viernes, 31 de enero de 2025

El Hombre del Despertador

César Garizurieta

 

Caía la tarde y se envolvía en una tristeza color pizarra. Un pájaro rojo se perdió al clavarse en una nube blanca. Todas estas cosas las miraba a través de un cristal que estaba colocado en la parte superior de una ventana del salón de clases.

El salón donde recibía mis lecciones era amplio: en la parte superior había un cielo raso sucio y lleno de manchas que semejaban mapas de países que sólo existen en la imaginación.

Los niños escuchaban al maestro con indiferencia, no obstante que éste procuraba interesarlos poniendo calor y entusiasmo en sus palabras. Con seguridad los colegiales tenían en sus cabezas otros pensamientos; su imaginación infantil había volado al distante hogar, donde aguardaban el café y el pan…

Los niños teníamos un gran respeto por el profesor, ya que era el tipo de educador de pueblo, de esos que consagran su vida a la enseñanza. Se trataba de un hombre enérgico y de gran carácter. Nunca olvidaba asistir a su trabajo cotidiano. Su ancianidad imponía respeto; desde el primer día de clases lo conocí vestido de negro. Tenía una cara de angustia debido a las miserias que había sufrido en su tranquila vida; el hambre se adivinaba en su rostro. Esa tarde resaltaba más su tristeza porque también la tarde era así.

Como la época en que sucedieron estos acontecimientos fue durante la Revolución, el Gobierno, bajo penas muy severas había ordenado que todo el mundo comiera únicamente lo indispensable; sin embargo, nosotros burlábamos sus disposiciones hurtando las frutas de los huertos.

El profesor se levantó violentamente de su asiento –imponía como un fantasma en una casa solariega–, nos miró fijamente a los ojos, jugándose una de las manos como si fuera un abanico y con voz hueca y profunda, que parecía salir de un pozo, habló así:

–La vida, a pesar de todo, es placentera y bella. El hombre la atraviesa como si nadara contra olas embravecidas por el aire. Nace, crece, se reproduce y muere para volver a nacer, cuando se trata de un espíritu selecto, en un astro o mejor una rosa de esas que perfuman el paso de los caminantes. La vida y la muerte son la misma cosa: una circunferencia sin principio ni fin.

Se quedó mirando fijamente el pizarrón, el mismo que hacía un momento había borrado con un lienzo húmedo; estaba negro. Una que otra mancha aparecía en la superficie. El maestro tomó el gis con la mano y lo detuvo entre sus dedos amarillentos por la nicotina. Por fin, como si el gis fuera un agudo puñal, lo clavó en el centro del pizarrón; se escuchó un rechinido parecido al que se hace con los dientes, e instantáneamente, sobre el fondo oscuro, apareció un punto blanco. Después tomó un compás de madera y lo abrió formando un ángulo. Una de las puntas del instrumento la apoyó en el punto marcado con el yeso y la otra en la parte contraria; el compás parecía un ser extraño que abriera las piernas cual una bailarina que ensayara un baile parada en la puntita de los pies. Hizo girar la parte superior del compás y vimos cómo se proyectaba sobre la negra superficie una línea curva y blanca que llegó a unirse en sus extremos hasta que se formó una rueda; me recordó, por asociación de ideas, mi aro de metal con que jugaba en el jardín. Con gusto le hubiera dado un garrotazo al dibujo haciéndolo rodar y tras de él salir corriendo por la ancha calle.

Yo veía fijamente el pizarrón que me guiñaba su único e inmenso ojo. El punto blanco era como un guijarro arrojado con violencia a las aguas de un pantano, y la circunferencia, las ondas del agua que se agrandaban formando pequeñas olitas.

El profesor fijó la mirada sobre el encerado que parecía como una ventana por donde se asomara la noche que hubiera perdido sus estrellas. Después, señalando el dibujo, continuó:

–Exactamente así es la vida: continuidad y eternidad infinitas, rodeada de un negro sufrimiento, agrio y desesperante; pero hay algo que brilla y gira como rueda de fuego pirotécnico en las ferias de los pueblos y hace escurrir un polvo de oro o de nube; en el dibujo es polvo y en los hombres es la risa cantarina que brota de los corazones alegres. Lo blanco de la circunferencia en el hombre, gira y al girar se convierte en música, música de trompo como el que Uds. juegan y trompos también son los astros que bailan en la inmensidad azul del tiempo y del espacio para convertirse en escala musical, en la dulce armonía de las esferas pitagóricas; pues bien, ese soplo que acaricia como esa nota solitaria que queda flotando en el espacio para herir nuestra sensibilidad, es lo que constituye el espíritu. Éste es el padre del pensamiento, en Uds. es apenas verde retoño, pero más tarde será grande y vigoroso como árbol tropical.

El anciano levantó sus cejas y se tocó el bigote blanco. Sobre uno de sus ojos divisé una lágrima que el viejo, disimuladamente, secó con el dorso de la mano.

Debido al frío de la tarde, en el vidrio de la ventana se habían formado pequeños puntitos de agua. Las gotitas se agruparon en tropel y formaron en el centro del cristal una gran gota que resbaló pausadamente por la superficie y lo rayó con una lágrima en forma de diamante. Pobre ventana, pensaba, que no tiene una mano amiga que le enjugue esa lágrima traída por el frío del invierno.

