miércoles, 2 de octubre de 2024

El dominó

Ana Gómez Gordillo

 

Todas las tardes asisto al cafetín de la esquina, me reúno con amigos a jugar dominó; a las cinco, sin falta, aparece ella. Joven, alta, mujer deliciosa, de vigorosas piernas que me incitan al deseo conforme se aproxima. Repaso a detalle su estructura, las caderas portentosas se mueven con una cadencia que invita a poseerlas. Tiro una ficha y, mientras la recojo, disfruto de pies a cabeza su anatomía.

Sus pechos, que se distinguen a través de la suavidad de la blusa, provocan un escalofrío en mi espalda. Me estremezco, la deseo en mi cama para hacerle sentir mis caricias por todos los rincones de su cuerpo; sé que su vulva se humedecería con mis juegos. Su caminar acompasado me habla de la pasión que me entregaría, adivino que es insaciable.

Desde la primera vez que la vi despertó pasiones, algunas olvidadas y otras nuevas; por las noches, en mis sueños, la distingo parada frente a mí, desnudándose lentamente. Mi mirada transita por sus excitantes líneas. Me muestra sus pechos firmes, convidando las mieles que prometen los maduros pezones. Lleva sus manos a su clítoris, lo acaricia; húmedo me lo muestra hasta que salivo de deseo; mas de pronto, desaparece. Regreso a mi realidad, mi compañero de juego está molesto: vamos perdiendo.

 

martes, 1 de octubre de 2024

El hombre que no quería llorar

Stig Dagerman

 

Estaba citado a las doce. A la hora en punto empuñó el picaporte de la puerta. El pasillo estaba desierto y medio en penumbra, ya que sólo una de cada dos lámparas permanecía encendida a la hora del almuerzo. Fuera del despacho había una aspiradora abandonada, como un perro tendido en confiada espera. Aún se lo pensó unos segundos. Frases sueltas del pliego de descargo en ciernes circulaban como agua refrigerante por su calenturiento cerebro. Antes de abrir la puerta hundió las gafas en el bolsillo del pecho y se llevó la mano al nudo de la corbata. Un tufo acre a humo de puros y libros viejos brotó en el preciso instante en que abrió la puerta, como si ésta hubiera estado a la espera de que alguien la abriera. Era un olor que imponía respeto, y saturado de veneración y repugnancia entró lentamente en el despacho.

Dejó que la puerta se cerrara a su espalda sin hacer ruido, con el presentimiento de ir voluntario a meterse dentro de una ratonera. Reinaba un silencio sepulcral y, antes de proseguir, se dio tiempo a contemplar el despacho y a mantener las ideas en orden. El techo era muy alto, parecía infinitamente más alto que el del pasillo, donde la penumbra lo ocultaba. Una luz de color ceniza penetraba a través de un ventanuco alto y estrecho, enmarcado por un cortinaje gris. Su aversión fue en aumento. Clavó la mirada en los libros, esos monolitos funerarios con inscripciones en oro que se alineaban en filas apretadas e impasibles a lo largo de tres de las paredes. Junto a la pared del fondo descansaban tres enormes archiveros con grandes cajones negros con cerradura. En una película policiaca estadunidense que había visto la víspera, el policía había introducido a la novia del desaparecido en una lúgubre dependencia con idénticos archiveros. El policía abre un cajón. El testigo se inclina por encima del banco del vecino para ver lo que contiene. En vano. La novia mueve la cabeza. El policía encoge los hombros. Cajón equivocado. Sólo al quinto cajón la novia se echa a un lado y cede el paso al testigo. En el cajón hay un muerto. Rostro pálido y desgarrado. Heridas de bala en la frente. La novia asiente con gesto de anuencia. El policía encoge los hombros en gesto de pésame. Cambio de escena.

Cuando fue a abrirlo, uno de los cajones, escogido al azar, sonó de forma tan chirriante que se arrepintió en el acto de toda la operación. Se había acercado al archivero del modo más discreto posible. Los misteriosos cajones quizá ocultaban algo engorroso para la empresa, que él podría utilizar ante la penosa e inminente entrevista. Pero una rápida ojeada al cajón le convenció de lo inocuo de sus expectativas. Papeles, pura y simple contabilidad en impecables legajos. Cerró el cajón a toda prisa y volvió a su sitio junto a la puerta, tristemente consciente de haber deteriorado su posición, en la medida en que hubiera sido observado, en vez de haberla reforzado. Trató de rehabilitarse clavando la vista en la alfombra hasta que su monótono diseño estrellado empezó a rotar en sus fieles ojos. Al cabo de un instante, un afilado rayo de luz cayó silente sobre la alfombra. El hombre del escritorio había encendido su lámpara. Lo contempló mirando su cabeza calva, agachada en silencio sobre un periódico. Sólo por encima de cada una de las orejas asomaba una tupida mata de pelo, como un par de alas, de modo que la cabeza redonda y fulgurante le recordó fielmente el emblema de la artillería antiaérea: la bomba alada.

Una sonrisa recorrió el semblante de quien lo estaba esperando. ¿Era impropio albergar esos pensamientos? Pero por otra parte: ¿era justo que el jefe le robara los ya escasos minutos de pausa del almuerzo, ocupándose indiferente en la lectura del periódico en vez de echarle las recriminaciones directamente a la cara? Todavía sonriente echó una rápida ojeada a su reloj de pulsera. Había pasado ocho minutos en el despacho, ocho minutos de implacable silencio; y el hombre del escritorio seguía mudo. No ha pasado página una sola vez. Lógicamente no está leyendo. Utiliza el silencio como arma para intimidar a quien espera. El silencio es el arma más afilada de los superiores, produce taquicardia, provoca angustia y sonrojo, despierta la conciencia porque la conciencia no soporta el silencio.

Levantó la vista con una sonrisa porfiada que asfixió al instante, ya que el jefe lo observaba tras el periódico con una mirada fija, fría y desaprobatoria. Desconcertado, se llevó las manos a la espalda, como si lo avergonzaran, y empezó a caminar hacia el escritorio. El piso le pareció una cuesta empinada y la alfombra era tan mullida que los pies se le hundían como en un lodazal. El jefe levantó la cabeza lentamente, como un corcho que reflota a la superficie del agua después de haberlo sumergido la mordedura de un pez. Un gesto de mano lento y concluyente lo conminó a tomar asiento en un sillón café que había al lado, hundido en la alfombra.

El jefe lo escrutó desde arriba. A él le pareció hundirse cada vez más en el sillón, pero los ojos le siguieron hasta el fondo del abismo. El jefe levantó luego sus gafas del escritorio y se las caló con parsimonia, sin que su mirada lo dejara en paz un instante. Las gafas eran inauditamente gruesas, los ojos del jefe se tornaron oscuros y desconocidos, de repente sonrió como si hubiera hecho un hallazgo. Fue como si lo hubiera escrutado con lupa.

–Y bien –dijo el jefe con voz honda aunque no desagradable–, ¿así que el señor Storm no quiere llorar? –Es lo que he oído –añadió el jefe cuando el señor Storm no hizo ademán de responder.

