viernes, 16 de octubre de 2026

Hebaristo, el sauce que murió de amor

Abraham Valdelomar

 

I

Inclinado al borde de la parcela colindante con el estéril yermo, rodeado de yerbas santas y llantenes, viendo correr entre sus raíces que vibraban en la corriente, el agua fría y turbia de la acequia, aquel árbol corpulento y lozano aún debía llamarse Hebaristo y tener treinta años, porque había el mismo aspecto cansino y pesimista, la misma catadura enfadosa y acre del joven farmacéutico de “El amigo del pueblo”, establecimiento de drogas que se hallaba en la esquina de la Plaza de Armas, junto al Concejo Provincial, en los bajos de la casa donde, en tiempos de la Independencia, pernoctara el coronel Marmanillo, lugarteniente del Gran Mariscal de Ayacucho, cuando, presionado por los realistas, se dirigiera a dar aquella singular batalla de la Macacona. Marmanillo era el héroe de la aldea de P. porque en ella había nacido, y, aunque a sus puertas se realizara una poco afortunada escaramuza, en la cual caballo y caballero salieron disparados al empuje de un puñado de chapetones, eso, a juicio de las gentes patriotas de P., no quitaba nada a su valor y merecimientos, pues era sabido que la tal escaramuza se perdió porque el capitán Crisóstomo Ramírez, dueño hasta el año 23 de un lagar y hecho capitán de patriotas por Marmanillo, no acudió con oportunidad al lugar del suceso. Los de P. guardaban por el coronel de milicias recuerdo venerado. La peluquería llamábase “Salón Marmanillo”, la encomendería de la calle Derecha, que después se llamó calle 28 de Julio, tenía en letras rojas y gordas, sobre el extenso y monótono muro azul, el rótulo “Al descanso de Marmanillo” y por fin en la sociedad “Confederada de Socorros Mutuos”, había un retrato al óleo, sobre el estrado de la “directiva”, en el cual aparecía el héroe con su color de olla de barro, sus galones dorados y una mano en la cintura, fieles traductores de su gallardía miliciana.

Digo que el sauce era joven, de unos treinta años y se llamaba Hebaristo, porque como el farmacéutico tenía el aire taciturno y enlutado, y como él, aunque durante el día parecía alegrarse con la luz del sol, en llegando la tarde y sonando la oración, caía sobre ambos una tan manifiesta melancolía y un tan hondo dolor silencioso, que eran “de partir el alma”. Al toque de ánimas Hebaristo y su homónimo el farmacéutico, corrían el mismo albur. Suspendía éste su charla en la botica, caía pesadamente sobre su cabeza semicalva el sombrero negro de paño, y sobre el sauce de la parcela posaba el de todos los días gallinazo negro y roncador. Luego la noche envolvía a ambos en el mismo misterio y, tan impenetrable era entonces la vida del boticario cuanto ignorada era la suerte de Hebaristo, el sauce…

 

II

Evaristo Mazuelos, el farmacéutico de P., y Hebaristo, el sauce fúnebre de la parcela, eran dos vidas paralelas; dos cuerdas de una misma arpa; dos ojos de una misma misteriosa y teórica cabeza; dos brazos de una misma desolada cruz; dos estrellas insignificantes de una misma constelación. Mazuelos era huérfano y guardaba, al igual que el sauce, un vago recuerdo de sus padres. Como el sauce era árbol que solo servía para cobijar a los campesinos a la hora cálida del mediodía, Mazuelos solo servía en la aldea para escuchar la charla de quienes solían cobijarse en la botica; y así como el sauce daba una sombra indiferente a los gañanes mientras sus raíces rojas jugueteaban en el agua de la acequia, así él oía con desganada abnegación la charla de otros, mientras jugaba, el espíritu fijo en una idea lejana, con la cadena de su reloj, o hacía con su dedo índice gancho a la oreja de su botín de elástico, cruzadas, una sobre otra, las enjutas magras piernas.