No comprendo, todo lo veía triste. No había entendido las palabras del viejo, pero las lágrimas me entristecieron. A los chicos se les nublaron los ojos y dejaron caer sus manos como si ellas no tuvieran vida. Es extraño, pero la tristeza tiene algo parecido al frío. En ese momento todos tuvimos un temblor de manos. Los niños que no usaban zapatos, juntaban sus pies para calentárselos; frotaban uno contra otro y hacían caer el polvo, ya seco, que habían recogido en la calle.

Al sonar la campana que nos despedía del salón, se escuchó el ruido de los pies y una risa de cristal que salió de la boca de los niños. La carcajada fue como un proyectil que hubiera roto el silencio cual una piedra arrojada al cristal de la casa del vecino.

El profesor salió con paso lento, sin arrastrar los pies, de puntitas como si guardara silencio para no perturbar nuestra alegría.

Yo fui el último en abandonar el aula. Antes había recogido mi cuaderno y la pizarra, que llené de saliva y froté sobre la superficie borrando el círculo que había pintado con la ayuda de un centavo de cobre.

El mozo penetró en el salón de clases y con un trapo mojado en agua, borró la circunferencia que aparecía en el pizarrón y quedó negro como si se tratara de un abismo profundo. Los residuos del gis, al caer formaban una polvareda de esas que se levantan cuando va a llegar la lluvia.

Al salir a la calle me saltó a la cara la alegría de los niños. Todos corrían en tropel y al alcanzarse se daban un ligero golpe en la espalda.

En la cara también sentía el aire frío de la tarde. Por la calle se veía la neblina; parecía un humo tenue, como el vaho que despedimos en las mañanas de invierno. Me figuré que la tarde se había puesto a bostezar de cansancio y aburrimiento.

No hubo sol, a la mejor andaba jugando al escondite y se metió detrás de una nube negra, esas nubes enlutadas que manos invisibles exprimen como un trapo mojado, dejando caer la lluvia para fertilizar el campo o interrumpir un idilio.

En aquel pueblo el invierno era muy crudo y la neblina tan espesa que la podíamos servir en un barquillo y chuparla como helado. Los árboles habían perdido sus hojas y se encontraban parados junto a las banquetas, como los enamorados; estaban flacos y lampiños tiritando de frío. A distancia observé las grandes montañas que aparecían llenas de nieve. Una de ellas era delgada y esbelta; estaba cubierta de manchas blancas y negras: era una borreguita pinta perdida en la serranía.

Hacía muy pocos meses que habíamos llegado a vivir en aquel pueblo. Mi familia y yo nos fuimos a refugiar allí porque en mi pueblo natal corríamos riesgo, y tal vez, nos hubieran dado muerte. “Me fusilarían”, había dicho mi padre, con el miedo reflejado en sus ojos. Los niños de mi edad a menudo jugábamos al fusilado y yo no comprendía el temor de mi papá; era tan valiente que en las noches se atrevía a pasar por el patio sin encender un cerillo.

Los niños del pueblo no me querían y me hacían desprecios, por mal nombre me apodaban El Paludismo. Yo siempre procuré hacerme simpático; pero fue inútil.

Como no era admitido en los juegos infantiles, me conformaba con ver jugar a los muchachos. En la tarde en que se sucedieron estos acontecimientos, fui feliz porque se me permitió ir a recoger un trompo que no bailó bien, saltó por encima de mi cabeza y se fue a estrellar contra la puerta de una casa señorial. Alguien salió de la residencia creyendo que habían llamado a la puerta.

Un niño de la misma escuela que ya cursaba el último año de estudios, ideó un nuevo juego que gustó mucho, porque había una especie premio consistente en una moneda de plata.

El muchacho tomó la cuerda con que se baila el trompo e hizo que otro niño agarrara una de las puntas y la fijara en la tierra ayudado de su mano; en el otro extremo de la cuerda puso la punta de acero del trompo y empezó a girar su cuerpo hacia atrás rayando el suelo. Muy pronto quedó allí una gran circunferencia, igual a la que había dibujado el profesor no hacía mucho rato. En el centro de la gran rueda brillaba una moneda de plata que despertaba la codicia de los niños. Todos los que tenían trompo, entraron al juego, era sencillo: bailar el juguete sobre el círculo tratando de sacar la moneda. El trompo que se quedaba adentro pasaba a pertenecer al muchacho que había hecho el dibujo.

La mayoría de los niños fueron admitidos como jugadores. Se escuchaba el zumbido del trompo y el latigazo vibrante de la cuerda.

Los trompos saltaban uno detrás de otro para no hacerse daño; uno de ellos logró tocar la moneda, pero ésta permaneció en su lugar. Todos reían y se alegraban cuando creían que alguno de los juguetes se quedaba adentro del círculo.

Los resultados del juego no se hicieron esperar mucho, pues el niño que había puesto la moneda ganó un hermoso trompo. Este fue perdiendo su fuerza, languidecía, sus colores se pusieron vivos y claros, poco a poco sus vueltas eran menos intensas y repentinamente, como si se hubiera desmayado, cayó sobre la tierra. Una mano ávida sacó el juguete de su prisión.

En los momentos más animados del juego, una voz gritó con fuerza: “los soldados”.

Como si todos los niños se hubieran puesto de acuerdo, inmediatamente recogieron sus trompos.

Efectivamente, en mitad de la calle aparecieron como unos diez soldados que eran mandados por un oficial, alto, fornido y de grandes e imponentes bigotes.