El señor Storm seguía sin responder. Entornó los ojos un instante, consciente del riesgo, y volvió a evocar la imagen de la lamentable situación que se produjo en el momento de la revelación. Una tarde, el jefe del negociado entró de golpe en el despacho, ni insidioso ni maliciado como solía, sino jadeante y víctima de una profunda conmoción. Fue sin duda suficiente para que los cuatro se sobresaltaran y se quedaran sentados como velas cuando el jefe del negociado, con una voz tan distinta a la usual que su propia madre no la habría reconocido, les comunicó que Ella había fallecido, el accidente de tráfico que la semana anterior la había llevado a su postrero lecho finalmente había reclamado su víctima.

–No, no quiero llorar –dijo más tranquilo después de haber contemplado en su memoria la foto de lo ocurrido.

Todos lo quisieron, todos excepto él. Cuando el jefe de negociado cesó de hablar, las mujeres prorrumpieron en sonoros sollozos mientras buscaban pañuelos en sus abrigos y el miope señor Jockum enjugó las lágrimas derramadas con la gamuza que en otras ocasiones usaba para limpiar los cristales de sus lentes. El jefe de negociado extrajo del bolsillo una cajita de pastillas de la marca que llevaba la imagen de Ella, pero cuando quiso invitar a la señorita Karmin, el movimiento de sus manos fue tan trémulo que derramó el contenido de la cajita por el suelo. Los cuatro se pusieron a gatas en busca de las pastillas, entre lágrimas y llantos. La situación era tan extraña y ridículamente repugnante que él, que se había quedado tranquilamente sentado tras su escritorio, no pudo reprimir la risa.

–Lo peor –prosiguió el jefe sin permitir que sus ojos, de nuevo abiertos, se tomaran un instante de calma–, lo peor de toda la historia es que usted juzgó conveniente dar rienda suelta a su regocijo en el preciso instante en que toda nuestra nación se sumía en un profundo duelo. Si son ciertos los informes que he recibido sobre su conducta, lo compadezco, señor Storm.

Las últimas palabras fueron pronunciadas en tono tajante y el señor Storm se estremeció y movió la cabeza con un gesto brusco. Retazos sueltos del pliego de descargo se arremolinaban en el aire denso del despacho… de natural tímido… dificultad para expresar sus sentimientos en presencia de terceros… otras formas de expresar su duelo que mediante el llanto… he tenido que llorar tanto a un querido vecino que los conductos lacrimales se me han secado…

Pero no pudo decir una sola palabra. Esas piezas ensambladas, que constituían una defensa lógica y bien detallada, le parecieron fuera de contexto, tan ridículas, falsas y directamente mentirosas que decidió silenciarlas. A espaldas de él, el jefe volvió a tomar la palabra.

–Ni siquiera en casa, en su propia vivienda, mostró usted gesto alguno de condolencia. Cuando su patrona llega llorando a su habitación, con la esperanza puesta en que usted estuviera dispuesto a compartir su duelo, le señala directamente la puerta con la pregunta de por qué no toma un calmante. Una mujer se acerca a usted, afectada por el más profundo duelo que una nación conoce, duelo por la muerte de una grandiosa ciudadana, y usted le recomienda un calmante. En verdad… no tengo palabras…

No obstante, el jefe prosiguió. El señor Storm decidió no seguir escuchando. No valía la pena defenderse si la empresa tenía espías que vigilaban su escasez de lágrimas aun cuando estaba libre. En cambio concentró su atención en los archiveros negros. Realizar un cortometraje sobre su destino venidero le proporcionó un placer lleno de horror: junta de accionistas. Los miembros del consejo de administración, de saco negro, se alinean delante del archivero. El jefe abre cajones. Todos estiran curiosos el cuello. Cuentas. Verificaciones. Cheques ingresados. Valores. El último cajón. La tensión a punto de ebullición. El jefe lo abre despacio. Se dirige con un profundo gesto a la junta. “El hombre que no quiso llorar. Obligados a deshacernos de él. Motivos de prestigio. Lamentable. Fiel trabajador de la viña”. Todos sacan sus pañuelos y se enjuagan las lágrimas. El jefe se suena la nariz. Desenlace.

Un periódico va a parar suavemente sobre sus rodillas. Lo toma de forma mecánica y echa un vistazo a la primera página. Una foto enorme, negra. Un desfile de personas donde todas parecen llorar. Un pueblo de luto. Descubre al jefe en primera fila, con un pañuelo en la boca como si le dieran arcadas.

–Apuesto a que usted nunca ha estado en un velorio –prosiguió el jefe con tono de reproche.

No tuvo intención de responder una sola vez y retomó la escena junto al archivero. Mientras tanto, por las toses y los repetidos golpeteos del jefe contra el tablero de la mesa, percibe que se trama un nuevo ataque. Rompió el silencio cuando él estaba a punto de abrir el último cajón en la película. Esta vez notó enseguida, por el tono de voz, que tocaba una nueva cuerda, la sentimental.

–Quién no se había sentido conmovido –empezó– con su Ofelia, padecido con su Ifigenia, sonreído a su Puck, amado como a Julieta, suspirado por ella a la luz de la luna de Venecia, ya sabe, aquel pasaje del gondolero.

El jefe era un hombre muy culto y esmerado y proseguía el recuento sin que por ello pudiera causarle ninguna impresión al señor Storm, quien a decir verdad la vio cierta vez, hacía mucho tiempo, en el papel de Ofelia sin que su interpretación le conmoviera. En su opinión particular había varias actrices en el país que eran capaces de interpretar a Ofelia mejor que la fallecida.

El tiempo del almuerzo estaba a punto de concluir y los más diligentes entre el personal ya habían vuelto a sus puestos. Un murmullo en sordina penetraba en la densa atmósfera del despacho. Le pareció que sonaba como si el edificio tuviera dolor de cabeza. La idea le alegró una pizca y no se percató de que el jefe había rodeado la mesa y ahora estaba a su lado. Sin mediar palabra, el jefe se puso a su altura, deslizándose por el brazo del sillón, y lo miró con la intención benévola que exhibe un médico dispuesto a formular en tono simpático la sentencia de muerte de su paciente. Era obvio que quería ensayar un nuevo método. Quería acercarse al infeliz, a ese hombre que había perdido la facultad de llorar trágicas pérdidas. Había adulación y falsa familiaridad en su modo de palmearle levemente el hombro.

–Grandiosos hombres y mujeres –declaraba el jefe mientras lo miraba con una mueca que insinuaba ser una certeza comunicada en la máxima confianza de lo que ahora expresaba– no exigen ser amados mientras viven, pero sí ser llorados a la hora de su muerte. La sociedad demanda a sus supervivientes que accedan al deseo de los muertos de ser llorados, como acto de agradecimiento hacia los grandiosos ciudadanos que han contribuido más que otros a honrar la nación. Esta empresa no sería parte de la sociedad, miembro de su cuerpo social, si no exigiera a sus empleados lo mismo que la sociedad exige a sus ciudadanos. A usted quizá le parezca que yo puedo librarlo del doloroso trámite que a todos se nos impone, pero entonces no advertiría la magnitud de la estafa perpetrada contra la sociedad a la que debemos servir.