Habíase enamorado Mazuelos de la hija del Juez de Primera Instancia, una chiquilla de alegre catadura, esmirriada y raquítica, de ojos vivaces y labios anémicos, nariz respingada y cabello de achiote, vestida a pintitas blancas sobre una muselina azul de Prusia, que pasó un mes y días en P. y allí los hubiera pasado todos si su padre el doctor Carrizales no hubiera caído mal al secretario de la subprefectura, un tal De la Haza, que era, a un tiempo, redactor de la La Voz Regionalista, singular decano de la prensa de P. El doctor Carrizales, maguer de su amistad con el jefe de la región, hubo de salir de P. y dejar la judicatura a raíz de un artículo editorial de La Voz Regionalista titulado “¿Hasta cuándo?”, muy vibrante y tendencioso, en el cual se recordaban, entre otras cosas desagradables, ciertos asuntos sentimentales relacionados con el nombre, apellido y costumbres de su esposa, por esos días ya finada, desgraciadamente. La hija del juez había sido el único amor del farmacéutico cuyos treinta años se deslizaron esperando y presintiendo a la bienamada. Blanca Luz fue para Mazuelos la realización de un largo sueño de veinte años y la ilustración tangible y en carne de unos versos en los cuales había concretado Evaristo toda su estética.

Los versos de Mazuelos eran, como se verá, el presentido retrato de la hija del doctor Carrizales; y empezaban de esta manera:

Como una brisa para el caminante ha de ser / la dulce dama a quien mi amor entregue / quiera el fúnebre Destino que pronto llegue / a mis tristes brazos, que la están esperando, la dulce mujer…

Bien cierto es que Mazuelos desvirtuaba un poco la técnica en su poesía; que hablando de sus brazos en el tercer pie del verso les llama “tristes” cosa que no es aceptable dentro de un concepto estricto de la poética; que la frase “que la están esperando” está íntegramente demás en el último verso, pero ha de considerarse que sin este aditamento, la composición carecería de la idea fundamental que es la idea de espera, y, que el pobre Evaristo había pasado veinte años de su vida en este ripio sentimental: esperando.

Blanca Luz era pues, al par, un anhelo de farmacéutico. Era el ideal hecho carne, el verso hecho verdad, el sueño transformado en vigilia, la ilusión que, súbitamente, se presentaba a Evaristo, con unos ojos vivaces, una nariz respingada, una cabellera de achiote; en suma: Blanca Luz era, para el farmacéutico de “El amigo del pueblo”, el amor vestido con una falda de muselina azul con pintitas blancas y unas pantorrillas, con medias mercerizadas, aceptables desde todo punto de vista…

 

III

Hebaristo, el melancólico sauce de la parcela, no fue, como son la mayoría de los sauces, hijo de una necesidad agrícola; no. El sauce solitario fue hijo del azar, del capricho, de la sin razón. Era el fruto arbitrario del Destino. Si aquel sauce, en vez de ser plantado en las afueras de P., hubiera sido sembrado, como era lógico, en los grandes saucedales de las pequeñas pertenencias, su vida no resultara tan solitaria y trágica. Aquel sauce, como el farmacéutico de “El amigo del pueblo”, sentía, desde muchos años atrás, la necesidad de un afecto, el dulce beso de una hembra, la caricia perfumada de una unión indispensable. Cada caricia del viento, cada ave que venía a posarse en sus ramas florecidas hacía vibrar todo el espíritu y cuerpo del sauce de la parcela. Hebaristo, que tenía sus ramas en un florecimiento núbil, sabía que en las alas de la brisa o en el pico de los colibrís, o en las alas de los chucracos debían venir el polen de su amor, pero los sauces que el destino le deparaba debían estar muy lejos, porque pasó la primavera y el beso del dorado polen no llegó hasta sus ramas florecidas.

Hebaristo, el sauce de la parcela, comenzó a secarse, del mismo modo que el joven y achacoso farmacéutico de “El amigo del pueblo”. Bajo el cielo de P., donde antes latía la esperanza, cernió sus alas fúnebres y estériles la desilusión.

 

IV

Envejeció Evaristo, el enamorado boticario, sin tener noticia de Blanca Luz. Envejeció Hebaristo, el sauce de la parcela viendo secarse, estériles, sus flores en cada primavera. Solía, por instinto, Mazuelos, hacer una excursión crepuscular hasta el remoto sitio donde el sauce, al borde del arroyo, enflaquecía. Sentábase bajo las ramas estériles del sauce, y allí veía caer la noche. El árbol amigo que quizás comprendía la tragedia de esa vida paralela, dejaba caer sus hojas sobre el cansino y encorvado cuerpo del farmacéutico.