En medio de ellos aparecía un hombre que no era soldado: vestía con humildad, en la forma miserable que lo acostumbra el campesino; camisa y calzón de manta. Llevaba en su mano derecha un reloj despertador, esos terribles instrumentos que tantas molestias causan al despertarnos para asistir al colegio. En la cara del hombre aparecía retratado el miedo. Los soldados llevaban sobre sus hombros las carabinas que tenían en la punta una bayoneta: esa especie de cuchillo de cocina.

Yo era un niño curioso y tenía deseos de saber hacia dónde iban los soldados, por lo que me uní, no sin ciertos temores, a la comitiva compuesta de mucha gente: mujeres y hombres, afines por una curiosidad infantil.

Muchas veces tenía necesidad de correr para alcanzar a los soldados, pues me dejaban muy atrás. Un hombre con cara de gendarme me miró con enojo. Por temor aflojé el paso, quedándome solamente a unos metros de distancia. Me junté con otras personas que por estar un poco más retiradas de los soldados se atrevían a opinar sobre los sucesos.

Un señor que comía cacahuates, dijo:

–Se robó el reloj en la casa de un rico.

Otro hombre afirmó:

–¿Acaso no se ha hecho la revolución para acabar con los ricos y que coman los pobres?

Un señor vestido de blanco y que llevaba puesto un viejo sombrero de paja, explicó todo lo que los demás no sabían. A su alrededor se colocó un grupo de personas para escuchar su conversación. Recuerdo muy bien lo que contó:

–Únicamente la energía de mi general García puede salvar la causa. Hay que matar a todos los que cometan delitos en contra de la propiedad, para evitar que estos crímenes de los desharrapados perjudiquen a los hombres de bien que ganan su vida por medio de un honesto trabajo.

Después supe la terrible historia de este pobre hombre, que pagaba con su vida un robo que serviría para saciar el hambre de su mujer y de sus hijos.

Cuando empezó la revolución, muchos labriegos tuvieron que abandonar sus lugares de trabajo y se refugiaron en las ciudades para evitar la venganza de los rebeldes. Uno de estos fugitivos era el que llevaban a fusilar. Se encontró sin trabajo, sin dinero y apurado por el hambre de los suyos cometió un robo y fue denunciado por el ofendido. Penetró a la casa de una persona acomodada y vio sobre una mesa de la sala un reloj despertador; al hombre le llamó la atención por su color plateado; penetró de puntitas para no despertar sospechas. Rápidamente agarró el reloj, con tan mala suerte que tocó una palanquita, la que hizo sonar la campana. Los dueños de la casa, alarmados por el escándalo del reloj, se presentaron pronto y lo sorprendieron, como dicen vulgarmente, “con las manos en la masa”. Inmediatamente los dueños de la cosa robada pusieron al incauto ladrón en poder de las autoridades militares.

El hombre confesó su delito, diciendo que había robado impulsado por el hambre. Su mujer y varios niños lloraron e hincándose frente al general, imploraron el perdón para el Hombre del Despertador, como dieron en llamarle. No valieron ruegos y sumariamente se ordenó que fuera pasado por las armas en cumplimiento del bando solemne que aparecía fijado en todas las esquinas del pueblo.

Seguimos con interés a los soldados que marchaban con paso firme y lo llevaban al compás de un tambor imaginario que yo traía metido en la cabeza. Hubo un momento en que apretaron demasiado el paso, tanto que ya no los podía seguir, no obstante que yo corría mucho, haciendo sonar las suelas de mis zapatos sobre las negras baldosas de la calle.

Casi ya no podía caminar, estaba muy cansado; las calles en donde me encontraba eran nuevas para mí. El agotamiento desapareció por el susto que llevé al contemplar muy de cerca el cementerio del lugar; por primera vez lo veía; sin embargo, supe que era un camposanto al mirar las cruces blancas que como fantasmas me llamaban con los brazos abiertos. Tenía mucho miedo, pero mi curiosidad lo dominó; era preferible ver lo que sucedía para después poderlo contar en el colegio.

Por fin llegamos al cementerio, y respiré a mis anchas al darme cuenta de que el pelotón de soldados se paraba, como si tuviera miedo, quedándose fuera del temido lugar.

En la barda de cal y canto que circundaba al cementerio, se colocó al hombre recargado contra la pared para que no fuera a caerse. Un soldado, al tirarle de la manga de la camisa, se la manchó de polvo.

El hombre, sin soltar el despertador, se quitó la tierra que el soldado le había dejado.

El oficial dijo al campesino unas palabras; cuando el primero se retiró, el segundo dejó caer el reloj que sonó la campana. El oficial, muy indignado por el miedo que no pudo dominar la víctima, le amarró el despertador en la mano izquierda. Todos los curiosos fijaron la mirada en él, tenía sus dos manecillas en la parte baja señalando el número seis. Seguramente esperaban que escandalizara con su campana y despertara a los muertos de su eterno sueño.

El hombre permanecía de pie y resignado, recargado contra la pared, esperando a la muerte como quien espera a la primera enamorada: hacía esfuerzos para no parecer miedoso. Su última vanidad era aparentar un valor que no sentía, ya que su temblor hacía sonar la campana del reloj, levemente, como ese pequeño timbre de las máquinas de escribir. Era tal el silencio, que se llegó a escuchar el tic-tac del despertador, muy quedito; parecía el canto de algún grillo escondido debajo de una piedra.

