tierra en la cara. Le alzó el taparrabo y escupió una flema en la entrepierna, diciendo sus palabras mágicas:

–¡No sabe cuántas ganas tenía de hacer esto! –Luego tomó impulso y lo pateó en los testículos. Zorro Viejo tragó aire. Fue a dar de bruces sobre el arenal. Aprovechando que estaba en el piso, Masawa le arrojó más tierra y saltó sobe su rabadilla. Le dijo que ya había logrado meter la cola.

El viejo no se pudo levantar después de las patadas y los pisotones, pero quiso emitir una queja, por la ruda medicina que le aplicó su brujo.

–E…

–Sssssh. No hable, jefe, nadie hable. No sé si podré curarlos a todos del hechizo. Usted se salvó porque los dioses lo acompañan. Pero al resto de la tribu, no les prometo nada –caminó hacia su choza–. Ahora les recomiendo que nadie diga una palabra hasta mañana, cuando el hechizo del brujo extraño sea roto por mis encantamientos. Nadie hable hasta mañana. Porque si lo hacen, tendremos una plaga de tlacuaches en el campamento y eso ya no tiene cura.

El jefe y sus esposas corrieron a su covacha. Las mujeres y los hombres más desconfiados se fueron para el monte, lejos del terreno que consideraban embrujado.

Y lo que el brujo pensaba: “Con esto me dejarán dormir tranquilo toda la noche”.

Cuando hubo un poco de luz, la suficiente para ver que los aironazos seguían enturbiando la bóveda celeste, el jefe Zorro Viejo salió con miedo de abrir la boca. Pero recordó lo dicho por Masawa y dejó escapar terribles gritos de coraje.

La tribu se reunió en torno al brujo capturado, intrigando sobre sus poderes y su procedencia, pues había derrotado al brujo residente.

Los guerreros llegaron al lecho de Masawa, lo descobijaron de un jalón y lo sacaron de su choza a empellones.

–Zorro Viejo te quiere hablar.

–Dejen dormir, anoche trabajé mucho para salvarlo.

Zorro Viejo desesperaba en la explanada, babeando como oso en celo.

–¡Masawa! Tu magia no sirve, mira el cielo. Este brujo es más poderoso que tú. Está amarrado y su hechizo superó al tuyo.

Masawa meditó un rato. Vio al hombre desfallecido en el poste, deshidratado y con pocas esperanzas de vida. Lo examinó detenidamente. Se acercó y lo olió. Probó su fuerza levantándole los brazos; estaban flácidos.

–Sí, es muy fuerte –les dijo a todos–. Ha puesto un embrujo mayor en el campamento.

–¡Cómo! –Zorro Viejo se asustó y sus guerreros murmuraron con pavor.

–Ha envuelto a nuestro pueblo con un hechizo de infertilidad. Si no es roto, nunca más habrá sol.

–¡Hechizo de infertilidad! ¿Qué es eso?

–Dime, jefe. ¿Tienes hijos!

–No, ya sabes que todas mis mujeres son estériles, no pueden tener hijos.

–¿Cuántas esposas tienes?

–Seis.

Masawa vio el taparrabo que guardaba los pateados testículos de Zorro Viejo y se rio sin poderlo evitar.

–Eso es lo que impide que yo pueda deshacer la brujería de este magnífico hechicero. Primero debo acabar con la esterilidad de tus mujeres y verás como el sol nos vuelve a calentar –apuntó con la mano hacia el monte–. Instala una choza grande, junto al arroyo, pon en ella muchas de las mejores pieles, muchas de las mejores frutas y carnes y bastante agua –se frotó las manos–. Vas a llevar a tus esposas, una cada noche, cuando no estén en sus días impuros. Yo pondré inciensos medicinales, vapor de rocío y otros secretos en el interior. Con eso voy a sacarles los malos espíritus. Ellas deben pasar la noche en ese lugar –se acercó al prisionero–. Y a este brujo, ponlo en una choza, con guardias y denle de comer. Un brujo hambriento es más peligroso y puede hacerse indestructible.

–¿Eso es verdad? –preguntó Zorro Viejo viendo al enclenque amarrado.

–Mira el sol. ¿No estaba ayer menos oscuro?

–¡Tienes razón!

Mientras los guerreros disponían los pertrechos que ordenó, el brujo Masawa hizo una visita a su colega prisionero. La casa-prisión estaba oscura y maloliente, por las necesidades fisiológicas de los desaseados habitantes anteriores. El brujo extranjero estaba de pie, en el fondo oscuro. Poca luz se filtraba por las rendijas de las paredes de carrizo. Masawa le hizo la seña de sentarse. El hombre realizó otras señas imprecisas en el aire y en su cuerpo.