El señor Storm logró levantarse del sillón con un enorme esfuerzo. Empezó a caminar penosamente hacia la puerta. A su espalda se hizo el silencio. Avistó la gran puerta blanca y anheló alcanzarla sin ser detenido. Los últimos pasos los hizo casi a la carrera. Un instante antes de echar mano al picaporte volvió tímidamente la cabeza. El jefe seguía sentado en el brazo del sillón, ocupado en clavar la mirada en la alfombra como si no hubiera notado nada. El señor Storm bajó el picaporte. La puerta estaba cerrada.

–Y otra cosa –prosiguió el jefe–, también hay que pensar en la imagen de la empresa. Ya ha surgido inquietud entre el personal por culpa suya. Muchos hablan de darse de baja alegando no poder colaborar con usted bajo el mismo techo. Si su caso se conoce dentro de ciertas empresas de la competencia, cosa que sólo es cuestión de tiempo, van a poner en marcha la ofensiva contra nuestra firma que, con usted como punto de partida, tanto tiempo han buscado como pretexto. ¿Qué clase de empresa es ésa, dirán, que puede emplear a tales bestias insensibles? Reconozca que la situación se pone muy delicada.

–Déjeme salir –dijo el señor Storm, y jaló la puerta–. Quiero irme de aquí. Puedo empezar en otro sitio en cualquier momento, sí, esta misma tarde.

El farol fue tan obvio que el jefe no se preocupó siquiera de rebatirlo. Prosiguió como si nada hubiera pasado:

–Usted debería llorar, puesto que también es lo más conveniente desde todos los puntos de vista. En nuestra empresa no somos inmisericordes. No le exigimos un duelo a muerte. Lo que le pedimos es que derrame unas cuantas lágrimas, que llore un rato, lo que dura un suspiro, en presencia de un testigo. Va a pasar la tarde, encerrado a solas con el señor Jockum, en el despacho de los representantes, desocupado de momento. Tan pronto como derrame unas lágrimas el señor Jockum me lo comunicará por interfono, después de lo cual yo y el jefe de negociado haremos acto de presencia para controlar el dato.

El jefe se levantó y fue hacia él. Palmeó con gesto tranquilizador el hombro del señor Storm.

–Debe presionar el picaporte un poco más abajo –dijo y le abrió la puerta.

En el pasillo acababan de encender las últimas lámparas. Los que volvían demorados del almuerzo lo hacían en pequeños grupos, apresurándose con dignidad a sus despachos. Cuando lo vieron hicieron apartes y se cruzaron serias miradas de significado implícito. Acallaron sus conversaciones para sólo retomarlas cuando estuvieran fuera del alcance de su oído. Le pareció muy lamentable. Entonces, de repente, el señor Jockum se asomó desde el despacho de los representantes, se puso tras la puerta a medio abrir y le indicó que se acercara. Contento de quedar a salvo de miradas insinuantes, el señor Storm se dirigió hacia él, pero una vez que entró en el despacho se sintió penosamente afectado por el tono que el señor Jockum juzgó conveniente dispensarle.

–Va a salir bien –dijo el señor Jockum en tono de consuelo, y le dio una palmadita en cada uno de sus hombros.

Tomaron asiento, el señor Storm invariablemente decidido a no dejarse afectar por las bromas del señor Jockum, y el señor Jockum resuelto del mismo modo a hacer llorar al señor Storm. El señor Storm, a quien le habían traído su trabajo al nuevo despacho, empezó tranquilamente a cuadrar cuentas. Entre la una y las dos el señor Jockum permaneció a su lado, sentado tras el escritorio, y leyendo la prensa en voz alta, primero sobre el accidente, luego sobre el tiempo entre el accidente y el fallecimiento, y finalmente las partes más emotivas de todas las conmovedoras notas. De cuando en cuando, el señor Jockum tenía que hacer un minuto de pausa en la lectura, abrumado por la emoción que le procuraba revivir una vez más la gran tragedia. Nervioso, buscaba pañuelos en los bolsillos y mientras tanto corrían grandes lagrimones por el libro de caja que casi emborronan una columna entera.

–Señor Jockum –dijo el señor Storm en tono severo–, me está arruinando el trabajo. Mire, toda una página emborronada.

Entre las dos y las tres el señor Jockum, con la vista agotada por el esfuerzo de la lectura, estuvo sentado encima del escritorio y contó viejos recuerdos insulsos de la fallecida. Cierta vez la había visto casualmente hablando por teléfono en una cabina. Habiéndose acercado a la cabina para escuchar algunas palabras de su boca (“porque eso casi sería como hablar con ella”), ella dijo: Y quiero dos cebollas, buenas, no muy grandes, y medio kilo de salchichas. Y a poesía me sonaba, contaba el señor Jockum mientras brotaban lágrimas de sus ojos. Poesía pura. Al contarle la historia por quinta vez el señor Storm cerró el libro de caja con un gesto de fastidio y exclamó:

–Señor Jockum, usted me aburre. Trate al menos de ser coherente. Una vez dice cebollas, otra vez cabezas de coliflor y a la tercera limones. Primero fue medio kilo de salchichas, después, de repente, un kilo de embutidos y por último un cuarto de kilo de menudillos. Usted me desconcierta y hace que desconfíe y, además, interrumpe mi trabajo.

Entre las tres y las cuatro, cuando por fin el señor Jockum se hizo cargo de la gravedad de la situación, empujó sencillamente su silla hacia la del señor Storm y empezó a hablarle al oído, “de hombre a hombre”, según dijo.

–Bien –dijo al fin resignado–, olvídese de la nación, olvídese de las legítimas exigencias de la empresa, no piense en Ella un solo instante, pero tenga al menos consideración de sí mismo. No es sino por su propio bien y por su propio futuro por lo que tiene que derramar unas pocas lágrimas antes de las cuatro y media. Piense, por ejemplo, en la muerte de su madre.

–Mi madre está divinamente –respondió malhumorado el señor Storm, y cuadró una columna–. Regenta un hotel en el valle del Ródano-Saona. Se llama Storme, con una e final.

–O la de su padre –añadió dubitativo el señor Jockum.

–Mi padre vive en el hotel de mi madre y se alimenta a base de una dieta vegetariana –dijo el señor Storm implacable–. Hasta ahora no ha estado enfermo un solo día en toda su vida.

–O la de su hermana, hermano o amigo querido que usted haya perdido de improviso –prosiguió el señor Jockum mientras los cristales de sus lentes se empañaban de emoción.

–Hasta ahora no he tenido que asistir a ningún entierro –constató el señor Storm sin dejarse afectar–, y no veo ningún motivo para tener que guardar luto por anticipado.