Los soldados, que vestían uniformes viejos y mugrosos y llevaban sombreros de petate, al mismo tiempo descansaron sus armas, con un golpe fuerte. Me llamaron la atención porque tenían la misma cara de indio que el hombre colocado frente a ellos. Eran como los hermanos que en sus juegos infantiles fusilaban al hermano menor.

El Hombre del Despertador tenía la cara amarilla, del mismo color de un cirio que una mujer piadosa se preparaba a encender allí, por el eterno descanso del alma que de un momento a otro partiría en fugaz carrera por los espacios siderales. El infeliz había dominado el temblor de piernas y permanecía firme, con la mirada fija en un punto imaginario del espacio que se perdía más allá de los volcanes, hasta el mar que seguramente no sabía de estas cosas.

El oficial se acercó otra vez al hombre y le dijo algo que yo no alcancé a escuchar; después le vendó los ojos con un pañuelo blanco. Igual cosa nos hacían a los niños cuando pretendíamos romper la piñata. Hubo otro silencio y escuchamos el tic-tac del reloj, que parecía el rítmico latido de las pulsaciones que se encuentran cerca de la mano.

Junto a la víctima había un rosal. Cuando venía el viento, sus flores blancas se movían.

El silencio fue herido por la palabra varonil del oficial que lanzó al aire su voz de mando:

–¡Preparen armas!

En el acto se escuchó un ruido metálico, como si al mismo tiempo se abrieran varias cerraduras.

A los pocos momentos el oficial ordenó:

–¡Apunten!

Los curiosos, entre ellos yo, cerramos los ojos; algunos se taparon los oídos.

Cuando dio la orden de hacer fuego, se escuchó un trueno como si fuera un cohete que estallara junto a las orejas. Pude ver varios resplandores. El hombre se llevó las manos al pecho, después las dejó caer; al desplomarse sacudió el rosal destrozando algunas flores que dejaron caer pétalos blancos; varias de ellas se tiñeron de rojo salpicadas por la sangre.

Tuve mucho miedo, pero sin embargo me aproximé un poco más; el oficial avanzó hasta colocarse junto al moribundo y le puso la pistola en la sien. Se oyó otro sonido metálico y un nuevo estruendo. Brotó sangre y saltó el pañuelo cual una garza blanca, descubriendo la cara despedazada de la víctima. La sangre, al coagularse, tornose oscura.

Después todo lo vi negro: era la noche que llovía del cielo. Miré a lo alto, todo era tinieblas, había un círculo negro y profundo a mi alrededor.

En medio del cielo había una estrellita, muy pequeñita, como lunar disimulado, que me hizo pensar en la circunferencia dibujada por el profesor.

El hombre se quedaba allí en la tierra, él era la tierra misma, por la que tanto peleaban. Retenía el reloj y sin embargo el tiempo seguía su camino, existía, pero el hombre no. El tic-tac se oía suavemente, hacía las veces de un tambor lejano que marcara el paso de los soldados que se perdían en la noche.

 

La estatua de bronce

Juan Vicente Camacho

 

I

Era Alberto uno de esos hombres que vienen al mundo para ocupar un lugar distinguido en la sociedad; así le abundaban las cualidades morales como se aventajaba en prendas físicas. Era alto, bien formado, de miembros delgados y nerviosos. Tenía ojos de mirada penetrante y fuego irresistible, una boca que envidiaría una niña de quince años, y una fisonomía llena de fuego e inspiración. Largos cabellos negros ondeaban, naturalmente rizados, sobre un cuello que un estatuario pondría sobre los hombros de un Apolo, y en su apuesta y gentil presencia se descubría la finura aristocrática y el porte de un hombre del gran mundo.

En el momento en que le conocemos está sentado junto a una mesa cubierta por un tapiz de terciopelo oscuro, en esta mesa se ven con profusión objetos de artes y ciencias diseminados por todas partes; cartas geográficas, planos principiados, instrumentos de matemáticas, pinceles, paletas, trozos de mármol y aves disecadas. En toda la habitación se encuentran los mismos objetos, más o menos: caballetes de pintor, cuadros antiguos, arreos de caza, esqueletos humanos, cinceles y estatuas de estuco, madera y mármol, rotas las unas, principiadas las otras y ninguna concluida.

Pero lo más notable que se ve en el centro de aquel salón, colgado y entapizado con un gusto exquisito, es una estatua colosal de bronce de un trabajo perfecto y acabado. Representa a Venus, la voluptuosa protectora del amor en el momento de recibir una ofrenda. Su cuerpo, de formas redondas, mórbidas y tentadoras, está ligeramente inclinado; tiene un brazo extendido con gracia como para aceptar lo que le ofrecen y con el otro se cubre ruborosa el seno. Respira aquella obra maestra un perfume de amor indefinible; y en sus ojos sin pupilas, en su boca entreabierta, en sus formas de una belleza ideal, hay ese encanto irresistible que tanto conmueve al artista.

Alberto se levantó de su asiento y con lento paso cruzando los brazos se puso a contemplar con un interés imposible de describir la hermosa Venus; sus labios se agitaban como si murmurara una oración, y de vez en cuando hondos suspiros salían de su pecho. Encantadora imagen, la decía:

Tú que un tiempo el amoroso culto
del universo entero recibías;
tú que la dicha al corazón volvías
de los que te imploraban en tu altar;
tú que en carro de nítidas neblinas
al vago aliento del Olimpo fuiste;
tú que vida del alma recibiste
en las revueltas ondas del mar:

Yo te adoro, ángel nacido
de las espumas del mar;
si otros te dan al olvido
yo animoso te he erigido
en mi corazón un altar.