–¿Realmente eres brujo? –Masawa no obtuvo respuesta, en cambio el hombre hizo más señas y recitó algo incomprensible. Masawa dio un paso atrás–. ¿Entiendes el idioma secreto de los brujos? –silencio–. Puedo convertirte en zorrillo; no intentes algún truco –el extraño llevó su mano bajo el taparrabo y sacó una bolsita de piel y extrajo unos polvos. Extendió su mano y sopló en el momento en que Masawa se acercó para ver aquello. Los granos entraron en sus ojos y sintió que se quemaban por dentro.

Seis cazadores, que destazaban un venado, vieron como el brujo Masawa salió de la choza revolcándose como conejo herido y pegando horrorosos gritos.

–¡Aaah! ¡No veo, me ha dejado ciego! ¡Aaah!

Oso Comiendo persiguió al brujo. Masawa pegó carrera rumbo al arroyo. Garza Parada se unió a la persecución, esperando ver la muerte del gritón.

Masawa se revolcó en el agua profiriendo maldiciones e injurias. Se frotó los ojos durante mucho rato, hasta que pudo enfocar. Vio a la mitad de la tribu observándolo, con miedo.

–¿No has muerto? –preguntó Garza Parada.

–¿Estás ciego? –dijo Oso Comiendo.

El jefe Zorro Viejo llegó apurado al arroyo, seguido por sus seis mujeres y un grupo de curiosos.

–¡Brujo Masawa, me han dicho que el otro brujo te ha lanzado un hechizo mortal! ¿Estás muriendo? ¿Te saldrá cola de tlacuache? ¿Enloquecerás? ¿Vas a vomitar sapos?

–¡No! –al sentirse aliviado Masawa recuperó su confianza–. ¡Ustedes nada saben de la magia! El maldito brujo me lanzó un hechizo poderosísimo. Pero todo esto que hice, fue parte de un ritual para evitar que me matara.

–Eso quiere decir que es más poderoso que tú.

Masawa los salpicó al levantarse violentamente.

–¡No hay brujo más grande que Masawa! Este es un hechizo de aprendiz y ya lo anulé. Como ven, estoy sano. En cambio yo le he lanzado un hechizo peor a ese hombre.

–Cuál –exclamó toda la gente.

–Es terrible –dijo Masawa con una inflexión feroz en su tono de voz–. ¡Le he quitado el don del habla! –la multitud gimió–. No podrá pronunciar palabras coherentes y menos grandes hechizos. La oscuridad del cielo ha sido su último trabajo.

Zorro Viejo arqueó la boca y ordenó:

–Grulla Parada, Oso viejo, vayan e intenten hablar con el prisionero.

Los guerreros obedecieron al instante. Masawa salió del agua y fue a secar sus ropas. No necesitaba esperar a que volvieran esos dos con la nueva. Sabía la respuesta.

Por la noche, la casa para la cura de las esposas de Zorro Viejo estaba terminada. Masawa hizo fuego y encendió una pajilla. A manera de incienso la paseó por toda la choza, rezando conjuros contra los malos espíritus. El jefe estaba complacido. Luego de verificar la proeza de enmudecer al brujo, disfrutaba de los preparativos para fertilizar a sus mujeres.

Masawa pidió que entrara la primera mujer, a la que recostó en el centro, sobre muchas pieles. Hizo algunos pases mágicos sobre ella. La roció con agua. Recitó unas palabras. Terminado este ritual, Zorro Viejo pensó que ya era la hora de hacer lo suyo y se quitó el taparrabo listo para tomar a la mujer.

–¡No! –advirtió Masawa–. Ella está en un trance importante. Hay que rodearla de magia toda la noche. Mañana podrás tomarla y verás como queda preñada –levantó la voz–. Por lo pronto todos deben salir de aquí, menos yo. Debo luchar contra los demonios de la infertilidad. Será una batalla espantosa y tal vez ustedes no puedan sobrevivir –Zorro Viejo palideció y corrió al exterior–. ¡Salgan, salgan! Y si escuchan gritos y ruidos extraños, no entren, por su propio bien permanezcan a veinte pasos de esta choza. Si cruzan la entrada, caerán muertos –dijo con ademanes grotescos.

El jefe y sus guerreros tomaron asiento, sobre muchos troncos dispuestos a la distancia indicada. Rodearon la choza. Pasó mucho tiempo. Escucharon cantar al brujo y temblaban de miedo. De pronto, cerca de la media noche, un bufido salió del claustro. Luego una serie de jadeos lacerantes y un espasmódico grito de mujer. Oso Comiendo se acercó lanza en mano, demostrando su valor, pero fue sometido por una orden del jefe y volvió a sentarse. Los jadeos subieron y bajaron de intensidad a lo largo de una hora. Finalmente todo quedó en silencio y así les amaneció.

El brujo Masawa salió muy contento de la choza. Se dirigió al jefe, quien se levantó con interrogante expresión.

–Logré quitar el hechizo –anunció con los ojos vidriosos–. Hoy por la noche, curaré a tu segunda esposa.

