Enrique Anderson Imbert
El
detective Hackett golpeó ansiosamente en la puerta del chalet de Sir Eugen. ¡Quizá llegara tarde! ¡Quizá ya lo hubieran
asesinado!
Cuando al fin el criado abrió, Hackett se precipitó dentro, a los
gritos.
Acudieron de diferentes lados, una anciana –Lady Malver, evidentemente–, un
joven de ojos saltones y un caballero que parecía estar siempre sonriéndose.
–¿Dónde está Sir Eugen? ¡Pronto, pronto!
¡Es cuestión de vida o muerte!
–En el desván, revelando sus
fotografías –atinó a decir el criado.
Y todos se lanzaron escaleras arriba:
los hombres, saltando los escalones de dos en dos; Lady Malver, lentamente,
como una oruga.
La puerta del desván estaba cerrada. Golpearon.
–¡Sir Eugen,
Sir Eugen! ¿Está
usted ahí?
Oyeron del otro lado una voz,
temblorosa, angustiada:
–¡Ah, vengan, por favor!
Hackett hizo fuerzas
con el picaporte, pero le habían echado llave.
–¡Abra,
Sir Eugen!
Lady Malver ya estaba
allí, sin aliento:
–¡Eugen!
–dijo, apenas.
Oyeron, por el
lado de adentro, el girar del cerrojo, después algo como un resuello, el ruido
de
un cuerpo que se desplomaba… y un silencio.
Hackett volvió a empujar
la puerta. Ahora cedió. Entraron
todos,
en tumulto.
En el
primer momento no pudieron ver nada. Solo, a un costado, el ojo turbio de la lámpara roja.
La
oscuridad era redonda, densa, rosada, pulposa. Y en eso descubrieron en el centro (¡parecía
el carozo de un fruto!) a Sir Eugen, duro, tendido de bruces. Alguien encendió una luz blanca. A Sir Eugen le estaba creciendo un puñal en las espaldas, como un ala pequeñita.
Hackett inspeccionó
la habitación. No había salidas. Era un mundo hermético, como un durazno con el
cadáver dentro, en el medio. Percutió el suelo, las paredes; estudió la
posición del difunto, del arma…
Al cabo de un rato fue hacia
la puerta, la cerró, se guardó la llave y empuñó el revólver.
–El
asesino –dijo
mirando a todos, uno por uno– está aquí. El asesino aprovechó la atropellada en
la oscuridad para apuñalar a Sir Eugen.
Hubo protestas.
Hackett contestó
a todas, descartando imposibilidades. La muerte era reciente. Asesinato y no suicidio. No había escapes ni siquiera para
un mono tití. Tampoco pudieron arrojarle el puñal de lejos. La habitación no tenía mecanismos.
La anciana, desencajada, propuso tímidamente:
–¿Y
si fuera algo sobrenatural? No
sé… esas horribles placas fotográficas, allí debajo de la luz roja… parecen hechas de carne, carne
fofa y pálida de degenerado… tal vez, al
encender la luz blanca, esas
placas se han llevado el secreto… tal vez se han llevado al criminal mismo…
digo yo… algún asesino sobrenatural.
–¿Sobrenatural? –comentó
sardónicamente el detective–. No hay nada sobrenatural.
Entonces, al
oír ese “no hay nada sobrenatural” todos, la
misma Lady Malver y hasta el cadáver, rompieron
a reír como una fuente de muchos chorros. Una carcajada a coro, simultánea, una sola carcajada reída por las
seis bocas en un único temblor de ritmos acordados. Y, sin dejar de reír, las figuras de Hackett, Sir Eugen, Lady Malver, el criado, el joven de los ojos saltones y el
caballero de la boca sonreidora se fueron encogiendo, se fueron consumiendo como seis
pálidas llamas. Después los personajes se acercaron, por
el aire, con la determinación de los fuegos
fatuos y se fundieron en una sola transparencia;
y desde dentro de esa masa se rehízo la
forma original del duende. Era el duende de la casa, el
duende aficionado a novelas policiales.
Libre, invisible, aéreo,
licencioso, fraudulento, embrollador, el duende atravesó el muro del desván
cerrado, bajó por las escaleras de la mansión
solitaria y fue a buscar a los estantes otra novela de detectives. ¡Cómo le divertían esos fatídicos juegos sin azar
que escribían los hombres! Especialmente le
divertía protagonizar todos los papeles.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
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