 

Y arrodillado ante la estatua, derramaba lágrimas ardientes, y arrebatado por el impulso de su delirio posaba sus labios de fuego en los helados labios de la Venus de bronce. Hablaba con la inanimada diosa como si fuera su desposada; la hacía mil protestas de ternura y de amor eterno, y de tal modo estaba dominado de su febril emoción que sin reparar lo que hacía, puso un magnífico anillo en los dedos de la Venus, en prueba de su amor imperecedero.

 

II

Desconsolada la noble familia de Alberto de su estado lastimoso, buscaba en vano los médicos más hábiles para librarle de la fiebre tenaz que le devoraba. Todo era inútil. Alberto sólo pasaba algunas horas tranquilas cuando le permitían ir a su gabinete, pero desde el instante en que le alejaban de ahí, empezaba el delirio y la calentura. Su buen padre resolvió que hiciera algunos viajes, acompañado de un amigo de colegio, porque el honrado anciano temía que su hijo estuviera dominado por una pasión desgraciada, no pudiendo concebir que una Venus de bronce fuera capaz de volverle el juicio.

Partió en efecto Alberto en unión de su amigo, y seguramente la variedad de objetos, el placer del movimiento, las novedades que le sorprendían en otros países, efectuaron la curación de que habían desistido los más nombrados profesores. Con lágrimas de gozo recibió el anciano padre a Alberto, un año después de su partida, sano de sus pasadas manías.

Ya frisaba el joven los treinta años, y su padre sintiendo ya el fin de sus cansados días, le dijo una tarde que había ajustado su matrimonio con una rica y hermosa joven, y que no aguardaba más que su asentimiento para efectuar el enlace.

–Lo que haga usted está bien hecho –le contestó el hijo.

 

III

Pocos días después se oía en los salones del padre de Alberto el estruendo de la música, el rumor alegre del festín. Brillantes luminarias lanzaban sus reflejos usurpando las luces del día y una numerosa concurrencia se entregaba al placer del baile. Alberto se casaba esa noche y recibía de sus amigos felicitaciones y apretones de manos: era feliz.

Pronto concluyó el festín: que nada acaba más de prisa que el placer, y Alberto estaba departiendo con su esposa, solos, felices y olvidados del mundo. Ella había puesto un riquísimo anillo en los dedos de su esposo y este quiso darla en prenda de su amor una sortija que le era sagrada por haberla recibido de su madre. Entró con su esposa en el gabinete que ya conocemos, y ambos se acercaron a la magnífica Venus que aparecía como una figura siniestra en la media luz de la habitación. En su brazo extendido brillaba como un lucero el diamante de Alberto.

Fue este a arrancarle el anillo y quedó trémulo y sin color, y a no ser por su novia hubiera caído sin conocimiento. La Venus había apretado sus dedos fríos para no dejarle arrancar la prenda.

Un sudor helado corrió por la frente de la desposada, que trémula y vacilante se acercó a la estatua para quitarle el gaje de su esposo. La colosal figura extendió sus brazos y estrechando contra su seno a la desgraciada joven la ahogó. La pobre niña no lanzó ni un grito, dobló su frente, todavía coronada con sus azahares virginales y expiró tranquilamente.

Alberto dio un grito horroroso, sus ojos se fijaron de un modo horrible como si quisiera saltar de sus órbitas, y arrancándose los cabellos con desesperación cayó en el pavimento. Entonces llegó a su oído una voz espantosa que le dijo:

Yo te adoro, ángel nacido
de las espumas del mar;
si otros te dan al olvido,
yo amoroso te he erigido
en mi corazón un altar.

 

Se levantó frenético, arrojó la estatua del pedestal que rodó, poniendo en sus brazos un cuerpo helado: era el de su esposa. El infeliz cayó de rodillas en el pavimento, lanzando un grito que no se puede describir. Estaba loco.

 

Duncan

Javier García Sánchez

 

Un día le contaron la historia de Duncan, y desde entonces vivió obsesionado. En cierto modo cambió su vida, aunque con frecuencia hablaría de ella en términos de fantasía, y a veces incluso de broma. Era la historia de alguien, un tal Duncan, que se tiró desde la azotea de un edificio con la intención de suicidarse, pero nunca llegó al suelo.

Años antes, el padre de Carlos entró cierta tarde en casa. Venía del trabajo. Entonces vivían en Madrid. Aquella tarde el padre dijo a su esposa nada más llegar: “Duncan se ha suicidado”. Luego explicó los pormenores hasta donde él sabía. Al parecer, los hechos ocurrieron hacia media tarde. Duncan, como el padre de Carlos, trabajaba en una compañía norteamericana, unos grandes almacenes. Tenía un puesto importante, en concreto el de Gerente de Compras para España. Después de comer, Duncan llegó a los despachos situados en pleno Paseo de la Castellana. Fue hacia las tres y media, como todos los días, y al poco le dijo a su secretaria que pensaba acercarse hasta Coslada para supervisar personalmente la llegada de cierto pedido procedente de la central de Chicago. En las oficinas se cruzó con varios ejecutivos y técnicos de la empresa, a los que saludó cortésmente, entre ellos el padre de Carlos. Después tomó su auto y, unos veinte minutos más tarde, llegó a esa zona periférica de la ciudad, no muy alejada del Aeropuerto de Barajas.

