Virgilio Piñera
Estoy
durmiendo en una especie de selva. Cuatro paredes bien desnudas. La luna cuela
sus rayos por el ventanillo. Como no dispongo de un mísero jergón me veo
obligado a acostarme en el suelo. Debo confesar que siento bastante frío. No es
invierno todavía, pero yo estoy desnudo y a esta altura del año la temperatura
baja mucho por la madrugada.
De pronto alguien me saca de mi sueño.
Medio dormido todavía veo parado frente a mí a un hombre que, como yo, también
está desnudo. Me mira con ojos feroces. Veo en su mirada que me tiene por
enemigo mortal. Pero esto no es lo que me causa mayor sorpresa, sino la
búsqueda febril que el hombre acaba de emprender en espacio tan reducido. ¿Es que se dejó algo olvidado?
–¿Ha
perdido algo? –le pregunto.
No contesta
a mi pregunta, pero
me dice:
–Busco
un arma con qué matarte.
–¿Matarme…? –la voz se me hiela en la garganta.
–Sí, me
gustaría matarte. He entrado aquí por casualidad. Pero ya ves, no tengo un arma.
–Con las manos –le digo a pesar de mí, y
miro con terror sus manos de hierro.
–No puedo matarte sino con un arma.
–Ya ves que no hay ninguna en esta celda.
–Salvas la vida –me dice con una risita
protectora.
–Y
también el sueño –le contesto.
Y empiezo a
roncar plácidamente.
(Tomado
de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)
No hay comentarios:
Publicar un comentario