Un día el sauce, familiarizado ya con la compañía doliente de Mazuelos, esperó y esperó en vano. Mazuelos no vino. Aquella misma tarde un hombre, el carpintero de P., llegó con tremenda hacha e hizo temblar de presentimientos al sauce triste, enamorado y joven. El del hacha cortó el hermoso tronco de Hebaristo, ya seco, despojándolo de las ramas lo llevó al lomo de su burro hacia la aldea, mientras el agua del arroyo lloraba, lloraba, lloraba: y el tronco rígido, sobre el lomo del asno, se perdía en los baches y lodazales de la Calle Derecha, para detenerse en la “Carpintería y confección de ataúdes de Rueda e hijos”.

 

V

Por la misma calle volvían ya juntos, Mazuelos y Hebaristo. El tronco del sauce sirvió para el cajón del farmacéutico. La Voz Regionalista, cuyo editorial “¿Hasta cuándo?” fuera la causa de la muerte prematura, lloraba ahora la desaparición del “amigo noble y caballeroso, empleado cumplidor y ciudadano integérrimo”, cuyo recuerdo no moriría entre los que tuvieron la fortuna de tratarlo y sobre cuya tumba, (el joven De la Haza) ponía las siemprevivas, etc.

El alcalde municipal señor Unzueta, que era a un tiempo propietario de “El amigo del pueblo”, tomó la palabra en el cementerio y su discurso, que se publicó más tarde en La Voz Regionalista, empezaba: “Aunque no tengo las dotes oratorias que otros, agradezco el honroso encargo que la Sociedad de Socorros Mutuos ha depositado en mí, para dar el último adiós al amigo noble y caballeroso, al empleado cumplidor y al ciudadano integérrimo, que en este ataúd de duro roble”… y concluía: “¡Mazuelos! Tú no has muerto. Tu memoria vive entre nosotros. Descansa en paz”.

 

VI

Al día siguiente el dueño de la “Carpintería y confección de ataúdes de Rueda e hijos” llevaba al señor Unzueta una factura:

“El señor N. Unzueta a Rueda e hijos… Debe… por un ataúd de roble… soles 18.70”.

–Pero si no era de roble –arguyó Unzueta–. Era de sauce…

–Es cierto –repuso la firma comercial “Rueda e hijos”–, es cierto; pero –entonces ponga Ud. sauce en su discurso… y borre el duro roble…

–Sería una lástima –dijo Unzueta pagando– sería una lástima; habría que quitar toda la frase: “al ciudadano integérrimo que en este ataúd de duro roble”… Y eso ha quedado muy bien, lo digo sin modestia… ¿No es verdad, Rueda?

–Cierto, señor alcalde –respondió la voz comercial “Rueda e hijos”.

 

(Tomado de Valdelomar, Abraham, Cuentos completos, Good Press, Lima, 2023)

 

Noctilucas

Enrique Anderson Imbert

 

Ezequiel emprendió un largo viaje para ver si así se libraba del Otro. Ya en Puerto Rico, de San Juan fue a la villa de San Germán y por la noche lo pasearon en lancha por la costa del sur, en la Parguera. La brisa olía a errantes sargazos. Miríadas de noctilucas flagelaban las bordas en ondas fosforescentes. De golpe pararon los motores y cayó el ancla. Silencio. Quietud. No más ardentías. El mar, negro, negro, negro.

Que tocara el agua, oyó que le decían (y adivinó que, en la oscuridad, esa boca debía de estar sonriéndose).

No bien mojó los dedos, de los dedos se extendió en página de algas una caligrafía de luces. Sumergió toda la mano: al sacarla relumbraba como un aldabón de bronce bruñido. Ahora con las dos palmas hizo llover para arriba: al asperjar el cielo una aureola vacante buscó su santo.