En el almacén de Coslada estuvo durante hora y media aproximadamente. Se mostró cordial con los empleados que había por allí, y también bastante ajetreado yendo de un sitio a otro. Incluso ayudó a descargar un material pesado. Fue hacia las cinco y cuarto cuando entró en uno de los despachos. Habían llamado por teléfono preguntando por él. Después se supo que se trataba de un hombre con acento inglés que se limitó a decir: “¿Mr. Duncan, por favor?” Duncan estuvo en aquel despacho apenas un minuto. Dos empleados pudieron observarle, serio el semblante pero en apariencia no especialmente preocupado. No hablaba, más bien parecía atender a lo que su interlocutor le decía. Sin embargo, otro empleado creyó oírle comentar una frase en inglés. La estructura acristalada de aquellos despachos permitía oír lo que se decía dentro si no sonaba ninguna máquina cerca, algo que era bastante usual.

La secuencia de los hechos fue rápida, aunque a la vez se desarrolló con normalidad. Ocurrió en un par escasos de minutos. Duncan salió del despacho, dirigiéndose a continuación a un sector del almacén en el que había una puerta de acceso a los pisos superiores, también propiedad de la empresa. Subió por aquella escalera recorriendo un estrecho y oscuro pasillo hasta alcanzar una nueva puerta que sólo daba a la azotea. En total, la altura vendría a ser la equivalente a seis pisos. Justo cuando entraba por esa puerta se encontró con un empleado de mantenimiento que se hallaba en la última planta. El empleado, a pesar de sorprenderse al ver al señor Duncan allí, le saludó como si tal cosa. Duncan no correspondió a su saludo. Se limitó a sonreírle y entró por la puerta, cerrándola tras de sí con fuerza. El empleado, no sin cierto desconcierto, empezó a bajar las escaleras. Había descendido ya un piso cuando tuvo un presentimiento inquietante. Se dio media vuelta y, a paso ligero, llegó hasta la puerta por la que entrase Duncan. Seguía cerrada. Llegó a la azotea y, para espanto suyo, comprobó que Duncan no estaba. Imposible que hubiese bajado, pues se lo habría encontrado de frente al subir él. Tampoco había allí ninguna otra escalera, ningún pasillo por el que descender a los pisos inferiores. Ese era el único camino. Alarmado, miró una y otra vez por la azotea. Finalmente, y ya temiéndose lo peor, se asomó cuanto pudo al vacío. Duncan se había tirado, no cabía duda. Lo había hecho en unos pocos segundos. Pero desde arriba, y debido a la peculiar forma de la cornisa que rodeaba la azotea, no lograba verse la calle en una perspectiva vertical. Como es de suponer, el empleado bajó dando gritos y avisando a todos de lo que acababa de suceder. Faltaba poco para las seis y la noticia fue comunicada por teléfono a las oficinas centrales de Corporación en los momentos de alboroto y nervios que siguieron. En el almacén de Coslada se produjo la comprensible situación de caos y llamadas. Policía, ambulancia. Fue ése el instante en el que al padre de Carlos le comunicaron lo ocurrido. Supuso un jarro de agua fría para todos, principalmente para quienes estaban en relación más estrecha con Duncan. Quedaron anonadados. Duncan era un hombre delgado y canoso, parco de palabras pero de aspecto apacible y hasta risueño. Contaba cincuenta y tres años y tenía cuatro hijos.

Carlos y su madre oyeron impresionados el relato. En un par de ocasiones ella había coincidido con el matrimonio Duncan en sendos cócteles organizados por la empresa. Aquella noche Carlos tuvo pesadillas. Esas cosas siempre le habían afectado, pero lo que más le dio que pensar fue lo de la sonrisa de Duncan, su última sonrisa al empleado que se cruzó con él, su último contacto con la vida. A Duncan sólo lo había visto en una foto, y realmente aquél parecía un tipo entrañable, con una especial serenidad en el rostro. Una vez más se hizo la pregunta acerca de la parsimonia y el dominio de sí mismos que tienen ciertos suicidas, ese postrero y desesperado desafío a todas las reglas establecidas.

Al día siguiente, a eso de media mañana, se produjo el mazazo. Carlos no había ido a la Universidad, ya que debía preparar un trabajo en casa. Sonó el teléfono y lo cogió su madre. De pronto se quedó demudada, dejando escapar un significativo “¿qué?” al aparato. Luego colgó y dijo escuetamente: “Duncan no aparece por ningún lado”. Tan sólo eso. Carlos preguntó y ella repitió lo que el padre acababa de detallarle. Que, en efecto, el cadáver de Duncan no había aparecido, que le vieron entrar en la azotea y que no salió de allí. Que había ido una dotación de la Policía al almacén de Coslada, y también una ambulancia. Que buscaron por todas partes, en los cuatro lados del edificio, y Duncan no estaba. Sí su auto estacionado frente al almacén, a la vista de todos. Sí su chaqueta, apoyada en el respaldo de una silla, en un despacho. También estaba su documentación, sus llaves e incluso algo de dinero que llevaba encima. Aquello parecía magia.