El reloj iba a dar las cuatro y media y, fuera de sí por la ansiedad del fracaso, el señor Jockum volvió una vez más a encaramarse al escritorio y en el intento quedó sentado casi en medio del libro de caja. El señor Storm se indignó y atrajo hacia sí el libro de un tirón. Sólo le quedaba una cifra. Contabilizó el último renglón y luego controló con lápiz el resultado final. Todo cuadraba. Pero sobrevino un momento de ociosidad por sólo tener consigo un libro de contabilidad en despacho ajeno, y por ser la ociosidad el enemigo más peligroso que tienen nuestras buenas intenciones, el señor Storm se puso a pensar. Entonces, cuando sus manos descansaron por vez primera a lo largo de sus muchos años en la empresa, comprendió cabalmente el significado de las amenazas que dirigían contra toda su existencia. Se imaginó escenas sueltas de su vida venidera: un hombre calvo lo mira desde su mesa atestada de papeles y teléfonos. Una mirada breve y afilada. Mueve la cabeza. Lo siento. A la secretaria: haga el favor de acompañar a este señor a la salida. El calvo mientras el solicitante se retira: pobre hombre. Imposible hacer nada por él. Excelentes calificaciones por lo demás; y aun así no puede llorar. Un primer plano del semblante del calvo. Gafas empañadas. El vaho que se extiende. Disolución lenta. Siguiente plano: puerto de mar bajo la niebla. Él camina por el muelle. Chapotea en el agua a su paso. Se quita lentamente la chaqueta. Dirige una última mirada a la niebla. Salta. Un hombre se acerca con un salvavidas. Encoge los hombros. Lo cuelga en su sitio. Dice a media voz: tenía que pasar esto. El final lógico. A la novia, que surge flotando en la niebla: Imagínese, ese pobre hombre no quiso llorar. La besa bajo un farol. Desenlace.

El señor Jockum empezó a hablar de modo tan apresurado y nervioso que las palabras se le atoraban:

–Ella estuvo en la cabina telefónica… viene por la calle… entonces ella entra… escucha… corre a la parte trasera… se oye… tres zanahorias frescas, medio kilo de paletilla de cerdo…

El nerviosismo, el temor al fracaso, el agobio del despacho y el insoportable aroma de las flores que había en un estante bajo un retrato de Ella clavado en la pared hacen que el señor Jockum se derrumbe de golpe. Sus ojos empiezan a llorar, lagrimones como chuzos repican en el libro de caja. En un instante queda arruinada la jornada del señor Storm. La suma total emborronada, extendiéndose el desconcierto por toda la columna. Enfurecido, agarró al enjuto señor Jockum y lo sacudió, pero cuando reparó en la nula impresión que le causaba el trato, levantó la mano y le dio un puñetazo en las narices, de modo que los lentes salieron disparados y describieron una amplia elipse hasta estrellarse contra el radiador junto a la ventana.

Entonces calló el señor Jockum y bajó de la mesa. Con sus delgadas manos tapándose el rostro deambuló por el despacho, tropezó con la pata del sillón y finalmente se detuvo junto a la ventana, al lado de una mesilla abarrotada de carpetas. Con expresión de añoranza en el rostro contempló las pilas de carpetas, las acarició con una mano diciendo:

–Usted, señor Storm, no sabe lo que ha hecho con la fuerza de sus brazos. Sin mis lentes soy un completo desvalido. Igual me da ahorcarme.

–Ahorcarse usted –exclamó el señor Storm, asombrado de que tal palabra pudiera salir de los labios de un alma de oficina pedante y meticulosa.

El señor Jockum aún siguió dándole palmadas en el hombro.

–Escuche –dijo–. Una vez, antes de que me diera por conseguir unos lentes, iba vagando a tientas, era objeto de las burlas de los del barrio, iba saludando a los faroles, intentando atraer hacia mí a los perros de otros creyendo que eran gatos y abriendo puertas equivocadas en casas equivocadas creyendo que estaba en casa, llegué a sentirme tan desesperado que sólo vi una salida: ahorcarme. Llamé a un chico, le di dos coronas en vez de los cinco céntimos que había pensado y le pedí que me guiara a un cordelero. En su empeño por merecer esa gran recompensa, el chico no me llevó al cordelero más cercano, sino que atravesó toda la ciudad hasta un cordelero de las afueras. Entré en la tienda y pedí enseguida una soga manejable y a la pregunta sobre el uso que iba a hacer respondí que quería ahorcarme. Por desgracia, por desconocer del todo el lugar y por, además, ser corto de vista, le pedí consejo al cordelero en lo tocante a un bosque adecuado. El hombre me llevó al patio trasero de la casa y me señaló una sombría espesura no muy lejos. Ése es un bosque excelente, dijo. Ahí se ahorca la mayoría, añadió con sorna. Tomé mi soga y me puse en marcha. Luego de caminar un rato por un sembrado me interné en un tupido y, a mi juicio, espléndido bosque. Avancé a tientas entre los árboles, tropecé con troncos cada dos por tres, esquivé rocas blancas en mi deriva. Al cabo de una caminata larga y accidentada di por fin con el árbol ideal. Estaba en un claro del bosque, rodeado de las rocas blancas que invadían todo el bosque y, por lo que se veía, sólo tenía dos ramas. ¡Pero qué ramas! ¡Qué ramas, le digo, señor Storm! Anudé mi soga a una de ellas, cerré los ojos y me despedí, y voy a dar el salto cuando oigo sonoras carcajadas provenientes del bosque circundante y de sopetón me veo rodeado de gente que ríe, grita y baila.

–Señor Storm –dijo el señor Jockum, y se restregó sus pobres ojos mientras su figura parecía encogerse a la intensa luz de la ventana–, ¡señor Storm! El farsante cordelero me había dirigido a una acampada. Las piedras blancas eran tiendas de campaña, había tropezado con hombres que se habían callado porque el cordelero se había adelantado y los había alertado del espectáculo que pronto iba a tener lugar. El árbol al que anudé mi soga era el palo de mayo de la acampada.

Toda esa extraña historia causó una impresión muy emotiva al señor Storm y al final halló tan terrible la crueldad infligida al hombrecillo enclenque y aprensivo, que permanecía acurrucado junto a la ventana acariciando los lomos de las carpetas creyendo que eran los hombros de un colega, que de golpe se puso a llorar. Indignado, cerró el libro de caja y lloró a mares, con la parte superior del cuerpo apoyada, en gesto de súplica, en el escritorio. A través de una tenue nube de lágrimas vio abrirse la puerta y al jefe y jefe de negociado detenidos respetuosamente en el umbral. Plenos de unción extendieron sus voces por el despacho.

–Aun el más recalcitrante –dijo el jefe.

–Y qué aflicción –añadió el jefe de negociado.

–Mayúscula –dijo el jefe.

–Grandiosa –añadió el jefe de negociado.

–Clásica –dijo el jefe.

–Lacónica –añadió el jefe de negociado.

–Exuberante –dijo el jefe.

–Instrumentada –añadió el jefe de negociado.