Que llenara ese cubo, oyó que le decía la misma voz sonriente. Ezequiel ya no dudó: el Otro no se había quedado en Buenos Aires, sino que seguía acompañándolo. Aunque siempre había presentido su presencia a las espaldas o en el fondo de los espejos, nunca alcanzó a verlo. Cogió el cubo, lo colmó y, volviéndose rápidamente, arrojó el agua. El agua, toda reverberante de noctilucas, chocó en el aire y bañó una forma invisible. Por un instante vio al Otro, revestido de una piel viva, fluida y dorada. Estaba de pie sobre la cubierta, como el fantasma de una estatua. El rostro era idéntico al de él, solo que embellecido por una luminosa sonrisa.

 

(Tomado de www.ciudadseva.com)

 

Dicen

Felipe Garrido

 

Dicen que lo mira a uno con negros ojos de deseo. Que es morena, de labios gruesos, color de sangre. Que lleva el cabello suelto hasta la cintura.

Dicen que uno tropieza con ella de noche, en los andenes del metro, en alguna estación casi vacía. Que al pasar se vuelve apenas para mirar de soslayo. Que deja en el aire un perfume de prímulas.

Que viste blusas de colores vivos y pantalones ajustados; que calza zapatos de tacón alto.

Dicen que camina echando al frente los muslos, con la cabeza erguida. Que quiebra la cintura como si fuera bailando.

Dicen que uno debería estar prevenido, porque no hace ruido al caminar. Que, sin embargo, lo habitual es sucumbir. Seguirla a la calle. Subir tras ella las escaleras.

Dicen que afuera camina más despacio. Que se detiene en algún rincón oscuro. Que no hace falta cruzar palabra. Que no pregunta nada; que no explica nada.

Dicen que la metamorfosis es dolorosa e instantánea. Que por eso en algunas estaciones del metro hay tantos y tantos perros vagando, con la mirada triste, todavía no acostumbrados a su nueva condición.

 

Tomado de www.lacanciondelasirena.wordpress.com)

 

jueves, 15 de octubre de 2026

Proposición irrechazable

Ferenc Molnár

 

El señor Bayout, presidente del Banco Agrícola Nacional, mandó llamar a su Philibert, su secretario.

–Dígame, Philibert, ¿quién es un tal Floriot que está en nuestra sucursal de Perpiguan?

–¿Floriot?… Es el cajero. Funge como gerente provisional. Acuérdese usted, señor, de que Boucher, el último gerente, falleció y todavía no hemos reclutado quien lo reemplace. Mientras tanto, Floriot está a cargo. En Perpiguan hay pocos negocios.

El señor Bayout tomó una carta de su escritorio.

–Bueno, parece que Floriot nos roba. Recibí esta carta de Perpiguan. Aunque es anónima, hay que reconocer, pero…

Le entregó a Philibert una hoja de papel no muy pulcra, en la cual, con una caligrafía desastrosa, había escritas las siguientes líneas:

“Al Presidente del Banco Nacional Agrícola.

Estimado señor:

Los granjeros, o sea nosotros, estamos depositando nuestros ahorros, difícilmente ganados, en su banco aquí en Perpiguan. Y un mal día vamos a despertar con la noticia de que entró en quiebra y todos nuestros ahorros se perdieron. A como van por acá las cosas eso es lo que va a pasar. Probablemente usted ignora que el cajero, señor Floriot, durante los últimos meses ha malversado fondos. Ya había retirado un paquetito mediano, pero de aquí a que usted, alto y poderoso caballero, se dé cuenta en París de lo que está sucediendo, Floriot ya habrá volado con todo el dinero”.

–Comisione usted a un auditor, que vaya mañana mismo a Perpiguan. Pero, Philibert, dígale que sea diplomático. No queremos inquietar al cajero. Tal vez la carta no tiene bases.

 

El señor Floriot, gerente interino de la sucursal de Perpiguan, miró al auditor, y puso cara de pasmado, con horror. ¿Inspeccionar mis libros?, repitió como eco. ¿Qué?, ¿ahora?, ¿a la mitad del mes?, ¿sin que se me haya notificado? Es un poco raro, ¿no?

El auditor sintió pena por el agitado hombrecillo.

–No hay de qué preocuparse, señor Floriot, lo hacemos por rutina en todas las sucursales. El presidente tiene esas ocurrencias; es una mera formalidad; antes de una hora habré terminado.