El padre de Carlos volvió a llamar a su esposa después del mediodía informándole de nuevos pormenores. En la empresa la consternación había crecido hasta lo indecible. El empleado que viese entrar a Duncan en la azotea se hallaba ahora en las dependencias policiales. Había sufrido una pequeña crisis nerviosa. En cualquier caso, su testimonio era esencial. Duncan no apareció. Durante bastantes días sólo se habló de ese tema. Fue unos meses más tarde cuando Carlos se ofreció para acompañar a su padre al almacén de Coslada. Allí todavía parecía flotar el fantasma de Duncan. A diferencia de lo que acaeció en las oficinas de Corporación, donde la opinión general era que Duncan se había marchado a alguna parte y a saber por qué razón, en el almacén cundía un evidente malestar cuando se mencionaba el asunto. Aunque una gran parte del personal del almacén también había acabado por pensar que lo de Duncan debía tratarse de una fuga meticulosamente planificada.

Daba igual que en teoría, y por lo que había llegado a saberse de él, no tuviera ni un solo motivo aceptable para hacerlo. Ese era el recurso mental fácil, obvio. Pero aquella tarde Carlos, no sin antes vencer su timidez, se atrevió a abordar al empleado que se cruzase con Duncan en la puerta de la azotea. Al principio éste no se mostró en exceso dispuesto a explayarse. Durante los pasados meses incluso habían llegado a burlarse veladamente de él, juzgando su versión de inverosímil. Pero Carlos creyó leer en sus ojos que aquel hombre no mentía, que hasta donde él había contado era verdad. Aún se emocionaba al hablar. El misterio, lo inexplicable, fuese lo que fuese, ocurrió en la azotea.

Luego de haber atendido con suma atención las explicaciones del empleado, quien por fin se desahogó largo y tendido por encontrar a alguien que parecía dar crédito a su historia, Carlos decidió hacer algo que en realidad deseaba desde que se enteró de la ilógica desaparición de Duncan: subió a la azotea. Lo hizo rápidamente, procurando que nadie le viese. Estaba completamente decidido a hacerlo, y ni siquiera su padre hubiera podido impedirlo. Subió por aquellas oscuras escaleras con el corazón latiéndole de tal modo que, pensó, iba a salírsele del pecho. Cruzó sigilosamente la puerta metálica en la que Duncan fue visto por última vez. Los pasos finales hasta pisar la azotea los efectuó como un autómata. Una vez allí, con el aire pegando en su rostro, se acercó con cuidado a la cornisa. Incluso antes de mirar tuvo una sensación de inmenso vértigo. Una rara vibración se cebó en sus sienes. Sintió, aunque de hecho tardó aún bastante en comprender el verdadero alcance de esa percepción, que las cosas dejaban de tener color. Eran en blanco y negro, opacas. También le pareció que todo se hallaba encuadrado en una dimensión plana, no en relieve. Lo cierto es que estaba lo suficientemente impresionado como para que ese tipo de sensaciones no le parecieran algo preocupante o anómalo. Desde la cornisa no se veía el suelo de la calle. Un saliente de ladrillo lo impedía, por esa razón el empleado no alcanzó a ver el supuesto e inexistente cuerpo de Duncan. Para comprobarlo debería haberse arrastrado más allá de la barandilla, pisar la cornisa y asomar la cabeza por el extremo del saliente, operación que hubiera supuesto un indudable riesgo. Después observó con detenimiento a dónde iban a dar las tres fachadas laterales del edificio. La primera, a una estrecha callejuela en la que había dos contenedores de basura. Otra, a un patio anexo al almacén, de unos cien metros cuadrados o más, en el que solían aparcar los camiones o furgonetas de carga y descarga. La tercera daba directamente a un descampado en el que el terreno tenía una ligera inclinación. Allí sólo había arbustos, tierra, piedras y restos de unas gruesas tuberías metálicas. También rollos de goma industrial que parecía recién quemada. Pero quedaba aún una posibilidad, en la que Carlos no dejó de pensar en todo este tiempo: que Duncan hubiese saltado hasta otro tejado, huyendo luego a saber cómo y dónde, ya que su dinero y su auto seguían en el almacén. Esa posibilidad se desvaneció en el acto. El tejado más próximo estaría a unos diez o quince metros de distancia. En medio, el vacío. Una caída en picado hasta el pavimento o, de haberse tirado por la parte trasera, a ese escampado en pendiente. En cualquiera de los casos aquellas caídas debían resultar mortales.