Sus voces se disiparon y dieron paso a otras. Frases sueltas le llegaron al vuelo, le rozaron la frente y siguieron su vuelo hacia la ventana: Así hace un hombre… por fin… suspira… me alegra verlo destrozado… esta noche iré al velorio con la conciencia tranquila…

Por fin se hizo silencio. Sólo el señor Jockum, medio ciego, arrastraba su gemido a tientas en busca de sus lentes hechos añicos. El señor Storm dirigió su atención al pasillo. Se extinguían los últimos pasos de los más diligentes. Uno de ellos, indignado, se dirigía a la salida dando voces. Pero él no captó sus palabras. Las personas consideradas habían clausurado su duelo.

  

Intrepidez

Truman Capote

 

Época: noviembre de 1970.

 

Lugar: Aeropuerto Internacional de Los Ángeles.

 

Estoy sentado en el interior de una cabina telefónica. Es un poco después de las once de la mañana y llevo media hora aquí sentado, simulando hacer una llamada. Desde la cabina, veo bien la puerta 38, por donde está prevista la salida el vuelo directo de mediodía a Nueva York. Tengo un asiento reservado en ese vuelo, un boleto que compré bajo un nombre falso, pero hay muchas razones para dudar que alguna vez aborde el avión. En primer lugar, hay dos hombres altos parados en la puerta, tipos duros con sombreros de broche en el ala, y los conozco a los dos. Son detectives de la oficina del alguacil de San Diego, y tienen orden de detención contra mí. Por eso me estoy ocultando en la cabina telefónica. El caso es que estoy en un verdadero aprieto.

El origen de mi apuro tiene sus raíces en unas conversaciones que hace un año mantuve con Robert M., un joven esbelto y ágil, de apariencia inofensiva, que entonces era un preso del Callejón de la Muerte de San Quintín, donde aguardaba su ejecución después de que lo condenaran por tres asesinatos: su madre y una hermana, ambas muertas a golpes, y un compañero de prisión, un hombre a quien había estrangulado mientras estaba en la cárcel esperando juicio por los dos homicidios primeros. Robert M. era un sicópata inteligente; llegué a conocerlo bastante bien, y él comentó libremente conmigo su vida y crímenes, en el entendimiento de que yo no escribiría ni repetiría nada de lo que él me contara. Yo estaba investigando el tema de asesinos múltiples, y Robert M. se convirtió en otro caso histórico que pasó a mis archivos. Por lo que a mí tocaba, aquel era el final del asunto.

Entonces, dos meses antes de mi encarcelamiento en una sofocante cabina telefónica del aeropuerto de Los Ángeles, recibí una llamada de un detective de la oficina del alguacil de San Diego. Me llamó a la casa que yo tenía en Palm Springs. Era cortés y de voz agradable; dijo que conocía las muchas entrevistas que yo había mantenido con asesinos condenados y que le gustaría hacerme unas preguntas. Así que lo invité a venir a Palm Springs y a comer conmigo al día siguiente.

El caballero no llegó solo, sino con otros tres detectives de San Diego. Y aunque Palm Springs se halla situado en pleno desierto, había en el aire un fuerte olor a pescado. Sin embargo, simulé que no había nada extraño en tener súbitamente cuatro invitados en lugar de uno. Pero no tenían interés en mi hospitalidad; en realidad, declinaron el almuerzo. Lo único que querían era hablar de Robert M. ¿Hasta qué punto lo conocía? ¿Alguna vez admitió ante mí alguno de sus asesinatos? ¿Tenía yo algún registro de nuestras conversaciones? Dejé que hicieran sus preguntas y evité contestarlas hasta que formulé la mía propia: ¿por qué estaban tan interesados en mi relación con Robert M.?

La razón era ésta: debido a un tecnicismo legal, un tribunal federal había invalidado la condena de Robert M. y ordenado al estado de California que le concediera un nuevo juicio. La fecha inicial para el nuevo juicio se había fijado para finales de noviembre; es decir, aproximadamente para dentro de dos meses a partir de entonces. Luego, una vez asentados tales hechos, uno de los detectives me entregó un documento pequeño, pero de un aspecto extraordinariamente legal. Era un citatorio ordenando que compareciera en el juicio de Robert M., como testigo de la acusación, por lo visto. De acuerdo, me engañaron, y yo estaba más furioso que el demonio, pero sonreí y asentí, y ellos sonrieron y comentaron lo buen chico que era yo y lo agradecidos que estaban de que mi testimonio contribuyera a enviar a Robert M. directamente a la cámara de gas. ¡Ese loco homicida! Se rieron y se despidieron: “Hasta el juicio”.

Yo no tenía el propósito de respetar la citación, aunque era consciente de las consecuencias de no hacerlo: me detendrían por desacato al tribunal, me multarían y me meterían a la cárcel. Yo no tenía una opinión muy alta de Robert M., ni deseo alguno de protegerlo; sabía que era culpable de los tres asesinatos de que lo acusaban, y que era un sicótico peligroso al que nunca debería concedérsele la libertad. Pero también sabía que el estado tenía pruebas irrefutables, y más que suficientes, para condenarlo de nuevo sin mi testimonio. Pero el problema fundamental era que Robert M. había confiado, bajo mi juramento, en que yo no emplearía ni repetiría lo que él me había contado. Traicionarlo bajo tales circunstancias hubiera sido moralmente despreciable y hubiese demostrado a Robert M. y a los muchos hombres como él a quienes yo había entrevistado, que yo era un informante de la policía, un soplón, llana y sencillamente.

Consulté a varios abogados. Todos me dieron el mismo consejo: cumplir el citatorio o esperar lo peor. Todo el mundo miraba con simpatía mi apurada situación, pero nadie le veía salida: a menos que me fuera de California. Desacato al tribunal no era un delito extraditable, y una vez que estuviera fuera del estado, las autoridades no podrían hacer nada para castigarme. Sí, había una cosa: jamás podría volver a California. Eso no me pareció una pena severa; sin embargo, a causa de algunos asuntos de bienes raíces y compromisos profesionales, me resultaba difícil marchar en tan corto plazo.

Perdí la noción del tiempo, y aún estaba en Palm Springs el día en que empezó el juicio. Aquella mañana, mi ama de llaves, una amiga leal llamada Myrtle Bennett, irrumpió en casa, aullando: “¡De prisa! Lo dijeron en radio. Tienen orden de detenerlo. Estarán aquí en cualquier momento”.

Efectivamente, faltaban veinte minutos para que la policía de Palm Springs llegara con toda su autoridad y las esposas preparadas (un cuadro de excesiva fuerza, pero créame, el cumplimiento de la ley en California no es una práctica con la que pueda jugarse a la ligera). Sin embargo, aunque desmantelaron el jardín y registraron la casa de cabo a rabo, lo único que encontraron fue mi coche en el garaje y a la leal señora Bennett en el cuarto de estar. Ella les dijo que me había marchado a Nueva York el día anterior. Ellos no le creyeron, pero la señora Bennett era un personaje formidable en Palm Springs, una negra que durante cuarenta años había sido miembro distinguido de la comunidad e influyente en política, de modo que no le hicieron más preguntas. Simplemente, dieron la alerta en todas partes con vistas a mi detención.