Después de seis días, todas las mujeres de Zorro Viejo fueron limpiadas de las malas influencias del brujo prisionero. Masawa andaba por todo el campamento regocijado y pavoneándose como un ser todopoderoso. Pero el cielo seguía oscurecido por esas polvaredas, lo que alertó mucho a los pobladores. Las mujeres hablaron entre ellas y amedrentaron a los guerreros para matar al hombre de la choza. Una turba se arremolinó en ese lugar. Oso Comiendo sacó al prisionero y lo llevó al árbol de los mitotes. En ese momento apareció Zorro Viejo, seguido por Masawa.

–Alto, guerreros. El brujo Masawa me ha advertido que el prisionero aún es peligroso y que, si es muerto, el sol seguirá oscurecido.

–Pero el ritual de la purificación de tus esposas ya terminó –argumentó Garza Parada– y nosotros sentimos que el poder de este hombre sigue vigente.

Masawa pataleó el piso y comenzó a brincar como poseído. Hizo terribles gestos y escupió en los rostros de los guerreros.

–Lo han tocado… ¿Quiénes lo tocaron?

Oso Comiendo y Garza Parada se miraron asustados.

–¿Por qué? –preguntó con susto el segundo.

–Han sido maldecidos –los guerreros temblaron–. Las mujeres los convencieron. Actuaron como mujeres. Se convertirán en mujeres.

–¡No, gran brujo, cúranos, cúranos! –exclamó Oso Comiendo–. Somos guerreros, no mujeres.

Los dos hombres se hincaron haciendo grotescos aspavientos. El brujo Masawa los observó con desprecio. Se paró derecho y entrelazó los brazos.

–Ya veo cómo crecen sus pechos.

Oso Comiendo gritó y se llevó las manos a las tetillas. Garza Parada se cubrió esa zona con los brazos y fue a refugiarse tras unos matorrales, chillando como alimaña del desierto.

–Haz algo, Masawa –ordenó Zorro Viejo.

Masawa se acercó al prisionero, hurgó entre su taparrabo, el hombre se resistió, pero pronto se hizo de la bolsita de los polvos ardientes. Tomó un puñado y los arrojó a los ojos de los dos guerreros. Oso Comiendo pegó un bramido y Garza Parada aulló cómo coyote. Ambos escaparon rumbo al arroyo.

–Con eso están curados. Y que les sirva de lección por dudar de mis poderes. Ahora voy a destruir toda la magia de este hombre –sacudió la bolsita frente al prisionero–. ¡Miren, miren!

Arrojó la bolsa al piso y casualmente cayó sobre una roca. Hizo varios pases mágicos y recitó en su idioma secreto:

–Espero que con esto me respeten más. Este hombre tiene poca magia con sus polvos picantes. Lapidaré el polvo hasta que la bolsa quede destruida. Luego les diré que maté al demonio que el brujo guardaba dentro. Y si la suerte me acompaña, el cielo se despejará por la mañana. Pero si no sucede, tal vez pueda hacer algo para volver a purificar a las esposas de Zorro Viejo y además patearle las bolas nuevamente. Por lo pronto ya me desquité de esos dos engreídos.

Con algo de esfuerzo tomó una piedra enorme y la levantó sobre su cabeza, dio un grito y la arrojó sobre la bolsita.

La explosión despedazó ambas rocas. Masawa fue arrojado al piso, igual que Zorro Viejo y otros hombres. Las mujeres y otros cazadores huyeron en estampida.

El jefe corrió hasta donde Masawa estaba tendido con los ojos desorbitados por el terror.

En ese momento un rayo de sol los bañó de calor…

–¡Destruiste ese gran poder!

–Lo hice –y luego dijo en el idioma brujo–. Este hombre debe ser un maestro de los brujos. –se levantó cojeando y encaró al extraño–. Lo mejor es que regreses a tu tribu y no vuelvas a hacernos daño.

Masawa desató al hombre y lo empujó hacia la vereda que sale del campamento. Antes de partir, el extraño dijo algo en el idioma que nunca entenderían los chichimecas:

–Jesús misericordioso, gracias por salvarme de estos salvajes. Y también le debo a la suerte por no haber gastado la pólvora que me sobró. Doy gracias a Dios por mi libertad.

Dicho esto, el hombre emprendió su camino de regreso a la villa.

–¡Por qué lo has dejado ir! –reprochó el jefe–. Volverá para vengarse.

–Ya no tiene poderes.

–¿Te lo dijo?

–No, pero dijo que hablaría a los otros brujos de mí. Dirá que nunca nos ataquen, porque entre nosotros hay un brujo tan fuerte como los dioses.

–Brujo Masawa, eres grande.

–¡Lo sé! No deben recordármelo –y habló con fingida seriedad–. Ahora cuidaremos que no te resurja la cola de tlacuache, esas maldiciones son muy necias. Hoy por la noche te haré otra curación y volveré a purificar a tus esposas durante una luna. Por si las dudas. Tus guerreros son tontos y pueden traer otro brujo para demostrar su valor.

–Lo que tú digas, gran brujo Masawa.