Pero ¿y si por una casualidad, por uno de esos azares de los que se da uno por cada millón, Duncan no había caído ni al pavimento ni al campo, sino sobre algo que amortiguó su caída? ¿Quizá a uno de los contenedores de basura situado allí accidentalmente, o sobre algún camión que frenase la caída, consiguiendo que el impacto del cuerpo, al no haber nadie cerca en aquel preciso momento, pasase desapercibido? ¿O acaso fue a caer en ese descampado de arbustos, piedras y desechos industriales, y allí pasó algo que imposibilitó su hallazgo? No, eso era imposible. Carlos reconstruyó la conversación mantenida con el empleado que vio a Duncan por última vez, así como otros detalles que le relatasen varios empleados del almacén y su propio padre en las jornadas posteriores al suceso. La Policía había rastreado minuciosamente, y por espacio de horas, los alrededores del edificio. Asimismo se preguntó al personal de esas fábricas y almacenes contiguos, indagando, por ejemplo, si el cuerpo podía haber ido a parar justo encima de algún camión de gran tonelaje que aquellos momentos pudiera transitar por aquel sitio. Las investigaciones duraron semanas. Finalmente, aunque con multitud de puntos oscuros, fue la misma Policía la que se inclinó por la hipótesis de una huida voluntaria y meditada. No sería ni el primero ni el último caso de circunstancias similares en los que las familias de los desaparecidos son las más perplejas. Y como una de las características inherentes al género humano acostumbra a ser la negación sistemática de todo aquello que a simple vista no se puede comprender, cuando no negarse a concebirlo desde otros ámbitos que trasciendan la estricta lógica, fue en la propia empresa donde se empezaron a hacer referencias a Duncan con una oblicua sonrisa que no era de extrañeza o de reprobación, sino simplemente de sospecha. Llegó a ser así hasta tal punto que el padre de Carlos, años después y en tono de broma, le dijo a su mujer en cierta ocasión: “Un día de éstos haré como Duncan, buscarme un lío por ahí e irme a Brasil”.

Pero aquella tarde, en la azotea del almacén, Carlos entendió que una tras otra se esfumaban todas las posibilidades de dar con una tesis fidedigna o cuando menos aceptable para saber qué sucedió con Duncan. No obstante, antes de abandonar la azotea, aún hizo otra cosa. Aquel gesto marcó su vida en el futuro, una parte fundamental de su vida, la interior. Nadie lo supo nunca, nadie le vio. Avanzó hacia la cornisa cerrando los ojos cuando estuvo a un metro escaso del vacío. Imaginó estar en la mente de Duncan, intentó sentir a través de sus sentidos, ver a través de sus ojos. A un escalofrío sucedió una debilidad general. Y se vio a sí mismo cayendo lentamente, el mundo y las cosas al revés, pero sin pánico en la conciencia. No percibió impacto alguno en el suelo. La sensación se cortó en el acto. Al contrario, una remota y poderosa sensación de plenitud recorrió sus venas. Estaba empapado en sudor, con claros síntomas de mareo, y de nuevo su corazón se había acelerado. Cuando bajó, su padre hizo una alusión a la palidez que Carlos no lograba disimular.

El tiempo pasó y, como suele suceder con el transcurso de los años, Carlos se dio cuenta de que el instinto de supervivencia acabaría relativizándolo todo. Tal vez fuese cierto que Duncan, a saber cómo, se las ingenió para huir de la vida cotidiana que llevaba hasta entonces. Quizá era verdad que en esos mismos momentos Duncan vivía en algún lugar lejano, con otra identidad. A pesar de todo, Carlos siguió pensando, esforzándose en hallar otras explicaciones, si no lógicas sí al menos coherentes para tan extraño caso. Siempre tuvo la convicción de que la clave de todo estaba en aquella llamada telefónica que Duncan recibió en los instantes previos a que subiese a la azotea. Puestos a especular, ¿y si estaba metido en algún problema enorme, algo relacionado con los servicios de inteligencia, por ejemplo, y fue recogido por un helicóptero en la azotea? De todas, ésa sería la única versión posible, siempre que el empleado tuviese razón, sobre todo en lo concerniente al tiempo transcurrido desde que vio entrar a Duncan a la azotea hasta que volvió allí. En tal caso cabía pensar que alguien, tanto en el almacén como en la zona, debiera haberse apercibido de la presencia de un helicóptero, aparato que provoca un gran ruido.

Pero aún tenía dos certezas: una, que a la mujer de Duncan jamás le correspondió un seguro o pensión por viudedad, ya que su marido estaba oficialmente desaparecido. La otra, aunque eso Carlos ya lo sintió al acercarse a la cornisa del edificio con los ojos cerrados, y por lo inexplicable no podía siquiera comentarlo con nadie de modo serio, era que Duncan había estado en el vacío por algunos momentos. Pero su cuerpo jamás tocó el suelo. ¿Por qué? Eso nunca se sabría. Para aventurar alguna explicación o teoría al respecto habría que ser niño, genio o loco. Y él no era ninguna de las tres cosas.

Carlos llegó a ser profesor de Lengua y Literatura en un instituto de cierta provincia cántabra. También quiso hacer poesía, pero comprendió que sólo el día que llegase a imaginar qué le sucedió a Duncan, sólo ese día podría considerarse poeta. En el instituto, cada varios años, a los más capacitados e imaginativos de entre sus alumnos les proponía un juego a medias perverso y literario. Era una especie de redacción, de cuento fantástico. Él daba el punto de partida explicándoles la increíble historia de un hombre que se tiraba desde un tejado, pero cuyo cuerpo nunca llegaba al suelo. Cierto que obtuvo algunas versiones ingeniosas o delirantes hasta lo genial, pero ninguna le sirvió realmente. Tampoco podía volver a ser niño. Le quedaba, pues, la alternativa de enloquecer. Quizá allí, aguardándole, estuviera Duncan.

 

jueves, 30 de enero de 2025

El nacimiento de la col

Rubén Darío

 

En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.

–Eres bella.

–Lo soy –dijo la rosa.

–Bella y feliz –prosiguió el diablo–. Tienes el color, la gracia y el aroma.

Pero…

¿Pero?…

–No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Esos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…

La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer– deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.

Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

–Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza–, ¿queréis hacerme útil?

–Sea, hija mía –contestó el Señor sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col.