¿Y dónde estaba yo? Yo iba paseándome por la autopista en el viejo Chevrolet azul pálido de la señora Bennett, coche que no podía ir cincuenta millas por hora ni el día en que lo compraron. Pero pensamos que yo estaría más seguro en su coche que en el mío. No es que estuviera a salvo en parte alguna; me encontraba tan aprensivo como un barbo con el anzuelo en la boca. Cuando llegué al desierto de Palm, que está a unos treinta minutos de Palm Springs, salí de la autopista y entré en una carreterita inclinada y con curvas que se apartaba del desierto y ascendía a las montañas de San Jacinto. En el desierto hacía calor, más de cien grados, pero a medida que me elevaba por las montañas desoladas, el aire se iba haciendo fresco, luego frío y después helado. Cosa que hubiera resultado perfecta, de no ser porque la calefacción del Chevy no funcionaba, y las únicas ropas que tenía eran las que llevaba cuando la señora Bennett irrumpió en casa con sus avisos llenos de pánico: sandalias, pantalones blancos de lino, y una ligera camisa de polo. Me marché con eso y con la billetera, que contenía tarjetas de crédito y unos trescientos dólares.

No obstante, tenía un destino pensado, y un plan. En lo alto de las montañas de San Jacinto, a medio camino entre Palm Springs y San Diego, hay un sombrío pueblecito llamado Idylwyld. En el verano, la gente del desierto va para allá huyendo del calor; en el invierno es una estación de esquí, a pesar de la escasa calidad de la nieve y de las pistas. Pero ahora, fuera de temporada, la triste serie de hoteles mediocres y chalés simulados sería un buen lugar para esconderse temporalmente, al menos hasta que pudiera recuperar el aliento.

Nevaba cuando el viejo coche subió gruñendo la última colina y entró en Idylwyld: una de esas nieves tempranas que llenan el aire, pero se disuelven al caer. El pueblo estaba desierto, y cerrados la mayoría de los hoteles. En el que finalmente me alojé, se llamaba Eskimo Cabins. Y bien sabe Dios que las instalaciones eran tan frías como las de un iglú. Sólo tenía una ventaja: el dueño, y aparentemente el único ser humano que había en el edificio, era un octogenario medio sordo, mucho más interesado en terminar el solitario que jugaba que en mí mismo.

Llamé a la señora Bennett, que estaba muy inquieta: “¡Válgame Dios, lo están buscando por todas partes! ¡Lo están diciendo en la televisión!”. Resolví que sería mejor no comunicarle dónde me encontraba, pero le aseguré que estaba muy bien y que la volvería a llamar al día siguiente. Luego, telefoneé a un buen amigo de Los Ángeles; también estaba inquieto: “¡Tu fotografía viene en el Examiner!”. Tras tranquilizarlo, le di instrucciones concretas: comprar un boleto a nombre de “George Thomas” para un vuelo directo a Nueva York y esperarme en su casa a las diez de la mañana siguiente.

Tenía demasiado frío y hambre para poder dormir; me marché al rayar el día y llegué a Los Ángeles sobre las nueve. Mi amigo me estaba esperando. Dejamos el Chevrolet en su casa, y tras devorar algunos bocadillos y tanto brandy como pude ingerir sin riesgo, nos dirigimos en su coche al aeropuerto, donde nos despedimos y me entregó el boleto para el vuelo de mediodía que me había comprado en la TWA.

Así que por eso estoy agazapado en esta desamparada cabina telefónica, ahí sentado, considerando el aprieto en que estoy metido. Un reloj, encima de la puerta de salida, anuncia la hora: 11:35. La zona de pasajeros está concurrida; pronto estará el avión preparado para el abordaje. Y allí, parados a cada lado de la puerta por la que tengo que pasar, están dos de los caballeros que me visitaron en Palm Springs, dos detectives de San Diego, altos y vigilantes.

Pensé en llamar a mi amigo, pedirle que volviera al aeropuerto y me recogiera en alguna parte del estacionamiento. Pero ya había hecho bastante, y si nos atrapaban, podrían acusarlo de proteger a un fugitivo. Eso también valía para los muchos amigos que se prestaran a ayudarme. Tal vez fuera más prudente entregarme a los guardianes de la puerta. ¿Qué otra manera había? Sólo un milagro, por decir una frase hecha, podría salvarme. Y nosotros no creemos en milagros, ¿verdad?

Súbitamente, ocurre un milagro.

Allí, paseándose delante de mi diminuta prisión con puertas de cristal, aparece una bella y altiva amazona negra, llevando diamantes y martas cibelinas de un astronómico valor en dólares, una estrella rodeada por un frívolo y parloteante séquito de chicos de coro vestidos con ostentación. ¿Y quién es esa deslumbrante aparición cuyo plumaje y presencia crean semejante confusión entre los transeúntes? ¡Una antigua, antigua amiga!

 

TC (abriendo la puerta de la cabina; gritando): ¡Pearl! ¡Pearl Bailey! (¡Un milagro! Me oye. Todos me oyen, todo su séquito). ¡Pearl! Ven acá, por favor…

Pearl (echándome una ojeada, lanzando luego una sonrisa radiante): ¡Pero, chico! ¿Qué haces escondiéndote ahí?

TC (haciéndole señas para que se acerque más; hablando en susurros): Escucha, Pearl. Estoy en un lío tremendo.

Pearl (inmediatamente seria, porque es una mujer muy inteligente y enseguida entendió que, fuera lo que fuese, no se trataba de nada divertido): Cuéntamelo.

TC: ¿Vas en ese avión a Nueva York?

Pearl: Sí, todos nosotros vamos.

TC: Debo tomarlo, Pearl. Tengo boleto. Pero hay dos tipos en la puerta que están esperando detenerme.

Pearl: ¿Qué tipos? (Se los señalé). ¿Cómo pueden detenerte?

TC: Son detectives. Pearl, no tengo tiempo de explicártelo.

Pearl: No tienes nada que explicar.

(Inspecciona su grupo de coristas, jóvenes y guapos; tiene media docena. Recuerdo que a Pearl siempre le gusta viajar con mucha compañía. Le indica a uno de ellos que se acerque a nosotros; es un tipo elegante, que lleva un sombrero amarillo de vaquero, una camiseta que dice CHUPA, MALDICIÓN, NO SOPLES, una chamarra de cuero blanca con forro de armiño, pantalones amarillos de baile (1940 circa) y zapatos amarillos de cuña).

Este es Jimmy. Es un poco más alto que tú, pero creo que todo te vendrá bien. Jimmy, lleva a este amigo mío al baño de caballeros y cámbiate de ropa con él. No abras la bocota, Jimmy, sólo haz como te dice Pearlie Mae. Los esperaremos aquí mismo. ¡Vamos, de prisa! Diez minutos más y perderemos ese avión.

(La distancia entre la cabina telefónica y el baño de caballeros fue una carrera de diez yardas. Nos encerramos en un retrete de pago e iniciamos nuestro intercambio de ropa. Jimmy lo consideraba fenomenal: se reía nerviosamente, como una colegiala que acabara de fumarse su primer porro. Dije: “¡Pearl! Eso sí que ha sido un milagro. Nunca me he sentido tan feliz de ver a alguien. Nunca”. Jimmy dijo: “¡Oh! Miss Bailey tiene espíritu. Es todo corazón, ¿sabe lo que quiero decir? Todo corazón”.