–Pues sí, pero la gente, sobre todo en un pueblo así, chico, hablará –gimió Floriot–. Todos dirán que ando tramando algo turbio. Considérelo. ¡Qué desgracia!

–Nadie tiene por qué decir nada de esto –el auditor se impacientó ligeramente–. Es decir, a menos que usted mismo lo propale. Aclarado el punto, ¿puedo ver los libros ya?

 

Dos días más tarde Philibert entró en la oficina del presidente.

–Señor, puedo informarle sobre la visita del auditor a Perpiguan. Los libros están en un orden impecable. No se ha perdido ni un centavito.

–Qué bien. En realidad, uno no debería prestar ninguna atención a esos remitentes de cartas anónimas tan desagradables. Muchas gracias, Philibert.

 

Antes de un mes, el presidente volvió a llamar a Philibert.

–Es ridículo –dijo, malhumorado–, recibí otra carta anónima sobre Perpiguan. El chismoso afirma que los libros no fueron examinados apropiadamente. Al parecer, Floriot hizo tanto tango sobre el arqueo, que un cómplice tuvo tiempo de reponer el dinero robado. Creo que debimos meternos más a fondo en ese asunto.

–¿Y tenemos que hacer otra investigación? –preguntó con desagrado Philibert.

El presidente tamborileó con las uñas sobre el escritorio.

–No me gusta hacerlo. De cualquier forma, es una obligación que tenemos hacia nuestra clientela. En caso de que haya algo de cierto, y después la gente se entera de que fuimos avisados, habría un escándalo. Me temo que lo único por hacer será enviar de nuevo al auditor. Y ahora sí, ordénele que haga su inspección a profundidad. Quiero aclarar esto de una vez y para siempre.

El mismo día, tres de los auditores más confiables del banco salieron a Perpiguan. Sorprendieron grandemente al señor Floriot. Uno de los funcionarios lo custodió durante cuatro horas, mientras los otros le examinaban las cuentas. Y no encontraron faltante alguno. Los libros guardaban una claridad intachable.

–Yo lo único que quisiera es que en todas nuestras sucursales las cosas fueran igual de satisfactorias –dijo el auditor en jefe al despedirse de un Floriot agobiado.

 

A la siguiente semana, Philibert anunció: el señor Floriot, de Perpiguan, espera que usted lo reciba, señor.

Contra su costumbre, el señor Bayout se levantó y avanzó hacia el visitante con la mano extendida. Floriot, por el contrario, lo saludó con breve inclinación.

–Vengo a entregarle mi renuncia, señor.

–¿Su renuncia? No lo dirá en serio, mi querido Floriot. ¿Y a qué se debe?

–Señor, usted ha considerado pertinente ordenar el examen de mis libros dos veces seguidas. Naturalmente eso provocó habladurías. Y aunque eso demostró mi honradez, también causó mala impresión. La gente dice ahora que, si la oficina matriz ordenó doble auditoría a las operaciones a mi cargo, debe ser por una buena razón. Mi prestigio se ha perjudicado. Además, ya no soy joven, y tengo que proteger a mi esposa.

El señor Bayout estaba conmovido profundamente.

–Yo me responsabilizo de que su buen nombre quede restablecido. A ver. Espere… ¿todavía está disponible el puesto de gerente en esa sucursal?, ¿le gustaría aceptarlo? Con eso nadie dudaría de su honradez, ¿verdad que no? Además, tendría usted un incremento salarial muy sustancioso.

–¿Me lo propone en serio o…? –tartamudeó Floriot.

–Claro, por supuesto, querido compañero. El banco será muy afortunado al conservar los servicios de un funcionario tan escrupuloso.

 

De regreso en su casa de Perpiguan, Pedro Floriot enfundó sus pies en las confortables babuchas afelpadas que le dio su mujer.

–Por fin –gruñó él con voz de buen humor–, ¿de qué sirve ser honrado si nadie se entera? Pude ser cajero años de años y la gente de la oficina matriz jamás hubiera sabido qué tan probo era yo.

–Pues ahora ya lo saben –sonrió alegre Madame Floriot mirando a su marido con admiración–, ideaste un plan brillantísimo al enviar esas cartas.

 

(Tomado de www.elcuentorevistadeimaginacion.org)