Hubo una época en que no habría estado de acuerdo con él, una época en que habría descrito a Pearl Bailey como una puta sin corazón. Era cuando ella representaba el papel de madame Fleur, el personaje principal de House of Flowers, una comedia musical cuyo libreto había escrito yo y, junto con Harold Arlen, compuesto la música. Hubo muchos hombres de talento aplicados en aquel empeño: el director era Peter Brook; el coreógrafo, George Balanchine; Oliver Messel era autor del legendario y fascinante decorado y de los trajes. Pero Pearl Bailey estuvo tan firme, tan determinada a hacerlo a su modo, que dominó toda la producción hasta casi perjudicarla. No obstante, vivir para ver, se perdona y se olvida; para cuando la comedia terminó sus representaciones en Broadway, Pearl y yo éramos amigos de nuevo. Además, de su arte como actriz, acabé respetando su temperamento; de vez en cuando podía ser desagradable, pero desde luego tenía carácter: una mujer que sabía quién era y el terreno que pisaba.

Mientras Jimmy se metía a presión mis pantalones, que eran demasiado estrechos para él, y yo me ponía rápidamente su chamarra de cuero blanca con forro de armiño, hubo una agitada llamada a la puerta.

Voz de Hombre: ¡Eh! ¿Qué pasa ahí?

Jimmy: ¿Y quién es usted, nos lo puede decir?

Voz de Hombre: Soy el encargado. Y no me replique con insolencia. Lo que pasa ahí dentro va contra la ley.

Jimmy: ¿No se puede cagar?

Encargado: Ahí dentro veo cuatro pies. Veo ropa quitada. ¿Cree que soy tan estúpido como para no darme cuenta de lo que pasa? Es ilegal. Va contra la ley que dos hombres se encierren en el mismo retrete al mismo tiempo.

Jimmy: ¡Ah! Váyase a la chingada.

Encargado: Me voy a llamar a la policía. Les meterán una L y L.

Jimmy: ¿Qué diablos es una L y L?

Encargado: Conducta lujuriosa y lasciva. Sí, señor. Voy a buscar a la policía.

TC: ¡Jesús, José y María…!

Encargado: ¡Abran esa puerta!

TC: Se equivoca usted.

Encargado: Sé lo que veo. Veo cuatro pies.

TC: Nos estamos cambiando de traje para la próxima escena.

Encargado: ¿Qué próxima escena?

TC: La película. Nos estamos preparando para tomar la siguiente escena.

Encargado (curioso e impresionado): ¿Están rodando una película ahí fuera?

Jimmy: (cayendo en la cuenta): Con Pearl Bailey. Ella es la protagonista. Y Marlon Brando también trabaja en ella.

TC: Kirk Douglas.

Jimmy: (mordiéndose los nudillos para no reírse): Y Shirley Temple. Hace su reaparición.

Encargado (creyéndoselo, pero no del todo): Sí, bueno, ¿quiénes son ustedes?

TC: No somos más que figurantes. Por eso es por lo que no tenemos cuarto para vestirnos.

Encargado: No me importa. Dos hombres, cuatro pies. Va contra la ley.

Jimmy: Mire afuera. Verá a Pearl Bailey en persona. A Marlon Brando. A Kirk Douglas. A Shirley Temple. A Mahatma Gandhi… Y ella también trabaja. Sólo como invitada especial.

Encargado: ¿Quién?

Jimmy: Mamie Eisenhower.

TC (abriendo la puerta, una vez completado el intercambio de ropa; la mía no le cae demasiado mal a Jimmy, pero sospecho que su atuendo, llevado por mí, producirá un efecto galvanizador, y la expresión de la cara del encargado, un encolerizado negro menudo, confirma tal suposición): Lo siento. No nos dimos cuenta de que estábamos haciendo algo en contra de las normas.

Jimmy (pasando como un rey por delante del encargado, que parece demasiado perplejo para moverse): Síganos, querido. Le presentaremos a la banda. Puede conseguir algunos autógrafos.

(Al fin llegamos al vestíbulo, y una Pearl que no sonreía, me envolvió en sus suaves brazos de marta cibelina; sus compañeros se cerraron sobre nosotros formando un círculo aislante. No hubo chistes ni bromas. Yo tenía los nervios tan erizados como un gato recién alcanzado por el rayo, y en cuanto a Pearl, sus particulares cualidades que en otro tiempo me alarmaron –esa firmeza, esa voluntad– fluían de ella como la energía por una catarata).

Pearl: A partir de ahora, guarda silencio. Sea lo que sea lo que yo diga, tú no abras la boca. Cálate más el sombrero sobre la cara. Recuéstate en mí como si estuvieras débil y enfermo. Apoya la cara en mi hombro. Cierra los ojos. Déjate llevar por mí.

Muy bien. Ahora nos estamos acercando al mostrador. Jimmy tiene todos los boletos. Ya dieron el último aviso para embarcar, así que no hay demasiada gente. Esos polis no se han movido una pulgada, pero parecen cansados y algo disgustados. Ahora nos miran a nosotros. Los dos. Cuando pasemos entre ellos, los muchachos los distraerán y armarán un relajo. Ahí llega alguien. Apóyate más, quéjate un poco… es uno de esos tipos VIP de la TWA. Mira cómo se mete mamá en su papel… (Cambiando la voz, representando su personalidad teatral, graciosa y, al mismo tiempo, que arrastra las palabras, levemente fatigada). ¿Míster Calloway? ¿Va en primera? ¡Vaya! ¿No es usted un ángel que viene a ayudarnos a salir? Y ya lo creo que necesitamos ayuda. Tenemos que abordar ese avión tan rápidamente como sea posible. Este amigo mío –es uno de mis músicos– se siente horriblemente mal. Apenas puede andar. Hemos estado actuando en Las Vegas, y quizá haya tomado mucho sol. El sol puede estropearle a uno la cabeza y el estómago a la vez. O quizá sea su dieta. Los músicos comen de manera muy rara. En particular, los pianistas. Apenas come nada más que hot dogs. Anoche se comió diez. Y ahora no se encuentra muy bien. No me extrañaría que se hubiera envenenado. ¿Se sorprende usted, míster Calloway? Pues estando en el negocio de los aviones, no creo que le sorprendan muchas cosas. Con todos esos secuestros que ocurren. Criminales sueltos por todas partes. En cuanto lleguemos a Nueva York, inmediatamente llevaré a mi amigo al médico. Le diré al doctor que le diga que se aparte del sol y deje de comer hot dogs. ¡Oh, gracias, míster Calloway! No, yo tomaré el asiento del pasillo. Pondremos a mi amigo en la ventanilla. Estará mejor en la ventanilla. Todo ese aire fresco.

Muy bien, compadre. Ya puedes abrir los ojos.

TC: Creo que los tendré cerrados. Así será como un sueño.

Pearl (tranquila, sonriendo): En cualquier caso, lo conseguimos. Tus amigos ni siquiera te han visto. Al pasar, Jimmy le hizo burla a uno, y Billy se puso a bailar encima de los pies del otro.

TC: ¿Dónde está Jimmy?

Pearl: Todos los muchachos van en clase turista. Los trapos de Jimmy te quedan muy bien. Te dan un aspecto animado. Sobre todo me gustan los zapatos; sencillamente, me encantan.

Azafata: Buenos días, miss Bailey. ¿Le apetecería una copa de champaña?

Pearl: No, querida. Pero a mi amigo quizá le venga bien algo.

TC: Brandy.

Azafata: Lo siento, señor, pero antes de despegar sólo servimos champaña.

Pearl: Este hombre quiere brandy.

Azafata: Lo siento, miss Bailey. No está permitido.

Pearl (con un tono suave, pero metálico, que a mí me resultaba familiar de los ensayos de House of Flowers): Traiga el brandy de este hombre. La botella entera. Vamos.

(La azafata trajo el brandy, y me serví una buena dosis con mano temblorosa: hambre, fatiga, angustia, los vertiginosos acontecimientos de las últimas veinticuatro horas estaban pasando la cuenta. Me bebí otro trago y empecé a sentirme algo más animado).

TC: Creo que debería contarte a qué viene todo esto.

Pearl: No necesariamente.

TC: Entonces no te lo contaré. Así tendrás la conciencia tranquila. Sólo te diré que no he hecho nada que cualquier persona sensata pudiera calificar de delito.

Pearl (consultando un reloj de pulsera de diamantes): Ya deberíamos estar encima de Palm Springs. Hace siglos que he oído cerrar la puerta. ¡Azafata!

Azafata: ¿Sí, miss Bailey?

Pearl: ¿Qué pasa?

Azafata: ¡Oh! Ese es el capitán.

Voz del Capitán (por el altavoz): Señoras y caballeros, lamentamos el retraso. Partiremos en breve. Gracias por su paciencia.

TC: ¡Jesús, José y María!

Pearl: Toma otro trago. Estás temblando. Uno pensaría que se trata de una noche de estreno. Quiero decir que no puede ser tan malo.

TC: Es peor. Y no puedo dejar de temblar… hasta que despeguemos. Quizás, hasta que lleguemos a Nueva York.

Pearl: ¿Sigues viviendo en Nueva York?

TC: A Dios gracias.

Pearl: ¿Recuerdas a Louis? ¿A mi marido?

TC: Louis Bellson. Claro. El mejor batería del mundo. Mejor que Gene Krupa.

Pearl: Trabajamos tanto en Las Vegas que fue conveniente comprar una casa allá. Me he convertido en una persona muy hogareña. Vivir en Las Vegas es como vivir en cualquier otra parte, en tanto que te apartes de los indeseables. Jugadores. Desempleados. Siempre que un hombre me dice que trabajaría si pudiera encontrar trabajo, yo le digo que mire en la guía telefónica, en la G. G de gigoló. Encontrará trabajo. Cuando menos, en Las Vegas. Es una ciudad de mujeres desesperadas. Yo soy afortunada; encontré al hombre adecuado y tuve el juicio suficiente para darme cuenta de ello.

TC: ¿Vas a trabajar en Nueva York?

Pearl: En el Persian Room.

Voz del Capitán: Lo siento, señoras y caballeros, pero nos retrasaremos unos minutos más. Permanezcan sentados, por favor. Los que quieran fumar, pueden hacerlo.

Pearl (enderezándose de pronto): No me gusta esto. Están abriendo la puerta.

TC: ¿Qué?

Pearl: Están abriendo la puerta.

TC: ¡Jesús, José…!

Pearl: Desplómate en el asiento. Tápate la cara con el sombrero.

TC: Tengo miedo.

Pearl (cogiéndome la mano, apretándola): Ronca.

TC: ¿Que ronque?

Pearl: ¡Ronca!

TC: Me estoy sofocando. No puedo roncar.

Pearl: Será mejor que empieces a intentarlo, porque nuestros amigos están entrando por esa puerta. Parece que van a rastrillar todo el garito. A limpiarle los dientes.

TC: ¡Jesús, José…!

Pearl: Ronca, sinvergüenza, ronca.

(Ronqué, y ella aumentó la presión de su mano sobre la mía; al mismo tiempo, empezó a tararear una lenta y dulce canción de cuna, como una madre calmando a un niño miedoso. Durante todo el tiempo, nos rodeó otra especie de tarareo: voces humanas preocupadas por lo que estaba pasando en el avión, por cuál sería el propósito de los dos hombres misteriosos que caminaban de uno a otro lado del pasillo, deteniéndose de vez en cuando para estudiar a un pasajero. Pasaron minutos.

Los conté: seis, siete. Tic-tac-tic. Finalmente, Pearl interrumpió su melodía maternal y retiró su mano de la mía. Entonces oí cerrarse de un golpe la enorme puerta redonda del avión).

TC: ¿Se fueron?

Pearl: Ajá. Pero sea quien sea a quien estén buscando, está claro que quieren pescarlo.

Desde luego que sí. Aun cuando el nuevo juicio de Robert M. terminó exactamente como yo había previsto y el jurado emitió un veredicto de culpabilidad por tres cargos de asesinato, los tribunales de California siguieron enfocando con dureza mi negativa a colaborar con ellos. Yo no lo sabía; creía que el asunto se olvidaría a su debido tiempo. Así que no dudé en volver a California al año siguiente, cuando surgió algo que requería al menos una visita breve. Pues señor, en cuanto me registré en el hotel Bel Air, fui detenido y conducido ante un juez de imponente nariz que me puso cinco mil dólares de multa y una condena indefinida en la cárcel del condado de Orange, lo que significaba que podían tenerme encerrado durante semanas, meses o años. Sin embargo, pronto me soltaron, porque el mandamiento de mi detención contenía un error pequeño, pero importante: me censaba como residente legal en California cuando en realidad yo resido en Nueva York, hecho que anuló mi condena y mi confinamiento.

Pero todo eso aún estaba muy lejos, sin pensar, sin soñar siquiera, cuando la nave plateada que llevaba a Pearl y a su amigo buscado por la ley, despegó hacia un etéreo cielo de noviembre. Vi la sombra del avión rizándose por el desierto y cruzando oscilante el Gran Cañón. Charlamos y reímos y comimos y cantamos. Las estrellas y el malva del crepúsculo llenaban el aire, y las Montañas Rocallosas, veladas de nieve azul, aparecieron al frente, mientras un gajo de limón, la luna nueva, rondaba por encima de ellas.

TC: Mira, Pearl. Luna nueva. Vamos a pedir un deseo.

Pearl: ¿Qué deseo vas a pedir tú?

TC: Deseo que siempre pueda ser tan feliz como lo soy en este mismo momento.

Pearl: ¡Oh, querido! Eso es como pedir milagros. Desea algo real.

TC: Pero yo creo en los milagros.

Pearl: Entonces, lo único que puedo decir es: nunca empieces a jugar.